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miércoles

LA PAREJA “DESPAREJA”

UNA CONVERSACIÓN ESCLARECEDORA
ENTRE ARNALDO GOMENSORO Y ELVIRA LUTZ


(SEXTA ENTREGA)

SIN PAGO DE PEAJES, NO HAY RE-ENCUENTRO

Arnaldo: Lo que tú dices respecto de lo difícil que resulta reciclar una pareja desgastada es propiamente así. Por eso es importante que quienes aspiren a intentarlo, no se dejen ganar por fáciles ilusiones. Es cierto, además, que aquí, como en algunas enfermedades graves, la detección y el tratamiento precoces hacen milagros. Pero, en el caso des las parejas, casi todas las crisis son detectadas y reconocidas cuando ya el deterioro está muy avanzado y los daños aparecen como irreversibles.
Es por eso que nosotros les advertimos a todos aquellos que, a pesar de ser conscientes de las dificultades estén decididos a intentarlo, que tendrán que empezar por estar dispuestos a “pagar los peajes correspondientes”.

Elvira: Yo te propongo que, aunque en temas tan intrincadamente complejos como éste, simplificar puede resultar poco aconsejable, hagamos un esfuerzo por enumerar, aunque sea rápidamente, algunos de esos “peajes” que habrá que estar dispuestos a pagar si realmente estamos decididos a intentar evitar el naufragio.

Arnaldo: Sí, coincido contigo y empiezo por el primer peaje: habrá que tomar conciencia crítica y autocrítica de que no es verdad que, como lo repiten la casi totalidad de las parejas en crisis, las discusiones y las peleas que amargan sus vidas lo sean siempre “por tonterías”, por “las pequeñeces” por las que es común que choquen, cotidianamente, “todos los matrimonios” y “todas las parejas”.
Aquí lo que se impone aclarar es que lo que provoca los conflictos y los profundiza no es la discusión “por tonterías”, sino la negativa a aceptar que lo que se ha ido haciendo incompatible hasta volverse insoportable, no es la tontería en sí misma, sino la “interpretación” de la tontería en base al “sistema de ideas y de valores” con el que se identifica cada miembro de la pareja y que, ellos sí, se han ido haciendo cada vez más incompatibles.
A esta altura del proceso, lo único cierto es que sólo la explicitación de estos “sistemas de ideas y de valores” y el compartido esfuerzo por negociar un razonable consenso al respecto, puede sentar las bases para un futuro manejo cooperativo, por parte de los miembros de la pareja, de los problemas que, seguramente, la convivencia les va a seguir planteando.

Elvira: Yo seguiría con lo que pienso sería un segundo peaje a pagar. Me refiero a la decisión de terminar, de verdad y convencidamente, con las culpabilizaciones. Habrá, pues, que contrariar radicalmente lo que hemos estado creyendo hasta ahora: que la culpa de todo la tenía él o ella y que la única manera de abrir nuevas perspectivas era que esas culpas fueran reconocidas y asumidas. Por el contrario, tendremos que decretar una intransigente amnistía: a partir de ahora, nadie es culpable de nada. O sea: de lo único de que somos verdaderamente culpables es de haber estado culpabilizando al otro o a la otra de habernos estado culpabilizando a nosotros mismos.
Pienso que un tercer peaje consistiría en llegar a ser capaces de negarnos rotundamente en seguir empecinados en cambiar al otro o a la otra. Es decir, debemos ser capaces de aceptar, serenamente, que nadie cambia a nadie, sino que lo más que se puede hacer (y lo que resulta imprescindible que hagamos) es cambiarnos a nosotros mismos.
Con el resultado, aparentemente milagroso (y generalmente imprevisto) de que, al cambiar nosotros mismos, provocamos espontáneamente en el otro o en la otra los cambios que, inútilmente, nos habíamos empecinado en imponer. Todo en cumplimiento de aquella observación de Anthony de Mello cuando decía: Nada ha cambiado en la realidad, fuera de mi actitud. Pero, al cambiar mi actitud, todo ha cambiado. Y siguiendo ya ahora con el cuarto peaje, te diría que tendremos que aceptar (aunque nos cueste) que, a partir de ahora, nadie está obligado a nada. Si hemos de seguir juntos, si hemos de iniciar un nuevo tramo de la aventura de vivir en pareja, será porque así lo decidimos libre y responsablemente, no porque así lo impongan las obligaciones con los hijos, con los familiares o los amigos, con los bienes, con las promesas de un pasado que se ha vuelto obsoleto. De aquí en adelante estaremos juntos porque los dos queremos estarlo y sólo mientras queramos seguirlo estando.

Arnaldo: A propósito del quinto peaje, quiero citar dos reflexiones extraordinariamente sabias. La primera es de Nietzsche y dice: El que tiene un para qué soporta cualquier como. La otra es del genial pedagogo Antón Makarenko y dice: Es imposible vivir plenamente sin una perspectiva jubilosa por delante. O sea: si la convivencia en la pareja se nos ha vuelto insoportable es porque nos hemos quedado sin “para qué”, es porque nos hemos quedado “sin perspectivas jubilosas por delante”.
Habrá, pues, que aceptar el desafío de intentar emprender, casi temerariamente, la “invención” de un nuevo futuro. Habrá que negarse a seguir dejándose “empujar” desde atrás por un pasado que se ha agotado, y empezar, con renovados bríos, la aventura de dejarse “atraer” por un futuro hacia el que embarcarse entusiastamente.
Ahora conscientes, como no lo estuvimos antes, de que la felicidad no se nos ha de dar gratuitamente, sino que la tendremos que conquistar en el cultivo libre y solidario, día por día y hora por hora, del auténtico encuentro amoroso.

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LOS “BUENOS” DIVORCIOS

Elvira: Con el tema que vamos a abordar estaríamos cerrando el ciclo de esta conversación en que nos propusimos reflexionar en profundidad sobre las crisis matrimoniales y de pareja y sobre sus posibles soluciones. En algún pasaje anterior de esta conversación, afirmábamos que también la separación y el divorcio, cuando son serenos y respetuosos, podrían constituir una forma creativa de “colonizar el futuro”.
Te invito a desarrollar, a continuación, esta posibilidad que, para la mayoría de las parejas, aparece como tan esquiva.

Arnaldo: Creo que sería bueno empezar, como ya lo habíamos aludido antes, por cuestionar el supuesto tácito, universalmente aceptado, de que todo divorcio y toda separación tienen que ser evaluados como desgracias, como fracasos y como experiencias desastrosas en la vida de las parejas y de las familias. Y esto a pesar del indudable alivio que suelen sentir las parejas mal avenidas y su entorno familiar cuando, finalmente, logran terminar con una convivencia que se ha vuelto insoportable.

