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jueves

JOHN DONNE - DEVOCIONES



VIGÉSIMA ENTREGA

XXIII
Metusque, relabi
Me advierten del terrible riesgo de recaer

No sucede en el cuerpo del hombre lo que en la ciudad, que cuando ha sonado la campana para dominar el fuego, y apagar las ascuas, uno puede acostarse y dormir sin temor. Aunque mediante el purgante y la dieta haya uno apagado las ascuas de la enfermedad, existe todavía el miedo de una recaída; y en ello está el mayor peligro. Aun en los placeres y en los dolores hay una propiedad, un mío y un tuyo; y el hombre es afectado más por ese placer que es suyo, suyo por goce anterior y experiencia, y es más intimidado por aquellos dolores que son suyos, suyos por un funesto sentido de ellos en anteriores aflicciones. Una persona codiciosa que ha puesto en uso todos sus sentidos, colmado todas sus capacidades con la delectación de atesorar, se maravilla de que algún hombre pueda hallar algún gusto de algún placer en alguna generosidad, o liberalidad; así también en las dolencias corporales, en un ataque de cálculos, el paciente se pregunta por qué alguien llamará dolor al de la gota; y el que no haya experimentado ninguno de esos dos, sino el dolor de dientes, está tan temeroso de un ataque de éste como cualquiera de los otros de cualquiera de los otros. Las enfermedades que nunca hemos experimentado, no producen sino compasión hacia aquellos que las han soportado; más aun, la compasión misma no tiene mayor cuantía, si no hemos experimentado en algún grado, en nosotros mismos, lo que lamentamos y compadecemos en otros. Pero cuando nosotros mismos hemos padecido esos tormentos en su forma extrema, temblamos por una recaída. Cuando debemos jadear a través de todas esas feroces calenturas, y navegar a través de todos esos excesivos sudores, cuando debemos velar a través de todas esas largas noches, y lamentarnos durante todos esos largos días (días y noches tan largos, que la naturaleza misma parecerá haberse pervertido y haber puesto al día más largo, y la noche más larga, que deberían estar separados por seis meses, incluidos en un solo, antinatural día), cuando debemos permanecer ante el mismo tribunal, aguardar que los médicos vuelvan de sus consultas, y no estar seguros del mismo veredicto por medio de algunas buenas prescripciones, cuando debemos andar nuevamente el mismo camino, y no ver la misma salida, este es un estado, una condición, una calamidad respecto de la cual toda otra enfermedad sería una convalescencia, y cualquiera más grave lo sería menos. Se agrega a la aflicción, el que las recaídas son (y en su mayor parte justamente) achacables a nosotros mismos, como provocadas por algún desorden en nosotros; de manera que no somos solamente pasivos, sino activos, en nuestra propia ruina; no solamente ocupamos una casa que se derrumba, sino que la demolemos sobre nosotros; y no solamente somos ejecutados (lo cual implica culpabilidad), y verdugos de nosotros mismos (y esto implica impiedad).  Y caemos de ese consuelo que pudimos tener en nuestra primera enfermedad, de esta meditación: “Ay, qué miserable es en general el hombre, y qué sujeto está a las enfermedades” (ya que en esto hay cierto grado de consuelo, que no estamos sino en el estado común a todos); caemos, digo, en este desconsuelo, y autoacusación, y autocondenación; “Ay, qué imprevisor y, en esto, qué ingrato con Dios y sus instrumentos soy, al hacer uso tan dañino de beneficios tan grandes, al destruir tan pronto labor tan larga, al recaer, por mi desorden, en eso de lo cual me habían liberado”; y así mi meditación es temerosamente traslada del cuerpo a la mente, y de la consideración de la enfermedad a la de ese pecado, esa culpable negligencia, con la que he provocado mi recaída. Y entre los muchos pesos que agravan una recaída, éste también es uno, que una recaída obra con más violenta prontitud, y más irremediablemente, porque encuentra al país debilitado, y ya despoblado. En una enfermedad, que aun no se ha mostrado como tal, apenas si podemos experimentar temor, porque no sabemos qué temer; pero así como el miedo es la más activa, y la más fastidiosa de las afecciones, también lo es una recaída (que todavía está pronta para venir), en ella, que recién se ha ido, el objeto más cercano, el más inmediato ejercicio de esa afección del miedo.

miércoles

JOHN DONNE - DEVOCIONES



VIGÉSIMA ENTREGA

XXII

Sit morbi fomes tibi cura
Los médicos consideran los orígenes y la oportunidad, los rescoldos y los carbones, y el combustible de la enfermedad, y se esfuerzan por purgar o corregir

¡Qué propiedad tan ruinosa ha adquirido el hombre al adquirirse a sí mismo! ¡Qué pronta está la casa para derrumbarse diariamente, y está todo el terreno cubierto de malezas, y todo el cuerpo de enfermedades!; donde no solamente cada terrón, sino cada piedra, tiene cizaña; no solamente cada músculo de la carne, sino cada hueso del cuerpo, tiene alguna dolencia; cada piedrita sobre la superficie de este suelo tiene alguna hierba mala; cada diente en nuestra cabeza sufre de dolores tales que un hombre valeroso los teme, aunque se avergüence de ese temor, de ese sentido del dolor. ¡Qué elevado, y qué frecuente es el alquiler que paga el hombre por esta propiedad!; lo paga dos veces al día, en dobles comidas; ¡y qué poco tiempo para aumentar su renta! ¡Cuántos feriados lo apartan de su trabajo! Cada día es medio feriado, la mitad consumida en el sueño. ¡Cuántas indemnizaciones, y subsidios, y contribuciones debe entregar, además de su alquiler! ¡Cuántas medicinas al lado de su dieta! ¡Y cuántos huéspedes están dispuestos a recibir, cuántas enfermedades infecciosas, de otros hombres! Adán pudo haber tenido todo el Paraíso para abonarlo y cuidarlo; y en ese caso su alquiler no hubiera sido aumentado hasta un trabajo tal que le hiciera sudar su frente; y sin embargo lo abandonó; ¡cuánto mayor alquiler debemos pagar por esta propiedad, este cuerpo, que nos paga a nosotros mismos, que paga por la propiedad en sí, y no podemos vivir en ella! Ni está nuestra labor finalizada cuando hemos arrancado alguna cizaña tan pronto ésta creció, enmendando algún violento y peligroso síntoma de una enfermedad, que nos hubiera destruido rápidamente; ni cuando hemos arrancado esa cizaña de raíz, recobrándola totalmente y firmemente de esa particular enfermedad; pero todo el terreno es de naturaleza dañina, todo el suelo está mal dispuesto; hay inclinaciones, hay una propensión a las enfermedades del cuerpo, de la cual, sin ningún otro desorden, se producirán las enfermedades, y así estamos expuestos a una continua labor en esta propiedad, a un continuo estudio de toda la complexión y constitución de nuestro cuerpo. En las perturbaciones y enfermedades de los suelos, fermentación, sequedad, filtración, cualquier clase de aridez, el remedio y el purgante están, en gran parte, algunas veces en ellos mismos; a veces la misma situación los alivia; el declive de una colina purgará y ventilará su propia maligna humedad; y la quemazón del césped de un terreno (como la cura mediante la cauterización), le da una nueva y vigorosa juventud al suelo, y se levanta allí una especie de Fénix de las cenizas, una fertilidad de lo que antes era árido, y mediante aquello que es lo más árido de todo: las cenizas. Y donde el terreno no puede purgarse a sí mismo, recibe, no obstante, la purga de otros terrenos, de otros suelos, que no devienen peores por haber contribuido con esa ayuda, mediante greda de otras colinas, o limo de otros litorales; las tierras se ayudan a sí mismas, o no hieren otras tierras, de las que reciben ayuda. Pero he tomado una propiedad con este duro alquiler, y bajo este pesado contrato, que no puede ayudarse a sí misma (ninguna parte de mi cuerpo, si fuera cortada, podría curar a otra parte; en algunos casos, podría preservar a una parte sana, pero en ningún caso restablecer a una enferma); y si mi cuerpo pudiera obtener algún purgante, alguna medicina salida de otro cuerpo, y un hombre obtenerlo de la carne de otro (de momia, o cualquier compuesto semejante), debe ser de un hombre que está muerto, y no, como en otros suelos, que nunca empeoran por contribuir con su greda, o su rico limo a mi terreno. Nada hay en el mismo hombre que pueda ayudar al hombre, nada en la humanidad para ayudarse mutuamente (de esta suerte, por vía de la medicina), sino que quien suministra la ayuda está tan enfermo como el que la recibe hubiera estado de no haberla recibido; pues aquel de cuyo cuerpo proviene el remedio, está muerto. Cuando, en consecuencia, tomé esta finca, me encargué de este cuerpo, lo tomé para desecar, no una marisma sino un foso, donde no había agua mezclada para ofender, sino que todo era agua; lo tomé para perfumar estiércol, en el que no una parte sino todo es por igual hediondo; lo tomé para hacer tal cosa con el todo, que no era venenoso por alguna cualidad manifiesta, intenso calor, o frío, sino que era veneno toda la sustancia, y su específica forma. Curar los agudos síntomas de la enfermedad, es un gran trabajo; curar la enfermedad es en sí uno mayor; pero curar el cuerpo, la raíz, la oportunidad de las enfermedades, es un trabajo reservado para el Gran Médico, que no lo hará de otra manera sino glorificando a estos cuerpos en el otro mundo.

