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miércoles

FLAUBERT, RETRATO EN DOCE LETRAS


 por Nuria Azancot

Amistad. Amigo cierto en horas inciertas, desde su juventud Flaubert sintió verdadera devoción por camaradas como Ernest Chevalier, Alfred Le Poittevin, Louis Bouilhet o Maxime du Camp. Con Du Camp, por ejemplo, recorrió Bretaña y redactó a medias un libro con sus impresiones, escribiendo Flaubert los capítulos impares y Du Camp los pares. También Du Camp fue, con Bouilhet, el primer oyente de La tentación de San Antonio, aunque le aconsejaron que quemara la novela. No menor fue su relación trascendental y apasionada con otros escritores como Michelet, TurguénevZolaMaupassant y George Sand.

Burguesía. Profundamente antiburgués, el escritor despreciaba la sociedad de su tiempo, a la que tildaba de brutal, imbécil y mostrenca, capaz de condenar al fracaso cualquier intento espiritual. En sus novelas y relatos derrocha tanto odio como inteligencia y resentimiento hacia una clase social que despreciaba, sin por ello idealizar a los más desfavorecidos. Como resaltó Vargas Llosa en La orgía perpetua, “Flaubert era un profundo egoísta en lo que respecta a la injusticia social, y, a lo largo de su vida, no se preocupó sino de los problemas que atañían a su persona y a la literatura. Con el pretexto de odiar al burgués, odiaba y despreciaba a los demás hombres”.

Crítico. Implacable, en su correspondencia Flaubert se muestra como un crítico irreverente y feroz. Así, de Balzac escribe: “¡Qué grande sería, si hubiera sabido escribir!”; sobre Lamartine decía que “tiene espíritu de eunuco, le faltan cojones, en su vida no ha meado otra cosa que agua cristalina”. Y sobre las gentes de letras, en general, que “son como putas que acaban por ser incapaces de gozar. Tratan al arte como las putas tratan a los hombres; le sonríen todo lo que pueden, pero no lo aman”. O, como escribió a Louise Colet en 1851: “Está muy bien eso de ser un gran escritor, tener a los hombres en la sartén de freír las frases y hacerlos saltar en ella como si fueran castañas. Pero para ello es necesario tener algo que decir”.

Disciplina. Infatigable, escribió casi sin parar durante ocho o diez horas todos los días de su vida, desde los 9 a los 59 años (salvo algunos viajes, compromisos sociales o visitas a los burdeles), convencido de la necesidad de ser “constante y ordenado en la vida cotidiana para que puedas ser violento y original en tu trabajo”. No fue un autor demasiado prolífico, pero reescribía, corregía, trazaba planes, esbozos, y recopilaba documentos anejos sin cesar: escribió tres veces La tentación de San Antonio y dos La educación sentimental, y de Madame Bovary se conservan 1.788 folios, además de los 42 de los borradores y los 490 del manuscrito definitivo de la novela. Su entrega a la escritura era tal que llegó a definirla como una “vida de perros, pero la única digna de ser vivida”.

Estilo. Convencido de que “la perfección del estilo es no tenerlo. El estilo es como el agua, es mejor cuanto menos sabe”. Es también el arma decisiva de su modernidad, pues, como señalaba Vargas Llosa en Letras Libres, “Flaubert fue el primer novelista en tomar conciencia clara de que para transmitir al lector la impresión de vida propia que dan las buenas historias, la novela debía aparecer a sus ojos como una realidad soberana, autosuficiente, no parásita de la vida exterior a ella –la vida real– y que esa ilusión de soberanía, de autonomía total, una novela la lograba únicamente mediante la eficacia de la forma, es decir, del estilo”.

Felicidad. Desengañado de casi todo y consagrado a la escritura, a menudo derramaba frases cargadas de escepticismo sobre la felicidad, de la que proclamaba que era una monstruosidad, y que quienes la buscaban resultaban siempre castigados, o que “ser estúpido, egoísta y gozar de buena salud son los tres requisitos para ser feliz, aunque si falla la estupidez, todo está perdido”.

Influencia. De Joyce a Beckett pasando por KafkaProust o Hemingway, los padres de la narrativa moderna asumieron la influencia de Flaubert en sus obras. Kafka, por ejemplo, soñaba con encontrarse en una gran sala atestada de gente ante la que leía, sin interrupción, toda La educación sentimental, para él, el libro favorito de su maestro, al que también mencionó en sus cartas y diarios. Sólo Sartre parece escapar de su influjo, pues lo tildó de "el idiota de la familia" por su dependencia materna y su reclusión en Croisset. Pero sigue vivo, como demuestra que la crítica francesa aún detecte sus huellas en autores como Houellebecq o Modiano.

Justicia. Cuando en 1856 Flaubert comenzó a publicar Madame Bovary en la Revue de Paris, el escándalo público acompañó al éxito indudable entre los lectores, al punto que a principios de 1857 se inició una campaña contra la revista y la novela. El 31 de enero se celebró el juicio por “ofensa a la moral y a la religión” pero el abogado de la familia, Senard, logró que fuesen absueltos mientras el proceso servía de excelente lanzamiento publicitario para el libro, que fue celebrado por los críticos más prestigiosos, como Baudelaire y Sainte-Beuve.

Mujer. Profundamente misógino, aseguraba que “la mujer es un animal vulgar” y en una de sus cartas a Louise Colet escribe, brutal, a su amante: “Confunden su culo con su corazón y creen que la luna está hecha para iluminar su alcoba”. Como este, son cientos los comentarios cargados de resentimiento de este soltero empedernido. Aunque pocos tan expresivos como un fragmento de Madame Bovary que no vio la luz por consejo de sus amigos, y en el que el escritor rechazaba que las mujeres leyeran, porque la lectura les provocaba males no solo morales sino también físicos.

Novela. Pocos autores han diseccionado la revolución flaubertiana con la deslumbrada lucidez de Vargas Llosa, que desde La orgía perpetua ha explicado cómo desde el narrador francés “entre la realidad real y la realidad novelesca no hay identificación posible sino una distancia infranqueable, la misma que separa el fantasma del hombre de carne y hueso […] La novela no es un espejo de la realidad: es otra realidad, creada de pies a cabeza por una combinación de fantasía, estilo y artesanía. […] Desde Flaubert el ‘realismo’ es también una ficción y toda novela dotada de un poder de persuasión suficiente para seducir al lector es realista, pues comunica una ilusión de realidad”.