Elvira: Yo iniciaría ese cuestionamiento reclamando que se reconozca que resulta irracionalmente torpe el hecho de que la persona de la que en un determinado momento nos enamoramos, con la que nos hemos casado o con quien hemos decidido iniciar un proyecto de vida en común; con quien hemos tenido hijos y con quien los hemos educado; con quien hemos administrado bienes y economía compartida: con quien hemos disfrutado momentos de intensa alegría y también soportado dolorosos sufrimientos, se convierta, a partir de la decisión de separarse o de divorciarse, en el enemigo número uno, con quien es imposible mantener un diálogo sereno y respetuoso y a quien sólo cabe odiar empecinadamente.

Arnaldo: Sí, nosotros hemos llegado, después de mucho ahondar en el problema, a una conclusión terminante: es obvio que este tipo de reacciones, compartidas por la gran mayoría de las muy distintas personas que enfrentan situaciones de divorcio, no se puede explicar, simplistamente, por los posibles defectos de las personas implicadas, sino que tienen que responder, y de ahí su generalización, al modelo de vínculo o de matrimonio con el que la gente se ha identificado.

Elvira: Yo confirmaría decididamente lo que dices y enfatizaría que resulta evidente que lo que provoca las crisis matrimoniales y de pareja y el consiguiente resentimiento no es, como diría Giddens, “el tipo de persona” que son cada uno de los miembros de la pareja, sino “el tipo de relación” que habían entablado. En ese sentido, es una conclusión inevitable reconocer que, mientras “el compromiso matrimonial” y la promesa de “amor para siempre” sigan siendo los fundamentos explícitos o tácitos de la mayor parte de las uniones, acarrearán forzosamente el resentimiento y el rencor cuando, por algún motivo, las promesas resulten incumplidas. Si fuéramos mínimamente “realistas” tendríamos que reconocer que nadie debería prometer lo que no sabe, porque no puede saberlo, si estará en condiciones de cumplir. Y, por otra parte, la experiencia prueba hasta el cansancio que nadie puede obligarse a amar por decreto, sea éste “de facto”, sea legal o sea eclesiástico.

Arnaldo: Por contraposición, pero confirmando y reforzando lo que venimos sosteniendo, tendremos que aceptar que el sentido del divorcio cambia radicalmente cuando cambia radicalmente el sentido del matrimonio. Cuando la gente comprende y asume que sólo cabe permanecer juntos si ambos miembros de la pareja lo deciden libremente y lo siguen decidiendo día por día. Es decir: que el ejercicio de esa libertad debe ser continuo, actualizándose en lo que nosotros llamamos “el referéndum cotidiano”. Lo otro significa estar casados o estar juntos “por obligación”, porque nos sujeta compulsivamente “el yugo” conyugal, la co-dependencia enfermiza de tener que ser, como lo decía Nietzsche, “siempre dos”.

Elvira: Efectivamente. Es de una claridad que rompe los ojos que, cuando cambia el modelo de matrimonio o de pareja, cuando se supera el feudal modelo posesivo y represivo y se opta por el modelo libertario, solidario y democrático, el divorcio se acepta no como un fracaso, sino como “una experiencia” que cierra una etapa en que, lamentablemente, el vínculo se ha vuelto obsoleto.
Lo malo y lo destructivo de la mayor parte de los divorcios es que ambos miembros de la pareja, demasiados preocupados por “el que dirán”, sienten la necesidad de encontrarle al mismo “justificaciones” y que la justificación más simple y elemental sea culpabilizar al otro o a la otra de lo que se vive como un fracaso y no como una alternativa.

Arnaldo: Lo otro que resulta bien claro (naturalmente, para los que son capaces de reflexionar y se animan a hacerlo) es que, si hubiéramos compartido un modelo de matrimonio y de pareja “abierto” y “libertario”, hubiéramos dedicado más tiempo a cultivar la relación en lugar de pretender “asegurarla”, ilusoriamente, con cerraduras, rejas y alarmas. Y hubiéramos evitado olvidar que, con muros y con rejas o sin ellos, jardín que no se cultiva, se marchita.

Elvira: Ni que decir si a esa aberrante necesidad de dar explicaciones y de tener que encontrar justificaciones se incorporan los familiares y los conocidos, solidariamente empecinados en la tarea de descubrir y condenar a los culpables. Si esto se da, y frecuentemente se da, tenemos completado el cuadro de un “mal divorcio”, de un divorcio destructivo. Al que habrá que agregar, como pinceladas finales, los refuerzos del clima bélico cuando las negociaciones y los acuerdos inevitables (tenencias, visitas, pensiones, bienes) aterrizan en el bufete del abogado o en el despacho del juez.

Arnaldo: Creo que sería oportuno venir, ahora, a lo positivo. Hay que insistir en que “un buen divorcio” es posible (aunque parezca tan difícil). Pero que es posible siempre y cuando la reflexión serena sobre la crisis que hemos estado viviendo nos ayude a entender que, como lo decíamos antes, lo que ha fallado no es “el tipo de persona”, sino “el tipo de relación”. Que lo que se impone cuestionar, hacia el pasado pero también hacia el futuro, y lo que el divorcio de hecho está cuestionando, es el modelo de vínculo, es el significado último de la relación de pareja. Y, lo que es más importante, que sólo a partir de ese cuestionamiento, el divorcio puede constituirse en factor de cancelación efectiva de un pasado que no pudo ser y en el paso necesario que nos permita, como nos lo sugería Anthony Giddens, ponernos en condiciones de poder “colonizar, creativamente, un nuevo futuro”.
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Arnaldo Gomensoro / Elvira Lutz
ethos310@hotmail.com

Uruguay/ Junio 2004

LA PAREJA “DESPAREJA”


UNA CONVERSACIÓN ESCLARECEDORA
ENTRE ARNALDO GOMENSORO Y ELVIRA LUTZ


(CUARTA ENTREGA)

¿DESTRUCCIÓN O RE-PLANTEO?


Elvira: Creo que cuando tú reconocías que no sólo descubríamos que los sistemas de ideas y de valores de las parejas en conflicto resultaban radicalmente contradictorios, sino, lo que es más importante, que siempre lo habían sido, les puede haber quedado a quienes nos escuchan un resabor de amargo pesimismo. Porque, de ser así, estaríamos estableciendo, de hecho, que los conflictos serían de casi imposible solución y que, en consecuencia, los intentos de terapia de pareja estarían condenados, por anticipado, a un seguro fracaso.
Evidentemente se trata de una conclusión claramente pesimista pero que, lamentablemente, se ve confirmada por las más diversas estadísticas que acusan un crescendo ininterrumpido de separaciones y divorcios (un sondeo realizado hace alrededor de diez años entre estudiantes de Enseñanza Secundaria establecía que entre siete y ocho de cada diez alumnos tenían padres divorciados o separados).

Arnaldo: Yo creo que, por otra parte, esta realidad la puede confirmar cualquiera de nosotros si nos hacemos cargo de que, hoy por hoy, es casi imposible participar en cualquier reunión o encuentro social donde no proliferen los divorciados y las divorciadas o los casados o juntados en vínculos de pareja sucesivos, generalmente con hijos de diferentes uniones.

