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viernes

RAY BRADBURY - VENDRÁN LLUVIAS SUAVES

 


La voz del reloj cantó en la sala: tictac, las siete, hora de levantarse, hora de levantarse, las siete, como si temiera que nadie se levantase. La casa estaba desierta. El reloj continuó sonando, repitiendo y repitiendo llamadas en el vacío. Las siete y nueve, hora del desayuno, ¡las siete y nueve!

En la cocina el horno del desayuno emitió un siseante suspiro, y de su tibio interior brotaron ocho tostadas perfectamente doradas, ocho huevos fritos, dieciséis lonjas de jamón, dos tazas de café y dos vasos de leche fresca.

-Hoy es cuatro de agosto de dos mil veintiséis -dijo una voz desde el techo de la cocina- en la ciudad de Allendale, California -Repitió tres veces la fecha, como para que nadie la olvidara-. Hoy es el cumpleaños del señor Featherstone. Hoy es el aniversario de la boda de Tilita. Hoy puede pagarse la póliza del seguro y también las cuentas de agua, gas y electricidad.

En algún sitio de las paredes, sonó el clic de los relevadores, y las cintas magnetofónicas se deslizaron bajo ojos eléctricos.

-Las ocho y uno, tictac, las ocho y uno, a la escuela, al trabajo, rápido, rápido, ¡las ocho y uno!

Pero las puertas no golpearon, las alfombras no recibieron las suaves pisadas de los tacones de goma. Llovía fuera. En la puerta de la calle, la caja del tiempo cantó en voz baja: “Lluvia, lluvia, aléjate… zapatones, impermeables, hoy.”. Y la lluvia resonó golpeteando la casa vacía. Afuera, el garaje tocó unas campanillas, levantó la puerta, y descubrió un coche con el motor en marcha. Después de una larga espera, la puerta descendió otra vez.

A las ocho y media los huevos estaban resecos y las tostadas duras como piedras. Un brazo de aluminio los echó en el vertedero, donde un torbellino de agua caliente los arrastró a una garganta de metal que después de digerirlos los llevó al océano distante.

Los platos sucios cayeron en una máquina de lavar y emergieron secos y relucientes.

“Las nueve y cuarto”, cantó el reloj, “la hora de la limpieza”.

De las guaridas de los muros, salieron disparados los ratones mecánicos. Las habitaciones se poblaron de animalitos de limpieza, todos goma y metal. Tropezaron con las sillas moviendo en círculos los abigotados patines, frotando las alfombras y aspirando delicadamente el polvo oculto. Luego, como invasores misteriosos, volvieron de sopetón a las cuevas. Los rosados ojos eléctricos se apagaron. La casa estaba limpia.

Las diez. El sol asomó por detrás de la lluvia. La casa se alzaba en una ciudad de escombros y cenizas. Era la única que quedaba en pie. De noche, la ciudad en ruinas emitía un resplandor radiactivo que podía verse desde kilómetros a la redonda.

Las diez y cuarto. Los surtidores del jardín giraron en fuentes doradas llenando el aire de la mañana con rocíos de luz. El agua golpeó las ventanas de vidrio y descendió por las paredes carbonizadas del oeste, donde un fuego había quitado la pintura blanca. La fachada del oeste era negra, salvo en cinco sitios. Aquí la silueta pintada de blanco de un hombre que regaba el césped. Allí, como en una fotografía, una mujer agachada recogía unas flores. Un poco más lejos -las imágenes grabadas en la madera en un instante titánico-, un niño con las manos levantadas; más arriba, la imagen de una pelota en el aire, y frente al niño, una niña, con las manos en alto, preparada para atrapar una pelota que nunca acabó de caer. Quedaban esas cinco manchas de pintura: el hombre, la mujer, los niños, la pelota. El resto era una fina capa de carbón. La lluvia suave de los surtidores cubrió el jardín con una luz en cascadas.

Hasta este día, qué bien había guardado la casa su propia paz. Con qué cuidado había preguntado: “¿Quién está ahí? ¿Cuál es el santo y seña?”, y como los zorros solitarios y los gatos plañideros no le respondieron, había cerrado herméticamente persianas y puertas, con unas precauciones de solterona que bordeaban la paranoia mecánica.

Cualquier sonido la estremecía. Si un gorrión rozaba los vidrios, la persiana chasqueaba y el pájaro huía, sobresaltado. No, ni siquiera un pájaro podía tocar la casa.

La casa era un altar con diez mil acólitos, grandes, pequeños, serviciales, atentos, en coros. Pero los dioses habían desaparecido y los ritos continuaban insensatos e inútiles.

El mediodía.

Un perro aulló, temblando, en el porche.

La puerta de calle reconoció la voz del perro y se abrió. El perro, en otro tiempo grande y gordo, ahora huesudo y cubierto de llagas, entró y se movió por la casa dejando huellas de lodo. Detrás de él zumbaron unos ratones irritados, irritados por tener que limpiar el lodo, irritados por la molestia.

Pues ni el fragmento de una hoja se escurría por debajo de la puerta sin que los paneles de los muros se abrieran y los ratones de cobre salieran como rayos. El polvo, el pelo o el papel ofensivos, hechos trizas por unas diminutas mandíbulas de acero, desaparecían en las guaridas. De allí unos tubos los llevaban al sótano, y eran arrojados a la boca siseante de un incinerador que aguardaba en un rincón oscuro como un Baal maligno.