JOHN DONNE (1572 – 1631)




DEVOCIONES

(versión y prólogo de Alberto Girri)

DECIMONOVENA ENTREGA

XXI
Adque annuit Ille, Qui, per etos, clamant, Linquas jam, Lazare, lectum
Dios enriquece sus prácticas, y Él, por medio de ellas, llama a Lázaro de su tumba y a mí de mi cama

Si el hombre hubiese sido dejado solo en este mundo, en un principio, ¿podría yo pensar que no hubiera caído? Si no hubiera habido mujer, ¿no se habría encargado él de ser su propio tentador? Cuando lo veo ahora, sujeto a infinitas debilidades, caído en infinitos pecados, sin ninguna tentación extraña, ¿podría pensar que no habría tenido ninguna, de haber estado solo? Dios vio que el hombre necesitaba un asistente para estar bien; pero para hacer dañina a la mujer, el Diablo vio que no necesitaba de un tercero. Cuando Dios y nosotros estábamos solos, en Adán, no era bastante; cuando el Diablo y nosotros estábamos solos, en Eva, fue suficiente. ¡Oh qué gigante es el hombre cuando combate en contra de sí mismo, y qué enano cuando necesita o ejercita su propia ayuda para sí mismo! No puedo alzarme de mi lecho hasta que el médico me lo permita, ni puedo decir que soy capaz de levantarme hasta que él me lo diga. No hago nada, no sé nada de mí mismo; ¡qué pequeño, y qué impotente trozo del mundo es un hombre solo!; ¡y cuánto menos un trozo de sí mismo es ese hombre! Tan pequeño, que cuando sucede (como sucede en algunos casos) que más miseria, y más opresión, fueran un alivio para el hombre, él no puede darse a sí mismo esa miserable adición de más miseria; un hombre que es apretado hasta morir, y que podría ser aliviado mediante más pesos, no puede echarse esos pesos sobre sí mismo; puede pecar solo, y sufrir solo, pero no arrepentirse, no puede ser absuelto, sin otro. Otro me dice que puedo levantarme; y así lo hago. ¿Pero es cada levantarse una promoción?; ¿o es cada promoción actual una estación? Estoy más pronto para caer en tierra ahora, que me encuentro de pie, que cuando yacía en el lecho; ¡oh perversa manera, irregular movimiento del hombre!; aun su levantarse es camino hacia la ruina. ¿Cuántos hombres son levantados, y no llenan el lugar hacia el que son alzados? Ningún rincón de sitio alguno puede estar vacío; no puede haber vacío; si este hombre no ocupa el lugar, otros hombres lo harán; los lamentos por su incapacidad lo llenarán; más aun, hay tal horror de la naturaleza al vacío, que si tan sólo hubiera una imaginación en cualquier hombre de que no ocupa lugar, lo llenará lo que no es sino imaginación, esto es, los rumores y las voces, y se proclamará (sin más apoyo que la imaginación, y nadie sabe la imaginación de quién) que se ha corrompido en su cargo, o que es incapaz de su cargo, y habrá otro preparado para sucederlo en su cargo. Un hombre se levanta, algunas veces, y no permanece, porque no llena, o cree no llenar su lugar; y algunas veces no permanece porque llena con exceso su lugar; puede aportar tanta virtud, tanta justicia, tanta integridad en el cargo, que echará a perder el cargo, agobiará al cargo; su integridad puede ser una difamación para su predecesor, y arrojar infamia sobre él, y un peso sobre su sucesor, para obrar según su ejemplo, y podrá desvalorizar el cargo en sí mismo, y llevar incertidumbre al mercado. Estoy levantado, y parezco detenido, y doy vueltas; y soy un nuevo argumento de la nueva filosofía de que la tierra se mueve en círculo; ¿por qué no he de creer yo que toda la tierra se mueve en círculo, aunque a mí me parezca detenida, cuando parezco estar inmóvil a quienes me acompañan, y sin embargo soy arrastrado en un vertiginoso, y circular movimiento cuando me detengo? El hombre no tiene más centro que la miseria; allí y solamente allí se está fijo, y seguro de hallarse a sí mismo. Por poco que de allí se levante, se mueve, y se mueve en círculo, vertiginosamente; y así como en los cielos no hay sino unos pocos círculos, que giran por todo el mundo, pero muchos epiciclos, y otros círculos menores, pero sin embargo círculos, así de aquellos hombres que son elevados y puestos en círculos, pocos de ellos se mueven de un lugar a otro, y pasan a través de muchos y benéficos lugares, sino que caen en pequeños círculos, y luego de un paso o dos se encuentran con su fin, y no tan bien como cuando estaban en el centro, del que fueron elevados. Cada cosa sirve para ejemplificar, ilustrar la miseria del hombre. Pero no necesito ir más allá de mí mismo; por largo tiempo fui incapaz de levantarme; al cabo, debí ser alzado por otros; y ahora que estoy en pie, estoy listo para hundirme más abajo que antes.

JOHN DONNE (1572 – 1631)