Religión. Es posible que Flaubert suscribiese, al menos en parte, la proclama de Homais en Madame Bovary: “Tengo una religión, mi religión […] yo adoro a Dios. ¡Creo en el Ser Supremo, un Creador, […]; pero no necesito ir a una iglesia a besar bandejas de plata y a engordar con mi bolsillo un montón de farsantes que se alimentan mejor que nosotros! Porque se puede honrarlo lo mismo en un bosque, en un campo, o incluso contemplando la bóveda celeste como los antiguos. Mi Dios, el mío, es el Dios de Sócrates, de Franklin, de Voltaire”.

Sexo. Según Julian Barnes en El loro de Flaubert, en 1836 se produjo la iniciación sexual de Flaubert, con una de las doncellas de su madre. Comenzaba así una carrera erótica muy activa, pues el escritor frecuentó burdeles y amantes, y, al parecer, “en su primera madurez resulta muy atractivo para las mujeres”. Se dice que su primer amor, Elisa Schlesinger, una mujer casada a la que conoció en una playa normanda cuando él tenía sólo quince años y ella veintiséis, inspiró en parte el papel de Marie, la prostituta de Noviembre.

@nmazancot

Cuento de una vida


1821. El 12 de diciembre de 1821 nace en Ruan Gustave Flaubert, nieto, hijo y hermano de médicos. Su padre era cirujano jefe del Hôtel Dieu de Rouen, hoy Museo Flaubert.

1832. Ingresa en el Colegio Real de Ruan, donde es considerado un alumno ejemplar.

1844. Abandona la carrera de Derecho debido a desequilibrios nerviosos y epilepsia y se instala en Croisset, cerca de Ruan, en el que será su hogar definitivo.

1846. Mueren su padre y su hermana, y se hace cargo de su sobrina. Comienza una relación sentimental con la poeta Louise Colet, con la que mantiene una correspondencia abundantísima.

1848. Asiste en París de la Revolución de 1848 y comienza a escribir la primera versión de La tentación de San Antonio.

1849-1851. Viaja con su gran amigo Maxime Du Camp a Italia, Grecia, Egipto, Siria, Turquía y Jerusalén. Al regresar, comienza a escribir Madame Bovary.

1857. Publica Madame Bovary en formato de folletín en la Revue de Paris. Las autoridades emprenden acciones legales contra la editorial y el autor, acusados de atentar contra la moralidad, pero fueron declarados inocentes.

1858. Pasa varios meses en Cartago, documentándose para su próxima novela, Salambó, que termina cuatro años después.

1864. Comienza a escribir la segunda versión de La educación sentimental, que finalmente se publica en 1869.

1872. Muere su madre, lo que repercute gravemente en sus finanzas.

1874. Termina al fin La tentación de San Antonio, en la que llevaba trabajando desde 1857. Fracasa de manera estrepitosa su obra de teatro El candidato.

1877. Publica Tres cuentos, mientras trabaja en la que considera que va a ser su obra maestra, la novela Bouvard y Pécuchet, publicada póstumamente en 1881.

1880. Envejecido prematuramente, el 8 de mayo fallece en Croisset a consecuencia de una hemorragia cerebral, pero es enterrado en el panteón familiar del cementerio de Ruan. Tenía cincuenta y ocho años.


(EL CULTURAL / 7-12-2021)

sábado

GUSTAVE FLAUBERT (1842 - 1925)



SEGUNDA ENTREGA

III
Después de hacer en la puerta una genuflexión, avanzaba por la alta nave entre la doble hilera de sillas, abría el banco de la señora de Aubain, se sentaba y paseaba la mirada a su alrededor.

Los muchachos a la derecha y las niñas a la izquierda, llenaban los sitiales del coro; el cura se mantenía de pie cerca del facistol; en una vidriera del ábside el Espíritu Santo se cernía sobre la Virgen; en otro aparecía ésta de rodillas ante el Niño Jesús; y detrás del tabernáculo una talla en madera representaba a San Miguel derribando al dragón.

El sacerdote comenzaba haciendo un resumen de la historia sagrada. Felicitas creía ver el Paraíso, el diluvio, la torre de Babel, ciudades incendiadas, multitudes que morían, ídolos derribados; y de ese deslumbramiento conservó el respeto por el Altísimo y el temor de su ira. Luego lloró escuchando el relato de la Pasión. ¿Por qué le habían crucificado, a Él, que amaba a los niños, alimentaba a la gente, sanaba a los ciegos y había querido, por bondad, nacer entre los pobres, sobre el estiércol de un establo? Las siembras, las cosechas, los lagares, todas esas cosas ordinarias de que habla el Evangelio las tenía ella en su vida; el paso de Dios las había santificado, y en adelante amó más tiernamente a los corderos por amor al Cordero, y a las palomas a causa del Espíritu Santo.

Se le hacía difícil imaginarse a éste, porque no era solamente un ave, sino también un fuego, y otras veces un soplo. Era tal vez su luz la que revolotea en las orillas de los pantanos, su aliento el que empuja a las nubes, su voz la que hace armoniosas las campanas; y se quedaba en ado¬ración, gozando de la frescura de las paredes y la tranquilidad del templo.

En cuanto a los dogmas, no los comprendía ni trataba de comprenderlos. El cura hablaba, los niños recitaban y ella terminaba durmiéndose; y se despertaba de pronto cuando al salir los otros hacían resonar las losas con los zuecos.

De esta manera, a fuerza de oírlo, fue como aprendió el catecismo, pues en su juventud habían descuidado su educación religiosa; y desde entonces imitó todas las prácticas de Virginia, ayunaba como ella y se confesaba al mismo tiempo que ella. El día del Corpus hicieron juntas un altar.

La primera comunión la atormentó por adelantado. Se preocupó por los zapatos, el rosario, el libro de oraciones y los guantes. ¡Con qué temblor ayudó a su madre a vestirla!

