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martes

KARL MARX COMO ESCRITOR Y LITERATO


por Hanjo Kesting

Karl Marx fue no solo un teórico excepcional, sino también un pensador capaz de revestir sus textos de elegancia literaria, y en gran medida su argumentación resulta tan convincente, y hasta irrefutable, por la forma y el lenguaje que utiliza en sus textos. Incluso quienes no leyeron su obra son capaces de identificar muchas de sus afirmaciones, popularizadas durante el siglo XX, que tomaron vida propia. Escritos como el Manifiesto comunista tienen un lugar de vanguardia entre los panfletos históricos.

Si se clasificara a los grandes filósofos por su calidad literaria y dominio lingüístico, probablemente habría que mencionar en primer lugar a Friedrich Nietzsche. Especialmente sus últimos textos –desde La gaya ciencia hasta Ecce homo– son obras cumbres de la prosa alemana, en las cuales se concreta lo que esperaba infructuosamente el autor del poema de Zaratustra: que el lenguaje fuera una danza. Del arte lingüístico y estilístico de Nietzsche surge un remolino que apunta a lo abrumador, tal como ocurre con la música de Richard Wagner y su sugerente arte de las transiciones. No cabe duda de que el poder de seducción de Nietzsche reside en gran medida en su dominio del estilo, que induce a omitir la verificación de las afirmaciones. No se puede decir lo mismo de Karl Marx, cuya filosofía siempre ha sido discutida y a veces denostada con vehemencia. Debido a su enorme peso específico, sus temas y contenidos nunca corren el riesgo de ser considerados y evaluados en primera instancia como un fenómeno estético. Más allá de ello, Marx también se caracterizó por su gran estilo literario. Estaba dotado de un excepcional talento para formular enunciados convincentes y de la capacidad para desplegar una sátira aguda, que atraviesa todos sus escritos e incluso brilla una y otra vez en El capital, su monumental obra tardía. En ningún otro lugar aparecen estas cualidades con mayor fuerza que en su obra más famosa, el Manifiesto comunista, que da comienzo con una frase célebre: «Un fantasma recorre Europa: el fantasma del comunismo».

El Manifiesto es una mezcla de panfleto político y análisis histórico-filosófico. Está escrito en un lenguaje que, según una de sus descripciones, «combina el estricto rigor de una orden castrense con la infalible precisión de un razonamiento matemático». Este documento programático debía definir los principios del comunismo en el sentido de un «credo». Por lo tanto, cuando Marx y su coautor Friedrich Engels lo redactaron en 1847, pensaron al comienzo en un catecismo comunista que siguiera el modelo del Catecismo menor de Martín Lutero. Aunque esa intención pronto fue desestimada, el Manifiesto conservó el propósito inicial de conjugar el esclarecimiento científico con la agitación política. Sobre la base de un borrador de Engels, Marx plasmó con relativa rapidez –en pocas semanas– el documento, que se convirtió en «su trabajo más cohesionado, con mayor solidez y mejor conformado». Así lo califica Richard Friedenthal, biógrafo de Marx, quien agrega: «Un libelo combativo también debe tener ‘forma’. En este caso, forma significa (…) orden, estructura, articulación, supresión de lo irrelevante y lenguaje conciso». Esto le asegura al Manifiesto un lugar a la vanguardia entre los panfletos históricos; con excepción de El mensajero rural de Hesse de Georg Büchner, no hay otro en el siglo xix que lo iguale.

«El gran estilo poético»

Stephan Hermlin fue un exponente de la poesía lírica de la República Democrática Alemana (rda) nacido en Chemnitz, ciudad que más tarde llevaría durante casi cuatro décadas el nombre, precisamente, de Karl-Marx-Stadt (Ciudad de Karl Marx). En su relato autobiográfico Crepúsculo, escribió Hermlin: «A los 13 años leí por casualidad el Manifiesto comunista; y tuvo consecuencias. Me atrapó el gran estilo poético, además de la coherencia de lo que se exponía». La coherencia aparece mencionada en segundo lugar. En efecto, en algunos pasajes el Manifiesto se asemeja un poco a un gran cántico, con la calidad de un himno. Su prosa imponente, definida y firme irradia una fascinación peculiar, casi podría decirse poética, que ha sido compartida por muchos lectores de generaciones anteriores:

