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martes

FILOSOFÍA EN TIM BURTON: LA CATEGORÍA DEL OUTSIDER

 


por Carlos Javier González Serrano 

 

El nombre de Tim Burton despierta distintas reacciones –aunque -estas no sean, para bien o para mal, de signo moderado-. Las películas que Burton ha dirigido o producido a lo largo de su carrera en la industria del cine hacen referencia a un evocador universo, absolutamente personal, que provoca muy diferentes emociones en quienes deciden compartir su tiempo con Eduardo Manostijeras, Vincent, Alicia o Batman.

 

A juicio de Javier Figuero, autor del fantástico y documentado libro Los inadaptados de Tim Burtonel outsider se ha convertido en el héroe arquetípico de la filmografía de Tim Burton, que ha hecho del inadaptado social una premisa dramática propia. Sus fuentes de inspiración engloban mitos, leyendas, historias de la literatura romántica, cuentos de hadas y relatos de fantasmas de Poe o Maupassant, sin olvidar nunca los clásicos cinematográficos de terror y fantasía.

 

El germen creativo del cineasta –asegura Figuero– está lleno de personajes extraños, raros, rechazados, solitarios; inadaptados en definitiva. Entes monstruosos para la sociedad, en quienes, sin embargo, Tim Burton descubre una ternura y sensibilidad especiales.

 

Esta figura tan paradigmática del outsider hace referencia a alguien que vive en los límites del sistema social y/o familiar. Aceptado problemática y a veces violentamente por la mayoría (como blanco de juegos y burlas), en general tolerado, pero nunca completamente integrado en una comunidad. El outsider es un individuo raro, distinto y extraño, alguien proclive a tener problemas con el contexto en que vive, especialmente si causa algún problema o trata de pertenecer al sistema como miembro de pleno derecho. Lo vemos, por ejemplo, en Eduardo Manostijeras o en su primer y entrañable cortometraje, Vincent, donde los protagonistas quedan finalmente relegados al aislamiento y la soledad. No hay espacio para ellos en una sociedad que ni les comprende ni les acepta.

 

Eduardo Manostijeras, personaje surgido de un dibujo del propio Burton, desea acercarse incesantemente a las personas a las que ama; sin embargo, no puede rozarlas sin causar daño con sus afilados y punzantes dedos, aunque su condena resultará ser, a la vez, su don: su potencia destructiva se convertirá en su potencia creadora. El mismo Tim Burton comentaba al respecto: «era esa sensación de que tu aspecto y cómo te ve la gente choca con lo que tienes en tu interior». Eduardo es un ser inacabado y artificial, aunque el espectador, sin embargo, le percibe como el más humano de los humanos. Vive aislado, es tímido y sensible, y sufre sintiendo una dolorosa contradicción al querer convivir con el resto como si fuera uno más. Un «como si» que lo hiere y lo condena al ostracismo.

 

Cuando Burton desarrolla la idea de Vincent en 1982, crea un personaje desarraigado, introvertido, melancólico, un outsider que vive una dualidad existencial entre su mundo interior y la realidad exterior. Este outsider refleja no escasas experiencias traumáticas del director durante su infancia, adolescencia y también a lo largo de su vida adulta. En sus años de niño, Burton siempre vivió aislado, encerrado en su habitación, donde disfrutaba con películas de terror mientras dibujaba seres monstruosos a los que más tarde daría vida en sus películas.

 

Muy a menudo, este solitario cinematográfico (alter ego de Burton) se refugia en el mundo de la fantasía o el terror para escapar de los imperativos de una sociedad que no le valora: simplemente le tolera, y a distancia. «Tim Burton es un director que recurre con frecuencia a una simbología propia –explica Figuero–. Su lenguaje está cargado de guiños visuales con un profundo sentido para él y para el espectador –las cosas significan algo, le gusta repetir a Burton».

 

Esta inadaptación se ve representada visualmente en individuos inacabados o llenos de costurones, lo que los transforma en seres frágiles y quebradizos (recordemos a la Sally de Pesadilla antes de Navidad). Igualmente el asilamiento social se expresa en el cine de Burton a través de la máscara de muchos de sus personajes, tras la que se esconden sujetos que tratan de expresarse con mayor autenticidad.

 

Aunque las películas de Burton mantienen una constante común con el cine de Walt Disney (la historia del inadaptado luchando por ser reconocido), la industria del ratón más famoso del mundo redime e integra finalmente a sus héroes en la sociedad, mientras que Burton, o bien los condena a un ostracismo definitivo, u obliga a la sociedad a adaptarse a ellos, y no al revés. Todos los protagonistas de Tim Burton son personajes percibidos como raros y distintos. Viven al margen de las normas establecidas. Javier Figuero asegura que «la inadaptación que experimentan se produce por su extravagancia personal, así como por las peculiaridades del entorno al que tratan de adaptarse». Tales personajes son seres desplazados, no sólo por su propia rareza, sino también por la normalidad anormal del lugar en el que viven.

 

En última instancia, «en su esfuerzo por defender la libertad de los inadaptados –y por tanto su propia identidad–, el cine burtoniano busca de manera radical desenmascarar las desafortunadas etiquetas con que nos calificamos unos a otros y que, en muchos casos, son erróneas. ¿Quién puede decir quién es normal y quién no? «Las películas de Burton se acercan a personajes aparentemente normales para descubrir un mundo de seres colmados de paranoias, trastornos ocultos y demencias disimuladas, pero son en el fondo seres indefensos, manipulados por la gente «normal» –en ocasiones, de forma muy cruel-.