Durante toda la misa estuvo angustiada. El señor Bourais le ocultaba un lado del coro; pero justamente enfrente el conjunto de vírgenes, con sus coronas blancas y sus velos echados, formaba como un campo nevado, y en él reconoció desde lejos a su niña querida por su cuello más lindo y su actitud recogida. Sonó la campana. Las cabezas se inclinaron y se produjo un silencio. A los acordes del órgano los chantres y la multitud entonaron el Agnus Dei; luego comenzó el desfile de los muchachos, y a continuación se levantaron las niñas. Paso a paso, con las manos juntas, se dirigían al altar completamente iluminado, se arrodillaban en el primer peldaño, recibían la hostia sucesivamente y en el mismo orden volvían a sus reclinatorios. Cuando le llegó el turno a Virginia, Felicitas se inclinó para verla, y con la imaginación que da el verdadero cariño, le pareció que aquella niña era ella misma, que su rostro se convertía en el suyo, que su traje la vestía, que su corazón le latía en el pecho; y en el momento en que Virginia abría la boca y cerraba los ojos estuvo a punto de desmayarse.

Al día siguiente, muy temprano, se presentó en la sacristía para que el señor cura le diera la comunión. La recibió devotamente, pero no experimentó las mismas delicias.

La señora de Aubain quería hacer de su hija una persona perfecta, y como Guyot no podía enseñarle el inglés ni la música, resolvió ponerla como pupila en el colegio de las ursulinas de Honfleur.

La niña no se opuso. Felicitas suspiraba y pensaba que la señora era insensible. Luego creyó que la señora tal vez tuviera razón. Esas cosas no eran de su incumbencia.

Por fin, un día, un viejo carruaje se detuvo ante la puerta, y de él se apeó una monja que venía en busca de la señorita. Felicitas subió los equipajes a la baca, hizo recomendaciones al cochero y colocó en la caja del vehículo seis tarros de dulce y una docena de peras, más un ramo de violetas.

En el último momento, Virginia estalló en un gran sollozo, abrazó a su madre, que la besaba en la frente y repetía: "¡Vamos! ¡Ánimo, ánimo!" y levantaron el estribo. El coche partió.

Entonces, la señora de Aubain sintió un desfallecimiento, y por la tarde todos sus amigos, el matrimonio Lormeau, la señora Lechaptois, las señoritas Rochefeuille, el señor de Houppeville y Bourais se presentaron para consolarla.

La ausencia de su hija fue para ella muy dolorosa al principio. Pero tres veces por semana recibía una carta de la niña, y los otros días le escribía ella, se paseaba por el jardín, leía un poco y de esa manera llenaba el vacío de sus horas.

Por la mañana, según su costumbre, Felicitas entraba en la habitación de Virginia y contemplaba las paredes. Le ponía de mal humor no tener que peinarla, ni atarle los zapatos, ni doblarle la ropa de la cama, y no ver ya continuamente su cara graciosa, no llevarla de la mano cuando salían juntas. En sus ratos de ocio trataba de hacer encaje, pero sus dedos demasiado torpes rompían los hilos; no servía para nada, había perdido el sueño y, según su expresión, estaba "consumida".

Con el fin de "disiparse" pidió permiso para recibir a su sobrino Víctor.
Llegó el domingo, después de la misa, con las mejillas rosadas, el pecho desnudo y oliendo al campo por el que había pasado. Inmediatamente ella le preparó la mesa. Comieron el uno frente al otro, ella lo menos posible para ahorrar el gasto, pero al sobrino lo atiborró de tal modo que se quedó dormido. Al primer toque de Vísperas lo despertó, le cepilló el pantalón, le anudó la corbata y lo llevó a la iglesia, apoyada en su brazo con orgullo maternal.

Sus padres le encargaban siempre que llevara algo; un paquete de azúcar negra, jabón, aguardiente, y a veces incluso dinero. Él llevaba sus ropas viejas para que ella las remendara, y Felicitas aceptaba esa tarea, contenta porque era un motivo que obligaba a volver a su sobrino.

En el mes de agosto su padre lo llevó al cabotaje.

Era la época de las vacaciones. La llegada de los niños le consoló. Pero Pablo se iba poniendo caprichoso y Virginia no tenía ya edad para que se le tutease, lo que creaba una incomodidad, una barrera entre ellos.

Víctor fue sucesivamente a Morlaix, Dunkerque y Brighton; al regreso de cada viaje le hacía un regalo. La primera vez fue una caja de conchillas; la segunda, una taza de café; la tercera, un gran muñeco hecho con pan de centeno, miel y especias. Se iba embelleciendo, estaba bien formado, tenía un poco de bigote, bellos ojos francos y un sombrerito de cuero echado hacia atrás como un piloto. Divertía a Felicitas contándole aventuras salpicadas con términos marinos.

Un lunes, el 14 de julio de 1819 -ella nunca olvidó la fecha- Víctor anunció que se había contratado para un largo viaje, y que dos días después por la noche iría en el paquebote de Honfleur a embarcarse en su goleta, la que zarparía de El Havre muy pronto. Probablemente estaría dos años ausente.

La perspectiva de una ausencia tan larga desconsoló a Felícitas, y para despedirle otra vez, el miércoles por la tarde, después de servir la comida a la señora, se calzó los zuecos y se tragó las cuatro leguas que separan a Pont-l'Évêque de Honfleur.

Cuando llegó al Calvario, en vez de tomar a la izquierda tomó a la derecha; se perdió en los astilleros, tuvo que retroceder y las personas a las que interrogó le instaron a que se apresurara. Dio la vuelta a la dársena llena de barcos, tropezó con las amarras y luego, como el terreno descendía y las luces se entrecruzaban, creyó que se había vuelto loca al ver unos caballos en el aire.

Al borde del muelle otros relinchaban, asustados por el mar. La polea que los alzaba los depositaba en un barco, donde se atropellaban los viajeros entre barricas de sidra, cestos de queso y sacos de trigo; se oía cacarear a las gallinas, el capitán juraba y un grumete se hallaba acodado en la serviola, indiferente a todo. Felicitas, que no lo había reconocido, gritaba: "¡Víctor!". El grumete levantó la cabeza, y cuando ella corrió hacia él retiraron de pronto la escala.

El paquebote, halado por mujeres que cantaban, salió del puerto. Sus cuadernas crujían y las fuertes olas le azotaban la proa. La vela cambió de dirección y ya no se vio a nadie; y en el mar plateado por la luna el paquebote formó una mancha negra que fue palideciendo, se hundió y desapareció.

Felicitas, al pasar junto al Calvario, quiso encomendar a Dios al ser que más amaba, y oró durante largo tiempo, de pie, con la cara bañada por las lágrimas y los ojos elevados hacia las nubes. La ciudad dormía, los aduaneros se paseaban, y el agua caía ininterrumpidamente por las aberturas de la represa, con un ruido de torrente. Dieron las dos.

