Mostrando entradas con la etiqueta James Joyce. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta James Joyce. Mostrar todas las entradas

miércoles

JAMES JOYCE, UN ESCRITOR “AUTOEXILIADO”

 

 

por Josep Gavaldá 

 

"He escrito el Ulises para tener ocupados a los críticos durante 300 años", llegó a afirmar con ironía el escritor irlandés James Joyce. La autora italiana Francesca Romana Paci, en su biografía James Joyce: vida y obra, afirma que el gran escritor irlandés, nacido el 2 de febrero de 1882, era un hombre "triste e intratable; bebía demasiado y no hablaba con nadie, ni siquiera con Nora (su esposa)". Joyce, considerado hoy en día el escritor irlandés por excelencia, acabaría huyendo de su Dublín natal, adonde sólo regresó en contadas ocasiones. Aun así, en la actualidad el autor se ha convertido en un importante reclamo turístico en su país, sobre todo en la capital, Dublín, una ciudad a la que muchos admiradores de su obra acuden para visitar los escenarios que describió en su Ulises, la obra que lo inmortalizaría.

UN NÓMADA INTELECTUAL

 

Desde que abandonó Dublín acompañado por su esposa y musa, Nora Barnacle, en 1904, la vida de Joyce fue de todo menos tranquila. En Zúrich, donde se instaló la pareja, Joyce empezó a trabajar como profesor de inglés, y desde allí fue enviado a Trieste, en Italia; durante un tiempo también dio clases a oficiales de la armada austrohúngara en Pola (ciudad que hoy en día forma parte de Croacia) hasta 1905. Más tarde, a finales de 1906, Joyce y esposa se instalaron en Roma, donde el escritor trabajó como traductor en un banco; después, en 1910, la pareja regresó de nuevo a Trieste, donde el escritor impartió clases de inglés. Joyce no quería saber nada del nacionalismo y las pulsiones religiosas que invadían Irlanda; incluso hablaba en italiano con sus propios hijos y escribía en ese idioma. El profesor de literatura y especialista en la obra de Joyce, John McCourt, define su estancia en Trieste y los años que pasó en esa ciudad como los "años de esplendor" del autor irlandés.

 

La vida en Trieste resultó fundamental para Joyce, y no sólo porque allí nacieron sus dos hijos, Giorgio y Lucía, ni porque allí escribiese gran parte de su obra, sino porque el ambiente en la ciudad italiana era absolutamente contrario a la rigidez y encorsetamiento social de Dublín. Para Joyce, que había sido educado en el catolicismo más estricto, Trieste supuso un soplo de libertad; la ciudad era cosmopolita y disfrutaba de una intensa vida cultural: Joyce podía asistir asiduamente al teatro y a la ópera. Muchos estudiosos del autor irlandés coinciden en que para comprender la evolución de su obra es necesario incidir en este exilio autoimpuesto. Aparte de sus problemas relacionados con el nacionalismo tan presente en su país, Joyce también tuvo que hacer frente a la pobreza y sufrió algunos problemas familiares, como la esquizofrenia de su hija. Todo ello se reflejaría en su producción literaria.


FAMA E INFELICIDAD

 

En 1912, Joyce regresó a Dublín por última vez. Aquella visita fue decisiva en la génesis de su primera obra en prosa titulada Dublineses, una colección de quince relatos cortos que intentó publicar en su país, aunque sin éxito. Tanto varios editores como sus propios amigos vieron en aquellas historias una "traición" a Irlanda, ya que el autor describe a sus compatriotas como seres infelices viviendo en una sociedad rígida. A pesar de este revés, el padre de Joyce y el poeta William Butler Yeats hicieron lo posible para que se quedara en Dublín, incluso Yeats escribió al también poeta Ezra Pound para que le consiguiera trabajo. Pero Joyce se negó a pesar de sus problemas económicos. Pound le ofreció una colaboración en las revistas The Egoist y Poetry y en 1914 logrará publicar Dublineses gracias al editor londinense Grant Richards. Las ventas no fueron muy bien (según Richards, debido al estallido de la guerra), pero el libro obtuvo buenas críticas y entre sus admiradores se contó el autor británico de ciencia ficción H. G. Wells.

 

De hecho, Joyce, al que el alcoholismo acompañaría siempre, tuvo serias dificultades para publicar sus libros a lo largo de toda su vida. Curiosamente, sus obras fueron rechazadas sistemáticamente, hasta que conoció a la nueva editora de la revista The Egoist, Harriet Shaw Weaver (que, con el tiempo, se convertiría en su agente, mecenas y albacea tras la muerte del escritor). En 1916 se publicó Retrato del artista adolescente y en 1918 se estrenó en Múnich la obra de teatro Exiliados. La fama de Joyce subió como la espuma, tanto que incluso empezó a recibir donaciones de una admiradora anónima que prometió ayudarlo "hasta que pudiera encontrar una situación estable", según narra la biografía de Joyce escrita por el prestigioso crítico literario estadounidense Richard Ellmann.


EL ULISES

 

La obra más emblemática de Joyce, Ulises, empezó a ser escrita en 1906, cuando el escritor trabajaba en un banco de Roma. En 1918, la revista estadounidense The Little Review empezó a publicarla por entregas (contrataron a un impresor croata que no entendía el inglés, una práctica muy común en la época). Pero La Sociedad para la Supresión del Vicio de Nueva York consideró la novela inmoral y pornográfica, y en 1920 logró parar su publicación. Margaret Anderson y Jane Heap, editoras de The Little Review, fueron condenadas a pagar una multa de cincuenta dólares cada una. En 1922, la conocida editora norteamericana y fundadora de la famosa librería Shakespeare & CompanySylvia Beach, publicó la obra de Joyce en París a través del mismo sistema: contratar a un impresor que no entendiese el inglés. Finalmente, y tras muchos problemas, la primera edición de Ulises se publicaría en Estados Unidos en 1934, dos años antes que en Inglaterra. Poco a poco el fenómeno Ulises fue extendiéndose y la novela se tradujo a muchos idiomas, incluso al japonés. La primera edición en español estuvo a cargo del argentino José Salas Subirat, que logró traducirla y publicarla en 1945 en Buenos Aires.

 

Hoy en día, el Ulises de Joyce está considerada una obra maestra de la literatura universal. La acción de la historia sucede en un solo día, el 16 de junio de 1904, y en la novela sólo aparecen tres personajes: Leopold Bloom, su esposa Molly y el joven Stephen Dedalus. Ese día no fue escogido al azar por el autor (el 16 de junio de 1904 era la fecha en la que Joyce y Nora Branacle tuvieron su primera cita). El título de la obra hace referencia al héroe mitológico de la Odisea de Homero, el rey de Ítaca. El autor establece paralelismos entre sus personajes y los del poema épico: Bloom se relaciona con el astuto Odiseo y Stephen Dedalus con Telémaco, el hijo del héroe. La crítica internacional ha ensalzado la novela de Joyce en numerosas ocasiones. Según el crítico argentino Rodolfo Biscia, Ulises es una "enciclopedia cabal de trucos narrativos y estilísticos". Por su parte, el aclamado escritor argentino Jorge Luis Borges también ensalzó el Ulises de Joyce con estas palabras: "Hay sentencias, hay párrafos que no son inferiores a los más ilustres de Shakespeare o de sir Thomas Browne".

UN FINAL EN SILENCIO

 

La publicación de Ulises dejó agotado a Joyce. En una carta remitida a su editora Harriet Shaw Weaver le dijo lo siguiente: "Ayer escribí dos páginas, las primeras desde el último 'Sí' en Ulises. Después de encontrar una pluma, las copié con alguna dificultad en un gran cuaderno de doble hoja para poder leerlas". Aquellas primeras páginas que tanto le costó escribir constituyen el inicio de su última obra, una obra que iba a tardar dieciséis años en publicar: Finnegans Wake, novela cómica escrita en un estilo que se podría definir como "experimental". De ella diría el gran autor italiano Umberto Ecco: "El lector está obligado a encontrar un orden y, al mismo tiempo, a darse cuenta de que hay muchos órdenes posibles".

 

Con la ocupación nazi de Francia, Joyce y su familia abandonaron el país y se establecieron en Zúrich. Obsesionado por todo lo que estaba ocurriendo en Europa, el escritor hizo de la literatura su vía de escape de una realidad deprimente. El 11 de enero de 1941, Joyce fue operado de una úlcera de duodeno. Tras una aparente mejoría, cayó en un coma profundo del que no despertará hasta el 13 de enero. Una enfermera de guardia escuchó sus murmullos y acudió junto a su cama. Entre susurros, el escritor, consciente de su inminente final, le pedirá que avise a su esposa y a su hijo. Cuando la enfermera regresa para decirle que su esposa ya ha sido avisada, halla muerto al autor irlandés. Ante la imposibilidad de asistir al funeral, el secretario del Departamento de Asuntos Exteriores de Irlanda sólo pidió una cosa: saber si Joyce había muerto en el catolicismo.