 

En Los inadaptados de Tim Burton encontramos diversos testimonios del director californiano y de numerosos especialistas en su biografía y en su producción cinematográfica; en él darán con un inestimable análisis de todas y cada una de sus películas desde el punto de vista del outsider, figura cuyo contenido descifra Figuero con gran acierto, lo que convierte a esta obra en un punto de convergencia para los aficionados a la filosofía, a la literatura y, por supuesto, al buen cine. En esta ocasión nos sumergimos brevemente en una película que este singular director presentó en 1994 y que obtuvo, entre otros reconocimientos, el Oscar al Mejor Actor Secundario y al Mejor Maquillaje, el premio al Mejor Actor y a la Mejor Música en la Academia de Ciencia Ficción, o el Globo de Oro para Martin Landau.

 

El interés de Burton por las personalidades fuera de lo común se manifestó desde el principio de su carrera cinematográfica. Como ya se ha mencionado, él mismo fue un solitario empedernido durante sus primeros años de juventud, y todavía hoy, tras una trayectoria envidiable, prefiere permanecer en un segundo plano. La simbología que Burton emplea en sus películas se halla repleta de imágenes sugerentes, elocuentemente plásticas, que hablan al espectador de una forma veraz pero también velada, lo que otorga un especial atractivo a todos sus filmes. Como apunta Juan Orellana (Como en un espejo. Drama humano y sentido religioso en el cine contemporáneo), Burton emplea «un lenguaje metafórico cargado de símbolos y de sugerencias alegóricas».

 

El director norteamericano considera que, más allá del elemento narrativo (imprescindible, desde luego), la significación de cada situación puesta en escena resulta más importante que lo que en ella de hecho ocurre. Los personajes adquieren así una relevancia capital: más que las acciones que llevan a cabo (al contrario de lo que Aristóteles sostiene en su Poética) son sus caracteres sobre los que recae la auténtica importancia de la secuencia, pues es el carácter el que hace que alguien actúe de una manera y no de otra. Una suerte de fatalismo del que Burton siempre estuvo convencido.

 

En este sentido, no puede extrañarnos que el cineasta pusiera su atención en una figura tan particular como la de Edward D. Wood Jr., nacido en Nueva York en 1924, quien alcanzó la fama -póstuma, por supuesto- bajo el título de «peor director de cine de la historia». Tanto en la película de Burton como en la realidad, el protagonista peca de entusiasmo, una desmesurada pasión que no le permite comprender que sus creaciones son (muy) mejorables técnica y narrativamente. El propio Burton explicaba que fue esta característica la que le empujó a interesarse por Wood: «Lo que me atrajo al leer las entrevistas con él, sobre todo dado que ya conocía sus películas y otros aspectos de su vida, era su extremado optimismo, hasta un grado increíble de negación».

 

En este film encontramos de nuevo a un personaje aislado de los prejuicios de la sociedad a los que, sin embargo, se ve atado indirecta y cruelmente. Es en este límite tan incómodo donde se juega la legitimadad de su actividad en el mundo. Ed Wood hace cine siguiendo sus propios instintos, sus más personales ideas, y lo hace a pesar de todo. Un «a pesar de todo» que a Burton le interesa mucho: en la voluntad de hacer películas, aunque sean malas, va la esencia de Ed Wood, y es probable que no pudiera vivir sin hacerlas. A fin de cuentas, la historia que nos cuenta Burton nos muestra cómo la incomprensión puede ser un lugar habitable, cómo la cárcel externa que imponen las opiniones preestablecidas puede conducir, si perseveramos, en un ejercicio de libertad interior. Y es que el propio Burton fue muy consciente de que podría haber corrido el mismo destino que su protagonista: «Cualquiera de mis películas -explicaba en una entrevista- pudo haber fracasado de verdad, por eso la línea entre el éxito y el fracaso es muy fina. Por eso me identificaba con él. Eso es lo que creo, y quién sabe, mañana yo podría convertirme en otro Ed Wood». Un vaticinio que, a día de hoy, parece ya de difícil cumplimiento.

 

Ed Wood no cae nunca en el desencanto, en la desilusión, nunca sucumbe ante la opinión del público o de los críticos -siempre inmisericorde-, y ni siquiera el abucheo unánime y ensordecedor de una sala ni la falta de recursos económicos hundirán sus deseos de convertirse en quien cree que es. «Parece como si el mundo tuviera cada vez más jueces y menos creadores», apuntaba Burton, «siempre he odiado eso. Por ello Ed Wood tiene un tono peculiar, porque Ed recorre toda la película sin perder su optimismo».


Como apunta Javier Figuero en Los inadaptados de Tim Burton, «Ed Wood es un incomprendido que prefiere vivir en su propio imaginario, luchando con tesón por un sueño: hacer películas. El vano empeño por triunfar y ser considerado un gran director hace que el personaje viva en un desvarío. La evidencia de la mediocridad del director -detectada por todos salvo por él mismo y algún colaborador- provoca la compasión del público por el protagonista, acrecentada por el ciego entusiasmo que acompaña sus ardorosos intentos de rodar».

 

Y culmina Figuero con una afirmación que, tal vez, nos dé la clave de esta inolvidable película: «la confusión entre ilusión y realidad crea un personaje que vive en un sueño», aunque, yo añadiría, en un sueño muy real, puesto que, a fin de cuentas (he aquí el valor de Ed Wood), es el propio personaje el que hace descender al mundo material sus ideas más etéreas. Mal que bien, tras numerosos apuros de toda índole, Ed Wood ha pasado a la historia como «director de cine», y no como travesti, drogadicto o alcohólico.


