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martes

CARLOS SAURA “SOY YA UN CLÁSICO MUERTO”

 

por Luz Sánchez-Mellado

  

El mítico director de casi 50 películas charla de la vida, el amor y el oficio en vísperas del reestreno en Madrid de su montaje teatral de ‘La fiesta del chivo’, de Mario Vargas Llosa.

 

“Ven, que te enseño Las señoritas de Collado Mediano"Carlos Saura me invita a su leonera ―la planta baja de su casa en la sierra de Madrid, atestada de libros, discos, fotografías, dibujos, maquetas de tanques y robots, cámaras, premios variopintos y una gigantesca televisión― para mostrarme un collage de dibujos de mujeres con el pecho al aire remedando a las de Picasso. “No son las de Avignon, pero ahí las tienes. Hay quien me pregunta si me he acostado con todas. Ojalá, pero son imaginadas”, se ríe con ganas. Saura está locuaz, socarrón y divertido durante la charla. Se ve que tiene ganas de hablar después de meses enclaustrado en estos muros, donde ha pasado el confinamiento y de donde ahora apenas sale por prevención ante un virus al que no teme pero “respeta” por la cuenta que le tiene. A sus 88 años (nació en Huesca) gasta pintaza, y lo sabe, aunque dice haber engordado durante el encierro, que ha entretenido, entre otros mil quehaceres pequeños, pintando una inquietante serie de cartones sobre los sueños. Por ahí empiezo.

 

Y usted, ¿con qué sueña?

 

Duermo como un lirón, pero no sueño casi nada, lo cual es una desgracia. De más joven soñaba eso de que te caes por un precipicio, y quiero soñar eso tan tremendo otra vez. Es una tragedia porque, según Freud habría que analizar los sueños y así no me puedo analizar.

 

¿Se ha psicoanalizado mucho?

 

No, pero mi cuñado, el marido de mi hermana Pilar, era psiquiatra y he estado en muchas sesiones, incluso para aprender. Hace muchos años me propuso probar el ácido lisérgico, que venía de Suiza y no se había probado en España.

 

No me diga que testó uno de los primeros ‘tripis’ en España.

 

Sí, yo encantado. Me inquietó mucho porque tuve alucinaciones con colores mayas y aztecas y estuve obsesionado todo el día. No volví a probar ninguna droga.

 

¿Por si se enganchaba?

 

Mira, he conocido bien eso. En Estados Unidos y en España hubo una época en la que todos tomaban ácido, o heroína. He tenido amigos y familia, las hijas de mi hermano Antonio, muertos por la droga. Yo siempre he pensado que la mayor droga es mi trabajo. Me ocupa un espacio tan enorme, tengo la cabeza tan ocupada con ello que no necesito ninguna otra.

 

¿Le ha inspirado algo el confinamiento?

 

Bueno, he hecho una peliculita para mí con fotos y grabaciones de la televisión de aquellos días de encierro alucinantes. Se llama Coronavirus, que es un nombre precioso. El virus de la corona, o la corona del virus, ¿no te parece?

 

¿Lo dice por Juan Carlos I?

 

Yo soy republicano de pro, aunque Juan Carlos siempre me cayó bien y me ha tratado maravillosamente. Lo de llevarse el dinero de los demás me parece mal. Lo otro lo entiendo bien. Decía Buñuel que la pasión justifica todo y, bueno, uno sabe de qué va eso.

 

¿A usted también le ha pasado?

 

Varias veces. Yo hubiera dado hasta la vida por una chica si me lo hubiera pedido y luego la he visto en 10 años y he pensado: “¿Yo hubiera dado la vida por esta imbécil?”, con perdón.

 

¿Cuánto duele el desamor?

 

Yo lo he pasado fatal siempre que me he separado de alguna de mis mujeres. Hasta el punto de irme fuera de España para olvidar. Para mí la ruptura es tremenda, no sé si para ellas.

 

No es frecuente oír a un hombre hablar así de sentimientos.

 

Eso es una cosa muy española. Yo mismo soy pudoroso a la hora de ver a una pareja haciendo el amor. No me gusta verlo, ni rodarlo, aunque sean actores. Me parece una intrusión. Ya sabes, eso de los violines o del tacataca. El sexo pertenece a la vida privada. Además, mostrarlo en el cine es innecesario. Lo encuentro aburrido, te lo sabes. Es como ver una carrera de coches en una película americana. El amor es imaginación. Prefiero la elipsis. Otra cosa es la pornografía, que tiene su utilidad.

 

Ha tenido varias esposas. ¿Existe eso del amor de una vida?

 

Puede haber uno y puede haber varios. Lo que pasa es que la sociedad actual no permite que uno se enamore de varias mujeres. Me hubiera gustado a veces estar con mi mujer y tener una amante, tener esa relación de modo natural. Pero ha sido imposible. Yo me he casado por la Iglesia dos veces y por lo civil otras dos o tres. Obligado no, pero casi siempre por necesidades prácticas. El amor es más libre que todo eso.