(National Geographic / 2-2-2021)

domingo

JAMES JOYCE, A 80 AÑOS DE SU MUERTE

 

por Silvina Friera 

 

La gran novela del “degenerado satánico” irlandés cambió la literatura del siglo XX con la consolidación del monólogo interior. El Ulises (1922), esa vía láctea con Dublín como sistema solar, es una épica moderna que narra un día en la vida de Leopold Bloom y Stephen Dedalus, el 16 de junio de 1904, en la capital de Irlanda. El libro del futuro que marcó un antes y un después, publicado en París gracias a la librera y editora Sylvia Beach, permaneció en la clandestinidad y durante más de una década se distribuyó de contrabando. Las aduanas de Estados Unidos e Inglaterra estaban en alerta roja para confiscar y quemar cualquier ejemplar que entrara por correo. “He escrito el Ulises para tener ocupados a los críticos durante 300 años”, dijo James Joyce (1882-1941). A 80 años de su muerte, siguiendo la ironía del escritor irlandés, se podría afirmar que los críticos del mañana todavía tienen doscientos años más para continuar descifrando este clásico de la literatura moderna.


“Si Dublín desapareciera de la faz de la tierra, podría reconstruirse entera a partir de las páginas de mi novela”, se jactó Joyce sobre todo lo que puso en juego en el Ulises. El escritor nació el 2 de febrero de 1882 en el barrio de Rathgar, un suburbio de la clase media de Dublín. Su padre John Joyce y su madre Mary Jane Murray tuvieron quince hijos de los cuales cinco murieron. Joyce no fue el primogénito, pero fue el mayor de los que sobrevivieron. Estudió en una de las mejores escuelas de Irlanda, el Wood College de Clongowes, administrada por los jesuitas, y completó su educación el University College de Dublín. El ambiente dublinés para este lector de Henrik Ibsen (el escritor noruego se convirtió en su primer modelo literario, incluso estudió noruego para leerlo en el idioma original) se parecía a un pantalón que encogió demasiado después de un par de lavados. Entonces decidió viajar a Francia para estudiar medicina. Pero su familia estaba en la ruina económica y a eso se le sumó la enfermedad de su madre, por lo que tuvo que regresar a Dublín.


A principios de junio de 1904 conoció en la calle a Nora Barnacle, una mujer dos años mayor que trabajaba como camarera en un hotel. La primera salida de la pareja fue el 16 de junio de 1904, día que quedaría inmortalizado en el Ulises. A los 22 años dejó Dublín junto a Nora y vivió entre Trieste, Roma, París y Zurich, donde murió el 13 de enero de 1941. Publicó los poemas de Chamber Music (Música de cámara) en 1907 y los cuentos Dublineses (1914), traducido por el cubano Guillermo Cabrera Infante, que indudablemente escribió una parte de su propia obra bajo el influjo joyceano. Ediciones Godot reeditará en marzo esos cuentos emblemáticos con traducción de Edgardo Scott. “Joyce veía epifanías fulgurantes que surgían del torrente de la vida cotidiana”, escribió Anthony Burgess. Para el escritor irlandés, en definitiva, un cuento es una cadena de epifanías y revelaciones que los lectores deben descubrir e interpretar.


¿Por dónde empezar a leer al autor irlandés? Recomendar de entrada el Ulises, obra de una complejidad y extensión (700 a 800 páginas, según la edición) que puede ahuyentar al lector desprevenido, podría ser una puerta que se cierra y que después no será fácil volver a abrir. Jorge Luis Borges decía que no había leído por completo la novela y dudaba de que la mayoría lo hubiera hecho. Los quince relatos de Dublineses, en cambio, se mueven en un horizonte de legibilidad a través de ese cruce de fronteras con el realismo, el naturalismo y el simbolismo. El territorio narrado despliega una “familiaridad” en tensión con lo local, lo particular y lo nacional. Joyce escribió esos cuentos en un contexto político y social en el que había un intenso rechazo contra todo lo británico, que trataba de encorsetar la identidad irlandesa dentro de modelos poco representativos de la cultura y la tradición oral. En esas historias protagonizadas por hombres y mujeres de las clases medias y bajas irlandesas buscó condensar la parálisis cultural, mental y social de Dublín.


Retrato del artista adolescente (1916) es una novela en la que aparece Stephen Dedalus, alter ego de Joyce, un joven que pelea contra las convenciones de la sociedad irlandesa, plataforma de lanzamiento del monólogo interior que alcanzará su cumbre máxima con el Ulises, traducida por primera vez al castellano en 1945 por el argentino José Salas Subirat, un empleado de comercio que escribió libros de seguros y superación personal. Esa novela fue tan elogiada como ninguneada. Aldous Huxley decía que era la novela más aburrida de todos los tiempos. Virginia Woolf nunca disimuló su fastidio hacia Joyce y hasta se lamentó haber interrumpido la lectura de Marcel Proust para dedicarse al Ulises por recomendación de T.S. Eliot. “Todos los mortales deberían unirse para honrar a Ulises; los que así no lo hicieren, que se contenten con ocupar un rango inferior en las órdenes intelectuales”, sentenció Ezra Pound. Las aguas se agitaron más cuando el libro fue censurado. Para el Dublin Review “leer el Ulises es un pecado contra el Espíritu Santo, el único pecado sin perdón de Dios”. Carl Jung se refirió a la novela que desde la periferia se instaló en el centro de la polémica literaria. “El estilo de Joyce es definitivamente esquizofrénico, con la diferencia de que el paciente común no puede impedirse a sí mismo pensar de esa forma mientras que Joyce hace a voluntad y, además, lo desarrolló con sus fuerzas creativas”.


Durante diecisiete años escribió Finnegans Wake, publicada en 1939, novela más experimental aún, considerada una de las obras más difíciles de comprender de la literatura en inglés, “una concatenación de retruécanos cometidos en un inglés onírico y que es difícil no calificar de frustrados e incompetentes”, afirmó Borges. “Copiaba la vida con mayor vivacidad cuando seguía el dictado de su oído”, planteó Harry Levin en James Joyce, Introducción crítica. El oído del escritor irlandés que revolucionó la literatura del siglo XX era todopoderoso.


(Página12 / 23-1-2021)

JAMES JOYCE - EL MONÓLOGO INTERIOR DE MOLLY BLOOM



(páginas finales del Ulysses)

