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miércoles

LA EDUCACIÓN SEXUAL: ENTRE LA FRUSTRACIÓN Y EL EMPECINAMIENTO


PROBLEMATIZACIÓN DE LO OBVIO

ARNALDO GOMENSORO / ELVIRA LUTZ

SEGUNDA ENTREGA

Para poder contestar críticamente estas preguntas, otras nos pueden servir de guías:

l) - ¿Cabe educar sexualmente sin comprometerse con un determinado sistema de valores?

2) - ¿Existe algún sistema de valores sexuales unánimemente aceptado?

3) - ¿Existe una sexología “científica” que autorice juicios de una validez tan general que puedan fundamentar una educación sexual universal y obligatoria?

4) - ¿Es posible una “información” sexual tan neutral y tan objetiva que no esté contaminada por valoraciones de carácter moral o religioso?


Ahora bien: antes de intentar responder a estas preguntas-claves, sería oportuno que nos formuláramos otra pregunta previa, pregunta elemental y que, curiosamente, a ningún especialista se le ha ocurrido formularse: ¿en qué países existe la educación sexual “formal”, de modo que nos pudiera servir de modelo a tener ene cuenta? ¿Cuáles son sus características y cuáles los resultados obtenidos?

Pues bien: esta pregunta, mucho más fácil de contestar que las otras por referirse a hechos concretos y comprobables, tiene una sola y asombrosa contestación:

- DE HECHO, NO EXISTE EDUCACIÓN SEXUAL FORMAL EN NINGÚN PAÍS.

Es decir: en esta materia, carecemos de precedentes. O dicho de otro modo, modestia aparte, nos estamos proponiendo empecinadamente, sin ninguna duda y sin ningún rubor, llevar adelante una inciativa que no ha logrado concretarse en ninguna parte del mundo.

La contundencia de este hecho se hará comprensible en sus propios fundamentos cuando entremos a responder a las preguntas-claves que nos formuláramos más arriba.

Veamos, pues, cuales son esas respuestas. Para nosotros las respuestas a estas preguntas definen perfectamente el problema.

Y, además, aportan su solución. Es más: estas preguntas, pensándolo bien, resultan puramente retóricas pues no admiten sino una única contestación. Es decir, las respuestas no pueden ser otras que las siguientes:

- sólo es posible educar sexualmente en referencia comprometida a un particular sistema de valores

- no existe ningún sistema de valores sexuales de validez y de aceptación universales

- en materia de educación sexual (como también en materia de educación política) rige y debe regir lo que nosotros llamamos “el pluralismo ético”, que sostiene que cada uno debe educar y debe ser educado de acuerdo a sus particulares ideas filosóficas, morales o religiosas.

Y cuando decimos que las respuestas no pueden ser otras que éstas es porque tenemos claro que lo contrario implicaría aceptar que se debería promover, desde los órganos de enseñanza del Estado, una especie de monolitismo o totalitarismo ético sexual en frontal contradicción con toda una tradición de enseñanza democrática y libertaria.


Este breve pero decisivo análisis permite extraer algunas conclusiones bien concretas y bien prácticas:

1. la educación sexual es una necesidad prioritaria y de urgente atención en una sociedad sexualmente cada día más profundamente desorientada;

2. la EDUCACION SEXUAL FORMAL, como parte del sistema de enseñanza, se muestra en principio como imposible;

3. esto explica, sin más, por qué ha resultado imposible de hecho;

4. la tarea a realizar tendrá que hacerse, pues, donde resulta posible hacerla: en el ámbito de la educación sexual no-formal.

5. si esta tarea se asumiera, ella se traduciría en la decisión de cada grupo, de cada comunidad y de cada colectividad de organizar sistemáticamente la orientación sexual de quienes la integran (niños, jóvenes, adultos, docentes, educadores) de acuerdo a los particulares principios éticos que las definen.

