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jueves

EL CÍRCULO DE LA MUERTE - JULIO HERRERA Y REISSIG


(El Diario Español, Buenos Aires, 3 / 5 / 1905)

PRIMERA ENTREGA

Entre los procedimientos literarios que se han sucedido desde la época de la Biblia y de los rapsodas, hasta nuestros días, en verdad, no hay ninguno que pueda vanagloriarse de vivir demasiado, lo que quiere decir que el alma de la sociedad, sedienta de imposible, versátil y caprichosa, cautiva, inquieta, encantada de más allá, y sin poder rebasar un límite, como la onda llena de luna, anhela siempre variar, variar infinitamente, mostrándose en esto mujer, que se aburre harto pronto de un mismo color y de una misma moda, que desdeña hoy lo que ayer adoraba, y que mañana volverá a adorar lo que hoy le hastía (1).

Mucho se ha escrito y se ha tartamudeado, por estetas, revisteros, diletantes y hasta reporters, sobre el eterno, como a mi ver, inútil pleito de las literaturas y es de buen gusto evitar citas y reminiscencias al beato lector cuyo es el derecho de exigirnos una opinión por sandia que sea, pero al fin propia y no de las que se deslizan por contrabando habitual y pacto con la memoria, después de ricos preludios y fugas de biblioteca, en este libresco siglo.

Si es que en definitiva las viejas formas de expresar la sensación hubieran sido universalmente rechazadas por todos los escritores y “sensitivos”, después de veinte o treinta centurias de disciplina en el yunque y substituidas por otras que simbolizasen una actualidad artística de gustos y matices, contrapuestos a los lejanos moles primerizos, -esto nos suministra el criterio científico de una innegable superioridad de arte y de pensamiento en nuestra época, sobre el pasado, y de una sanción darwiniana de complejidad o heterogeneidad, en los órganos psicológicos de apreciar y producir lo Bello. Tal adelanto implicaría, sin aspavientos, un simple grado en el proceso de la máquina sensible, correlativo a otros adelantos que se realizan en el organismo. Desde luego no sucede así en el campo de la Estética, tanto en su fondo como en su apariencia, sigue dividido proteicamente en banderías que entrañan las más variadas indumentarias, y que se divorcian, por grados, en definiciones, en sutilezas, en un dédalo de fórmulas y de razonamientos casi metafísicos, que hacen sonreír, cuando no bostezar, y que conducen, después de todo, al laberinto de las cien mil puertas. Se trata de una Babel en que las lenguas se confunden y en que los hombres riñen, mientras el edificio se desmorona aplastándolos a todos.

Quienes arrancan de la lógica, quienes del lenguaje, quienes del capricho, quienes del desinterés en la sensación, quienes del ensueño, quienes del sonido, quienes del aparato fisiológico, quienes de la emoción quintesente, quienes de la novedad sutil, quienes de la revelación pitagórica o de un concepto místico de la virtud como belleza, quienes de lo morboso y de lo efímero, quienes de lo impreciso en la conciencia, quienes de la natura, quienes del yo egoísta y paradojal, quienes de la moral sociológica en la simpatía. ¡Qué infierno, santo Dios!... ¿Y qué es Belleza al fin; en qué consiste; cómo se produce; en dónde se la encuentra; cuáles son sus leyes?


(1) Pienso en la regresión a los antiguos cánones y en cómo se tocan los extremos más avanzados de los caprichos de actualidad, con sus semejantes de hace dos mil años. Presumo un cielo de evoluciones cuyo término está en el principio ya conocido, a donde tal vez nos dirigiremos, para volver a recorrer lo andado, sin cambiar jamás de horizontes y con extremos siempre los mismos.

miércoles

EL CÍRCULO DE LA MUERTE (2) - JULIO HERRERA Y REISSIG

(foto del entierro de Julio Herrera y Reissig frente al panteón nacional)