Dondequiera que ha conquistado el poder, la burguesía ha destruido las relaciones feudales, patriarcales, idílicas. Las abigarradas ligaduras feudales que ataban al hombre a sus «superiores naturales» las ha desgarrado sin piedad para no dejar subsistir otro vínculo entre los hombres que el frío interés, el cruel «pago al contado». Ha ahogado el sagrado éxtasis del fervor religioso, el entusiasmo caballeresco y el sentimentalismo del pequeño burgués en las aguas heladas del cálculo egoísta. Ha hecho de la dignidad personal un simple valor de cambio. Ha sustituido las numerosas libertades escrituradas y adquiridas por la única y desalmada libertad de comercio. En una palabra, en lugar de la explotación velada por ilusiones religiosas y políticas, ha establecido una explotación abierta, descarada, directa y brutal.1

En gran medida, la argumentación de Marx resulta tan convincente, prácticamente irrefutable, debido a la forma y al lenguaje que emplea. Tras el prefacio general, el primer capítulo del Manifiesto comienza con la siguiente frase: «La historia de todas las sociedades hasta nuestros días es la historia de las luchas de clases». Marx es, como lo había sido antes de él Jean-Jacques Rousseau, un maestro del inicio triunfal. Aquí formula de manera sucinta la idea central, vinculada a la importancia primordial de la economía en la historia. La economía no solo configura la base de todas las relaciones sociales, sino que atraviesa la estructura social en su conjunto y penetra hasta en las más finas ramificaciones del sistema político y judicial, así como en la vida cultural e intelectual. Diez años después, en Contribución a la crítica de la economía política, Marx expresó ese concepto de la historia con las siguientes palabras: «No es la conciencia del hombre la que determina su ser sino, por el contrario, el ser social es lo que determina su conciencia».

Esta famosa frase muestra a un ser humano que no es autónomo y soberano, sino que actúa como esclavo de las relaciones sociales. Por lo tanto, tampoco es amo de la historia: «Los hombres hacen su propia historia, pero no la hacen a su libre arbitrio», se señala al comienzo de El 18 brumario de Luis Bonaparte. Este texto analiza incisivamente el golpe de Estado de diciembre de 1851, por el cual el sobrino de Napoleón se convirtió en el emperador de Francia y que, como destacó burlón Marx, permitió que «el cuartel y el vivac, el sable y el mosquetón, el bigote y la guerrera (...) descargaran por completo a la sociedad burguesa del cuidado de gobernarse por sí misma». En este libro, que luego reapareció de manera recurrente como punto de partida para abordar el fenómeno de la «toma del poder», Marx adquiere un gran dominio de la polémica, que no distorsiona en modo alguno su análisis; por el contrario, lo agudiza y profundiza: «en nombre de la calma, una agitación desenfrenada y vacua; en nombre de la revolución, los más solemnes sermones en favor de la tranquilidad; pasiones sin verdad; verdades sin pasión; héroes sin hazañas heroicas; historia sin acontecimientos; un proceso cuya única fuerza propulsora parece ser el calendario»2.

Teoría y práctica política

Al referirse a Michel de Montaigne, el gran crítico literario francés Charles-Augustin Sainte-Beuve escribió: «El estilo es un cetro de oro al que se aferra, en definitiva, el reino de este mundo». ¿Puede decirse lo mismo sobre Marx? Y en tal caso, ¿dónde deberían buscarse las raíces de ese talento? Desde niño fue un lector apasionado, que abrevó tempranamente de las fuentes más ricas. A la hora de mencionar sus preferencias, incluía a poetas como Esquilo, Dante Alighieri, William Shakespeare y Johann Wolfgang von Goethe, y a escritores como Denis Diderot, Gotthold Ephraim Lessing y Honoré de Balzac. Imposible buscar algo superior. Una carta enviada por el filósofo Moses Hess al poeta y escritor Berthold Auerbach atestigua el enorme influjo que ya ejercía el joven Marx en su entorno: «Disponte a conocer al mayor, quizás el único filósofo genuino vivo (...) Imagínate a Rousseau, Voltaire, Holbach, Lessing, Heine y Hegel reunidos en una sola persona –digo reunidos, no amontonados– y entonces tendrás al Dr. Marx». Durante sus años transcurridos en París a partir de 1843, Marx mantuvo un estrecho contacto con Georg Herwegh, Mijaíl Bakunin y Heinrich Heine. Fue una época de gran efervescencia intelectual y tumultuoso desarrollo filosófico; alentada sobre todo por Ludwig Feuerbach, surgió cada vez con más fuerza la idea de «dar vuelta» la filosofía de Georg Wilhelm Friedrich Hegel. En la Crítica de la filosofía del derecho de Hegel, escrita en 1843, el eje central es la religión: «Es el opio de los pueblos (…). La crítica de la religión es, pues, en germen, la crítica de este valle de lágrimas del cual la religión es la imagen sagrada»3. Una vez más, con poderosas formulaciones que aparecen como la quintaesencia de complejos procesos mentales, Marx logra dejar una impronta única como un simple aguijón.