Elvira: A mí me parece que aquí lo que se impone no es lamentar que esto suceda, sino cuestionar los falsos supuestos desde los que, generalmente, se evalúan estas situaciones. Recordemos, a propósito, aquel pensamiento que establecía que “en materia de amor, erotismo y sexualidad, el camino del infierno esta empedrado de falsos supuestos”.
Por ejemplo, es erróneo y es falso creer que la solución a una larga conflictiva de pareja se puede lograr mediante “un arreglo terapéutico” que haga durar el matrimonio un poco más. Como también es falso y es erróneo considerar que toda separación y todo divorcio constituyen necesariamente un fracaso. Los que seguramente constituyen un rotundo fracaso son los “malos divorcios” (que, lamentablemente, constituyen la mayoría), pudiéndose y debiéndose considerar como un verdadero “éxito” que la consulta desemboque en un “buen divorcio”, asumido madura, honesta y respetuosamente por parte de ambos “ex-amantes”.

Arnaldo: Y aquí cabe que volvamos a insistir en que se impone empezar a ser suficientemente realistas y empezar a reconocer la-realidad-tal-cual-es y no como-desearíamos-que-fuera. Como bien lo canta Zitarrosa, yo no te puedo entregar / un corazón apagado / cuando falla el del costado / no hay nada que conversar. Lo que no quiere decir que al amor de ayer lo tenga que sustituir, como desgraciadamente sucede, el resentimiento, las culpabilizaciones recíprocas e, incluso, el odio de hoy, de mañana y de pasado mañana.

Elvira: Sí, lamentablemente, son justamente estos sentimientos irracionales y las actitudes y las conductas que determinan los que hacen de la mayor parte de las separaciones y de los divorcios experiencias innecesariamente destructivas para los directamente implicados en ellas y, sobre todo, para los hijos.

Arnaldo: Es también por eso que las pretendidas “terapias matrimoniales” suelen tener tan poco éxito. Lo evidente es que un matrimonio o una pareja conflictivos no se curan como una indigestión, una gripe o un reumatismo. En relación con el asesoramiento a parejas “desparejas”, se ha instalado un equívoco lamentable al denominarlo “terapia matrimonial” o “terapia de pareja”. Lo único cierto es que aquí no cabe ninguna “terapia” por la sencilla razón de que aquí no existe ninguna “patología”, ninguna enfermedad propiamente dicha. Ninguno de los integrantes de una pareja que consulta de puede considerar, en relación con la conflictiva que los perturba, un enfermo de nada. Se trata, lisa y llanamente, de personas sanas que confrontan problemas, conflictos y desacuerdos que, simplemente, habrá que ayudar a enfrentar y a resolver.

Elvira: A propósito de lo que estás planteando, creo oportuno recordar el pensamiento del filósofo uruguayo Carlos Vaz Ferreira que nosotros hemos adoptado como el axioma sobre el que se debería afirmar todo asesoramiento matrimonial o de pareja. Dice así: No existen problemas insolubles; sólo existen problemas mal planteados y mal enfrentados.
De donde sacamos la conclusión elemental: las personas tienen que realizar un análisis crítico de sus problemas y organizar un inteligente y práctico “re-enfrentamiento”.

Arnaldo: Sí. Y si se hacen consultas por “problemas” y no “enfermedades”, es una aberración y una falta de respeto pretender transformar a las personas en “pacientes” y tratarlas como “enfermas”, en lugar de orientarlas y de asesorarlas para que puedan realizar un “re-planteo” crítico y auto-crítico, como lo hemos desarrollado por extenso en algunos de nuestros trabajos. Lo que está pasando con la mal llamada “terapia de pareja” no constituye sino un caso más de la creciente medicalización de la vida. En efecto: parece que a la mayoría nos resulta más cómodo, ante cualquier dificultad, considerarnos “enfermos” y pensar que necesitamos un terapeuta que nos cure, en lugar de asumir la responsabilidad de enfrentar crítica y autónomamente nuestros problemas existenciales y procurarles soluciones creativas.

Elvira: Yo resumiría nuestra concepción al respecto repitiendo la consigna de ser intransigentemente realistas. Es necesario aceptar, con todas sus consecuencias, que la separación y el divorcio han venido para quedarse. Hoy por hoy, las promesas de “amor para siempre” o “hasta que la muerte nos separe” ya no se pueden considerar ni siquiera como una ingenua ilusión, sino que adquieren el significado de una farsa culpable. Como lo dice Nietzsche, “siempre vi que los mal avenidos se hallaban sedientos de la peor venganza: se vengan en todo el mundo de no poder andar separadamente. Por eso quiero que los que son de buena fe digan: nosotros nos amamos. ¡Procuremos guardarnos afecto! O bien: ¿Sería un error nuestra promesa...? Es una cosa grave ser siempre dos.”

EL RE-PLANTEO: O CAMBIO O RECAUCHUTO

Arnaldo: Volvamos a recordar la afirmación de Vaz Ferreira: No existen problemas insolubles; sólo existen problemas mal planteados y mal enfrentados.
Intentemos, pues, como primer paso, un “re-planteo” de la problemática que confrontan los matrimonios y las parejas en crisis. Recién después de un correcto re-planteo del problema estaremos en condiciones de intentar un “re-enfrentamiento” inteligente y constructivo.
Es decir, la propuesta que les hacemos a las parejas que intentan salir de la crisis es que hagan un alto en el empecinado esfuerzo por cambiar al otro o a la otra esgrimiendo los repetidos e inútiles reproches, acusaciones y exigencias; que hagan un alto en el destructivo camino de las discusiones interminables y que se sienten, serenamente, a reflexionar.

Elvira: Aclarándoles, naturalmente, que “re-flexionar” quiere decir no sólo pensar críticamente, sino, sobre todo, re-pensar, crítica y auto-críticamente, nuestros propios pensamientos.
Es decir: nosotros les insistimos en la necesidad de reconocer que estamos desorientados, que estamos confundidos. Y que, en consecuencia, lo primero será re-ubicarnos en la realidad en que estamos viviendo e intentar re-orientarnos en ella, volver a encontrar el camino perdido. Y, como pasos prácticos para lograr esa re-ubicación, les sugerimos que intenten responder honradamente, sin hacerse trampas al solitario, tres preguntas elementales:

¿dónde estamos parados?
¿hacia dónde queremos ir?
¿cómo llegar?


Arnaldo: Tratando de hacer gráfico tu planteo, los invitamos a que, en primer lugar, dibujen un nuevo mapa de lo que constituye su actual y verdadera relación de pareja; en segundo lugar, a que diseñen una nueva brújula que defina nítidamente sus actuales objetivos y sus actuales expectativas y, recién entonces, y en tercer lugar, a que intenten precisar el camino a seguir, juntos o separados.