Finalicemos este primer aporte, por demás crítico y polémico, destacando el hecho evidente y prácticamente decisivo de que seguir insistiendo en querer hacer una misma educación sexual “para todo el mundo” se ha convertido y se seguirá convirtiendo en la mejor manera de terminar no haciendo educación sexual “para nadie".

Febrero del 2006

LA EDUCACIÓN SEXUAL: ENTRE LA FRUSTRACIÓN Y EL EMPECINAMIENTO


PROBLEMATIZACIÓN DE LO OBVIO


ARNALDO GOMENSORO / ELVIRA LUTZ

PRIMERA ENTREGA

El filósofo Edmundo Husserl (por otra parte un eminente hombre de ciencia) definió el conocimiento filosófico como “la problematización de las trivialidades”, como “el cuestionamiento de lo obvio”. Y otro pensador de nota, Eduardo Spranger, observaba “que nada solía resultar menos comprendido que aquello que se volvía naturalmente comprensible”.

Pues bien: nosotros vamos ahora, a propósito de la “Educación Sexual Formal” y sus confusas vicisitudes, a intentar hacer justamente eso, vamos a intentar cuestionar lo obvio, lo que, para la mayoría de la gente (y también para la mayoría de los especialistas y de los expertos) resulta “naturalmente comprensible”.

Empecemos por ubicar el problema en su “natural obviedad”. Desde hace ya varios años, se está haciendo cada vez más generalizado e insistente el reclamo de que la escuela y el liceo asuman tareas concretas en materia de orientación sexual de niños, adolescentes y jóvenes. En forma periódica esta necesidad adquiere mayor énfasis y entonces se entran a formular promesas y anuncios al respecto e, incluso, se llegan a concretar, en el papel, proyectos, planes y programas (eso que algunos han llamado “progreso manuscrito”). Sin embargo, todas esas buenas intenciones no han logrado, hasta ahora, pasar de la condición de tales. Y, consecuentemente, sigue sin poder incorporarse la educación sexual a los programas formales de enseñanza primaria, secundaria e industrial.

Es decir: parece llegada la hora de enfrentarnos, crítica y auto críticamente, al hecho irrefutable (curiosamente ignorado o desvirtuado por los especialistas) de que el problema central de los educadores sexuales es el de “querer y no poder”. Es hora de reconocer que la historia de la educación sexual es la historia de las meras “buenas intenciones”. De las buenas intenciones sistemáticamente fracasadas. Tanto que podríamos decir que la frustración es el común denominador que mejor identifica a los educadores sexuales. Pero es sólo el primer común denominador, porque el segundo lo constituye el empecinamiento.

En efecto: a pesar de los fracasos, a pesar de las frustraciones, los educadores sexuales no se dan por vencidos y vuelven a iniciar, por enésima vez, los mismos intentos tantas veces fallidos.

Nosotros entendemos que, ante tantas frustraciones y tantos empecinamientos, es hora de intentar plantearnos e intentar responder a algunas preguntas insoslayables:

1) - ¿Es que la Educación Sexual Formal será posible?

2) - Y si es posible, ¿por qué no se hace, por qué no se logra hacer?

3) - ¿Qué obstáculos y qué resistencias la impiden o la dificultan?

4) – ¿Cómo ordenar más críticamente la problemática sexual para poder orientarnos más pragmáticamente en ella?

5) - ¿No se estarán empecinando los educadores sexuales en un sueño irrealizable?

LA PROBLEMÁTICA SEXUAL DE NUESTRA ÉPOCA

ARNALDO GOMENSORO / ELVIRA LUTZ

SEGUNDA ENTREGA

A. El concepto de “salud sexual”.

Hemos hablado de síntomas y de enfermedad. A propósito de ello, sería bueno recordar que ha sido la propia Organización Mundial de la Salud la que ha alertado a la humanidad y, especialmente al mundo occidental, sobre la alarmante extensión de los trastornos de la sexualidad y de su incidencia en el deterioro creciente de la salud que afecta a los individuos, a los matrimonios y a las familias. Y es elocuente que su llamado a asumir el problema y a promover urgentemente acciones de terapia y, sobre todo, de profilaxis de la salud sexual, se afirme en dos postulados básicos: la reivindicación del derecho al placer y la reivindicación del derecho a la información.