El perro corrió escaleras arriba y aulló histéricamente, ante todas las puertas, hasta que al fin comprendió, como ya comprendía la casa, que allí no había más que silencio.

Olfateó el aire y arañó la puerta de la cocina. Detrás de la puerta el horno preparaba unos pancakes que llenaban la casa con un aroma de jarabe de arce. El perro, tendido ante la puerta, olfateaba con los ojos encendidos y el hocico espumoso. De pronto, echó a correr locamente en círculos, mordiéndose la cola, y cayó muerto. Durante una hora estuvo tendido en la sala.

Las dos, cantó una voz.

Los regimientos de ratones advirtieron al fin el olor casi imperceptible de la descomposición, y salieron murmurando suavemente como hojas grises arrastradas por un viento eléctrico.

Las dos y cuarto.

El perro había desaparecido.

En el sótano, el incinerador se iluminó de pronto y un remolino de chispas subió por la chimenea.

Las dos y treinta y cinco.

Unas mesas de bridge surgieron de las paredes del patio. Los naipes revolotearon sobre el tapete en una lluvia de figuras. En un banco de roble aparecieron martinis y sándwiches de tomate, lechuga y huevo. Sonó una música.

Pero en las mesas silenciosas nadie tocaba las cartas.

A las cuatro, las mesas se plegaron como grandes mariposas y volvieron a los muros.

Las cuatro y media.

Las paredes del cuarto de los niños resplandecieron de pronto.

Aparecieron animales: jirafas amarillas, leones azules, antílopes rosados, panteras lilas que retozaban en una sustancia de cristal. Las paredes eran de vidrio y mostraban colores y escenas de fantasía. Unas películas ocultas pasaban por unos piñones bien aceitados y animaban las paredes. El piso del cuarto imitaba un ondulante campo de cereales. Por él corrían escarabajos de aluminio y grillos de hierro, y en el aire caluroso y tranquilo unas mariposas de gasa rosada revoloteaban sobre un punzante aroma de huellas animales. Había un zumbido como de abejas amarillas dentro de fuelles oscuros, y el perezoso ronroneo de un león. Y había un galope de okapis y el murmullo de una fresca lluvia selvática que caía como otros casos, sobre el pasto almidonado por el viento.

De pronto las paredes se disolvieron en llanuras de hierbas abrasadas, kilómetro tras kilómetro, y en un cielo interminable y cálido. Los animales se retiraron a las malezas y los manantiales.

Era la hora de los niños.

Las cinco. La bañera se llenó de agua clara y caliente.

Las seis, las siete, las ocho. Los platos aparecieron y desaparecieron, como manipulados por un mago, y en la biblioteca se oyó un clic. En la mesita de metal, frente al hogar donde ardía animadamente el fuego, brotó un cigarro humeante, con media pulgada de ceniza blanda y gris.

Las nueve. En las camas se encendieron los ocultos circuitos eléctricos, pues las noches eran frescas aquí.

Las nueve y cinco. Una voz habló desde el techo de la biblioteca.

-Señora McClellan, ¿qué poema le gustaría escuchar esta noche?

La casa estaba en silencio.

-Ya que no indica lo que prefiere -dijo la voz al fin-, elegiré un poema cualquiera.

Una suave música se alzó como fondo de la voz.

-Sara Teasdale. Su autor favorito, me parece…

Vendrán lluvias suaves y olores de tierra,

y golondrinas que girarán con brillante sonido;

y ranas que cantarán de noche en los estanques

y ciruelos de tembloroso blanco

y petirrojos que vestirán plumas de fuego

y silbarán en los alambres de las cercas;

y nadie sabrá nada de la guerra,

a nadie le interesara que haya terminado.

A nadie le importará, ni a los pájaros ni a los árboles,

si la humanidad se destruye totalmente;

y la misma primavera, al despertarse al alba,

apenas sabrá que hemos desaparecido.


El fuego ardió en el hogar de piedra y el cigarro cayó en el cenicero: un inmóvil montículo de ceniza. Las sillas vacías se enfrentaban entre las paredes silenciosas, y sonaba la música.

A las diez la casa empezó a morir.

Soplaba el viento. La rama desprendida de un árbol entró por la ventana de la cocina.

La botella de solvente se hizo trizas y se derramó sobre el horno. En un instante las llamas envolvieron el cuarto.

-¡Fuego! -gritó una voz.

Las luces se encendieron, las bombas vomitaron agua desde los techos. Pero el solvente se extendió sobre el linóleo por debajo de la puerta de la cocina, lamiendo, devorando, mientras las voces repetían a coro:

-¡Fuego, fuego, fuego!

La casa trató de salvarse. Las puertas se cerraron herméticamente, pero el calor había roto las ventanas y el viento entró y avivó el fuego.

La casa cedió terreno cuando el fuego avanzó con una facilidad llameante de cuarto en cuarto en diez millones de chispas furiosas y subió por la escalera. Las escurridizas ratas de agua chillaban desde las paredes, disparaban agua y corrían a buscar más. Y los surtidores de las paredes lanzaban chorros de lluvia mecánica.

Pero era demasiado tarde. En alguna parte, suspirando, una bomba se encogió y se detuvo. La lluvia dejó de caer. La reserva del tanque de agua que durante muchos días tranquilos había llenado bañeras y había limpiado platos estaba agotada.