El locutorio no se abriría hasta el amanecer. Un retraso seguramente contrariaría a la señora, por lo que, a pesar de su deseo de besar al otro niño, volvió a casa. Las mozas de la posada acababan de despertarse cuando entró en Pont-l' Évêque.

¡El pobre muchacho iba, pues, a rodar por las olas durante muchos meses! Los viajes anteriores no le habían asustado. De Inglaterra y de Bretaña se volvía, pero América, las colonias y las islas se perdían en una región vaga, en el otro extremo del mundo.

Desde entonces Felicitas pensó exclusivamente en su sobrino. Los días de sol se atormentaban acordándose de la sed que podía sufrir, y cuando había tormenta temía que le cayera un rayo. Al oír el viento que rugía en la chimenea y se llevaba las tejas, lo veía azotado por la misma tempestad en lo alto de un mástil roto, con el cuerpo tendido de espalda bajo una capa de espuma; o bien -recuerdos de la geografia con láminas- lo devoraban los salvajes, lo raptaban en un bosque los monos, o moría en una playa desierta. Pero nunca hablaba de sus inquietudes.

La señora de Aubain tenía otras con respecto a su hija.

Las buenas hermanas decían que era afectuosa, pero delicada. La menor emoción la turbaba. Tuvo que abandonar el piano.

Su madre exigía del convento una correspondencia regular. Una mañana no fue el cartero y se impacientó; se paseaba por la sala desde el sillón hasta la ventana. ¡Era realmente extraordinario! ¡Desde hacía cuatro días no tenía noticias!

Para que se consolara con su ejemplo, Felicitas le dijo: -Yo, señora, hace ya seis meses que no las recibo. -¿De quién?

La criada contestó en voz baja:
-De mi sobrino.
-¡Ah, de su sobrino!

Y, encogiéndose de hombros, la señora de Aubain reanudó su paseo, lo que quería decir: "Yo no pensaba en eso. Además, me tiene sin cuidado. ¡Un grumete, un pelagatos, sin la menor importancia! En tanto que mi hija... ¡Imagínese!".

Aunque Felicitas estaba acostumbrada a la rudeza, se indignó contra la señora, pero luego olvidó.
Le parecía muy natural que su ama perdiera la cabeza cuando se trataba de su hija.

Los dos niños tenían para ella la misma importancia; el afecto de su corazón los unía y su destino debía ser el mismo.

El farmacéutico le dijo que el barco donde iba Víctor había llegado a La Habana. Había leído la información en un periódico.

A causa de los cigarros, se imaginaba que La Habana era un lugar donde no se hacía más que fumar, y Víctor andaba entre los negros envuelto en una nube de tabaco. En "caso necesario", ¿se podía volver de allí por tierra? ¿A qué distancia quedaba de Pont-l'Évêque? Para saberlo interrogó al señor Bourais.

Él tomó el atlas y comenzó a darle explicaciones sobre las longitudes, y sonreía pedantescamente ante el estupor de Felicitas. Por fin, con su lapicera, señaló en una mancha ovalada un punto negro y dijo: "Aquí está". Ella se inclinó sobre el mapa, pero aquella red de líneas de colores le cansaba la vista y no le enteraba de nada. Bourais le preguntó qué dificultad encontraba y ella le pidió que le mostrara la casa donde vivía Víctor. Bourais levantó los brazos, estornudó y soltó una carcajada; semejante candor excitaba su júbilo, sin que Felicitas comprendiera el motivo, pues lo que ella esperaba tal vez era ver inclusive el retrato de su sobrino, ¡tan limitada era su inteligencia!

Quince días después Liébard, a la hora del mercado como de costumbre, entró en la cocina y le entregó una carta que le enviaba su cuñado. Como ninguno de los dos sabía leer, Felicitas recurrió a su ama.

La señora de Aubain, que contaba las mallas de un tejido, lo dejó a un lado, abrió la carta, se estremeció y en voz baja y con una mirada profunda, dijo:

-Le anuncian... una desgracia. Su sobrino...

Había muerto. Nada más decía la carta.

Felicitas cayó en una silla, con la cabeza apoyada en el tabique, y cerró los párpados, que se le enrojecieron de pronto. Luego, con la cabeza baja, las manos colgantes y los ojos fijos, comenzó a repetir a intervalos:

-¡Pobre muchacho! ¡Pobre muchacho!

Liébard la contemplaba y suspiraba. La señora de Aubain temblaba un poco.

Propuso a Felicitas que fuera a ver a su hermana en Trouville.

Felicitas respondió con un gesto que no necesitaba hacer eso.

Hubo un silencio, y el bueno de Liébard juzgó conveniente retirarse.
Entonces ella dijo:

-A ellos no les importa eso.

Volvió a bajar la cabeza; y de vez en cuando levantaba maquinalmente las largas agujas del costurero.

Unas mujeres pasaron por el patio con unas angarillas de las que goteaba ropa blanca.

Al verlas desde la ventana, Felicitas recordó su lejía; la víspera había hecho la colada y tenía que aclararla. Salió de la habitación.

Su tabla y su cuba estaban a la orilla del Toucques. Colocó en el ribazo un montón de camisas, se remangó y tomó la pala, y los fuertes golpes que daba se oían en los huertos de los alrededores. En los prados no había nadie, el viento agitaba el río, en el fondo se inclinaban sobre él grandes hierbas, como cabelleras de cadáveres que flotasen en el agua. Felicitas reprimía su dolor y hasta la noche se mostró muy valiente, pero cuando estuvo en su habitación se entregó a su angustia, tendida boca abajo en el colchón, con la cara apoyada en la almohada y los dos puños contra las sienes.

Mucho tiempo después se enteró, por medio del capitán del barco en que iba Víctor, de las circunstancias de su muerte. Le habían sangrado demasiado en el hospital a causa de la fiebre amarilla. Cuatro médicos lo atendieron al mismo tiempo. Murió inmediatamente y el médico jefe dijo:

-¡Bueno! ¡Uno más!

Sus padres lo habían tratado siempre con dureza. Felicitas prefería no volver a verlos, y ellos nada hicieron para ello, por olvido o porque eran unos miserables sin corazón.

Virginia se debilitaba.
Opresiones, toses, una fiebre constante y jaspeaduras en las mejillas revelaban alguna enfermedad seria. El señor Poupart aconsejó una estada en Provenza. La señora de Aubain, tomó una decisión e inmediatamente llevó a su hija de vuelta a su casa, a pesar del clima de Pont-l'Évêque.

