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martes

YO EL PROTECTOR / MEMORIAL PERSONAL DE PEPE ARTIGAS





HUGO GIOVANETTI VIOLA

POEMA ÉPICO DIVIDIDO EN 100 CAPÍTULOS
Y FRACCIONADO EN 20 ENTREGAS


para Olver Gilberto De León
que me enseñó a dar todo sin pedir nada

para Diego Forlán
que le pintó la cara al mundo de celeste

para Álvaro Moure Clouzet
que escribió la última frase de este libro


SEÑAL DE AJUSTE

Este relato ucrónico (ficcionado a partir de bases históricas sobre cuya exactitud se seguirá polemizando muchísimo tiempo) intertextualiza (o sea: baraja) sistémicamente fragmentos de numerosos autores que aparecen citados con letra itálica, aunque en su gran mayoría no son nombrados.

Le corresponderá al lector hacer girar esa media vuelta de tuerca, operación no muy difícil de realizar actualmente, dadas las facilidades que ofrecen los recursos tecnológicos.

H. G. V.

La Trinchera Estrellada de la calle Grito de Gloria, octubre de 2010 / Cuartel General de la calle Lepanto, abril de 2011.


PRIMERA ENTREGA (CAPÍTULOS 1 AL 5)


Quiero tener una calavera honorable cuando me muera.
J. D. Salinger


Los de afuera son de palo.
Obdulio Jacinto Varela



UNO: LAS ALAS DEL INFIERNO


1 / ESTRELLAS

Lo único que me importó más que la felicidad de los pueblos fue la conversación conmigo mismo.

Aquella noche yo tenía cuatro años y no sé cómo atiné a engolfarme en la hamaca paraguaya de mi abuela Ignacia, la que me aportó sangre de Tupac Yupanqui.

Fue el primer baño de estrellas que me di en este infierno.

Dizque esa tarde me había pasado comiendo tierra del cantero y que Aurora Bendita me desembuchó cuatro albondigones cuando ya estaba a un punto de expirar.

Pero no era mi hora.

Y enseguida del Ángelus me le perdí a Pascasio y entonces se me ocurrió esconderme en el colgadero de la abuela.

Me acuerdo que encontré el poncho blanco y la perla barroca que ella vivía sobando y empezamos a lambetearla con los cuzcos, hasta que hubo virazón y les armé un entoldado de lana.

Los cuzcos siempre supieron sufrirme las picardías mejor que los cristianos.

Yo había escuchado a madre contar que Remigio Arnal se quedó ciego la noche del naufragio de Nuestra Señora de la Luz, cuando en casa terminaron atando hasta a las vacas porque volaba todo. Pero la gata se les remolineó en un repelús y mi tío tuvo que estirarse agarrado a las rejas como si fuera una piel de tigre para proteger a las crías y al amanecer le quedaron los ojos juídos de tanto pispar relámpagos.

Y los gatitos igual se murieron.

Ahora se me hace que fue Pérez Castellano el que le labró a padre dos sentencias que todavía me abrigan: Muerto cualquiera pelea y El mejor triunfo es una derrota santa.

José Nicolás y Martina cuentan que aquella noche la familia recorrió toda la plaza buscándome a los gritos mientras yo les acariciaba los hocicos a mis protegidos, sordo por la felicidad.

Y pensé que lo mejor que se puede tener en la vida son collares de estrellas.

Pensaba mucho, ya. Y cuando Ignacia vino a buscar el poncho y me encontró chupando la perla rara y se puso a llorar ya debo haber sentido que la familia nunca iba a comprenderme y nadie llevaba culpa.

Ninguno había abandonado a ninguno y se armó un tole-tole peor que en la fiesta del San Baltasar.

Al final Pérez Castellano y padre me sermonearon en la biblioteca y yo lo único que podía explicar era que estaba conversando conmigo mismo.

Los pueblos no son felices.

Pasaron casi cuarenta años antes de que volviera a manducar barro cuando se me hundió el bote al volver de Buenos Aires.

Y desde aquella noche sé que tuito es terrible y dulce como una hamaca engolfada en lo altísimo y llevo en llaga el desvelo de acariciarle la espalda a cualquier hijo pródigo que se acerque a mendigarme sobras para los chanchos.

La miseria de amor.


2 / PERROS

En el convento San Bernardino tuve por honda estima al maestro Juan Garafales, que siempre andaba sucio pero miraba en miel.

Yo había empezado tarde la escuela por la expulsión jesuítica y apenas emborronaba cuando la adoración de las mujeres que chuceaban al cura en el confesionario me hizo alucinar judeadas.

La Nuestra Perra de la parroquia era Niki, que ya ni podía correr.

Y un día Pedro Martínez, el otro maestro franciscano, adoptó a un cachorrón tan salvaje que hubo que atarlo unos meses a la higuera para que no nos rajara la ropa en saludándonos.

Lo bautizaron Pepe.

Yo andaba enamoradísimo de una señora niña que no usaba tirabuzones bananeros ni peinetón pero se maquillaba igual que las boleras de la Casa de Comedias y tenía una naricita más linda que el escote.

Se llamaba Celeste y se hincaba en una alfombra de las que traen de Persia.

Un día Pedro desató a Pepe y nadie pudo entender cómo Niki se enceló igual que Isabel la del Bautista y había que sacarle de adentro los carajos a patadas y se armaban unos berrinches piores que en las corridas.

Celeste se confesaba los domingos a mediodía con las crenchas untadas con pomada de caracú y los ojazos azabache posados en Garafales igual que si lo lambiera desde el estrellerío.

Ya no se podía más con la perrada y según fray Martínez Niki no podía preñarse so riesgo de reventar, pero una madrugada el cachorrón saltó la verja y después de espachurrar a todos los pretendientes apareció abotonado con nuestra Isabel y hubo que decir vale.

Esa tarde fray Juan la acomodó en un butacón y Pepe se le echó a los pies a vigilarla con la mirada en flor y mordido hasta las pelotas.

Nunca entendí por qué, pero tuve que escaparme al huerto a llorar a escondidas.

Y el domingo me animé a acuclillarme atrás de una pilastra y escuchar la confesión de Celeste y casi me meo arriba.

Porque la regalona de quince años le contó al apolíneo que el viejo que la trocó en Maldonado por una estancia la usaba de guitarra y ella tenía que desgranar tonadillas mientras le metían uña y ya no podía sufrir un pecado tan sucio.

Entonces Garafales le confesó que él nunca había podido entender por qué le llamaban la Inmaculada a la estatua que presidía el altar existiendo zagalas como ella y Celeste declaró que prefería retirarse y el padre la atajó explicándole que desde que la contempló titilando entre los miserables lo abrigaba el perfume de Venus y que no dejara nunca de asistir a lavarle la vida en el nombre del Señor.

Después escuché el ruido del vestido y los pasos taconeantes mientras el muchacho se cambiaba de sitio en el confesionario y me animé a vichar.

Mi maestro estaba besando la alfombra persa que ella se dejó olvidada por el susto.


3 / MANUELES

Cuando ejecutaron a los Manueles entuavía faltaban veinte años para que la maldita Cédula Real transformara a Montevideo en el único punto de introducción de esclavos en estos Virreinatos.

Una vergüenza pingüe.

Padre fue limosnero mayor de la Hermandad de San José y Caridad, un nidal franciscano donde ya empollaban las logias lautarinas que pregonaron tanto el credo de la revolución y al final terminaron por cagarme el País como una caballada corriendo atrás de un rey.

Pero nadie le pudo poner el grito en el cielo a la sentencia de Joaquín de Viana después que Damián Luis violó y estranguló a una pimpolla de seis años y ya se vivía temblando hasta entre las murallas.

Dizque que ahora hay Guerra Grande y el odio no se vira.

Y son capaces de pasearte la cabeza en una jaula con las constituciones que soñó Juan Jacobo igual que si los instruyera Torquemada, carajo.

A los negros que mataron a Massens los arrastraron por la calle antes de llegar a la horca y después los descuartizaron y clavaron pedazos en el camino que va a Santa Lucía pa escarmentar mejor a la indiada y al malevaje.

Madre nos dejó verlos pasar por la esquina de San Benito aherrojados a una carretilla y escoltados por una guardia que espantaba a las ratas. Pero ya tenían los pies pelados como marlos.

Esa horca fue construida gobernando Agustín de la Rosa, el año que yo nací.

Pero la cofradía donde se inició padre todavía no existía y me parece que a estos Guineas no les concedieron ni tres días en capilla. Fue recién al fundarse la Orden Masónica que los Hermanos salían con el distintivo de la beca blanca y la cruz encarnada a llenar un tazón con limosnas para financiar los entierros de los reos.

Y pedían por sus almas, también.

Cuando cumplí catorce años y ya había decidido juirme a la chacra de Carrasco vi un ahorcamiento preparado para que la cabeza de un negro sarniculoso se desprendiera del cuerpo y quedara colgando igual que una sandía.

Y mucha gente se entusiasmó lo mismo que al pispar las orejas ofrecidas en las corridas y a mí me entró maldá.

Los humanos demoramos mucho en perder esa clase de maldá vacunada.

Y hay quien se vuelve diablo en un repelús y santas pascuas, oxte. Eso le pasó a Ramírez, aunque cuentan que si hubiera llegado al manantial de la mirada mora de su hembra se purgaba.

Pueyrredón ni con la Virgen.

La tarde de los Manueles nos fuimos a volar pandorgas a las Bóvedas y mientras se escuchaba el jolgorio de la plaza apareció una garza rosada y se quedó haciendo equilibrio contra el sudeste.

Y yo recién entonces entendí que los negros despedazados eran el Corpus Christi.


4 / CONFIRMACIÓN

Al otro año nos confirmamos en el oratorio de la estanzuela de mi padrino don Melchor de Viana y el día anterior cabalgamos con padre y mis tres hermanos y mis cuatro primas hasta la hacienda de abuelo Juan Antonio, que ya andaba por los ochenta.

Ahora yo estoy mucho más encorvado que aquel viejito.

Fue la primera vez que lo escuché contar lo del convenio de paz con los minuanes cuando ya lo habían nombrado Alférez Real de Montevideo sin saber ni una letra.

Dijo que hasta los caciques que traían facultá de otras tribus pa pedir perdón por yerros y proponer enmiendas vivían en un sopor de borrachera mansa y por eso los trataron de hermanos sin pensar.

Los indios no usan política, aunque conozcan todo.

La pureza de dones nunca es vieja ni joven, y en eso no se asemeja ni a la progresión santa. A lo menos se podría emparejar a lo místico por los arrobamientos. Y tampoco es quijotismo.

Yo ya tocaba un poco la cordeón y Garafales me había enseñado la copla que fue capaz de envidiarme hasta Ansina: Si a los reyes da nobleza / el sentarse sobre el trono / puedo también darme el tono / yo a pesar de mi nobleza / y no agachar la cabeza / de hombre libre y vagabundo / pues hay un sentir profundo / que me sirve de consuelo / y es que al sentarme en el suelo / yo me siento sobre el mundo.

A padre le gustó mucho.

Y después del churrasco nos largamos a los bañados donde me iba a tocar peinar los pajonales y fogatear la costa con la guardia costera que mandó establecer Sobremonte después que apareció el velero carbonizado y pudimos prender nada más que a cinco ingleses.

Me acuerdo que nos quedamos una semana al raso esperando el botín y las olas empujaron sesenta pipas de vino y aguardiente.

Emborracharse es bobo.

Entonces el abuelo se empezó a poner más mozo que en Puebla de Albortón y enseguida que vadeamos aquellos tembladerales florecidos de aves y llegamos a la barra del arroyo de Pando desató un ahijuneo y volamos por la arena lustrosa hasta la Punta Gorda.

Era igual a una aventura de las que me hacían soñar los muchachos del Chantre cuando podía escaparme a la pulpería del Hacha.

Menos mal que ninguna de las hijas de Esteban se animó a repechar los médanos rocosos de aquel Tabor infestado de tunas, porque antes de que lo coronáramos apareció un jaguar.