El fuego crepitó escaleras arriba. En las habitaciones altas se nutrió de Picassos y de Matisses, como de golosinas, asando y consumiendo las carnes aceitosas y encrespando tiernamente los lienzos en negras virutas.

Después el fuego se tendió en las camas, se asomó a las ventanas y cambió el color de las cortinas.

De pronto, refuerzos.

De los escotillones del desván salieron unas ciegas caras de robot y de las bocas de grifo brotó un líquido verde.

El fuego retrocedió como un elefante que ha tropezado con una serpiente muerta. Y fueron veinte serpientes las que se deslizaron por el suelo, matando el fuego con una venenosa, clara y fría espuma verde.

Pero el fuego era inteligente y mandó llamas fuera de la casa, y entrando en el desván llegó hasta las bombas. ¡Una explosión! El cerebro del desván, el director de las bombas, se deshizo sobre las vigas en esquirlas de bronce.

El fuego entró en todos los armarios y palpó las ropas que colgaban allí.

La casa se estremeció, hueso de roble sobre hueso, y el esqueleto desnudo se retorció en las llamas, revelando los alambres, los nervios, como si un cirujano hubiera arrancado la piel para que las venas y los capilares rojos se estremecieran en el aire abrasador. ¡Socorro, socorro! ¡Fuego! ¡Corred, corred! El calor rompió los espejos como hielos invernales, tempranos y quebradizos. Y las voces gimieron: fuego, fuego, corred, corred, como una trágica canción infantil; una docena de voces, altas y bajas, como voces de niños que agonizaban en un bosque, solos, solos. Y las voces fueron apagándose, mientras las envolturas de los alambres estallaban como castañas calientes. Una, dos, tres, cuatro, cinco voces murieron.

En el cuarto de los niños ardió la selva. Los leones azules rugieron, las jirafas moradas escaparon dando saltos. Las panteras corrieron en círculos, cambiando de color, y diez millones de animales huyeron ante el fuego y desaparecieron en un lejano río humeante…

Murieron otras diez voces. Y en el último instante, bajo el alud de fuego, otros coros indiferentes anunciaron la hora, tocaron música, segaron el césped con una segadora automática, o movieron frenéticamente un paraguas, dentro y fuera de la casa, ante la puerta que se cerraba y se abría con violencia. Ocurrieron mil cosas, como cuando en una relojería todos los relojes dan locamente la hora, uno tras otro, en una escena de maniática confusión, aunque con cierta unidad; cantando y chillando los últimos ratones de limpieza se lanzaron valientemente fuera de la casa ¡arrastrando las horribles cenizas!

Y en la llameante biblioteca una voz leyó un poema tras otro con una sublime despreocupación, hasta que se quemaron todos los carretes de película, hasta que todos los alambres se retorcieron y se destruyeron todos los circuitos.

El fuego hizo estallar la casa y la dejó caer, extendiendo unas faldas de chispas y de humo.

En la cocina, un poco antes de la lluvia de fuego y madera, el horno preparó unos desayunos de proporciones psicopáticas: diez docenas de huevos, seis hogazas de tostadas, veinte docenas de lonjas de jamón, que fueron devoradas por el fuego y encendieron otra vez el horno, que siseó histéricamente.

El derrumbe. El altillo se derrumbó sobre la cocina y la sala. La sala cayó al sótano, el sótano al subsótano. La congeladora, el sillón, las cintas grabadoras, los circuitos y las camas se amontonaron muy abajo como un desordenado túmulo de huesos.

Humo y silencio. Una gran cantidad de humo.

La aurora asomó débilmente por el este. Entre las ruinas se levantaba sólo una pared. Dentro de la pared una última voz repetía y repetía, una y otra vez, mientras el sol se elevaba sobre el montón de escombros humeantes:

-Hoy es cinco de agosto de dos mil veintiséis hoy es cinco de agosto de dos mil veintiséis, hoy es…

 

Tomado de: Martians Chronicles (1950). Crónicas marcianas, Traducción: Francisco Abelenda, Buenos Aires, Minotauro, 1955, págs. 119-123.