Para entonces, Marx se encaminaba a superar el rol tradicional del filósofo para trasladar su conocimiento a la realidad y la práctica políticas. Poco después, en la última de sus Tesis sobre Feuerbach, lo expresó con una inimitable concisión: «Los filósofos no han hecho más que interpretar de diversos modos el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo». El filósofo y escritor Arnold Ruge, con quien compartió su estadía en París, decía que Marx era un hombre «nacido para ser un absoluto erudito, pero echado a perder por completo por ser periodista». En cualquier caso, lo que era cierto es que Marx emprendía su dura actividad con la mayor seriedad, esforzándose sin cesar por ampliar y profundizar su conocimiento. Desde 1849 y durante las tres décadas de su exilio en Londres, se lo ve inclinado sobre los libros en la biblioteca del Museo Británico, al servicio del análisis económico. Para él eso no implicaba contradicción alguna. De acuerdo con sus escritos, la teoría se convierte en una fuerza material cuando prende en las masas. En gran medida Marx evitó los escenarios de las luchas políticas, aunque participó en ellas a la distancia como un periodista fulminante. Y en ese rol también fue único; nadie logró estar a su altura.

Filosofía y literatura

Fue necesario esperar 50 años después de la muerte de Marx para que vieran la luz sus Manuscritos económico-filosóficos, que habían sido redactados en París hacia 1844 y sin intención de ser publicados. Se trata de textos asombrosos, en los cuales se entremezclan la filosofía, la economía, la antropología y la historia. Constituyen una fuente de inspiración, como una caldera en constante borboteo, enriquecida además con un lenguaje vivo, ilustrativo y muchas veces chispeante. Para ello basta con mencionar un solo ejemplo vinculado al dinero, ese poder misterioso por el cual el ser humano se aliena. Aplicando el concepto hegeliano de alienación al trabajo habitual de los seres humanos, Marx llega a la conclusión de que el trabajo es externo al trabajador y, en esencia, es «forzado»; pertenece a otro, que se apropia de su resultado y establece así la propiedad privada. Desde su perspectiva, el producto del trabajo adquiere el carácter de mercancía como fuerza esencial cosificada del ser humano, que en el dinero se potencia al máximo y encuentra su expresión más fuerte: «El dinero, en tanto que posee la propiedad de comprar todo, en tanto que posee la propiedad de apropiarse de todos los objetos, es, pues, el objeto por excelencia. La universalidad de su propiedad es la omnipotencia de su ser; por eso, vale como ser todopoderoso». Marx ilustra lo dicho con una cita del Fausto de Goethe, que pone estas palabras en boca de Mefisto:

¡Qué diablo! ¡Claro que manos y pies, y cabeza y trasero son tuyos! Pero todo esto que yo tranquilamente gozo, ¿es por eso menos mío? Si puedo pagar seis potros, ¿no son sus fuerzas mías? Los conduzco y soy todo un señor. Como si tuviese veinticuatro patas.

Continúa diciendo Marx:

Lo que soy y lo que puedo no están determinados en modo alguno por mi individualidad. Soy feo, pero puedo comprarme la mujer más bella. Luego no soy feo, pues el efecto de la fealdad, su fuerza ahuyentadora, es aniquilado por el dinero. Según mi individualidad soy tullido, pero el dinero me procura 24 pies, luego no soy tullido; soy estúpido, pero el dinero es el verdadero espíritu de todas las cosas, ¿cómo podría carecer de ingenio su poseedor? (…) ¿Acaso no transforma mi dinero todas mis carencias en su contrario? Si el dinero es el vínculo que me liga a la vida humana, que me liga a la sociedad, que me liga con la naturaleza y con el hombre, ¿no es el dinero el vínculo de todos los vínculos? ¿No puede él atar y desatar todas las ataduras?4

Con otra cita literaria, tomada esta vez de Timón de Atenas de Shakespeare, Marx desarrolla el pensamiento hasta sus últimas consecuencias refiriéndose a la omnipotencia del oro, el «esclavo rojo»:

¿Oro? ¿Oro precioso, rojo, fascinante?… Con él, se torna blanco el negro y el feo hermoso; virtuoso el malo, joven el viejo, valeroso el cobarde, noble el ruin… Y retira la almohada a quien yace enfermo; y aparta del altar al sacerdote. Sí, este esclavo rojo ata y desata vínculos consagrados; bendice al maldito. Hace amable la lepra; honra al ladrón y le da rango, pleitesía e influencia en el consejo de los senadores; conquista pretendientes a la viuda anciana y encorvada; …¡Oh, maldito metal, vil ramera de los hombres, que enloquece a los pueblos!… Estas analogías respaldan, refuerzan y profundizan la argumentación filosófica, y otorgan así al texto una calidad literaria propia. Marx tenía siempre a disposición en su memoria un enorme bagaje literario. Según su hija Eleanor, «podía recitar textualmente rapsodias enteras de Homero de principio a fin y sabía de memoria, tanto en inglés como en alemán, la mayoría de los dramas de Shakespeare».