Hizo un arreglo con un alquilador de coches que la llevaba al convento todos los martes. En el jardín había una terraza desde la que se veía el Sena. Virginia se paseaba allí del brazo de su madre, sobre las hojas de pámpano caídas. A veces el sol que atravesaba las nubes le obligaba a guiñar los ojos cuando miraba a lo lejos las velas y todo el horizonte, desde el castillo de Tancarville hasta los faros de El Havre. Luego descansaban en la glorieta. Su madre se había procurado un barrilito de excelente vino de Málaga, y, riendo ante la idea de emborracharse, la niña bebía dos deditos solamente.

Recuperó las fuerzas. El otoño transcurrió apaciblemente. Felicitas tranquilizaba a la señora de Aubain. Pero una tarde en que había ido a hacer un encargo en las cercanías, al volver encontró delante de la puerta el cabriolé del señor Poupart, y a él en el vestíbulo. La señora de Aubain se ponía el sombrero.

-¡Déme la estufilla, mi bolso y los guantes! ¡Apresúrese!

Virginia tenía pulmonía. Tal vez su estado era desesperado.

-Todavía no -dijo el médico.

Y los dos subieron al coche, bajo los copos de nieve arremolinados. Se acercaba la noche y hacía mucho frío.

Felicitas corrió a la iglesia para encender un cirio. Luego volvió a correr tras el cabriolé, al que alcanzó una hora después, saltó ágilmente a la trasera y aguantó el traqueteo, hasta que de pronto pensó: "¡El patio no estaba cerrado! ¿Y si entraran ladrones?" Y se apeó.

Al día siguiente, al amanecer, se presentó en casa del médico. Había vuelto y salido otra vez para el campo. Luego se quedó en la posada, creyendo que algunos desconocidos le llevarían una carta. Por fin, a primera hora, tomó la diligencia de Lisies.

El convento se hallaba en el fondo de una callejuela empinada. Hacia la mitad del camino oyó unos sonidos extraños, como si las campanas tocaran a muerto. "Será por otro", pensó, y golpeó violentamente con la aldaba.

Al cabo de muchos minutos se arrastraron unas chancletas, se entreabrió la puerta y apareció una monja.
La buena hermana le dijo en tono compungido que "la niña acababa de morir". Al mismo tiempo, redoblaba la campana de Saint-Léonard.

Felicitas subió al segundo piso.

Desde la puerta de la habitación vio a Virginia tendida de espaldas, con las manos juntas, la boca abierta y la cabeza echada hacia atrás bajo una cruz negra que se inclinaba sobre ella entre las cortinas inmóviles, menos pálidas que su rostro. La señora de Aubain, al pie de la cama que abrazaba, hipaba de angustia. La superiora se hallaba de pie a la derecha. Tres candeleros colocados en la cómoda formaban manchas rojas y la niebla blanqueaba las ventanas. Unas religiosas se llevaron a la señora de Aubain.

Durante dos noches Felicitas no se separó de la difunta. Repetía las mismas plegarias, rociaba con agua bendita las sábanas, volvía a sentarse y la contemplaba. Cuando terminó la primera velación observó que la cara se le ponía amarilla, se le azulaban los labios, se le afilaba la nariz y se le hundían los ojos. Los besó muchas veces, y no se habría sorprendido mucho si Virginia los hubiera abierto de nuevo, pues para almas como la suya lo sobrenatural es muy sencillo. La vistió, la amortajó, la depositó en el ataúd, le puso una corona y le extendió la cabellera. Era rubia y muy larga para su edad. Felicitas cortó un mechón y guardó la mitad en su pecho, resuelta a no desprenderse de él.

GUSTAVE FLAUBERT (1842 - 1925)



UN CORAZÓN SENCILLO
PRIMERA ENTREGA


Durante medio siglo las vecinas acomodadas de Pont-l'Évêque envidiaron a la señora de Aubain su criada Felicitas.

Por cien francos al año cocinaba, arreglaba la casa, cosía, lavaba y planchaba, sabía embridar un caballo, cebar las aves de corral, batir la manteca; y además se mantuvo fiel a su ama, la que, sin embargo, no era una persona agradable.

Se había casado con un buen muchacho sin fortuna que murió a comienzos de 1809, dejándole dos niños muy pequeños y una cantidad de deudas. Entonces vendió sus fincas, con excepción de la granja de Toucques y la de GefTosses, cuyas rentas ascendían a 5.000 francos a lo sumo, y dejó su casa de Saint-Melaine para vivir en otra menos costosa que había pertenecido a sus antepasados y se hallaba detrás del mercado.

Esa casa, con techo de pizarra, estaba entre un pasaje y una callejuela que iba a dar al río. Tenía interiormente diferencias de nivel que hacían tropezar. Un vestíbulo estrecho separaba la cocina de la sala, donde la señora de Aubain pasaba todo el día sentada junto a la ventana en un sillón de paja. Contra el zócalo, pintado de blanco, se alineaban ocho sillas de caoba. Un viejo piano soportaba, bajo un barómetro, un montón piramidal de cajas y sombrereras. Dos butacas tapizadas flanqueaban la chimenea de mármol amarillo y de estilo Luis XV. El reloj, en el centro, representaba un templo de Vesta, y toda la habitación olía un poco a moho, pues el entarimado quedaba más bajo que el jardín.

En el piso alto estaba en primer lugar el dormitorio de "la señora", muy grande, revestido con un papel de flores pálidas y adornado con el retrato del "señor" ataviado a lo lechuguino. Esa habitación se comunicaba con otra más pequeña, donde se veían dos camitas de niño sin colchones. Luego venía el salón, siempre cerrado y lleno de muebles enfundados. A continuación un pasillo llevaba a un gabinete de estudio; libros y papelotes guarnecían los estantes de una biblioteca que rodeaba por tres de sus lados a un gran escritorio de madera negra. Los dos entrepaños en ángulo se ocultaban bajo dibujos a pluma, paisajes a la acuarela y grabados de Audran, recuerdos de una época mejor y de un lujo desaparecido. En el segundo piso, un tragaluz iluminaba la habitación de Felicitas, que daba a las praderas.
Felicitas se levantaba al amanecer para no perder la misa, y trabajaba hasta la noche sin interrupción; luego, terminada la cena, en orden la vajilla y la puerta bien cerrada, ocultaba los rescoldos bajo las cenizas y se dormía ante el hogar con el rosario en la mano. Nadie mostraba más obstinación en los regateos. En cuanto a la limpieza, el bruñido de sus cacerolas causaba la desesperación de las otras sirvientas.

