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URUGUAY COMO PROBLEMA - ALBERTO METHOL FERRÉ


VIGESIMOSEGUNDA ENTREGA

5. El Nuevo Uruguay Internacional (8)
Es una tragedia de vieja data, que se consuma en 1640 con la independencia portuguesa, cuña perpetua contra España y su formación nacional. La segregación del Portugal de España la dejó, a la emprendedora burguesía comercial lusitana, raquítica, sin base productiva nacional y, por otra parte, repercutió en la consolidación de los señores en Castilla, quienes vieron facilitada su tarea de ahogar a sus burguesías, en especial catalana. Esa segregación portuguesa fue el golpe definitivo contra las posibilidades históricas de la revolución burguesa en la península ibérica, y condujo al mutuo estancamiento, del que hoy todavía pugnan por salir. Por eso, Miguel de Unamuno escribía luminosamente en 1906 al uruguayo Nin Frías: “Portugal sufre de su independencia. La independencia ha matado al patriotismo. Unidos a España y esforzándose por aportuguesarla, por llevar la capital a Lisboa, por descastellanizarla habrían acrecentado y corroborado su personalidad. El empeño de una independencia hueca, puramente defensiva, como si la independencia fuese un fin y no un medio, les ha postrado, por recelo a España, ante una dinastía nefasta y un vergonzante y vergonzoso protectorado inglés. ¿No pasará ahí algo así?” [29]Unamuno, vasco hasta los tuétanos, era contrario a los separatismos vascos y catalán, que renegaban de su misión nacional española: “que mis paisanos vascos traten de vasconizar a España y que traten de catalanizarla los catalanes”. Aquí está el nudo de la gran frustración nacional hispánica y la raíz de la disgregación hispanoamericana. La balcanización comenzó ya en España, y por eso Unamuno podía percibir con claridad que “las patrias americanas son, en gran medida, convencionales”.
La fisura original Portugal-España no puede conquistarse entre nosotros, como sobrevivencia malsana y rivalidades nefastas empujadas por extraños: sus exclusivos beneficiarios. Ya en los preliminares de la primera emancipación, entre 1807 y 1810, hubo una genial visión e intento reparador, el de la Princesa Carlota de Borbón. Hermana mayor de Fernando VII y esposa de Don Juan Príncipe Regente de Portugal, concibió desde su instalación en Río de Janeiro, la grandiosa tarea de salvar la unidad total de los mundos hispanocriollos, cuando todo aparecía amenazado de ruina. El “carlotismo” se difundió por toda Hispanoamérica. Pero fue usado por los ingleses, en una doble política, para un mayor debilitamiento español; y luego Lord Strangford se encargó de liquidar la política de Carlota. Si la “gran intriga” carlotista de ayer fue al nivel de los cortesanos y burócratas, hoy nos espera, diríamos, como un “neocarlotismo” esta vez nacido desde las raíces populares y las necesidades de liberación, y del desarrollo técnico-industrial, en condiciones históricas más maduras. Pues así como no hay Europa sin la alianza de Francia y Alemania, tampoco habrá América Latina sin la alianza profunda de Argentina y Brasil. Nosotros, con los otros países de la Cuenca, seremos su mediación, su “Benelux” a la criolla.
Cuando Unamuno se refería a Portugal, también pensaba en el Uruguay, pues agregaba: “¿No será salvación del Uruguay unirse a la Argentina, entrar en confederación con ésta, y esforzarse por orientalizarla?” [30]Eso fue cierto y posible en el primer tercio del siglo XIX, y todavía pervive en la gran polémica que inaugura la revista del Ateneo en el '80. Si de preferencias hablamos, hubiera sido la mía: no romper nunca con las Provincias Unidas. Pero la historia no ha corrido en vano. Por eso Herrera se desesperaba con la “conmixtión de los partidos”, donde equivocadamente veía la causa de los conflictos, cuando eran su efecto: la causa original residía en Inglaterra: “Pongamos sin miedo el dedo en la llaga ¿alguien ignora la preferencia de un partido oriental por la amistad argentina y la preferencia del otro por la amistad brasilera? El buen juicio declara a semejantes extravíos, que urge extinguir, contradictorios con el bien fundamental de la República” [31]¿Quién puede olvidar los vínculos íntimos de Rivera y Saravia con Río Grande del Sur? ¿De Flores con los unitarios porteños y del oribismo con los federales? Hay muchos entrecruzamientos de preferencias, en las dos corrientes históricas que configuran el Uruguay; y nada más lógico en un país que es esencialmente frontera y mira a dos lados. Pero hoy la opción es muy otra que antaño; no se trata o de aportuguesados o de aporteñados, de esto o aquello. El asunto es esto y aquello, pues a nuestra altitud histórica –y sus exigencias– la disyuntiva carece de sentido y es reaccionaria, servidora inconsciente de los intereses imperiales extranjeros. El nacionalismo argentino y brasileño son los dos rostros de un mismo nacionalismo, y no pueden volverse la espalda por estrecheces de campanario. Y nuestro destino y tarea es que no se den la espalda, ni se predispongan así para la derrota de su misión histórica, y sellen el fracaso de América Latina con el suyo propio.