“(…) no hay educación ni modales ni nada de nada en su naturaleza dándome un cachete por atrás de esa manera en el culo porque no lo llamé Hugh el ignaro que no distingue la poesía de una berza eso es lo que consigues por no ponerlos en su sitio quitándose los zapatos y los pantalones ahí mismo en la silla delante de mí con toda la caradura sin ni siquiera pedir permiso campándole eso de una manera tan vulgar en esa medio camisa que llevan para que se les admire como a un cura o a un carnicero o esos viejos hipócritas en los tiempos de Julio César desde luego que tiene bastante razón en su forma de tomarse el tiempo a chufla ten por seguro que lo mismo daría estar en la cama con qué con un león Dios estoy segura de que un León tendría algo mejor que decir O bueno supongo que es porque estaban tan rellenitas y apetitosas con mis enaguas cortas que no se podía aguantar a mí misma a veces me excitan no está mal para los hombres todo el montón de placer que sacan del cuerpo de una mujer somos tan redondas y blancas para ellos siempre ojalá fuera yo uno de ellos para variar por el gusto de intentarlo con eso que ellos tienen empinándose encima de una tan dura y a la vez tan suave cuando la tocas tío John la tiene larga oí que decían aquellos niños de la esquina cuando pasaba por la esquina de Marrowbone lane tía Mary tiene una pelambrera porque estaba oscuro y sabían que pasaba una chica no consiguieron que me sonrojara por qué iba a hacerlo es algo bien natural y él mete su cosa larga en la pelambrera de Mary etcétera y resulta ser que lo que mete es el mango en el escobón los hombres de nuevo no cabía esperar otra cosa pueden picotear y elegir lo que les venga en gana una mujer casada o una viuda fresca o una chica según sus gustos como aquellas casas por detrás de Insh street no pero si es que hemos de estar siempre encadenadas a mí sí que no me van a encadenar no hay cuidado una vez que me pongo te lo digo por los celos de sus estúpidos maridos por qué no podemos seguir siendo amigos cuando eso ocurre en lugar de reñir su marido descubrió lo que hacían juntos pues muy bien y si lo descubrió acaso puede reparar el daño si lleva la cornamenta de todas formas haga lo que haga y luego va él y se pasa al otro extremo loco por la mujer en Bellos tiranos desde luego que al hombre ni siquiera se le ocurre pensar 2 veces en el marido ni en la esposa tampoco es la mujer lo que quiere y la logra para qué otra cosa si no nos han dado todos esos deseos me gustaría a mí saber no lo puedo evitar si soy joven todavía digo yo es una maravilla que no estoy hecha una vieja arrugada antes de tiempo viviendo con él tan frío que nunca me abraza menos alguna vez cuando está dormido por los pies sin saber supongo a quién tiene cualquier hombre que bese el culo de una mujer es para darlo por perdido después de eso besaría cualquier cosa anormal donde no tenemos ni 1 átomo de señal distintiva en nosotras todas lo mismo 2 pedazos de grasa antes de que yo le hiciera eso a un hombre puufff los muy brutos asquerosos con sólo pensarlo tengo bastante beso sus pies señorita tiene algo de sentido no besó él nuestra puerta de entrada sí lo hizo vaya loco nadie entiende sus ideas disparatadas menos yo de todos modos está claro que una mujer quiere ser abrazada 20 veces al día casi para parecer joven no importa por quién siempre que se esté enamorada o amada por alguien si el hombre que quieres no lo tienes delante algunas veces por Dios bendito estaba pensando me iría yo a los muelles en una noche oscura donde nadie me conociera a cogerme a un marinero recién llegado de los mares que estuviera rabiando por hacerlo y no le importara un bledo de quién fuera yo sólo despacharse en un portal en algún sitio o uno de esos gitanos de aspecto salvaje de Rathfarrrnham que habían acampado cerca de la lavandería Bloomfield para intentar quitarnos nuestras cosas si podían yo sólo mandé las mías allí alguna que otra vez por el nombre lavandería modelo y me devolvían una y otra vez algunas medias viejas desparejadas aquel tipo con pinta de sinvergüenza de ojos atractivos pelando una varilla me ataca en la oscuridad y me echa un polvo contra la pared sin decir una palabra o un asesino cualquiera lo que ellos mismos hacen los caballeros elegantes con sus sombreros de copa aquel procurador de la corona que vive por aquí cerca saliendo de Hardwicke lane la noche que nos convidó a pescado para cenar por haber ganado en las apuestas de boxeo claro que nos convidó por mí le reconocí por las polainas y los andares y cuando me di la vuelta un minuto después justo para ver había una mujer detrás saliendo de allí también alguna sucia prostituta luego vuelve a casa a su mujer después de eso sólo que supongo que la mitad de esos marineros están podridos por otra parte de enfermedades O echa para allá ese corpachón fuera de ahí por el amor de Dios escúchale los vientos que llevan mis suspiros hasta ti bueno bueno que siga durmiendo y suspirando el insigne sabio Don Poldo de la Flora si supiera cómo salió en las cartas esta mañana tendría algo por lo que suspirar un hombre moreno con cierta perplejidad entre 2 7s también en la cárcel porque sólo Dios sabe lo que hace que yo no lo sé y voy a tener que andar trasteando abajo en la cocina para tenerle preparado a su señoría el desayuno mientras que él está enroscado como una momia acaso lo voy a hacer tú me has visto alguna vez corriendo ya me gustaría a mí verme de esa manera les haces caso y te tratan como basura no me importa lo que nadie diga sería mucho mejor que el mundo estuviera gobemado por las mujeres que hay en él no se vería a las mujeres matándose unas a otras ni aniquilándose cuándo se ha visto alguna vez a las mujeres dando tumbos borrachas como ellos hacen o jugándose hasta el último céntimo y perderlo en los caballos sí porque una mujer haga lo que haga sabe dónde parar seguro que no estarían en el mundo si no fuera por nosotras no saben lo que es ser mujer y madre cómo podrían dónde estarían todos ellos si no hubieran tenido una madre que los cuidara cosa que yo nunca tuve por eso es por lo que supongo que anda como loco ahora saliendo por las noches abandonando sus libros y sus estudios y no viviendo en casa porque es la típica casa de tócame roque bueno supongo que es una pena lamentable que los que tienen un buen hijo como ése no estén satisfechos y yo ninguno no fue él capaz de hacerme uno no fue por culpa mía nos arrimamos cuando yo estaba mirando aquellos dos perros encima y por atrás en plena calle ya ves aquello me descorazonó completamente supongo que no debí enterrarlo con aquella chaquetita de lana que yo le hice de punto llorando como estaba sino habérsela dado a algún niño pobre pero sabía bien que nunca tendría otro era nuestra la muerte además ya no fuimos los mismos desde entonces O no me voy a poner triste ahora por eso me pregunto por qué no se quedó a pasar la noche pensé todo el tiempo que era algún extraño que había traído en lugar de andar vagando por la ciudad tropezándose con quién sabe Dios trasnochadores y rateros a su pobre madre no le habría gustado eso si estuviera viva malográndose de por vida quizás de todos modos es una hora bonita tan silencioso me gustaba volver a casa después del baile el aire de la noche ellos tienen amigos con los que hablar nosotras no tenemos a nadie o bien él busca lo que no va a encontrar o se trata de alguna otra mujer dispuesta a clavarle a una el cuchillo por la espalda no soporto eso en las mujeres no me sorprende que ellos nos traten como nos tratan buen atajo de pécoras estamos hechas supongo que es por todas las preocupaciones que tenemos lo que nos ha hecho tan víboras yo no soy así él podía muy bien haber dormido ahí en el sofá en la otra habitación supongo que estaría tan vergonzoso como un niño siendo como es tan joven apenas 20 de mí en la habitación de al lado me habría oído en el orinal pues muy bien y qué más da Dedalus me imagino es como aquellos nombres en Gibraltar Delapaz Delagracia tenían unos nombres la mar de raros allí el padre Vilaplana de Santa María que me dio el rosario Rosales y OReilly en la Calle las Siete Revueltas y Pisimbo y Mrs Depís en Govemor street 0 vaya nombrecito me tiro de cabeza al río si tuviera un nombre como ella O vamos y todas aquellas callejuelas cuesta Paradise y cuesta Bedlam y cuesta Rodgers o y cuesta Crutchetts y las escalinatas de la quebrada del diablo bueno no es culpa mía si tengo cabeza de chorlito sé que la tengo un poco juro por Dios que no me siento ni un solo día más vieja que entonces me pregunto si podría soltarme a hablar ahora en español cómo está usted muy bien gracias y usted ves no lo he olvidado todo pensé que sí si no fuera por la gramática sustantivo es el nombre de una persona lugar o cosa es una pena que no intentara nunca leer aquella novela que la intratable de Mrs Rubio me dejó por Valera con las interrogaciones de abajo a arriba y de arriba a abajo siempre supe que al final nos iríamos le puedo hablar en español y él a mí en italiano así verá que no soy tan ignorante qué pena que no se quedara estoy segura de que el pobre hombre estaba muerto de cansancio y necesitaba como nada echarse un buen sueño le podía haber llevado el desayuno a la cama con su tostadita siempre que no usara el cuchillo que trae mala suerte o si la mujer de los berros hubiera pasado y con algo apetitoso hay unas cuantas olivas en la cocina que le hubieran gustado yo no pude verlas nunca ni en pintura en el ultramannos Abrine podría hacer de criada la habitación no está mal desde que cambié las cosas ves algo me decía todo el tiempo que tendría que presentarme yo misma no conociéndome de nada tendría grada digo yo soy su mujer o