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sábado

NICOLÁS MAQUIAVELO - EL PRÍNCIPE (5)



CAPITULO III (2)

De los principados mixtos
Si, en vez de colonias, se tienen tropas en estos nuevos Estados, se expende mucho, porque es menester consumir, para mantenerlos, cuantas rentas se sacan de semejantes Estados. La adquisición suya que se ha hecho, se convierte entonces en pérdida, y ofende mucho más, porque ella perjudica a todo el país con los ejércitos que es menester alojar allí en las casas particulares. Cada habitante experimenta la incomodidad suya; y son unos enemigos que pueden perjudicarle, aun permaneciendo sojuzgados dentro de su casa. Este medio para guardar un Estado es, pues, bajo todos los aspectos, tan inútil como el de las colonias es útil.
El príncipe que adquiere una provincia cuyas costumbres y lenguaje no son los mismos que los de su Estado principal, debe hacerse también allí el jefe y protector de los príncipes vecinos que son menos poderosos que él, e ingeniarse para debilitar a los más poderosos de ellos. Debe, además, hace de un modo que un extranjero tan poderoso como él no entre en su nueva provincia; porque acaecerá entonces que llamarán allí a este extranjero los que se hallen descontentos con motivo de su mucha ambición o de sus temores. Así fue como etolios introdujeron a los romanos en Grecia y demás provincias en que estos entraron; los llamaban allí siempre los habitantes.
En orden común de las causas es que luego que un poderoso extranjero entra en un país, todos los demás príncipes que son allí menos poderosos, se le unan por un efecto de la envidia que había concebido contra el que los sobrepujaba en poder, y a los que él ha despojado. En cuanto a estos príncipes menos poderosos, no hay mucho trabajo en ganarlos; porque todos juntos formarán gustosos cuerpo con el Estado que él ha conquistado. El único cuidado que ha de tenerse, es el de impedir que ellos adquieran mucha fuerza y autoridad. El nuevo príncipe, con el favor de ellos y sus propias armas, podrá abatir fácilmente a los que son poderosos, a fin de permanecer en todo el árbitro de aquel país.
El que no gobierne hábilmente esta parte, perderá bien pronto lo que él adquirió; y mientras que lo tenga, hallará en ello una infinidad de dificultades y sentimientos.
Los romanos guardaban bien estas precauciones en las provincias que ellos habían conquistado. Enviaron allá colonias, mantuvieron a los príncipes de las inmediaciones menos poderosos que ellos, sin aumentar su fuerza; debilitaron a los que tenían tanta como ellos mismos, y no permitieron que las potencias extranjeras adquiriesen allí consideración ninguna. Me basta citar por ejemplo de esto la Grecia en que ellos conservaron a los acayos y etolios, humillaron el reino de Macedonia y echaron a Antioco. El mérito que los acayos y etolios contrajeron en el concepto de los romanos, no fue suficiente nunca para que estos les permitiesen engrandecer ninguno de sus Estados. Nunca los redujeron los discursos de Filipo hasta el grado de tratarle como amigo sin abatirle; ni nunca el poder de Antíoco pudo reducirlos a permitir que él tuviera ningún Estado en aquel país.
Los romanos hicieron en aquellas circunstancias lo que todos los príncipes cuerdos deben hacer cuando tienen miramiento, no solamente con los actuales perjuicios, sino también con los venideros, y que quieren remediarlos con destreza. Es posible hacerlo precaviéndolos de antemano; pero si se aguarda a que sobrevengan, no es ya tiempo de remediarlos, porque la enfermedad se ha vuelto incurable. Sucede, en este particular, lo que los médicos dicen de la tisis, que, en los principios es fácil de curar y difícil de conocer; pero que, en lo sucesivo, si no la conocieron en su principio, ni le aplicaron remedio ninguno, se hace, en verdad, fácil de conocer, pero difícil de curar. Sucede lo mismos con las cosas del Estado: si se conocen anticipadamente los males que pueden manifestarse, lo que no es acordado más que a un hombre sabio y bien prevenido, quedan curados bien pronto; pero cuando, por no haberlos conocido, les dejan tomar incremento de modo que llegan al conocimiento de todas las gentes, no hay ya arbitrio ninguno para remediarlos. Por esto, previendo los romanos de lejos los inconvenientes, les aplicaron el remedio siempre en su principio, y no les dejaron seguir nunca su curso por el temor de una guerra. Sabían que esta no se evita; y que si la diferimos, es siempre con provecho ajeno. Cuando ellos quisieran hacerla contra Filipo y Antíoco en Grecia, era para no tener que hacérsela en Italia. Podían evitar ellos entonces a uno y a otro; pero no quisieron, ni les agradó aquel consejo de gozar de los beneficios del tiempo, que no se les cae nunca de la boca a los sabios de nuestra era. Les acomodó más el consejo de su valor y prudencia, el tiempo que echa abajo cuanto subsiste, puede acarrear consigo tanto el bien como el mal, pro igualmente tanto el mal como el bien.