DEVOCIONES

DECIMOCTAVA ENTREGA

XX

Id agunt
Bajo estos indicios de materia digerida, proceden a purgar

Aunque la deliberación parece consistir más bien de partes espirituales seguidas de acción, sin embargo la acción es el espíritu y el alma de las deliberaciones. Las deliberaciones no siempre se definen en resoluciones; no podemos siempre decir: “Esto fue concluido”; las acciones siempre se resuelven en efectos; no podemos decir: “Esto fue hecho.” Las leyes poseen su reverencia, y su majestad, cuando vemos al juez en su tribunal ejecutándolas. Los consejos de guerra poseen sus lemas, y sus operaciones, cuando vemos el sello de un ejército que les es aplicado. Era una antigua costumbre la de celebrar la memoria de los que merecían el reconocimiento del Estado, brindándoles esa clase de representación escultórica que entonces era llamada Hermes; la cual consistía en la cabeza y los hombros de un hombre, puestos sobre un cubo, pero que no tenían ni brazos ni manos. En conjunto representaba a un leal defensor del Estado por su consejo; pero en este jeroglífico, que hacían sin manos, se simbolizaba que el consejero no debía tener manos, para así no extenderlas hacia tentativas extranjeras de soborno en cuestiones de Consejo, y que no era necesario que la cabeza empleara su propias manos; que los mismos hombres sirvieran para la ejecución, los que asistían al Consejo; pero que no pertenecieran manos a cada cabeza, y acción a cada consejo, nunca se propuso, tanto en imagen como simbólicamente. Ya que, así como en el matrimonio apenas puede denominarse matrimonio cuando existe un propósito en contra de los frutos del matrimonio, en contra del nacimiento de hijos, así los consejos no son consejos, sino ilusiones, cuando desde el comienzo no existe el propósito de ejecutar las resoluciones de esos Consejos. Las artes y las ciencias están más propiamente referidas a la cabeza; que es su propio elemento y esfera; pero, sin embargo, el arte de demostrar, la lógica, el arte de persuadir, la retórica, son inferidos por una mano; aquélla, expresada por una mano que se cierra en un puño, y ésta, por una mano extendida, y abierta; y permanentemente el poder del hombre y el poder de Dios mismo se expresan así: “Todas las cosas están en su mano; ni siquiera es presentado tan a menudo a nosotros con nombres que llevan nuestra consideración al Consejo, como a la ejecución del Consejo; él es más menudo denominado se Señor de los Ejércitos, que mediante cualquier otro nombre que pueda referirse a otra significación. Aquí, en consecuencia, adaptamos a nuestra meditación la resbaladiza condición del hombre, cuya felicidad, de cualquier clase, puede ser arruinada por la imperfección de una sola cosa que conduzca a esa felicidad; él debe disponer de todas las piezas para alcanzarla. Sin consejo, yo no habría llegado tan lejos, sin acción y práctica, no avanzaré hacia la salud. ¿Pero cuál es la acción necesaria ahora?: purgar una retirada, una violación de la naturaleza, un debilitamiento mayor: oh caro precio, y oh extraña manera de adicionar, sustrayendo; de restaurar a la naturaleza, violando a la naturaleza; de probar la fuerza, aumentando la debilidad. ¿No estuve enfermo antes? Y es una demanda de consuelo el preguntarme ahora: ¿Fue tu físico el que te enfermó? ¿Fue eso lo que mi físico me prometió, enfermarme? Este es otro paso sobre el que podemos sostenernos, y ver más allá en la miseria del hombre, el tiempo, la estación de su miseria; debe ser dado ahora: ¡Oh super-astuta, super-vigilante, super-diligente, y super-sociable miseria del hombre, que raramente llega sola, pero que cuando puede acompaña a otras miserias, y así se colocan mutuamente en la más elevada exaltación y en el mejor corazón! Soy terreno hasta para una disminución, y debo proceder a la evacuación, caminos todos para la inanición y la aniquilación.

JOHN DONNE (1572 – 1631)


DEVOCIONES
(versión y prólogo de Alberto Girri)

DECIMOSÉPTIMA ENTREGA

XIX

Oceano tandem emenso, aspiciencia resurgit Terra; vident, justis, medici, jam cocta mederi se posse, indiciis

Por fin, los médicos, después de un largo y tormentoso viaje, ven tierra; tienen tan buenos signos de la trama de la enfermedad, que pueden proceder a purgar con seguridad

Todo esto mientras los médicos mismos han sido pacientes, esperando pacientemente el momento de ver alguna tierra en este mar, algún suelo, alguna nube, algún indicio de huellas en estas aguas. Cualquier desorden de mi parte, cualquier omisión de la de ellos refuerza la enfermedad, acelera sus furores; ninguna diligencia acelera el curso, la maduración de la enfermedad; deben quedarse hasta que la estación de la enfermedad llegue y por sí misma entre en sazón, y entonces podrán poner las manos en acción para recogerla antes que caiga, pero no pueden apresurar la maduración. ¿Por qué lo buscaríamos en una enfermedad, que es el desorden, la discordia, la irregularidad, la conmoción y rebelión del cuerpo? Apenas si sería enfermedad, si pudiera dársele órdenes y hacerla obediente a nuestras edades. ¿Por qué buscaríamos aquello en un desorden, en una enfermedad, cuando no podemos tenerlo en la naturaleza, que es tan regular, y tan fértil, tan pronta a llevar su trabajo a la perfección y a la luz? Sin embargo, no podemos despertar en enero las flores de julio, ni retardar las flores de primavera hasta el otoño. No podemos pedir a los frutos que aparezcan en mayo, ni a las hojas que asomen en diciembre. Una mujer que está débil no puede diferir su noveno mes para un décimo, con el fin de parir, ni decir que esperará hasta hallarse más fuerte; ni una reina puede apresurarlo para el séptimo, con el fin de estar pronta para otros placeres. La naturaleza (si buscamos duraderos y vigorosos efectos) no admitirá sobre ella obstáculos, ni anticipaciones, ni obligaciones; porque éstas son contractuales, y ella debe ser dejada en libertad. La naturaleza no puede ser espoleada, ni forzada a enmendar su paso; ni el poder, ni el poder del hombre; la grandeza tampoco ama esta clase de violencia. Están aquellos que han de dar, los que han de hacer justicia, los que han de perdonar, pero tienen sus propias estaciones para todo esto, y quien no lo sepa morirá de hambre antes de que ese don llegue, y se arruinará antes de que la justicia llegue, y morirá antes de que el perdón lo salve; algunos árboles no dan frutos, a menos que se les dé mucho estiércol; y de algunos no viene la justicia si no están ricamente abonados; algunos árboles requieren muchas inspecciones, mucho riego, mucho trabajo; y algunos hombres no dan su fruto sino por la insistencia; algunos árboles requieren incisiones, y podas, y cortes; algunos hombres deben ser intimidados y sindicados por comisiones, antes de que entreguen los frutos de la justicia; algunos árboles requieren el temprano y frecuente acceso al sol; algunos hombres no se abren sino por los favores y las cartas de los mediadores de las cortes; algunos árboles deben ser puestos a cubierto y conservados en el interior de las casas; algunos hombres encierran no solamente su liberalidad, sino su justicia, y su compasión, hasta que el ruego de una esposa, o de un hijo, o de un amigo, o de un sirviente, da vuelta la llave. Para un hombre, la recompensa es la estación, para otro, lo es la insistencia; el temor, la estación de un hombre, y el favor la de otro; y el que no conozca sus estaciones, ni pueda estarse en ellas, deberá perder los frutos; así como la naturaleza no lo hará, tampoco el poder y la grandeza cambiarán sus estaciones; ¿y buscaremos su indulgencia en una enfermedad, o pensaremos en desembarazarnos de ella antes de que esté en sazón? En todo este tiempo, por consiguiente, estamos en una guerra defensiva, y este es un estado dudoso; especialmente donde los que están sitiados conocen lo mejor de sus defensas, y no conocen lo peor del poder de sus enemigos; cuando no pueden componer sus armas dentro, y el enemigo puede aumentar su número afuera.

¡Oh, cuántos, muchos más míseros, y mucho más dignos de ser más míseros que yo, están sitiados por esta enfermedad, y carecen de centinelas, de cordiales que los defiendan, y perecen antes de que la debilidad del enemigo pueda invitarlos a intentar una salida, antes que la enfermedad muestre alguna declinación, o admita alguna forma de arreglo con ella! En mí, el sitio es tan poco firme que podemos salir a pelear, y a morir así en el campo de batalla, si muero, y no en la prisión.

JOHN DONNE (1572 – 1631)


DEVOCIONES

(versión y prólogo de Alberto Girri)
DECIMOSEXTA ENTREGA

XVIII

Ad inde Mortuus es, Sonitu celeri, pulsuque agitato
La campana dobla, y a través del otro me dice que estoy muerto