Todos hablan en nombre de alguna cosa y nos invocan alguna razón y nos deparan algunos libros y se acogen a algún profeta, filósofo o literato. Estos predican la sobriedad, la sencillez, la justeza, la línea, la proporción, la melodía, el contorno; aquellos, el derroche, la complejidad, la imaginación, el color, el desaliño, la asimetría, las disonancias de Wagner; los de más allá se enferman o aspiran opio para ver lo que nadie ha visto y decirnos lo que nadie entiende; se clama por lo objetivo sereno; se vocifera por lo subjetivo estremecedor; luchan la Biblia y la Odisea, la curva y el zig-zag, la música y el aullido, Sófocles de plata y Job de estiércol; aquí se grita: sed claros, haceos comprender; más allá; esfumad, apagad, misteriad… haceos adivinar; los brujos de Mallarmé nombran sus padrinos a Pitágoras y Zoroastro; los escultóricos de Leconte de Lisle a Newton y Aristóteles; tales hacen la aritmética de la gramática de la sensación, budhistas enterrados vivos en sus retóricas de penitencia; otros como fetiches de histerias raras, atormentan la sintaxis y el sentido a plomo con torcimientos de danza del vientre, a cual más absurdo y vicioso… Luego, fumistas y rajahs, visten exótica y carnavalescamente el pensamiento, hasta el punto que éste no asoma ni en las narices, entre la espesa malla de ornamentaciones inútiles o grotescas que lo degradan -y quienes, por último, lo ponen fotográficamente en carnes sobre la página viva, en nombre de un realismo que es, a veces, banalidad de tres al cuarto, y, a menudo, escándalo de “vaudeville”.

¡Qué diversidad de gustos y aspiraciones! ¡Qué inquietud dantesca de receptividad emoviente! ¡Qué embolismo de palabras y de leurgias antípodas! ¡Que crespa vorágine de pensamiento! A través de tan insólitos disfraces y del charlatanismo oficial de preceptores y discípulos, se diría que Belleza no es “una” sino múltiple; que es un mero punto de vista personal, un tono del prisma psíquico, que cada hombre ve y siente de distinta manera, bajo circunstancias especialísimas, una cosa que es siempre la misma en potencia y substancia, que forma parte elevada de nuestro ser íntimo; un postulado natural, que aparece, por decirlo así, como una condición psicológica prestablecida en nuestra existencia, como un modo innato del espíritu, pero, que el frío análisis nos lo da como un sentido particular, en conexión con los centros unánimes del sistema nervioso, más o menos desarrollado en ciertas razas y en ciertos individuos, pero un sentido, al fin, que como el gusto o el tacto, todos tenemos, y que lo podemos ejercitar, con mayor o menor eficacia, según los temperamentos.

Tal anomalía fuera que unos vieran verde lo que otros contemplan rojo, o que ciertos paladearan vainilla donde algunos saborean ajo, lo cual me parece una broma. El caso, sin duda, no deja de ser curioso, y tienta agudamente la introspección seriada que, a mi juicio, deberá aplicarse no al arquetipo, ni siquiera al selecto, sino en común, a la colectividad sintiente, según los grupos, las circunstancias exteriores y las características étnicas.

martes

EL CÍRCULO DE LA MUERTE (3) - JULIO HERRERA Y REISSIG


Examinemos sino estos dos criterios, puesto el uno frente al otro después de dos mil años, como dos enemigos dentro de una misma plaza: Platón, el que fundó la estética del Ideal, hizo consistir el Arte en el pensamiento puro. “Pensad y haréis sentir”, decía a sus discípulos el enemigo de los poetas. Las palabras eran para el Maestro una servidumbre del único señor, el raciocinio, sin embargo de que el gran ideólogo ha sido, por excelencia, el soñador armonioso y el más insigne de los poetas.

Verlaine, un pobre Platón de taberna, decía, por lo contrario: “Sonad y haréis pensar: sugerid ideas por simples sonidos: las dos son ideas melodiosas. Todo ritmo da un pensamiento. Impresionad”. También los formalistas, los estaturarios, los neo griegos del Parnaso, dan preferencia a la palabra sobre la idea y a la línea sobre la emoción. En mi concepto -abro un paréntesis- los “mentistas” exclusivos nunca harán arte culto, dándonos el pensamiento en estado de barbarie ingénita, como un metal grueso, áspero, obscuro y sin relieve, que ofende el espíritu; los segundos, exagerando de principio de la forma, caerán en la impostura infantil de un falso arte como es el de modelar caprichos inexpresables, sin verdad y sin vida, o de vestir por simple “snobismo” maniquíes de entretenimiento.