Veamos ahora algunos de los conceptos fundamentales que maneja la O.M.S:

Definiciones de la O.M.S. sobre Salud Sexual y Sexualidad Sana:

“Salud Sexual es la integración de los elementos somáticos, emocionales, intelectuales y sociales del ser sexual por medios que sean positivamente enriquecedores y que potencien la personalidad, la comunicación y el amor”.

“Presentan decisiva importancia, desde ese punto de vista, el derecho a la información sexual y el derecho al placer”.

“Según Mace, Bannerman y Burton, el concepto de sexualidad sana incluye tres elementos básicos:

1) la aptitud para disfrutar de la actividad sexual y reproductiva y para regularla de conformidad con una ética personal y social;
2) la ausencia de temores, de sentimientos de vergüenza y culpabilidad, de creencias infundadas y de otros factores psicológicos que inhiban la reacción sexual o perturben las relaciones sexuales;
3) la ausencia de trastornos orgánicos, de enfermedades o deficiencias que entorpezcan la actividad sexual y reproductiva.

Tal noción de salud sexual supone la adopción de un criterio positivo de la sexualidad humana; la finalidad de la asistencia prestada en este sector debe ser el disfrute intensificado de la vida y de las relaciones personales y no meramente el asesoramiento y la asistencia relacionados con la procreación o las enfermedades de transmisión sexual.”

Ahora bien: nuestra posición en pedagogía sexual se asentará, también, sobre el reconocimiento de que la salud sexual, como uno de los valores claves a reivindicar, sólo se puede alcanzar si se superan educativamente la ignorancia sexual, equivocadamente considerada como “condición de virtud” y el miedo al sexo (es decir, el miedo concreto al placer sexual) tradicionalmente considerado como “condición de pecado”.


B. Los supuestos básicos de toda posible re-orientacion

La educación es una tarea eminentemente realista; es decir, es una tarea que no puede prescindir ni subestimar la realidad, aunque su significado esencial sea ir más allá de la realidad, procurando su transformación ética.

Pues bien, si la realidad a que debe enfrentarse el educador sexual es, como la describíamos, una realidad “en crisis de desorientación”, la tarea a asumir por los educadores será, primariamente, una tarea de “re-orientación”.

Como a los alpinistas perdidos en la montaña, habrá que rescatar a los jóvenes y a los adultos extraviados liberándolos de las avalanchas de contradicciones que hoy los aplastan y capacitándolos para que puedan encontrar el rumbo perdido. Para esta tarea, se impone que el educador comprenda que, como lo quería Binwanger para los psiquiatras y los psicoterapeutas, tendrá que ser, más que “un médico de almas”, un verdadero y audaz “guía de montaña”.

En efecto: cuando la tarea es de rescate y de re-orientación, las prioridades hay que establecerlas de cara a la gravedad de la situación y no en base a retóricos conceptos morales elaborados en la confortable atmósfera del escritorio. Es autoevidente que lo que aquí se necesitan, si es que queremos realmente rescatar a las víctimas del atolladero, no son eruditas citas bibliográficas, filosóficas o teológicas, sino cosas mucho más concretas: un buen equipo, buen entrenamiento, conocimiento práctico del terreno, capacidad de auto orientación y, sobre todo, coraje y valentía. La tarea de educación sexual sigue siendo una tarea peligrosa y, para abordarla, se siguen necesitando ciertas condiciones ineludibles entre las que se cuentan, en primer lugar, el gusto por la aventura y el pionerismo de los espíritus arriesgados.