 

Con siete hijos tendrá una legión de nietos.

 

Tengo seis hijos y la niña, Anna, la última, con mi última mujer, Lali Ramón. Eso fue la panacea. Siempre quise tener niñas, me gustan más que los niños, son más listas, más prácticas, más interesantes, pero no venían. Me costó varias parejas. Nietos no sé cuántos tengo. Más de una docena, pero no sé exactamente.

 

No me lo creo. Dicen los abuelos que se les quiere más que a los hijos.

 

Yo no. No es que no los quiera, claro que sí, pero es que no me gusta nada que me llamen abuelo. Llámame don Carlos, Carlos, lo que te dé la gana, pero que no me llamen abuelo. No me veo con un nietecito paseando de la mano por ahí. Eso es deprimente, ese es el momento en que vas a palmar pronto.

 

¿Qué director joven le gusta?

 

No conozco a fondo el cine español, de verdad. Ni siquiera el cine mundial. Veo todos los días al menos una película, pero es una antigua, una que recuerdo, o una de ciencia ficción, que me gustan mucho, o de catástrofes, que me encantan.

 

¿Ya no se hace buen cine?

 

No es tanto por eso, sino porque la mayor parte de las películas ya sé como van a terminar, lo cual es una tragedia, porque estoy en el oficio y me sé todo el tinglado. Sobre todo las series, son tremendas. Los dos primeros capítulos son estupendos, pero luego ya hay que rellenar y veo todo el condimento, esa mecánica que han inventado los americanos y que funciona muy bien, pero que no me interesa nada. Soy adicto a los documentales, eso sí. Esas cosas fantásticas que hay por el mundo. Me gusta más la realidad que la ficción.

 

Y sus películas, ¿le gustan?

 

No me gusta volver a verlas, son el pasado, pero el otro día ví Pajarico y me gustó. Esa cosa de mi familia murciana, tan cálida, tan distinta de la de Huesca, tan puritana. Será que me estoy debilitando con la edad.

 

¿Cómo se lleva con los actores en los rodajes y las tablas?

 

He pasado una posguerra. Estoy educado en la economía de medios. Ensayo mucho y luego hago dos o tres tomas y no doy la lata. En teatro me sorprende mucho que los actores se quedan muy asustados. Dicen: “Este señor no dirige”. Y es porque les dejo libertad. Si lo hacen bien, ¿para qué corregirles? Al actor inteligente no hace falta que se le digan muchas cosas. Se hace él con el personaje y me parece un milagro. Lo sé porque yo soy el peor actor del mundo.

 

Entonces, ¿cuál es su don?

 

Lo tengo muy claro: la imaginación. He utilizado la imaginación para contar historias que me gustan y pienso que van a gustar a otros. Luego igual no les gustan, pero qué vas a hacer, no siempre aciertas. Pero solo el hecho de que te dejen contar tus propias historias, dar un paso adelante, es lo que he intentado toda la vida.

 

¿Qué siente cuando oye decir de usted que es un clásico vivo?

 

Que soy un clásico muerto casi ya [risas]. No me gusta lo de clásico, y eso que me encanta la música clásica. Pero eso son clasificaciones, etiquetas que se van poniendo, y a estas alturas no me gustaría que se me etiquetara.

 

A estas alturas... ¿es feliz?

 

Felicidad es palabra mayor, pero soy un hombre equilibrado en mi forma de ser, estoy sano, que no es poco, y eso me parece que es suficiente para ser feliz, o por lo menos estar contento con la vida. Y luego he tenido suerte. Siempre lo digo: soy un elegido porque he hecho lo que me ha gustado hacer, he tenido conversación social suficiente, la economía suficiente para seguir viviendo y siete hijos. No me puedo quejar.

 

Le quedan 11 años para los de Rafaela Aparicio en Mamá cumple 100 años. ¿Cómo lo lleva?

 

Doce, no me pongas meses que hasta enero no cumplo. A veces, cuando digo que tengo 88 años, me responden: “No serán tantos”. Pues sí, lo son. Buñuel decía que era un viejo a los 60. Yo a esa edad me sentía pleno. Ahora me siento mayor. ¿Sabes ese dibujito de Goya donde se ve a un hombre muy mayor apoyado en dos bastones y debajo pone: “Aún aprendo”? Pues eso. Nunca se termina de aprender, cada día es diferente. Y es un milagro.

 

´FOTOSAURIO´

 

Con sus más de 50 películas, óperas, libros y premios -de Berlín y Cannes para arriba- Carlos Saura (Huesca, 88 años) se sigue considerando, sobre todo, un fotógrafo, y llama así, "fotosaurios", a sus fotos pintadas. Algunas de ellas decoran las paredes y los estantes de su domicilio en la sierra de Madrid, un caserón centenario rodeado de cedros de Himalaya y plantas cuidadas por su esposa, la actriz Eulalia Ramón, que pasa temporadas en ella. Por las mañanas, Saura se sienta en una silla de resina en lo más alto de la finca a tomar el sol y otear los riscos rodeado de sus perros y sus gatos y se siente el amo de su universo. "Es el mejor momento del día". ¿Qué es el futuro?, le pregunto. "Hacer una película. Siempre quiero hacer otra", responde.