Económica, comía con lentitud y recogía de la mesa con los dedos las migajas de su pan, un pan de doce libras cocido ex profeso para ella y que duraba veinte días.

En todas las estaciones llevaba un pañuelo de indiana sujeto a la espalda con un alfiler, una toca que le ocultaba el cabello, medias grises, falda roja y sobre la camisola un delantal con pechero, como las enfermeras de los hospitales.

Su rostro era enjuto y su voz aguda. A los veinticinco años se le calculaba cuarenta. Desde la cincuentena ya no mostró edad alguna; y siempre silenciosa, con el cuerpo erguido y los gestos mesurados, parecía una mujer de madera que funcionaba de manera automática.


II


Había tenido, como cualquier otra, su historia amorosa. Su padre, albañil, se había matado al caer de un andamio.

Luego murió su madre, sus hermanas se dispersaron, la recogió un labrador y la dedicó desde pequeñita a guardar las vacas en el campo. Tiritaba bajo los harapos, bebía boca abajo el agua de los charcos, le pegaban con cualquier motivo y finalmente la echaron por un robo de un franco y medio que no había cometido. Entró en otra granja, donde trabajó como moza de corral, y como era del agrado de los patrones, sus compañeras la envidiaban.

Una noche de agosto, cuando tenía dieciocho años, la llevaron a la feria de Colleville. En seguida la aturdieron y dejaron estupefacta el estruendo de los músicos de aldea, las luces en los árboles, el abigarramiento de los vestidos, los encajes, las cruces de oro y la multitud de gente que saltaba al mismo tiempo. Ella se mantenía apartada modestamente, cuando un joven bien trajeado, y que fumaba su pipa apoyado en la lanza de un carricoche, la invitó a bailar. La obsequió con sidra, café, galletas y un pañuelo de seda, e imaginándose que ella barruntaba su intención, se ofreció a acompañarla. A la orilla de un campo de avena la revolcó brutalmente. Ella se asustó y comenzó a gritar. El joven se alejó.

Otra noche, en el camino de Beaumont, quiso adelantarse a un carretón de heno que avanzaba lentamente, y al pasar rozando las ruedas reconoció a Teodoro.

Él se le acercó con aire tranquilo y le dijo que debía perdonarle todo, porque "la culpa la tenía la bebida".

Ella no supo qué responder y deseaba huir.

Inmediatamente él habló de las cosechas y de los notables del pueblo, pues su padre se había trasladado de Colleville a la granja de los Ecots, de manera que ahora eran vecinos.

-"¡Ah!" -dijo ella

Él añadió que deseaban casarlo. Pero no tenía prisa y esperaría hasta encontrar una mujer de su gusto. Felicitas bajó la cabeza y Teodoro le preguntó si pensaba en el matrimonio. Ella contestó, sonriendo, que hacía mal en burlarse.

-¡Pero no, se lo juro!

Y con el brazo izquierdo le rodeó la cintura; disminuyeron el paso. El viento soplaba suavemente, las estrellas brillaban, el carretón de heno oscilaba delante de ellos, y los cuatro caballos, arrastrando las patas, levantaban el polvo.

Luego, sin que se lo ordenaran, giraron hacia la derecha. Él la abrazó una vez más y ella desapareció en la oscuridad.

A la semana siguiente Teodoro consiguió algunas citas.

Se encontraban en el fondo de los corrales, detrás de tina tapia, bajo un árbol solitario. Ella no era inocente a la manera de las señoritas -los animales la habían instruido pero la razón y el instinto del honor le impidieron caer. Esa resistencia exasperó el amor de Teodoro, tanto que para satisfacerlo, o ingenuamente tal vez, le propuso casamiento.

Como ella vacilaba en creerle, le hizo grandes juramentos.

Pronto él confesó algo enfadoso: el año anterior sus padres le habían comprado un hombre, pero de un día a otro podían volver a llamarlo, y la idea del servicio militar le espantaba. Esa cobardía fue para Felicitas una prueba de cariño, y aumentó el suyo. Se escapaba por la noche y cuando llegaba a la cita Teodoro la torturaba con sus inquietudes y súplicas.

Por fin anunció que iría él mismo a la Prefectura para tomar informes y los traería el domingo siguiente entre las once y las doce de la noche.
Cuando llegó el momento, Felicitas corrió hacia el enamorado.

En su lugar encontró a uno de sus amigos.

Éste le dijo que no volvería a verlo. Para librarse del servicio Teodoro se había casado con una vieja muy rica, la señora Leoussais, de Toucquet.

La aflicción de Felicitas fue muy grande. Se arrojó por tierra, gritó, invocó a Dios, y se quedó gimiendo sola en el campo hasta la salida del sol. Luego volvió a la granja, declaró su propósito de irse, y al cabo de un mes, cuando recibió su salario, guardó todas sus pobres pertenencias en un pañuelo y se dirigió a Pont-l'Évêque.

Delante de la posada, interrogó a una señora con capelina de viuda y que, precisamente, buscaba una cocinera. La muchacha no sabía gran cosa, pero parecía tener tan buena voluntad y tan pocas exigencias, que la señora de Aubain terminó por decirle:

-Está bien, la acepto.

Un cuarto de hora después, Felicitas estaba instalada en su casa.
Al principio, vivió en ella en una especie de temblor que le causaban "el tono de la casa" y el recuerdo del "señor" que se cernía sobre todo. Pablo y Virginia, el uno de siete años y la otra de apenas cuatro, le parecían hechos de una materia preciosa; los llevaba a cuestas como un caballo y la señora de Aubain le prohibió que los besara a cada minuto, lo que le mortificaba. Sin embargo, se sentía feliz. La apacibilidad del medio ambiente había disipado su tristeza.

Todos los jueves iban los amigos de la casa a jugar una partida de Boston. Felicitas preparaba de antemano los naipes, y los braseros. Llegaban a las ocho en punto y se retiraban antes de que dieran las once.