Como una suerte de Aquiles cinematográfico, la enjundia de Ed Wood se encuentra en la perseverancia de permanecer en su propio ser, en no dejar que sus ilusiones sean domeñadas por los prejuicios de turno y en definitiva, en hacer de sí mismo un Destino, convertirse en su propia Providencia. En su libro Tim Burton por Tim Burton, Mark Salisbury cita algunas palabras del Ed Wood real. Y quizás no exista mejor compendio de todo lo dicho hasta ahora…:

 

Recuerdo un día que me sentía frustrado, porque me encantaba dibujar pero en realidad no lo hago muy bien. […] Estaba dibujando y pensé: «No me importa si sé dibujar o no. Me gusta y ya está». […] De un segundo para otro, sentí una libertad que no había sentido antes. […] Y lucho contra eso cada día, contra la persona que te dice: «No puedes hacer esto. No tiene sentido». Cada día es una pelea. Es cuestión de tratar de mantener un mínimo de libertad.


(El vuelo de la lechuza / 16-11-2016)

IGNACIO ECHEVARRÍA O EL CONTAGIO ENTUSIASTA DE LA LECTURA

 

por Esther Peñas 

 

La autoridad es un territorio del que se ha desterrado no solo al maestro, al médico, a nuestros mayores, también al crítico. Cualquiera de nosotros está autorizado a emitir un juicio sumarísimo a propósito del asunto más peregrino o especializado. En un extraño juego circense, la opinión ha desplazado a la persona que la articula y exige ser respetada como sujeto digno de derecho, por famélica de sentido que resulte la opinión en sí.

 

¿Quién no está autorizado a decir que tal o cual libro no está autorizado a decir que tal o cual libro es necesarioimprescindibleúnicodescarnado…? Da igual el bagaje y la arquitectura cultural, se dice y punto. Y tú, querido crítico, que llevas entrenando el instinto lector durante años, que has conformado con tus lecturas un mapa lo suficientemente generoso y extenso como para no perderte en casi ningún territorio, a santo de qué llegas con tu descaro de profeta a decirme si un libro es o no excelso, mediocre, tramposo, digno.

 

El discurso se sentimentaliza, y si se argumenta la calidad de un texto y la conclusión no es luminosa, o sí, pero con matices, o no pero de manera justificada, el autor o sus acólitos se convierten en seres muy irascibles que exigen hoguera, fuego purificador, para que el crítico expíe el pecado de exponer su criterio, conocedor de que, como dijera Balmes, «la lectura es como el alimento; el provecho no está en proporción de lo que se come, sino de los que se digiere».

 

Y de entre los críticos con los que estamos en deuda, Ignacio Echevarría (Barcelona, 1960). Su recién florilegio de autores extranjeros, El nivel alcanzado (Debate), cierra una tríada que comenzó con Trayectos, dedicado a la narrativa española, y continuó con Desvíos, que atendía a las voces narrativas de Hispanoamérica. Desde luego, esta entrega vuelve a demostrar, con cierta humildad, qué nivel se ha alcanzado (la imagen del título es de uno de los custodios literarios de Echevarría, Musil). Basta zascandilear por estos 36 textos que componen la primera parte del volumen (escritos más breves, bien de libros, bien de autores, cada uno con su posdata) o entregarse a cualquiera de los trabajos más extensos que disponen la segunda, en su mayoría prólogos o conferencias, y que incluyen dos piezas inéditas, una sobre Viaje al fin de la noche de Céline (‘Una disección’) y otra sobre Iris Murdoc (‘Iris Murdoch y la máquina del amor’). Espléndido, por cierto, el prólogo del escritor y editor Andreu Jaume, más estudio preliminar que saluda.

 

Sin aspirar a convertirse en canon personal (aunque los autores recogidos están en la constelación que habita; algunos de hecho son figuras tutelares del crítico, como Kafka, Canetti o Benjamin), mucho menos a clausurar un ciclo de lecturas (el nivel alcanzado nos permite saber que toda selección es un error), estas notas están escritas con la soltura, vehemencia y el vuelo de quien no aspiró nunca a ser escritor, lo cual le exime del tono académico, plúmbeo o resentido.  

 

Escribe Echevarría desde un lugar que no es exactamente el del yo, como sucede a algunos poetas, y siempre desde el cigüeñal que nivela la opinión y la información, sabiendo que la crítica tiene naturaleza propia, dúctil, lábil, emancipada, y se desprende, además, de estas piezas cierta fruición que responde a que estos escritos sirvieron durante años a modo de consuelo (de «desagravio» estuvo a punto de apostillar el propio Ignacio en su nota) mientras alumbraba esas otras críticas de títulos patrios que tantos sinsabores le trajeron.

 

Recala en Kipling, en Thomas Mann, en Coetzee; también en otros autores menos populares en estas tierras como Manganelli o Julien Gracq e incluso en nombres «peligrosos» como Jünger (fascinante la crítica a propósito de El libro del reloj de arena). Con aplomo y distancia (podría decirse incluso que por momentos es frío, como ciertos terapeutas lacanianos), estas críticas nos recuerdan aquello que habíamos olvidado, nos apuntan perspectivas que se nos escaparon al leer los libros de los que hablan, traduce en palabras intuiciones lectoras que tuvimos. Nos enseñan. Nos dan sed. Son generosamente exactas en su disección. Sin que se le presuponga una infalibilidad que no asume ni se espera.  