La campana dobla; por lo tanto el pulso ha cambiado; el tañido fue un débil, e intermitente pulso, por un lado; éste es más fuerte, indica más y mejor vida. Su alma se ha ido, y como un hombre que tuviese un arrendamiento por mil años después de haber expirado otro breve, o una herencia después de una vida de apuros, él ha entrado ahora en posesión de su mejor estado. Su alma se ha ido; ¿adónde? ¿Quién la vio entrar, quién la vio salir? Nadie; y sin embargo todos están seguros de que tenía un alma, y no tiene ninguna. Si preguntase a los puros filósofos qué es el alma, encontraría entre ellos a quienes me dirían que no es nada más que el temperamento y la armonía, y la justa y equitativa composición de los elementos en el cuerpo, que produce todas aquellas facultades que atribuimos al alma; de modo que en sí misma no sería nada, ni una sustancia separable que sobrevive al cuerpo. Ellos ven que el alma no es nada en otras criaturas, y afectan la impía humildad de pensar tan bajo del hombre. Pero si mi alma no fuese más que el alma de una bestia, yo no podría ni pensarlo; por cuanto el alma que puede reflexionar sobre sí misma, tomarse en cuenta a sí misma, es más que eso. Si yo preguntarse, no a los meros filósofos, sino a los hombres mixtos, a los filosóficos divinos, cómo el alma, siendo una sustancia diferente, entra en el hombre, encontraré algunos que me dirán que es por generación, y por procreación de los padres, porque piensan que es difícil cargar el alma con el pecado original, si el alma fuese infundida en un cuerpo, en el que necesariamente debe ensuciarse, y contraer el pecado original, lo quiera o no; y encontraré que me dirán que es por instantánea infusión de Dios, porque piensan que es difícil mantener la inmortalidad en un alma así, que sería engendrada y derivada de padres mortales. Si yo preguntase, no a algunos hombres, sino a corporaciones enteras, qué es de las almas de los justos cuando se separan del cuerpo, algunos me dirán que aguardan una expiación, una purificación en un lugar de tormentos; algunos, que aguardan el goce de la vista de Dios, en lugar de descanso, pero, sin embargo, de expectativa; algunos, que pasan a una inmediata posesión de la presencia de Dios. San Agustín estudió la naturaleza del alma, tanto como otras cosas, excepto la salvación del alma; y envió expresamente un mensajero a San Jerónimo para consultarlo acerca de algunas cosas concernientes al alma; pero se satisfacía con esto: “Que la partida de mi alma hacia la salvación sea evidente para mi fe, y me importará menos cuán oscura se para mi razón la entrada de mi alma en mi cuerpo.” Esta alma, me dice esta campana, se ha ido, ¿adónde? ¿Quién me lo dirá? No sé quién es; mucho menos lo que fue; la condición del hombre y el curso de su vida, que deberían decirme adónde se ha ido, los ignoro. No estuve en su enfermedad, ni en su muerte; no vi su camino, ni su fin, ni puedo preguntarles a quienes lo vieron, por lo tanto, para concluir, o discutir, adónde se ha ido. Pero sin embargo tengo a alguien más próximo a mí que todos ellos: mi propia caridad; le pregunto eso; y me dice: “Él ha ido al descanso, la alegría, la gloria eternos”; le debo una buena opinión; no es sino agradecida caridad en mí, porque recibí beneficio e instrucción de él cuando su campana dobló; y yo, siendo el más adecuado para orar por esa inclinación, en la que fui asistido por su oportunidad, oré por él; y no oré sin fe; y creo, caritativamente, y fielmente, que esa alma ha ido hacia el descanso, la alegría y la gloria eternos. Pero el cuerpo, ¿qué mísera es cosa tan despreciable?, no podemos expresarlo con la misma rapidez con que empeora más y más. Ese cuerpo que apenas hace tres minutos era una casa tal para el alma, que no dio sino un paso desde allí al cielo, estaba poco contenta de dejarla por el cielo; ese cuerpo ha perdido el nombre de morada, porque nadie mora en él, y se da prisa en perder el nombre de cuerpo, y disolverse en la putrefacción. ¿A quién no le afectaría ver un claro y dulce río en la mañana, convertirse en un desagüe de aguas cenagosas por la tarde, y ser condenado a la salinidad del mar por la noche? ¡Y qué imperfecto cuadro, qué débil representación es esa, del apresuramiento del cuerpo humano hacia la disolución! Ahora todas las partes construidas, unidas por un alma hermosa, no son sino una estatua de yeso, y al instante esos miembros se disuelven, como si el yeso fuera nieve; y al instante toda la casa no es sino un puñado de arena, otro tanto de polvo, y nada más que un montón de desperdicios, y otro tanto de huesos. Si aquel que, como la campana me dice, ya se ha ido, fuera algún excelente artífice, ¿quién vendría ahora a él por un reloj, o por un adorno?, ¿o por un consejo, si fuera un abogado?, ¿o por justicia, si fuera un magistrado? El hombre, antes de poseer su alma inmortal tuvo un alma de los sentidos, y antes de éste, un alma vegetativa; esta alma inmortal no prohibió a las demás almas permanecer en nosotros antes, pero cuando esa alma se marcha arrastra todo con ella; no más lo vegetativo, no más los sentidos; tal suegra es la tierra, en relación con nuestra madre natural; en su vientre crecimos, y cuando nos dio a luz fuimos colocados en algún sitio, en algún oficio en el mundo; en el vientre de la tierra nos reducimos, y cuando ella nos da a luz, y nuestra tumba se abre para otro, no somos trasplantados, sino aventados, soplado nuestro polvo junto con el polvo profano, por cualquier viento.

JOHN DONNE (1572 – 1631)



DEVOCIONES
(versión y prólogo de Alberto Girri)
  
DECIMOQUINTA ENTREGA
  
XVII

Nunc lento sonito dicunt, Morieris
Ahora, esta campana doblando suavemente por otro, me dice: Debes morir

Acaso aquel por quien esta campana dobla, esté tan enfermo que no sepa que dobla por él, y acaso yo creo estar mucho mejor de lo que estoy, tanto que los que me rodean, y ven mi estado, pueden haberla hecho doblar por mí, y yo lo ignoro. La iglesia es católica, universal, y así lo son sus acciones; todo lo que ella hace, pertenece a todos. Cuando bautiza a un niño, esa acción me concierne; pues ese niño está ahora unido a esa Cabeza que también es mi cabeza, e injertado en ese cuerpo, del cual yo soy un miembro. Y cuando entierra a un hombre, esa acción me concierne; toda la humanidad pertenece a un solo autor, y es un solo volumen; cuando un hombre muere, un capítulo no es arrancado del libro, sino traducido a un idioma mejor; y cada capítulo debe ser traducido así; Dios emplea muchos traductores; algunos trozos son traducidos por la edad, algunos por la enfermedad, algunos por la guerra, algunos por la justicia; pero las manos de Dios están en cada traducción; y su mano encuadernará nuevamente todas nuestras hojas dispersas, para aquella Biblioteca donde cada libro yacerá abierto junto a otro; así como la campana que dobla para un sermón, no llama solamente al predicador, sino a la congregación para que acuda, también esta campana nos llama a todos; pero cuánto más a mí, que soy llevado tan cerca de la puerta por esta enfermedad. Hubo una disputa, y hasta una petición (en las que se mezclaron piedad y dignidad, religión y estima), sobre cuál de las órdenes religiosas debía tañer para oraciones primero en la mañana; y se determinó que tañerían primero las que se levantaran antes. Si entendemos rectamente la dignidad de esta campana que dobla para nuestra oración matutina, nos alegraríamos de hacerla nuestra, levantándonos temprano con esa petición, de que pueda ser tan nuestra como de aquel a quien realmente pertenece. La campana debe doblar por aquel que piensa en ello; y aunque se interrumpa de nuevo, sin embargo, por este minuto que en esta ocasión obró, él se une a Dios. ¿Quién no dirige la mirada al sol cuando éste se alza?; ¿pero quién aparta sus ojos de un cometa cuando éste aparece? ¿Quién no presta oídos a cualquier campana, en cualquier circunstancia en que ésta dobla?; ¿pero quién puede alejarse de esa campana que da paso a un trozo de él mismo fuera de este mundo? Ningún hombre es una isla, completa en sí misma; cada hombre es un trozo del continente, una parte del todo; si un terrón fuese arrastrado por el mar (y Europa es el más pequeño), sería lo mismo que si fuese un promontorio, que si fuese una finca de tus amigos o tuya propia; la muerte de cualquier hombre me disminuye, porque yo estoy involucrado en la humanidad; y, en consecuencia, no envíes nunca a preguntar por quién doblan las campanas; doblan por ti. Ni podemos tampoco llamar a esto un pedido de miseria o un préstamo de miseria, como ni fuéramos lo bastante miserables en nosotros mismos, sino que debiéramos ir a buscar más a la casa de al lado, haciéndonos cargo de la miseria de nuestros vecinos. Verdaderamente sería una disculpable avidez si lo hiciéramos; porque la aflicción es un tesoro, y apenas si cada hombre tiene bastante. Ningún hombre tiene aflicción bastante sin estar maduro, y en sazón, y hecho para Dios por esa aflicción. Si un hombre acarrea un tesoro en metálico, o en lingote de oro, y no tiene nada acuñado en moneda corriente, su tesoro no será gastado mientras él viaja. La tribulación es un tesoro en su naturaleza, pero no es moneda corriente en su empleo, excepto que nos ayuda a estar cada vez más cerca de nuestro hogar, el cielo. Otro hombre puede estar también enfermo, y enfermo de muerte, y esta aflicción puede yacer en sus entrañas, como el oro en una mina, y ser inútil para él; pero esta campana, que me habla de su aflicción, extrae, y me administra a mí ese oro, si por esta consideración del peligro en otros contemplo el mío propio, y me aseguro a mí mismo, recurriendo a mi Dios, que es nuestra sola seguridad.