domingo

EL HOMBRE - RAY BRADBURY


El capitán Hart se detuvo en la puerta del cohete.
-¿Por qué no vienen? -preguntó.
-¿Quién sabe? -dijo el teniente Martin-. ¿Acaso lo sé, capitán?
El capitán encendió un cigarro y arrojó la cerilla hacia el prado brillante. El pasto comenzó a arder.
Martin se adelantó para pisar el fuego.
-No -ordenó el capitán Hart-, déjelo. Quizá así vengan a ver qué pasa. Esos tontos ignorantes…
Martin se encogió de hombros y apartó el pie del fuego. El capitán Hart miró su reloj.
-Llegamos hace ya una hora. ¿Ha visto usted algún comité de recepción que viniese a estrecharnos las manos, con una banda de música? Naturalmente que no. Recorremos varios millones de kilómetros a través del espacio y los señores ciudadanos de una ciudad cualquiera, de un planeta totalmente desconocido, se encogen de hombros. -El capitán lanzó un gruñido, y golpeó el reloj con la punta de los dedos-. Bueno, les daré otros cinco minutos, y entonces…
-¿Entonces, qué? -preguntó Martin muy cortésmente mientras observaba cómo le temblaban los carrillos al capitán.
-Volaremos sobre esta condenada ciudad y les pondremos los pelos de punta. -El capitán habló con más calma-: ¿Será posible que no nos hayan visto?
-Nos han visto. Alzaron las cabezas cuando pasamos sobre ellos.
-¿Entonces por qué no vienen corriendo por el campo? ¿Están escondiéndose? ¿Tienen miedo?
Martin sacudió la cabeza.
-No. Tome mis anteojos, capitán. Mire usted mismo. La gente anda por las calles. No están asustados. No les importa… nada más.
El capitán Hart se llevó los lentes a los ojos fatigados. Martin alzó la vista y se entretuvo observando las líneas y los hoyos de irritación, cansancio y nerviosidad, que cubrían el rostro de su jefe. Hart parecía tener un millón de años. Nunca dormía, comía muy poco, jamás dejaba de moverse. Ahora se le movían los labios, pálidos, viejos y afilados.
-Realmente, Martin, no sé por qué nos tomamos tantas molestias. Construimos cohetes, afrontamos, buscando a estos hombres, la difícil travesía del espacio, y así nos pagan. Con indiferencia. Mire a esos idiotas yendo de un lado a otro. ¿No comprenden qué importante es esto? El primer cohete interplanetario que llega a estas tierras de provincia. ¿Cuántas veces pasa? ¿Están hartos acaso?
Martin no lo sabía.
El capitán le devolvió cansadamente los binoculares.
-¿Por qué hacemos esto, Martin? Me refiero a estos viajes por el espacio. Siempre adelante. Siempre buscando. Los nervios siempre en tensión. Nunca un instante de reposo.
-Quizá buscamos un poco de paz y tranquilidad. Indudablemente no hay nada parecido en la Tierra.
-No, no hay, ¿no es cierto? -El capitán estaba pensativo. Se le había pasado el enojo-. No desde Darwin, ¿eh? No desde que tiramos todo aquello por la borda, todo aquello en que creíamos, ¿eh? El poder divino y todo lo demás. ¿Y cree usted que por eso viajamos a las estrellas, Martin? En busca de nuestras almas perdidas, ¿no es así? ¿Tratando de alejarnos del malvado planeta y de descubrir otro un poco mejor?
-Quizá, capitán. Es indudable que algo buscamos.
El capitán carraspeó y habló con dureza.
-Bueno. Ahora vamos a buscar al alcalde de la ciudad. Corra, dígale quiénes somos; la primera expedición al planeta cuarenta y tres, del sistema estelar tercero. El capitán Hart les envía sus saludos y desea hablar con el alcalde. Vamos. ¡A la carrera!
-Sí, señor.
Martin atravesó lentamente el prado.
-¡Rápido! -gritó el capitán.
-Sí, señor.
Martin se alejó al trote. Luego volvió a su paso de antes, sonriendo.
El capitán se había fumado dos cigarros esperando a Martin.
Martin se detuvo y alzó los ojos hacia la portezuela del cohete, balanceándose. Parecía como si no pudiese ver ni pensar.
-¿Bueno? -estalló Hart-. ¿Qué pasa? ¿No vienen a darnos la bienvenida?
Martin se apoyó aturdidamente en el cohete.
-No.
-¿Por qué no?
-No tiene importancia -dijo Martin-. Deme un cigarrillo, ¿quiere, capitán?
Martin tomó a tientas el paquete. Había vuelto la cabeza hacia la ciudad dorada, y la miraba, parpadeando. Encendió un cigarrillo y fumó en silencio.
-¿Diga algo! -gritó el capitán-. ¿No les interesa el cohete?
-¿Qué? -preguntó Martin-. Oh, el cohete. -Examinó el cigarrillo-. No, no les interesa. Parece que llegamos en un momento inoportuno.
-¡Un momento inoportuno!
-Oiga, capitán -dijo Martin pacientemente-. Algo muy importante ha ocurrido ayer en la ciudad. Es tan, pero tan importante que nuestro cohete ha pasado a un segundo plano. Somos… algo insignificante. Tengo que sentarme.
Martin trastabilló y se dejó caer, respirando con dificultad.
El capitán mordió, furioso, su cigarro.
-¿Qué ha ocurrido?
Martin alzó la cabeza, chupó el cigarrillo que tenía entre los dedos, y despidió una bocanada de humo.
-Señor, ayer, en esta ciudad, ha aparecido un hombre notable… bueno. inteligente, compasivo e infinitamente sabio.
El capitán lanzó una irritada mirada a su ayudante.
-¿Y eso qué tiene que ver con nosotros?
-Es difícil de explicar. Pero han estado esperándolo mucho tiempo… un millón de años, quizá. Y ayer entró en la ciudad. Por eso, señor, nuestra llegada no tiene ninguna importancia.
El capitán se sentó bruscamente.
-¿Quién es? No Ashley. No habrá llegado antes que yo a robarme toda mi gloria, ¿no? -El capitán Hart, pálido y desanimado, tomó a Martin de un brazo.
