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viernes

BALZAC: FILOSOFÍA Y ELEGANCIA


por Carlos Javier González Serrano

 

Honoré de Balzac: clásico literario del XIX, nacido casi con el siglo (1799), de dura infancia y espléndido y prolífico genio creativo. Un genio que le condujo a la muerte a causa del envenenamiento sufrido por su impulsivo consumo de café. Suceso en absoluto artístico o poético. La aparición de la fatal peritonitis gangrenosa fue en efecto provocada por el excitante al que era adicto. Debido a sus interminables y sufridas horas de trabajo, toda su vida estuvo sujeta a un sinfín de agitaciones nerviosas.

 

¿Quién no ha saboreado en los placeres ese momento de alegría ilimitada en que el alma parece haberse liberado de los vínculos de la carne, y hallarse como devuelta al mundo del que procede?

 

Balzac. Inspirador de mundos fantásticos en los que poder refugiarse, realista literario de abolengo romántico, conocedor de las circunstancias sociales y políticas de su tiempo. Balzac. La literatura, la filosofía, la ciencia. La curiosidad. El despilfarro. Todas las vertientes de lo humano lo encontramos en este hombre que, como escribe en uno de estos imprescindibles Cuentos filosóficos, cree firmemente que “los más hermosos parajes no son sino aquello que nosotros les hacemos ser”. Voluntad de ser, de conquistar, de enriquecer la realidad a través de la imaginación y la literatura. El mundo es nuestro, porque las palabras con las que lo definimos las pone el observador.

 

En una encomiable labor editorial, Cátedra cuenta en su catálogo con un conjunto de siete narraciones, acaso las más atractivas de las obras breves del autor francés, que, sobre todo, sugieren al lector perspectivas que trascienden lo meramente textual y literario. Susana Cantero, traductora de estas pequeñas joyas y autora de la completísima introducción del volumen, explica que estos cuentos llamados “filosóficos” ofrecen a Balzac una oportunidad única para plantear, mediante un amplio elenco de situaciones, múltiples y variadas reflexiones “sobre determinadas facetas de la mente humana, de la capacidad creativa, del acceso libre y sin límites a la intimidad emocional más sentida y su proyección idealista hacia mundos de otras dimensiones”.


A pesar del calor del día y de la especie de fatiga que nos causaba la caminata por las arenas, nuestras almas aún estaban entregadas a la indecible blandura de un armonioso éxtasis; estaban llenas de ese placer puro que no se puede pintar, sino comparándolo al que se experimenta al escuchar alguna música deliciosa. Dos sentimientos puros que se confunden, ¿no son acaso como dos voces hermosas que cantan?

 

Balzac redactó estas siete piezas (Un drama a la orilla del mal, El niño maldito, Las Marana, Melmoth reconciliado, Massimilla Doni, La obra maestra desconocida y La búsqueda del Absoluto), que ocupan más de 700 páginas de las 845 que componen este voluminoso y precioso libro, en apenas seis años (1831-1837), lo que nos da una idea aproximada de la desmesurada fuerza creativa de nuestro protagonista, a quien las constantes y asfixiantes deudas (que permanentemente contraía debido a sus extravagantes gustos) le obligaron a llevar un rígido plan de trabajo diario, en largas jornadas de quince o dieciséis horas que aguantaba con disciplina… y mucho café.

 

No existe una razón única por la que acercarse a este volumen. Resulta esencial desde muchos puntos de vista. La primera y más evidente: Balzac es un clásico que nunca falla. La interesante tesitura cultural, social y política en la que vivió -impregnada de diversas revoluciones de distinto calado, el auge y caída del imperio napoleónico, desesperados movimientos sociales contra la pobreza o la confluencia del realismo literario con el más acendrado romanticismo- hacen de su figura una suerte de pivote decimonónico sin igual.

 

¿Quién no se ha tropezado con malos momentos en los que uno ve no sé qué prendas de esperanza en las cosas que nos rodean? Feliz o mísero, el hombre presta fisonomía a los mínimos objetos con los que vive; los escucha y les consulta, hasta ese punto es supersticioso por naturaleza.

 

Balzac vuelca su alma en estos Cuentos filosóficos, en los que encontramos los traumas infantiles (el autor fue despreciado sin compasión por su madre, aislado en un cruel internado), las creencias espirituales –y religiosas– y un ingente material en el que Balzac reflexiona en profundidad sobre la condición humana: desde la muerte y la finitud, pasando por el amor, la belleza, el arte y la felicidad, hasta la más dura e implacable crítica social. El talento literario hace el resto; como el propio Balzac escribe en Un drama a la orilla del mar, en ocasiones “las ideas te caen al corazón o a la cabeza sin consultarte. No ha habido cortesana más peregrina ni más imperiosa de cuanto lo es la Concepción para los artistas; cuando viene hay que tomarla como a la Fortuna, de la melena”.

 

Un libro (que son muchos) único, indispensable y necesario en el que podremos mirarnos como en un espejo, a hombros de gigante, y en el que sentiremos la peligrosa tirantez sobre la que se dirime el destino humano: la aspiración hacia un Absoluto que, de existir, nunca parece colmarnos o consolarnos (sólo a veces, momentáneamente, dolorosamente), y el duro y terrible anclaje a un mundo que, a la fuerza y de manera irremediable, nos empuja a vivir.