domingo

NICOLÁS MAQUIAVELO - EL PRÍNCIPE (4)



INTRODUCCIÓN

CAPITULO III (1)

De los principados mixtos
Se hallan las dificultades en el principado mixto; y primeramente, si él no es enteramente nuevo, y que no es más que un miembro añadido a un principado antiguo que ya se posee, y que por su reunión puede llamarse, en algún modo, un principado mixto, sus dificultades dimanan de una dificultad que es conforme con la naturaleza de todos los principados nuevos. Consiste ella en que los hombres que mudan gustosos de señor con la esperanza de mejorar su suerte (en lo que van errados), y que, con esta loca esperanza, se han armado contra el que los gobernaba, para tomar otro, no tardan en convencerse por la experiencia, de que su condición se ha empeorado. Esto proviene de la necesidad en que aquel que es un nuevo príncipe, se halla natural y comúnmente de ofender a sus nuevos súbditos, ya con tropas, ya con una infinidad de otros procedimientos molestos que el acto de su nueva adquisición llevaba consigo.
Con ello te hallas tener por enemigos todos aquellos a quienes has ofendido al ocupar este principado, y no puedes conservarte por amigos a los que te colocaron en él, a causa de que no es posible satisfacer su ambición hasta el grado que ellos se habían lisonjeado; ni hacer uso de medios rigurosos para reprimirlos, en atención a las obligaciones que ellos se hicieron contraer con respecto a sí mismos. Por más fuerte que un príncipe fuera con sus ejércitos, tuvo siempre necesidad del favor de una parte a lo menos de los habitantes de la provincia, para entrar en ella. He aquí por qué Luis XII, después de haber ocupado Milán con facilidad, le perdió inmediatamente; y no hubo necesidad para quitárselo, esta primera vez, más que de las fuerzas de Ludovico; porque los milaneses, que habían abierto sus puertas al rey, se vieron desengañados de su confianza en los favores de su gobierno, y de la esperanza que habían concebido para lo venidero, y no podían ya soportar el disgusto de tener un nuevo príncipe.
Es mucha verdad que al recuperar Luis XII por segunda vez los países que se habían rebelado, no se los dejó quitar tan fácilmente, porque prevaleciéndose la sublevación anterior, fue menos reservado en los medios de consolidarse. Castigó a los culpables, quitó el velo a los sospechosos y fortificó las partes más débiles de su anterior gobierno.
Si, para hacer perder Milán al rey de Francia la primera vez, no hubiera sido menester más que la terrible llegada del Duque Ludovico hacia los confines del Milanesado, fue necesario para hacérselo perder la segunda que se armasen todos contra él, y que sus ejércitos fuesen arrojados de Italia, o destruidos.
Sin embargo, tanto la segunda como la primera vez, se le quitó el Estado de Milán. Se han visto los motivos de la primera pérdida suya que él hizo, y nos resta conocer los de la segunda, y decir los medios que él tenía, y que podía tener cualquiera que se hallara en el mismo caso, para mantenerse en su conquista mejor que lo hizo.
Comenzaré estableciendo una distinción: o estos Estados que, nuevamente adquiridos, se reúnen con un Estado ocupado mucho tiempo hace por el que los ha conseguido se hallan ser de la misma provincia, tener la misma lengua, o esto no sucede así.