JOHN DONNE (1572 – 1631)


DEVOCIONES

(versión y prólogo de Alberto Girri)
DECIMOCUARTA ENTREGA

XVI

Et properare meum clamant, è Turre propinqua, Obstreperae Campanae aliorum in funere, funus
Las campanas de la Iglesia vecina diariamente me recuerdan mi entierro en los funerales de los demás

Tenemos a mano un autor que escribió un discurso sobre las campanas cuando estuvo prisionero en Turquía. Cuánto pudo haberse extendido, si hubiera sido mi compañero de prisión en este lecho de enfermedad, tan cerca de ese campanario, que nunca cesa de tañer, no más que la armonía de las esferas, pero más oído. Cuando los turcos tomaron Constantinopla, fundieron las campanas en cañones, pero ninguna de ellas me ha impresionado tanto como estas campanas. He yacido cerca de un campanario, en el cual se dice que hay más de treinta campanas; y cerca de otro, donde hay una tan grande que se dice que el badajo pesa más de seiscientas libras, y sin embargo nunca me sentí tan impresionado como aquí. Aquí apenas si pueden las campanas solemnizar el funeral de alguna persona, pero yo ya sé que la conocí, o sé que era vecina mía; vivimos una vez en casas cercadas una de la otra, pero ahora él ha dio a esa casa a la que debo seguirlo. Hay una manera de corregir a los hijos de grandes personajes, y es que otros niños sean castigados en lugar de ellos, y en sus nombres, y esto obra sobre ellos, que por cierto merecían más el castigo. Y cuando estas campanas me dicen que, ya uno, ya otro, son enterrados, ¿no debo reconocer que han recibido el castigo que yo merezco, y pagado la deuda que yo debo? Hay un cuento sobre la campana de un monasterio, la cual, cuando alguien de los de la casa estaba enfermo de muerte, sonaba siempre voluntariamente, y así se sabía lo inevitable del hecho. Sonó una vez, cuando nadie estaba enfermo; pero al día siguiente uno de los de la casa se cayó del campanario, murió, y la campana conservó la reputación de profética. Si estas campanas que llaman ahora a un funeral, no estuvieran destinadas a nadie, ¿no podría ser yo, a la hora del funeral, quien les proporcionara su finalidad? ¿Cuántos hombres que asisten a una ejecución, si preguntaran por qué muere ese hombre, no escucharían condenar sus propias faltas, y se verían ellos mismos ejecutados por procuración? Apenas oímos de un hombre que se destaca pensamos en nosotros, que muy bien podríamos haber sido ese hombre; ¿por qué no podría yo haber sido ese hombre, que ahora es conducido a su tumba? ¿Podría yo aprestarme a estar de pie, o sentado en el lugar de cualquier hombre, y no para yacer en la tumba de alguno? Puedo carecer de muchas de las partes buenas de los más humildes, pero no me falta nada de la mortalidad de los más débiles; ellos pueden haber adquirido mayores talentos que yo, pero yo nací destinado a tantos achaques como ellos.

Ser un beneficiario acostado en una tumba, ser un doctor enseñando mortificación con el ejemplo, muriendo; aunque yo tenga antecesores, y otros sean mayores que yo, sin embargo yo he cursado aceleradamente en una buena universidad, y avanzado un gran trecho en poco tiempo, mediante la ayuda de una vehemente fiebre; y quienquiera fuese el que estas campanas entierran hoy, si él y yo hubiésemos sido comparados ayer, acaso yo hubiera sido estimado, entonces, el más a propósito para adelantármele. Dios ha conservado en sus propias manos el poder de la muerte, para que nadie pueda sobornar a la muerte. Si el hombre conociera el beneficio de la muerte, el alivio de la muerte solicitaría, provocaría a la muerte para que lo auxilie, por cualquier medio que pudiera emplear. Pero tal como, cuando los hombres ven a muchos de su misma profesión ensalzados, brota la esperanza de que eso pueda ocurrirles a ellos, así también, cuando estas frecuentes campanas me dicen de tantos funerales de hombres como yo, me manifiestan, no un deseo de que venga, sino un consuelo cuando quiera que el mío llegue.

JOHN DONNE (1572 – 1631)


DEVOCIONES

(versión y prólogo de Alberto Girri)
DECIMOCUARTA ENTREGA

XV

Intereà insomnes noctes Ego duco, Diesque
No duerme ni de día ni de noche

Los hombres corrientes han concebido un doble uso del sueño; que es un alivio del cuerpo en esta vida; que es una preparación del alma para la próxima; que es una fiesta, y la gracia de esa fiesta; que es nuestro esparcimiento, y nos regocija, y es nuestro catecismo y nos instruye; y yacemos en la esperanza de que nos levantaremos más fuertes; y yacemos en la inteligencia de que no hemos de alzarnos más. El sueño es un opio que nos da descanso, pero un opio que, acaso, sometido a él, no nos despertaremos más. Pero aunque los hombres corrientes, que han inducido consideraciones secundarias y metafóricas, han hallado este segundo, este emblemático uso del sueño, de que es una representación de la muerte; Dios, quien forjó y perfeccionó su obra, antes de que la naturaleza comenzara (porque la naturaleza no fue sino su aprendiz, que aprendió en los primeros siete días, y ahora es su capataz, y trabaja bajo sus órdenes), Dios, decía, destinó el sueño solamente para alivio del hombre mediante su descanso corporal, y no como imagen de la muerte, porque todavía no había pensado en la muerte. Pero habiendo el hombre provocado la muerte sobre sí mismo, Dios ha tomado esa criatura del hombre, la muerte, en sus manos y la ha mejorado; y por cuanto tuvo temible forma y aspecto, y el hombre se horrorizó de su propia criatura, Dios se la presentó en una familiar, en una asidua, en una agradable y aceptable forma, como sueño, de modo que cuando el hombre despierta, y se dice a sí mismo: “No estaré de otra manera, cuando haya muerto, que como estuve ahora, mientras dormía”, puede avergonzarse de sus sueños al despertar, y de su melancólica fantasía de una horrible y espantosa figura de esa muerte que tanto se asemeja al sueño. Así como necesitamos del sueño para vivir nuestros setenta años, también necesitamos de la muerte para vivir esa vida que no podemos sobrevivir. Y así como, siendo la muerte nuestro enemigo, Dios nos permite defendernos en contra de ella (ya que nos avituallamos en contra de la muerte dos veces por día, cuando comemos), también Dios, habiendo dulcificado, como lo ha hecho, nuestra muerte en sueño, nos pone en manos de nuestro enemigo una vez por día; en la medida en que el sueño es muerte; y el sueño es tan muerte como el alimento es vida. Tal es, pues, la miseria de mi enfermedad, que la muerte, conforme es creada por mí mismo, y es mi propia criatura, está ahora ante mis ojos, pero en la forma en que Dios la ha mitigado para nosotros, y la ha hecho aceptable, en sueño, no puedo verla; ¡cuántos prisioneros, que han cavado ellos mismos sus tumbas en esta tierra, sobre la que han yacido tanto tiempo bajo fuertes grillos, sin embargo en esta hora están dormidos, aunque todavía trabajen sobre sus propias tumbas con su propio peso! El que ha visto a su amigo morir hoy, o sabe que lo verá morir mañana, se hunde sin embargo en un sueño intermedio. Yo no puedo; y, oh, si ahora estoy entrando en la eternidad, donde ya no habrá diferencia de horas, ¿por qué me ocupo ahora de la marcha de los relojes?; ¿por qué ninguna de las opresiones de mi corazón le son ahorradas a mis párpados, para que puedan caer como caerá mi corazón? ¿Y por qué, puesto que he perdido mi placer en todas las cosas, no puedo interrumpir la facultad de verlas, cerrando mis ojos en el sueño? Pero, ¿por qué, ya que estoy entrando en esa presencia, donde estaré continuamente despierto y nunca más dormiré, no interpreto mi estar continuamente despierto aquí, como una parascelve, y una preparación para aquello?