 

El Tratado de la vida elegante vio la luz por primera vez en 1830, dando comienzo a una serie –incompleta– que Balzac denominaría “Patología de la vida social”. Fue publicado en el semanario La Mode, dirigido por Émile de Girardin (uno de los creadores del periodismo francés moderno). En la nota que la editorial Impedimenta introduce en esta elegante edición (que incluye muy bellas ilustraciones de dibujantes ingleses), se nos dice que el dandismo “prefiguraría el Romanticismo literario de signo decadentista, y supondría una auténtica revolución social y cultural en la Europa de principios del siglo XIX, alcanzado su culmen en Charles Baudelaire“.

 

Balzac rondaba los treinta años cuando escribía el Tratado de la vida elegante y la Fisiología del matrimonio (publicado en 1829 a nombre de “Un joven soltero”); el autor se erige en esta última obra mencionada como un doctor en artes y ciencias conyugales, elaborando un curioso estudio de la casuística marital, ofreciendo a la vez ingeniosos consejos a los maridos sobre la manera en la que han de conducirse para lograr la armonía en su casa. ¿El objetivo? Evitar el “peligro del minotauro”, es decir, del amante, el salteador de los matrimonios –más si cabe cuando la mujer en cuestión es joven y bella–.

 

Un pueblo de ricos es un sueño político imposible de realizar. Una nación se compone necesariamente de personas que producen y personas que consumen. ¿Cómo es que quien siembra, planta, riega y cosecha es precisamente el que menos come?

Balzac. Tratado de la vida elegante, Cap. Primero, § III

 

 

Balzac divide la sociedad en tres grupos: los trabajadores, los que piensan y los que no hacen nada, que a su vez arrojan como resultado tres tipos de vida: la del hombre ocupado, la del artista y la del hombre elegante. La del primero es una vida que no conoce variantes, en la que se trabaja “con los diez dedos” y se abdica de todo destino: los hombres trabajadores quedan convertidos en medios “semejantes a máquinas de vapor, […] producen todos ellos de la misma manera y no tienen nada de individual. El hombre-instrumento es una especie de cero social”. Su existencia consiste en tener “algo de pan en la alacena”, y su elegancia queda reducida a la posesión de “cuatro andrajos metidos en un arcón”. Por eso el trabajador no tiene tiempo para pensar, pues su vida es movimiento continuo, sempiterno, “en la que los pensamientos todavía no son ni libres ni ampliamente fecundos”. Por su parte, el artista es una “excepción en todo”: su único trabajo consiste en la ociosidad, trabajo que es a la vez descanso; además, “él es siempre la expresión de un gran pensamiento y como tal domina la sociedad”. Por último, damos con la vida del hombre elegante, de la que Balzac se ocupa en esta breve obra: “la elegancia trabajada es a la auténtica elegancia lo que una peluca es al pelo”.

 

El vestido es como un barniz: lo hace resaltar todo. La indumentaria fue inventada más para destacar los atractivos corporales que para ocultar imperfecciones. De donde se deduce este corolario natural: todo lo que una indumentaria trata de ocultar, disimular, aumentar y agrandar más de lo que la naturaleza o la moda ordena o quiere, siempre quedará como algo vicioso.

Balzac. Tratado de la vida elegante, , Cap. Quinto, § I

 

Un libro apasionante para los interesados en el tránsito del dandismo temprano de la Regencia inglesa al fecundo decadentismo artístico e intelectual de la Francia del XIX, que arribará como puerto final en la bohemia y, finalmente, desembocará en Oscar Wilde.


(El vuelo de la lechuza / 10-12-2016)

miércoles

BALZAC: FILOSOFÍA Y ELEGANCIA

por Carlos Javier González Serrano
Honoré de Balzac: clásico literario del XIX, nacido casi con el siglo (1799), de dura infancia y espléndido y prolífico genio creativo. Un genio que le condujo a la muerte a causa del envenenamiento sufrido por su impulsivo consumo de café. Suceso en absoluto artístico o poético. La aparición de la fatal peritonitis gangrenosa fue en efecto provocada por el excitante al que era adicto. Debido a sus interminables y sufridas horas de trabajo, toda su vida estuvo sujeta a un sinfín de agitaciones nerviosas.

¿Quién no ha saboreado en los placeres ese momento de alegría ilimitada en que el alma parece haberse liberado de los vínculos de la carne, y hallarse como devuelta al mundo del que procede?

Balzac. Inspirador de mundos fantásticos en los que poder refugiarse, realista literario de abolengo romántico, conocedor de las circunstancias sociales y políticas de su tiempo. Balzac. La literatura, la filosofía, la ciencia. La curiosidad. El despilfarro. Todas las vertientes de lo humano lo encontramos en este hombre que, como escribe en uno de estos imprescindibles Cuentos filosóficos, cree firmemente que “los más hermosos parajes no son sino aquello que nosotros les hacemos ser”. Voluntad de ser, de conquistar, de enriquecer la realidad a través de la imaginación y la literatura. El mundo es nuestro, porque las palabras con las que lo definimos las pone el observador.

En una encomiable labor editorial, Cátedra cuenta en su catálogo con un conjunto de siete narraciones, acaso las más atractivas de las obras breves del autor francés, que, sobre todo, sugieren al lector perspectivas que trascienden lo meramente textual y literario. Susana Cantero, traductora de estas pequeñas joyas y autora de la completísima introducción del volumen, explica que estos cuentos llamados “filosóficos” ofrecen a Balzac una oportunidad única para plantear, mediante un amplio elenco de situaciones, múltiples y variadas reflexiones “sobre determinadas facetas de la mente humana, de la capacidad creativa, del acceso libre y sin límites a la intimidad emocional más sentida y su proyección idealista hacia mundos de otras dimensiones”.