haciendo como que estábamos en España y él medio despierto sin idea de dónde está dos huevos estrellados señor Dios mío qué cosas más disparatadas se me vienen a la cabeza algunas veces sería divertido suponiendo que se quedara con nosotros por qué no está la habitación de arriba vacía y la cama de Milly en el cuarto trastero podría escribir y estudiar en la mesa de allí para todo lo que allí quiera garabatear y si quiere leer en la cama por la mañana como yo lo mismo que hace él el desayuno para 1 lo puede hacer para 2 lo tengo claro que no voy a coger huéspedes de la calle para él si él coge una pocilga de casa como ésta me encantaría tener una larga conversación con una persona inteligente y bien educada tendría que hacerme de un bonito par de zapatillas rojas como aquellas que los turcos con el fez solían vender o amarillas y una bonita bata semitransparente que tanto necesito o una bata corta de color flor de melocotón como la que había hace tiempo en Walpole por sólo 8 con 6 o 18 con 6 le daré sólo otra oportunidad me levantaré temprano estoy harta de la vieja cama de Cohen en cualquier caso podría pasarme por el mercado a ver todas esas verduras y berzas y tomates y zanahorias y todas esas clases de frutas espléndidas que llegan relucientes y frescas quién sabe quién será el hombre que me encuentre salen a la caza de eso por la mañana Mamy Dillon solía decir que es así y por la noche también por eso su ir a misa me encantaría una pera grande jugosa ahora que se te derrita en la boca como cuando estaba con los antojos luego le arrojaría sus huevos y su té en la taza con bigotera que le dio ella para agrandarle la boca supongo que le gustaría la rica leche cremada mía también sé lo que voy a hacer saldré por ahí algo alegre no demasiado cantando de vez en cuando mi fa pieta Masetto luego comenzaré a vestirme para salir presto non son piu forte me pondré mi mejor camisa y bragas que pueda darle bienal ojo para que se le empine la churra le haré saber si eso es lo que quiere que a su mujer la follan sí y muy bien que la follan además hasta el moño si me apuran y no por él 5 o 6 veces sin parar ahí está la señal su leche en la sábana limpia no me voy a molestar ni siquiera en disimularla con la plancha a ver si se da por satisfecho si no me crees tócame la tripa a no ser que haga que se la empine y me la meta tengo la intención de contárselo todito y obligarle a que se lo haga delante de mí lo tiene bien merecido toda la culpa es suya si soy una adúltera como decía aquel individuo en el gallinero O algo parecido si ése es todo el daño que hicimos en este valle de lágrimas bien sabe Dios que no es mucho acaso no lo hace todo el mundo sólo que lo ocultan supongo que una mujer se supone que está para eso o Él no nos habría hecho como nos hizo tan atractivas para los hombres así que si él quiere besarme el culo me abro las bragas de par en par y se lo estampo en la cara a lo ancho y a lo largo puede meterme la lengua 7 millas por el agujero y cuando lo tenga en mis partes morenas le diré que necesito 1 libra o quizás 30 chelines le diré que necesito comprar ropa interior así que si me lo da no será tan malo tampoco se trata de dejarlo tieso como hacen otras mujeres más de una vez podría haberme extendido un cheque a mi nombre y poner su nombre por un par de libras alguna vez olvidó encerrarlo con llave además no se lo va a gastar le dejaré que se me corra detrás siempre que no me ponga perdidas mis bragas buenas O supongo que no tiene arreglo haré como que no me entero 1 o 2 preguntas sabré por las respuestas cuándo está en ganas no se puede guardar nada me lo conozco muy bien me apretaré el culo bien y soltaré unas cuantas palabras groseras culodorantes o lame la mierda o la primera locura que se me pase por la cabeza luego le daré la idea sobre sí O espera ahora hijito me toca a mí estaré bien alegre y amable en eso O pero se me olvidaba esta lata de sangre puufff una no sabe si llorar o reír estamos hechas tal batiburrillo no tendré que ponerme mis cosas viejas tanto mejor será más picante nunca sabrá si lo hizo o no ahí tienes te basta con cualquier cosa vieja luego me lo refregaré como una caca su omisión luego saldré y lo tendré mirando el techo dónde se habrá ido hacer que me desee es el único medio pasadas las y cuarto vaya hora intempestiva supongo que ahora se acaban de levantar en China peinándose las coletas para todo el día pronto tendremos a las monjas tocando el ángelus ellas no tienen a nadie que venga a interrumpirles el sueño menos algún que otro cura para los oficios nocturnos o el despertador de al lado con el canto del gallo echándose fuera los sesos a golpes vamos a ver si puedo echar una cabezada 12 3 4 5 qué clase de flores son esas que inventaron como las estrellas el papel de empapelar en Lombard street era mucho más bonito el delantal que él me dio era como algo así sólo que yo sólo me lo puse dos veces mejor que baje la lámpara e intente otra vez para poder levantarme temprano iré a la fiutería Lambe ahí junto a Findlater y mandaré que me envíen algunas flores para poner por la casa por si lo trae a casa mañana hoy quiero decir no no los viernes son día de mala suerte lo primero que quiero hacer es arreglar la casa de alguna manera el polvo se acumula por todos lados creo mientras estoy dormida luego podemos tener algo de música y cigarrillos puedo acompañarle primero tengo que limpiar las teclas del piano con leche qué me puedo poner me pondré una rosa blanca o esos pasteles encantadores de Lipton me gusta el olor de una gran tienda llena de cosas ricas a 7 y 1/2 la libra o los otros con cerezas dentro y el azúcar rosado 11 peniques un par de libras de eso una planta bonita para el centro de la mesa ésa la sacaría más barata en espera dónde está eso las vi no hace mucho me encantan las flores me encantaría tener toda la casa inundada de rosas Dios del cielo no hay nada como la naturaleza las montañas agrestes después el mar y las olas precipitándose después la campiña maravillosa con los campos de avena y trigo y toda clase de cosas y todo el hermoso ganado moviéndose a sus anchas le haría a uno mucho bien ver ríos y lagos y flores de todas las formas y olores y colores brotando hasta de las cunetas prímulas y violetas es la naturaleza como para que digan que no hay Dios yo no daría un duro por toda su sabiduría por qué no van y crean algo a menudo le preguntaba a los ateos o comoquiera que ellos se llamen que vayan y se quiten la roña de encima primero luego van berreando a por un cura cuando mueren y por qué por qué porque tienen miedo del infierno por su mala conciencia ah sí ya lo creo que los conozco bien quién existió en el universo antes de que existiera nadie que lo hizo todo quién ah eso no lo saben pues yo tampoco así que ahí tienes también podrían muy bien intentar que el sol dejara de salir mañana el sol brilla para ti dijo él el día que estábamos echados entre los rododendros en el promontorio de Howth con el traje de paño gris y su canotié el día que hice que se me declarara sí primero le di de mi boca el trocito de torta de alcaravea y era un año bisiesto como ahora sí hace 16 años Dios mío después de aquel largo beso casi me quedo sin respiración sí dijo que yo era una flor de la montaña sí que somos flores todas el cuerpo de mujer sí fue la única verdad que dijo en su vida y el sol brilla para ti hoy sí por eso me gustaba porque vi que entendía o sentía lo que es una mujer y yo sabía que siempre le podía buscar las vueltas y le di todo el placer que pude invitándole hasta que me pidió que dijera sí y yo no quería contestar al principio sólo miré a lo lelos el mar y al celo pensaba en tantas cosas que él no sabía en Mulvey y Mr Stanhope y en Hester y en padre y en el viejo capitán Groves y en los marineros jugando a antón pirulero y a las prendas y a mear alto como ellos lo llamaban en el malecón y el centinela delante de la casa del gobernador con aquella cosa alrededor del casco blanco pobre diablo achicharrado y las muchachas españolas riendo con sus mantillas y sus peinetas y la subasta por la mañana los griegos y los judíos y los árabes y quién sabe Dios quién más de todos los rincones de Europa y Duke street y el mercado de aves todas cloqueando delante de Larby Sharon y los pobres burros sueltos medio dormidos y aquellos hombres imprecisos en sus capas dormidos a la sombra en los escalones y las grandes ruedas de las carretas de bueyes el viejo castillo con miles de años sí y aquellos guapos moros todos de blanco y con turbantes como reyes invitándote a que te sentaras en sus pequeñas tiendas y Ronda con las viejas ventanas de las posadas 2 ojos que miran una celosía oculta para que el amante bese la reja y los ventorrillos medio abiertos por la noche y las castañuelas y la noche que perdimos el barco en Algeciras y el sereno de un sitio para otro sereno con su farol y O aquel abismal torrente O y el mar el mar carmesí a veces como fuego y las puestas de sol gloriosas y las higueras en los jardines de la Alameda sí y todas aquellas callejuelas extrañas y las casas de rosa y de azul y de amarillo y las rosaledas y los jazmines y los geranios y las chumberas y el Gibraltar de mi niñez cuando yo era una Flor de la montaña sí cuando me ponía la rosa en el pelo como hacían las muchachas andaluzas o me pondré una roja sí y cómo me besaba junto a la muralla mora y yo pensaba bien lo mismo da él que otro y entonces le pedí con la mirada que me lo pidiera otra vez sí y entonces me preguntó si quería sí decir sí mi flor de la montaña y al principio le estreché entre mis brazos sí y le apreté contra mí para que sintiera mis pechos todo perfume sí y su corazón parecía desbocado y sí dije sí quiero Sí.”