(EL PAÍS  España/ 12-9-2020)

jueves

CARLOS SAURA la cultura, el cine y después...




https://www.youtube.com/watch?v=tnGTryC4GoQ

Carlos Saura, en este diálogo con Antonio San José, habla de su infancia, su familia, sus años como estudiante y profesor de la Escuela de Cine de Madrid, y su amistad con Luis Buñuel, Luis García Berlanga o Elías Querejeta. Una conversación sobre sus grandes pasiones -que incluyen la fotografía y el flamenco- y que se centra en su dilatada filmografía, destacando su experimentación con el género documental y el género musical, prestando especial atención a sus películas "Cría cuervos" (1975) y "Fados" (2007). Propone poner en valor la cultura y la sanidad como elementos fundamentales para la sociedad.



https://www.youtube.com/watch?v=vmJyZBZ83mI

 El documental presenta de forma minuciosa su metodología de trabajo y rodaje, y la opinión sobre su cine de sus colaboradores más directos.

Está rodado en 35 mm en los años 80 por un equipo de recién licenciados en Ciencias de la Información.

domingo

“LOS POLÍTICOS PIENSAN QUE LA CULTURA ES UNA COSA DE VAGOS” CARLOS SAURA


por Begoña Piña

Carlos Saura y Luis Buñuel son los cineastas más grandes que ha tenido España y dos de los más importantes del mundo. La afirmación no es exagerada, aunque en nuestro país pareciera que durante decenios pocos se han dado cuenta. Ahora, el primero, este genio innovador, moderno, sabio con la cámara, de curiosidad infinita, reconocido con los más altos galardones en todo el mundo, sigue imbatible -terco aragonés- con 84 años y una nueva película, Jota de Carlos Saura, y “muchos proyectos frustrados”. 

“Si fuera francés todo sería más fácil”, dice con su cámara colgando del cuello

-“tengo más de setecientas”-, una digital ligera, preciosa, y con una vitalidad envidiable. “No sé qué son estas películas”, confiesa, refiriéndose a la serie que comenzó con Gades, con Carmen y El amor brujo, y ha seguido con Flamenco, Tango, Fados, Salomé… “Esta película, Jota, se la debía a mi tierra. ¡Me lo han reprochado tantas veces! Me han preguntado muchísimas veces: ¿Y para cuándo la jota?

Está haciendo una especie de trabajo de recuperación con estas películas, ¿no pretende también un poco hacer una labor de renovación, de actualización del folclore?
 Sí. Artistas de los que participan en las películas y muchos expertos están de acuerdo conmigo en la necesidad de la renovación. No hay que falsear las bases, pero sí hay que renovar. Yo, a veces, hubiera llegado todavía más lejos, pero todavía no he podido. Ya se lo decía a Gades, “en el flamenco no bailes siempre igual”, pero él…

De todas, ¿alguna ha sido más complicada?

La más difícil fue Fados, aunque los fados me han gustado desde que era niño, en España entonces se pusieron de moda, pero yo tenía muy poca información cuando hice la película. También tengo recuerdos desde la infancia de jotas. De pequeño me llevaban a concursos de jotas, una vez fui a Mora de Rubielos a una reunión de grupos joteros del mundo entero. Y me acuerdo del calor que hacía y de las chicas con esos refajos que algunas se desmayaban, claro. Esta película, Jota de Carlos Saura ya se ha vendido a siete países, a China, Japón, Alemania, Turquía… Y yo estoy contento por los productores.

Con estas película ha recibido el reconocimiento que siempre le dieron en el extranjero y le negaron en España, ¿cómo lo siente?

Bueno, todo llega en la vida. Ahora todo el mundo dice “¡qué buena era La caza!”, pero cuando se estrenó en Berlín (donde ganó el Oso de Plata al Mejor Director), un crítico español vino y me dijo: “Vaya mierda de película que ha hecho usted”.

Hay casi unanimidad en que es su mejor película, pero no es la que más le gusta a usted, ¿cuál es su favorita?

Ahora Io, don Giovanni, porque reúne todas las cosas que me atraen, y la falsedad del cine dentro del cine, los artificios… Debería hacerse cine a lo Buñuel, a lo Bergman, a lo Fellini, no conformarse con lo costumbrista, con lo de siempre.

Y ¿no cree que es justamente esa la tendencia que prevalece?
Sí. La mayor parte de las película son muy previsibles, nada más empezar ya sabes qué va a pasar y cómo. Pero eso es lo que demanda el público, sobre todo el de televisión. La televisión es lo que está machacando el cine. Y nosotros tenemos el problema de que estamos en manos de las televisiones.