Elvira: Sí, podemos decir lo mismo en términos más académicos. Por ejemplo, les diríamos que lo que les proponemos es que intenten precisar un correcto diagnóstico de la-realidad-tal-cual-es; que, en base al mismo, definan un pronóstico de futuro viable y, ahora sí, se involucren en un tratamiento que les devuelva, como pareja y como personas, la salud y la plenitud perdidas.

Arnaldo: A los efectos de que esta propuesta quede suficientemente clara, nosotros solemos recurrir a una comparación muy poco académica pero que, aunque en primera instancia pueda parecer hasta grosera, resulta por demás elocuente. La desarrollamos haciéndoles notar que, con los matrimonios y con las parejas suele pasar lo mismo que pasa con las cubiertas de los automóviles. Todos los automovilistas saben que las cubiertas, aun las de mejor calidad y las mejor cuidadas, terminan después de mucho rodar, gastándose. La constatación de ese desgaste se manifiesta en la cantidad creciente de pinchaduras y en la creciente necesidad de recurrir al gomero para que las repare (pensemos en la cantidad de “pinchaduras” matrimoniales que se expresan en las discusiones, las peleas, los resentimientos, los reproches y las amenazas que salpican de amargura el itinerario de las parejas desgastadas).
Ahora bien: si el automovilista no se da por aludido con esta secuencia de “pannes en el camino”, el gomero se encarga de traerlo a la realidad: “Diga, amigo, ¿qué piensa hacer con estas cubiertas? La respuesta admite sólo tres alternativas: o no hace nada, y se corre el riesgo de un reventón de impredecibles consecuencias o se recauchuta o se cambia. Y punto. Los muy indecisos o los que se encuentran en una muy mala situación económica se resignan, a veces, a “seguir rodando hasta que las cubiertas aguanten”. La mayoría opta por el recauchutaje, que resulta la solución más barata. Pero aquí también lo más barato, a veces, resulta lo más caro. Por eso el gomero suele advertir: “Bueno sí, pero vamos a ver si el casco aguanta”. Lo revisa concienzudamente y sentencia : “Sí, aguanta, se puede recauchutar”, o “No, este casco no da para más. No hay más remedio que cambiar”.

Elvira: Creo que estás dando una versión sobradamente concreta y bien ilustrativa de lo que yo caracterizaba como “diagnóstico”, “pronóstico” y “tratamiento”. Y una versión bien gráfica de la disyuntiva que enfrentan las parejas en crisis y ante la cual se ven forzados a decidir qué camino habrán de seguir.
Y en relación con ese propósito, les hacemos notar que, cuando se casaron o se juntaron, lo hicieron porque estaban convencidos de “querer lo mismo”. Hoy descubren que sus “quereres” se han vuelto incompatibles. Sería de desear que, ahora que tienen que enfrentar la disyuntiva de cuál de los caminos seguir cuando el camino se bifurca, la reflexión crítica y auto crítica los llevara a volver a querer lo mismo.

Arnaldo: Sí, lo valioso sería que, en este momento en que tienen que seguir sus vidas juntos o separados, fueran capaces de alcanzar un consenso aún en el disenso. Es decir: el ideal de un manejo inteligente, honesto y maduro de la crisis es que les permitiría reconocer que el vínculo no da para más y aceptar, con dolor pero con serenidad y respeto, la separación o el divorcio. O, que sí, que da para más y, entonces, emprender entusiastamente (no, pues, resignadamente) las tareas que exige un “recauchutaje” y una reconstrucción.

Elvira: Yo quisiera hacer notar que una larga experiencia nos dice que, a la gran mayoría de las parejas, el “recauchutaje” no resulta nada fácil. Re-novar una relación muy desgastada, reciclarla creativamente, exige de ambos miembros de la pareja ser capaces de ponerse a sí mismos en cuestión y superar sus egocentrismos exacerbados. Sin embargo, el que resulte difícil no quiere decir que resulte imposible. Lo que no cabe aquí es pretender rescatar el pasado. Como dice Giddens, “sólo cancelando el pasado, podremos colonizar el futuro”.




(continúa próximo miercoles)

LA PAREJA “DESPAREJA”


UNA CONVERSACIÓN ESCLARECEDORA
ENTRE ARNALDO GOMENSORO Y ELVIRA LUTZ


(CUARTA ENTREGA)

LA ARMONÍA EXISTENCIAL: LA TERCERA PATA DEL AMOR

Elvira: Llegados a esta altura del análisis, cabe que quienes nos escuchan o quienes nos lean se pregunten: “¿Es que no resulta suficiente con que las parejas armonicen emocional y sexualmente para poderles augurar un matrimonio feliz y duradero? ¿Será necesario, realmente, algo más? ¿Qué es lo que entendemos por eso que llamamos “armonía existencial”?

Arnaldo: Al formular esas preguntas creo que estas ayudando a centrar el tema y a favorecer la reflexión crítica. Digamos, para iniciar esa reflexión, que largos años en consultas de orientación sexual y matrimonial y en el tratamiento de las más diversas disfunciones sexuales de hombres y de mujeres nos han ido convenciendo de que lo decisivo en la vida de las parejas es eso que llamamos “armonía existencial”.

Veamos, pues, de qué se trata: la mayor parte de las personas llegan a la consulta a preguntarnos qué pueden hacer ante una aguda conflictiva cuyos síntomas expresan, básicamente, el progresivo desencuentro emocional y sexual de la pareja. La convivencia, las responsabilidades asumidas, la familiaridad, la carga de los niños, la gravitación de los familiares, el stress laboral, las dificultades económicas, etc., hace ya largo tiempo que desgastaron los ribetes románticos que embellecieron los períodos iniciales de la relación y que llevaron a ambos miembros de la pareja a jurarse “amor para siempre”. Las disputas interminables han desplazado a las efusiones amorosas; la brusquedad, las hostilidades francas o sutiles e, incluso, frecuentemente, el insulto y la violencia han sustituido a la inicial ternura y a las delicadas consideraciones de los primeros tiempos. A veces, ni siquiera da para pelear: el desinterés y la indiferencia se han interpuesto entre ambos cónyuges (no olvidemos que son “cónyuges”, justamente, porque comparten un mismo yugo) como una espesa niebla que termina por desdibujar, para cada uno, la imagen del otro o de la otra, hasta volverla lejana y borrosa.

Elvira: Sí, Arnaldo. Es así como tú lo estás describiendo. La larga lista de rasgos encantadores que cada uno descubría en el otro o las otras inicialmente, ha sido sustituida por una mucho más larga lista de quejas y de recriminaciones recíprocas que, al momento de la consulta, parece ser todo lo que queda de aquella “Gran Ilusión”.

Lo que yo quería hacer notar es que lo que se nos ha hecho patente a lo largo de años de consulta es que, no bien entramos a ahondar críticamente en el significado de esas quejas y esas recriminaciones, se vuelve ostensible que los desacuerdos no están provocados por los hechos en sí mismos, por las cosas que les pasan o por las actitudes y las conductas que actualizan, sino que resultan, fundamentalmente, del “sentido”, del “significado” completamente distinto, que cada uno le atribuye en función de sus respectivos sistemas de ideas y sistemas de valores.