A pesar del calor del día y de la especie de fatiga que nos causaba la caminata por las arenas, nuestras almas aun estaban entregadas a la indecible blandura de un armonioso éxtasis; estaban llenas de ese placer puro que no se puede pintar, sino comparándolo al que se experimenta al escuchar alguna música deliciosa. Dos sentimientos puros que se confunden, ¿no son acaso como dos voces hermosas que cantan?

Balzac redactó estas siete piezas (Un drama a la orilla del mal, El niño maldito, Las Marana, Melmoth reconciliado, Massimilla Doni, La obra maestra desconocida y La búsqueda del Absoluto), que ocupan más de 700 páginas de las 845 que componen este voluminoso y precioso libro, en apenas seis años (1831-1837), lo que nos da una idea aproximada de la desmesurada fuerza creativa de nuestro protagonista, a quien las constantes y asfixiantes deudas (que permanentemente contraía debido a sus extravagantes gustos) le obligaron a llevar un rígido plan de trabajo diario, en largas jornadas de quince o dieciséis horas que aguantaba con disciplina… y mucho café.

No existe una razón única por la que acercarse a este volumen. Resulta esencial desde muchos puntos de vista. La primera y más evidente: Balzac es un clásico que nunca falla. La interesante tesitura cultural, social y política en la que vivió -impregnada de diversas revoluciones de distinto calado, el auge y caída del imperio napoleónico, desesperados movimientos sociales contra la pobreza o la confluencia del realismo literario con el más acendrado romanticismo- hacen de su figura una suerte de pivote decimonónico sin igual.

¿Quién no se ha tropezado con malos momentos en los que uno ve no sé qué prendas de esperanza en las cosas que nos rodean? Feliz o mísero, el hombre presta fisonomía a los mínimos objetos con los que vive; los escucha y les consulta, hasta ese punto es supersticioso por naturaleza.

Balzac vuelca su alma en estos Cuentos filosóficos, en los que encontramos los traumas infantiles (el autor fue despreciado sin compasión por su madre, aislado en un cruel internado), las creencias espirituales –y religiosas– y un ingente material en el que Balzac reflexiona en profundidad sobre la condición humana: desde la muerte y la finitud, pasando por el amor, la belleza, el arte y la felicidad, hasta la más dura e implacable crítica social. El talento literario hace el resto; como el propio Balzac escribe en Un drama a la orilla del mar, en ocasiones “las ideas te caen al corazón o a la cabeza sin consultarte. No ha habido cortesana más peregrina ni más imperiosa de cuanto lo es la Concepción para los artistas; cuando viene hay que tomarla como a la Fortuna, de la melena”.

Un libro (que son muchos) único, indispensable y necesario en el que podremos mirarnos como en un espejo, a hombros de gigante, y en el que sentiremos la peligrosa tirantez sobre la que se dirime el destino humano: la aspiración hacia un Absoluto que, de existir, nunca parece colmarnos o consolarnos (sólo a veces, momentáneamente, dolorosamente), y el duro y terrible anclaje a un mundo que, a la fuerza y de manera irremediable, nos empuja a vivir.

El Tratado de la vida elegante vio la luz por primera vez en 1830, dando comienzo a una serie –incompleta– que Balzac denominaría “Patología de la vida social”. Fue publicado en el semanario La Mode, dirigido por Émile de Girardin (uno de los creadores del periodismo francés moderno). En la nota que la editorial Impedimenta introduce en esta elegante edición (que incluye muy bellas ilustraciones de dibujantes ingleses), se nos dice que el dandismo “prefiguraría el Romanticismo literario de signo decadentista, y supondría una auténtica revolución social y cultural en la Europa de principios del siglo XIX, alcanzado su culmen en Charles Baudelaire“.

Balzac rondaba los treinta años cuando escribía el Tratado de la vida elegante y la Fisiología del matrimonio (publicado en 1829 a nombre de “Un joven soltero”); el autor se erige en esta última obra mencionada como un doctor en artes y ciencias conyugales, elaborando un curioso estudio de la casuística marital, ofreciendo a la vez ingeniosos consejos a los maridos sobre la manera en la que han de conducirse para lograr la armonía en su casa. ¿El objetivo? Evitar el “peligro del minotauro”, es decir, del amante, el salteador de los matrimonios –más si cabe cuando la mujer en cuestión es joven y bella–.

Un pueblo de ricos es un sueño político imposible de realizar. Una nación se compone necesariamente de personas que producen y personas que consumen. ¿Cómo es que quien siembra, planta, riega y cosecha es precisamente el que menos come?
Balzac. Tratado de la vida elegante, Cap. Primero, § III

Balzac divide la sociedad en tres grupos: los trabajadores, los que piensan y los que no hacen nada, que a su vez arrojan como resultado tres tipos de vida: la del hombre ocupado, la del artista y la del hombre elegante. La del primero es una vida que no conoce variantes, en la que se trabaja “con los diez dedos” y se abdica de todo destino: los hombres trabajadores quedan convertidos en medios “semejantes a máquinas de vapor, […] producen todos ellos de la misma manera y no tienen nada de individual. El hombre-instrumento es una especie de cero social”. Su existencia consiste en tener “algo de pan en la alacena”, y su elegancia queda reducida a la posesión de “cuatro andrajos metidos en un arcón”. Por eso el trabajador no tiene tiempo para pensar, pues su vida es movimiento continuo, sempiterno, “en la que los pensamientos todavía no son ni libres ni ampliamente fecundos”. Por su parte, el artista es una “excepción en todo”: su único trabajo consiste en la ociosidad, trabajo que es a la vez descanso; además, “él es siempre la expresión de un gran pensamiento y como tal domina la sociedad”. Por último, damos con la vida del hombre elegante, de la que Balzac se ocupa en esta breve obra: “la elegancia trabajada es a la auténtica elegancia lo que una peluca es al pelo”.