Entonces usted…

Yo soy una excepción. He hecho más de cuarenta películas y todavía me sorprendo. Sobre todo porque siempre he hecho lo que me ha dado la gana, menos con mi segunda película, Llanto por un bandido, que la destrozaron en Italia. Yo había hecho una película con influencia de Kenji Mizoguchi y… Por eso luego hice La caza, que controlé completamente. Siempre me he sentido un privilegiado en el cine y en la vida.

¿Incluso ahora?
Ahora las cosas están… La cultura de este país no interesa para nada y gracias a que hay algunos francotiradores. ¿Qué político de hoy ha hablado de la cultura? Ninguno. Es impresentable. Cuando sales fuera de España en muchos sitios conocen al Real Madrid y al Barcelona, pero no en todos, pero sí se conoce en el mundo entero a Cervantes, a Picasso, a Miró, a Gaudí… Eso es lo que queda de España. Los políticos piensan que la cultura es una cosa de vagos.

¿No cree que algunos políticos han conseguido incluso que muchos españoles también crean eso?
Claro. Pero esto viene desde la educación. Si no se cambia desde abajo del todo, no va a cambiar nada. Últimamente viajo mucho a París, allí es todo estímulo para la cultura. Cuidan los lugares culturales, hay cines por todas partes, librerías en casi cada calle… A mi hermano, el gobierno francés le ofrecía un estudio para que pintara allí. Nosotros estamos perdiendo el tren de la cultura y perdiendo a mucha gente con talento que no recibe ningún estímulo.

En los últimos años se ha dedicado a este cine musical y al que usted llama ensayos sobre personajesBuñuel y la mesa del rey SalomónGoya en Burdeos… ¿qué pasa con el proyecto sobre Picasso?

Se cayó una vez y entonces escribí un nuevo guion con Ray Loriga, que está completamente paralizado. Antonio Banderas se debe estar cansando ya, además ahora se dedica a sus perfumes. Tengo otro guion sobre Felipe II. Si fuera francés o alemán, tendría todas las facilidades para hacer cine, pero aquí, no. El proyecto de Felipe II es más difícil que el de Picasso porque va contra la idea de ese Felipe II maravilloso que han descrito. Bueno, eso ya me pasó con Lope de Aguirre (El Dorado), me llovieron las críticas por el retrato que hacía de él.

Ha debido acostumbrarse a tanta crítica, porque le han caídos durante años por todos los lados ¿o no?
A mí me importa un pepino el estilo y lo que digan de él, pero me atacaban, incluso algunos grandes cineastas españoles, porque defendía el cine de autor. Y para mí, el autor es el que se hace responsable de lo que hace. Y, por otro lado, yo tampoco me he defendido mucho. Una vez recibí una carta de Ángel Fernández Santos que criticaba una de mis películas. Y le pregunté por qué hacía eso. Me contestó que éramos amigos y que yo era bueno y por eso a mí me exigía más. Es verdad, me caían por todos lados.

¿Tiene ganas de volver a hacer una película de ficción?
Sí, claro, tengo varias ideas, pero cada vez es más difícil. Tengo muchos proyectos frustrados. Antes era más fácil, cuando tenía unos productores fijos, Elías Querejeta, Emiliano Piedra, Andrés Vicente Gómez. Y, por otro lado, hoy cualquiera puede hacer una película con un teléfono móvil, así que…

Siempre dice que ve poco cine, que tiene poco tiempo...
Veo muy poco, algunas películas de catástrofes. Me encantan las películas de catástrofes. Es ese cine paralelo que hacen los americanos muy bien y que nosotros no podemos hacer. A mí no me gustaría hacerlo, yo soy más de cine de cámara con pocos personajes, pero me gusta verlo.

miércoles

Entrevista a CARLOS SAURA


(Si tiene problemas para visualizar la entrevista recorte y pegue en el navegador el siguiente enlace: http://worldtv.com/carlos_saura


Entrevista de Fernando Sánchez Dragó con el cineasta, guionista, escritor y fotógrafo Carlos Saura emitida el 15-02-03 con motivo del estreno de su película "Salomé"

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FLAMENCO

Entrevista a SAURA previa a la realización del film FLAMENCO




Para ver el film completo CLICK AQUÍ o recorte y pegue en el navegador el siguiente enlace: http://www.youtube.com/watch?v=OCY5MfA3E5Y

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¡Ay, Carmela! (1990)

(Si tiene problemas para ver el video recorte y pegue en el navegador el siguiente enlace: http://www.youtube.com/watch?v=Y41qbeBYdQs )

 ¡Ay, Carmela! (1990) dirigida por Carlos Saura. 