JOHN DONNE (1572 – 1631)



DEVOCIONES

(versión y prólogo de Alberto Girri)

DECIMOTERCERA ENTREGA

XIV

Idque notant Criticis, Medici evenisse Diebus
Los médicos observan por esos accidentes que han comenzado los días críticos

Yo no haría al hombre peor de lo que es, ni su condición más miserable de la que es. ¿Pero podría, aunque lo quisiera? Así como el hombre no puede linsojear a Dios, ni sobrevalorarlo, tampoco puede el hombre agraviar al hombre, ni menospreciarlo. De modo que mucho debe hacérsele tener presente a su memoria que aquellas felicidades, que tiene en este mundo, poseen sus tiempos, y sus estaciones, y sus días críticos, y son juzgadas, y denominadas de acuerdo con los tiempos, cuando nos sobrevienen. ¡De qué pobres elementos están hechas nuestras dichas, si el tiempo, el tiempo que apenas podemos considerarlo cosa alguna, es parte esencial de nuestra felicidad! Todas las cosas se hacen en algún lugar; pero si consideramos que el lugar no es más que las huecas superficies del aire, ¡ay, qué delgada, y fluida cosa es el aire, qué delgada película es una superficie, y una superficie de aire! Asimismo, todas las cosas son hechas en el tiempo; pero si consideramos que el tiempo no es sino la medida del movimiento, como quiera que parezca tener tres estaciones: pasado, presente y futuro, y la primera y la última de ellas no existen (una ya no existe ya, y la otra no existe todavía), y que lo llamáis presente no es ahora lo mismo que era cuando empezásteis a llamarlo así en esta frase (antes de que pronunciéis esa palabra, presente, o esa palabra, ahora, el presente y el ahora ya son pasado); si este imaginario medio-nada, el tiempo, es la esencia de nuestras dichas, ¿cómo pensar que puedan ellas ser duraderas? El tiempo no lo es, ¿cómo podrían serlo ellas? El tiempo no lo es; no lo es, considerado en cualquiera de sus partes. Si consideramos la eternidad, en ella nunca entró el tiempo; la eternidad no es un interminable fluir de tiempo; pero el tiempo es un pequeño paréntesis en un largo período; y la eternidad sería la misma que es, aunque el tiempo nunca hubiera sido; si consideramos, no la eternidad sino la perpetuidad, no aquella que no tuvo tiempo para comenzar en él, sino la que sobrevivirá al tiempo y seguirá siendo cuando el tiempo ya no sea más, ¡qué minuto es la vida de la criatura más duradera, comparada con aquella! ¡Y qué minuto es la vida del hombre comparada con la de los soles, o la de un árbol!, y sin embargo, qué pequeña parte de nuestra vida es la ocasión, la oportunidad de acoger en ella al bien; ¡y qué poco de esa ocasión aprehendemos, y retenemos! ¡Qué laboriosa y complicada telaraña es la felicidad del hombre aquí, que debe ser hecha con cuidado para asir esa ocasión, que no es más que un trocito de lo que es nada, el tiempo! Y sin embargo, las mejores cosas son nada sin eso. Los honores, los placeres, las posesiones, que nos son presentados fuera de tiempo, en nuestra decrépita, y desabrida, y torpe edad, pierden su destino y pierden su nombre; no son para nosotros honores los que nunca aparecerán, ni se divulgarán ante los ojos del pueblo, que recibe el honor de quien se los otorga; ni son placeres para nosotros, que ya nos apartamos de su posesión. La juventud es el día crítico de ellos, la que los juzga, la que los denomina, la que los anima, y hace de ellos honores y placeres, y posesiones; y cuando ellos llegan en una edad avanzada, llegan como el cordial cuando ya dobla la campana, como un perdón cuando la cabeza ya ha sido cortada. Nos regocijamos con el bienestar del fuego, ¿pero permanece alguien junto a él en mitad del verano? Nos alegramos de la frescura, y la calma en una bóveda, ¿pero celebra alguien su Navidad allí, o son los placeres de la primavera bien recibidos en otoño? Si la felicidad reside en la estación o en el clima, cuánto más dichosos que el hombre son los pájaros, que pueden cambiar de clima, y acompañan, y gozan de la misma estación siempre.

JOHN DONNE (1572 – 1631)


DEVOCIONES

(versión y prólogo de Alberto Girri)

DUODÉCIMA ENTREGA

XIII

Ingeniumque malum, numeroso stigmate, fassus Pellitur ad pectus, Morbique Suburbia, Morbus
La enfermedad manifiesta su infección y malignidad por medio de manchas

Decimos que el mundo está hecho de mar, y tierra, como si fuera iguales; pero sabemos que hay más agua en el hemisferio occidental que en el oriental. Decimos que el firmamento está colmado de estrellas, como si se hallase equitativamente colmado, pero sabemos que hay más estrellas bajo el Polo Norte que bajo el Polo Sur. Decimos que los componentes del hombre son miseria y felicidad, como si él tuviera igual proporción de ambas, y que sus días son alternados, como si tuviera tantos días buenos como malos, y viviera bajo una perpetua noche equinoccial y un día equivalente, la buena y la mala fortuna en la misma medida. Pero lejos está él de eso; él bebe miseria, y prueba la felicidad; y, lo que es peor, su miseria es categórica y dogmática, y su felicidad es sólo discutible y problemática. Todos los hombres llaman miseria a la miseria, pero la felicidad cambia de nombre con el gusto de cada hombre. En este accidente que ahora me sobreviene, de que esta enfermedad manifieste por sus manchas ser una enfermedad maligna y pestilente, si existe algún consuelo en la declaración, ya que con eso los médicos ven más claramente lo que han de hacer, puede haber igual desconsuelo en ello, en que la malignidad sea tan grande que con todo lo que pueden hacer nada hagan. Que un enemigo se manifieste, pues, cuando es capaz de subsistir, y de perseguir, y de llevar a cabo sus fines, no es gran consuelo. En las conspiraciones intestinas, las confesiones voluntarias son mejores son mejores que las confesiones en el potro de tormento; en estas infecciones, cuando la naturaleza misma confiesa, y vocea por estas declaraciones externas que es capaz de expresar por sí misma, proporciona consuelo; pero cuando lo hace por la fuerza de los cordiales, es como una confesión en el potro del tormento, por lo cual, aunque conozcamos la malicia de ese hombre, no sabemos, sin embargo, si habrá tanta malicia después en su corazón como antes de confesar; estamos seguros de su traición pero no de su arrepentimiento, seguros de él, pero no de sus cómplices. Es débil consuelo saber lo peor cuando lo peor es irremediable, y más débil consuelo aun es el saber de un mucho mal y no saber que es el peor. Una mujer es consolada por el nacimiento de un hijo, su cuerpo es aliviado de una carga; pero si ella pudiera proféticamente leer su historia, saber cuán malvado será como hombre, acaso como hijo, ella experimentaría, recibiría una carga más grande en su espíritu. Apenas hay alguna adquisición que no esté obstaculizada por secretos estorbos; apenas hay alguna felicidad que no tenga en sí tanto de la naturaleza de una moneda falsa y baja, en que hay más aleación que metal. Más aun, ¿no es también así (al menos muy propicio a ello), en el ejercicio de las virtudes? Debo ser pobre, y necesitado. Antes de poder ejercer la virtud de la gratitud; miserable y atormentado antes de poder ejercitar la virtud de la paciencia. ¿A qué profundidad cavamos, y por qué oro tan tosco? ¿Y qué otra prueba tenemos de nuestro oro, sino la comparación? Así seamos tan felices como otros, o como nosotros mismos en otro tiempo; ¡oh pobre paso hacia la mejoría, cuando estas manchas sólo nos dicen que estamos peor de lo que antes creíamos estar con seguridad!