Desde el Profeta del Pórtico al cíclope agudo Kant, el esteta de la percepción, y desde Kant a Guyau, un joven Crisóstomo que fundó su encantadora doctrina sobre el principio de la simpatía social, cuánto se ha discutido, cuánto se ha sofismado inútilmente sobre el modo de hacer arte, de fundarlo, de dirigirlo; sobre su génesis, sobre su naturaleza filosófica, sobre su objetivo esencial o su no objetivo, que lo mismo da; (1) haciéndolo derivar de Dios, o de la fuerza panteísta magnética del Universo, considerado utilitariamente como un fin necesario, como una ley de orden vital, como un precipitado de la conciencia o como un diletantismo superior, según Spencer, -y en el delirio místico de algunos sacerdotes, ha llegado hasta proclamársele ilustre engendro de Satanás, que vino al mundo para servirlo… Sonriamos, no es para menos, de lo que es el hombre ante la Belleza, y de lo que es el genio ante su obra. Que espíritus oceánicos, síntesis de humanidad, mayúsculas de psicología, sumas totales de la especie, jueguen un rol de niños docentes, queriendo explicar qué es Arte y en qué consiste, y que se pasen la vida inflando burbujas y moliendo sabias necedades, es algo solemnemente jocoso…

Y en cuanto géneros, orígenes y tesis constitutivas, ¡qué caos de divergencias! Desde el arte por Dios, que fue el primer arte, arte por la patria, arte por la guerra, arte por la agricultura, arte sibarítico por el placer, arte caballeresco por la dama, arte palatino por el ingenio, arte por la política, pasamos, nada menos, que al arte por la Humanidad, cuyo patriarca es Hipólito Taine; arte por “uno mismo” del señor Ego Sum Barrés; arte por “todos” que se heleniza en Renán, se poetiza en Hugo, se socializa en Guyau y se espiritualiza en Tolstoi, arte por la Vida que se atosca de Claudio Bernard y de los médicos del naturalismo en boga; arte por la Muerte, suicidante, asiático, pesimista, que se envenena, en Schopenhauer, hace arcadas en Baudelaire, y se afemina en los ingenuos místicos de la decadencia; arte por la Superioridad, que se individualiza en Herbert Spencer y se embriaga en la viña tudesca de la detonante megalomanía de Nietzsche, con que nos asordan los mesiánicos del super-hombre; arte por el arte, dulce y huraño, contemplativo y grave que se “glisa” silenciosamente por una cinta blasonada, a la medianoche, desde la Torre del conde Vigni; y hasta -¡qué gracioso!- arte por la Ciencia, o que es un colmo de colmo, un duplicado aritmético, dos presas de un solo disparo, un super-arte neoyorkino, en fin, como es poner en consonante nada menos que un curso de historia, la geografía o los preceptos del guaraní!...

Notas

(1) Hubieron filósofos y moralistas enemigos del arte, que le negaron rol alguno de importancia en el desarrollo del espíritu, y hasta lo responsabilizaron negativamente de atrofiar las facultades superiores en provecho de un ejercicio animal de sentidos subalternos. Los cristianos lo execraban, pretextando estos y otros razonamientos y culpándole de vanidad y de hipócrita materialismo.

lunes

EL CÍRCULO DE LA MUERTE (4) - JULIO HERRERA Y REISSIG


¡Cuánta definición, cuánto embrollo, cuánta nada imponente, qué frontispicio de papel impreso! ¡Cualquiera los entiende a estos prestidigitadores de palabras, que hace de un adjetivo una verdad, y de una bella frase una filosofía!... A Dante se le olvidó tal vez un círculo en donde jadearan, condenados a echar cimientos en el aire, los especiosos arquitectómanos de las teorías, que habiendo podido concretar su espíritu en un “cuantum” generoso de emotividad viviente, pasaron su mejor vida entre el por qué y el cómo, haciendo equilibrios sobre el vórtice de la ciencia, en un alambre quimérico…