Galardón de Mejor Película de la V edición de los Premios Goya.
La base de la película es el libro de José Sanchis Sinisterra. El título del film hace referencia a una canción popular del pueblo durante la Guerra Civil española

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Making of Taxi y TAXI (Carlos Saura, 1996)

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 Making of Taxi (Carlos Saura, 1996)
Así se hizo este film, vemos al maestro en acción.
Incluye entrevistas con Saura, Ingrid Rubio, Carlos Fuentes y los otros actores que aparecen en el film
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TAXI (1996)


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BODAS DE SANGRE - CARLOS SAURA

(Si tiene problemas para visualizar el video recorte y pegue en el navegador el siguiente enlace: https://www.youtube.com/watch?v=B8jQWXTUG7I)

Bodas de sangre de Federico Garcia Lorca (1981)

 En un pueblo andaluz se celebra una boda. La novia sigue enamorada de su antiguo novio, Leonardo. Una vez celebrada la ceremonia, se entrega pasionalmente a él y esa misma noche huyen juntos. El esposo abandonado los persigue y, cuando encuentra al amante de su mujer, le reta a una pelea con navajas en la que mueren ambos. La tragedia poética de Lorca, el sentido trágico de la vida, la muerte y la violencia que acompaña a los hombres durante toda su vida, se va manifestando a través de los presagios y el dolor de la madre, que ha perdido a su marido por un crimen y a uno de sus hijos por otro. Obtuvo el Premio de la crítica de Nueva York. 

 REPARTO: Antonio Gades, Cristina Hoyos, Pepa Flores (AKA Marisol), Juan Antonio, Pilar Cárdenas, Carmen Villena,Jose Merce.
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sábado

Carlos Saura - LA VITALIDAD DEL CINE (2)




(Discurso pronunciado en 1994 en ocasión del recibimiento de un doctorado Honoris Causa)


Efectos de las imágenes

Está claro que vivimos tiempos de desorientación, sea por acumulación masiva de imágenes, sea por fatiga, por cansancio. Es interesante observar cómo para un niño de hoy los juegos electrónicos, las películas, el material visual que todos los días ve en la TV o en las pantallas de los cines, forman parte de su vida cotidiana. El bombardeo de imágenes al que se ve sometido un niño es tal que tememos que su carácter y comportamiento sea modificado por ese ingente trasiego de imágenes indigeribles. La confusión realidad / realidad virtual es cada vez mayor y quizá lo sea más en el futuro. En ese paroxismo de imágenes es difícil discernir lo que hay de valioso y útil, o de inútil y pernicioso.

Existe una lejana posibilidad de agotamiento por exceso, por cansancio, por falta de interés, o porque otros alicientes más estimulantes nos inclinen hacia otras apetencias, pero hoy por hoy parece difícil huir de esas imágenes que se nos proyectan a diario. En los juegos electrónicos de los niños, las imágenes perversas se caricaturizan: los malos son malvados en estado puro, que pelean y matan sin razón alguna; en el reverso, los héroes lo son también en estado puro. Estamos más allá de los cuentos primitivos de los buenos y los malos, porque aquí no hay sentimientos, ni causas, ni razones para luchar o para matarse. Desde siempre se supo que esa separación lineal entre bondad y maldad es altamente productiva y un aliciente importante en la venta de los productos y allí están las películas del oeste o de guerra de antaño.

Hoy el cine que alimenta la mente de los jóvenes está lleno de seres infrahumanos que manejan naves espaciales, y por supuesto hacen y deshacen en la tierra y en los cielos. Estos seres poderosos, omnipotentes, representaciones de un dios que simboliza el poder, un dios robótico, universal, que no conoce ni el dolor ni los sentimientos, se alejan sustancialmente de aquellos dioses de las antigüedad que poseían nuestros vicios y virtudes y se encarnaban en formas humanas: amaban, sufrían y sus carencias nos emparentaban con ellos. Los dioses de ahora son de metal y plástico, producto de la cibernética, de los computers, de las memorias ram, expandidas y extendidas, de una tecnología cada vez más refinada y de las avisadas mentes de los comerciantes que saben que por ahí va el gusto de los niños y de algunos mayores. La atracción que ejercen las imágenes de violencia y especialmente la violencia gratuita, debería ser estudiada con mayor seriedad. Se sabe de la capacidad hipnótica que tienen el cine y la TV. Son muy interesantes en ese aspecto las reflexiones de mi amigo y profesor Agustín Sánchez Vidal sobre Buñuel, él y otros cineastas han buscado esa capacidad hipnótica del cine, haciendo de ella la base misma de su obra.

Es tal la cantidad de imágenes que recibimos cada día, que ya no sabemos dónde meternos para huir de ellas, empezamos a ser incapaces de seleccionar lo que queremos ver y aceptamos sin asombro que el sueño nos invada en medio de la turbulencia de unas imágenes que subrepticiamente van adueñándose de nuestra mente. Ya no nos atragantamos, ni siquiera dejamos de comer ante el espectáculo terrible de la bomba masacrando cuerpos, de los niños que se mueren de hambre, del terremoto que asola una parte querida de la tierra sembrando la muerte y la destrucción. La primera vez que vimos esas imágenes estremecedoras dejamos de comer, nos sentimos mal y pensamos que el mundo estaba enfermo, pero después, el hábito nos ha vuelto insensibles al dolor ajeno, detuvimos un momento la mirada y seguimos comiendo como si tal cosa, o simplemente aceptamos esas imágenes brutales porque forman parte de nuestro mundo: nuestro mundo es así y en él sólo hay violencia, muerte, enfermedad, crueldad y poco más…