Arnaldo: Es cierto. Lo que descubrimos es que, aparentemente, estos sistemas de ideas y de valores se han vuelto progresivamente cada vez más contradictorios hasta terminar provocando interpretaciones de todas y cada una de las realidades que vive la pareja absolutamente irreconciliables.

Decimos aparentemente porque, por lo general, descubrimos algo más: descubrimos que, contra esa apariencia, los sistemas de ideas y de valores contradictorios no se han vuelto tales con el correr del tiempo, sino que siempre lo han sido. Y que lo que la convivencia de pareja ha hecho es, simplemente, poner las contradicciones de manifiesto al precipitar la expresión cada vez más estridente de discrepancias que siempre existieron pero que ambos ignoraron, negaron o disimularon, embobados o aturdidos por la luz y el calor del fuego emocional y erótico o por los entusiasmos que los invadían al comenzar la aventura de una nueva vida independiente.

Elvira: No es extraño que hoy, ante el montón de cenizas, ambos descubran, decepcionados, “que son dos extraños mirando al pasado”. Que, aparentemente, ya no queda nada que justifique una vida en común, fuera de los compromisos contraídos y que, ahora, se vuelven cada día más difíciles de sobrellevar: hijos, responsabilidades, economía, intimidad sexual. Todo agravado por el peso muerto de las rutinas, los aburrimientos, las peleas, los resentimientos.

Y me parece oportuno que, a propósito de esta realidad que estamos describiendo, volviéramos a recordar la frase de Saint-Exupery que define, escueta y elocuentemente, esta situación. Y que, consecuentemente, debería funcionar como una buena advertencia para que las parejas de enamorados no se apresuraran a construir, atropelladamente, castillos en la arena. La frase dice: Amarse no es mirarse uno en los ojos del otro, sino mirar ambos en una misma dirección.

Arnaldo: Eso mismo lo diríamos, expresado en un lenguaje suficientemente didáctico, así: amarse no es sólo compartir armoniosamente emociones y erotismo, sino, además y muy fundamentalmente, vivir la armonía existencial que supone compartir un mismo sistema de ideas y de valores, orientados ambos hacia el logro de los mismos objetivos.




(continúa próximo miercoles)

LA PAREJA “DESPAREJA” una conversación ESCLARECEDORA entre ARNALDO GOMENSORO y ELVIRA LUTZ


(TERCERA ENTREGA)

LA PRIMERA PATA: LA ARMONÍA EMOCIONAL

Elvira: Pienso que todos estaremos de acuerdo en que la armonía emocional pasa por ser, con mucho, el principal soporte de la relación de pareja. Tanto que suele creerse que constituye no sólo uno de los soportes necesarios, sino el soporte suficiente para constituir una relación duradera y feliz. Casi todo lo que en materia de amor nos ofrece la literatura, el cine, la radio, la televisión (esta última hasta el empalagamiento con sus interminables teleteatros) se refiere casi exclusivamente a este nivel emocional, donde priman la exuberancia de los sentimientos, las pasiones incontroladas e incontrolables. Y, como su natural correlato, un sentido estrechamente posesivo de las relaciones, condimentado con atenazantes complejos de celos (que, paradojalmente, al mismo tiempo enturbian y validan las pasiones desatadas), por desconfianzas recurrentes, alternadas con explosivas efusiones afectivas, por dudas mortificantes, por peleas continuas y continuas reconciliaciones.

Arnaldo: Si, Elvira. Podríamos decir que este juego de claroscuros sentimentales que tú describes y sus cíclicas alternancias constituyen el muy discutible encanto de lo que cabe considerar como la engañosa concepción romántica del amor matrimonial. Pero que, por otra parte y lamentablemente, hay que reconocer que es la concepción más extendida, más apreciada y más decisivamente actuante en el ánimo de quienes se relacionan amorosamente.


LA SEGUNDA PATA DE LA MESA DEL AMOR: LA ARMONÍA SEXUAL

Elvira: A propósito de la armonía sexual, yo te diría que se tiende a creer que un buen acuerdo sexual tiene que ser la natural consecuencia de la armonía emocional. Si dos seres se quieren, se gustan, disfrutan estando juntos, besándose y acariciándose, habría que dar por sentado que no tendría porque haber inconvenientes cuando ingresen en la vida matrimonial o en la convivencia de pareja.
Pues bien: lo que yo quería anotar es que esta presunción no resulta confirmada ni por los hechos ni por los estudios de la vida sexual de la pareja.

Arnaldo: Tú aludes a los estudios al respecto. Es bueno consignar, en ese sentido, que las investigaciones sexológicas en EE.UU. (que es donde más se han realizado) han demostrado que, para una sociedad que como la norteamericana que aparece como muy liberada erótica y sexualmente, los resultados son por demás inquietantes. Masters y Johnson calculan que por lo menos el 50% de los divorcios que se producen en EE.UU. son el resultado de dificultades de la pareja en su vida sexual. Estos cálculos son confirmados por la Organización Mundial de la Salud para todo el mundo occidental. Nosotros, que hemos recorrido prácticamente toda América del Sur y América Central hemos podido recabar información que demostraría que, para los medios metropolitanos, el porcentaje podría ser aún más elevado.

Elvira: Lo que parece más importante es no conformarnos con los datos cuantitativos, sino procurar descubrir su significado. Porque, ¿a qué se puede deber el hecho de que, en la medida en que la pareja se vuelve más democrática, se vuelva también más conflictiva?
Creo que aquí se impone que adelantemos nuestra opinión: para nosotros, la explicación principal, aparte de que puedan identificarse otros muchos factores causales que la refuercen, está constituida por la gravitación cultural y educativa de la llamada “doble norma”.
Es decir: el que subsistan concepciones educativas y culturales que postulan como deseables, como normales y naturales y como éticamente correctas pautas de comportamiento sexual completamente contrapuestas para hombres y para mujeres tiene que desembocar, y de hecho desemboca, en la contradicción y el conflicto cuando, como es forzoso, unos y otras tengan que hacer juntos el amor.

Arnaldo: Se me ocurre que, al respecto, convendría recordar lo que comentaba la famosa educadora sexual norteamericana Mary Calderone cuando observaba que debería enseñarse a manejar el sexo a los jóvenes como se les enseñaba a manejar el automóvil: es decir, haciendo un uso inteligente y oportuno del acelerador y del freno.
Porque, ¿qué es lo que sucede en materia de preparación para la vida sexual? Lo que sucede es que una educación irracionalmente puritana y represiva, en nombre del “doble código” moral para hombres y para mujeres, les enseña a los primeros sólo a acelerar y a las segundas sólo a frenar.