UN POEMA DE JAMES JOYCE



Oigo un ejército

Oigo un ejército cargando sobre la tierra,

Y el trueno de caballos lanzados; con espuma hasta las rodillas,

Arrogantes, de negras armaduras, tras ellos se yerguen,

Despreciando las riendas, con ondulantes látigos, los aurigas.


Gritan a la noche sus nombres de batalla:

Gimo en sueños cuando oigo a lo lejos su risa arremolinada.

Hienden la penumbra de mis sueños, una llama enceguecedora

Retumba, retumba sobre el corazón como sobre un yunque.


Vienen sacudiendo triunfantes su largo, verde cabello:

Salen del mar y corren gritando por la playa.

Mi corazón, ¿no tienes sabiduría acaso para desesperar?

Mi amor, mi amor, mi amor, ¿por qué me has dejado solo?




(Traducción de Francisco Alvez Francese y Mateo Vidal)

Publicado originalmente en Chamber Music (1907)

DRAMA Y VIDA: UNA CONFERENCIA DE JAMES JOYCE


Una conferencia que dio Joyce ante la Sociedad Literaria e Histórica del University College de Dublín como estudiante, en enero de 1900.

Aunque las relaciones entre drama y vida son, y deben ser, del carácter más vital, en la historia del drama en sí no parecen haber estado en todo momento, sistemáticamente, a la vista. El drama más antiguo y mejor conocido, a este lado del Cáucaso, es el de Grecia. No me propongo intentar nada de la naturaleza de un estudio histórico, pero no puedo pasarlo por alto. El drama griego surgió del culto a Dioniso, quien, dios de la cosecha de frutos, la alegría y el arte más antiguo, ofrecía en la historia de su vida un plano para la erección de un drama trágico y un drama cómico. Al hablar del drama griego debe tenerse en mente que su nacimiento dominó su forma. Las condiciones del escenario ático sugirieron a los autores un programa de convenciones y advertencias de camerino, que en épocas posteriores se instauraron estúpidamente como cánones del arte dramático, en todas las tierras. Así los griegos legaron un código de leyes que sus descendientes con sabiduría cegata ascendieron a dictámenes inspirados. Fuera de eso, no digo nada. Tal vez sea un vulgarismo, pero es una verdad literal decir que el drama griego está agotado. Para bien o para mal, ha hecho su labor, que, aunque labrada en oro, no lo fue sobre pilares perdurables. Su resurgimiento no tiene relevancia dramática, sino pedagógica. Incluso en su propio bando ha sido desbancado. Cuando había prosperado largo tiempo en hierática custodia y en forma ceremonial, empezó a aburrir al genio ario. Vino luego una reacción, como era inevitable; y como el drama clásico había nacido de la religión, su continuador surgió de un movimiento literario. En esa reacción representó un papel importante Inglaterra, pues fue el poderío de la camarilla shakespeareana lo que asestó el golpe mortal al drama ya agonizante. Shakespeare fue ante todo un artista literario; humor, elocuencia, un don para la música seráfica, instintos dramáticos: en todo eso tenía ricas dotes. La labor, a la que él dio tan espléndido impulso, era de naturaleza superior a la de aquella que venía a continuar. Estaba lejos de ser mero drama, era literatura dialogada. Aquí debo trazar una línea de demarcación entre literatura y drama.

La sociedad humana es la encarnación de leyes inmutables que los caprichos y las circunstancias de hombres y mujeres encubren y recubren. El reino de la literatura es el reino de esos modos y humores: un reino amplio; y el auténtico artista literario se preocupa principalmente por esas cosas. El drama tiene que ver en primer término con las leyes subyacentes, en toda su desnudez y divina severidad, y sólo en segundo lugar con los agentes variopintos que las confirman. Cuando se reconoce esto, se ha hecho un avance hacia una apreciación más racional y auténtica del arte dramático. Si no se hace ninguna distinción así, el resultado es el caos. El lirismo alardea de drama poético; la conversación psicológica, de drama literario, y la farsa tradicional se mueve sobre las tablas con la etiqueta pegada de comedia.

Una vez que esos dos dramas han hecho su labor como prólogos al acto en crecimiento, se los puede relegar al departamento de curiosidades literarias. Es fútil decir que no hay drama nuevo o sostener que su proclamación es un inmenso estallido. El espacio es valioso y no puedo combatir esas afirmaciones. Sin embargo, es para mí tan claro como el día que el drama dramático debe sobrevivir a sus mayores, cuya vida sólo se estira debido a la más diestra gestión y la más cuidadosa administración. Por esta Nueva Escuela se han dado y recibido algunos golpes duros. El público es lento para captar la verdad, y sus dirigentes, rápidos para darle nombre equivocado. Muchos, cuyos paladares se han habituado a la vieja comida, lanzan gritos malhumorados contra un cambio de dieta. Para estos la costumbre y la carencia son el séptimo cielo. Sonoros son sus elogios de la insípida obviedad de Corneille, la almidonada devoción de Trapassi, la rigidez a lo Pumblechook de Calderón. Sus infantiles malabarismos con la trama los dejan boquiabiertos, de sutilísimos que son. A semejantes críticos no se los puede tomar en serio, ¡son figuras graciosas! Es desde luego manifiestamente cierto que la “nueva” escuela los vence en su propio terreno. Comparemos la pericia de Haddon Chambers y Douglas Jerrold, de Sudermann y Lessing. La “nueva” escuela en esta rama del arte es superior. Esa superioridad no es sino natural, ya que acompaña una labor de un calibre inmensurablemente más alto. Hasta la parte menor de Wagner –su música– va más lejos que Bellini. A pesar del clamor de estos amantes del pasado, los albañiles están construyendo para el Drama, una casa más amplia y más elevada, donde se hará la luz en vez de la penumbra y portales amplios en vez del puente levadizo y el torreón.

Permítanme explicar un poco más sobre este gran visitante. Por drama entiendo la interacción de pasiones para retratar la verdad; el drama es conflicto, evolución, movimiento, cualquiera sea el modo en que se exponga; existe, antes de cobrar forma, independientemente; está condicionado pero no controlado por su escenario. Podría decirse en vena fantástica que, no bien empezaron hombres y mujeres la vida en el mundo, hubo arriba de ellos y a su alrededor un espíritu, del que tenían borrosa consciencia, al que habrían querido tener morando en medio de ellos en más profunda intimidad y de cuya verdad se volvieron buscadores en posteriores tiempos, anhelantes de echarle mano. Pues ese espíritu es como el aire errante, poco susceptible de cambio, y nunca salió de su vista, ni nunca saldrá, hasta que el firmamento se enrolle como un pergamino. A veces parecía que el espíritu fijaba residencia en esta o aquella forma; pero de repente lo usan mal, se va y la residencia queda vacía. Es, podría conjeturarse, de naturaleza un tanto élfica, una ondina, un mismísimo Ariel. De modo que debemos distinguirlo de su casa. Un retrato idílico o un entorno de pajares no constituyen una pieza pastoril, así como una fanfarronada y un sermoneo no construyen una tragedia. Ni la quiescencia ni la vulgaridad esbozan drama. Por tenue que sea el tono de las pasiones, por ordenada que sea la acción u ordinaria que sea la dicción, si una pieza teatral o musical o una pintura presenta nuestros eternos deseos, esperanzas y odios, o se ocupa de una presentación simbólica de nuestra naturaleza ampliamente relacionada, aunque sea una fase de esa naturaleza, entonces hay drama. No voy a hablar aquí de sus muchas formas. En todas las formas que le resultaron ineptas, produjo una explosión, como cuando el primer escultor separó los pies. Moralidad, misterio, ballet, pantomima, ópera, todas estas las recorrió con rapidez y las descartó. Su forma apropiada, “el drama”, sigue intacta. “Hay muchas velas en el altar mayor, aunque una caiga”.

Cualquiera sea la forma que adopte, no debe ser superpuesta ni convencional. En literatura permitimos convenciones, pues la literatura es en comparación una forma baja de arte. La literatura se mantiene viva con tónicos, florece mediante convenciones establecidas en todas las relaciones humanas, en toda realidad. El drama del futuro estará en guerra con la convención, si es que va a concretarse de veras. Si uno tiene una clara idea del cuerpo del drama, resultará manifiesto qué vestimenta le corresponde. Un drama de naturaleza tan íntegra y admirable no puede sino arrancar de lo espectacular y lo teatral a todos los corazones, siendo su nota la verdad y la libertad en todos sus aspectos. Podríamos preguntarnos qué debemos hacer, en palabras de Tolstoi. Primero, despejar de hipocresía nuestra mente y cambiar las falsedades a las que hemos prestado apoyo. Critiquemos a la manera de los pueblos libres, como una raza libre, sin hacer mucho caso de férula y fórmula. La Gente, creo, es capaz de hacerlo. Securus judicat orbis terrarum no es un lema demasiado elevado para toda obra de arte humana. No abrumemos a los débiles, tratemos con una sonrisa tolerante las rancias declaraciones de esos serios cómicos sin par: los “literatos”. Si la cordura gobierna la mente del mundo dramático, se aceptará lo que es ahora la fe de los pocos, estarán más allá de disputa crítica las respectivas calificaciones de Macbeth y El constructor Solness. El crítico sentencioso del siglo xxx bien podrá decir quizás al respecto: Que entre él y éstas se ha abierto un enorme abismo.