El dilema de la teoría estética

Si se recogieran las diversas expresiones de Marx sobre literatura y arte, podrían llenarse fácilmente dos gruesos volúmenes. Es dudoso que los aportes en cuestión permitan desarrollar una teoría estética cerrada, aunque nunca han faltado los intentos. Esas teorías son tan variadas como los numerosos marxismos surgidos después de la muerte de Marx, que están vinculados a nombres como Rosa Luxemburgo, Franz Mehring, Georg Lukács, Ernst Bloch y Walter Benjamin, hasta la «teoría crítica» de la Escuela de Fráncfort. Indudablemente, la teoría marxista se ha convertido desde entonces en un instrumento indispensable del análisis estético, ya que aguza la mirada sobre los contextos históricos de las obras de arte y sobre sus condiciones materiales, así como sobre su producción y estructura interna.

Por cierto, planteada en términos absolutos, esta teoría condujo a menudo a un dogmatismo estético (como el que se le conoció a Lukács en su etapa tardía) o a una política cultural que buscaba someter el arte al estrangulamiento de un «realismo socialista». Nietzsche, de quien hemos partido, era para Lukács un «destructor de la razón» y un autor prohibido en la rda. Stephan Hermlin, defensor de esa rda hasta las últimas instancias, intentó proteger a Nietzsche y evitar su ostracismo: «No solo fue un destructor de la razón, sino también, seguramente, uno de sus inspiradores, un fermentador de la revolución». ¿Acaso fue una figura complementaria de Marx? En lo que respecta a las obras de arte, quizás podría cubrir esas brechas que la estética marxista jamás logró cerrar por completo.

Nota: la versión original de este artículo en alemán se publicó con el título «Der große Gesang: Karl Marx als Schriftsteller und Literat» en Neue Gesellschaft vol. 64 No 10, 2017. Traducción de Mariano Grynszpan.

Notas

1 K. Marx y F. Engels: Manifiesto del Partido Comunista en K. Marx: Antología, sel. e intr. de Horacio Tarcus, Siglo Veintiuno, Buenos Aires, 2015.

2 K. Marx: El 18 brumario de Luis Bonaparte en Antología, cit., pp. 168 y 174-175.

3 K. Marx: Contribución a la crítica de la filosofía del derecho de Hegel en Antología, cit., p. 92.

4. K. Marx: Manuscritos: economía y filosofía, Altaya, Barcelona. 1993, pp. 182-183.

(NUEVA SOCIEDAD / 10-2018)