Cuando ellos son de la primera especie, hay suma facilidad en conservarlos, especialmente cuando no están habituados a vivir libres en república. Para poseerlos seguramente, basta haber extinguido la descendencia del príncipe que reinaba en ellos; porque en lo restante, conservándoles sus antiguos estatutos, y no siendo allí las costumbres diferentes de las del pueblo a que los reúnen, permanecen sosegados, como lo estuvieron la Borgoña, Bretaña, Gascuña y Normandía, que fueron reunidos a la Francia, mucho tiempo hace. Aunque hay, entre ellas, alguna diferencia de lenguaje, las costumbres, sin embargo, se asemejan allí estas diferentes provincias pueden vivir, no obstante, en buena armonía.
En cuanto al que hace semejantes adquisiciones, si él quiere conservarlas, le son necesarias dos cosas: la una, que se extinga el linaje del príncipe que poseía estos Estados; la otra, que el príncipe que es nuevo no altere sus leyes, ni aumente los impuestos. Con ello, en brevísimo tiempo, estos nuevos Estados pasarán a formar un solo cuerpo con el antiguo suyo.
Pero cuando se adquieren algunos Estados en un país que se diferencia en las lenguas, costumbres y constitución, se hallan entonces las dificultades; y es menester tener bien propicia la fortuna, y una suma industria, para conservarlos. Unos de los mejores y más eficaces medios a este efecto, sería que el que la adquiere fuera residir en ellos; los poseería entonces del modo más seguro y durable, como lo hizo el Turco con respecto a la Grecia. A pesar de todos los demás medios de que se valía para conservarla, no lo hubiera logrado, si no hubiera ido allí a establecer su residencia.
Cuando el príncipe reside en este nuevo Estado, si se manifiestan allí desórdenes, puede reprimirlos muy prontamente; en vez de que si reside en otra parte, y que los desórdenes no son de gravedad, no hay remedio ya.
Cuando permaneces allí, no es desojada la provincia por la codicia de los empleados; y los súbditos se alegran más de poder recurrir a un príncipe que está cerca de ellos, que no a un príncipe distante que le vería como extraño; tienen ellos más ocasiones de cogerle amor, si quieren ser buenos; y temor, si quieren ser malos. Por otra parte, el extranjero que hubiera apetecido atacar este Estado, tendrá más dificultad para determinarse a ello. Así, pues, residiendo el príncipe en él, no podrá perderle, sin que se experimente una suma dificultad para quitársele.
El mejor medio, después del precedente, consiste en enviar algunas colonias a uno o dos parajes que sean como la llave de este nuevo Estado; a falta de lo cual será preciso tener allí mucha caballería e infantería. Formando el príncipe semejantes colonias, no se empeña en sumos dispendios; porque aun sin hacerlos, o haciéndolos escasos, las envía y mantiene allí. En ello no ofende más que a algunos de cuyos campos y cosas se apodera para darlos a los nuevos moradores, que no componen, todo bien considerado, más que una cortísima parte de este Estado; y quedando dispersos y pobres aquellos a quienes ha ofendido, no pueden perjudicarle nunca. Todos los demás que no han recibido ninguna ofensa en sus personas y bienes, se apaciguan fácilmente, y son temerosamente atentos a no hacer faltas, a fin de que no les acaezca el ser despojados como los otros. De lo cual es menester concluir que estas colonias que no cuestan nada o casi nada, son más fieles y perjudican menos; y que hallándose pobres y dispersos los ofendidos, no pueden perjudicar, como ya he dicho.
Debe notarse que los hombres quieren ser acariciados o reprimidos, y que se vengan de las ofensas cuando son ligeras. No pueden hacerlo cuando ellas son graves; así, pues, la ofensa que se hace a un hombre debe ser tal que se inhabilite para hacerlos temer su venganza.

sábado

NICOLÁS MAQUIAVELO - EL PRÍNCIPE (3)