Lo único que hizo mi abuelo fue quedarse mirándolo durante una eternidad y al final el rayao reculó, resbalándose.

Eso es tener cultura.

El mujerío ni se enteró de lo que había pasado y el viejo volvió pálido y miraba las olas como si agradeciera.


5 / REMBRANDT

Un día padre me llamó a la biblioteca para que le cantara la copla a Pérez Castellano y los encontré tomando jerez y hablando del hijo pródigo.

Ahí paré bien la oreja.

Y lo que llegué a entender fue que un pintor holandés había muerto después de retablar una tela hazañosa sobre la parábola de Jesús y que Catalina la Grande acababa de adquirirla pa colgarla en palacio.

Es hermoso pensar desde donde me ahogo ahora, porque se ve lo hermoso que respira en el mundo.

Que no es mucho ni poco.

Y el que quiere solaz y cruz al mismo tiempo no sabe lo que hace. Alcanza con un mate dulce a la sombra y vigilar la ánima con vellón de mujer que se emperra en lastimársenos contra cada recuerdo.

Ansina ni me entiende, pero sabe contemplarme como Charrúa y el Morito. Lo que es harto decir.

Josef María está seco y no vino a conocer mi bodega de tesoros.

Y si hay algo que no habré menester de excusarle al Altísimo es un solo enarbolamiento de espada con desamor de causa.

El cura puso malicia al celebrarme la copla y después padre me notició a bocarrajo que el abuelo Felipe había proveído testamentariamente que un quinto de sus bienes se aplicara a fundarme una capellanía.

Ni apenas contesté.

Castellano me adobó en alvirtiendo que mi desaplicación en el Convento jamás podría obstruir el majestuoso destino de servir a la Iglesia y entonces me atragantó el balbuceo de los flojos aunque terminé por declarar que mi iglesia iba a ser el campo abierto, siempre.

Padre rellenó las copas al desgaire y yo me acuclillé a encajonar la cordeón y supe que se estaban mirando igual que si desembolsaran la semilla de un menosprecio ortigador sin vuelta.

Y no es que desagradezca el perlerío de los pueblos que me abarrocó el reino emplumado del País.

Pero lo protegido no es prenda del caudillo.

Yo nací en mala luna y después de cagar fuego ordenando los paisajes tuve que arrodillarme a mendigar alfalfa igual que el hijo pródigo.

Y para colmo padre apostilló que en tiempos de changadores de violencia tiránica y con levantamientos de minuanes y charrúas como el que hubo en Yapeyú íbamos a terminar en las garras del crédito y la deuda.

Eso quería decir que si no me ensotanaba me convenía alistarme con los encharretados que defendían los campos.

No le faltó razón.

Aunque mi esclavatura la elegí por piedá y eso ni lo discuto.

lunes

YO EL PROTECTOR / MEMORIAL PERSONAL DE PEPE ARTIGAS






SEGUNDA ENTREGA (CAPÍTULOS 6 AL 10 DE UNO)


6 / CASUPÁ


Yo ya tenía once años cuando murió abuelo Juan Antonio y padre heredó la estancia de Casupá, que se parangonaba muy superiormente con Carrasco y el Sauce.

Allí me hice devoto dendeveras.

Y descubrí que todito el maná que mastiqué en La conversación consigo mismo, el libro de Caracciolo que me regaló Clara en Curuguaty, me había empezado a germinar en aquellos sinfines junto a los corambreros de hacienda cimarrona criados entre la prole de don Andrés Polanco.

Ellos ya venían paridos en completa mixtura porque allí había toldeado el venerable cacique Gasupá, de la nación Minuán.

Yo no creo en los casuales.

¿Cómo les puedo haber contestado a Pérez Castellano y a padre que cuando me le perdí a Pascasio y me engolfé en la hamaca con los cuzcos estaba conversando conmigo mismo?

Clara dijo que pescó aquel libraco del anaquel del tío-abuelo difunto pa que me divirtiera pero lo que me trajo fue mandioca divina. Y después de rumiarlo por lo menos veinte años se lo acabo de regalar al hijo de Fulgencio.

Los Yegros son muy gente, y yo ya estoy pa dirme.

Lo curioso es que recién en Casupá y no en Carrasco ni en el Sauce haya empezado a sentir que las estrellas hablan.

Eso espantó a Joaquín, aunque de encantamiento.

Y como es poeta él sabe que uno embucha manjares y después que le obsequié el libro al Teniente Rómulo se las rebusca para que le recite trozos que oye salir como si columbrara un vaivén de pandorga.

El que más lo sacia es: ¿Cuántas riquezas hay depositadas en la esencia no más de este Yo Mismo, de quien vamos a hablar? ¿Cuántos medios de conversar con nosotros, cuándo sabemos preguntarnos y examinarnos? La Conversación supone a lo menos dos personas que discurren entre sí, y que ya conforman, ya se oponen; de este propio modo experimentando dentro de nosotros un Yo no sé qué que ya nos aconseja, ya nos reprende, ya quiere, y ya no quiere, podemos sin dificultad ni contradicción conversar interiormente.

Seguro que él también se lo memorió mucho, pero a veces es forzoso que los hombres escuchen su tesoro con eco.

En Casupá había un minuán que llamaban Masalana y descargaba funciones de amor con luna llena. Preparaba un pocito y se emporraba al mundo y le echaba por lo menos cuatro leches seguidas.

Meta suspiros blancos.

Caracciolo explicaba: Todo lo que yo sé es, que el mundo que forja un espectáculo de sus asambleas, y que se envanece con ellas, debería tener vergüenza de comprometerse de tal modo.

Este indio era distinto.


7 / MISERIA

En aquel tiempo las subastas de esclavos no eran de tanto hábito como fueron después en la Aguada y en la barra del Miguelete.

Un día acompañé a padre hasta una chácara de allende el Cerrillo porque se nos había enfermado el camunguero y cuando la mierda se juntaba una semana era imposible comer por más que se les revolearan sábanas sin descanso al mosquerío.

Fue en un barracón pegado a dos corrales que servían de matadero y formación de barro con caballos azuzados en comparsa, según la técnica moderna que se adoptó para la industria ladrillera.

Había mucho currutaco.

Pero jamás hubiese esperado encontrar a la Nuestra Niña de boca bermellón que se adoraba con Garafales, acompañada por el terrateniente rugoso como mi abuelo que la usaba de guitarra y la forzaba a desgranar tonadillas tañéndole los orificios a uñazo pelado.

El vicioso se llamaba José de Lanzarote, y recién en Purificación me enteré que había sido un espía canario muy bien visto en Janeiro por los angleses.

Robertson me contó que pertenecía a una logia fundada por el marqués toscano Felipe Buonarroti, un anarquista que participó junto a Gracchus Babeuf en la insurrección que osó derrocar al Directorio en el 97.

Yo siempre me las compuse para enterarme por diretes de los enjuagues lúbricos.

Y hasta me interesó que el tal Gracchus creyera que la Revolución debía arribar a un régimen socialista donde se compartieran todos los bienes. Dizque Buonarroti salvó la cabeza porque estaba menos comprometido que Babeuf y fue desterrado a Italia, donde infiltró a la francmasonería y a los Carbonari.

Lástima que esos revolucionarios que no se sienten corderos capaces de arrodillarse frente a la ortodoxia persecutoria y privilegiada que nos ordenó aplastar Voltaire siempre terminan siendo los dioses de sus propias iglesias.

Al final padre compró un molembo de buena dentadura que iba a terminar muriendo cuarenta años después en el Ayuí, a mis órdenes.

Un corazón de oro.

Y de repente el negrero anunció a una mulata de ojos color océano nacida en la Isla de Francia y el barracón se alborotó como si nos fustearan igual que a la caballada del corral donde se amasaba el chocolate para el ladrillerío.

Otra quinceañera regalona manufacturada con yeito de orfebre tape.

Y mientras la babosería de los cajetillas pujaba en rebatiña vi cómo las dos Inmaculadas se entitilaban con una miseria de amor tan horrible que tuve que salir corriendo a vomitar el café.

Padre se quedó viendo el final de la penca centaurina.

Y cuando salió a contarme que se la había encolmillado el marido de la Celeste ofertando quinientos patacones eructé un odio asesino por el coleccionista de guitarras de carne.


8 / HACHA

Si dijera que le llegué a tener odio a la escuela, tacharía lo correto de mi estrategia de pertrecharme con sesera propia para resolver vados.

Garafales sabía enseñar y yo sabía empacarme, siempre que me aburriera.

De lo que me salvé fue de las aulas de Gramática, Filosofía y Teología que se fundaron en el 83. Eso me hubiese obligado a juirme mucho antes. Y tampoco me apetecieron los mil tomos prohibidos que heredó padre de Ortega y Monroy y terminó embarcando para La Coruña.

Marat me daba asco nada más que de escuchar el nombre del pasquín guillotinero, y Paine y Rousseau llegaron cuando el cielo dispuso.

Leer el mundo es lo bravo.

Con Pascasio nos las arreglábamos para escaparnos a la pulpería que después se llamó del Hacha, por motivo de un crimen. Y allí nos despachaban un sorbete y una caña y meta a barajear con los menospreciados.

Ya había mucho marino contrabandista, también.

Y además en el Hueco, unas manzanas baldías que quedaban de paso para el muelle, acampaban las carretas peregrinas y allí se churrasquiaba entre guitarreos de mi flor y yo me agarré el vicio de fumar orejeando fogones.

Ahora veo claritamente que en aquella libertad se me desenrolló el odio que fui juntando intramuros y terminé por dotorarme en judeadas. Me acuerdo que con los gurises agarrábamos sapos y los obligábamos a chupar las colillas hasta que reventaban como bombas de tripa.

Es que a mí siempre me estragó obedecer de callado.

Y hoy, a los ochenta y seis años, todavía me trompetean y me arde la locura. Claro que uno la doma y la embozala y la yerra y todo lo que se les ocurra a los déspotas del espíritu, pero al final siempre aparece el odio a escupirnos el asado.

Una tarde encontré a Pérez Castellano tomando jerez solo en la biblioteca y cuando se le respingó la nariz afiladísima colegí que me estaba esperando.

Ya no me gustó nada.

Al principio me volvió a alabar la copla que me había enseñado Garafales y después se puso a explicarme el proceso de la revolución en la América del Norte.

Eso no me aburrió, pero yo estaba segurísimo de que la cosa iba a terminar con lo de mi capellanía.

Y sin embargo lo que me preguntó era qué había querido significar con la protesta de que la Iglesia para mí siempre iba a ser el campo abierto y cuando le conté que en Casupá sentía hablar a las estrellas se sirvió otra copita.

Y de golpe la nariz se le alzó como una hoz al advertirme que el hijo pródigo pudo haber pensado lo mismo cuando dejó su casa.

No le faltó razón.

Pero yo seguí el consejo del cuadro del holandés y ahora me siento un Padre acariciador de su propia derrota.


9 / ELLA

Claro que hay judeadas y judeadas.

Ahora estoy engrillado por una gripa que me obliga a que me tomen confesión en el catre y me acuerdo de Garafales.

El beso en la alfombrita persa extraviada por la Celeste.

Es una pena que al Marqués de Caracciolo no se le haya ocurrido escribir El casamiento consigo mismo, que no equivale a la conversación. Quien lo vivió comprende a qué me refiero y quien no lo vivió mucho más, porque sin el pasaje por ese altar no hay alma que resista.

Ayer le escuché cantar al Joaquín con el arpa: El no comer no mata, el no comer no mata. Mata el odio y la envidia.

Y ahora que me place a mares dirigir el rosario me acuerdo de la mañana cuando murió la Niki pariendo unos cachorros color ambrosía y mi maestro lloró tanto que decidí pedirle confesión y le conté el pecado de la pilastra.

Yo no sé montar números de arrepentimiento al pedo.

Entonces el muchacho sucio y de crenchas amieladas me llevó de la mano hasta la estatua de Nuestra Señora y me explicó que Ella existía en una floración que rebrilla más acá y más allá de los ojos de las infantas que nos van habitando y guiando por este infierno.