domingo

MARX LLEVABA BASTANTE RAZÓN


por Vicenç Navarro
(Catedrático de Ciencias Políticas y Sociales en la Universidad Pompeu Fabra, profesor en la Universidad John Hopkins de Baltimore. Columnista en el Periódico Público de España)
Como consecuencia del enorme dominio que las fuerzas conservadoras tiene en los mayores medios de difusión y comunicación, incluso académicos, en España (incluyendo Catalunya), el grado de desconocimiento de las distintas teorías económicas derivadas de los escritos de Karl Marx en estos medios es abrumador. Por ejemplo, si alguien sugiere que para salir de la Gran Recesión se necesita estimular la demanda, inmediatamente le ponen a uno la etiqueta de ser un keynesiano, neo-keynesiano o “lo que fuera” keynesiano.
En realidad, tal medida pertenece no tanto a Keynes, sino a las teorías de Kalecki, el gran pensador polaco, claramente enraizado en la tradición marxista, que, según el economista keynesiano más conocido hoy en el mundo, Paul Krugman, es el pensador que ha analizado y predicho mejor el capitalismo, y cuyos trabajos sirven mejor para entender no solo la Gran Depresión, sino también la Gran Recesión. En realidad, según Joan Robinson, profesora de Economía en la Universidad de Cambridge, en el Reino Unido, y discípula predilecta de Keynes, este conocía y, según Robinson, fue influenciado en gran medida por los trabajos de Kalecki.
Ahora bien, como Keynes es más tolerado que Marx en el mundo académico universitario, a muchos académicos les asusta estar o ser percibidos como marxistas y prefieren camuflarse bajo el término de keynesianos. El camuflaje es una forma de lucha por la supervivencia en ambientes tan profundamente derechistas, como ocurre en España, incluyendo Catalunya, donde cuarenta años de dictadura fascista y otros tantos de democracia supervisada por los poderes fácticos de siempre han dejado su marca. Al lector que se crea que exagero le invito a la siguiente reflexión. Suponga que yo, en una entrevista televisiva (que es más que improbable que ocurra en los medios altamente controlados que nos rodean), dijera que “la lucha de clases, con la victoria de la clase capitalista sobre la clase trabajadora, es esencial para entender la situación social y económica en España y en Catalunya”; es más que probable que el entrevistador y el oyente me mirasen con cara de incredulidad, pensando que lo que estaría diciendo sería tan anticuado que sería penoso que yo todavía estuviera diciendo tales sandeces. Ahora bien, en el lenguaje del establishment español (incluyendo el catalán) se suele confundir antiguo con anticuado, sin darse cuenta de que una idea o un principio pueden ser muy antiguos, pero no necesariamente anticuados. La ley de la gravedad es muy, pero que muy antigua, y sin embargo, no es anticuada. Si no se lo cree, salte de un cuarto piso y lo verá.
La lucha de clases existe
Pues bien, la existencia de clases es un principio muy antiguo en todas las tradiciones analíticas sociológicas. Repito, en todas. Y lo mismo en cuanto al conflicto de clases. Todos, repito, todos los mayores pensadores que han analizado la estructura social de nuestras sociedades -desde Weber a Marx- hablan de lucha de clases. La única diferencia entre Weber y Marx es que, mientras que en Weber el conflicto entre clases es coyuntural, en Marx, en cambio, es estructural, y es intrínseco a la existencia del capitalismo. En otras palabras, mientras Weber habla de dominio de una clase por la otra, Marx habla de explotación. Un agente (sea una clase, una raza, un género o una nación) explota a otro cuando vive mejor a costa de que el otro viva peor. Es todo un reto negar que haya enormes explotaciones en las sociedades en las que vivimos. Pero decir que hay lucha de clases no quiere decir que uno sea o deje de ser marxista. Todas las tradiciones sociológicas sostienen su existencia.
Las teorías de Kalecki                                
Kalecki es el que indicó que, como señaló Marx, la propia dinámica del conflicto Capital-Trabajo lleva a la situación que creó la Gran Depresión, pues la victoria del capital lleva a una reducción de las rentas del trabajo que crea graves problemas de demanda. No soy muy favorable a la cultura talmúdica de recurrir a citas de los grandes textos, pero me veo en la necesidad de hacerlo en esta ocasión. Marx escribió en El Capital lo siguiente: “Los trabajadores son importantes para los mercados como compradores de bienes y servicios. Ahora bien, la dinámica del capitalismo lleva a que los salarios -el precio de un trabajo- bajen cada vez más, motivo por el que se crea un problema de falta de demanda de aquellos bienes y servicios producidos por el sistema capitalista, con lo cual hay un problema, no solo en la producción, sino en la realización de los bienes y servicios. Y este es el problema fundamental en la dinámica capitalista que lleva a un empobrecimiento de la población, que obstaculiza a la vez la realización de la producción y su realización”. Más claro, el agua. Esto no es Keynes, es Karl Marx. De ahí la necesidad de trascender el capitalismo estableciendo una dinámica opuesta en la que la producción respondiera a una lógica distinta, en realidad, opuesta, encaminada a satisfacer las necesidades de la población, determinadas no por el mercado y por la acumulación del capital, sino por la voluntad política de los trabajadores.
De ahí se derivan varios principios. Uno de ellos, revertir las políticas derivadas del dominio del capital (tema sobre el cual Keynes no habla nada), aumentando los salarios, en lugar de reducirlos, a fin de crear un aumento de la demanda (de lo cual Keynes sí que habla) a través del aumento de las rentas del trabajo, vía crecimiento de los salarios o del gasto público social, que incluye el Estado del bienestar y la protección social que Kalecki define como el salario social.
Mirando los datos se ve claramente que hoy las políticas neoliberales realizadas para el beneficio del capital han sido responsables de que desde los años ochenta las rentas del capital hayan aumentado a costa de disminuir las rentas del trabajo (ver mi artículo “Capital-Trabajo: el origen de la crisis actual” en Le Monde Diplomatique, julio 2013), lo cual ha creado un grave problema de demanda, que tardó en expresarse en forma de crisis debido al enorme endeudamiento de la clase trabajadora y otros componentes de las clases populares (y de las pequeñas y medianas empresas). Tal endeudamiento creó la gran expansión del capital financiero (la banca), la cual invirtió en actividades especulativas, pues sus inversiones financieras en las áreas de la economía productiva (donde se producen los bienes y servicios de consumo) eran de baja rentabilidad precisamente como consecuencia de la escasa demanda. Las inversiones especulativas crearon las burbujas que, al estallar, crearon la crisis actual conocida como la Gran Depresión. Esta es la evidencia de lo que ha estado ocurriendo (ver mi libro Ataque a la democracia y al bienestar. Crítica al pensamiento económico dominante, Anagrama, 2015)
De ahí que la salida de la Gran Crisis (en la que todavía estamos inmersos) pase por una reversión de tales políticas, empoderando a las rentas del trabajo a costa de las rentas del capital. Esta es la gran contribución de Kalecki, que muestra no solo lo que está pasando, sino por dónde deberían orientar las fuerzas progresistas sus propuestas de salida de esta crisis, y que requieren un gran cambio en las relaciones de fuerza Capital-Trabajo en cada país. El hecho de que no se hable mucho de ello responde a que las fuerzas conservadoras dominan el mundo del pensamiento económico y no permiten la exposición de visiones alternativas. Y así estamos, yendo de mal en peor. Las cifras económicas últimas son las peores que hemos visto últimamente.