Me afirmo en que no hemos adelantado un paso en materia de producir y de apreciar la Belleza, desde que el mundo es redondo… Todos aman lo noble, lo grande, lo fuerte de la antigüedad, y Homero y Anacreonte, Píndaro e Isaias, Kalidasa y Ossian, con ser tan diversos, jamás podrán ser negados, a pesar de los múltiples gustos que en materia de uniformar el pensamiento existen, según las razas y las sugestiones del ambiente. Y no en esto sólo, sino que en la actualidad muchos prefieren los moldes puramente clásicos de las desnudas épocas fraternales; -la palabra ingenua, húmeda de luz, valiente todavía, recién salida del molde, vecina de la emoción como un eco, sencilla, tierna, trémula de rocío, olorosa y acre como una planta que humea al ser removida; el grito espontáneo que es acción refleja, la frase sin remilgos, la postura natural de Cibeles, el encanto eglógico del cuadro que sonríe y llora con la mañana, la sintaxis precisa, el lenguaje sobrio y hasta modesto -al arsenal retórico de estos tiempos, a su léxico exuberante y peinado, a la “pose” diplomática de la frase, a la bruma nórdica de la sensación evaporada en imprecisos vocabularios, a la opulencia fatigosa y el arreo iridiscente de su lenguaje selecto. Todo parece indicar que el espíritu desengañado de aventuras manchegas por los vericuetos del Ideal, vuélvese triste y nostálgico, hacia las lontananzas de la Hélade, suspirando por la Hipocrene sonora de linfas gráciles, transparentes y curvas, como los versos de Eurípides y como los sueños de Fidias, orquestados en blancos Acrópolis.

Se delira por una reacción al método milenario, a las fuentes primitivas de nuestros sabios maestros greco-latinos, y, últimamente, grandes poetas han escrito según los moldes arcaicos, incitando a una saludable reacción de estética.

Esto nos conduce a la siguiente interesantísima cuestión, que forma, según creo, la médula cogitacional de mi temerario opúsculo: -¿Por qué, pues, si el espíritu evoluciona en sus más altas especulaciones; por qué si nuestras facultades superiores -según la ciencia positiva- crecen sin cesar, y varían al complicarse, apartándose más y más del punto de partida, lo cual implica ya una diferenciación interna y por consiguiente un adelanto estable; cómo es que habiéndose desarrollado nuestros sentidos notoriamente de treinta siglos a la fecha -como lo aseguran los más notables antropologistas y filósofos de las modernas escuelas alemana y escocesa- y complicado y reintegrado sin excepción, todas nuestras funciones psíquicas, cuyos aparatos nerviosos difieren y se producen con gran ventaja sobre los del hombre antiguo- cómo, pues, no se ha resuelto en un tipo fijo y más alto de apreciación y de cultura, el sentido de la Belleza, habiéndose quedado, como indiferente, en medio del progreso de todos los demás órganos?... (1)


Notas

(1) Porque es indudable que los centros del juicio, de compenetabilidad, de abstracción y correlación, de amplitud, de síntesis, de memoria, toda la máquinade raciocinio, todo el tejido celular, ha ido creciendo por aluviones inteligentes, y de ahí el progreso teórico y práctico de género humano, la prodigiosa inventiva, la capacidad estética, el poder remoto de abstraerse, y la fuerza de inducción a la que se ha llegado. De igual manera, en cuanto al progreso de los sentidos, podría citar un sin número de ejemplos y  de testimonios en la materia, probando que nuestros sentidos de hoy son muy superiores a los del hombre de hace veinticinco siglos. Los griegos de la época de Homero no veían ciertos colores, ni oían ciertas notas que el más rudo de los bípedos civilizados distingue, sin mayor esfuerzo. Esto a un lado, pienso que el gran Arte no depende únicamente de la imaginación, de un sentido particular de Belleza, sino que está ligado en sus raíces alimenticias a facultades superiores del espíritu como reflexión, discernimiento y amplitud, y por eso, a mi juicio, su mayor o menor intensidad y vida.

domingo

EL CÍRCULO DE LA MUERTE (5) - JULIO HERRERA Y REISSIG


Tendremos que volver a Platón, al idealismo puro, al oráculo recóndito de la pre-conciencia, a las especulaciones místicas sobre lo Bello; convenir en que este abstracto, anterior a toda experiencia psicológica, es un recuerdo de Dios, superviviente y sellado en nuestros espíritus, el que no puede, por lo tanto, variar ni desvirtuarse, libre de toda acción de la Naturaleza; será preciso remontarnos al cándido espiritualismo “a priori” de los caminos azules, desechando toda idea de progresión, de sensibilidad, a ese respecto, que explique su concepción emotiva, y afirmamos en que el concepto de armonía, de pura Belleza, procede de un ojo invariable, eternamente abierto hacia Dios, Suprema Causa y Belleza en sí mismo. ¿Tendremos que creer que no habrá ni más ni menos Belleza de la que hubo siempre, para el espíritu humano; que éste no la verá nunca distinta en esencia, ni la sentirá de otro modo, que es un relativo absoluto de un Absoluto Perfecto; que no depende de un sentido corporal sujeto a desarrollos y reacciones psicoorgánicas, sino de un principio inmutable y perenne: el alma; ya que si dependiera de un sentido al variar el agente variaría el fenómeno?... ¿Admitiremos, como razón filosófica, que la Belleza es un prefijado de orden sobrenatural, unigénita y divina en sí; un sentido metafísico como el sentido de Dios, según Descartes, que re resuelve en espontaneidad consciente al ser provocado?