Y después recitó: Del Verbo divino / la Virgen preñada / viene de camino: / ¡si le dais posada!

No me dio penitencia por la picardía. Y además me surtió de la explicación teológica del Triclinio, que es la belleza trinitaria espejándose en las faciones de la Madre del Mundo.

Eso lo aderezó Santo Tomás de Aquino. Un misterio más hondo que el estrellerío interior y exterior que nos abisma.

Y al rato agregó otra copla de San Juan de la Cruz, quien me dijo ser el más grande poeta de la Contrarreforma, aunque todavía soslayado por la vulgaridad de la feria letrística. Llámase Suma de la perfección, y la llevo colgajeada como un abrojo de oro: Olvido de lo criado, / memoria del Criador / atención a lo interior / y estarse amando al Amado.

Sólo que a los pocos días se me ocurrió indagar cómo podía emparejársele un Amado a un varón y Garafales me leyó el Cantar de los Cantares y me habló del casamiento consigo mismo.

Y agregó que no pueden concebirse varón ni hembra perfectos si no hay boda de entretelas con un otro en reverso.

Pero no hay mucha gente que pueda concebirlo.

Yo ni me acuerdo de cuántas fueron las mujeres con las que me encarné entregando el corazón y recién siento que llevo formada una sola costilla celeste que apunta hacia lo eterno.

La patria es una sola.


10 / TOROS

En las primeras corridas que organizó Sancho Escudero en beneficio de la compostura de las calles intransitables, me fijé con largueza en mi prima Rafaela.

Ella cumplió cuatro años en el 80, y tía Pancha la emperifollaba con medias de seda azul estilo Escorial y cuchillitas en las pendientes como si fuera mozuela, aunque lo que yo le veía eran Ojos de Plata.

Una vez miró pasar una garza rosada y le quedó un vitral posado en la sonrisa.

Claro que mi enamoramiento mayor todavía recalaba en las crenchas de la señora del espía Lanzarote, que alardeaba de poder echar plática con cualquier animal y una vez protestó de que nuestra civilización se había apestado porque Cristo sudó sangre cobarde en lugar de dar guerra.

Y lo espetó en las gradas del coliseo, mientras sorbía un blanquillo y estornudaba gorgoritos fungosos.

El problema es que en ese entonces ya sobraban los bobos capaces de aplaudirlo.

Lo pior de las patrias tristes no son los sabios que no saben nada, sino los que precisan arrebañárseles y lorear macanerías de café o de tertulia para seguir viajando apoltronados en las bodegas de las fragatas creyendo que ven el cielo.

Hasta Barreiro terminó así y le tuve que engrillar los requesones flácidos.

Pero en estas toraidas lo inasible de la justicia se descargó una tarde que no parecía invernal y los cerros de Maldonado y el velerío se azulaban con una nitidez tormentosa y supe que había hidra en puerta.

Porque el último toro no siempre salía embolado y los banderilleros se cuidaban de exponer las verijas al brindarles suertes a las currutacas y cosechar onzas de oro o pesos fuertes o hasta alhajas macizas, y de repente un berrendo ya muy picaneado destripó a un caballo blanquísimo y don José de Lanzarote saltó al ruedo y se puso a cantar un aria entre las astas llenas de mierda y sangre.

Lo único que interrumpió al seductor durante todo el lance fue el alboroto de las gaviotas que pescaban en la bajante y los Coño y los Voto al chápiro y los Toma ya murmurados por el alcahuetaje y el suspirerío cachondo de los putones.

Pero yo ese día aprendí que la vida está muy bien hecha.

Porque lo único que le importaba al buonarrotista era exhibir su superioridad sobre el Espíritu que nos presta su baquía sacrosanta en este valle y hasta me pareció escucharlo pensar: Un fortín tan salvaje que cae en embeleso porque no tiene un cuchitril para montar una ópera da más asco que los osarios.

Y de golpe Rafaela, que usaba una corona de jazmines del país sobre la negrura sin rulos que le llovía hasta la cintura, le tiró una cuchillita al sexagenario pulsador de guitarras de carne y eso lo trastornó.

Lanzarote miró el palco del Gobernador y quedó tan prendado de mi prima de cuatro años que al agacharse para agarrotar babosamente la recompensa se distrajo y el toro lo empitonó y el verdor que chorreó en un rejucilo por detrás de la hemorragia fue más color de calavera que de ojo reventado.

domingo

YO EL PROTECTOR / MEMORIAL PERSONAL DE PEPE ARTIGAS





TERCERA ENTREGA (CAPÍTULOS 11 AL 15 DE UNO)

11 / MADRE


La costumbre de purificarme dándome baños de estrellas la heredé de madre, que la adquirió desde muy niña con mi abuela canaria.

Ella tampoco creía en los casuales.

Y una noche, después que ya alternábamos residencia en la chácara de Carrasco y en Montevideo, la encontré desgranando el rosario en la misma hamaca paraguaya donde yo me había escondido con los cuzcos a los cuatro años y nunca le vi los ojos tan puramente tristes.

Los hinchaba una fluorescencia más celeste que la de la bahía.

Y ayer pasaron cosas hondas como milagros, porque mientras pensaba en madre llegó mi hijo a preguntarme por qué lo habíamos bautizado Juan Simeón y hesité.

El muchacho debe haber pensado que dormía y salió al punto, pero yo me quedé absorto en aquel paisaje lleno de garcitas blancas que volvían del bañado y pensé en el Evangelio según San Lucas.

Y en Monterroso.

A mí siempre me costó el papeleo con la Biblia, aunque en Curuguaty le fui tomando gusto.

Y al rato vislumbré la advertencia que madre me dio en aquella hamaca, porque ya hacía ratazo que me tiraba el dirme a toldear con los indios y corambrear por el norte y bautizarme en fuego. Casupá no alcanzaba para sentirme el Chantre que se mentaba tanto en el Hacha.

Ella empezó contándome que la ley mosaica obligaba a consagrar el primer hijo al Señor y ofrecer en sacrificio un par de tórtolas o dos pichones de paloma, y que cuando nació Jesús vivía en Jerusalén un hombre justo y esperanzado en la libertad de su pueblo.

Se llamaba Simeón, y el Espíritu Santo le comunicó que no iba a morir sin ver al Mesías de Israel.

Eso me entusiasmó.

Y dizque Simeón fue guiado al templo para que se cumpliera la ley y que cuando vio al niño lo tomó en brazos y dijo en alabanza: Ahora ya está cumplida tu promesa, Señor: puedo morir en paz. Porque ya vi la salvación que comenzaste a realizar a la vista de los pueblos, la luz que alumbrará a las naciones y que será la honra de Israel.

Pero después de bendecirlos le dio aviso a María, que lo escuchaba maravillada junto con José: Este niño está destinado a que la gente caiga o se levante en Israel, porque muchos rechazarán sus señales y se descubrirá la oscuridad de muchos corazones. Pero para ti todo va a ser como una espada que te traspasará el alma.

Entonces madre me pidió que la abrazara y terminó empapándome, y yo no entendía nada pero me asusté mucho.

Eso debe haber pasado el día cuando se festejaba la purificación de la Virgen.

Y ahora que hay tantas almas traspasadas por mis luchas ni siquiera recuerdo si fue Clara o fui yo quien le implantó el segundo nombre a este hijo tan curioso.


12 / OLOR

Cuando cumplí los quince ya estaba conchabado en Soriano con los Gadea y presumía de baquiar cualquier arcano de la vida suelta, hasta que hice mansión en una toldería.

Allí encontré el olor de lo que no se borra.

Mi abuelo me contaba que el maturrango De Viana no dejaba que los minuanes le pisaran el Fuerte porque el tufo del aceite que usan para escudarse del bicherío le infestaba las paredes por una semana.

Y pensar que el perfume francés de Sarratea no se me va de la ánima en ninguna pesadilla.

No hay pior brotamiento con purulencia que el que llaga la fe.

Diz Caracciolo que los hechiceros de la metafísica despiritualizada como Espinosa nos contagian de un gori-gori chupador de caracuses. Y lo que me espachurró aquí en Ibiray fue producir conciencia de que Josef María ya se olvidó hasta de llorar desde la calavera.

Una cosa es regar con tristeza al caído y otra cosa es mearlo.

Yo a padre lo empecé a conformar despachándole cueros desde Santo Domingo en las carretas de Ravía y Latorre, que también se encargaba de repartir el metálico.

Y a intramuros bajaba selectamente para encajetillarme y acariciar manitos en contradanzas emperifolladas o jaranear con madre, que siempre fue capaz de domar a lo canario y fumaba más que yo.

Pero el sueño que me seguía inquietando era pelarme pal kilombo del Norte.

Y el día que conocí al mismísimo cabecilla que llamábamos Chantre o Chatre, supe que haber jugado tanto a los vaqueros en el Hueco de la Cruz me inició en la escolaridad de cuartear empresas levantiscas.

El vasco era un hombrón que gastaba una agudeza y una astucia a lo Azara, aunque más petimetre. Cada tanto se allegaba a encontrarse con Candiotti en una pulpería sorianense donde ya corría el fomes contra el despotismo monopólico al que tenían que uncirse los hacendados de América.

Y decían que hasta el Virrey fraguaba contrabando.

Después empecé a subir al Queguay y una noche sin luna un portugo charruizado me condujo a su toldo y allí me ardió la Troya.

Me di un baño de estrellas tan largo que de golpe sentí que había un cielo más arriba de aquella platería que uno adoraba tanto.

Pero estaba vacío.

Entonces me achuchó un horror que demoré tres lustros en descifrar coligiendo que la gran liberación huele a desierto triste y que la verdadera caridad es repartirle coraje al desperado.

Sólo respira en paz quien entiende que las moradas puras no son de este terreiro.

Y yo siempre caté que la dueña de la inmaculación nos mira como la miró el Padre cuando le anunció al Hijo.

La indiada es muy valiente.


13 / BILÚ

Y al otro año ya inverné en los potreros de Arerunguá.

¿Cómo iba a imaginarme que toda aquella pampa que amanecía peinada por gasas color flamenco iba a ser el centro de mis recursos de aquí a la eternidá?

Porque sigue siendo mía, carajo.

Y al despuntar setiembre se le pusieron los Ojos de Plata a una Nuestra Niña que toldeaba con el cacique, y en un repelús pasó tres días a monte con la frente embadurnada por un azul guerrero y volvió preparada para el apareamiento.

Yo me había hecho lenguaraz desde que nos llevaban a Santo Domingo siendo críos y oía que los canoeros usaban la voz bilú al reverenciar el iris de las lunas gigantes.

Y a Ella la nombré así aunque para mi coleto, pois se llamaba Alba.

Después se faenó mucho y recalé salado en el Rincón del Chatre y a padre lo auxilié rodeando las tamberas de Sauce, pero a Montevideo ni le vi las murallas porque me costó un Perú grasearme bien la trenza y allá había que bañarse.

Vivía pensando en Bilú.

Ella me recordaba a la mulata de la Isla de Francia que compró el viejo sucio y a Rafaela al mismo tiempo, y una vez la descubrí en un vado frotándose el coñito con otra hembrita en flor y casi me enloquezco.

Porque de golpe pasó una gaviota y empezaron a imitarla con los brazos y después equilibraron pezón contra pezón y les quedó un solo reflejo redondo en la cañada.

Todavía me cosquillea el pijo cuando las pienso.

Y al volver fue imposible inferir si el cacique ya se la abotonaba o si la reservaba en la tropiya de engorde, nomás.

Sufrí pior que en la guerra.

Y aquellos Ojos de Plata me seguían taladrando con un convite tan todopoderoso que un día me escapé a clavar la cabeza en el vado para llorar a gusto.

Y cuando me decidí a emboscarla la encontré embobadísima frente a un atardecer que parecía una majada de jacarandases y de golpe ella se resbaló y apenas tuve tiempo de zambullirme en el pedregal de la orilla para descabezar a una cascabel que se le abalanzó rejucilando.

Yo todavía no andaba desnudo como ellos: usaba bombacha y botas.