miércoles

KARL MARX . REFLEXIONES DE UN JOVEN EN LA ELECCIÓN DE UNA PROFESIÓN (1)





Escrito por  Karl Marx entre el 10 y 16 de agosto de 1835.

Primera Edición: en Archiv für die Geschichte des Sozialismus und der Arbeiterbewegung, 1925. Traducido del latín.

La traducción del inglés fue terminada por Juan Diego Pérez el 23 de agosto de 2007 en Quito-Ecuador desde la versión en inglés proveniente de Marx - Engels Collected Works, Volumen 1.

Esta Edición: Marxists Internet Archive, agosto de 2009.  La nota al pie ha sido re-editada para esta edición.



La naturaleza, en sí misma, ha determinado la esfera de la actividad en la que el animal debe moverse, y lo hace pacíficamente dentro de esa esfera, sin intentar ir más allá de ella, sin tener incluso una noción de cualquier otro campo. Al hombre, también, la Deidad dio un objetivo general: el de ennoblecerse así mismo y a la humanidad, pero Él lo dejó buscar la manera de lograr este objetivo; Él lo dejó elegir la posición social que más le satisfizo, de la cual puede fortalecerse a sí mismo y a la sociedad.

Esta elección es un gran privilegio del hombre sobre el resto de la creación, pero al mismo tiempo es un acto que puede destruir su vida entera, frustra todos sus planes, y lo hace infeliz. Por consiguiente, considerar seriamente esta elección es ciertamente el primer deber de un joven que está empezando su carrera y no quiere dejar sus asuntos más importantes para arriesgarse.

Todos tenemos un objetivo, que nos parece grande; y, realmente, para la convicción más profunda, es así, la más profunda voz del corazón lo declara de esta manera, la Deidad nunca deja al hombre mortal totalmente sin una guía; él habla suavemente pero con certeza.

Pero esta voz puede ahogarse fácilmente, y lo que nosotros tomamos como inspiración puede ser el producto del momento, que quizás también puede destruirse por otro. Nuestra imaginación, quizás, está en el fuego, nuestras emociones agitadas, los fantasmas revolotean ante nuestros ojos, y nos zambullimos precipitadamente en lo que nuestro impetuoso instinto sugiere, qué llegamos a imaginamos que la Deidad nos ha señalado. Pero lo que nosotros abrazamos ardientemente pronto nos rechaza y ahí vemos nuestra existencia entera en las ruinas.

Debemos examinar, por consiguiente, seriamente, si realmente hemos estado inspirados al escoger nuestra profesión, si una voz interna lo aprueba; o, si esta es un engaño, y lo que nosotros tomamos como un llamado de la Deidad fue una autodecepción. ¿Pero, cómo podemos reconocer esto, sino rastreando la fuente de la propia inspiración?

Respecto al ímpetu, este promueve la ambición, y fácilmente produce la inspiración, o lo que nosotros tomamos por inspiración; pero la razón no puede refrenar al hombre que es tentado por el demonio de la ambición, y se zambulle precipitadamente en lo que sus impetuosos instintos le sugieren: él ya no escoge su posición en la vida, ahora esta es tomada por casualidad e ilusión.