El vestido es como un barniz: lo hace resaltar todo. La indumentaria fue inventada más para destacar los atractivos corporales que para ocultar imperfecciones. De donde se deduce este corolario natural: todo lo que una indumentaria trata de ocultar, disimular, aumentar y agrandar más de lo que la naturaleza o la moda ordena o quiere, siempre quedará como algo vicioso.
Balzac. Tratado de la vida elegante, , Cap. Quinto, § I

Un libro apasionante para los interesados en el tránsito del dandismo temprano de la Regencia inglesa al fecundo decadentismo artístico e intelectual de la Francia del XIX, que arribará como puerto final en la bohemia y, finalmente, desembocará en Oscar Wilde.


(El vuelo de la lechuza / 10-10-2016)

martes

HONORÉ DE BALZAC - PAPÁ GORIOT (102)


Al día siguiente, por la mañana, Bianchon y Rastignac tuvieron que ir en persona a declarar la defunción, cuya certificación quedó extendida a las doce. Dos horas después, ninguno de los dos yernos había enviado dinero, nadie se había presentado en nombre de ellos y Rastignac se había visto obligado a pagar los gastos del sacerdote. Como Silvia había pedido diez francos para amortajar al difunto y coserlo a una mortaja, Eugenio y Bianchon calcularon que si los parientes del muerto se negaban a intervenir, ellos podrían sufragar apenas los gastos. El estudiante de medicina se encargó, pues, de poner él mismo el cadáver en el ataúd de pobre que mandó traer del hospital, donde le saldría más barato.

-Hazles una jugarreta a esos pillos -le dijo Bianchon a Eugenio-. Anda a comprar un nicho en el cementerio de Père Lachaise por cinco años, y encarga un entierro de tercera clase. Si los yernos y las hijas se niegan a pagarte lo que hayas gastado, haz grabar en su tumba este epitafio: “Aquí yace el señor Goriot, padre de la condesa de Restaud y de la baronesa de Nucingen, enterrado a expensas de dos estudiantes.”

Eugenio no siguió el consejo de su amigo hasta después de haber estado infructuosamente en casa de los señores de Nucingen y Restaud, cuyas puertas no pudo trasponer, porque los conserjes, cumpliendo severas órdenes, le dijeron:

-Los señores no reciben a nadie; su padre ha muerto y están sumidos en el más vivo dolor.

Eugenio tenía bastante experiencia del mundo para saber que no debía insistir, y sintió oprimido su corazón al ver que le era imposible hablar a Delfina, pero le escribió estas palabras en la habitación del conserje:

“Venda usted una alhaja para que su padre sea conducido decentemente a su última morada.”

Después de cerrar la carta se la entregó al conserje del barón, rogándole que se la diese a Teresa, para su ama; pero el conserje se la entregó al barón de Nucingen, que la arrojó al fuego. Después de haber dispuesto lo necesario para el entierro, Eugenio volvió a la pensión a eso de las tres y no pudo contener una lágrima al ver en el portal el ataúd cubierto apenas con un paño negro y colocado sobre dos sillas. Un mal hisopo, que nadie había tocado aun, permanecía sumergido en una fuente de cobre plateada llena de agua bendita. La puerta no estaba ni siquiera cubierta con un paño negro. Aquella era la muerte de los pobres, que no tiene fausto, ni comitiva, ni amigos, ni parientes. Bianchon, obligado a ir al hospital, había escrito cuatro letras a Rastignac dándole cuenta de lo que había hecho en la iglesia. El interno le decía que una misa era muy cara, que era preciso contentarse con un sencillo responso y que había enviado a Cristóbal con una carta a las pompas fúnebres. En el momento en que Eugenio acababa de leer la esquela de Biancho9n, vio en manos de la señora Vauquer el medallón de oro que contenía los cabellos de las hijas del difunto.

-¿Cómo se ha atrevido usted a tomar eso? -le preguntó.

-Hombre, ¿querrá usted enterrarlo con él? Si es de oro -dijo Silvia.

-¿Y qué? -repuso Eugenio con indignación-. Que lleve al menos consigo la única cosa que puede representar a sus dos hijas.

Cuando el coche fúnebre llegó, Eugenio ordenó a los mozos que subiesen el ataúd. Lo desclavó y colocó religiosamente sobre el pecho del muerto una imagen que se remontaba a la época en que Delfina y Anastasia eran jóvenes, vírgenes y puras, y no razonaban, como había dicho Goriot en medio de sus gritos de agonía. Rastignac y Cristóbal, acompañados de dos enterradores, fueron los únicos acompañantes del coche que llevaba al pobre hombre a San Esteban del Monte, iglesia poco distante de la calle Nueva de Santa Genoveva. Cuando llegaron allí depositaron el ataúd en una capillita vieja y sombría, junto a la cual el estudiante buscó en vano a las dos hijas de Goriot o a sus maridos. Estuvo solo con Cristóbal, que se creía obligado a tributar los últimos honores a un hombre que le había hecho ganar algunas buenas propinas. Al oír a los dos sacerdotes, el sacristán y el monaguillo, Rastignac estrechó la mano de Cristóbal sin poder pronunciar palabra.

-Sí, señor Eugenio -dijo Cristóbal-, era un hombre bueno y honrado que nunca decía una palabra más alta que la otra, ni hacía daño a nadie.