Pues bien: suponiendo que se tiene clara la tarea que nos espera y que se reúnen, en principio, las condiciones para afrontarla, nos quedarán aún por cumplir tres supuestos básicos que transformarán las buenas intenciones en concreta misión pedagógica:

1. habrá que adquirir un conocimiento lo más verdadero posible y lo más completo posible de la realidad sexual “tal-cual-es”, para así podernos orientar en ella;

2. habrá que explicitar y aclarar suficientemente el sistema de valores con que nos comprometemos y que serán los que, en definitiva y decisivamente, guiarán nuestros pasos; y

3. habrá que diseñar una estrategia pedagógica suficientemente inteligente y suficientemente pragmática como para que el operativo resulte, en definitiva, eficaz, eficiente y efectivo.

LA PROBLEMÁTICA SEXUAL DE NUESTRA ÉPOCA


ARNALDO GOMENSORO / ELVIRA LUTZ

(reedición 2010 revisada por los autores de un trabajo publicado en1985)



PRIMERA ENTREGA

LA DESORIENTACIÓN COMO DIAGNÓSTICO


A.De la coherencia a la contradicción

Veamos qué queremos decir: cada vez se sabe menos qué pensar, qué actitudes adoptar y qué conductas seguir en relación con los problemas que nos plantea, a grandes y a chicos, el sexo, el erotismo y el amor.

Antes (y cuando decimos “antes” nos estamos refiriendo a 40 o 50 años atrás), imperaba aún la coherencia entre los principios ético-sociales y las conductas prácticas de la mayor parte de la gente. La casi totalidad de los hombres y de las mujeres, de los jóvenes y de los niños de ambos sexos veían simplificada la tarea de adoptar decisiones mediante el cómodo expediente de sujetarse a los parámetros sociales universalmente válidos.

¿Qué pasa hoy? Hoy las cosas han cambiado decisivamente y, a la luz de lo que podemos prever, han de seguir cambiando cada vez más vertiginosamente. En este sentido es bueno recordar que los padres de niños en edad escolar están educando personas que van a vivir su sexualidad en el año 2000.

Parece obvio, aunque haya quienes se empecinen en no quererlo reconocer, que estos cambios han vuelto obsoletas las respuestas tradicionales y han abierto nuevas y angustiantes interrogantes para las cuales nos encontramos carentes de todo tipo de contestación.

A. La confusión como atmósfera educacional.

¿Por qué nos expresamos así? Porque la infinita multiplicidad de alternativas que hoy se nos ofrece como en el escaparate de un gran supermercado no nos ha vuelto más libres, sino que, por el contrario, lo que ha logrado es aturdirnos, desorientarnos, sumirnos en una confusión que a veces linda casi con los cuadros definidos por la psicopatología y la psiquiatría.

Albert Einstein definía bien la época en que nos toca vivir: “Una perfección de medios y una gran confusión de metas”.
Pues bien: esta confusión de metas, esta multiplicidad aturdidora de alternativas, esta desorientación respecto de qué queremos y hacia dónde vamos que caracteriza nuestro mundo adulto, es la atmósfera en que crecen nuestros hijos, es el “ambiente educativo” que impregna el espíritu de nuestros niños y de nuestros jóvenes.

Convincentemente lo definen Raths, Harmin y Simon en su obra “El sentido de los valores y la enseñanza”, cuando dicen:

“...Hay otra posible consecuencia: Al exponerlo a tantas diferentes alternativas, quizá se dejó al niño sin ideas y él se concretó, simplemente, a absorber la confusión. Tal vez la más importante contribución hecha por esos medios de comunicación haya sido desorientar la naciente comprensión del niño con respeto a lo que es bueno y a lo que es malo, a lo que es cierto y a lo que es falso, a lo que es correcto y a lo que es incorrecto, a lo que es justo y a lo que es injusto, a lo que es bello y a lo que es feo”.

En relación con la problemática sexual que hoy a todos nos preocupa, cabe resumir esta situación diciendo que lo que se ha perdido es la confianza en los principios éticos tradicionales, sin que hayan surgido en su lugar otros principios éticos más profundos y más verdaderos y que resulten suficientemente convincentes.