No somos llamados para adoptar la posición que nos ofrece las oportunidades más brillantes; quizás no es lo que, en la larga serie de años, podamos sostenerlo, nunca nos cansaremos, ni se diluirá nuestra pasión, nunca permitamos que nuestro entusiasmo crezca impersonalmente, excepto si vemos nuestros deseos incumplidos, nuestras ideas insatisfechas y debamos "descubrirnos" contra la Deidad y la maldición de la humanidad.

Pero no sólo es la ambición la que puede despertar el entusiasmo súbito por una profesión particular; quizás pudimos haberla embellecido en nuestra imaginación, para hacerla parecer lo más alto que la vida puede ofrecer. No hemos analizado, ni considerado la carga entera, la gran responsabilidad que se impone en nosotros; sólo lo hemos visto a distancia, y la distancia es engañosa.

Nuestra propia razón no puede aconsejarnos; para esta, la decisión no se apoya por la experiencia ni por la observación profunda, se engaña por la emoción y se deslumbra por la fantasía. ¿Entonces a quién debemos volver nuestros ojos? ¿Quién debe apoyarnos dónde nuestra razón nos desampara?

Nuestro corazón dice: Nuestros padres, que han recorrido el camino de vida y han experimentado la severidad del destino.

Y si nuestro entusiasmo todavía persiste, si continuamos amando una profesión y creemos su llamado después de haberla examinado a sangre fría, después de percibir sus cargas y dificultades, entonces debemos adoptarla, entonces nadie hará que nuestro entusiasmo nos engañe ni que la impaciencia nos lleve lejos.

Mas no siempre podemos lograr la posición a la cual creemos que somos llamados, nuestras relaciones en la sociedad están relativamente preestablecidas antes de que estemos en una posición de determinarlas.

Nuestra constitución física es a menudo un obstáculo amenazante, y no permite a nadie mofarse de sus derechos. Es verdad que podemos subir sobre esta; pero entonces nuestra caída es la más rápida de todas, de ahí que somos aventurados en construir sobre las ruinas desmenuzadas, entonces nuestra vida entera es un forcejeo infeliz entre los principios mentales y corporales. Pero aquel, que es incapaz de reconciliar sus internos elementos en pugna, ¿cómo puede resistir la tensión tempestuosa de vida, cómo podría actuar serenamente? Y es exclusivamente desde la calma que esos grandes y finos hechos pueden surgir; es el único terreno en el que las frutas maduras se desarrollan con éxito.

Aunque no podamos trabajar de largo, y casi nunca de buena gana con una constitución física que no se satisface a nuestra profesión, el pensamiento, no obstante, surge del sacrificio de nuestro bienestar ante el deber, actúa vigorosamente aunque seamos débiles. Pero si hemos escogido una profesión para la que no poseemos el talento, nunca podremos ejercerla merecidamente, comprenderemos pronto, con vergüenza, nuestra propia incapacidad y decimos que somos seres creados inútiles, los miembros de la sociedad, incapaces de cumplir su vocación. Entonces la consecuencia más natural es el desprecio de sí mismo, y qué es más doloroso, que el sentirse por todos como el menos capaz de lo que el mundo exterior puede ofrecer. El desprecio de sí mismo es una serpiente que en la vida roe el pecho de uno, a la vez que chupa la sangre de la vida del corazón y lo mezcla con el veneno de misantropía y desesperación.

Una ilusión sobre nuestro talento, para una profesión a la cual hemos examinado estrechamente, es una falta que toma su venganza sobre nosotros mismos, y aun si no se encuentra con la censura del mundo externo, que da lugar al dolor más terrible que puede infligir en nuestros corazones.

Si hemos considerado todo esto, y si las condiciones de nuestra vida nos permiten escoger cualquier profesión que nos guste, podemos adoptar lo que nos asegura el valor más grande: aquel que está basado en las ideas de cuya verdad nos convencen completamente, que nos ofrece el alcance más amplio para trabajar para la humanidad y para nosotros mismos, para acercarse más al objetivo general para la que cada profesión es un medio: la perfección.

El mayor mérito de un hombre es aquel que da una gran nobleza a sus acciones y a todos sus logros, que lo hacen invulnerable, admirado por la muchedumbre y que lo elevó anteriormente.

Pero el mérito sólo puede asegurarse por una profesión en la que no seamos herramientas serviles, en la cual actuemos independientemente en nuestra propia esfera. Sólo puede asegurarse por una profesión que no exija actos reprensibles, inclusive aquellos reprensibles sólo en su apariencia exterior, una profesión que los mejores pueden seguir con noble orgullo. Una profesión que asegure esto en el más gran grado no siempre es la mejor, pero siempre será la preferida.