-No es Ashley, señor.
-¡Entonces es Burton! Ya lo sabía. Nos arruinó la llegada. Ya no se puede creer en nadie.
-No es Burton tampoco, señor -dijo Martin serenamente.
El capitán no podía creerlo.
-Sólo hay tres cohetes. Nosotros íbamos delante. ¿Quién llegó antes que nosotros? ¿Cómo se llama?
-No tiene nombre. No lo necesita. Un nombre diferente en cada planeta, señor.
El capitán miró a su ayudante con ojos fríos y duros.
-Bueno, ¿qué hace ese hombre maravilloso para que nadie tenga interés ni en mirar nuestro cohete?
-Ante todo -dijo Martin con calma- cura a los enfermos y consuela a los pobres. Lucha contra la hipocresía y la corrupción, y se sienta entre la gente, y habla todo el día.
-¿Y eso es tan maravilloso?
-Sí, capitán.
-No entiendo. -El capitán miró de frente a Martin, escrutándole el rostro y los ojos-. Ha estado bebiendo, ¿eh? -le preguntó con desconfianza-. No entiendo -añadió, echándose hacia atrás.
Martin miró la ciudad.
-Capitán, si no entiende, no puedo explicárselo.
El capitán siguió la mirada de su ayudante. Sobre la ciudad tranquila y hermosa reinaba una inmensa paz. Se incorporó, sacándose el cigarro de la boca. Lanzó una ojeada a Martin, y luego miró las doradas cúpulas de los edificios.
-No querrá decir… no puede querer decir… Ese hombre de que me habla no puede ser…
Martin asintió con un movimiento de cabeza.
-Eso mismo, capitán.
El capitán permaneció unos instantes inmóvil y silencioso.
-No lo creo -dijo al fin.
Al mediodía el capitán Hart entraba a grandes pasos en la ciudad, acompañado por el teniente Martin y un asistente que llevaba un equipo electrónico. De cuando en cuando se reía sonoramente, se llevaba las manos a la cintura, y sacudía la cabeza.
El alcalde de la ciudad vino a su encuentro. Martín instaló un trípode, atornilló una caja, y encendió las baterías.
-¿Es usted el alcalde? -dijo el capitán apuntando al alcalde con el dedo.
-Sí, señor -dijo el alcalde.
El delicado aparato se alzaba entre el alcalde y el capitán, manejado por Martin y el asistente. La caja traducía instantáneamente cualquier idioma. Las palabras crepitaban en el aire suave de la ciudad.
-Acerca de ese acontecimiento de ayer -dijo el capitán-, ¿ocurrió realmente?
-Sí, señor.
-¿Tienen testigos?
-Los tenemos.
-¿Podemos hablar con ellos?
-Pueden hablar con cualquiera de nosotros -dijo el alcalde-. Todos somos testigos.
-Alucinación colectiva -le dijo el capitán a Martin. Y luego añadió, dirigiéndose al alcalde-: Ese hombre… ese extranjero… ¿qué aspecto tiene?
-Es difícil explicarlo -dijo el alcalde sonriendo.
-¿Por qué?
-Habría distintas opiniones.
-Quisiera oí su opinión de todos modos -dijo el capitán-. Registre eso -le ordenó a Martin por encima del hombro. El teniente apretó un botón.
-Bueno -dijo el alcalde de la ciudad-. Es un hombre muy dulce y bondadoso. Muy inteligente y de grandes conocimientos…
-Sí, sí, ya sé. -El capitán agitó una mano-. Generalidades. Quiero algo específico. ¿Qué cara tiene?
-No creo que eso sea importante -replicó el alcalde.
-Es muy importante -dijo el capitán con seriedad-. Quiero una descripción de ese hombre. Si usted no puede dármela, me la darán otros. -Y añadió mirando a Martin-: Juraría que es Burton con alguna de sus triquiñuelas.
Martin no miró al capitán. Permanecía hundido en un frío silencio.
El capitán castañeteó los dedos.
-¿Se ha producido algo así como… una cura?
-Muchas curas -dijo el alcalde.
-¿Puedo ver una?
-Puede -contestó el alcalde-. Mi hijo. -Hizo una seña a un niño que se adelantó hacia ellos. -Tenía un brazo atrofiado. Mírelo ahora.
El capitán emitió una risa tolerante.
-Sí, sí. Pero esto no es ni siquiera una prueba circunstancial, amigo mío. Yo no he visto el brazo atrofiado. Sólo he visto un brazo sano y entero. Esto no es una prueba. ¿Cómo puede probarme que ayer este brazo estaba atrofiado?
-Mi palabra es una prueba suficiente -dijo simplemente el alcalde.
-¡Pero querido señor! -exclamó el capitán-. No esperará usted que me fíe de rumores. Oh, no.
-Lo siento -dijo el alcalde, mirando al capitán con lo que parecía ser curiosidad y lástima.
-¿No tiene ningún retrato del chico anterior a hoy? -preguntó el capitán.
Pasaron unos instantes y trajeron un gran cuadro al óleo en el que se veía al niño con un brazo atrofiado.
-¡Mi querido amigo! -El capitán indicó con un ademán que se llevaran el cuadro-. Cualquiera puede pintar un cuadro. Las pinturas mienten. Quiero una fotografía.
No había fotografías. En ese mundo no se conocía el arte fotográfico.
-Bueno -suspiró el capitán, torciendo la cara-, déjeme hablar con algunos ciudadanos. Así no vamos a ninguna parte. -Señaló a una mujer-. Usted. -La mujer titubeó-. Sí, usted, venga -ordenó el capitán-. Cuénteme algo de ese hombre maravilloso que vieron ayer.
La mujer miró serenamente al capitán.
-Caminó entre nosotros, y era muy hermoso, y muy bueno.
-¿De qué color tenía los ojos?
-El color del sol, el color del mar, el color de una flor, el color de las montañas, el color de la noche.
-¡Basta! -El capitán alzó los brazos-. ¿Ve usted, Martin? Absolutamente nada. Algún charlatán vagabundo que les sopla al oído unas naderías dulzonas y…
-Por favor, cállese -dijo Martin.
El capitán dio un paso atrás.
-¿Qué?