Todos los lunes por la mañana el chamarilero que vivía bajo la recova instalaba en el suelo su chatarra. Luego la ciudad se llenaba de un zumbido de voces, con las que se mezclaban relinchos de caballos, balidos de ovejas, gruñidos de cerdos y el ruido seco de los carros en la calle. Hacia el mediodía, cuando el mercado estaba en su mayor actividad, aparecía en la puerta un viejo campesino de alta estatura, la gorra echada hacia atrás y nariz aquilina. Era Robelin, el arrendatario de Geflòsses. Poco después llegaba Liébard, el arrendatario de Toucques, pequeño, colorado, obeso, vestido con pelliza gris y polainas armadas con espuelas.

Los dos ofrecían a la propietaria gallinas o quesos. Felicitas desbarataba invariablemente sus astucias y ellos se iban llenos de consideración por ella.

En épocas indeterminadas la señora de Aubain recibía la visita del marqués de Gremanville, uno de sus tíos, arruinado por la crápula y que vivía en Falaise de la última parcela de sus tierras. Se presentaba siempre a la hora del almuerzo, con un horrible perro de aguas que ensuciaba todos los muebles con las patas. A pesar de sus esfuerzos para parecer caballero, hasta el punto dé descubrirse cada vez que decía: "Mi difunto padre", se dejaba llevar por la costumbre, bebía un vaso tras otro y decía chocarrerías. Felicitas lo echaba cortésmente, diciéndole:

-Ya está cansado, señor de Gremanville. ¡Hasta la próxima!

Y cerraba la puerta.

La abría complacida al señor Bourais, ex procurador. Su corbata blanca y su calva, la pechera de su camisa, su amplia levita parda, su manera de tomar rapé arqueando el brazo, toda su persona le causaba la turbación en que nos sume el espectáculo de los hombres extraordinarios.

Como administraba las propiedades de "la señora", se encerraba con ella durante horas en el despacho del "señor". Temía siempre comprometerse, sentía un respeto infinito por la magistratura y tenía pretensiones de latinista.

Para instruir a los niños de una manera agradable les regaló una geografía con láminas que representaban diferentes paisajes del mundo, antropófagos con plumas en la cabeza, un mono raptando a una señorita, beduinos en el desierto, una ballena arponeada, etcétera.
Pablo explicaba esos grabados a Felicitas, y esa fue toda su educación literaria.

La de los niños estaba a cargo de Guyot, un pobre diablo empleado en la Alcaldía, famoso por su buena letra y que afilaba el cortaplumas en la bota.

Cuando hacía buen tiempo iban temprano a la granja de Geffosses.
El corral estaba en pendiente, la casa en el centro, y el mar, a lo lejos, parecía una mancha gris.
Felicitas sacaba de la cesta lonjas de carne fría que comían en una habitación contigua al establo de las vacas. Era lo único que quedaba de una casa de recreo ya desaparecida. El papel de la pared, hecho jirones, se agitaba con las corrientes de aire. La señora de Aubain inclinaba la cabeza, abrumada por los recuerdos; los niños no se atrevían a hablar.

-¡Pero jugad!", les decía, y los niños se iban.

Pablo subía al hórreo, cazaba pájaros, hacía rebotar piedras en la charca, o golpeaba con un palo los grandes toneles, que resonaban como tambores.

Virginia daba de comer a los conejos, corría para recoger azulejos y la rapidez de sus piernas dejaba en descubierto sus pantaloncitos bordados.
Una tarde de otoño regresaban por los pastos.

La luna, en cuarto creciente, iluminaba una parte del cielo y la niebla flotaba como una faja sobre las sinuosidades del Toucques. Unos bueyes tendidos en la hierba contemplaban tranquilamente el paso de aquellas cuatro personas. En el tercer pasto se levantaron algunos y se colocaron en círculo delante de ellos.

-No teman -dijo Felicitas.

Y murmurando una especie de lamento acarició el lomo al que estaba más cerca; el buey volvió grupas y los otros lo imitaron. Pero cuando ya habían atravesado el pasto oyeron un mugido terrible. Era un toro oculto por la niebla, que avanzaba hacia las dos mujeres. La señora de Aubain se disponía a correr.

-¡No, no, más despacio! -les gritó Felicitas.

Pero ellas aceleraron el paso, oyendo a su espalda un resoplido sonoro que se acercaba. Las pezuñas del toro golpeaban como martillos la hierba de la pradera, ¡y en aquel momento galopaba! Felicitas se volvió, arrancó con las dos manos unos terrones y se los arrojó a los ojos. El toro bajaba el hocico, sacudía los cuernos, temblaba de furor y mugía horriblemente. La señora de Aubain, ya en la linde del prado con los niños, buscaba, fuera de sí, la manera de pasar al otro lado. Felicitas seguía retrocediendo ante el toro y le lanzaba continuamente terrones que le cegaban, mientras gritaba:

-¡Corran! ¡Corran!

La señora de Aubain bajó a la zanja, alzó a Virginia y luego a Pablo y cayó muchas veces al tratar de trepar por el talud, pero a fuerza de coraje lo consiguió.

El toro había acosado a Felicitas contra una tranquera y le lanzaba su baba a la cara; un segundo más e iba a destriparla. Pero ella tuvo tiempo para deslizarse entre dos estacas, entonces, el furioso animal, muy sorprendido, se detuvo.

Ese acontecimiento fue durante muchos años un tema de conversación en Pont-l'Évêque.
Felicitas no se envaneció por ello y ni siquiera sospechó que hubiese hecho algo heroico.
Tenía que atender exclusivamente a Virginia, quien, a consecuencia del susto, sufrió una afección nerviosa. El señor Poupart, el médico, aconsejó los baños de mar en Trouville.

En esa época no eran frecuentes. La señora de Aubain se informó, consultó a Bourais e hizo preparativos como para un largo viaje.

Su equipaje salió la víspera en el carro de Liébard. Este llevó al día siguiente dos caballos, uno con silla de mujer y respaldo de terciopelo, y el otro con una manta enrollada como asiento en la grupa. La señora de Aubain montó en él detrás de Liébard. Felicitas se encargó de Virginia, y Pablo montó a horcajadas en el asno del señor Lechaptois, que se lo prestó con la condición de que lo cuidara bien.

El camino era tan malo que sus ocho kilómetros exigieron dos horas. Los caballos se hundían hasta las ranillas en el barro, y para salir de él hacían movimientos bruscos con las ancas, o bien tropezaban en los baches; otras veces, tenían que saltar. La yegua de Liébard se paraba de pronto en ciertos lugares. El esperaba pacientemente a que volviera a ponerse en marcha, y hablaba de las personas cuyas propiedades se hallaban al borde del camino, agregando a su relato reflexiones morales. Por ejemplo, al llegar a Toueques, al pasar bajo las ventanas rodeadas de capuchinas, dijo, con un encogimiento de hombros:

-He ahí una, la señora Lehoussais, que en vez de elegir un joven...