Parodiando a Luis Buñuel, que afirmaba que la imaginación es inocente, yo digo que también las imágenes en sí son inocentes, pero no su manipulación, ni la intención de que nos produzcan su aceptación o rechazo; la imagen es inocente, pero no la imagen pervertida. Tengo la sensación de que toda la teoría cinematográfica se ha ido al cuerno en estos últimos años y muchas de las películas que vemos huelen a cadáveres enterrados hace años. La renovación que todos esperábamos se ha quedado a medio camino y ni los avances tecnológicos, ni las modas oportunistas, ni el feísmo como fórmula narrativa, o la aceleración imaginativa que exige la publicidad y el videoclip, parecen renovar la narración cinematográfica. El lenguaje de la TV, del video y del cine es -con algunas excepciones- tan plano y tan monótono como falto de inspiración.

Arte

La obra extrema, personal, la película que sorprende por su belleza y armonía o por su vigor y violencia, sigue siendo la mayor parte de las veces inexplicable. Ese es el milagro y esa la grandeza de cualquier forma de arte: por encima de las modas, de las escuelas, de la rutina, surge el rompimiento, el desgarro y lo imprevisible. Durante algunos años fui profesor de la antigua Escuela de Cine en su rama de Dirección, primer curso, un curso teórico que yo intenté que fuera eminentemente práctico. Las cosas que enseñaba entonces no las enseñaría ahora, o las enseñaría de otra manera. Y sin embargo sigo creyendo que todos los que quieran hacer cine deberían tener unos conocimientos técnicos mínimos. También creo que en el cine, como en el arte en general, las normas valen cuando no se tienen otros recursos. Tan tonto es defender el plano y el contraplano como negar su validez. No está allí el secreto de la narración, ni está sólo en los buenos guiones, ni en tener el mejor equipo, ni la fotografía espléndida, ni en la calidad del sonido, ni siquiera en la perfección de la interpretación, aunque todo ello colabore sin duda para el mejor resultado de la obra. ¿Dónde está el secreto entonces? La respuesta es obvia: está en el talento, en la capacidad de invención, en esa peculiar visión de quien hace que unas historias que se han contado mil veces sean diferentes y adquieran ahora vida propia.

Hay directores que estructuran sus películas como videoclips -no olvidemos que en el cine ruso de los 20, Diziga Vertov ya elaboraba inmensos videoclips- y otros que manejan con suficiencia el plano secuencia, quienes utilizan el angular y la profundidad focal y quienes lo detestan. Por suerte en estos años se han derrumbado la mayor parte de los tabúes. A pesar de ello permanecen en pie algunas obras maestras, películas que han marcado la breve historia del cinema: narradas a veces a hachazos y a veces con la sabiduría de los pintores flamencos que mezclan colores y grasas con la habilidad del artesano.

El cine que es artificio, teatro, ópera, pintura, narración, arte de síntesis o simplemente el producto de muchas cosas que se cocinan en la misma olla, es desde luego el arte de nuestro siglo, abriendo a la imaginación un recuadro luminoso de sombras y colores en donde nos vemos representados. La grandeza de ese arte está en la sabia adecuación de los medios expresivos, en el sensible tratamiento de las imágenes, de la sabiduría y habilidad de los artesanos que colaboran en el proyecto común, y sobre todo en el talento de quienes han utilizado el cine como una segunda personalidad, desentrañándose como las arañas para ofrecer a quien quiera apreciarla una parte de la vida: reflejo, espejo, laberinto. Me gusta pensar que es una forma de expresión personal, me gusta pensar que a través del cine podemos expresar nuestros temores, nuestras limitaciones, bondades y mezquindades, ensanchando nuestra visión y enriqueciendo nuestra mente.

El temor ancestral, el miedo a la noche y a sus fantasmas, tan bien expresado por Stanley Kubrick en Odisea 2001: esos monos que se refugian durante la noche en la caverna no pueden dormir, permanecen alerta y en sus ojillos que brillan en la penumbra hay miedo, terror a la oscuridad y al desconocido enemigo que agazapado espera el momento para atacar… Esa permanente duermevela en la caverna, último reducto del hombre-mono: casa, único espacio controlado y dominado por él, es también el lugar para inventar el cine: las imágenes de Platón, los espejos múltiples de la noche, los cuentos para exorcizar el miedo, ¿quién inventó la palabra para explicar las imágenes de un cine aún en su balbuceo? Yo creo que el cine, con su elasticidad en la expresión de tiempos y espacios, es lo más semejante a la duermevela y al sueño, a las imágenes que se entremezclan antes del definitivo fundido en negro. Desgraciadamente el cine no ha caminado por esos derroteros que se presentaban tan fértiles y expresivos adocenándose en caminos más fáciles. El comercio y la aceptación del camino más fácil ha minimizado la capacidad expresiva del cine, degradando un medio de expresión que es capaz de los más altos vuelos.