¡Misterio!... El espíritu se cruza de brazos e inclina como Hamlet la frente llena de noche.

Lo que parece innegable es que la comprende y hasta se la adivina, en sus mil oscilaciones e inquietudes, a través de los ropajes más complicados del estilo -esta moda de las literaturas (2)- y de que allí donde la hay, aunque se la atormente, se oye como una voz que dice: adoradme, estoy prisionera, estoy prisionera, estoy pintada, estoy mal vestida, pero soy yo: adoradme!


Notas

(2) Me refiero únicamente al estilo de la letra. Y a propósito, ¿el estilo, es una moda, es algo pasajero, es lo que viste y resalta por sí solo, llevando en triunfo al pensamiento, por la página, como un bello traje de mujer, o como dicen los alemanes: lo más intenso del espíritu, lo invariable, la idea que corre en toda su fuerza natural, arrastrando la palabra como un juguete?... He aquí otro punto interesantísimo sobre el que nadie está de acuerdo ni ha reparado como se debe. Para hablar con propiedad filosófica, débense distinguir en mi concepto, dos estilos dentro de uno mismo, el de la palabra y el del pensamiento, como hay dos cosas en una: la natural y la artística, y dos hombres, el fisiológico y el psíquico. Quererlos separar para hacer escuelas es, desde luego, rebajarlos puerilmente. El primero sin el segundo es muerto; el segundo sin el primero es nonato: uno por incapacidad, otro por deformidad. Vemos en la literatura de los genios, cómo esos estilos se unen y se confunden, repartiéndose en el mismo grado de potencia y vibración. Pienso que el triunfo de un verdadero estilo está precisamente en una compenetrabilidad hermética y sin esfuerzo de los que llamaremos sub-estilos, palara y concepto. El pensamiento, que es fuerza activa, debe tomar parte de gracia al encarnarse en el vocablo para gustar sin violencia, -el vocablo, que es gracia pasiva, su parte de fuerza, para vivir sin humillación. Es una duplicidad armónica y semejante; trátese de que la idea tome inmediatamente la forma del vocablo, como un peri-sprit la forma del cuerpo donde mora, confundida con él y fraternizando hasta parecer tangible; y a su vez de que la palabra se imprima en el pensamiento y entre en él, de un modo ágil, ni más ni menos que como en un molde preciso y pulcro la cera caliente. El gran estilo es el que brilla y corre, como un agua primaveril, espejo moviente de sombras movientes y vivas que erran por la página y se hunden en ella, casi pececillos traslúcidos, color del cristal…

sábado

EL CÍRCULO DE LA MUERTE (6) - JULIO HERRERA Y REISSIG


Escuelas son palabras. Belleza es eternidad. Para vivir se necesita vivir realmente y no explicarnos qué cosa es la vida. Tal en arte.

¿De las polémicas de los filósofos y de las “mise en scéne” de los flamantes programistas de Estética, qué es lo que nos ha quedado? No son sus paradojas, sus exégesis, sus pintorescas burbujas vanas, ni sus catecismos alambicados, sino algunas bellas páginas en que nos expresan con lealtad su emoción y su pensamiento, en el grado más culminante y a veces modestamente. Lo que vive es lo que hace vivir, lo que impresiona; es la aguja imantada que nos hiere sin decirnos “cómo”, y no el hornillo teúrgico del alquimista, donde se cuecen ímprobas hipótesis, que ahuma nuestro pensamiento y lo entorpece en calenturas agrias.