INTRODUCCIÓN

Al magnífico Lorenzo de Médicis
Los que quieren lograr la gracia de un príncipe tienen la costumbre de presentarle las cosas que se reputan como le son más agradables, o en cuya posesión se sabe que él se complace más. Le ofrecen en su consecuencia: los unos, caballos; los otros, armas; cuáles, telas de oro; varios, piedras preciosas u otros objetos igualmente dignos de su grandeza.
Queriendo presentar yo mismo a Vuestra Magnificencia alguna ofrenda que pudiera probarle todo mi rendimiento para con ella, no he hallado, entre las cosas que poseo, ninguna que me sea más querida, y de que haga yo más caso, que mi conocimiento de la conducta de los mayores estadistas que han existido. No he podido adquirir este conocimiento más que con una dilatada experiencia de las horrendas vicisitudes políticas de nuestra edad, y por medio de una continuada lectura de las antiguas historias. Después de haber examinado por mucho tiempo las acciones de aquellos hombres, y meditándolas con la más seria atención, he encerrado el resultado de esta penosa y profunda tarea en un reducido volumen; y el cual remito a Vuestra Magnificencia.
Aunque esta obra me parece indigna de Vuestra Grandeza, tengo, sin embargo, la confianza de que vuestra bondad le proporcionará la honra de una favorable acogida, si os dignáis considerar que no me era posible haceros un presente más precioso que el de un libro, con el que podréis comprender en pocas horas lo que yo no he conocido ni comprendido más que en muchos años, con suma fatiga y grandísimos peligros.
No he llenado esta obra de aquellas prolijas glosas con que se hace ostentación de ciencia, ni adornándola con frases pomposas, hinchadas expresiones y todos los demás atractivos ajenos de la materia, con que muchos autores tienen la costumbre de engalanar lo que tienen que decir. He querido que mi libro no tenga otro adorno ni gracia más que la verdad de las cosas y la importancia de la materia.
Desearía yo, sin embargo, que no se mirara como una reprensible presunción en un hombre de condición inferior, y aun baja si se quiere, el atrevimiento que él tiene de discurrir sobre los gobiernos de los príncipes, y de aspirar a darles reglas. Los pintores encargados de dibujar un paisaje, deben estar, a la verdad, en las montañas, cuando tienen necesidad de que los valles se descubran bien a sus miradas; pero también únicamente desde el fondo de los valles pueden ver bien en toda su extensión las montañas y elevados sitios. Sucede lo propio en la política: si para conocer la naturaleza de los pueblos es preciso ser príncipe, para conocer la de los principados, conviene estar entre el pueblo. Reciba Vuestra Magnificencia este escaso presente con la misma intención que yo tengo al ofrecérselo. Cuando os dignéis leer esta obra y meditarla con cuidado, reconoceréis en ella el extremo deseo que tengo de veros llegar a aquella elevación que vuestra suerte y eminentes prendas os permiten. Y si os dignáis después, desde lo alto de vuestra majestad, bajar a veces vuestras miradas hacia la humillación en que me hallo, comprenderéis toda la injusticia de los extremados rigores que la malignidad de la fortuna me hace experimentar sin interrupción.

CAPÍTULO I
Cuántas clases de principados hay, y de qué modo ellos se adquieren
Cuantos Estados, cuántas dominaciones ejercieron y ejercen todavía una autoridad soberana sobre los hombres, fueron y son Repúblicas o principados. Los principados son, o hereditarios cuando la familia del que los sostiene los poseyó por mucho tiempo, o son nuevos.
Los nuevos son, o nuevos en un todo, como lo fue el de Milán para Francisco Sforza, o como miembros añadidos al Estado ya hereditario del príncipe que los adquiere. Y tal es el reino de Nápoles con respecto al Rey de España.
O los Estados nuevos, adquiridos de estos dos modos, están habituados a vivir bajo un príncipe, o están habituados a ser libres.
O el príncipe que los adquirió, lo hizo con las armas ajenas, o los adquirió con las suyas propias.
O la fortuna se los proporcionó, o es deudor de ellos a su valor.