Desde el principio el cine ha sido para mí una forma de extroversión, de liberación: obligándome su ejercicio a ordenar mis pensamientos y a buscar en la memoria y en los recuerdos. A través del cine he contado a los demás algunas historias que me preocupaban, tratando de dejar constancia de imágenes-imaginadas que no quería tirar a la basura: recuperando espacios, luces, fantasmas que a través de la magia de la interpretación adoptaron nuevos rostros y actitudes: escenas reavivadas a través de la cámara y melodías que adquirían otros acentos al fundirse con las imágenes… Para terminar: proyectada en la pantalla de un cine, o en la más humilde pantalla de una televisión, todavía se puede ver una hermosa película, una sólida, bien interpretada, bien hecha película, una inteligente y sensible película que nos emociona y habla de la permanente vitalidad del cine.

Carlos Saura - LA VITALIDAD DEL CINE




(Discurso pronunciado en 1994 en ocasión del recibimiento de un doctorado Honoris Causa)

PRIMERA ENTREGA

No es mi intención aquí hacer un repaso de la historia del cine, sino tratar de ver hasta dónde hemos llegado, hasta qué punto la acumulación, diversidad y mala utilización de la imagen, puede conducirnos a su ineficacia.

El punto de inflexión es el paso del cine a la televisión. Y no sólo porque con la TV se pierde en parte el enclave iniciático de la proyección en la oscuridad -aunque todavía es posible recuperar esa sensación si uno se lo propone-, sino porque la actual facilidad de obtener imágenes en cualquier momento y a bajo precio está suponiendo un golpe mortal para cierta forma de entender el cine.

Hoy a través de las grandes y pequeñas pantallas se nos narran historias y se nos “informa” o “desinforma”, de todo lo divino y humano: porque, y he aquí el tema de estas líneas, la imagen en manos de mercaderes sin escrúpulos se está pervirtiendo hasta límites increíbles, sembrando en el auditorio una confusión general. Los comerciantes de imágenes tratan de vender sus productos a costa de lo que sea. No importa la trapacería y el engaño, ni el oportuno golpe bajo envuelto en una charlatanería vacía: cualquier medio vale para conseguir una mayor audiencia.

Y así entre mediocres películas y programas de ínfima calidad -mezclados con otros magníficos para aumentar la ceremonia de la confusión-, los mercaderes nos “proyectan” comedias y dramas insulsos llenos de chistes fáciles y burdas situaciones ya agotadas en el teatro del vodevil -acompañadas además por los aplausos de unos espectadores invisibles pero omnipresentes, como si los autores dudasen de sus gracias y necesitaran ese soporte artificial y perverso-; con telenovelas lacrimógenas de ínfima categoría, con programas donde se escarba sin pudor alguno en la intimidad de las personas engrosando eso que los mismos expertos llaman telebasura, o con estúpidos concursos para un público al que se considera menor de edad, cuando no retrasado mental; todo ello en una ensalada condimentada a base de insoportables anuncios que golpean una y otra vez nuestras indefensas neuronas.

Y cuando conviene se utilizan imágenes de dolor que tocan el corazón, mostrando el desvalimiento de amigos y familiares atónitos ante el sufrimiento y la muerte de sus allegados. No voy a romper aquí una lanza en pro de un puritanismo trasnochado, ni de la necesidad de un código de censura, sino simplemente expresar mi alarma ante la utilización de la imagen de forma tan pervertida, ¡que no perversa! Perversión de la imagen por encanallamiento y vulgarización de los hallazgos más nobles; fatiga por la corrupción y el mal uso de la imagen; indignación por las imágenes pervertidas de quienes malinforman y malutilizan los valores potenciales de la imagen.

Banalidad

¡Cuántos talentos ha habido y hay tratando de expresar sus ideas, sus sensaciones, inventando y contando historias a través de las imágenes! ¡Cuántas magníficas películas se han hecho en este siglo de maravillas y descubrimientos y también de pesadillas y horrores! ¡Cuántos magníficos documentos nos muestran la realidad de nuestras vidas, sus incongruencias y limitaciones! El cine ha marcado este siglo y nuestras vidas. Pero el chaparrón de imágenes que hoy nos golpea muestra cómo hemos pasado de la escasez al hartazgo. Y con pesar tengo que añadir que hoy, en tiempos de penuria, corremos el peligro de que la banalidad se adueñe de nuestro mundo visual valorando más el impacto que la profundidad: la brillante cáscara apenas oculta un contenido sin entidad.

Me dice un experto en “comunicación” que: “El hombre moderno no tiene tiempo para la contemplación, porque necesita imágenes que se digieran rápidamente”. Enseguida añade, muy seguro de sí: “Los productos delicados y refinados sólo pueden ser saboreados por refinados paladares”. Esos imperativos, más la confusión y el galimatías de las imágenes que nos bombardean todos los días, empiezan a dejar sus huellas. La publicidad y los videoclips en vez de renovar el lenguaje del cine lo perturban y confunden. Formas invertebradas e impuras se cuelan a todas horas por las pantallas de nuestros televisores adueñándose de nuestro precioso tiempo y desbancando otros caminos, otras apetencias y otras posibilidades quizás más creadoras.