El resultado no podía ser otro que el que todos los días estamos constatando: los viejos principios perduran como meros imperativos retóricos y se siguen repitiendo mecánicamente, a pesar de que han perdido toda capacidad de funcionar como guías prácticas de conducta. Por otro lado, las conductas se dejan determinar, cada vez más, por un estilo de vida compulsivamente standardizado por la omnipotencia de los mass media, traspasado de sensualidad y de erotismo, en flagrante contradicción con aquellos principios. El resultado está a la vista: estamos convirtiendo a cada niño, a cada adolescente y a cada joven en un verdadero nudo de contradicciones, frecuentemente despedazado por las incoherencias, los conflictos y las hipocresías.


Un periodo de crisis.

La primera tentación suele ser la de enjuiciar el hecho, la de definir posiciones y la de tomar partido. Sin embargo, parece más oportuno y más útil, antes de entrar a formular “juicios de valor”, procurar establecer “juicios de hecho” suficientemente objetivos y realistas.

Será bueno, para ello, empezar por describir y sólo describir la realidad, sin apresurarnos a juzgarla. Algo así como si describiéramos, desde la altura, el panorama a vuelo de pájaro de un territorio en el que vamos a aterrizar y que luego tendremos que estar dispuestos a recorrer pormenorizadamente. El panorama es desolador pero, no por ello, menos verdadero:

1) Vivimos una época signada por una profunda crisis de los valores tradicionales vinculados al sexo y al erotismo: crisis del matrimonio, crisis de la familia, crisis de las costumbres;
2) Se manfiesta más críticamente que nunca el desencuentro generacional entre los jóvenes de ambos sexos y sus mayores en relación directa con el ejercicio del sexo y del amor;
3) Resulta verdaderamente crítica la desorientación de los mayores (padres, maestros, profesionales, sacerdotes) en materia de educación sexual, a pesar de la avalancha de libros, estudios e información de que disponen;
4) Cada día se vuelve más crítica la contradicción flagrante entre la ocultación sistemática del tema sexual o su enfoque limitadamente biologista tanto en el ámbito familiar como en el docente, y la versión exaltadamente erótica y sensual del sexo placer con que se bombardea cotidianamente a niños, adolescentes, jóvenes y mayores de ambos sexos;
5) Aparecen como dramáticamente críticas la extensión y la profundidad de los desajustes de pareja a nivel sexual (anorgasmia, frigidez, eyaculación precoz e impotencia, disfunciones del deseo) que se producen como consecuencia forzosa de una educación asentada en la ignorancia y el miedo al sexo;
6) Resulta no sólo dramático sino diríamos que casi trágicamente crítico constatar hasta dónde esos desajustes de pareja desembocan en aguda conflictiva familiar e inciden directamente en la posible felicidad de los hijos y en futuro manejo, por los mismos, del sexo y el amor;
7) Finalmente, nos impresiona como paradojalmente crítica la incongruencia, por demás elocuente, entre el reconocimiento universal de la importancia de hacer orientación sexual (en el que coinciden padres, docentes, sacerdotes y gobernantes) y la incapacidad, por parte de todos, de concretamente hacerla.

Ahora bien: no es por casualidad que hemos repetido las palabras “crisis” y “crítico” a lo largo de los siete rasgos que, como verdaderos síntomas, definen nuestra sociedad como “sexualmente enferma”. Crisis quiere decir etimológicamente “cambio”, “transformación”, “variación profunda de un proceso”. Como tal, toda crisis puede serlo para bien o para mal. Hay crisis constructivas y crisis destructivas. Lo que no hay son crisis “evitables” una vez que el proceso se ha iniciado. Ni hay posibles “restauraciones” del pasado cuando las crisis se han precipitado y consolidado.

En consecuencia, a la altura del proceso en que nos encontramos, una sola opción aparece como educativamente inteligente: asumir el cambio, tratar de comprenderlo en sus raíces más profundas y en su verdadero significado y, apoyándonos en esta asunción y en esta comprensión, intentar encauzarlo, neutralizando sus componentes de destrucción y promoviendo los que albergue de liberación, de creatividad y de plenificación de la vida de hombres y de mujeres.

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