Virgilio, Petrarca, Shakespeare y Cervantes, genios tan diversos, no se preocuparon mayormente, al esgrimir la pluma, de dónde procedía lo Bello, ni cuál era su objetivo, ni en qué consistía, ni en virtud de qué ley intrínseca se produce; no nos llenaron trabajosamente de reclamos de farmacia milagrosa; la estética estaba en ellos; ellos la sentían según su espíritu y la condensaban en vibraciones naturales; el vocablo, el modismo, la métrica, el color, la música, la forma, expresaron simplemente el fondo, confundiéndose con él, en una dulce amistad; fueron como la sombra sincera que proyecta el cuerpo herido por la luz desde lo alto y que se estremece junto con su amigo.

Tampoco el interés, la religión ni la moral -simples accidentes o circunstancias de la obra- rebasan una época y, por consecuencia, no subsisten una vez eliminados dichos elementos subalternos por otros de su especie, o trasplantados a distintos países, en que prevalecen distinta costumbres. Isaías, judío, Sófocles, pagano, Hafiz, musulmán, Milton, protestante; Voltaire, escéptico, Goethe, indiferente, Chateaubriand, católico, Baudelaire, blasfemo, se veneran en el mismo santuario de Inmortalidad, con independencia absoluta de su credo o de su ateísmo. Y es que las religiones desaparecen o el interés que ellas nos inspiran dejándonos únicamente la herencia de genio artístico que consiguieron reunir, a su paso por el espíritu. Así, la Venus de Milo, Minerva, Juno, los templos de Jonia, la mitología egipcia con sus bajo-relieves, sarcófagos, pirámides y obeliscos, los monumentos indús, la arquitectura y la estatuaria de la antigüedad creyente, en todas las sociedades. Así también un Olimpo desnudo y un cristianismo carnal que viven fraternalmente en el Museo del Vaticano, a despecho de los fanatismos verdugos de las religiones que los engendraron; Satanás en casa de Cristo; Venus confidente de María; las vírgenes en dulce paz con las bacantes; el vino de Saturno con la sangre del Gólgota: Milagro del Arte, derrota de Dios!

Idéntica cosa en cuanto a moral, interés, política, simbolismo. Nadie venera la Ilíada porque Homero templó con ella el alma de la Grecia, ni agradece a Theócrito y a Bión, que alentaron con sus églogas la ganadería, ni a Camoens, el haber inspirado la fiebre de las conquistas; no se adora a Miguel de Cervantes porque fustigó las supersticiones de la caballería andariega, ni a Molière porque rio de los hipócritas y de los impostores de la Ciencia, ni a Shakespeare porque dio el antídoto profundo de la pasiones, desnudando en su teatro tenebroso humanidades calientes.

Tampoco han sido execrados Anacreonte y Apuleyo -reidores de la orgía- por el furor afrodisíaco de sus Musas borrachas. Ni el crítico, ni el lector, enagenados por el encanto audaz que los enerva, piden cuentas a Horacio, el epicúreo sátiro de Roma; a Propercio, Cátulo y Ovidio, cantáridas de oro del rito esencial; a Saint Everemond, Bocaccio, Moore, Quevedo, Hamilton, pájaros burlones del jardín púrpura de Afrodita; al cínico Rabelais, cerdo galante; a Byron, a Shelley, Senancourt, Swimburne, de Nerval, Heine, Baudelaire, Musset y los modernos carnívoros del París babilónico, de sus delirios y de sus blasfemias, los cuales, por otra parte, son un delicioso manjar del escándalo, que nadie rehusa a solas… o en compañía de Lucifer…

viernes

EL CÍRCULO DE LA MUERTE (7) - JULIO HERRERA Y REISSIG


Sólo exigimos de ellos, y en esto opino contra Guyau, Max Nordan, Brunetière y Menéndez Pelayo, que nos sacudan, que sus emociones, agradablemente o terriblemente, de un modo triste, alegre, mórbido, macabro, depresivo o vital, que lo mismo importa, pero siempre intenso, siempre poderoso; que nos sugieran estados de conciencia, ya reales, ya imposibles, ya vagos, simpáticos o refractarios al todo social, salubres o perversos, turbulentos o apacibles, que nos enaltezcan o nos debiliten, que nos alucinen o nos repugnen, pero siempre de tal manera, que una realidad parezca resucitar dentro de nosotros al ser evocada por el numen feérico, y que vivamos, un instante, violentamente, el capricho o la voluntad del libro que nos señorea.