-Ya me ha oído -dijo Martín-. Esta gente me gusta. Creo que lo que dicen es cierto. Usted puede tener su opinión, pero guárdesela, capitán.
-¡No le permito…! -gritó el capitán.
-Ya estoy un poco harto de sus aires de superioridad -replicó Martin-. Deje tranquilos a estos hombres. Una vez que ven algo decente y bueno, viene usted a estropearlo todo y a ponerlos en ridículo. Yo también he hablado con ellos. Caminé por las calles de la ciudad, y vi las caras, y vi algo que usted no ha visto nunca… un poco de fe. Y con ese poco de fe moverán montañas. Usted, usted está furioso porque alguien le estropeó su entrada al escenario, alguien que llegó primero e hizo de usted un hombre insignificante.
-Le doy cinco segundos para que termine -indicó el capitán-. Comprendo. Ha estado usted sometido a una enorme tensión. Martin. Meses de viaje por el espacio, nostalgia, soledad. Y ahora se encuentra usted con esto. Comprendo, Martin. Paso por alto su insubordinación.
-Pues yo no paso por alto su mezquina tiranía -replicó Martin-. Abandono el cohete. Me quedo aquí.
-¡No puede hacer eso!
-¿No? Trate de impedirlo. Esto era lo que yo buscaba. No lo sabía, pero ahora lo veo claramente. Váyase a ensuciar otros mundos, a estropearlos con sus dudas y sus… métodos científicos. Estas gentes han tenido una singular experiencia, y usted no entiende que es algo real y que hemos tenido la suerte de llegar a tiempo. En la Tierra se ha hablado de este hombre durante veinte siglos. Todos hubiéramos querido verlo y oírlo, y no pudimos. Y ahora, hoy, lo hemos perdido por unas horas.
El capitán Hart miró las mejillas de Martin.
-Está llorando como un nene. Cállese.
-No me importa.
-Bueno, a mí, sí. Tenemos que mantenernos unidos ante estos nativos. Está usted agotado. Ya se lo he dicho, lo perdono.
-No necesito su perdón.
-No sea idiota. ¿No ve que es una triquiñuela de Burton? Ha engañado a esta gente, les ha cegado los ojos. Ha disfrazado su interés por las minas y el petróleo de la región con un barniz religioso. Es usted muy tonto, Martin. Muy tonto. Ya es tiempo de que conozca a los terrestres. Recurren a cualquier cosa -blasfemias, mentiras, trampas, robos, asesinatos- para alcanzar sus fines. Cualquier cosa es buena si da resultado. Un verdadero pragmatista. Eso es Burton. Usted lo conoce bien. -El capitán se rio forzadamente-. Vamos, Martin. Esta es otra de esas típicas canalladas de Burton. Comprar a esta gente con zalamerías, y luego, cuando llegue el momento, arrancarles la piel.
-No -dijo Martin, pensativo.
El capitán extendió una mano.
-Es Burton. Es él. Con sus métodos de siempre, la misma suciedad y los mismos crímenes. Tengo que admirar a ese viejo dragón. Una llamarada aquí, un resplandor allá, una palabrita dulce y una caricia, un poco de ungüento y unos cuantos rayos medicinales… Burton, de cuerpo entero.
-No. -La voz de Martin era muy débil. Se cubrió los ojos-. No. No lo creo.
-No quiere creerlo -continuó el capitán-. Reconózcalo, vamos. Reconózcalo. Burton no haría otra cosa. No sueñe despierto, Martin. Abra los ojos. Es de día. Este es un mundo real, y nosotros somos gente real, gente sucia… Burton el más sucio de todos.
Martin se dio vuelta.
-Bueno, bueno, Martín -le dijo Hart, golpeándole mecánicamente la espalda-. Comprendo. Un golpe para usted. Comprendo. Una verdadera vergüenza, y todo lo demás. Este Burton es un canalla. No pierda la cabeza, Martin. Deje el asunto en mis manos.
Martin se alejó lentamente hacia el cohete.
El capitán lo siguió con la mirada. Suspiró y se volvió hacia la mujer a quien había estado interrogando.
-Bueno. Cuénteme algo más de este hombre. ¿Qué decía usted, señora?
Los oficiales de la nave cenaron en unas mesitas de juego, en medio del campo. El capitán recitaba sus informes ante un Martin de ojos enrojecidos, meditabundo y silencioso.
-He examinado a tres docenas de personas, y todas me repitieron la misma cantinela -decía el capitán-. Obra de Burton, sin duda. Estoy seguro. Va a aparecerse mañana o la semana próxima con el propósito de consolidar su fama de milagrero y quitarnos los contratos. Me parece que le voy a arruinar el negocio.
Martin alzó unos ojos tristes.
-Lo mataré -dijo.
-Vamos, vamos, Martin. Calma, calma.
-Lo mataré… Lo juro.
-Voy a echarle unas cuantas piedras en el camino. Admitirá usted que es listo. Inmoral, pero listo.
-Es un canalla.