Entonces la chalouá se metió en la cañada y me llamó y recién terminé de desencinchar cuando el agua me llegó a la cintura, de tan carpa que estaba.

Bilú se me sentó en el mástil abrazándome con las piernas mientras me descrinaba la trenza y me la volvía a tejer expirando runrunes, hasta que ardió la luna.

Quedó todo hecho leche.

Aquel año trajiné corambreando a destajo al mando de cien hombres y cuando volví a los toldos ella me mostró un hijo de ojitos amielados confiándome que era nuestro.

Y entonces entendí que lo mejor del mundo es creer en la verdad que venció a la serpiente.

Le pusimos Manuel.


14 / NARANJOS

Lo malo es que la Bilú se volvió un manjar reservado del cacique y al único que miraba con corazón de nácar era a Manuel.

Y adiós.

Demoré cuatro años en ascender de jefe corambrero a socio del Chatre, y en Soriano revolié las patas de lo lindo y la noche que conocí a la mujer que abandonó el facineroso Arrúa me enamoré bailando.

Cuando la gente baila me sobra felicidad.

La Isabel me llevaba cuatro años y gastaba como virtud esa diversión mansa que le forma una tercera orilla en la boca a los humildes.

Y empezamos a noviar abajo de los naranjos y le hice un hijo rápido, aunque ella tenía más prole que recursos de risa. Nunca se desquitó de mis bestialidades, y la infidelidad que produjo a Pedro Mónico se me enterró como una perla barroca en el garguero.

Una avería intragable.

Los que me inventan las leyendas negras ni siquiera conocen el horror que uno embucha cuando seduce al pedo.

Y una cosa es el don de alucinar montañas que se lleva dende antes que nos corten el ombligo y otra el embaucamiento imbuido para vengarse, por más sanguijuelas que te chupen el lomo.

Pero su Majestad sabe repartirnos infierno.

La chaná me ensedaba la trenza con azahares y una vez que bajé a Las Piedras por negocios se armó una mojiganga y encontré a la Celeste. Lanzarote se había disfrazado de pirata y parecía que el parche enfocaba el más allá vacío que inventó la ceguera filosófica.

Y al rato saqué en limpio que aquella confitura era virgen de polla y la empecé a enchispar en todos los molinetes y las cadenas de la contradanza con las sobas de ashé que aprendí en Arerunguá para derretir yeguas.

Hasta en eso soy mejor que los diablos, carajo.

Y al final del sarao la adoradora de Garafales me deslizó una cedulilla rogando que la encontrara en un hostal de intramuros, el viernes.

Resultó que el buonarrotista viajaba a Buenos Aires y terminé bañándome en agua de rosas.

Pero la preciosura estaba tan enviciada con el juego de ser tañida a uñazos que ni le importó mi polla y la tuve que forzar y me sentí más sucio que el pirata corneado.

Muertes que uno se busca.

Cuando volví a estrechar a Isabel entre el soplo de los naranjos sentí que ella tenía la gracia de humillación suficiente para intuir perdonando.

Si supiera Sarratea cómo aprendí a sentirme esclavo de la grandeza.

Y lo que a nadie le importará nunca es que mi dulcísimo Pedro Mónico haya nacido por sirvengüencear con una degenerada en el hostal Las rosas.

Quién va a gastarse en historiar mis cuitas.


15 / CHATRE


Con el Chatre aprendí lo de la Revolución Francesa.

Mi socio amparaba negros agitadores que se fugaban de las bodegas de los barcos haitianos y yo me llegué a saber el libreto de la Asamblea Nacional mejor que el catecismo.

Y mucho antes que Napoleón se quedara con todo.

Dizque lo primero que hizo el aspirante a César cuando cundió la sangre y el Directorio precisó un engalonado pa sofocar un malón campesino fue zamarrearles los cañones de frente a los infelices y así empinó copete. Por algo Alvear lo amaba más que a la Carlota Joaquina y al Fernandito juntos.

Robertson me contó en Purificación que apenas se encasquetó la chistera de Emperador pasó al lado del Pepe Botella mormorando: Si nos viera papá.

Y esos críos mean al mundo.

Nunca supe si fue Candiotti o los franciscanos los que le contrabandeaban al Chatre los mismos libros prohibidos por la Iglesia que había en la biblioteca de padre. Y él se cuidaba mucho de mentar a las logias, todavía.

Pero yo ya pispaba que la Hermandad de San José que fundó el hospital finalmente bautizado en honor a Maciel era pura fachada.

Lo del fomes liberal resultó un trozo pérfido para encajarle muela.

Porque fue en la segunda gobernación de Viana que ya empezaron a dictarse medidas de represión contra nuestro negocio. Y todos eran masones tapados y al mismo tiempo bufos capaces de flagelarse y chuparse las patas coronados de cardos en la Casa de Ejercicios Espirituales.

Con el tiempo entendí que a ningún mandón chapeado le importa mucho entender si cree o no cree.

Es más fácil.

Pero una noche el vasco se me puso pesado con que había que ir a misa para ejemplarizar a la chusma y me mosquié.

El asunto es no bandearse en la caña si uno anda con guirigay y terminé gritando que la verdadera lástima en el mundo es que la gente viva calafateándose las orejas para escurrirle el bulto a la divinidá.

Y como no me entendió un carajo le eché la falta de que había mucho más escuchadores de estrellas en el kilombo que en el mojiganguerío de intramuros y él me recomendó que me confesara rápido.

No le faltó razón.

Hacía tiempo que no entraba a despenarme frente a las estatuillas que tallaron los tapes güevudos y musiqueros.

Madre los adoraba y sabía una fanega más de la vida que Montesquieu y Voltaire y el taita Robespierre, que jamás entendió que los que se arrodillan con el cielo entre los dientes son los únicos oídores del hablar del Altísimo.

Me cago en Napoleón.

sábado

YO EL PROTECTOR / MEMORIAL PERSONAL DE PEPE ARTIGAS





CUARTA ENTREGA (CAPÍTULOS 16 AL 20 DE UNO)

16 / NIÑOS

Lo malo de los amores fue que en un redepente me empecé a sentir el cacique que se emporraba a la tierra en Casupá.

Y tamaño entreverijo me estragó pior que el reuma.

Cuando la exorbitancia no es generosidad aborrece a lo humano que pretende favorecer a la naturaleza.

Y yo nací protector y no podía denunciar los entuertos con gacetas a lo Moreno ni alancear los molinos como los godos empavorrealados que se creen Don Quijote y usan de Sancho al pueblo.

Me costó ochenta y seis años entender que mi Dulcinea eterna es la costilla con inmaculación que me fulge en este catre.

¿A qué más?

El guirigay se armó cuando Martina y Manuel Francisco me noticiaron de que acababan de apadrinar en Las Piedras a un párvulo que alguien le había tirado a Garafales. Ahí sentí que la Celeste y el buonarrotista no punteaban sin hilo.

Pedro Mónico Artigas.

Cuando lo conocí en Casupá ya caminaba y no tuvo más madre ni padre que mi hermana, que había quedado viuda a los diecisiete años.

Ahora pienso que andarán enzarzados con los Villagrán por la herencia del kilombo, y yo no le firmé nada a Josef María pues hallo que el verdadero motivo de su viaje fue envolverme.

Ansiedades que matan.

Isabel vivía preñada y después de tener a Juan Manuel perdimos una niña atrás de otra y no pude asistir al entierro de ninguna porque ya circulaban órdenes de captura pal bandido Pepe Ortiga y me refugiaba mucho en el lejano Norte.

La que yo llamaba Bilú quedó hecha una mera Alba de facas venenosas, y hasta me parecía oírle el mismo cascabeleo de la bicha que moché aquella tarde en la cañada.

Ellas matan así, sin explicar el odio.

Manuel era tan felino en la suavidá y el ashé que a los cinco años ya lo llamábamos el Caciquillo y se tornó un amigo de puro guacambú como Ansina y Andresito y Bartolo y Blas Basualdo, sin despreciar a Yegros.

Yo seguía empantanado con mi propio gualiche, y se hace triste pisarle la edad al nazareno sin entender ni quién es uno mismo.

Y un día me acordé del perro que fecundó a la Niki por pura devoción y volví a llorar solo.

Otro Pepe alucinado.

¿Pero qué coño hacer? ¿Ordenar los paisajes? ¿Ordenar los amores que luego son barriales batidos por matungos? Siempre escuché decir que San Ignacio de Loyola asesinó a un conejo y su horror campaneará en las nubes hasta el Apocalipsis.

Los niños son felices mientras juegan a los bandidos.

El problema es acabar colgando a lo Iscariote.


17 / CONFESIÓN


Un día estábamos en la estancia que tenía mi suegro en el Paso del Yapeyú y me enteré que Garafales iba a pasar por el Rincón del Chatre, de camino a Misiones.

Decidí confesarme.

Ahora el cura apolíneo y piojoso ya encanecía, y empecé dándoles la razón a la Celeste y a Lanzarote por haber denunciado mi forzamiento indino de un Artigas en el hostal Las rosas.

Él sólo retrucó que seguía conservando aquella alfombrita hurtada a quien había sabido rezumar el Triclinio y acabó siendo un triste bizcocho verbenero.

Entonces desembuché que mi concubinato con Isabel Velázquez Muriñigo obedecía a la vigencia del lazo conyugal que la uncía a un facineroso purgador de homicidio en Montevideo y protesté intención de santo matrimonio con la moza chaná y él me creyó sonriendo.

Yo todavía inoraba que los sobresaltos exigidos por el vasallaje a la vocación de luchador libertario que elegí siendo feto iba a impedirle a cualquier compañera aguantarme para siempre.

Melchora casi pudo, pero el sino es terrible.

Claro que el trozo trágico era mucho más largo y terminé leyéndole la defensa de la Villa sorianense que hizo Gregorio Espinosa ante el Cabildo en el 72: La pobreza es general; acá todos son esclavos nombrados vecinos, porque penden del poder de la usurpación y tiranía; por eso en tantos años no ha podido aumentarse este pueblo, mientras el poderoso aumenta su caudal.

Garafales iba asintiendo con sacudimientos de la melena que aprovechaba para triturarse piojos y al final desvió el tema hacia el acta de los faeneros apresados por Agustín de la Rosa en el 94 y la declaración del paraguay Scorza de que yo lideraba tropas de changadores junto con el indio Matachina, Francisco el Portugués y Manuel Cané.

Me sentí mal pillado.

Hubo un silencio tórrido y terminé balbuciendo que a mi humilde entender la única que no pecaba en este tole-tole era la madre tierra que saqueábamos todos.

Garafales me absolvió rascándome los rulos como cuando era un crío y me pidió que evitara contraer amor al lucro.

Eso me trastornó.

Y mientras volvía cruzando los corralones y las canchas de faena y las mangueras atajadoras que parecían murallitas se me hizo un nudo negro en la ánima y sentí que lo único que me importaba en la vida era la libertad.

Repartir libertad.

Y me acordé del cielo que olí la primera noche que el portugo charruizado me condujo a su toldo.

Repartir ese cielo de allende las estrellas.

Ser valiente a lo indio.


18 / TUCHO

Y al poco tiempo presencié una trifulca filosófica cuereada en lo del Chatre que me cambió la vida, porque nos visitó un sabio entrerriano amigo de Candiotti que apodaban el Tucho y platicamos días del fomes levantisco.

Yo más bien escuchaba, como hice con Azara cuando el sino dispuso que lo asistiera y vale.

El Tucho Arrieta era un hombrón tartamudo y de precioso humor que se graduó en la universidad de Córdoba junto con Pérez Castellano, en épocas jesuíticas.

Y el despelote se armó una noche que le musiqué en la guitarra una copla pasquinera circulante en el Cuzco que él recitó trancándose especialmente en las a: Si vence Tupac Amaro / malo malo malo / si vence el Visitador / pior pior pior.

El Chatre aplaudió, borracho.

Pero cuando Arrieta se definió como un tomista silvestre y elogió el revoltijo americanista mixturado y fundado en la tradición política jurídica española, el vasco eructó un Merde como si lo injuriaran.