 

Eso sí, no busque el lector lecturas de ensayo, teatro, poesía. Ignacio se asentó en las lindes de la novela. Lo cual es otro rasgo de autenticidad. ¿Qué se opina de los que opinan sobre cualquier asunto, llámense tertulianos, si procede? Echevarría sería, en todo caso, invitado de La Clave, un especialista en narrativa.

 

No hay suspicacia que socave el principio de autoridad de según quién firme la pieza. Desde luego, no la hay ante Ignacio Echevarría, dado el nivel alcanzado

  

Ignacio Echevarría, El nivel alcanzado. Notas sobre libros y autores extranjeros, Barcelona, Debate, 2021.


Escrito en Sólo Digital Turia por 

Esther Peñas

(turia)

UN ORDENADOR CUÁNTICO CONFIRMA QUE LOS CRISTALES DE TIEMPO SON UNA NUEVA FASE DE LA MATERIA

 

 

por Eduardo Martínez de la Fe 

 

Un ordenador cuántico ha confirmado que existe un nuevo estado de la materia llamado cristal de tiempo, una especie de máquina de movimiento perpetuo que revoluciona la física fundamental y sugiere que puede haber nuevos regímenes anómalos en la estructura atómica de muchos cuerpos.

 

Investigadores de la Universidad de Stanford, de Google Quantum AI, del Instituto Max Planck de Física de Sistemas Complejos, y de la Universidad de Oxford, han creado un cristal de tiempo utilizando el hardware de computación cuántica Sycamore de Google.

Un cristal de tiempo es una nueva fase de la materia, predicha en 2012 por el Premio Nobel de Física, Frank Wilczek, cuya estructura atómica se repite, no solo a través del espacio, sino también a través del tiempo.

Los átomos de los sólidos cristalinos, como el diamante, están dispuestos de forma ordenada formando un patrón que se repite a lo largo del espacio que ocupan.

Los físicos llevan casi una década preguntándose si podrían existir también sólidos cristalinos cuya estructura atómica podría repetirse también a través del tiempo: han llamado a esta hipotética estructura cristales de tiempo.

 

Paradoja cuántica

 

Si existiera, el cristal de tiempo debería ser capaz de conseguir algo paradójico: conservar la estabilidad atómica propia de los sólidos cristalinos, pero al mismo tiempo cambiar su estructura cristalina de forma periódica, recuperando su configuración inicial después de esta transformación.

Eso significaría que, mientras que los diamantes pueden ser eternos, porque conservan intacta su estructura atómica, los cristales de tiempo estarían cambiando eternamente, sin ningún aporte adicional de energía, como un reloj que funciona para siempre sin pilas.

Serían como una especie de máquina de movimiento perpetuo que se beneficia del principio de conservación de la energía, pero que viola a la vez el segundo principio de la termodinámica, según el cual la energía ni se crea ni se destruye: simplemente se transforma.

 

Cristal de tiempo cuántico

 

La nueva investigación ha constatado que esa sorprendente fase de la materia, diferente a las fases sólida, líquida, gaseosa y plasmática, realmente existe.

También que es diferente del condensado Condensado de Bose-Einstein, otro estado de la materia que se obtiene cuando determinados materiales alcanzan temperaturas cercanas al cero absoluto: en ese momento, sus átomos se convierten en una entidad única con propiedades cuánticas.

La confirmación de los cristales de tiempo se ha conseguido gracias a un ordenador cuántico, culminando así un largo proceso de investigaciones previas que han ido abriendo camino hasta el hallazgo conseguido ahora.

Por alguna razón, Wilczek llamó a esta fase que había imaginado cristal de tiempo cuántico: ha sido necesario recurrir al procesador Sycamore de Google, capaz de realizar en solo 200 segundos una tarea para la que el superordenador más rápido del mundo necesitaría 10.000 años, para confirmar su existencia.

 

Laboratorio cuántico

 

Para conseguirlo, los investigadores llevaron a cabo una serie de «experimentos» tratando a este ordenador cuántico como un laboratorio para probar si el cristal de tiempo propuesto cumplía con ciertos requisitos.

El resultado obtenido es el primero en verificar experimentalmente que una fase de la materia puede existir fuera del equilibrio térmico, destaca Physic World.

Esta revista destaca también que es la primera vez que todos los requisitos para una fase de desequilibrio de la materia se han verificado rigurosamente.

Hay otro resultado indirecto de esta investigación no menos relevante: que incluso los procesadores cuánticos de escala intermedia (NISQ), como Sycamore, tienen importantes implicaciones para nuestra comprensión de la física.

 

Nuevas oportunidades

 

Eso significa que esta investigación sienta las bases fundamentales para el uso de dispositivos NISQ en el estudio de los fenómenos de desequilibrio, según los científicos.

Los investigadores destacan al respecto en un comunicado que la importancia de su hallazgo radica, no solo en la creación de una nueva fase de la materia, sino también en la apertura de oportunidades para explorar nuevos regímenes en el campo de la física de la materia condensada, que estudia las características físicas macroscópicas de la materia.

Añaden que los resultados de Sycamore proporcionan un punto de referencia práctico para otros experimentos basados ​​en procesadores cuánticos combinados con computación clásica.

 

Modelo para el futuro

 

Consideran que de momento solo han estudiado un pequeño rincón de la física posible, y que los procesadores cuánticos permiten que regímenes físicos completamente nuevos sean accesibles y relevantes. Añaden que su trabajo debería servir como modelo para estas exploraciones futuras.