JOHN DONNE (1572 – 1631)



DEVOCIONES
(versión y prólogo de Alberto Girri)

UNDÉCIMA ENTREGA

XII

Spirante Columba Supposita pedibus, revocantur ad ima vapores
Aplican pichones de paloma, para extraer los vapores de la cabeza

¿Qué no matará a un hombre, si un vapor lo hace? ¡Qué grande que es el elefante, qué pequeño el ratón que lo destruye! Morir por una bala es el cotidiano para el soldado, pero pocos hombres mueren por una salva de artillería; un hombre vale más que para ser vendido por simple dinero; una vida es para ser valorada por encima de una bagatela. Si hubiera una violenta conmoción del arte por el trueno, o por el cañón, en ese caso el aire se condensa sobre el espesor del agua, de agua endurecida en hielo, casi petrificada, casi convertida en piedra, y no hay que extrañarse de que eso sea mortal; pero que aquello que no es más que un vapor, y un vapor no forzado sino respirado, deba matar, que nuestra nodriza nos abrigue y que el aire que nos nutre pueda destruirnos, así como es sólo ateísmo a medias el murmurar en contra de la naturaleza, que es la comisionada inmediata de Dios, ¿quién no se hallará miserable de hallarse en manos de la naturaleza, que no sólo lo erige como un blanco para que los demás disparen sobre él, sino que se complace en soplarlo como a un cristal, hasta verlo romperse con su propio aliento?; más aun, si este vapor infeccioso fuera buscado ávidamente, o con afán, como Plinio fue tras los vapores del Etna, y se atrevió a desafiar a la muerte, bajo la forma de un vapor, a que causase su daño, y sintió el daño, y murió; o si este vapor nos sorprendiera en una emboscada, saliendo de un pozo largo tiempo cerrado, o de una mina recién abierta, quién se lamentaría, quién sería acusado, cuando a nadie podríamos acusar sino a la fortuna, que es menos que un vapor; pero cuando nosotros mismos somos el pozo que exhala esa emanación, el horno que escupe es ardiente humareda, la mina que vomita esa sofocante, y asfixiante humedad, ¿quién después de esto no agravará su dolor por esta circunstancia, que fue su vecino, su familiar amigo, su hermano, que lo destruyó, y lo destruyó con un susurrante, un injurioso hálito, cuando vemos que nosotros mismos nos hacemos lo propio por similares medios, y nos matamos con nuestros propios vapores? O si estas ocasiones de autodestrucción tienen alguna contribución de nuestras propias voluntades, alguna asistencia de nuestras propias intenciones, más aun, de nuestros propios errores, podríamos repartir la reprimenda y reprendernos a nosotros mismos tanto como a aquéllos. Las fiebres sobre las intencionadamente intemperantes en la bebida, y la comida, las consunciones sobre los desenfrenados, y los licenciosos, la locura por el extravío y los excesos de nuestras facultades naturales, proceden de nosotros, y es así que, estando nosotros mismos en la trama, somos no solamente pasivos, sino también activos, en nuestra propia destrucción; ¿pero qué he hecho yo, sea para engendrar, sea para respirar esos vapores? Me dicen que se deben a mi melancolía; ¿infundí yo, bebí yo melancolía en mí mismo? Es mi condición de meditativo; ¿no fui hecho para pensar? Es mi estudio; ¿no me inclina a él mi vocación? Nada he hecho voluntariamente, perversamente, para ello, y sin embargo, debo sufrirlo, morir de ello; hay demasiados ejemplos de hombres que han sido sus propios verdugos, y que han caído en penosos desvíos por serlo; algunos han llevado siempre veneno consigo, en un anillo hueco colocado en su dedo, y algunos en la pluma con que solían escribir; algunos se han destrozado los sesos contra los muros de su prisión, y algunos han tragado el fuego de sus chimeneas, y de uno se dice que está más próximo aun a nuestro caso, por haberse estrangulado, atadas las manos, quebrando su cuello entre las rodillas; pero yo en nada atento contra mí mismo, y sin embargo soy mi propio verdugo. Y hemos oído de muertes por circunstancias menudas, y por instrumentos despreciables: un alfiler, un peine, un cabello, arrancado, que se ha gangrenado y ha matado; pero cuando he dicho vapor, si nuevamente me preguntaban qué es un vapor, no sabría decirlo, tan insensible cosa es, tan cercana a la nada, que nos reduce a la nada. Pero derramemos este vapor, rarifiquémoslo; desde una habitación tan estrecha como nuestros cuerpos naturales, hasta un cuerpo político, un Estado. Lo que en nosotros es emanación, en un Estado es rumor, y estos vapores en nosotros, que aquí consideramos maligna e infecciosas emanaciones, en un Estado son rumores infecciosos, detractores y deshonrosas calumnias, libelos. El corazón en este cuerpo es el Rey; y el cerebro su Consejo; y la magistratura íntegra, que todo lo conserva unido, son los tendones, que de esta forma actúan; y la vida de todo ello es el Honor, y el justo respeto, y la debida reverencia; y en consecuencia, cuando estos vapores, estos venenosos rumores, son dirigidos en contra de esas partes nobles, el cuerpo todo sufre. Pero no obstante todos sus privilegios, no tienen prerrogativas contra nuestra miseria; que así como los vapores más perniciosos para nosotros salen de nuestros propios cuerpos, así también los más deshonrosos rumores, y aquellos que más hieren a un Estado, nacen de él mismo. ¿Qué aire maligno, que pude haber tomado en la calle, qué canal, qué matadero, qué muladar, qué bóveda, podría herirme tanto con estos vapores engendrados en mí mismo? ¿Qué fugitivo, qué parásito de cualquier Estado extranjero puede hacer tanto daño como un difamador, un libelista, un despreciable bufón en el propio país? Pues, así como los que escriben de venenos, y de criaturas naturalmente dispuestas para la ruina del hombre, mencionan también a la pulga junto a la serpiente, porque la pulga, aunque no mata a nadie, hace tanto daño como puede, así también esos libelistas y licenciosos bufones emiten el veneno que tienen, aunque a veces la virtud, y siempre el Poder, sea un buen pichón para extraer ese vapor de la Cabeza, e impedirle cumplir allí un daño mortal.

JOHN DONNE (1572 – 1631)


DEVOCIONES
(versión y prólogo de Alberto Girri)
 DÉCIMA ENTREGA

XI

Nobilibusque trahunt, a cincto Corde, venemum, Succis et Gemmis, et quae generosa, Ministrant Ars, et Natura, instillant
Apelan al cordial, para preservar al corazón del veneno y la virulencia de la enfermedad