Y yo cogí pluma y pliegos después de añares y terminé apuntando perlas que babeó el tarta y todavía me giran en la sesera igual que jaculatorias.

De la primera nunca supe la autoría, aunque fue claritamente mi espada de fundamento en los congresos tórridos: Al no poder ser ejercida la soberanía por el Rey o por quien legítimamente le represente, el pueblo subroga su lugar y reasume la soberanía. Esto no supone una novedá ni una regolución en el derecho público español, sino que es aplicación lógica de los principios que lo inspiran.

Y la otra es de Covarruvias: Cuantas veces la familia gentilicia a la cual por envite de los pueblos fue trasladado el derecho de reinar por derecho de sangre, faltara totalmente, puede la misma república por elección instituir para sí un príncipe del reino o de la provincia.

Y supe que Francisco Suárez abrevó en Santo Tomás para calificar al pacto originario de llave sacrosanta en la producción de primicias de la Civitas Dei, aunque en su momento usé más el contrato de Juan Jacobo por razones de astucia.

Pero nunca odié a la España en calidá de fonte.

Y en lo único que coincidió el Chatre con el sabio entrerriano fue en la consideración de la Contrarreforma como una derrota santa.

Entonces el Tucho Arrieta me invitó a acompañarlo a presenciar el paso de una pueblada de Candiotti en su ruta al Perú y auguró que el futuro del barroco se construiría en la América sin sequedá francesa ni protestante.

Ahí el vasco volvió a saltar y esta vez con razón, porque no correspondía desestimar a la revolución madre comandada por Washington.

A lo que el tartamudo bufó que esa confederación se podía transfigurar con el tiempo en un imperio más tiburónico que el inglés porque había un solo ejército forjador de centralismo y una logia que sustituía al Espíritu Santo.

Y me pidió que le guitarreara otra vez la copla pasquinera.


19 / FOGÓN

Y la vida me fue cambiando sin detención a partir de aquel iris, porque durante el viaje a Entre Ríos hicimos noche con Tucho allende el Uruguay y tenté que me explicara el tema de las logias y el hombre de cabezota que empezaba a platearse tajeó fiero el churrasco y antes de echar mordisco sentenció que ese trozo era un arcano de digestión difícil.

Y nos quedamos un rato escuchando el fragor del Hervidero que me apañaría tanto en mis propias rumiadas, veinte años después.

Solo.

Ahora me estoy ahogando en un catre donde me sobra el tiempo para coser las cosas, y cuando Joaquín se lleva el último cirio siento que la verdá entra en el mosquitero a besarme.

Y sonrío.

Al final el tartamudo me preguntó en qué año había nacido y terminó explicándome que en el 63 llegó al Río de la Plata un abate benedictino que pertenecía a la fraternidad de la Luz y terminó enfrentando al hermano Joaquín de Viana contra los jesuitas, acusados de sobornar a Cevallos para que les facilitara el contrabando. Todo con la aquiescencia unánime de los montevideanos.

Y calculé que en ese tiempo mi padre ya debía estar reclutado por la Hermandad de San José de la Caridad y pregunté si era cierto que la orden franciscana coaligaba con la masonería inglesa.

A veces parecía que Arrieta cargaba un baturrillo excedido de información y que las elucubraciones le hacían zozobrar hasta la hilvanadura del magín, pero yo me fui aturdiendo con la ginebra y no sé cuánto tiempo dormité mientras él tartajeaba algo sobre el Dios Arquitecto que la Gran Logia quería imponerle al Vaticano y el ateísmo disfrazado y la multiplicidá de engañifas con que Espinosa había nutrido a la Ilustración perpetradora de un fariseísmo epidémico que podía llevar al mundo a un completo desbarranque.

Entonces soñé con Ella.

Y caté instantáneamente lo que significaba aquel huevo celeste y gigantesco como una luna que se posaba sobre la sierra y espejaba una especie de Nuestra Sonrisa en la barra del Solís.

Cuando me espabilé el Tucho estaba contemplándome con una paz plateada y le conté que acababa de enamorarme de la Banda Oriental.

Él dijo que eso valía por verdá revelada.

Y de golpe me acorraló preguntándome si yo pensaba que los seguidores de Jesús fueron todos virtuosos y los fariseos todos ponzoñosos.

Yo atiné a contestarle que lo que había aprendido con los negros y los indios era que la divinidá no se olvida de naides.

A lo que él apostilló que eran los blancos los que se estaban olvidando de la divinidá.

Entonces entendí.


20 / CANDIOTTI

Al príncipe de los gauchos no le conocía la estampa, aunque había trabajado con varios de sus capataces acopiándole tropas que también le bajaban a Entre Ríos los contrabandistas de las Misiones Orientales.

Candiotti debió superar hasta la descendencia natural de Frutos, y dizque todos los lugartenientes de las puebladas llevaban su apellido.

Buena gente, sin despreciar.

Robertson me confió en Purificación que el príncipe ideó dende muy joven la famosa ruta que llegaba al Perú sin atravesar Córdoba y que cuando se nos murió reunía medio millón de onzas de oro en bodega.

Pero hallé que ese camello atravesaría sobradamente el ojo de la Aguja Final porque gastaba primor hasta pa servir a los indios, carajo.

El Tucho cabalgaba instruyendo precioso, y en aquellos tres días me desasné por valor de los treinta y dos que el reuma ya me retorcía hasta el enloquecimiento.

Claro que la congoja y la irritación perpetuas son efluvios de la ánima.

Algo que entendí al vuelo mientras nos arrimábamos hasta el punto de arranque de la caravana fue la estrategia trunca del Concilio de Trento de popularizar el privilegio de la noticia del Hombre Nuevo entre los infelices.

Lo único que le importa al salvaje es comer paz.

Y cuando acuñé la enseña de ser ilustrados lo hice pensando en la valentía de creer lo que no vemos para merecer ver aquello que creemos.

Eso lo aderezó San Agustín.

Francisco Candiotti ya era cincuentón y su presencia me totalizó todavía más el refulgir que siempre le escuché de mentas. Cuando un hombre consigue que el caballo y el poncho y el sombrero manen una blancura digna del padre sol ya es crimen calificarlo como cajetilla.

Yo en el Cordón tenía dos uniformes siempre a mano por respeto al impacto que debe producir el porte de una autoridad soberana de vero.

No era por cajetilla.

El príncipe de los gauchos se aureolaba con un perfume que olía más a camelia que a Francia. Y mientras se nos iba acollarando en leguas a la redonda el hormigueo de familias y tribus y soldados y carretas y animales que fluirían hasta el Perú como una procesión jodedora de los arbitrios tributarios del rey me gustó ser bandido.

Churrasquiamos con Teodoro de Larramendi, su suegro. Otro horcón entrerriano de una amistad sin revés.

¿Con qué anteojo columbrar que algún día iba a tocarme ser el protector de todita esa América chapeada en oro astral?

Pepe el irrespetuoso del poder maturrango.

Y cuando nos despedimos el Tucho señaló la pueblada que empezaba a incrustarse en el horizonte rojo donde ya crujía Venus y me dijo que aquello era el theatrum sacrum barroco que merecían las pampas.

YO EL PROTECTOR / MEMORIAL PERSONAL DE PEPE ARTIGAS (todos los martes)







QUINTA ENTREGA (CAPÍTULOS 21 AL 25 DE UNO)


21 / MILAGRO


Los milagros se huelen.

En el 95 fue el Virrey mismo quien pidió mi aprehensión y al otro año el teniente Esteban Hernández recibió noticia de habérsenos avistado arreando tropa hacia la estancia de Pintos, en el Bacacay.

Y cuando nuestros bomberos sintieron retumbar el refuerzo facilitado por el comandante de Santa Tecla supimos que íbamos a ser tomados entre dos fuegos sin poder recular.

Entonces se me posó una especie de admonición orada en la entretela: Tú no pediste la guerra, madre tierra. Yo lo sé.

Y de golpe Matachina se peló al galope pa las tolderías y al cabo de dos horas eternas nuestros perseguidores fueron maloneados por doscientos charrúas que no obedecieron el llamamiento de alto que les espetó el sargento Francisco Domínguez y mataron a un dragón y a un blandengue y se retiraron unas cuadras a encubrirnos la fuga, conservando formación.

La emboscada fue certera y nosotros la esperábamos, aunque el doble despliegue de la pinza nos obligó a ampararnos con el recurso extremo.

Los charrúas son los reyes del macaqueo y precisaban más que nunca el ganado que les dejábamos, así que les montaron un numerito soberbio al baqueano y al lenguaraz y terminaron pidiendo disculpas por haber confundido al enemigo.

Expresaron que pensaron estar acometiéndonos a nosotros y no a una partida de su majestad.

¿Quién les podía creer?

Hasta Agustín de la Rosa le escribió al virrey lamentando el engaño y admitiendo la malicia de los que ya hacía años que me consideraban el Gran Cacique.

Pero aquella salvación fue un salado milagro y a mí arrebató una piedad espantosa por Ella.

Por mi tierra.

Lo aprendí con Garafales: No me tienes que dar porque te quiera / porque aunque lo que espero no esperare / lo mismo que te quiero te quisiera.

Y fue así.

Al poco tiempo cuajaron tratativas entre los Gadea y mi padre y manifesté intención de cejar con los arreos y en diciembre del 76 el virrey Pedro Melo dispuso en Buenos Aires la conformación de un Cuerpo de Blandengues destinado a la vigilancia de la frontera norte con indulto de fechorías para la tropa, a excepción del homicidio.

La decisión ni siquiera fue consultada con los trapalones de Madrid.

Y no sentí ni vergüenza ni honra de que aquello se hiciera nada más que para justificar mi reclutamiento, ya que nunca obré al cuete y me sobraba el paño.

Todo está señalado.

Y el cielo había avisado que empezaba mi adviento.


22 / PAÑUELOS


No me puedo acordar de la cara de la última hija que concebimos con Isabel.

María Vicenta Artigas Velázquez fue bautizada en el 4 como de padres desconocidos, y cuando tenía catorce me mandó unos paños exquisitamente bordados al Hervidero y el pedido de consentimiento para casarse con uno de los Bello.

Isabel había muerto al parirla, mientras yo comía carne fiambre enchastrada con barro ladrillero en Tacuarembó después que el rey firmó la denegación de mi solicitud de retiro por incurables padecimientos reumáticos y artríticos el día que cumplí cuarenta años.

Un mensaje monárquico.

Sírvase tomar por culo y que Dios le guarde muchos años, Vuestra Señoría y Ayudante Mayor del Cuerpo de Blandengues del Imperio Quijotesco.

Nadie podrá concebir con qué clase de perfume me oreó la ánima aquella bordadura de una hija portadora de sosiego chaná.

Le contesté a través de don Juan Esperati que el general era gustoso de que ella se casara con aquel mozo honrado y trabajador y dispuse se le enviara un pañuelo de seda y un asistente molembo que cebaba protegiendo a lo Ansina.

Hay perros muy felices.

Frutos alucinaba con la famosa chanza de que Cuando más conozco a los hombres más quiero a los perros y a mí me daba murria.

Lástima que al final fue conociendo al propio Frutos que le concedí razón.

Acá Charrúa colije que ya piso el estribo y me hociquea el mosquitero a cada llanto de urutaú para que lo refriegue.

Me cago en Satanás.

María Vicenta fue catequizada por Garafales en Villa Domingo y dizque terminó por ponerle Juan de la Cruz al quinto hijo. Y qué blancura enfática resultó que en la carta adjuntara corolas del rincón de los naranjos y dichos del santico.

Mi negro sestea salado porque de madrugada el urutaú se junta a gemir con los aguarás y ese embosque es más pior que una invasión de portugos.

Anoche se me juyó el rostro de Vicentica y me ahogó tanta pena que le rogué a Joaquín que me rociara con los decires duros.

Cinco daños causa cualquier apetito en el alma: el primero, que la inquieta; el segundo, que la enturbia; el tercero, que la ensucia, el cuarto, que la enflaquece; el quinto, que la oscurece.

Y yo veía un pañuelo sobre una calavera.