Concluyen que la computación cuántica se configura como la plataforma necesaria para el desarrollo de la física fundamental, potencialmente capaz de descubrir fenómenos que incluso ni siquiera se han imaginado todavía.

La autora principal de esta investigación, Vedika Khemani, profesora asistente de física en la Universidad de Stanford, fue galardonada este año con el premio New Horizons in Physics de la Breakthrough Prize Foundation, «por su trabajo teórico pionero en la formulación de nuevas fases de materia cuántica que no está en equilibrio, incluidos los cristales de tiempo».

Después de haber comprobado la existencia de los cristales de tiempo, Khemani considera que «si bien gran parte de nuestra comprensión de la física de la materia condensada se basa en sistemas de equilibrio, estos nuevos dispositivos cuánticos nos brindan una ventana fascinante hacia nuevos regímenes de no equilibrio en la física de muchos cuerpos».

 

Referencia

Time-Crystalline Eigenstate Order on a Quantum Processor. Xiao Mi et al. Nature (2021). DOI:https://doi.org/10.1038/s41586-021-04257-w


(TENDENCIAS / 5-12-2021)

LA PEDAGOGÍA DE LOS CLÁSICOS: ALEGORÍA DEL AMOR DESINTERESADO


por Rafael Narbona

La pedagogía y la literatura parecen incompatibles. Sin embargo, Homero, Píndaro, Arquíloco y los grandes trágicos (Esquilo, Sófocles, Eurípides) utilizaron la poesía y el teatro para transmitir una determinada idea de la cultura. Homero fue el educador de los pueblos de la Hélade, a los que hoy llamamos griegos. La llíada y la Odisea inculcaron una constelación de valores en sucesivas generaciones, incitando al valor, la prudencia, el ingenio, el honor, la fidelidad. Dejemos de lado las polémicas sobre la identidad de Homero, quizás una mera leyenda que encubre la autoría colectiva de dos poemas separados por un siglo. Quedémonos tan solo con que fue un gran poeta y un gran educador. No es posible deslindar esas facetas, sin desfigurar su actividad creadora. Podemos decir algo semejante de Esquilo, Sófocles y Eurípides, que plantearon –entre otros dilemas- el conflicto entre la moral privada y las obligaciones ciudadanas. La conmovedora historia de Antígona, que sepulta el cadáver de su hermano Polinices, desafiando a Creonte, rey de Tebas, sigue atrayendo poderosamente la atención casi dos mil quinientos años después. ¿Quién no piensa que el afecto a un ser querido está por encima de la ley? Edward Morgan Foster afirmaba que si tuviera que elegir entre traicionar a su patria y traicionar a un amigo, escogería traicionar a su patria. Las historias de Prometeo y Medea también nos continúan planteado agudos dilemas. ¿Acaso no hemos sentido alguna vez que el anhelo de poder o venganza ofuscada nuestra razón? ¿Quién no ha experimentado alguna vez una ira ciega o una ambición insensata, olvidando las objeciones morales?

Los clásicos griegos se habrían quedado muy desconcertados si hubieran conocido la doctrina del arte por el arte. Supuestamente, esa teoría emancipó a la creación literaria de servidumbres morales, pero lo cierto es que la exaltación del arte por el arte no es una filigrana amoral. Simplemente, expresa otra moralidad, según la cual la vida solo se justifica como fenómeno estético. Esa perspectiva atribuye a la forma una trascendencia paradójica, pues si la existencia solo es juego y devenir, una obra es tan efímera y frágil como una pompa de jabón. ¿Por qué atribuirle importancia si su destino es desaparecer sin dejar huella?

Al igual que los poemas homéricos, la Comedia de Dante es una obra con una intensa vocación pedagógica. Dante es un poeta y un maestro. Sus tercetos endecasílabos en bellísimo toscano no se limitan a encadenar imágenes o tejer metáforas, puliendo las palabras hasta obtener su tono más arrebatador. Su intención última es averiguar el camino de la salvación. En nuestra época descreída, esa intención se menosprecia o se pasa por alto, alegando que la mentalidad del siglo XIV aún chapoteaba en el cieno de la superstición, pero lo cierto es que la Comedia perdería su hondura si quedara reducida a meros hallazgos verbales o a un asombroso ejercicio de la imaginación, capaz de describir regiones inexistentes. Dante no pretende cartografiar el más allá, sino interpretar su época y clarificar el sentido de la existencia. Su descenso al Infierno intenta mostrar la impotencia del ser humano cuando sucumbe a la lujuria, la pereza, la ira, la avaricia o la violencia. Los suplicios de los que se dejaron arrastrar por estas pasiones solo son escenificaciones de las tempestades acontecidas en el interior de la conciencia. Los castigos que narra Dante no son fantasías barrocas, sino representaciones simbólicas de la infelicidad que produce el mal. El júbilo que inunda el Paraíso muestra la dicha que se desprende de actuar de forma ética, sin transigir con las penumbras que nos acechan. Dante es el poeta de la esperanza, el educador de una humanidad desbordada por las pasiones, el maestro que aplaca los impulsos dañinos y desordenados. Su Comedia es una pedagogía de la vida, una lección de amor que encauza nuestra sed de absoluto.