CAPÍTULO II
De los príncipes hereditarios
Pasaré aquí en silencio las repúblicas, a causa de que he discurrido ya largamente sobre ellas en otra obra; y no dirigiré mis miradas más que hacia el principado. Volviendo en mis discursos a las distinciones que acabo de establecer, examinaré el modo con que es posible gobernar y conservar los principados.
Digo, pues, que en los Estados hereditarios que están acostumbrados a ver reinar la familia de su príncipe, hay menos dificultad para conservarlos, que cuando ellos son nuevos. El príncipe entonces no tiene necesidad más que de no traspasar el orden seguido por sus mayores, y de contemporizar con los acaecimientos, después de lo cual le basta una ordinaria industria para conservarse siempre, a no ser que haya una fuerza extraordinaria, y llevada al exceso, que venga a privarle de su Estado. Si él le pierde, le recuperará, si lo quiere, por más poderoso y hábil que sea el usurpador que se ha apoderado de él.
Tenemos para ejemplo, en Italia, al Duque de Ferrara, a quien no pudieron arruinar los ataques de los venecianos, en el año de 1484; ni los del Papa Julio, en el de 1510, por el único motivo de que su familia se hallaba establecida de padres en hijos, mucho tiempo hacía, en aquella soberanía.
Teniendo el príncipe natural menos motivos y necesidad de ofender a sus gobernados, está más amado por esto mismo; y si no tiene vicios muy irritantes que le hagan aborrecible, le amarán sus gobernados naturalmente y con razón. La antigüedad y continuación del reinado de su dinastía, hicieron olvidar los vestigios y causas de las mudanzas que los instalaron; lo cual es tanto más útil cuanto una mudanza deja siempre una piedra angular para hacer otra.

NICOLÁS MAQUIAVELO - EL PRÍNCIPE (2)