Hay ciertas verdades de peso que no podemos pasar por alto, en las relaciones entre el drama y el artista. El drama es en esencia un arte comunitario y de ámbito muy extendido. El drama: su vehículo más adecuado presupone un público, extraído de todas las clases. En una sociedad amante del arte y productora de arte, el drama naturalmente ocuparía su puesto a la cabeza de todas las instituciones artísticas. El drama es, además, de una naturaleza tan inalterable, tan incontestable, que en sus formas más altas casi trasciende la crítica. Apenas si es posible criticar El pato salvaje, por ejemplo; uno sólo puede cavilar sobre el asunto como sobre una aflicción personal. De hecho, en el caso de toda la última labor de Ibsen la crítica dramática, propiamente dicha, raya en la impertinencia. En todo otro arte, la personalidad, el manierismo del tacto, el sentido local, se consideran adornos, encantos adicionales. Pero aquí el artista renuncia a su propia personalidad y se ubica como mediador con terrible verdad ante la cara velada de Dios.

Si me preguntan qué ocasiona el drama o cuál es su necesidad, respondo: la Necesidad. Es mero instinto animal aplicado a la mente. Aparte de su deseo, viejo como el mundo, de atravesar las murallas en llamas, el hombre tiene un anhelo adicional de convertirse en hacedor y moldeador. Esa es la necesidad de todo arte. El drama es a su vez el menos dependiente de sus materiales de todas las artes. Si se agota el suministro de tierra moldeable o de piedra, la escultura se convierte en recuerdo; si cesa la producción de pigmentos vegetales, el arte pictórico cesa. Pero haya o no mármol y pinturas, siempre hay materia artística para el drama. Creo además que el drama surge espontáneamente de la vida y es su coetáneo. Toda raza ha construido sus propios mitos y es en ellos que el drama antiguo halla a menudo una salida. El autor de Parsifal ha reconocido esto y de allí que su obra sea sólida como una roca. Cuando el mito cruza el límite e invade el templo del culto, sus posibilidades dramáticas se han reducido considerablemente. Incluso entonces lucha por volver a su legítimo lugar, para gran turbación de los pesados feligreses.

Así como discrepan los hombres en cuanto al nacimiento del drama, discrepan también en cuanto a sus objetivos. En la mayoría de los casos los devotos de la escuela antigua demandan que el drama debería tener demandas éticas especiales; para usar su frase hecha, que debería instruir, elevar y entretener. Aquí hay otro grillete conferido por los carceleros. No digo que el drama no pueda cumplir alguna de esas funciones o todas, pero niego que sea esencial que las cumpla. El arte, elevado a la esfera demasiado alta de la religión, pierde en general su verdadera alma en un quietismo estancado. En cuanto a la forma más baja de este dogma, es sin duda graciosa. Esta educada petición al dramaturgo de que por favor subraye una moraleja, que rivalice con Cyrano, repitiendo en todos los actos “A la fin de l’envoi je touche”, es sorprendente. Engendrada como está por un afable temperamento provinciano, no podemos sino exonerarla. El señor Beoerly embolsado con estricnina, o el señor Coupeau con los horrores, no se quedan cortos en dar pena vestidos cada uno de sobrepelliz y dalmática. Sin embargo, esa absurdidad está comiéndose rápido a sí misma, como el tigre del cuento, comenzando por la cola.

Una demanda más insidiosa todavía es la demanda de belleza. Según la conciben los demandantes, la belleza es tan a menudo espiritualidad anémica como fuerte animalismo. Luego, principalmente porque la belleza es para los hombres una cualidad arbitraria y a menudo no se encuentra a mayor profundidad que la forma, atar al drama a que se ocupe de ella sería arriesgado. La belleza es la suarga del esteta; pero la verdad tiene un dominio más determinable y más real. El arte es fiel a sí mismo cuando se ocupa de la verdad fiel. Si tuviera lugar en la tierra un acontecimiento tan adverso como una reforma universal, la verdad sería el umbral mismo de la casa bella.

Tengo una sola demanda más para discutir, aun a riesgo de agotarles la paciencia. Cito al señor Beerbohm Tree. “En estos días en que la fe se tiñe de duda filosófica, creo que es función del arte el darnos luz antes bien que oscuridad. No debería apuntar a nuestra relación con los monos sino antes bien recordarnos nuestra afinidad con los ángeles”. En esa declaración hay un justo elemento de verdad que sin embargo requiere salvedades. El señor Tree sostiene que hombres y mujeres van a mirar siempre el arte como el espejo donde pueden verse a sí mismos idealizados. Yo más bien pensaría que hombres y mujeres raras veces piensan seriamente en sus impulsos hacia el arte. Los grilletes de la convención los sujetan con demasiada fuerza. Pero, después de todo, el arte no puede regirse por la insinceridad de la compacta mayoría, sino más bien por esas eternas condiciones, dice el señor Tree, que lo han regido desde el principio. Admito que esto es una verdad irrefutable. Pero sería bueno tener en mente que esas eternas condiciones no son las condiciones de las comunidades modernas. Echa a perder el arte la errónea insistencia en sus tendencias religiosas, morales, bellas, idealizadoras. Un solo Rembrandt vale una galería llena de Van Dycks. Y es esa doctrina del idealismo en arte lo que en casos notables ha desfigurado el empeño audaz, y también ha fomentado un instinto infantil de zambullirse bajo las sábanas ante la mención del cuco del realismo. De allí que el público repudie la Tragedia, salvo que agite daga y copa; aborrezca el Romancesco que no es sumiso a las leyes de la prosodia, y juzgue triste el efecto artístico si, de la sangre derramada por el heroísmo desventurado, no brota de inmediato una plantación de flores afligidas. Como en la mismísima locura y frenesí de esta actitud la gente quiere que el drama la engañe, el Proveedor suministra al plutócrata una parodia de la vida que este último digiere medicinalmente en un teatro a oscuras, mientras el escenario medra literalmente a expensas de los despojos mentales de sus patrocinadores.

Ahora bien, si esos puntos de vista son decadentes, ¿qué podrá servir al objetivo? ¿Vamos a poner la vida –la vida real– en el escenario? No, dice el coro filisteo, pues no tendrá atracción. Qué mezcla de vista desbaratada y comercialismo petulante. El Parnaso y la Banca se reparten las almas de los mercachifles. En efecto, hoy en día la vida es a menudo un triste tedio. Muchos sienten como el francés que han nacido demasiado tarde en un mundo demasiado viejo, y su desesperanza y débil falta de heroísmo apuntan siempre con severidad a una última nada, una vasta futilidad, y entretanto: cargar fardos. El salvajismo épico se vuelve imposible por la policía vigilante, la caballería ha sido aniquilada por los oráculos de moda de los bulevares. ¡No hay repiqueteo de cotas, ni halo en torno a la galantería, ni sombreros que barran el suelo, ni jarana! Las tradiciones romancescas sólo se mantienen en Bohemia. Con todo, pienso que de la gris monotonía de la existencia puede extraerse cierta medida de vida dramática. Hasta los más ordinarios, los más muertos de los vivos, pueden desempeñar un papel en un gran drama. Es una estupidez pecaminosa suspirar por los buenos viejos tiempos, alimentar nuestra hambre con las frías piedras que nos proporcionan. La vida debemos aceptarla tal como la vemos ante nuestros ojos, hombres y mujeres tal como los encontramos en el mundo real, no tal como los aprehendemos en el mundo de las hadas. La gran comedia humana donde cada cual tiene su cuota ofrece un campo ilimitado al verdadero artista, hoy como ayer y como en tiempos idos. Las formas de las cosas, como la corteza de la tierra, han cambiado. Los maderos de los barcos de Tarsis caen en pedazos o se los come el desenfrenado mar; el tiempo ha irrumpido en los baluartes de los poderosos; los jardines de Armida se han convertido en páramos desarbolados. Pero las pasiones inmortales, las verdades humanas que así hallaron expresión entonces, son en efecto inmortales, en el ciclo heroico o en la era científica; Lohengrin, cuyo drama se expone en una escena de aislamiento, entre medias luces, no es una leyenda de Amberes sino un drama mundial. Espectros, cuya acción transcurre en un salón ordinario, es de trascendencia universal: una rama hundida en el árbol, Igdrasil, cuyas raíces se meten en la tierra, pero a través de cuyo follaje más alto relucen y bullen las estrellas del cielo. Tal vez muchos no tengan nada que ver con semejante fábula, o piensen que su comida habitual es todo lo que necesitan. Pero mientras estamos hoy en lo alto de las montañas, mirando adelante y atrás, suspirando por lo que no es, distinguiendo apenas a lo lejos los pedazos de cielo abierto; cuando las espuelas amenazan, y el sendero está cubierto de espinos, ¿de qué sirve que a nuestras manos les hayamos dado un cayado de rota en vez de un bastón alpino, o que tengamos delicadas sedas para protegernos del viento ávido de las tierras altas? Mientras antes entendamos nuestra verdadera posición, mejor; y antes entonces vamos a estar de pie y haciendo camino. Entretanto, el arte, y principalmente el drama, pueden ayudarnos a hacer nuestros lugares de reposo con mayor perspicacia y mayor previsión, para que sus piedras estén construidas con gallardía y sus ventanas sean excelentes y hermosas. “... que va a hacer usted en nuestra Sociedad, señorita Hessel”, preguntó Rörlund: “Voy a dejar entrar aire fresco, pastor”, contestó Lona.