Pienso que la moral en Arte es sólo un punto de vista, así como la simpatía es sólo un convencionalismo más o menos adaptable a la organización de la sociedad, o de cualquiera de sus grupos.

El arte no está obligado a set cátedra evangélica, ni debe degenerar en eje de conducta de los hombres, perdiendo, por una solidaridad ajena a sus propios atributos, la soberanía de su fuerza libérrima de señor de todos los tiempos, de todas las razas, de todos los espíritus y de todas las civilizaciones. La Belleza es por sí sola y se produce sin condición. Los griegos jamás nos la pintaron exclusivamente casta, generosa, cabal, plausible, sino con todos los atributos simpáticos o anti-sociales, positivos o negativos, ergotistas o colectivistas, útiles o deletéreos, con toda la gama del gesto humano y hasta fabuloso, pero, siempre revestida de una majestad suprema que es por sí propia una ley, una emoción y una vida orquestal. Dado que lo bello no es lo útil, que subsiste independientemente de aquel atributo, ¿por qué exigir al Arte una utilidad social o doctrinaria que repugna a su naturaleza íntima; a qué obligarle a diluir a la plena luz de la vida, en el palenque de la lucha humana, el elemento de sueño y de imposible de la que se compone en alto grado, y en el que se ha mecido ingenuamente, desde que nació? La hermosura, fuera de la Ética: tal es el ideal. Libremos al Arte de toda conducta, del pesado arreo de los atavismos. Nadie pregunta a Safo: ¿sois hetaira? Y a Teresa de Jesús: ¿sois santa? Y a Corina: ¿sois marimacho? y a Rachilde: ¿sois demonio? Nos gustan y nos penetran: eso es todo, y eso nos basta. Por eso viven. Por eso vivirán. Mismo, lo feo, lo repugnante (juzgados como inmoralidades de las cosas en la escolástica de Alejandría), lo trivial, lo horrible y hasta lo absurdo, fuertemente sugestivos, constituyen a veces los elementos de la Belleza en la obra de arte, y agradan en un conjunto armónico a fuerza de repelernos por separado. Se trata, ni más ni menos, que de una trasmutación superior, de una solución de antítesis, en vista de un esfuerzo absoluto del genio, que todo lo puede y todo lo doma a su antojo anormal, imantándolo de su virtud rediviva.

En la naturaleza existe en gran parte el elemento de fealdad o desagradable: noche, borrasca, invierno, aridez, constituyen los elementos negativos de unos hemisferios del mundo Armonía, que encierran en sí su entidad de emoción y se resuelven en Belleza suma al combinarse con los positivos del polo contrario: así la noche y el día nos dan la aurora al besarse, triunfo magnífico del color -y entre el invierno y el verano, tiende un puente de  rosas la primavera: maravilla del perfume y de la poesía. Veamos también según esto, como a imagen del genio -foco de creación espontánea, que todo lo transforma con su chispa inédita- un simple rayo de sol puede, en cualquier circunstancia, tornar un cielo caótico de frías nubes, descolorido y sin expresión, en campo de panoramas sublimes, opulento de gracia y de relieve.

Y para concluir con la moral en la literatura: ¿quién habrá que desaire a Schiller, condenando “Los bandidos” porque estos titanes de la paradoja, incitaron a la vida salvaje, fuera de los códigos; ni tampoco quién blasfemará de Goethe, leyendo a Werther, por la epidemia de suicidios a que dio lugar su éxito en las almas hiperstésicas, enfermas de amor?...

Lo que hay de cierto, después de todo, es que lo único que perdura en la obra varonil, n es la técnica, no es el estilo, la palabra, el género, la orquestación, el cronos, la geometría, la mayor riqueza o simplicidad, la transparencia ni la bruma, y menos las definiciones harto inocentes de sus propios autores y de los escolásticos que las explican, con apostólica gravedumbre, a la posteridad; sino lo que escapa muchas veces a la red de la palabra misma y persiste en contra y a pesar de ella; es ese fluido familiar que nos impresiona, esa substancia imponderable que nos toca, estremeciéndonos, al simpatizar con nuestra misma substancia; es ese “algo” resistente al tiempo, a la censura y a la volubilidad de las modas artísticas, como un metal milagroso, moldeado en un conjunto de cosas simples y a la vez complejas, que grita, como Memnón en la obra del genio: ¡soy lo que vos anhelabais y lo que buscan todos: doblad la rodilla!
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