¿Pues qué pides y buscas, alma mía? Tuyo es todo esto, y todo es para ti. No te pongas en menos ni repares en meajas que se caen de la mesa de tu padre. Sal fuera y gloríate en tu gloria. Escóndete en ella y goza, y alcanzarás las peticiones de tu corazón.

Pero no pude verla.

No te alegres vanamente, pues sabes cuántos pecados has hecho y no sabes cómo está Dios contigo; sino teme con confianza.


23 / HONOR

Después que Olaguer y Feliú me ascendió a Capitán le escribí servilonamente expresándole algo así como que un golpe sagrado me pondría en la carrera del honor y en un canto de gallo me nombraron Sargento.

Pepe el hijo de Uropa.

El 98 significó un horrísono rejucilo de gualiche para los charrúas y los minuanes, aunque es de salvaguardar que hubo alguna inspiración bienhechora como la de Bernardo Suárez, que le escribió al virrey recordándole las prerrogativas y el derecho de naturaleza y de gentes que asistían a los salvajes.

Yo siempre le dije a Ansina que hasta cuando un hijo te habla de asuntos prácticos es porque va a alancearte.

Y los vecinos hacendados de Montevideo que me perdonaron la libertad y tejieron manejes de plumita de ganso pa indultarme y usarme en reclutando taitas no iban a ahorrar bajezas.

Dios es para los locos.

Las tribus mixturadas con bandidos tolderos parecían los camoatises que hondeábamos jugando a los gauderios en el Hueco de la Cruz.

En el 97 ya había prendido tapes que mandé prisioneros para la futura Muy Fiel y Reconquistadora, pero después las papas se nos acarbonaron de proa a mis inchalás y había que pisar huevos al mandar los informes recalcando que uno no tenía orden de hacerles daño cuando el propio virrey preparaba una masacre espoleado hasta por Azara.

A los blandengues me integré en Maldonado y allí le conocí a la pirfición las mañas al teniente Ignacio Martínez, que era muy paseandero y solía echar chuequedas ande la pulpería que quedaba al costado de la Torre del Vigía recién en andamiaje.

Al guapo de capirote le gustaba hundir las botas como si fuera el dueño de todos los médanos.

Y un día pretendió timar al maestro sastre Juan de la Vega y el comandante Ramírez de Arellano me presentó como testigo y lo bañé en bochorno.

Hasta que mi justiciero sino me llevó a incorporarme en pleno desierto a un escuadrón de más de cien soldados que enfilaba pa Arerunguá liderado por don Francisco Esquivel y Aldao y el desdichado pega una rodada y se mata en mi trompa y quedo yo al comando.

Y justo mientras lo enterrábamos llega un refuerzo dende Maldonado con Ignacio Martínez a la cabeza y lo enloquecí negándole veinte hombres que me pidió tratándome como a un doméstico.

Eso fue a lo menos jaranear un tantico en el infierno, porque se los trapalié exigiéndole el permiso escrito del virrey y esperamos tres días a que volviera el chasquero con parte de Olaguer de que facilitara la ayuda solicitada y un buen aguijonazo de recomendación al babosa de que no rigoreara de valde a mis inchalás.

Me acuerdo y lloro, mierda.


24 / AZARA

El único remanso que hubo antes del malón del reuma y los ascensos que me empezó a negar Avilés fue haber sido nombrado ayudante del ínclito Capitán General Félix de Azara, a quien se le recomendó instalarse en Batoví para colonizar la frontera hecha guasca.

Alguien que prioritariamente quiera ser alguien lustroso jamás podrá ser muy bueno en nada, aunque rinda utilidades.

Su sobrestante era Pablo Mayllos, un cabecilla de la conspiración de los franceses guillotinada en el 94 en Buenos Aires y sometido a una jodida prisión de la que lo libró el sabio colonizador apelando a la hermandad que compartían con el virrey.

Entre fariseos no hay cornadas.

Yo conocía en esencia los lineamientos trazados por mi jefe, que eran doce propuestas muy puntillosas aunque reproductoras sustancialmente del informe que Rafael Pérez del Puerto produjo un año antes para Avilés, acerca de lo que ya había llevado a cabo en Maldonado fundando pueblos y repartiendo tierras de valde a los más infelices.

Lástima que en los apartados 2 y 12 de este plan se recomendaba reducir y exterminar a los charrúas, los minuanes y los perros cimarrones.

Tres escuadrones fundamentales para mi futuro ejército.

Mayllos era un jacobino conmovedoramente engatusado por el joven cónsul Bonaparte y la logia Gran Oriente que terminó por imponerse en Francia. Azara defendía al despotismo ilustrado y a las reformas servilonas propuestas por Campomanes, Jovellanos y Floridablanca.

Pero el iris de aquellos fogones donde a mí apenas me cabía mascar la bombilla aburrando las orejas fue que allí caté el jugo agitativo que chorreaba el Rousseau, a quien demoré años en leer por no estar traducido.

Ese era otro soñador alucinado de hombrecitos nuevos pero con don chamánico y sobre todo había hecho una rectificación preciosa del concepto de libertá, a la que no consideraba un derecho natural sino la humanidá del hombre.

Estoy contento, carajo.

Pepe, el indigente moribundo que agradece la posibilidad que le ofrecieron los vericuetos de esta vertiginosa morada de apropiarse de lo suyo al tranco y sin rodilla floja.

Que si piso la iglesia es porque me cobija de verdad.

Pero el mismísimo Jesús me avisó claritamente en un sueño de juventud que no escatimara espada en espantar pollerudos esclavos del gualiche, sin aludir a perdonables ciegos de la historia alta como Dámaso Antonio.

Me cago en los eventuales / y por si alguno se escapa / lo cago y lo meo al Papa / y a tuitos los cardenales.

Frutos solía atizarme el asco al mundo entero cacareando esa copla.

Pois cómo hubiese gustado de abofetear al pardejón desertor con un dicho de San Juan de la Cruz: Quien obra con tibieza, cerca está de la caída.


25 / REUMA

Azara partió en expedición a Cerro Largo y yo me reintegré después de repartir tierras en Batoví. Los portugos amenazaban la frontera noreste y el ínclito me ordenó reclutarle gauderios voluntarios y pelarme enseguida pa las Misiones, como Ayudante de las fuerzas pacificadoras de Lecoq.

A Pepe el español de segundo orden no lo volverían a ascender hasta el 10 por su pasado criminal, pero cuerpeaba todo.

Y en el 3 pedí retiro temporal a Montevideo porque me noticiaron en Sandú que madre se nos iba y yo ya me podía contar los huesos, igual que en el salmo.

A Ansina lo compré en el 97 en una subasta bandeirante como bestia de carga, y lo liberté enseguida y servía en las haciendas de la familia. Había nacido en Montevideo en el 60 y mascó el anzuelo alistándose como pinche de cocina de unos piratas que se hacían pasar por balleneros y vivían de asaltar buques en las Malvinas. Y cuando pudo escaparse lo aprehendieron los portugos en Río Grande.

El 1 de marzo llegué al chiquero amurallado y encontré al ciego Remigio despachando yuyos en la plaza y me informó que madre agonizaba en Carrasco y de golpe me acometió un viborazo reumático y tuvieron que cargarme hasta el Fijo, donde quedé postrado.

No podía con mi vida.

Pasé semanas aullando y sin poder doblarme ni pa chupar el mate que me aderezaba Ansina con pociones alquímicas que sabían a derrota.

La fe es para los locos.

Hasta que una mañana el negro volvió de misa con el horror hinchado como dos huevos de berá y me informó que acababa de constatarse una fuga nocturnal de cientos de esclavos y era mormoración que pensaban ganar el Kilombo de Monte Grande.

Hubo tanto escandalete y tanta impropiedad para tomar medidas que el Alcalde de Primer Voto terminó por visitarme y rogarme conseja.

Y cualquiera colegía de que estaban paralizados mucho más por la idea revolucionaria que por la obligación de perseguir y prender al mandinguerío.

Entonces le recé horas a la Virgen del Carmen y repeché la fiebre enseguida.

Los alzados se habían establecido en dos Islas del Yí donde fundaron una república democrática que les duró dos meses.

Yo empecé a caminar encorvado y chirriando pero pude negociar con el baturrillo de vecinos y cabildantes el permiso pa producir una aprehensión pacífica con posterior encarcelamiento en la Ciudadela.

Y como no tenían otro jefe fui comisionado por el mismísimo virrey a comandar la expedición de captura.

El general de los juidos era un ex-pirata haitiano al que felicité en secreto.

Y en dos años los vecinos presionaron tanto a las autoridades para recuperar su mercadería humana que los rebeldes volvieron al infierno ahora espantosamente más escarnecedor de su yugo doméstico, aunque algo había triunfado.

viernes

YO EL PROTECTOR / MEMORIAL PERSONAL DE PEPE ARTIGAS (todos los martes)






SEXTA ENTREGA (CAPÍTULOS 26 AL 30 DE UNO)

26 / RECURSOS


El gobernador Ruiz Huidobro me gratificó el lance expidiéndome un pasaporte secreto que me permitía circular como un corsario en plena Sierra, y me reforzó con hombres del Regimiento de Dragones pa que cumplimentara con eficacia la masacre reclamada por los vecinos hacendados católicos y masones.

Esa fue la mejor mezcolanza que se fraguó en el mundo para mesianizar a un hombrecito nuevo que terminaría por doctorarse en alta suciedá.

Pepe Artigas prefiere terminar limoneasndo papilla de mandioca en la paz de Ibiray.

Entonces me decidí a desalojar al ejército exterminador que Rocamora había campado al ñudo en Arerunguá: justo el centro del it para mis inchalás, ahora barridos a merced de los depredadores gauderios que bajaban por el Lunarejo a ganarles el ganado chúcaro y asolarles los toldos.

El coquito de la campaña podía tomar por culo su reuma artrítico algunos meses más.

Claro que Ruiz Huidobro y la peluconería codiciosa soñaban con que yo les obsequiara un trituramiento de infieles borrachos como dizque terminó por urdir Frutos en Salsipuedes.

Precioso Presidente.

A Rocamora le birlamos más caballada que a Sarratea con la yagueteresca pisada de mi Caciquillo pero el querellamiento resultó un triste trozo que nos jodió a todos: el espantajo fue relegado a Colonia y yo perdí el salvoconducto y quedé comiendo carne rancia en Tacuarembó chico.

Hasta que hubo otro milagro de esos que manda Ella, porque a Sobremonte se le ocurrió investir al sargento mayor Francisco Javier de Viana para desfazer tanto entuerto jocoso y se dignó nombrarme ayudante del que fuera mi condiscípulo.

Un ca-ca-ca-jetilla de intra-tra-tra-muros extra-via-via-viado en el desierto, hubiera resoplado el bueno del Tucho.

Entonces concebí mi primera idea mayor, carajo.

De Viana era incapaz de enlazar una vaca y además no distinguía las mixturas tribales ni de lejos ni de cerca.

Y era un muchacho vacío de cielo alto pero astuto y muy simpático, que se dejó ganar por mi parla de zapa y la boyada que le surtí y la fazaña que le trapalié poniéndole en bandeja a la indiada pérfida responsable del malón de la Casa de Piedra.

El sargento mayor de la plaza de intramuros arrasó con las mujeres y los niños de la tribu sin pizca de piedá, pero se glorió lindo entre el mandonerío.

Y después que ya estábamos en Guaripitá le solicité por escrito me concediera como merced de tierras el terreno realengo de los potreros místicos para mi uso y propiedad y lo firmamos presto.

Mi bello Arerunguá.

El coquito ascendido a fazendeiro y que ladren los que ladran, pazguato coronel Tomás de Rocamora.

El que no llora no mama.


27 / ORFANDÁ

De Viana también me concedió licencia para trasladarme por razones de salud a Montevideo, a lo que el virrey agregaría el uso de uniforme de retirado sin escatimarme el fuero militar.

Cuando el marqués premia tanto hasta el bufón desconfía.