Pero así como una profesión que no nos da ninguna seguridad de su mérito nos degrada, debemos ciertamente sucumbir bajo las cargas de quien se ha basado en ideas que las reconoceremos posteriormente como falsas.

Casi no tenemos ningún recurso para la autodecepción, ¡y lo que una salvación desesperada es aquella que se obtiene por la traición de sí mismo!

Esas profesiones que no son tan envueltas en la vida misma concernientes con las verdades abstractas son las más peligrosos para el joven cuyos principios no son todavía firmes y cuyas convicciones no son todavía fuertes e inflexibles. Al mismo tiempo estas profesiones pueden parecer ser las más excelsas si han sido tomadas de raíz en nuestros corazones y si somos capaces de sacrificar nuestras vidas y todos los logros por los ideales que aspiramos en ellos.

Ellas pueden dar felicidad al hombre que tiene una vocación para estas, mas destruyen a quien los adopta imprudentemente, sin reflexión, rindiéndose al impulso del momento.

Por otro lado, tenemos más consideración en las ideas que basan nuestra profesión en darnos un alto status en la sociedad, refuerza nuestro propio mérito, y hace nuestras acciones indiscutibles

Uno que escoja una profesión que valore favorablemente, se estremecerá a la idea de ser indigno de ella; solo actuará noblemente si su posición social es la de un noble.

Mas la guía principal que debe dirigirnos en la elección de una carrera es el bienestar de la humanidad y nuestra propia perfección. No debe pensarse que estos dos intereses pudieran estar en conflicto, que uno tendría que destruir el otro; al contrario, la naturaleza de hombre está constituida de tal modo que sólo puede lograr su propia perfección trabajando para la perfección, para el bien de sus semejantes.

Si uno solo trabaja para sí mismo, quizás puede volverse un famoso del aprendizaje, un gran sabio, un poeta excelente, pero nunca puede ser perfecto, verdaderamente grande.

La historia llama a esos hombres los más grandes, los que se han ennoblecido trabajando por el bien común; la experiencia aclama como el más feliz a quien ha hecho el más grande número de la personas felices; la religión misma nos enseña que el ideal de vida por quienes todos se esfuerzan por copiar se sacrificó por causa de la humanidad, ¿y quién se atrevería a poner en nada los tales juicios?

Si en la vida hemos escogido la posición desde la cual podemos trabajar más por la humanidad, ninguna carga nos puede doblegar, porque son sacrificios en beneficio de todos; entonces experimentaremos una no pequeña, limitada, egoísta alegría, pero nuestra felicidad pertenecerá a millones, nuestros hechos se vivirán calladamente, pero por siempre por el trabajo, y sobre nuestras cenizas se verterán las ardientes lágrimas de la gente noble.

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[1] REFLEXIONES DE UN JOVEN PARA LA ELECCIÓN DE SU PROFESIÓN - es un ensayo escrito por Marx para los exámenes escolares en El Gimnasium Real Frederick William III en Tréveris, en agosto de 1835. Solo siete páginas del examen de Marx se han conservado. El ensayo antedicho, para la elección del escritor, un ensayo en latín sobre el reino de Augusto y un ensayo religioso, un latín inadvertido, una traducción del griego, una traducción en francés, y un folio sobre matemáticas (todos publicados en Marx / Engels, Historisch-Kritische Gesamtausgabe, Erste Abteilung, Atan 1, Zweiter Halbband, Berlín, 1929, S. 164-82). En el original hay numerosas acotaciones, presumiblemente hechas por el maestro de historia y filosofía, el entonces director de colegio del gimnasio, Johann Hugo Wyttenbach, que no se reproducen en la edición presente. Él también hizo el comentario siguiente: "Bastante bueno. El ensayo es marcado por una riqueza de pensamiento y una narración sistematizada buena. Pero generalmente el autor aquí ha cometido mucho un error: peculiarmente busca expresiones pintorescas detalladas para la elaboración. Por consiguiente muchos pasajes subrayan la falta la claridad necesaria y de definición; y, a menudo, la precisión en las expresiones separadas así como en los párrafos enteros".  En inglés, este ensayo se publicó en 1961 en los Estados Unidos, en el periódico The New Scholasticism, Vol. XXXV, No. 2, Baltimore-Washington, el pp. 197-20 1, y en las Writings of the Young Marx on Philosophy and Society, Garden City, Nueva York, 1967, el pp. 35-39.
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