Elvira: Con el resultado esperable: los varones viven sumando accidentes “por exceso de velocidad” y las mujeres, por el contrario, viven atascadas sin lograr siquiera que su motor arranque: han inhibido hasta tal punto su sensibilidad y su capacidad de respuesta sexual, que no logran, por más que se lo propongan, pasar el pie del pedal del freno al pedal del acelerador y siguen pisando compulsivamente el freno cuando ya no se trata de salvaguardar una virginidad en peligro, sino de compartir plenamente el amor con su compañero y disfrutar su propia sexualidad.

Arnaldo: Sí, es realmente así, como tú pintorescamente lo describes. A lo que habría que agregar que, además, como ni los varones ni las mujeres reciben la más mínima orientación sexual (fuera de la orientación contradictoria a que nos referíamos) ni tienen la oportunidad de informarse seriamente al respecto, las dificultades son interpretadas en términos de los mismos prejuicios y tabúes que arrastran desde la niñez, de modo tal que el conflicto se consolida al agregarse al hecho disfuncional la interpretación disfuncional del hecho.

Elvira: Yo haría, a esta altura, una aclaración que considero necesaria para precisar el sentido de lo que estamos comentando: frecuentemente se opone, a este planteamiento, el argumento de que las generaciones pasadas también vivieron instaladas en la doble norma moral y que, sin embargo, sus matrimonios no resultaban ni tan conflictivos ni tan inestables como los actuales. El hecho es cierto, pero la explicación no resulta demasiado difícil: las expectativas de nuestras madres y abuelas no eran las mismas que las de las mujeres de hoy. Las mujeres de entonces, no lo olvidemos, ni fumaban, ni conducían automóviles, ni disputaban lugares de trabajo con los varones. Vivían felices (o no tanto) en la jaula dorada de su matrimonio tradicional mientras sus maridos volaban libremente a campo abierto. En ese entonces, las mujeres aceptaban la alternativa excluyente de tener que elegir entre ser “la Virgen” o ser “la Vampiresa” y se jugaban su destino femenino a cara o cruz. Hoy las cosas se complican: la mujer moderna tiene que ser Virgen y Vampiresa al mismo tiempo. Se la programa a nivel familiar y educativo para que sea la virgen inocente, ignorante y pudorosa, abierta a un destino de honesta esposa y madre de sus hijos. Pero, simultáneamente, se la está programando a través de una cultura de masas altamente erotizada, para que se defina como mujer sensual, para que exalte los atributos más “sexy” de su personalidad y para que cultive la seducción como rasgo femenino por excelencia.
Víctima de esta doble programación contradictoria, no nos puede extrañar que la mujer de hoy viva como un desafío excesivamente difícil alcanzar una satisfactoria armonía sexual en el también contradictorio marco del matrimonio actual.

Arnaldo: Yo aprovecharía lo que estás diciendo para agregar una segunda aclaración que permita definir mejor nuestra posición ante esta problemática: a pesar de nuestro interés profesional en el tema del sexo, no somos de los que tienden a exagerar el papel del mismo en la vida de la gente y en la vida compartida de los matrimonios. Como lo iremos viendo en el curso de esta conversación, entendemos que el sexo no lo es todo y ni siquiera es lo más importante en el logro de una vida de pareja feliz. Pero, y este “pero” es decisivo, el sexo no es tan importante “si marcha bien”. La vida en pareja es mucho más que sexo compartido. O sea: si el buen sexo no lo arregla todo, el mal sexo, a la larga, lo echa todo a perder.



(continúa próximo miercoles)

LA PAREJA “DESPAREJA” una conversación ESCLARECEDORA entre ARNALDO GOMENSORO y ELVIRA LUTZ


(SEGUNDA ENTREGA)

TRES: LAS TRES PATAS DEL AMOR

Elvira: Pienso que a esta altura de la conversación, muchas de las personas que nos estén escuchando (o que eventualmente nos lean), podrían sentirse invadidos por la sensación de que estamos aportando una versión excesivamente pesimista de lo que está sucediendo con el matrimonio, con la pareja y con la familia. Es decir, a muchos se les podrían ocurrir algunas preguntas como por ejemplo: “¿es que no hay nada rescatable en las nuevas formas de organizarse el “nuevo matrimonio”, la “nueva pareja”, la “nueva familia”? ¿No resulta obvio para todos que la nueva familia ha superado definitivamente el degradante feudalismo patriarcal de antaño y que se está organizando en una forma mucho más libertaria y democrática? ¿No estaremos pecando casi de reaccionarios al insistir machaconamente sólo en las contradicciones, en los conflictos y en los desencuentros? ¿Es que no nos quedará otra que aceptar que al extinguirse el obsoleto modelo feudal se habrá extinguido, también y para siempre, el modelo de “hogar, dulce hogar”?

Arnaldo: Sí, Elvira. Pienso que al formularte esas preguntas, estás proponiendo un inquietante y desafiante tema para la reflexión crítica y autocrítica. Es justamente en esa dirección de la reflexión que nosotros nos hemos negado siempre a cultivar la tan común como edulcorada retórica “familiarista”. Es decir, nos hemos mostrado siempre partidarios de comprometernos beligerantemente con el más honesto y sobrio de los “realismos”, negándonos a las cómodas proclividades a afiliarnos, irracionalmente, a optimismos o pesimismos más viscerales que críticos.

Elvira: Siento claramente el peligro de que lo que estás diciendo pueda ser mal interpretado. Te invitaría a que insistamos en subrayar que nuestra reiterada exigencia de ser intransigentemente “realistas” no quiere decir, ni remotamente, que creamos que no nos queda otra alternativa que aceptar, con fatalista resignación, la realidad-tal-cual-es y de acomodarnos conformistamente a ella. Por el contrario, lo que nos proponemos con la exigencia de “ser realistas” es crear, con el reconocimiento de la realidad tal cual es, las condiciones para poder cambiarla creativamente, para intentar mejorarla, para lograr “superarla”. Pero aclaremos: no en forma ingenuamente voluntarista, sino empezando por asumirla en toda su contundencia para así poder transformarla en una forma revolucionariamente creativa.

Arnaldo: Eso que tú estás planteando lo hemos tratado de enfatizar reiteradamente insistiendo en que nosotros no “inventamos” el problema, el conflicto, la crisis, sino que nos limitamos a “inventariarlos”. Por eso, cuando se mantienen las dudas, solemos invitar a la gente a que se incorpore activamente a la dilucidación del tema realizando un experimento bien simple: les proponemos que intenten confeccionar (con suficiente honestidad y sin hacerse “trampas al solitario”) una lista de lO matrimonios, parejas o familias (elegidas en el entorno de nuestro conocimiento) que constituyan ejemplos inequívocos de matrimonios, parejas o familias notoriamente felices, alegres, cordiales, solidarias, unidas por lazos comunitarios auténticamente fraternales. Si la tarea, como tenemos razones para desconfiar, no resulta demasiado fácil, les sugerimos que bajen las exigencias, conformándose con una lista de 5. Y si 5 siguen haciendo la tarea demasiado difícil, transamos con 3 o con 2.
Pues bien: aquí aparecen evidencias que obligan a reflexionar a los más incrédulos: cuando constatamos lo difícil que resulta llegar a 3 o a 2, se nos empieza a hacer claro que, con nuestro planteo, como lo decíamos, no estamos inventando ningún problema, sino que apenas nos hemos limitado a “inventariar” los problemas que confrontan, hoy por hoy, la casi totalidad de los matrimonios, de las parejas y de las familias.