Madre había expirado en agosto sin que yo pudiera azularla con mis panes y no hubo garcita blanca que no me la evocase enfilando a las Moradas.

El semblante enfermizo de padre se asemejaba tanto a un augusto corazón que un día solté un suspiro que parecía rezar: Está ahora tan cerca. Si hay algo en él de lejos, seré yo.

Pepe era nada más que un hombre solitario que fumaba en la noche sin estrellas del Fijo.

Hasta que una mañana me crucé con tía Pancha y Rafaela en la catedral y casi me arrodillo frente a aquellos Ojos de Plata que no tenían edad y habían empezado a amarme como si fuera su Hijo.

Me ocurrió toda la vida.

El problema es si Ella aparece engolfada en una corporeidad completa y tan asequible, igual que en los arcoiris provenidos de la Bilú y de Clara.

Estos últimos días, cuando me desanimo por la demora infinita y ahogada de mi derramamiento final me canto una coplilla que cargo dende párvulo y no sé a quién responde.

Hoy debiera contar hasta cien / y luego soñar. / Hoy debiera volver del oceano / y ser bienvenido. / Hoy debiera andar sin zapatos / casarme de pronto / sin saber con quien. / Hoy debiera contar hasta cien / hoy debiera contar hasta cien / hoy debiera contar hasta cien / y luego soñar.

Y el 29 de julio ya estaba suplicándole por escrito a Sobremonte el permiso para desposar a mi prima. Formulé el deseo de sacarla de su orfandá y pobreza, siendo hija de una madre viuda sin haberes ni auxilios seguros para su subsistencia y algún otro alegato caritativo ad usum.

Y no creo haber mentido.

Lo que no le podíamos explicar ni al mismísimo Larrañaga fue que la orden de abrigarnos bajó desde un lugar donde se ama por nada y no se parece en nada a la virtud prudente.

Tuvimos que sellar más folios que en la aduana y nos asistieron como testigos Bartolito Hidalgo y Pedro Feliciano Sainz de Cavia.

El tañidor de cielos y el excrementador de libelos.

La fecha de unión de la pareja recién nos fue obsequiada para las navidades y la Santa Madre nos ordenó lavar la consanguinidad ayunando los viernes y comulgando los domingos, además de rezar arrodillados tres Padrenuestros y tres Avemarías.

Fui nombrado Oficial de Resguardo en comisariato del Cordón al Peñarol.

Y Ella me acariciaba.


28 / JORDÁN

El día de la boda nos dirigimos en carretillas junto con los padrinos a la casa que habíamos alquilado en el Cordón y más tarde llegó Larrañaga a coronar el ágape con el obsequio de una planta exótica.

Ña Pancha, mi tía y suegra, nunca dejó de ojearme a hurtadillas como a un bandido encarnizado en soliviantar al prójimo.

Y la verdad es que yo nací pa traspasar al mundo con una espada azul.

Pero lo que de vero ella siempre me improperió fue que al conocer el poder y la gloria en Purificación rechacé la exorbitante ayuda que el Cabildo les votó para adularme y redomar mis broncas.

Casa y cincuenta pesos más un subsidio para la educación de Josef María era lo único justo y necesario cuando en el campamento donde se cocinaba la gobernación del Protectorado no teníamos ni güevos.

De gallina, se obvia.

Rafaela me desposó humildemente enjoyada por una diadema de jazmines del país que le amarró Martina.

Y fue una de esas mañanas que parecen tener francas ingenuidades de hermanas.

Cuando quedamos solos Rafaela ocupó el centro del lecho sin desnudarse y pidió para sostenerme un rato estirado entre sus bracitos, como dizque hay una estatua blanca en el Vaticano.

Y adoré mis tragedias.

Claro que mi sino sísmico se volvió a desarbolar en plena navegación mielera, xatamente el 27 de diciembre, cuando Ruiz Huidobro me mandó patrullar la costa al frente de una partida de presos armados hasta la rabadilla para atisbar un posible zarpazo inglés cotillado en Buenos Aires.

Bailamos, alardeó el piso.

Y en agosto del 6 a don Pascual se le ocurrió premiarme con el envío de un pliego personal a Liniers y al volver con la noticia del triunfo en Corrales de Miserere se me dio vuelta el bote y tuve que ganar la costa a nado y sentí que ahora estaba manducándome el barro sacramental del mismísimo Jordán.

Empezaba a ser otro.

Se me concedieron trescientos pesos de reparo por las pérdidas, además de ordenarse que se cumplimentara el abono a la mayor brevedá.

El donativo de 500 pesos que me obsequió el fondo de hacendados por aportarles quietud de espíritu y seguridá persiguiendo perversos demoré seis años en cobrarlo, sin embargo.

Trabajos, miserias y frialdades.

En Nochebuena nació Josef María, después de una preñez donde fui percatándome que en los Ojos de Plata que me aplacaron tanto empezaba a fluir irremisiblemente un horror agigantado por la vida infernal que abrazó Pepe el loco.

Ña Pancha no era zonza.


29 / ANGLESES

Finalmente los muchachos del otro imperio decidieron vengarse de la Muy Fiel y Reconquistadora y congratular por sorpresa a Su Majestad Británica invadiendo Maldonado.

Dizque la soldadesca ujereó y envergó hasta a una imagen de la Inmaculada que había en nuestro cuartel.

El mal no tiene fondo.

En diciembre encabecé una misión de reconocimiento del sistema emplazado para anunciar un posible avance hereje por tierra hacia la Plaza, y al llegar le redaté un oficio a Sobremonte sugiriendo que se prendiera otro fuego en la Barra de Pando en aras a mejorar el avistamiento carrasqueño de las señales mandadas desde los cerros de Maldonado.

Fue como pedirle a Judas que rezara con fe.

Hasta hubiéramos podido sofrenar a los gringos desde la Punta Gorda porque el gauchaje de las estancias los inmovilizó en San Fernando y llegaron a buque, pero el virrey se nos había juído con casi toda la artillería.

Y el combate del Buceo lo cuerpeamos codo a codo con Yegros, que todavía andaba en la veintena y hacía sus primeras armas comandando una compañía del contingente guaraní.

Los gringos le incrustaron una bala esférica de mosquete junto al corazón y si no lo guapeo fiero al cirujano que lo desahució en Las Piedras se nos iba, nomás.

Y quedamos hermanos.

En el combate del Cardal establecí un piquete formado mayoritariamente por piones de nuestras haciendas, y los herejes nos arrasaron desconcertándonos con un envaramiento de desfile marcial y una gritería horrísona que dizque usaba el Magno en las campañas griegas.

Qué los parió a los gringos.

Y Rafaela en el Cordón escuchando la fusilería y el retumbar de las corridas de los casacas rojas, que terminaron por abrirnos brecha en el Cubo y apenas respetaron a la cajetillada del Cabildo merced a un golpetazo en clave de hermandad que el piloto Francisco Juanicó descargó desde adentro contestándole al invasor Bowell.

Yo fui apresado pero pude escaparme enseguida y me nombraron comandante interino de la Colonia del Sacramento, donde nos acuartelamos para organizar una resistencia al cuete.

Y en noviembre nació Francisca Eulalia, después que los imperios pactaron la retirada de los angleses impulsores de los vitrales domésticos, la gacetería y el fomes contra los abusos arancelarios que engordaban al rey.

La niña murió muy pronto, lo mismo que Petronila, concebida en el 9.

Y la platería enjoyada que irradiaba el gracejo juvenil de mi esposa emigró a una llovizna de melancolía eterna.

Las pobres pobrecitas.


30 / TIERRA


La gloriosa junta del 8 me pilló acuartelado en Yarau, ejerciendo justicia y otorgando posesión legítima a ocupantes de terrenos realengos por comisión del nuevo virrey Elío, que me nombró comandante general de todo el Este allende el litoral.

Mi otro seguía creciendo.

Y en aquellos andares me empecé a liar tiernamente con Baltar y Blasito y Lavalleja y el revirado Torgués, entre otros futuros horcones inchalás del País que entuavía ni siquiera soñaba.

Pero estaba fecundando a mi verdadera esposa.

Muy poco tiempo antes de faltar el Supremo nos visitó en Curuguaty el trovero Benavides, un pariente de Venancio que nos desenrolló una preciosidá que retuvimos recio con Joaquín.

Para mí es como un Credo, y el continentito la cantaba sobre un floreo dulzón que bautizaron con una voz hermana de la mulonga gaúcha.

Milonga quiero, redonda / que una bordona profunda / como una azada se hunda / en la madre tierra honda. / Y que la tierra responda. / Y que la tierra responda / por lo mucho que sentí / por lo que nunca le di / como respuesta redonda / al pago donde nací. / Al pago y su suelo mago / maravilla de las huertas / de su corazón sin puertas / amoroso, verde, arado / de cien auroras despiertas. / De cien auroras despiertas / volverás a renacer / patria, bandera o mujer / las desplegadas y abiertas / razones a defender. / Milonga quiero de aquellas / que canta Carlos Molina / bordonas en tremolina / primas altas como estrellas / y un vuelo de golondrinas. / Y un vuelo de golondrinas / y el acero de un arado / que en el campo ha navegado / como una quilla marina / y el silencio sosegado. / Milonga quiero, redonda / que una bordona profunda / como una azada se hunda / en la madre tierra honda. / Y que la tierra responda.

Eso es ilustración.

Y hoy reverdece aquella espina seca: ¿cómo le canta el it a mi Provincia de la Banda Oriental del Uruguay?

Como un fuego de mierda.

Claro que Benavides también nos regaló el vendaje milagroso de un soneto rezado por un tal Juan Cunha, que también se apellida como un continentito:

Hay un verdor del que no sé olvidarme / y es el verde de un pasto y una fronda / y arriba es un azul a la redonda / que alguna vez sirvió para azularme. / Cuando me duermo vienen a buscarme / el verde me rodea en ancha honda / el azul en azules se me ahonda / que vienen cada vez a convidarme. / Arriba azul arriba abajo verde / lo cierto que es que ninguno se me pierde / por mucho que me aneble o acenice / por más que soplen años y desgracias / habrá un verde de pasto y un de acacias / y un azul que allá arriba se eternice.

Y al Hombre Nuevo Celeste que parimos en Purificación no puede tumbarlo naides. Lo declaro por fe.

¿Les molesta mi amor?

jueves

YO EL PROTECTOR / MEMORIAL PERSONAL DE PEPE ARTIGAS (todos los martes)












SÉPTIMA ENTREGA (CAPÍTULOS 31/ 32 / 33 DE UNO Y 1 Y 2 DE DOS)

31 / JUNTA

En La Sierra uno se enteraba de más aconteceres que en el chiquero amurallado, y cuando ardió la sublevación y relevaron a Elío a mí me mondaron feo y ya no totalizaba ni cuarenta efectivos.

A la mierda la tierra para los infelices.

Pero había que ser bicho y esperar de tapado porque yo ya era el otro y la Banda iba a precisar jefe y pico pa hilvanar el desmande soñado por los revolucionarios de banquete de chácara.

Con todo respeto, se obvia.

Y como desde la mocedá anduve entreverado con los continentitos ahora venía a espionarme lo más suelto de lengua Antonio Pinto da Fontoura, un sumiso de Patricio Correa da Cámara, y yo seguía farseando mi parlerío servilón ya que el héroe se constela recién cuando lo marca el cielo.

Lo crudo era tener que rumbear cada dos o tres meses hasta el nido fatídico donde Rafaela ya pasaba horas llorando con la cabeza amortajada por un trapo de Holanda que hubiera rajado a tiras.

Aunque nunca le eché culpas al sino sacro.

Ca, una vez le escribí a Ña Pancha rezongando que Él a veces parece guardarnos todos los regalos juntos. Pero los blasfemeríos son reuma de la ánima y no hacen tan mal pecado.

Y qué buen cobijo hallé en la catedral para desembuchar ruegos por mis pobres pobrecitas, sin que pueda llamárseme un hurgador de templos. Lo importante es toldear las penas con ejercitación, pa que no se hagan peste.

Banquetear me gustaba.