(Eterna Cadencia / 15-12-2017)

viernes

JAMES JOYCE (1882 – 1941)




EL FINAL DEL MONÓLOGO FINAL DEL “ULISES”


me gustan las flores me gustaría tener toda la casa nadando en rosas Dios del cielo no hay nada como la naturaleza las montañas salvajes después el mar y las olas precipitándose luego el campo encantador con sembrados de avena y trigo y toda clase de cosas y toda la preciosa hacienda paseándose por ahí eso debe de ser bueno para el corazón de una ver ríos y flores de todas las formas y perfumes y colores brotando hasta las zanjas primaveras y violetas es la naturaleza en cuanto a los que dicen que no hay Dios no daría un chasquido de mis dos dedos por toda su ciencia por qué no van y crean algo yo a menudo se lo he dicho a ateos o como sea que se llamen y vayan y pongan en orden sus remiendos primero después van lanzando alaridos clamando por un sacerdote cuando se están muriendo y por qué por qué porque tienen miedo del infierno debido a su conciencia acusadora ah sí yo lo conozco bien quién fue la primera persona en el universo antes de que hubiera nadie que lo hizo todo quién ah ellos no saben ni yo tampoco así que ahí tienes podrían igualmente tratar de impedir al sol que saliera por la mañana el sol brilla para ti me dijo el día que estábamos acostados entre los rododendros sobre la puerta de Howth con el traje de tweed gris y sombrero de paja el día que conseguí que se me declarara si primero le pasé el pedacito de pastel que tenía en mi boca y era año bisiesto como ahora sí hace 16 años mi Dios después de ese beso largo casi me quedé sin aliento sí me dijo que yo era una flor de la montaña sí entonces somos flores todo el cuerpo de una mujer sí esa fue la única verdad que me dijo en su vida y el sol brilla para ti hoy sí por eso me gustaba porque vi que él entendía lo que era una mujer y yo sabía que siempre podría hacer de él lo que quisiera y le di todo el placer que pude llevándolo a que me pidiera el sí y primero yo no quería contestarle sólo miraba hacia el mar y hacia el cielo y estaba pensando en tantas cosas que él no sabía de Mulvey del señor Stanhope y de Hester y de papá y del viejo capitán Groves y de los marineros que juegan al todos los pájaros vuelan y al salto de cabra y al juego de los platos como lo llamaban en el muelle y el centinela frente a la casa del gobernador con la cosa alrededor de su casco blanco pobre diablo medio asado y las chicas españolas riendo con sus chales y sus peinetones y las griterías de los remates por la mañana los griegos y los judíos y los árabes y el diablo sabe quién más de todos los extremos de Europa y Duke Street y el mercado de aves todas cloqueando delante de lo de Larby Sharon y los pobres burros resbalando medio dormidos y los vagos tipos dormidos con las capas a la sombra en los escalones y las grandes ruedas de las carretas de toros y el viejo castillo de edad milenaria sí esos hermosos moros todos de blanco y con turbantes que son como reyes pidiéndole a una que se siente en su minúscula tienda y Ronda con las viejas ventanas de las posadas los ojos que espían ocultos detrás de las celosías para que su amante bese los barrotes de hierro y las tabernas de puertas entornadas en la noche y las castañuelas y la noche que perdimos el barco en Algeciras el guardia haciendo su ronda de sereno con su linterna y oh ese horroroso torrente profundo oh y el mar el mar carmesí a veces como el fuego y las gloriosas puestas de sol y las higueras en los jardines de la Alameda sí y todas las extrañas callejuelas y las casas rosadas y azules y amarillas y los jardines de rosas y de jazmines y de geranios y de cactos y Gibraltar cuando yo era chica y donde yo era una flor de la montaña sí cuando me puse la rosa en el cabello como hacían las chicas andaluzas o me pondré una colorada sí y cómo me besó bajo la pared morisca y yo pensé bueno tanto da él como otro y después le pedí con los ojos que me lo preguntara otra vez y después el me preguntó si yo quería sí para que dijera sí mi flor de la montaña y yo primero lo rodeé con mis brazos sí y lo atraje hacia mí para que pudiera sentir mis senos todo perfume sí y su corazón golpeaba loco y yo dije quiero sí



LA VOZ DE MOLLY

CARLOS GAMERRO

El capítulo final del Ulises de Joyce es una de las cumbres de la literatura del siglo XX: un monólogo interior femenino que por primera vez da voz a la liberación femenina, ofrece en directo lo que Freud había teorizado, siembra lo que cosecharía Lacan, abre la puerta a escritores como Virginia Woolf y William Faulkner y da forma a ese tercer lenguaje que no es ni el oral ni el escrito, sino el de la mente. Con dirección de Carmen Baliero y una traducción propia, para celebrar sus cuarenta y cinco años en el teatro, Cristina Banegas le da voz y cuerpo a Molly Bloom, la mujer de ficción más importante del siglo.

Sí es la palabra fundamental del monólogo de Molly Bloom, con ella comienza y con ella termina. Por su significado, ya que su monólogo es esencialmente afirmativo; como recurso para pasar de un tema a otro (como el monólogo no tiene comas, puntos ni párrafos, ante cada sí sabemos que algo termina y algo nuevo comienza); y también una nota reconocible, un brevísimo leitmotiv, en un texto que es a la vez una composición musical, “una sonata” según Cristina Banegas. Así comienza: “Sí porque él nunca había hecho algo así antes como pedir que le lleven el desayuno a la cama con dos huevos desde el hotel City Arms cuando se le dio por hacerse el enfermo en la cama con esa voz quejosa mandándose la parte con esa vieja bruja de la señora Riordan Dios me libre y me guarde si todas las mujeres fueran como ella...” (James Joyce, Ulises, traducción de Cristina Banegas y Laura Fryd).

¿Cómo es la voz de Molly Bloom? Cuando Joyce escribió el famoso monólogo que cierra su Ulises, ya había experimentado extensa e intensamente con el fluir de la conciencia o monólogo interior, esa forma discursiva de su invención, a la cual su fama estará siempre vinculada. El monólogo interior, como él lo practica, va mucho más allá de poner en palabras los pensamientos del personaje (algo que, convengamos, ya había hecho Homero unos tres milenios antes, y luego Shakespeare, en aquellos memorables monólogos –de Hamlet, Lear, Macbeth– donde los escuchamos pensar en voz alta). Los personajes de la mayoría de estos antecesores piensan como si hablaran, o escribieran. Joyce parte de la intuición –que a partir de él se hará comprobación– de que el lenguaje, lejos de darse, tal como siempre se había supuesto, en dos formas básicas –la oral y la escrita–, existe en tres: la oral, la escrita y la pensada. El lenguaje del pensamiento tiene otras reglas, otra sintaxis, otro ritmo, otro vocabulario. Joyce es el primero que pone la oreja a ese murmullo que incesantemente, y tantas veces dolorosamente, atraviesa nuestra mente, y trata, en la medida de lo posible, de transcribirlo. Su acto no es sólo decisivo para la literatura mundial (ni Virginia Woolf ni William Faulkner, para dar sólo dos nombrecitos, podrían, sin él, haber hecho lo que hicieron) sino para la historia del conocimiento: Joyce nos da en directo lo que Freud nos había dado traducido: Freud llegó demasiado tarde para escuchar a Joyce –como lector, Freud nunca se salió del siglo XIX–, pero Lacan sí lo hizo. Para bien o para mal, sin Joyce, el psicoanálisis tal como hoy lo conocemos simplemente no existiría.

Joyce viaja del pensamiento a la escritura; pero, al hacerlo, sugiere su biógrafo Richard Ellmann, estaba desandando el camino inverso: uno de los modelos del “estilo” de Molly fueron las cartas de Nora Barnacle, su compañera de toda la vida, quien escribía sin respetar la sintaxis, ni la puntuación, tampoco la pacatería a la que estaban obligadas las cartas de señorita, el género ñoño por excelencia (Joyce la impulsaba a eso, sin duda, está claro que las usaban para cachondearse cuando estaban separados). Muchos se preguntaron y se siguen preguntando por qué uno de los grandes genios literarios de la historia eligió como compañera a una mujer inculta, casi iletrada: una parte de la respuesta es que Nora le dio a Joyce lo que no podían darle sus lecturas, porque ninguna mujer en la literatura –ni autora, ni personaje– había tenido la libertad de hablar y pensar como lo hacían las mujeres reales. Donde otros apenas veían error, Joyce descubrió un estilo.