Como Dante, Shakespeare no se conformaba con entretener. Sus obras de teatro y sus sonetos reflexionan sobre el poder, el amor, la traición, la templanza, los celos, la lealtad, el mal. Macbeth nos muestra el abismo por el que se despeñan los traidores. El asesinato del rey Duncan abre las puertas del infierno, reduciendo la existencia a un vendaval de furia. Otelo nos revela que los celos no nacen del amor, sino de la posesividad y por eso prefieren la muerte del ser amado a la posibilidad de la pérdida. Hamlet nos enseña que concebir la vida como una sombra o una ficción paraliza nuestra capacidad de decidir, sumiéndonos en la angustia existencial. Shakespeare es un humanista acosado por la melancolía. Su sensibilidad mórbida y crepuscular nos adentra en los páramos del nihilismo. Embriagado por la tristeza, nos advierte que la felicidad no es algo sobrevenido, sino un imperativo ético que nos saca de la apatía. Shakespeare dedicó mucho tiempo a explorar el tema del mal, construyendo personajes inolvidables: Ricardo III, lady Macbeth, las hijas desleales del rey Lear, Cayo Casio, Calibán. Todos acaban sus días de forma trágica o indigna. No son castigados por la providencia, sino por la misma perversidad de sus acciones, que se revuelven contra ellos. La pedagogía de Shakespeare invita a obrar el bien, pero advierte que ser justo no conduce necesariamente a la felicidad. Monarcas ecuánimes, inocentes doncellas, hijos que honran a sus padres, jóvenes amantes, vasallos leales, mueren de forma cruenta y vejatoria. Cuando se sufre injustamente y no hay forma de evitarlo, solo cabe afrontar la desdicha con entereza. Es la única alternativa que no pueden arrebatarnos. Shakespeare parece ajeno a la moral cristiana. Su filosofía está más cerca del estoicismo, quizás porque vivió una época de guerras y epidemias, donde la muerte imponía un tributo desmesurado.

Cervantes tal vez inició el Quijote con el simple propósito de entretener, pero enseguida trascendió ese horizonte. Viejo, pobre y fracasado, había renunciado a sus ambiciones de juventud. El humor se perfilaba como el único refugio donde cabía cobijarse, sin caer en la hiel del desengaño. Cervantes empezó a escribir hilando bufonadas, pero enseguida surgió esa mirada humanista de inspiración erasmista que impregna toda su obra. A diferencia de Shakespeare, su contemporáneo y, en algunos aspectos, su espejo, Cervantes sí es un cristiano convencido. Se aflige con el dolor de los más vulnerables y piensa que el cielo algún día reparará los agravios, reconfortando a los inocentes y castigando a los réprobos. A lo largo del Quijote, Cervantes reflexiona sobre los clásicos griegos y latinos, el buen gobierno, la honra, la amistad, el amor, la poesía, la historia. Su sabiduría, serena y nada superficial, descansa sobre una enseñanza amarga: el idealismo está abocado al fracaso. La realidad siempre derrota a los sueños. Sin la perspectiva de la justicia ultraterrena, Cervantes quizás se habría dejado arrastrar por el pesimismo.

Los clásicos son nuestros maestros. Por utilizar una expresión de George Steiner, podemos decir que su magisterio es “la alegoría del saber desinteresado”. A pesar de los reparos que nos suscita la pedagogía cuando la vinculamos a la literatura, sería ingrato no reconocer que durante siglos los escritores han sido los educadores de la humanidad. ¿Podemos aventurar que los autores de hoy han renunciado a esa tarea? Pienso que no. Quizás son más individualistas, pero siguen alumbrando reflexiones que sirven de paradigma moral. Citaré solo tres casos, tres autores que ya pertenecen a la selecta galería de los clásicos. Coetzee ha dedicado su obra a reparar las heridas que abrió en el apartheid en Sudáfrica y ha denunciado la crueldad del hombre con el resto de las especies. Sebald ha meditado sobre la Shoah en sus libros, mitad novela, mitad ensayo, abordando aspectos poco comentados de esa tragedia, como el sufrimiento del pueblo alemán, cuya complicidad con el régimen nazi hizo que nadie lamentara los salvajes bombardeos de los aliados, ni los desplazamientos forzosos de la posguerra. En su última novela, Tomás Nevinson, Javier Marías plantea el dilema de cómo deben responder los gobiernos democráticos al desafío del terrorismo. ¿Es lícito matar al que ha destruido vidas inocentes para imponer una idea? ¿Es el hombre verdaderamente libre o se deja arrastrar por el torrente de la historia? ¿Podemos vivir al margen de los problemas morales o siempre acaban atrapándonos, obligándonos a adoptar al menos una posición de aquiescencia o repudio?

Los grandes escritores de hoy no han abandonado ese propósito pedagógico que advertimos en Homero, Dante, Shakespeare o Cervantes, pero como sus egregios predecesores evitan el moralismo explícito. Sus enseñanzas están hábilmente mezcladas con los hechos que relatan, componiendo un tapiz sin estridentes contrastes que afecten al equilibrio del conjunto. Pienso que la literatura es un hecho moral y estético. Busca la verdad y la belleza. Primo Levi, Wolfgang Koeppen, Virginia Woolf o Michel Tournier, por citar a un puñado de maestros modernos, han cumplido una función similar a la de Homero, promoviendo valores que han considerado apropiados para nuestro tiempo, como la libertad, la solidaridad, la igualdad entre clases y sexos, el espíritu crítico o la memoria de las víctimas. Pocos autores de genio han cantado a la guerra, el individualismo o el desprecio por la inocencia. Cuando leemos Tempestades de acero, de Ernst Jünger, Los sótanos del Vaticano, de André Gide, o Madrid, de corte a cheka, de Agustín de Foxá, admiramos su perfección formal, pero sentimos frío en el alma. Personalmente, reivindico el magisterio de Galdós, Gabriel Miró y Miguel Delibes. Cada vez que me adentro en sus libros, pienso que el ser humano, imperfecto y a veces miserable, merece ser celebrado, pues ha inventado la literatura, un taller que nos ayuda a educar nuestras emociones y exorcizar nuestros demonios.