Los dos sacerdotes, el sacristán y el monaguillo tributaron al difunto las plegarias que se pueden obtener por setenta francos en una época en que la religión no es lo bastante rica como para rezar de balde. El clero cantó un salmo, el Libera y el De Profundis. La ceremonia duró veinte minutos, y al terminar, sólo había un coche para el sacerdote y el monaguillo, que consiguieron en recibir consigo a Eugenio y a Cristóbal.

-Como no hay comitiva y son ya las cinco y media, podremos ir más rápido para no retrasarnos.

Sin embargo, en el momento en que el cuerpo fue colocado de nuevo en el coche fúnebre, dos coches cuyas portezuelas ostentaban las armas de la nobleza, pero que estaban vacíos, el del conde de Restaud y el del barón de Nucingen, se presentaron y siguieron al cortejo hasta el cementerio de Père Lachaise. A las seis, el cuerpo de papá Goriot fue colocado en su fosa, alrededor de la cual cual estaban los criados de sus hijas, los que desaparecieron junto con el clero tan pronto como este pronunció una corta plegaria pagada con el dinero del estudiante. Una vez que los dos enterradores hubieron arrojado algunas paletadas de tierra sobre el ataúd para enterrarlo, se irguieron, y uno de ellos, dirigiéndose a Rastignac, le pidió la propina. Eugenio echó mano al bolsillo, lo encontró vacío y se vio obligado a pedirle un franco prestado a Cristóbal. Este hecho, tan sencillo en sí mismo, determinó a Eugenio un horrible acceso de tristeza.

El día empezaba a declinar, un crepúsculo húmedo excitaba los nervios. Eugenio contempló la tumba y sepultó en ella su última lágrima de joven, esa lágrima arrancada por las santas emociones de un corazón puro, una de esas lágrimas que, desde la tierra donde caen, rebotan hasta los cielos. Después se cruzó de brazos y contempló las nubes. Al verlo de este modo, Cristóbal se decidió a dejarlo.

Una vez solo, Rastignac dio algunos pasos hacia la parte alta del cementerio, y desde allí contempló París tortuosamente extendida a lo largo de las dos orillas del Sena, a la hora en que comenzaban a brillar las luces. Sus ojos se fijaron casi con avidez en la columna de la plaza de Vendôme y los Inválidos, allí donde vivía aquel hermoso mundo que tanto había deseado frecuentar. Dirigió a aquella bulliciosa colmena una mirada con la cual parecía absorber de antemano su miel, y dijo estas grandiosas palabras:

-¡Ahora nos veremos!

Y como el primer acto de su reto que lanzaba a la Sociedad, Rastignac se fue a comer a casa de la señora de Nucingen.

lunes

HONORÉ DE BALZAC - PAPÁ GORIOT (101)


El último suspiro de aquel padre debía ser un suspiro de alegría. Ese suspiro, la expresión de toda su vida: se engañaba una vez más. Papá Goriot fue acomodado cuidadosamente sobre su cama. A partir de aquel momento, su fisonomía conservó la dolorosa huella del combate que se libraba entre la muerte y la vida en una máquina que no tenía ya esa especie de conciencia cerebral de donde resulta el sentimiento de placer y de dolor para el ser humano. Su destrucción no era ya más que cuestión de tiempo.

-Va a permanecer así algunas horas y morirá sin que nos demos cuenta, sin estertor siquiera. El cerebro debe estar completamente invadido.

En aquel momento se oyó el paso de una joven jadeante.

-Llega demasiado tarde -se dijo Rastignac creyendo que era Delfina.

Pero no, no era ella. Era Teresa, su camarera.

-Señor Eugenio -le dijo, a consecuencia del dinero que la pobre señora le pedía para su padre, se ha promovido en casa una violenta escena entre el señor y la señora. Ella se ha desmayado y ha tenido que ir el médico a sangrarla, porque gritaba como una loca: “¡Mi padre se muere! ¡Quiero ir a ver a papá!”

-Bueno, Teresa, aunque viniera, ahora sería inútil, porque el señor Goriot no tiene conocimiento.

-¡Pobre señor! ¿Tan mal está? -dijo Teresa.

-Como son yas las cuatro y media y no me necesitan, voy a preparar la comida -dijo Silvia, que estuvo a punto de tropezar en la escalera con la señora de Restaud.

Aparición grave y terrible en verdad fue la de la condesa, la cual contempló el lecho de muerte mal iluminado por una sola candela y derramó abundantes lágrimas al ver el rostro de su padre, donde palpitaban aun los últimos chispazos de la vida.

Bianchon se retiró por discreción.

-No me escapé lo bastante a tiempo -dijo la condesa a Rastignac.

El estudiante hizo con la cabeza un signo afirmativo lleno de tristeza. La señora de Restaud tomó la mano de su padre y la besó.

-Perdóneme usted, padre mío. Decía usted que mi voz lo haría salir de la tumba; pues bien, vuelva un momento a la vida para bendecir a su arrepentida hija. Óigame. Esto es horrible, porque su bendición es la única que puedo recibir en la tierra en lo sucesivo. Todo el mundo me odia. Usted solo me ama. Hasta mis propios hijos me odiarán. Lléveme con usted, que yo lo amaré y lo cuidaré. ¡Ya no oye! ¡Yo me vuelvo loca! -añadió cayendo de rodillas y contemplando aquellos despojos con expresión de delirio-. Nada falta a mi desgracia -dijo mirando a Eugenio-. El señor de Trailles se ha marchado dejando enormes deudas, y he sabido que me engañaba. Mi marido no me perdonará nunca, y yo lo he hecho dueño de mi fortuna. He perdido todas mis ilusiones. ¡Ay de mí! ¿Por qué traicioné al único corazón que me adoraba? -añadió dirigiéndose a su padre-. ¡Oh, lo he desconocido, lo he rechazado, le he causado mil males, qué infame soy!