Es nuestra tarea de conjugación el bien fundamental de la República. El Uruguay como problema problematiza a toda la Cuenca del Plata. Es que la crisis del Uruguay pone en crisis a toda una época histórica. En efecto, el Estado Tapón era como el arco de bóveda que sostenía los compartimentos estancos rioplatenses, era la clave de la balcanización, su punto de equilibrio. Pero si el Estado Tapón se destapa, todo el equilibrio se rompe y todas las aguas se confunden. Pues el Uruguay es también el talón de Aquiles de la balcanización en el Hemisferio Sur latinoamericano. La inserción del Uruguay en la Cuenca, por las buenas o por las malas, por decisión propia o desorden interno, será el punto de fusión de las historias argentina, paraguaya, brasileña, etc. Será el fin de los compartimentos estancos, de los grandes lagos interiores en un torrente común. Es por el Uruguay donde se destapará la Cuenca, y se convertirán las historias de sus vecinos complicados en una sola historia. Por aquí comenzará el deshielo de la balcanización latinoamericana. De más en más nos acercamos a esa encrucijada. La última victoria diplomática uruguaya fue que se le aceptara el descenso junto a los “subdesarrollados” de la ALALC (Ecuador,Bolivia, Paraguay) y el coro de lamentos que le siguió se condensó en estas menospreciables palabras de un senador de la República: “¡Adónde hemos ido a parar… con los indios, los jíbaros y las serpientes!”. La petulancia rastaculta “europea” de las viejas generaciones tenía el final de norma; y así sentía el reencuentro con sus hermanos y la verdad de su situación de semicolonia privilegiada en deterioro. Por eso, a despecho de las apariencias y de la distracción común, el Uruguay es virtualmente el punto más potencialmente explosivo de América Latina. Su situación geopolítica así lo indica. Lamas lo sabía, y decía que la “paz continental” dependía de la paz uruguaya. Exacto, era la paz de las enajenaciones. Y nosotros queremos muy otra paz. No sería extraño pues que el diminuto Uruguay abra las puertas de una gran turbulenta historia, preñada de grandes cosas. Y que plantee prácticamente, aún a pesar suyo, la cuestión siempre añorada y postergada: la cuestión nacional de América Latina.
Estamos pues en otra vuelta de tuerca, y revive bajo otra faz y signo la gran polémica ateneísta del '80. Decía entonces don Pedro Bustamante “O platinos o brasileros, mucho me temo señores, que en estos precisos términos se plantee al fin el problema que habrán de resolver… nuestros nietos, si no son los padres de nuestros nietos”. Le siguió un Uruguay tan exitoso que la cuestión se nos replantea a la generación de los bisnietos. Pero sus términos no son tan sencillos y hay grandes diferencias. Antes, se iba a “entrar” en el Uruguay, y ahora es “salir”. De lo que ahora se trata es convertir al Uruguay en el más fuerte nexo argentino-brasileño, que es la condición sine qua non de la liberación nacional de América Latina. ¿Empezará ella por la Cuenca del Plata? Lo cierto es que no haremos ninguna política, sin argentinos y brasileños juntos.
Así en nuestra época, en que el avance industrial y tecnológico sumerge en el atraso y la dependencia o la desaparición a los pequeños países aislados, cuando a todos los uruguayos se nos convierte el Uruguay mismo en problema, cuando ya no es posible la amnesia de la interrogación que el país tiene clavada en la frente, nos decimos aquello de: “Todo pueblo, aún el más pequeño, saca fuerza vital de la necesidad y el dolor”. Y en presencia de la terrible y frustrada historia de la nación latinoamericana inconclusa, afirmar ante los nuevos tiempos revueltos que se avecinan: “Ce n’est pas le chaos qui commence, c’est la solution qui approche”.
Notas
[29]  Daniel Castagnin, op. cit., pág. 11.
[30]  Daniel Castagnin, op. cit., pág. 28.
[31]  Herrera, op. cit., pág. 28.

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