-Debe prometerme que no recurrir a la violencia, Martin. -El capitán Hart volvió a revisar sus informes-. Según mis notas se han producido treinta milagros. Un ciego ha recuperado la vista; un leproso ha curado totalmente. Oh, Burton sabe hacer las cosas, hay que reconocérselo.
Sonó un gong. Un momento después un hombre se acercaba corriendo.
-Capitán, capitán. Un informe. Viene la nave de Burton. Y también la nave de Ashley, señor.
-Ha visto. -El capitán Hart descargó su puño sobre la mesa-. Ahí llegan los chacales. No pueden esperar. Tienen hambre. Verá como me enfrento con ellos. ¡Les sacaré una buena tajada!
Martin parecía enfermo. Miraba fijamente al capitán.
-Negocios, mi querido muchacho, negocios.
Todos alzaron la vista. Dos cohetes descendían desde lo alto.
Los cohetes casi se hicieron pedazos al tocar el suelo.
-¿Qué les pasa a esos idiotas? -gritó el capitán incorporándose bruscamente.
Los hombres corrieron a través de los prados hacia los cohetes envueltos en nubes de vapor. El capitán corrió detrás de ellos. En el cohete de Burton se abrió la puerta de la cámara de aire.
Un hombre cayó en los brazos de los oficiales.
-¿Qué pasa? -gritó el capitán.
Dejaron al hombre en el suelo. Se inclinaron hacia él. Estaba todo quemado. Tenía el cuerpo cubierto de heridas y cicatrices. La piel, inflamada en algunos sitios, humeaba débilmente. El hombre abrió unos ojos hinchados y movió una lengua espesa entre unos labios en carne viva.
-¿Qué pasó? -le preguntó el capitán, arrodillándose junto a él, sacudiéndole el brazo.
-Señor, señor -suspiró el hombre agonizante-. Hace cuarenta y ocho horas, en el sector setenta y nueve DFS, a la salida del planeta Uno de este mismo sistema, nuestra nave y la nave de Ashley se metieron en una tormenta cósmica. -De las narices del hombre salió un líquido gris. Un hilo de sangre le corrió por la barbilla-. Nos barrieron. A toda la tripulación. Burton murió. Ashley también, hace una hora. Sólo hay tres sobrevivientes.
-¡Escúcheme! -gritó Hart inclinándose sobre el cuerpo sanguinolento-. ¿No han venido antes a este planeta?
Silencio.
-¡Contésteme! -gritó Hart.
-No -dijo el hombre-. Tormenta. Burton murió hace dos días. El primer aterrizaje después de seis meses.
-¡Está usted seguro? -exclamó Hart, sacudiendo violentamente el cuerpo del hombre-. ¿Está usted seguro?
-Sí, sí -balbuceo el otro.
– ¿Burton murió hace dos días? ¿Seguro?
-Sí, sí -suspiró el hombre. La cabeza, le cayó hacia adelante. Estaba muerto.
El capitán se arrodilló al lado del cadáver. Los tripulantes lo rodeaban con los ojos bajos. Martin esperaba. El capitán pidió que lo ayudaran a levantarse. Luego, todos, de pie, miraron la ciudad.
-¿Eso significa…? -preguntó Martin.
-Hemos sido los primeros en llegar -murmuró el capitán Hart- y ese hombre…
-¿Qué pasa con ese hombre, capitán? -preguntó Martin.
En el rostro del capitán los músculos se retorcían insensatamente. Parecía verdaderamente viejo. Tenía un color gris y una mirada vidriosa. Dio unos pasos por la hierba seca.
-Acompáñeme, Martin. Acompáñeme. Sosténgame. Hágame el favor. Tengo miedo de caer. Vamos, rápido. No podemos perder más tiempo…
Avanzaron, tambaleándose, hacia la ciudad, pisando la hierba alta y seca, golpeados por el viento.
Varias horas después estaban sentados en el auditorio de la alcaldía. Un millar de personas había entrado, había hablado, y se había ido. El capitán, ojeroso, los había escuchado a todos. Había tanta luz en los rostros de los que venían a dar su testimonio que el capitán no podía mirarlos. Y durante todo ese tiempo sus manos se movían sobre las rodillas, sobre el cinturón, tironeando, estremeciéndose.
Cuando las entrevistas terminaron, el capitán se volvió hacia el alcalde, y lo miró con unos ojos muy raros.
-¿Pero usted no sabe dónde ha ido? -le preguntó.
-No nos lo dijo -replicó el alcalde.
-¿A algún mundo cercano? -preguntó el capitán.
-No lo sé.
-Tiene que saberlo.
-¿Lo ve usted? -preguntó el alcalde, señalando la multitud.
El capitán miró.
-No, no lo veo.
-Entonces, probablemente se ha ido.
-¡Probablemente, probablemente! -gritó el capitán, ya sin fuerzas-. He cometido un terrible error. Quiero ver a ese hombre. No sé cómo me ha ocurrido esto. Uno de los sucesos más extraordinarios de la historia. Pasarme a mí una cosa semejante. Las probabilidades son de una sobre varios billones. Llegar a cierto planeta, entre millones de planetas, al día siguiente de su llegada. ¡Usted tiene que saber dónde está!