-Él lo sabía -dijo Rastignac.

En este momento papá Goriot abrió los ojos por efecto de una convulsión, y el gesto que revelaba la esperanza de la condesa no fue menos horrible que el movimiento de ojos del moribundo.

-¿Me habrá oído? -gritó la condesa-. No -se dijo sentándose al lado de la cama.

Como la señora de Restaud hubiese manifestado deseos de permanecer junto a su padre, Eugenio bajó para tomar algún alimento. Los huéspedes estaban reunidos.

-¿Con que parece que vanos a tener arriba un muertecitorama? -dijo el pintor.

-Carlos -le dijo Eugenio-, me parece que ya podría usted bromear con algo menos lúgubre.

-Hombre, ¿no se va a poder reír aquí? -repuso el pintor-. ¿Qué importa eso si Goriot no tiene ya conocimiento, según dice Bianchon?

-Vamos -repuso el empleado del Museo-, morirá como ha vivido.

-¡Mi padre ha muerto! -gritó la condesa.

Al oír este terrible grito, Silvia, Rastignac y Bianchon subieron y encontraron desmayada a la señora de Restaud. Después de haberla hecho volver en sí, la transportaron al coche que la esperaba. Eugenio confió su cuidado a Teresa, ordenándole que la llevase a casa de la señora de Nucingen.

-¡Oh, está bien muerto! -dijo Bianchon al bajar.

-¡Vamos, señores, a la mesa, que la sopa se enfría! -dijo la señora Vauquer.

Los dos estudiantes se sentaron uno al lado del otro.

-¿Qué hay que hacer ahora? -dijo Eugenio a Bianchon.

-Ya le he cerrado los ojos y lo he dispuesto todo convenientemente. Cuando el médico forense venga a certificar la defunción, que nosotros declararemos, le coseremos una mortaja y lo enterraremos. ¿Qué quieres que se haga?

-Ya no volverá a oler el pan de este modo -dijo un huéped imitando el ademán que solía hacer el pobre difunto.

-¡Por favor, señores, dejen ustedes ya a papá Goriot! -dijo el estudiante de medicina-. No sé a qué viene hablar tanto de él. Uno de los privilegios de la buena ciudad de París es que se puede nacer, vivir y morir sin que nadie haga caso de uno. Aprovechémonos, pues, de las ventajas de la civilización. Hoy hay sesenta muertos en París. ¿Quieren ustedes apiadarse de las hecatombes parisienses? Si papá Goriot ha muerto, mejor para él. Si tanto lo quieren ustedes, vayan arriba a velarlo y déjennos comer tranquilamente.

-¡Oh, sí, mejor para él que se haya muerto, porque, al parecer, el pobre hombre ha tenido muchos disgustos durante la vida! -dijo la viuda.

Y esta fue la única oración fúnebre que se pronunció por un ser que para Eugenio representaba la Paternidad. Los quince huéspedes se pusieron a charlar como de costumbre. Cuando Eugenio y Bianchon hubieron comido, el ruido de los tenedores y las cucharas, las risas de la conversación, las diversas expresiones de aquellas caras glotonas e indiferentes les helaron de horror. Salieron para ir a buscar un sacerdote que rogase y velase por el muerto durante la noche. Tuvieron que tributar los últimos honores a aquel buen padre con el poco dinero del que disponían. A las nueve de la noche, el cuerpo fue colocado dentro de una sábana, entre dos candelas, en aquel cuarto desnudo, y un sacerdote fue a sentarse a su lado. Cuando Rastignac hubo preguntado al religioso el precio del entierro y de los funerales, antes de acostarse, puso cuatro letras al barón de Nucingen y al conde de Restaud, rogándoles que enviasen a sus administradores a fin de sufragar los gastos del entierro de su suegro. Le entregó las cartas a Cristóbal, y después se acostó rendido de fatiga.

HONORÉ DE BALZAC - PAPÁ GORIOT (100)


Al llegar al cuarto de papá Goriot, lo encontró sostenido por Bianchon, y operado por el cirujano del hospital en presencia del médico. Le quemaban la espalda con cauterios, último remedio de la ciencia, pero remedio inútil.

-¿Los siente? -le preguntó el médico.

Como papá Goriot hubiese ntrevisto al estudiante, le preguntó:

-Vienen, ¿verdad?

-Sí -le dijo Eugenio-, Delfina me sigue.

-Vamos -dijo Bianchon-, hablaba de sus hijas, a las que no olvida ni un momento.

-Termine usted -dijo el médico al cirujano-, no hay nada que hacer, no hay medio de salvarlo.

Bianchon y el cirujano colocaron al moribundo sobre su infecta cama.

-Sin embargo, será preciso cambiarlo de ropa -dijo el médico-. Aunque no hay ninguna esperanza, es preciso respetar en él la naturaleza humana. Luego volveré, Bianchon -dijo al estudiante-. Si se queja, póngale usted opio sobre el diafragma.

El cirujano y el médico salieron.

-Vamos, Eugenio, valor, amigo mío -le dijo Bianchon a Rastignac cuando estuvieron solos-. Pongámosle una camisa limpia y cambiémosle la ropa de cama. Anda a decirle a Silvia que suba sábanas y que venga a ayudarnos.

Eugenio bajó y encontró a la señora Vauquer ocupada en poner la mesa con Silvia. A las primeras palabras de Rastignac, la viuda se aproximó a él tomando esa actitud especial del comerciante desconfiado que no quiere perder su dinero ni enfadarse con el consumidor.