(EL CULTURAL / 14-12-2021)

JOHN CUSACK, EL DESAPARECIDO

 

por Juanjo Villalba

 

CÓMO EL ACTOR MÁS QUERIDO DE PRINCIPIOS DEL SIGLO XXI CAYÓ EN EL OLVIDO ENTRE EXPLÍCITAS OPINIONES POLÍTICAS

  

El protagonista de ‘Alta Fidelidad’ o ‘Cómo ser John Malkovich’ despuntó en una sucesión de películas amadas por la crítica que lo convirtieron en uno de esos alternativos que gustan al público generalista. Pero ese papel no se ha adaptado con facilidad a la nueva década

Hace unas semanas, justo antes de un partido de los playoffs de la Liga Americana de Béisbol en el que los Chicago White Sox se la jugaban frente a los Houston Astros, Dave Williams (colaborador de la web deportiva Barstool Sports), se acercó en un aparcamiento al actor John Cusack (Evanston, Illinois, 55 años). La escena, grabada con un móvil, mostraba a un Williams enfadado, que acusaba al actor de traicionar a su equipo, los Chicago Cubs, el otro equipo de la capital de Illinois. Cusack salió del aprieto sin demasiados problemas e hizo callar al provocador recordándole que él era hincha los Sox desde hacía años y que sabía más de la historia del equipo que él.

Esta es la última noticia que tenemos de Cusack, aparte de lo que el actor sube a diario en su cuenta Twitter, red social en la que permanece muy activo. En su página de IMDB solo figuran dos futuros proyectos: Pursuit, una película de acción poco prometedora y otra titulada My Only Sunshine en la que compartiría pantalla con J. K. Simmons (el tiránico profesor de Whiplash) que todavía no tiene fecha de inicio de rodaje. “A decir verdad, no he estado demasiado solicitado desde hace algún tiempo”, declaró en una entrevista concedida a The Guardian en 2020. Esta aceptación de su situación en la industria hacía aún más irónica su decadencia como galán indie. Su atractivo treintañero en comedias románticas como Un gran amor (1989) nunca terminó de evolucionar hacia otro arquetipo, mayor, pero igual de atractivo.

Con el cambio de siglo, John Cusack entró en racha. En los ochenta había descubierto, gracias películas como Juegos de amor en la universidad (1985) o Un verano loco (1986), que para el puesto de estrella adolescente había demasiados (y más atractivos) contrincantes; en los noventa se especializó en hombres más atormentados, conflictuados y raritos, pero siempre jugando en la línea de lo aceptable para el gran público. Cusack parecía predestinado a interpretar a un tipo culto y desorientado, un héroe romántico entre lo arty y lo comercial: no era un galán al uso, pero tenía un rostro agradable e intrigante; no daba vida a tipos especialmente brillantes, pero sí adorables y divertidos. Era el estereotipo que encajaba a la perfección con el clima de aquella época, que en pleno advenimiento de la metrosexualidad parecía valorar a un tipo como él. Era el representante de lo alternativo colándose en los multicines donde se proyectaban películas taquilleras, el héroe romántico que aceptaban aquellos que miraban con desdén hacia las comedias románticas, el actor del que uno se podía enamorar con coartada intelectual pero que distaba —y mucho— de ser feo.

Entre sus películas más destacables de esa segunda época estuvieron la comedia de culto Los timadores (1990), donde dio vida a un timador con aire romántico, Balas sobre Broadway (1994), en la que interpretó a un joven dramaturgo que se vende a la mafia para conseguir que su obra se represente en un gran teatro, o Un asesino algo especial (1997), con el papel de un asesino a sueldo que ha sido enviado a una misión en Detroit donde casualmente también se celebra la fiesta de antiguos alumnos de su instituto. Para cuando llegó a sus dos siguientes trabajos, crítica y público se rindieron.

La primera fue Cómo ser John Malkovich (1999), con guion de Charlie Kaufman y dirección de Spike Jonze: una comedia negra con tintes fantásticos en la que encarnaba a un titiritero desempleado de Nueva York que encuentra, por casualidad, una pequeña puerta que conduce directamente al cerebro del actor John Malkovich.

La segunda, Alta Fidelidad (2000), basada en la novela de Nick Hornby y en la que un treintañero dueño de una tienda de discos trata de recuperar el amor de la chica que lo acaba de dejar y repasa los errores de sus cinco peores relaciones. El filme fue un gran éxito en y marcó a toda una generación de hombres amantes de la música indie. Sin embargo, vista desde 2021, el personaje de Cusack no ha envejecido demasiado bien. Rob resulta —sobre todo comparándolo con su posterior adaptación a la pequeña pantalla, protagonizada esta vez por Zoë Kravitz—, un interesante ejemplo de masculinidad tóxica. “La pregunta es: ¿era un personaje creíble?”, preguntó Cusack al respecto en una entrevista para The New York Times en 2020. “¿Los hombres eran realmente así? Me alegro de que la gente haya cambiado su visión sobre Rob. Quiero decir, el tío es un insulto. Todos lo somos. Si alguien escribe que Rob es un mujeriego pasivo agresivo, yo le responderé: ‘Vale, por fin alguien lo ha pillado”. El éxito y la credibilidad de Cusack eran tan particulares que el crítico Roger Ebert se maravillaba: de 55 películas, decía, “no tiene ni una mala”.