-Cada uno lo encuentra a su modo -replicó gentilmente el alcalde.
El rostro del capitán se afeó lentamente. Algo de su antigua dureza volvió poco a poco a dominarlo. Se puso de pie.
-Usted está ocultándolo.
-No -dijo el alcalde.
-¿Y no sabe dónde está?
Los dedos del capitán apretaron el estuche de cuero que llevaba en la cintura.
-No puedo decirle dónde está, exactamente -dijo el alcalde.
-Le aconsejo que hable. -El capitán extrajo un arma pequeña.
-No sé qué decirle -dijo el alcalde.
-¡Mentiroso!
Una expresión de piedad cubrió el rostro del alcalde mientras miraba a Hart.
-Está usted muy cansado -le dijo-. Ha hecho usted un largo viaje y pertenece a un pueblo cansado que ha vivido mucho tiempo sin fe. Y ahora tiene usted tantos deseos de creer, que tropieza y se confunde. Será más difícil si mata a alguien. Así no va a encontrarlo.
-¿Dónde ha ido? Él se lo dijo. Usted lo sabe. Vamos, dígamelo. -El capitán blandió el arma.
El alcalde sacudió la cabeza.
-¡Dígamelo! ¡Dígamelo!
El arma sonó, una, dos veces. El alcalde cayó al suelo, herido en un brazo.
Martin dio un paso adelante.
-¡Capitán!
El arma apuntó rápidamente a Martin.
-No se meta, Martin.
Desde el piso, sosteniéndose el brazo herido, el alcalde alzó los ojos.
-Deje esa arma. Se hace daño. Nunca ha creído, y ahora supone que cree, y lastima a la gente.
-No lo necesito -dijo Hart, de pie junto a el-. Si lo he perdido aquí por un día, iré a otro mundo. Y luego a otro y a otro. Lo perderé por medio día en el primer planeta, quizá, y por un cuarto de día en el siguiente, y por dos horas en el otro, y luego por un minuto. Pero al fin lo encontraré. ¿Me oye? -El capitán gritaba ahora, inclinándose con cansancio sobre el hombre que yacía en el piso. Se tambaleó, agotado-. Vamos, Martin. -De su brazo colgaba el arma.
-No -dijo Martin-. Me quedo aquí.
-Es usted un tonto. Quédese si quiere. Pero yo seguiré con los demás, y hasta donde pueda.
El alcalde alzó los ojos hacia Martin.
-Pronto estaré bien. Déjeme. Ya cuidarán de mis heridas.
-Volver, -dijo Martin-. Voy hasta el cohete.
Los hombres atravesaron rápidamente la ciudad. Era evidente que el capitán luchaba por mostrar toda su vieja fortaleza. Cuando llegó al cohete palmeó la coraza con una mano temblorosa. Guardó el arma en el estuche. Miró a Martin.
-¿Bueno, Martin?
Martin miró al capitán.
-¿Bueno, capitán?
El capitán clavó los ojos en el cielo.
-Así que no quiere… venir… con… conmigo, ¿eh?
-No, señor.
-Será una gran aventura, por Dios. Creo que lo encontraré.
-Está usted decidido, ¿no es cierto, señor? -preguntó Martin.
El rostro del capitán se estremeció. Se le cerraron los ojos.
-Hay algo que quisiera saber.
-¿Qué?
-Señor, cuando lo encuentre… si lo encuentra -dijo Martin-, ¿qué le va a pedir?
-Cómo… -El capitán calló y entornó los ojos Abrió y cerró las manos. Se quedó pensando y luego sonrió extrañamente-. Le pediré un poco de… paz y tranquilidad. -Tocó el cohete. -Hace mucho, mucho tiempo… que no descanso.
-¿Ha intentado descansar alguna vez, capitán?
-No comprendo -dijo Hart.
-No importa. Adiós, capitán.
-Adiós, señor Martin.
La tripulación se había reunido en el prado. Sólo tres seguirían con Hart. Los otros siete se quedaban con Martin.
El capitán Hart les echó una ojeada y murmuró su veredicto:
-¡Pobres tontos!
Fue el último en meterse por la escotilla. Hizo un saludo y se rio secamente. La portezuela se cerró.
El cohete se elevó sobre un pilar de fuego.
Martin lo vio alejarse y desaparecer.
El alcalde, sostenido por algunos hombres, llamó a Martin desde el borde del prado.
-Se ha ido -dijo Martin, acercándose.
-Sí, pobre hombre, se ha ido -dijo el alcalde-. Y seguirá buscando, planeta tras planeta, y siempre llegará una hora después, media hora después, o diez minutos después, o un minuto después. Y un día lo perderá por unos pocos segundos. Y cuando haya visitado trescientos planetas, y tenga setenta u ochenta años de edad, lo perderá por una fracción de segundo, y luego por una fracción todavía más pequeña. Y así seguirá y seguirá, pensando que va a encontrar lo que ha dejado aquí, en este planeta, en este mismo pueblo…
Martin miró fijamente al alcalde.
El alcalde extendió una mano.
-¿Alguien lo ha dudado acaso? -Se volvió hacia los otros y les hizo una seña-. Vamos. No hay que hacerlo esperar.
Los hombres entraron en la ciudad.
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