-Mi querido señor Eugenio -le dijo-, usted sabe, como yo, que papá Goriot no tiene un céntimo. Dar sábanas a un hombre que está a punto de morir, es perderlas, tanto más cuanto que habrá que emplear alguna en la mortaja. Me debe usted ya ciento cuarenta y cuatro francos, agregue cuarenta francos de sábanas y algunas otras cosas, como la candela que le dará Silvia, y ya tiene usted doscientos francos, que una pobre viuda como yo no está en condiciones… ¡Diantre, sea usted justo, señor Eugenio! Bastante he perdido en estos cinco días en que la suerte se ha cebado en mí. Daría de buena gana diez escudos para que ese hombre se hubiera marchado, como me anunció. Esto perjudica a los demás huéspedes, y si no fuera por usted, lo hubiese llevado al hospital. En fin, póngase usted en mi lugar. Ante todo mi establecimiento, que es mi vida.

Eugenio subió rápidamente a la habitación de papá Goriot.

-Bianchon, ¿dónde está el dinero del reloj?

-Sobre la mesa hay trescientos sesenta y tantos francos. Lo que falta lo he empleado en pagar lo que debíamos. La papeleta de empeño está junto al dinero.

-Tenga usted, señora -dijo Rastignac después de haber bajado corriendo las escaleras-. Cóbrese usted. Al señor Goriot le queda poco tiempo de estar en su casa.

-Sí, el pobre hombre saldrá con los pies para delante -dijo la patrona contando los doscientos francos con aire medio alegre y melancólico.

-Acabemos -dijo Rastignac.

-Silvia, saca sábanas y sube a ayudar a estos señores. Supongo que no olvidará usted a Silvia, que hace dos noches que vela -dijo la señora Vauquer en voz baja a Eugenio.

Tan pronto como Rastignac volvió la espalda, la viuda se aproximó a la cocinera:

-Toma las sábanas viejas del número 7. ¡Qué diablos, para un muerto son buenas!

Eugenio, que había subido algunos escalones, no oyó las palabras de la anciana patrona.

-Vamos -le dijo Bianchon-, cambiémosle la camisa, sostenlo derecho.

Eugenio se puso a la cabecera de la cama y sostuvo al moribundo, al que Bianchon le quitó la camisa. Papá Goriot hizo un gesto como para guardar algo sobre su pecho y lanzó plañideros e inarticulados gritos como los animales cuando dan muestras de un gran dolor.

-¡Oh! ¡Oh! -dijo Bianchon-. Pide una cadenita de pelo y un medallón que le quitamos para ponerle en los cauterios. ¡Pobre hombre! Hay que volver a ponérsela, está sobre la chimenea.

Eugenio fue a tomar la cadena hecha con cabellos castaños perteneciente sin duda a la señora Goriot, y de un lado del medallón leyó: Anastasia, y del otro: Delfina. Aquella era la imagen de su corazón que descansaba siempre sobre su pecho. Los rizos que contenía el medallón eran tan finos, que debieron haber sido cortados durante la primera infancia de sus dos hijas. Cuando el medallón tocó su pecho, el anciano lanzó un prolongado ¡ah!, que denotaba inmensa satisfacción. Era esta una de las últimas muestras de su sensibilidad, que parecía retirarse al centro desconocido de donde parten y adonde se dirigen nuestros sentimientos. Su cara convulsa tomó una expresión de alegría de enfermo. Los dos estudiantes, sorprendidos ante la terrible fuerza de un sentimiento que sobrevivía al pensamiento, derramaron lágrimas sobre el moribundo, que lanzó un agudo grito de placer.

-¡Nasia! ¡Fifina! -dijo.

-Aun vive -dijo Bianchon.

-¿Para qué le sirve? -dijo Silvia.

-Para sufrir -respondió Rastignac.

Después de haber hecho a su compañero una seña para que lo imitase, Bianchon se arrodilló para pasar los brazos por debajo de las pantorrillas del enfermo, mientras Rastignac hacía otro tanto del otro lado de la cama, para pasárselos por debajo de la espalda. Silvia estaba allí para quitar las sábanas y cambiárselas cuando el moribundo estuviera levantado. Engañado sin duda por las lágrimas, Goriot hizo un último esfuerzo para extender las manos, encontró a cada lado de la cama las cabezas de los estudiantes, las cogió violentamente por los cabellos y se le oyó decir débilmente: “¡Ah, ángeles míos!”. Dos palabras, dos murmullos acentuados por el alma, que voló después de producirlos.

-¡Pobre hombre! -dijo Silvia enternecida al oír aquella exclamación que demostraba un sentimiento supremo, exaltado por última vez por la más horrible y más involuntaria de las mentiras.

domingo

HONORÉ DE BALZAC - PAPÁ GORIOT (99)


En ese momento entró Bianchon.

-He encontrado a Cristóbal y me ha dicho que va a buscar un coche.

Después miró al enfermo, le levantó con dificultad los párpados, y los dos estudiantes pudieron ver un ojo frío y empañado ya.

-No creo que vuelva en sí -dijo Bianchon tomándole el pulso y colocando una mano sobre el corazón-. La máquina sigue adelante; pero, en la situación en que se halla, esto es una desgracia; sería preferible que se muriese.

-Sí, sería mejor -dijo Rastignac.

-Pero, ¿qué tienes? Estás pálido como un muerto.

-Amigo mío, acabo de oír quejas y gritos… ¡Hay un Dios! ¡Oh, sí, hay un Dios que nos procurará un mundo mejor que esta maldita tierra! Si esyo no hubiera sido tan trágico, lloraría como un niño; pero no puedo hacerlo, porque mi corazón y mi estómago están horriblemente contraídos.