¿De dónde extraeremos un argumento mejor, una demostración más clara, de que toda la grandeza de este mundo está fundada sobre la opinión ajena, y no tiene en sí ser real, ni facultad de existir, sino del corazón del hombre? Siempre está en acción, y en movimiento, aun ocupado, aun pretendiendo hacerlo todo, supliendo todos los poderes y facultades con todo lo que éstos suponen; pero si un enemigo se atreve a levantarse en contra de él, él es el que más prontamente está en peligro, el que más pronto es derrotado. El cerebro resistirá más que él, y el hígado más que éste; ambos soportaran un asedio, pero una calentura innatural, una calentura rebelde, hará estallar el corazón, como una mina, en un minuto. Pero como quiera que sea, puesto que el corazón tiene el mayorazgo y la primogenitura, y es de nosotros el hijo mayor de la naturaleza, la parte que primero nace a la vida en el hombre, y puesto que las demás partes, como hermanos menores y sirvientes en esta familia, dependerán de él, esa es la razón por la cual el principal cuidado ha de ser para él, ya que no es el órgano más fuerte, así como el mayor no es a menudo el más vigoroso de la familia. Y puesto que el cerebro, y el hígado, y el corazón, no constituyen un triunvirato en el hombre, una soberanía igualmente distribuida entre ellos, para su bienestar, como lo hacen los cuatro elementos para su propio existir, sino que sólo el corazón es el soberano, y está en el trono, como un rey, los otros como súbditos, aunque en lugar y cargos eminentes, deben cooperar con aquél, como los hijos con sus padres, como las personas de toda condición con sus superiores, aunque a menudo esos padres, o esos superiores, no sean más fuertes que quienes les sirven y obedecen; ni recae esta obligación sobre nosotros por idénticos dictados de la naturaleza, o derivadas de las naturaleza, por raciocinio (así como muchas nos obligan aun por la ley de la naturaleza, pero no por la ley primera de la naturaleza; como todas las leyes de propiedad sobre lo que poseemos están en la ley de la naturaleza, que consiste en dar a cada cual lo suyo, no obstante que en la ley primera de la naturaleza no había propiedad, ni mío ni tuyo, sino una universal comunidad sobre todo; así, la obediencia a los superiores está en la ley de la naturaleza, y sin embargo en la ley primera de la naturaleza no había ni superioridad ni magistratura); pero esta cuota de asistencia de todos al soberano, de todas las partes al corazón, emana de los primerísimos dictados de la naturaleza; que son, en primer lugar, cuidar de nuestra propia conservación, ocuparnos ante todo de nosotros mismos, y en consecuencia el médico debe interrumpir el cuidado presente del cerebro, o del hígado, porque existe una posibilidad de que subsistan aunque no se tenga un presente y particular cuidado de ellos, pero no hay posibilidad de que subsistan si el corazón perece; y así, cuando parece que comenzamos por los otros en tal asistencia, en realidad comenzamos por nosotros, y nosotros somos nuestra principal contemplación; y así, todas estas oficiosas y mutuas asistencias no son sino complementarias para con los demás, y nosotros mismos es nuestro verdadero fin. Y esta es la recompensa de las penas de los reyes; a veces necesitan el poder de la ley para ser obedecidos, y cuando parece que son obedecidos voluntariamente, quienes lo hacen, lo hacen por ellos mismos. ¡Oh, que poca cosa es la grandeza del hombre, y mediante qué falsos cristales la tergiversa para multiplicarla y aumentarla ante sí mismo! Y sin embargo, esta es otra miseria de ese rey del hombre, el corazón, aplicable también a los reyes de este mundo, grandes hombres: el veneno y la virulencia de toda enfermedad maligna se dirige al corazón, lo afecta (perniciosa afección), y la malignidad de los malvados se dirige también en contra de los más grandes, y de los mejores; y no sólo la grandeza, sino la bondad, pierden el poder de ser un antídoto, o un cordial, en contra de ello. Y así como los más nobles, y más generosos cordiales de la naturaleza o el arte pueden proporcionar, o preparar, si se toman a menudo, y se vuelven familiares, dejan de ser cordiales, no producen ningún efecto especial, así el cordial más grande del corazón, la paciencia, si se ejerce demasiado exalta el veneno y la virulencia del enemigo, y cuanto más sufrimos, más somos injuriados. Cuando Dios hizo esta tierra de la nada, poca ayuda fue que tuviera que hacer las otras cosas con esta tierra: nada está más cerca de la nada que esta tierra; y sin embargo, ¡qué poco de esta tierra es el más grande de los hombres! Él piensa que pisa esta tierra, que ésta se halla bajo sus pies, y el cerebro que así piensa no es sino tierra; su región más alta, la carne que la cubre, no es sino tierra; y aun el coronamiento de aquélla, del que tantos Absalones se enorgullecen, no es más que un arbusto creciendo sobre ese césped de tierra. ¡Qué poco es la tierra en el mundo!, y sin embargo es todo aquello por lo cual es; y está continuamente sujeto, no sólo a venenos extraños, trasmitidos por otros, pero también a venenos internos, engendrados en nosotros por las enfermedades malignas. ¿Oh, quién, si ante sí tuviera un ser, y tuviera sentido de esta miseria, compraría un ser aquí, en esas condiciones?

JOHN DONNE (1572 – 1631)


DEVOCIONES
(versión y prólogo de Alberto Girri)
NOVENA ENTREGA
X
Lente et serpenti satagunt ocurrere Morbo
Hallan que la enfermedad se desliza insensiblemente, y se esfuerzan en ir a su encuentro
  
Este es el juego de cajas de la naturaleza; los cielos contienen la tierra, la tierra, ciudades, las ciudades, hombres. Y todos son concéntricos; el centro común a todo es decadencia, ruina; sólo es excéntrico lo que nunca fue hecho; sólo aquel lugar, o más bien ropaje, que podemos imaginar pero no demostrar. Esa luz es la verdadera emanación de la luz de Dios, en la que morarán los santos, con la cual los santos serán vestidos, sólo ella no se somete a este centro, a la ruina; lo que no fue hecho con nada, no está amenazado por esa aniquilación. Todas las demás cosas lo están; aun los ángeles, aun nuestras almas; estas se mueven entre los mismos polos, se inclinan hacia el mismo centro; y si no fueran hechas inmortales por la conservación, su naturaleza no podría guardarlas de hundirse en este centro, en la aniquilación. En todos éstos (el marco de los cielos, los Estados sobre la tierra, y los hombres en ello, todo comprendido), son esos los más grandes daños, los menos discernibles; los más insensibles en sus medios llegan a ser los más sensibles en sus fines. Los cielos tuvieron su hidropesía, ahogaron al mundo, y tendrán su fiebre, e incendiarán al mundo. De la hidropesía, el diluvio, el mundo supo 120 años antes de que sucediera, por lo que algunos se previnieron contra ello y fueron salvos; la fiebre estallará en un instante, y lo consumirá todo; la hidropesía no dañó los cielos, de donde cayó, no apagó esas luces, no extinguió esos calores; pero la fiebre, el fuego, devorará al horno mismo, aniquilará a esos cielos que lo han exhalado; aunque Sirio, la estrella, posea un aliento pestilente, como sabemos cuando aparecerá, nos abrigamos; y nos ponemos a dieta, y nos refugiamos con adecuada prevención; pero los cometas y meteoros, cuyos efectos, o significado, nadie puede interrumpir o anular, ningún hombre los previó; ningún calendario nos dice cuándo estallará un meteoro, la cuestión es mantenida en secreto; ningún astrólogo nos dice cuándo se cumplirán los efectos, porque ese es un secreto de una esfera más elevada que el otro; y lo más secreto es lo más peligroso. Lo mismo ocurre aquí en las sociedades humanas, en los Estados, y en las repúblicas. Veinte tambores rebeldes no producen un estruendo tan peligroso como unos pocos murmuradores, y conspiradores secretos por los rincones. El cañón no causa tanto daño a una muralla como una mina por debajo de ésta; ni tanto mil enemigos que amenazan cuanto unos pocos que se juramentan para no decir nada. Dios conoció muchos graves pecados del pueblo, en el desierto y después de él, pero sólo lo acusa de éste: de murmurar, murmurar en sus corazones secretas desobediencias, secretas repugnancias en contra de su voluntad declarada; y estos son los más mortales, los más perniciosos. Y así es también con las enfermedades del cuerpo; y ese es mi caso. El pulso, la orina, la transpiración, todos han jurado no decir nada, no dar ninguna indicación acerca de cualquier enfermedad peligrosa. Mis fuerzas no están debilitadas, no hallo declinación en mi vigor; mis abastecimientos no están cortados, no encuentro repugnancias en mi apetito; mi consejo no está corrompido o entontecido, no encuentro falsas aprensiones que actúen sobre mi entendimiento; y sin embargo ellos ven que, invisiblemente, y yo siento que, insensiblemente, la enfermedad predomina. La enfermedad ha instaurado un reino, un imperio en mí, y seguramente tendrá algunos Arcana Imperii, secretos de Estado, de acuerdo con los cuales obrará sin estar obligada a declararlos. Pero aun en contra de esas secretas conspiraciones en el Estado, el juez dispone del potro del tormento; y en contra de las enfermedades insensibles, los médicos tienen a sus examinadores; y es a éstos a quienes ahora emplean.
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