Elvira: Es interesante, porque hecho el experimento, hay interrogantes que se plantean como obligadas: ¿a qué responde esta crisis de los vínculos interpersonales en el seno del matrimonio, de la pareja y de la familia? Y lo que resulta más importante: ¿cómo superar este individualismo corrosivo que desata la guerra de todos contra todos y que tan elocuentemente caracteriza Emmanuel Mounier?:

La vida en sociedad es una guerrilla permanente. Allí donde termina la hostilidad,la indiferencia se instala. Los caminos de la camaradería, de la amistad y del amor parecen perdidos en este inmenso fracaso de la fraternidad humana.

Arnaldo: A esta altura me parece que es tiempo de adelantar algunas de nuestras ideas en torno a cómo comprender lo que está sucediendo con los vínculos amorosos, ideas que seguiremos desarrollando en profundidad a lo largo de esta conversación. Digamos, para empezar, que, recurriendo a una simplificación que puede parecer casi caricaturesca, podríamos describir gráficamente lo que cabría interpretar como un correcto planteo del problema si nos apoyamos en el simil de “la mesa de tres patas”. Y nos preguntamos ¿cuáles serían las tres patas de la mesa del amor?

Digamos, para irlo desarrollando más adelante, que ellas son:

- la armonía emocional;
- la armonía sexual y
- la armonía existencial.

Elvira: Antes de proceder a desarrollar el contenido de estas tres armonías, me parece oportuno adelantar algunas conclusiones elementales: una primera conclusión axiomática incuestionable es que no puede haber mesa del amor con menos de tres patas. Y una segunda conclusión incuestionable: las tres patas tendrán que mantener un equilibrio armonioso. Es obvio que, si no se cumplen estas dos condiciones, la mesa resultará tan inestable, tan tembleque, que, más tarde o más temprano, terminará desmoronándose todo lo que hayamos construido sobre ella.

Arnaldo: Tengo la impresión de que así, tan simplemente esbozado, ya el planteo da para complicadas e inquietantes disquicisiones. Tanto que justifica que vayamos, desde ya, “calentando los motores” de la reflexión crítica y autocrítica, recordando aquella advertencia de Antonio Machado: Y, cuando os ardan los sesos, avisad.

Elvira: Dado que haces esa invitación a la reflexión, yo quisiera hacer otra observación previa al desarrollo del esquema. La tercera pata del amor, la que caracterizamos como “armonía existencial” (generalmente la menos desarrollada en los vínculos de pareja) tiene que ver, justamente, con el monto de “reflexibidad” con que la pareja decidida a casarse o a iniciar la convivencia diseña su “proyecto de vida en común”.
Mientras que los enamoramientos románticos cultivan hasta el hartazgo los momentos emocionales y eróticos de la relación, los vínculos existenciales se montan, como sobre sus fundamentos esenciales, sobre la toma de conciencia y la reflexión crítica y autocrítica en torno a las condiciones de viabilidad de la relación.

Arnaldo: Sí, en respaldo de lo que tú dices, creo oportuno recordar las precisiones realizadas por Anthony Giddens en su libro Las transformaciones de la intimidad. Él lo expresa con todo rigor: “El axioma que define los ideales de la pura relación (es decir, de la relación existencial) es la implicación de los individuos en la determinación de las condiciones de su asociación. Esta frase expresa una primera diferencia entre el matrimonio tradicional y el actual y llega hasta el núcleo de las posibilidades democratizadoras de la transformación de la intimidad. Esto se aplica, desde luego, no exactamente sólo a la iniciación de una relación, sino a la reflexibidad inherente a su prosecución o a su disolución”.

Elvira: Este lugar central que Giddens le atribuye a la “reflexión” exige, a mi entender, empezar por cuestionar críticamente el lugar común que sostiene que el amor se agota, románticamente, en la variable emocional y en la variable erótico-sexual. Es decir: ese lugar común pretende nada menos que armar la “mesa del amor” sólo sobre dos patas, con los resultados fácilmente previsibles.

Arnaldo: Pasemos a desarrollar ahora, a lo largo de este diálogo, una por una las características que definen a cada una de las tres patas de la mesa del amor.


(continúa próximo miercoles)

LA PAREJA “DESPAREJA” una conversación ESCLARECEDORA entre ARNALDO GOMENSORO y ELVIRA LUTZ


(PRIMERA ENTREGA)


LA “RE-PROGRAMACIÓN DE LAS EXPECTATIVAS

Elvira:
A lo largo de este diálogo, insistiremos en que, para nosotros, los problemas sexuales de los hombres y de las mujeres casi nunca son sólo sexuales, sino que implican, casi siempre, importantes desencuentros existenciales. Es decir, de acuerdo a distingos que ya comentamos en otros trabajos, podríamos afirmar que son expresión de “contradicciones de género” y no de “contradicciones de sexo”. Justamente, los sentidos contradictorios que los varones y las mujeres les atribuyen a las actitudes y a las conductas sexuales son las que las vuelven “disfuncionales”. La multiplicación de parejas “desparejas” sería el resultado forzoso de expectativas contrapuestas y discordantes, es decir de importantes desacuerdos entre lo que unos y otras esperan de sus vínculos amorosos, eróticos y sexuales.

Arnaldo: A propósito de eso que estás diciendo, recuerdo que el Dr. Bobet afirmaba que “en la relación entre el hombre y la mujer, en la relación de pareja, se decide, aún hoy, el destino de la mayor parte de los seres humanos”. Pienso que, si esta afirmación es verdadera, y yo creo que sí, que lo es, no nos puede resultar extraño que se multipliquen las separaciones, los divorcios y las relaciones profundamente conflictivas.

Elvira: Yo anotaría que estos problemas empiezan a aparecer con esas características hace unos cincuenta años con los cambios que se producen en la llamada “condición de la mujer”. Los roles masculinos y femeninos siempre fueron asimétricos. El varón era el típico proveedor y sostén material de la familia mientras que la mujer se agotaba en la función de madre, de esposa y de ama de casa. El varón actuaba en el ámbito de “lo público” (el trabajo, la política, la industria, el comercio, la guerra, el deporte) y la mujer en el ámbito de “lo privado” (lo doméstico, el cuidado y la educación de los hijos, la cocina, la limpieza). Es bueno que aclaremos que, a pesar de ello, las expectativas de ambos eran convergentes: los varones esperaban encontrarse en pareja con mujeres “bien mujeres” y las mujeres con hombres “bien hombres”. La pareja, aunque asimétrica en los roles, en las expectativas era “pareja”.