-Bueno, dime, vamos a necesitar muchas cosas. ¿De dónde sacaremos el dinero?

-Toma, empéñalo enseguida -dijo Rastignac sacando su reloj-. No quiero detenerme en el camino, porque temo perder un minuto. Espero a Cristóbal y, como no tengo un céntimo, tendré que pagat el coche a la vuelta.

Rastignac se precipitó escaleras abajo y se encaminó a la casa de la señora de Restaud. Por el camino, su imaginación, impresionada por el horrible espectáculo que acababa de presenciar, caldeó su indignación. Cuando llegó a la antesala y preguntó por la señora de Restaud, le respondieron que no recibía a nadie.

-Es que vengo de parte de su padre, que se muere -le dijo al ayuda de cámara.

-No interesa, hemos recibido severas órdenes del señor conde.

-Si el señor de Restaud está, dígale el estado en que se encuentra su suegro, y adviértale que necesito hablarle un momento.

Eugenio esperó durante largo rato.

“Acaso se está muriendo en este instante”, pensaba.

El ayuda de cámara introdujo al estudiante en el primer salón, donde el señor de Restaud lo recibió de pie sin decirle que se sentase.

-Señor conde -le dijo Rastignac-, su suegro expira en este momento en una infame pocilga sin tener siquiera un céntimo para leña y desea ver a su hija.

-Caballero -le respondió con frialdad el conde de Restaud-, ya habrá podido usted ver el poco cariño que siento por el señor Goriot. Él formó el carácter de la señora de Restaud, ha sido la desgracia de mi vida y veo en él al enemigo de mi reposo. Me es completamente indiferente que viva o que muera. Estos son los sentimientos que me animan respecto de él. El mundo podrá vituperarme; pero no me importa, yo desprecio la opinión. Ahora tengo que hacer cosas más importantes que pensar en lo que opinarán de mí los estúpidos o los indiferentes. Respecto de la señora de Restaud, no está ahora en situación de salir. Dígale usted, pues, a su padre que tan pronto como haya cumplido sus deberes conmigo y con sus hijos, irá a verlo. Si ella quiere a su padre, puede estar libre dentro de algunos instantes.

-Señor conde, usted es dueño de su mujer y no me toca a mí juzgar su conducta, pero, ¿puedo contar con su lealtad? Pues bien, si es así, prométame únicamente decirle que a su padre no le queda un día de vida y que la ha maldecido al ver que no estaba a la cabecera de su cama.

-Dígaselo usted mismo -respondió el señor de Restaud sorprendido por los sentimientos de indignación que denotaba el acento de Eugenio.

Rastignac, conducido por el conde, entró en el salón donde estaba habitualmente la condesa, a la que encontró anegada en lágrimas y sepultada en una poltrona como mujer que deseara morir. A Eugenio le dio lástima. Antes de mirar a Rastignac, Anastasia dirigió a su marido tímidas miradas que denotaban una postración completa, agotadas sus fuerzas a causa de una tiranía moral y física. El conde hizo una inclinación de cabeza, y entonces la condesa dijo:

-Caballero, lo he oído todo. Dígale a mi padre que si conociese la situación en que me encuentro, me perdonaría. No contaba con este suplicio, que es superior a mí, pero resistiré hasta el fin -le dijo a su marido-, porque soy madre. Dígale a mi padre que mi conducta con él es irreprochable, a pesar de las apariencias -le gritó con desesperación al estudiante.

Eugenio saludó a los dos esposos, y adivinando la horrible situación en que se encontraba aquella mujer, se retiró estupefacto. El tono del señor de Restaud le demostró la inutilidad de su paso, y comprendiendo que Anastasia no era libre, corrió entonces a la casa de la señora de Nucingen, a la que encontró en su cama.

-Amigo mío, estoy enferma y espero al médico. Tomé frío al salir del baile, y temo tener un fuerte catarro.

-Aunque tuviese usted la muerte en sus labios, tiene que venir al lado de su padre -le dijo Eugenio interrumpiéndola-. Si pudiera usted oír el más ligero de sus gritos, ya no se sentiría usted enferma.

-Eugenio, mi padre no está tal vez tan enfermo como usted dice; pero de todos modos, no quiero aparecer culpable ante sus ojos y haré lo que usted desea. Ya sé que se morirá de pena si mi enfermedad se agravara con esta salida. Pero no importa, iré tan pronto como haya venido mi médico. ¡Ah! ¿Por qué no lleva usted mi reloj? -dijo no viendo la cadena.

Eugenio se puso colorado.

-Eugenio, Eugenio, me disgustaría mucho saber que lo ha vendido o perdido.

El estudiante se inclinó sobre la cama de Delfina y le dijo al oído:

-¿Quiere usted saberlo? Pues bien, sépalo, su padre no tiene con qué comprarse el sudario que ha de cubrir esta noche su cadáver. Como no tenía dinero, el reloj está empeñado.

Delfina saltó de la cama, cprrió a su secreter, tomó de él su portamonedas y se lo entregó a Rastignac.

Llamó y gritó:

-¡Oh, voy, voy al instante, Eugenio, deje que me vista! El no ir sería una monstruosidad. Vaya usted delante, que yo lo alcanzaré. Teresa -dijo a su camarera, dúgale usted al señor de Nucingen que deseo hablarle al instante.

Eugenio, satisfecho de poder anunciart al moribundo la presencia de una de sus hijas, llegó casi alegre a la calle Nueva de Santa Genoveva y echó mano a la bolsa para pagar inmediatamente al cochero. El portamonedas de aquella mujer tan joven, tan rica y tan elegante sólo contenía setenta francos.

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