Felicitas no oyó el resto: los caballos trotaban, el asno Y galopaba; todos enfilaron un sendero, giró una barrera, aparecieron dos mozos, y se apearon ante el estiércol en el umbral mismo de la puerta.

La tía Liébard, al ver a su ama, prodigó las manifestaciones de alegría. Les sirvió un almuerzo en el que había un solomillo, mondongo, morcilla, guisado de pollo, sidra espumante, una tarta de compota y ciruelas en aguardiente, acompañándolo todo con cumplidos a la señora, que parecía gozar de muy buena salud; a la señorita, que se había puesto "magnífica"; al señorito Pablo, hecho un buen mozo; sin olvidar a sus abuelos difuntos que los Liébard habían conocido, pues estaban al servicio de la familia desde hacía muchas generaciones. La granja tenía, como ellos, aspecto de antigüedad. Las vigas del techo estaban carcomidas; las paredes, ennegrecidas por el humo; los vidrios, grises de polvo. Un aparador de roble sostenía toda clase de utensilios: jarras, platos, escudillas de estaño, cepos para lobos, esquiladoras para las ovejas, y una jeringa enorme que hizo reír a los niños. En los tres patios no había un árbol que no tuviera setas al pie, o una mata de muérdago en las ramas. El viento había derribado muchos, que volvían a brotar por el medio, y todos se encorvaban bajo el peso de la gran cantidad de manzanas. Los techos de paja, parecidos a terciopelo oscuro y de espesor desigual, resistían a las borrascas más fuertes. Sin embargo, la carretería estaba completamente arruinada. La señora de Aubain dijo que se ocuparía de ello y ordenó que volvieran a aparejar los caballos.

Tardaron otra media hora en llegar a Trouville. La pequeña caravana se apeó para pasar los Écores; era un acantilado desde donde se dominaba las embarcaciones; y tres minutos después, al final del muelle, entraron en el patio de El Cordero de Oro, propiedad de la vieja David.

Desde los primeros días, Virginia se sintió menos débil como consecuencia del cambio de aire y de la acción de los baños. Los tomaba en camisa, a falta de traje de baño, y su niñera la vestía en una caseta de aduanero que utilizaban los bañistas.

Por las tardes iban con el asno hasta más allá de Roches Noires, por el lado de Hennequeville. El sendero subía al principio por terrenos ondulados a modo de valle y cubiertos de césped como un parque, y luego llegaba a una meseta donde alternaban los pastos con los campos de labranza. A la orilla del camino, entre la maleza de espinos, se alzaban los acebos -aquí y allá un gran árbol muerto trazaba un zigzag con sus ramas en el aire azul.

Casi siempre descansaban en un prado, con Deauville a la izquierda, El Havre a la derecha y enfrente la alta mar. Ésta brillaba al sol, lisa como un espejo, tan apacible que apenas se oía su murmullo; piaban gorriones invisibles y la bóveda inmensa del cielo lo cubría todo. La señora de Aubain, sentada, trabajaba en su labor de costura; Virginia, a su lado, trenzaba juncos; Felícitas recogía flores de alhucema; y Pablo, que se aburría, quería irse.

Otras veces, después de cruzar el Toucques en bote, buscaban conchillas. La marea baja dejaba en descubierto erizos, caracolas y medusas, y los niños corrían para apoderarse de los copos de espuma que se llevaba el viento. Las, ondas adormecidas caían sobre la arena y se extendían a lo largo de la playa, que se prolongaba hasta perderse de vista, aunque por el lado de la tierra la limitaban las dunas, separándola del Marais, extensa pradera en forma de hipódromo. Cuando volvían por allí, Trouville, en el fondo sobre la pendiente del cerro, se agrandaba a cada paso, y con todas sus casas desiguales parecía dilatarse en un desorden alegre.

Los días en que hacía demasiado calor no salían de su habitación. La claridad deslumbradora del exterior ponía barras de luz entre las varillas de las persianas. Ningún ruido en la aldea. Y nadie abajo, en la acera. Ese silencio expandido aumentaba la tranquilidad de las cosas. A lo lejos, los martillos de los calafateadores carenaban las embarcaciones y una brisa pesada traía en un soplo el olor de la brea.
La principal diversión era el regreso de las barcas. Apenas pasaban las balizas comenzaban a bordear. Sus velas descendían hasta los dos tercios de los mástiles, y con la mesana inflada como un globo, avanzaban, deslizándose entre el cabrilleo de las olas hasta el centro del puerto, donde caía de golpe el ancla. Luego, la embarcación se colocaba junto al muelle. Los marineros arrojaban por encima de la borda los peces palpitantes; una fila de carros los esperaba, y mujeres con gorro de algodón se abalanzaban para tomar las cestas y abrazar a sus hombres.

Un día, una de ellas se acercó a Felicitas, quien un rato más tarde entró en la habitación radiante de alegría. Había encontrado a una hermana, y Nastasia Barette, esposa de Leroux, se presentó con un nene al pecho, otro niño asido a su mano derecha, y a la izquierda un grumetillo con los puños en las caderas y la boina sobre la oreja.

Al cabo de un cuarto de hora la señora de Aubain los despidió.

Se los encontraba siempre en las cercanías de la cocina o en los paseos que daban. El marido no se dejaba ver.

Felicitas se encariñó con ellos. Les compró una manta, camisas y un hornillo; evidentemente la explotaban. Esa debilidad irritaba a la señora de Aubain, a quien por otra parte no le gustaban las familiaridades del sobrino, que tuteaba a su hijo; y como Virginia tosía y el tiempo no era ya bueno, volvió a Pont-l'Évêque. El señor Bourais le aconsejó respecto a la elección de colegio. El de Caen pasaba por ser el mejor. Allí enviaron a Pablo, quien se despidió muy animoso, contento porque iba a vivir en una casa donde tendría compañeros.
La señora de Aubain se resignó a separarse de su hijo porque era indispensable. Virginia se acordaba de él cada vez menos. Felicitas echaba de menos su alboroto. Pero una nueva tarea la distrajo: desde la Navidad, llevó a la niña diariamente al catecismo.
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