En los capítulos 1 a 11 del Ulises, el monólogo interior de los dos protagonistas masculinos, Stephen y Bloom, se combina con los diálogos y la narración, que de alguna manera lo contextualizan, lo limitan, lo encorsetan: en el último no hay más que monólogo, un interminable chorro de palabras, sin signos de puntuación. Molly le saca el corset al lenguaje (ya se lo había sacado del cuerpo, durante el encuentro con su amante Blazes Boylan). Con Molly, el monólogo se desata (más precisamente, se deshorquilla: Joyce vinculó la ausencia de puntos, comas y tildes en su texto al acto de Molly de soltarse el pelo: recordemos los complejos, monumentales peinados de la época). Aun hoy, la expresión inglesa to let your hair down significa, usualmente en boca de mujeres, decirlo todo, no guardarse nada; y un poco, también, equivale a nuestra más chabacana “tirar la chancleta”.

Esta libertad formal va acompañada, también, por una pareja libertad moral e intelectual. Molly está pensando y, por lo tanto, piensa lo que quiere, con las palabras que se le da la gana. En un país y una época donde se aliaban la moral victoriana de los amos ingleses con la moral católica y la moral revolucionaria de los sometidos irlandeses, el interior de nuestras mentes parecía ser el único espacio de libertad posible. Bloom, Stephen y Molly, los Ulises, Telémaco y Penélope de esta moderna Odisea, no son héroes conquistadores como sus contrapartes homéricas sino héroes no conquistados (Joyce subraya esta diferencia fundamental en el capítulo 11, “Sirenas”). Parecen, a veces, agachar la cabeza (aunque Bloom lo haga, como las heroínas de Jane Austen, para buscar caminos de libertad sin romper las reglas, y Stephen como las de las Brontë, para embestir contra las convenciones), obedecer y someterse; pero su voz interior es libre, no compran ningún buzón, no se comen ninguna. Así, también, es la voz de Molly: “... después hice la prueba con la banana pero tenía miedo de que se rompiera y se me perdiera adentro por algún sitio sí porque una vez le sacaron a una mujer algo que tenía hacía años cubierto con sales de cal todos están locos por meterse ahí de donde salen una creería que nunca llegan a meterse adentro lo suficiente y después terminan con una de cualquier manera hasta la próxima vez sí porque hay una sensación maravillosa ahí todo el tiempo tan tierno cómo terminamos ah sí yo lo hice acabar en mi pañuelo fingía no estar excitada pero abrí las piernas...”.

¿Cómo escuchamos a Molly Bloom? No es difícil imaginar el efecto que palabras como éstas produjeron en 1922, año de la publicación de Ulises: la novela fue prohibida en todos los países de habla inglesa. No que ninguna mujer hubiera hablado así en la literatura: en Fanny Hill. Memorias de una cortesana (1748), de John Cleland, la protagonista hablaba de su vida sexual en primera persona, sin vueltas y con todas las letras. Pero Fanny era una puta: es por eso que podía hacerlo. Molly, en cambio, es un ama de casa. “Así piensan sus esposas, así piensan sus hijas, aunque no lo digan”, era el mensaje implícito que escandalizó a tantos caballeros de la época. Hasta tal punto que, durante décadas, se habló de Molly como de una mujer promiscua, una suerte de Mesalina dublinesca. Nada más lejos de la verdad: la evidencia interna del libro sugiere que Blazes Boylan es el primer amante, a lo sumo el segundo (hay un teniente Gardner rondando sus recuerdos) que ha tenido en sus años de casada. Si Molly no era una ninfómana, eso quería decir que así pensaban todas las mujeres, y pronto así hablarían, y actuarían. La liberación de la mujer tenía además, en un país colonizado como Irlanda, un sentido político: Joyce las veía como el grupo más sometido de un país ya demasiado sometido: no habría libertad para Irlanda si no se liberaba la conciencia de las mujeres irlandesas.

“... por supuesto arruinando a las sirvientas después proponiendo que ella podía sentarse a nuestra mesa para Navidad por favor oh no gracias no en mi casa robando las papas y las ostras a 2 chelines 6 peniques la docena haceme el favor una ladrona común y silvestre eso era pero yo estaba seguro de que él tenía algo con ésa yo me las arreglo para descubrir esas cosas...” Joyce tampoco cae en la tentación de convertir a su Molly en una Juana de Arco, una Rosa Luxemburgo, una Pasionaria. Molly es bastante convencional a veces, descree de la política y de las mujeres comprometidas en ella, la exasperan las veleidades socialistas del marido y sus intentos de tratar como iguales a las sirvientas, puede ser bastante harpía, bastante egoísta (en palabras de Cristina Banegas, “una Catita”). Pero a solas en su cama, pensando sus ideas, ayudó a liberar a generaciones de mujeres. Difícil dar ilustración más adecuada al lema feminista “lo personal es lo político”.

¿En qué idioma habla Molly Bloom? En inglés, claro. ¿Cómo, y a qué español traducirla? Borges, el primero en acometer un fragmento del vasto continente joyceano (la metáfora es suya), eligió el final del famoso monólogo y nos dio una Molly bien porteña; nuestro compatriota José Salas Subirat, primer traductor del Ulises, ensayó un habla más moderadamente argentina. Los españoles J.M. Valverde y F.G. Tortosa nos dieron una bien castiza (tan sobreactuada, la del último, que parece salida de una zarzuela). Están en su derecho: Molly es medio española, gibraltareña de nacimiento, de madre española, quizá judía y, como Carmen, amante pasajera de un soldado al servicio del imperio. La intuición fundamental de las traductoras Laura Fryd y Cristina Banegas es que el acento local no necesita tanto del léxico (su Molly, por suerte, nos ahorra palabras como “chabón”, “conchaetumadre”, “boludo”) sino en la sintaxis, el tono, los modos de decir. Esto, por supuesto, es esencial a la hora de decir un texto en escena: y es práctica constante de Banegas encarar una nueva traducción de los textos teatrales que va a dirigir o representar, y trabajar codo a codo con sus traductores, para poder después inscribirlos en su cuerpo. Tanto Fryd como Banegas estudiaron minuciosamente todo el Ulises (puedo dar fe, pues lo hicieron conmigo), y tradujeron completo el monólogo antes de decantarlo a esta versión teatral (realizada con la colaboración de Ana Alvarado, y que Editorial Leviatán ha publicado como Molly Bloom puesta en boca). Leí el texto completo de su traducción, y puedo decir que es hasta hoy el mejor que la lengua española ofrece: una pena que no lo hayan publicado completo.

El monólogo de Molly puede recordar a los de algunos personajes de Beckett, que sin duda ayudó a engendrar (se podría, incluso, pensar en la incurablemente optimista Winnie de Los días felices como revisión o parodia de Molly, de su énfasis afirmativo), pero con una diferencia: los personajes de Beckett, sobre todo en las novelas-monólogo (la trilogía de MolloyMalone muereEl innombrable), existen como mera voz, o voz que gradualmente se distancia del cuerpo; en Molly, el monólogo se hunde en su carne, las palabras se hincan en su creciente presencia física, notable, por otra parte, por darse en un texto que transcurre todo en el interior de su mente. Esta evolución está admirablemente presentada por Cristina Banegas, que en la ajustada dirección musical de Carmen Baliero va pasando, como si las palabras mismas la llevaran, de un inicial recitado sobrio, con partitura incluida, a una sinuosa danza de contorsionista alrededor del texto, a bailar una suerte de sensual tango, ella y Molly. Porque Molly, además de esposa, madre y amante, es cantante: su monólogo está atravesado por fragmentos musicales, su voz canta en su oído; y también canta –canta todo el tiempo, cuando recita y cuando ensaya fragmentos de canciones– Cristina Banegas.

En 1989, Banegas le puso cuerpo a Antígona, esa mujer que, como tantas mujeres argentinas, se enfrentó al poder para poder dar sepultura a uno de sus seres queridos; luego hizo lo propio con las palabras de Eva Perón, trabajadas por Leónidas Lamborghini en su Eva Perón en la hoguera; y en 2009 fue Medea, otra mujer furiosa y rebelde. Ahora, para celebrar sus cuarenta y cinco años en el teatro, y tras más de trece de trabajo y espera (problemas con los derechos complicaron en su momento el estreno), nos ofrece otra mujer que, como ella, fue y es ama de casa, esposa, madre, actriz y cantante: una colega. Con su Molly Bloom encarna, una vez más, la liberación que a todos nos libera.
Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...
Google+