Hoy hace falta ver las cosas con nuevos ojos, con mayor imaginación. No basta con lamentarse, hay que buscar nuevos caminos y explorar otras selvas. Los jóvenes cineastas hablarán de otras cosas o de cosas parecidas a las que hemos hablado nosotros, pero tienen que hacerlo de otra manera. Las películas que narran historias que pudieran ser cotidianas, testimonios o reflejos de la sociedad en que vivimos, enseñando sus asperezas o sus bondades, un cine costumbrista aderezado por una técnica cada vez más perfeccionada -no es necesario una tecnología exagerada, ni un coste excepcional-, ha sido uno de los caminos más fructíferos para el cine, y sin embargo hay un empacho de costumbrismo que hace que su vigencia en estos momentos sea cuanto menos discutible. Salvo casos en donde se demuestre lo contrario, ese cine-reflejo de hábitos y costumbres, cine social, cine realista, free-cinema de escuela inglesa, cine verité de la escuela francesa o neorrealismo de la escuela italiana: ese tipo de narración que movió a toda una generación a hacer cine reflejo, espejo de la realidad cotidiana, parece agotarse o, cuanto menos habría que refrescarlo con nuevas aportaciones, ensanchando esa realidad, ampliándola, buceando más y más en las oscuridades de nuestras mentes.

Parece que el cine de hoy, el cine de los 90, está desorientado y herido. No hay riesgos y cuando los hay son en general un fracaso económico que obliga a los productores a replantear las tácticas. Sólo el cine americano ha encontrado el público necesario, ¿a base de qué?, a base de discretos productos bien aderezados y promocionados. Naturalmente hay excepciones y obras maestras: los americanos tocan todas las teclas, asumido el neorrealismo y la nouvelle vague volvieron a la carga con un cine de corte documental que reflejaba la guerra del Vietnam, la guerra fría, el peligro atómico, o las ansias de poder de algún senador. Cualquier tema es bueno para con pulso trepidante y una avalancha de imágenes arropadas por nuevos y estruendosos modos musicales termina por zambullirnos en un Apocalipsis now, preludio de desastres futuros.

La fatiga de mostrar lo cotidiano empieza a hacer mella, se buscan temas, se trabaja a destajo para encontrar nuevos caminos y como la realidad inmediata ya se ofrece en imágenes a través de documentos en directo, se recurre a los “reality shows”, ¡vaya con la palabreja! El público de todo el mundo -no es por supuesto un fenómeno español- observa con atención la reconstrucción de un asesinato, de una violación, de un robo, y así los asesinos a sueldo, los criminales patológicos, las inocentes criaturas que armadas hasta los dientes matan un día a un montón de personas en el metro, en la universidad, o en la calle, se aproximan a nosotros interpretados por actores ocasionales. La idea es buena, lo malo es que hay que bajarse los pantalones para añadir morbo sobre morbo para mantener al espectador frente a la pantalla.

Otra forma de mostrar la realidad es el alejamiento, la distancia: películas de aventuras, de ciencia ficción, que suceden en otras épocas, en otros planetas y otras galaxias, donde se muestran nuevos defectos ampliados por el telescopio y por la lejanía. Así la violencia, el egoísmo, el poder y la corrupción se magnifican. Es curioso que sea la todopoderosa Estados Unidos quien se adelante en esa especie de parodia o de metáfora, construyendo para el futuro una sociedad violenta y corrupta, espejo, reflejo, cruel caricatura -quizá por el exceso de la virulencia adentrándose en el terreno de lo inverosímil-, para abrir un mercado a través de la ansiedad de los jóvenes por adivinar qué les deparará el incierto futuro. Ciencia-ficción, robocops, terminators, aliens, historias que suceden en lejanas galaxias, animales prehistóricos que reviven por y de la ciencia, especulaciones más o menos frívolas sobre cualquier tema: bestias malignas, hombres moscas, hormigas gigantes, tarántulas de mortales picaduras, plagas de ratas como en el flautista de Hamelin, todo vale…

Más inquietante es esa aspiración, sueño, de aproximarse a Dios creando homúnculos, seres malignos con apariencia humana, gremlins, tortugas humanizadas, demonios que son vampiros, frankensteins y replicantes creados por el dios-hombre a su imagen y semejanza, golems de la tradición hebraica. Es curioso que en tiempos donde las perspectivas del cine no parecen muy halagüeñas, la saturación y el agotamiento de los temas puede terminar con una época brillantísima del cine sin que haya indicios de renovación: ¿agotamiento?, ¿mal del fin de siglo?, ¿pausa entre épocas?, ¿necesidad de de reflexión, de detenerse, un alto en el camino para ver hasta dónde hemos llegado? ¿No es el cine una prolongación de nosotros mismos, una imagen de nuestro mundo y por lo tanto un reflejo de nuestras apariencias, de nuestras ambiciones y deseos?

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