Tanto en el Molino de Manuel Pérez como en la chácara del Torgués se chisporroteaba fiero, siendo ya Monterroso el vaticinador del gran sacudimiento cuando la trapacería del napoleonismo salvaje nos encocoró a todos.

Y el descollo arrasante en la Junta del 8 lo produjo Pérez Castellano, mi chamán de la infancia, acuñando aquella fórmula que le sirvió a Moreno para florearse en el albor del 10.

Los españoles americanos somos hermanos de los de Uropa porque somos hijos de una familia, estamos sujetos a un mismo monarca, nos gobernamos por sus leyes y nuestros derechos son los mismos.

Claro que el buen Mariano no adjuntó el mejor trozo del cura narigueta:

Si se tiene a mal que Montevideo haya sido la primer ciudad de América que manifestase el noble y enérgico sentimiento de igualarse con las ciudades de su Madre Patria y de hallarse por su localía más expuesta que naides, la obligaron a eso circunstancias notorias, y no es delito ceder a la necesidad.

Lo único que mejora bajo este mosquitero es mi memorial letrado, porque la verba es vida.

Y la verga descansa.


32 / CARTA

El ascenso interino a Capitán de la tercera compañía de blandengues me lo concedió Soria a regañadientes recién cuando falleció Borrás y sometido a la augusta anuencia de Su Majestad, el lobisón ibérico.

Con diez años de atraso y la felona intención de que no siguiera espoleando la admirable alarma en mi señorío norteño.

Todavía me recuerdo garrapateándole a don Antonio Pereira con plumazos tan rabiosos que rasgaban el folio: ¿Y cuál ha sido el premio de mis fatigas? El que siempre ha estado destinado para nosotros.

Y nosotros éramos, somos y seremos los soldados de la humanidad capaces de dar la vida desinteresadamente para ayudar a que germinen las primicias del Reino.

Agonía, agonía, sueño, fermento y sueño. Este es el mundo, amigo, agonía, agonía.

Y fue en el mismo 10 donde se me comunicó la priorización realizada por Mariano Moreno en su plan de operaciones para que Rondeau y yo comandáramos la sublevación en la Banda Oriental.

La hora de Pepe el Jefe.

Lo que más me gustaba en las recaladas fernandinas era darme baños de estrellas despatarrado en el mirador de la Torre, y una noche le soñé una carta al único político porteño que pude estimar recio.

Era una aceptación del convite que acaso rezó así:

Ah paisano le podría contestar tanta cosa si me asistiera la gracia de florearme como Vuecencia en la doma de la tinta y el jarabe de pico de ganso pero tenga certeza que igualmente sería imposible expresarle lo que sentí cuando naufragué al volver de Buenos Aires en 1806 y estuve a un punto de entregarme hasta que advertí que mi terreiro era un lecho nupcial aderezado por el Altísimo al servicio de un hombre más reventado que mandinga en grillete y creo que esa noche cagué barro del Jordán pero entendí el proverbio que le place proveer a Pérez Castellano de que Dios no elige a los capacitados sino que capacita a los elegidos y ahora me emponcháis con la honra de servir a los libres y siento como si tuviera que saltar de una torre y caer en mi pingo haciendo estimación de tanto abismo sin más baquía que mi fe en la luna.

Y de golpe se posó una garza rosada en la cornisa y seguí meta fumar boca arriba:

Acá los libres que me caldean el ánima son ciegos de las majestades del mundo y de hombres estragados por la barbarie de creerse superiores a Cristo y os aseguraría que vos tenéis los días más contados que el virrey Cisneros porque los desvelos que les regalamos a los indios y a los negros y al matreraje se catan con la seda de un dedo franciscano cordeonando el rosario pero el dragón que nos tiraniza en la Uropa y la América no conoce finalidad de espíritu y le hierra el vellón a los infelices sin mayor privilegio que purificarse en los vados del sol así que contad conmigo aunque no para alancear molinos de viento como el fidalgo godo puesto que mi corazón clarina y olfatea la verdá de esta selva igual que un yaguareté.

Y sentí que las estrellas eran nuestras luciérnagas.


33 / PEDO

Padre me enseñó a jugar al billar en el café de Salinas, que fue el primero abierto en intramuros cuando yo era muy cuzco. Y antes de dirme pa Casupá ya no erraba carambola.

Nos pasábamos horas con Manuel Francisco estudiando bandeadas.

Y en febrero del 11 terminé de aprender que los aconteceres sobrehumanos son choques como aquellos del paño verde, donde uno pone sesera y el misterio hace chispa.

Es como si únicamente pudiéramos crecer conservándole fe a las carambolas que se urden en lo arcano para premiar lo justo y necesario, y de golpe nos rejucila el caracú en el ojo y reina el Hombre Nuevo.

¿Por qué demoré tanto en plegarme a la Junta de Buenos Aires?

A mí también me había henchido sobremanera la rebelión de Chuquisaca y siempre aborrecí el partido carlotista que debió desbaratar el propio Cisneros, además de estar noticiado puntualmente por Manuel Francisco de la embestida que pegó el porteñaje para llegar al autogobierno después que cayó Álzaga.

Pero eso fue el primero de año del 9.

Claro que cuando Paso logró soliviantar al vecindario montevideano solicitando apoyo a la Junta de Mayo y lo ahogaron a gritos infamemente los esbirros de Salazar, yo no estaba en la Plaza.

Y la hermandad oriental conspiraba precioso pero precisaban de Jefe al coquito de la campaña.

Entonces fue nombrado virrey el zoquetón Elío y al punto relevó al valeroso y baquiano coronel Ramón del Pino en la comandancia coloniense y entronizó al brigadier don Vicente María de Muesas.

Un echador de culo hecho a la pirfición para menear la taba a favor de mi adviento.

Yo ya obraba a mi antojo en defección del régimen, y cuando perseguí a Zapata hasta Nagoyá me replegué gustoso sobre el Arroyo de la China como se me ordenó, en sabiendo que era un yerro. Porque dejar aproximarse al ejército de Observación porteño que comandaba el coronel Martín Rodríguez obligó a Michelena a retirarse al sur del Hum.

Y vale.

Pero Muesas necesitaba destratarnos a lo esclavista para existir, carajo. Lo malo es que haya tanta gente así que a veces todo dé asco.

Y una tarde me llama a vozarrón baboso pa increpar que mis hombres habían robado fruta en el huerto y como le retruqué una socarronería amenazó apresarme y ahí palmó la pasensia de Pepe el Capitán.

Me parece que lo taladré con un azul de tigre, porque casi se cae.

Yo había estado mazamorreando lindo al final del churrasco, y la leche con azúcar siempre me hincha la tripa.

Ni siquiera precisé palabras de deserción.

Salí taconeando tosco y en la puerta le rajé un pedo dedicado a todo el puto imperio.


DOS: EL AMOR DEL PURGATORIO

1 / GRITO

Yo aprendí dende mozo a gritar a lo indio y podía espantar mesmo a un tigre cebado, pero cuando el chasquero se me apareció en Santa Fe con la anunciación enviada por Perico Viera del zarpazo de Asencio, sentí que lo que clarinaba en mi terreiro era el it de la Luz.

Y que ahora le tocaba a los maturrangos tomar el triste partido de la desesperación.

Lo admirable es que según el letrado sorianense Ricardo Arocena, sumado a las partidas recién en Mercedes junto con los Gadea, la cosa arrancó en los campos de Tomás Rodríguez y Lorenzo Gutiérrez, dos vecinos estragados por las humillaciones que hospedaron a Viera y a Benavides y la tarde anterior al alzamiento saborearon un pericón con el mocerío del pago.

A la verdadera vida se la sirve bailando.

Rodríguez había pleiteado con un currutaco que quiso arrebatarle la estancia denunciando que allí se les daba amparo a gauderios transitorios, lo que se consideraba un grave delito.

Y se ve que después de ganar esa cuereada se animó a imponer Patria.

Lo mismo que en las insurrecciones de Belén y Casablanca, mis soldados de chuza y bola cometieron el dulce desacato de madrugarme.

Demoré tres semanas de marcha forzada en llegar a Buenos Aires y la Junta me recibió con honores, aunque en La Gaceta no se debió alardear pregonando que el vecindario oriental llevaría el temor y el espanto hasta los umbrales del gallegaje.

Claro que si pensamos en los desmanes que hubo que rectificar después de la toma de Santo Domingo, no les faltó razón.

¿Pero siempre se olvidan de lo hermoso?

En diciendo Artigas en la campaña todos tiemblan, cacareó el desmadrado pazguato de Salazar.

Pero por amor también se tiembla, carajo.

Al final tuve que advertir yo mismo que aquella soldadesca sin experencia de guerra ni armas calificadas tocaba la terrible alternativa de vencer o morir libres.

Lo que les hacía falta era la espesura de aquel cielo más alto que yo aprendí a olisquear despatarrado en las tolderías.

Esto no era una regolución de banquete ni de nombrete.

Dizque en Mercedes los rebeldes designaron al patricio Reyes como parlamentario y el hombre se fajó y le reclamó al Comandante la entrega de la Plaza con el desgaire y el desembarazo de un completo militar, haciéndole creer que las tropas sitiadoras eran regulares.

Y les dio tres minutos para rendirse.

Inmediatamente se cambiaron de bando veinte voluntarios hijos del país y los nuestros les advirtieron que se señaran el sombrero con un pañuelo blanco para no ser agredidos en caso de que cundiera un enfrentamiento armado.

Una delicadeza.


2 / ÁRBOL

Un mes antes de que se librara la batalla de Las Piedras mi primo hermano Manuel dio la vida ocupando San José.

Para mí fue una pérdida de sangre bautismal: ahora el otro lloraba.

Y cuando los godos nos salieron al paso en Canelones hubo tres días de lluvia que dificultaron la incorporación de Manuel Francisco, que llegaba a marcha forzada desde Maldonado.

Pero el 18 soleó, y aunque en los dos ejércitos ya había muchos borrachos nuestros bomberos informaron que Posadas alineaba presidiarios salteadores de tabernas y ya supe que el Espíritu Santo y el it charrúa quemarían lo corrupto.

Donde sopla lo sagrado se desinflan los chanchos.

El ardid esencial fue lograr que la caballería de Antonio Pérez arrastrara a Rosales, que al final se desgajó legua y media persiguiéndolo y obligó al grueso a desencaramarse del cerrillo ventajoso.

Cuando Posadas lo asistió y se topó con nuestra carne gorda reculó triangulando los cañones de a 4 y los obuses de a 32, pero ahí nos desplegamos y les ordené a los voluntarios fernandinos y a los blandengues que desmontaran para engrosar la infantería.

El cuerpo de reserva se lo confié a García de Zúñiga.

El combate se formalizó ya con el sol muy alto, y teníamos que evitar que ellos retrocedieran a fortalecerse en Las Piedras.

Las bombas empezaron a dañarnos, pero dos indios enlazaron y bolearon a un cañón y a su artillero, entablándose una carnicería cuerpo a cuerpo.

Y mientras me dirigía a arengarlos un obús me reventó el caballo, y fue recién al talonear la otra monta que caté que ahora nos parecíamos a una anaconda estrangulando a un tigre.

Les toca llorar, godos.

Hasta que a media tarde le sablearon el rostro a Posadas y después que levantó bandera de parlamento envainé y lo intimé a rendirse a discreción.

También les prometí la vida a todos, aunque no columbré que ya pudieran tener 97 muertos y 61 heridos. Y ahí me fluyó la probidá minuán de no matar por gusto y pedí clemencia a gritos o venía degollina.

Fue una de mis poquísimas batallas encabezando tropa.

Y no es que no me haya importado que la Junta Gubernativa de Buenos Aires me elevara al rango de coronel y decretado una espada de honor.

La luz es otra, coño.

Esa noche ni siquiera me arranqué las cáscaras de barro que me acorazaban el reuma y cuando caí en el catre a lo tatú me sentía un hombre nuevo.

Y soñé ser un árbol que llegaba hasta el cielo para que alguien le acariciara las tristes canas verdes.

Tú no pediste la guerra, madre tierra: yo lo sé.
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