Esto era en 2010. Desde entonces, ha hecho 25 películas; la mayoría de ellas, han pasado completamente desapercibidas para el gran público: fueron estrenadas directamente en DVD o en plataformas digitales (y cuando aún no eran lo que son hoy) y rara vez han alcanzado el aprobado de la crítica. Buscar explicaciones no es fácil. Quizá se ha hecho demasiado mayor para los papeles las comedias románticas de los noventa o tomó algunas malas decisiones a la hora de elegir sus trabajos.

También es posible que su imagen fuera de la pantalla y su estilo de vida no le hayan favorecido en su carrera artística. Cusack se aleja bastante del prototipo de la clásica estrella de Hollywood cuya vida privada, ya sea por perfecta o por escandalosa, es casi parte de su estrategia promocional para vender sus nuevas películas. Nunca se ha casado ni ha tenido hijos y su intimidad es un absoluto misterio para la prensa del corazón. En su juventud se le atribuyeron romances con Jennifer Love Hewitt o Uma Thurman, pero llevamos años sin noticias sobre sus parejas. En una entrevista para la revista Elle, en la que se le preguntaba sobre su soltería militante, el actor respondió con un cortante: “La sociedad no puede decirme qué hacer con mi vida”.

Además, hace tiempo que ni siquiera vive en Hollywood. En 2016, vendió todas sus propiedades en California tras deshacerse de su casa en Malibú, que había comprado en 1999, y se trasladó a su estado natal, Illinois, donde se compró un ático de 240 metros cuadrados en un edificio de 52 plantas del centro de Chicago desde el que suele fotografiar las puestas de sol que sube a Instagram.

Él lo achaca, sin ningún tipo de ambigüedad, a la manía que le tiene la industria del cine. “Hollywood es una casa de putas y la gente allí se vuelve loca”, sentenció en una entrevista para The Guardian en 2014 tras el estreno de Polvo de estrellas.

Otra de las posibles razones de su ostracismo es que la implicación política de Cusack va más allá de ser la imagen de una ONG o Embajador de Buena Voluntad de la ONU. El actor es uno de los fundadores de la Freedom of the Press Foundation, una organización que se ocupa de financiar y apoyar la libertad de expresión y la libertad de prensa en todo el mundo y que nació después de que Visa, MasterCard y Paypal dejaran de trabajar con WikiLeaks, amenazando la existencia de esta organización.

En relación con este mismo activismo, en 2014 viajó a Rusia junto a la escritora Arundhati Roy y el economista Daniel Ellsberg para entrevistar a Edward Snowden, el analista informático que filtró en 2013 datos clasificados de la Agencia de Seguridad Nacional estadounidense y tuvo que huir del país. Aquella visita dio como resultado el libro Things that Can and Cannot Be Said: Essays and Conversations (Cosas que pueden y no pueden decirse: ensayos y conversaciones), escrito a cuatro manos por Cusack y Roy.

Y esa no es la única forma en la que el actor expresa su compromiso político. Lo ha hecho en muchas más ocasiones, como por ejemplo con su activa participación en las protestas tras el asesinato de George Floyd que galvanizó el movimiento Black Lives Matter o mediante su papel como azote de la ultraderecha a través de Twitter, donde muestra su faceta más crítica y en la que se describe a sí mismo como “apocalyptic shit disturber and elephant trainer (Perturbador de mierda apocalíptica y entrenador de elefantes)”.

 

El regreso frustrado al primer plano

 

Hace apenas un año parecía que las cosas iban a cambiar. Tras haberse mantenido alejado del mundo de la televisión durante casi toda su carrera, salvo breve aparición en Frasier en 1996, el actor había accedido a participar en su primer proyecto de serie. Se trataba de la versión estadounidense de la británica Utopia, en la que interpretaba a un magnate de la biotecnología, uno de esos (Musk, Bezos, Zuckerberg) a los que suele criticar en su cuenta de Twitter.

El paso a la televisión intrigaba a Cusack, o eso repetía en las entrevistas de la época. Quizá esperaba que su carrera remontase el vuelo en otras pantallas, tal y como les había pasado a otros muchos actores de su generación. Pero aunque la crítica valoró su interpretación, la serie fue cancelada por parte de Amazon y no habrá segunda temporada.

Al menos nos queda su Twitter, donde cada noche, sin falta, Cusack muestra su ira contra las grandes corporaciones, el régimen de Vladimir Putin, los continuos anuncios del retorno de Donald Trump o el excesivo gasto militar de los Estados Unidos, una afición que aunque quizá no le resulte demasiado sana para su salud mental, confiesa que le resulta difícil de abandonar. “Me encantaría pensar en otras cosas”, confesó en 2020. “Poesía. Amor. Cualquier cosa. Pero no vivimos en un momento en el que eso sea posible. Es verdad que a veces puedo ir demasiado lejos, pero lo único que pretendo es transmitir el mensaje de que estamos caminando sonámbulos hacia un futuro que puede ser increíblemente oscuro. Quién sabe, quizá ser tan franco perjudique mi carrera… Yo solo sé que, saber que no me estoy quedando callado durante todo este tiempo, me ayuda a dormir mejor por las noches”.


(EL PAÍS / 1-12-2021)

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