Arnaldo: Sí, esto cambia radicalmente cuando cambia la condición de la mujer. Que, a su vez, cambia cuando cambian sus condiciones de vida. A partir de la mitad del siglo pasado, las mujeres ingresan masivamente al trabajo asalariado, al estudio en todos sus niveles, a la tecnología, a la política, a la comunicación mediática, al deporte y al ejercicio de una sexualidad mucho más libre y permisiva. Es decir, ingresan a un mundo que, hasta entonces, había sido exclusivamente masculino. Naturalmente, este ingreso al “mundo ancho y ajeno” de los varones tiene el efecto de ir cambiando decisivamente la condición de la mujer. Y, al cambiar su condición, cambian también profundamente sus expectativas en materia amorosa, erótica y sexual.

Elvira: Es bueno que completemos el cuadro subrayando que, por el contrario, la condición del varón no experimenta ningún cambio. El mundo del varón sigue siendo, en lo fundamental, el mismo de antes y, consecuentemente, sus expectativas siguen siendo, también, las mismas de antes.
El resultado es claro: lo que antes eran expectativas concordantes se vuelven, progresivamente, expectativas cada vez más discordantes. Y las frustraciones repetidas, al no cumplirse lo que cada uno o cada una espera del otro o de la otra, instala las discusiones, los reproches, el resentimiento, el conflicto.

Arnaldo: Ante esta realidad, surge la pregunta obligada: ¿Qué hacer ante la generalización de los desencuentros que precipitan la tan comentada y deplorada crisis de la pareja y de la familia?
Propongo una salida posible inspirada en otra crisis muy de actualidad hace unos meses: la crisis bancaria. Frente a la quiebra y el cierre de varios de los más importantes bancos de plaza, se frustran las expectativas tanto de los ahorristas como de las instituciones bancarias. Y, les guste o no a unos y a otras, aparece como única salida posible (aunque todos la consideren lamentable) la “re-programación de las deudas”. Es decir, la re-programación de las expectativas tanto de los ahorristas como de las instituciones bancarias.

Elvira: Si te entiendo bien, lo que tú sugieres como posible salida “constructiva” (o, por lo menos, la menos destructiva) a la crisis de la pareja y de la familia es la re-programación de las expectativas amorosas, eróticas y sexuales de hombres y de mujeres de modo tal que ambos “puedan pagar” las deudas contraídas en el momento crucial en que decidieron, libremente, comprometerse en la realización de un proyecto de vida en común.

LO MÁS DIFÍCIL DE LA VIDA ES CON-VIVIR

Arnaldo: Me parece interesante relacionar el planteo que venimos haciendo con un enfoque muy similar, aunque con fundamentos teóricos muy distintos de los nuestros. Nos referimos al enfoque del autor americano Cliffort J. Sager, en su libro titulado Contrato matrimonial y terapia de pareja.
En una versión muy simplificada pero suficientemente intuible, podríamos sintetizar su tesis principal diciendo que él entiende que, cuando un hombre y una mujer contraen matrimonio o deciden pasar a vivir juntos, suscriben no uno sino dos tipos de contrato: un tipo de contrato explícito, constituido por los supuestos obvios que implican el contrato civil, el sacramento religioso, las participaciones e invitaciones, la fiesta, el pasar a vivir en una misma casa, compartiendo un mismo techo, una misma mesa y una misma cama, el estar dispuestos a tener hijos y a constituir una familia.
Pero, además, suscriben, en términos simbólicos, cada uno otro contrato, un contrato implícito, no expresado ni comunicado, en donde constan sus respectivas expectativas respecto de lo que cada uno espera recibir del otro o de la otra. Dicho gráficamente, estos dos contratos individuales, nunca compartidos, los lleva cada uno en “la manga”, y será la convivencia cotidiana la que los vaya explicitando, sobre todo en términos de expectativas frustradas.

Elvira: Sí, pienso que esta versión que tú das del pensamiento de Sager les debe de resultar muy familiar a casi todos los maridos y a casi todas las esposas. Es evidente que, a medida que pasan los meses y los años de convivencia, lo más frecuente es que la columna de las frustraciones recíprocas vaya aumentando con su reiteración repetida, mientras que la columna de las gratificaciones disminuya y se vea desplazada por la de los reproches, las decepciones y los resentimientos.
Por eso, cuando algunas de estas parejas aterrizan, después de muchas dudas, en nuestro consultorio, en busca de una solución para sus crecientes dificultades, nos encontramos con dos seres amargados y defraudados que sienten que han resultado engañados y trampeados en lo que consideran sus naturales y correctas expectativas.

Arnaldo: Lo peor de todo este proceso es que cuando, entonces, les proponemos una revisión crítica y autocrítica de esas expectativas y una posible “re-programación” de las mismas, descubrimos que resulta imposible re-programar porque, en los hechos, nunca se ha programado.

Elvira: La pregunta que se impone es la de cómo pudo no programarse la convivencia cuando se está abocado a la decisión indudablemente trascendente de comprometerse en un vínculo existencial de largo plazo. A propósito de esta incongruencia y de sus infelices consecuencias, es que nosotros insistimos mucho en lo importante que resultaría que los enamorados fueran capaces de diferenciar claramente los meros romances, por encantadores que puedan ser, del proyecto de vida en común. Es obvio que, para que los primeros resulten una experiencia inolvidable alcanza y sobra con la inundación de emociones, la sensibilidad erótica hiperestesiada, la pasión amorosa, el encantamiento de la intimidad compartida (recordemos, sin más, Un verano de felicidad o En una pequeña carpa un gran amor).

Arnaldo: Sí, como tú lo dices, es en esas circunstancias, donde el romanticismo es dominante, que resulta más difícil ser realistas y hacer una evaluación crítica y autocrítica de compatibilidades e incompatibilidades. Es aquí que resulta cierto aquello de que “el amor es ciego”. Y es ciego no porque no pueda ver, sino porque no quiere ver. Porque muy probablemente si los enamorados vieran la realidad tal-cual-es, no alcanzaría la euforia del enamoramiento para justificar el compromiso matrimonial o la decisión de iniciar una convivencia compartida.

Elvira: Sí, lo cierto es que el proyecto de vida en común, al contrario de lo que pasa con los meros romances, supone una evaluación crítica de pros y contras, de posibilidades e imposibilidades que, sin excluir los encantos de la emoción y del erotismo compartidos, se fundamente en el conocimiento y justipreciación realistas de una y otro tales como son, sin ceder a la ilusiones que siguen buscando “príncipes azules” y “bellas durmientes”.

Arnaldo: Dicho con las palabras de Saint-Exupery, supone partir hacia el futuro reconociendo que “amarse no es mirarse uno de los ojos del otro, sino mirar ambos en una misma dirección”.




(continúa próximo miercoles)
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