INTRODUCCIÓN

SEGUNDA ENTREGA
Dentro de las muchas dificultades para conservar un Estado, Maquiavelo hace una clasificación de los principados: los gobernados por un príncipe y siervos y los gobernados por un príncipe y nobles, diciendo que los primeros son más difíciles de corromper puesto que ningún siervo reconocerá a nadie de mayor grado que el príncipe y aunque se corrompiera es muy difícil que un siervo arrastre al resto de población, por lo que es poco útil, pudiendo encontrar siempre a algún noble descontento con el príncipe al que poder apegarse. Se hace una breve alusión alas repúblicas al explicar como éstas o vives en ellas o son destruidas, o te destruyen, pues acostumbradas a vivir libres siempre encontrarán modo alguno en su defensa de apelar a la libertad. Hablando de los principados adquiridos con armas, si son propias es con virtud, la cuál hace que llegue al principado experimentando grandes dificultades y peligros, pero una vez en el poder permanecen ya poderosos y, seguros honrados y dichosos; mientras que si son ajenas es con fortuna, la cuál convierte en príncipe con gran facilidad pero lo mantiene con dificultad pues quien no pone los cimientos primero los podrá poner después si es capaz de actuar con mucha virtud, aunque se haga con molestias para el arquitecto y con peligro para el edificio. A parte de la virtud, la fortuna y las armas, hace alusión a aquellos que llegaron al principado por medio de crímenes siendo imposible atribuir a estos la fortuna o la virtud porque no fue conseguido por ellas; puede ser debido a las acciones criminales y contra toda ley humana y divina o por el favor de los conciudadanos -principado civil-. Dentro del principado civil pueden distinguirse dos tipos: los que consiguen el poder con el favor del pueblo o con el favor de los grandes; los grandes quieren oprimir al pueblo y el príncipe conseguirá el poder con más dificultad porque éstos se creen más fuertes que él a pesar de que como enemigos sean mejores por ser menos número, pero contra el príncipe le abandonan y, además, van contra él; el pueblo no quiere ser por los grandes (por lo que es más honesto) y el príncipe lo tiene más fácil porque ninguno estará dispuesto a no obedecer, como enemigo es peor porque son muchos aunque éstos sólo lo abandonan; lo que siempre será imprescindible es llevarse el favor del pueblo.
El segundo bloque va desde los capítulos XII hasta el XIV, en ellos trata sobre el aparato militar abordando los riesgos inherentes a las tropas mercenarias y las obligaciones del príncipe. Según el autor, el cimiento de todo Estado son las buenas leyes y las buenas armar. En relación a las armas se encuentran las tropas, mercenarias -inútiles cuyo único incentivo es el sueldo y los jefes sólo aspiran a su poder-, auxiliares -buenas en sí pero no para quien las llama porque obedecen a otro peores que las mercenarias- y mixtas -mercenarias y propias, mejores que las auxiliares pero peores que las propias. El príncipe debe ejercer de capitán y jefe se las tropas, así un príncipe prudente prefiere perder con sus armas a vencer con las de otro, no es victoria la que se consigue con armas de otro, pero el verdadero prudente es el detecta los males cuando nacen. Para un príncipe los más importante es la organización y dirección de la guerra porque si la descuida perderá el Estado y entre estar armado y desarmado no hay proporción, por ello en tiempos de paz es donde más empleo hay que darle para prepararse ante cualquier acontecimiento.
Un tercer bloque va desde el capítulo XV hasta el XXIII, haciendo una reflexión entorno las cualidades que deben guiar las acciones de un príncipe, los recursos psicológicos que debe mantener para conservar el poder y sentar las bases de la dominación frente a sus súbditos. Un príncipe debe evitar ser tachado de aquellos vicios que puedan arrebatarle el Estado o incurrir en ellos sin muchos miramientos. El ser liberal para un príncipe es perjudicial pues no debe privarse de ningún componente suntuoso sacando dinero de todo recurso pues sino será tachado de tacaño, aunque esto es mejor porque a la larga se le amará más por mantener las rentas de sus súbditos dada su parsimonia, sólo es beneficioso acercarse a la liberalidad si se está en vías de adquirir un Estado. Se pregunta también si es mejor ser amada que temido o viceversa diciendo que ambos son necesarios de tal modo que si le es imposible ser amado no llegue a ser odiado, a no ser que se tengan ejércitos es su poder. Debe, a su vez, mantener su palabra más que ser astuto siendo importante ser gran simulador y disimulador pues los hombres simulan lo que no son y disimulan lo que son en realidad. Cinco cualidades básicas: clemente, leal, humano, íntegro y devoto y serlo. Siempre se ha de tener al pueblo contento ya sea odiado o no por los extranjeros, a si como tenerlo contento, además de saber elegir buenos ministros aunque esto depende de la prudencia del príncipe puesto que sin ella es imposible deshacerse de los aduladores que invaden las cortes. Acciones que un príncipe debe llevar a cabo: no desarmar a sus súbditos, no dividir los Estados conquistados, alimentar alguna oposición, ganarse a los que en un principio le eran sospechosos, construir fortalezas o destruirlas porque en esto solo serán censurados a quienes, fiándose de ello, da poca importancia a que el pueblo les odie. Un príncipe no ha de ser neutral, sino un verdadero amigo o enemigo, debe tener una buenísima administración de asuntos interiores…
EL cuarto y último bloque, serían los capítulos XXIV a XXVI, la traducción de la crisis italiana de todos los aspectos descritos a lo largo de esta obra y como último la exhortación a gobernar por parte de la casa de los Medicis Italia, foco de ejemplos en esta obra, pues se encuentra sin gobernar y en la mejor forma para ello.

Esta obra tuvo y tiene un gran interés político, y no se debe tratar como crueldad la concepción amoral que sostiene del hombre pues, esto, resume la capacidad de aprovechar situaciones que debe tener un príncipe para quedarse en el poder.

NICOLÁS MAQUIAVELO - EL PRÍNCIPE

INTRODUCCIÓN
PRIMERA ENTREGA
Nicolás Maquiavelo, historiador y filósofo político, nació y murió en Florencia (año 1469 a 1527).
Participó en la vida política de su ciudad natal, primero trabajando como funcionario hasta que fue nombrado secretario de la segunda cancillería de la República de Florencia en 1498. Realizó así importantes misiones diplomáticas: ante el rey francés (1504, 1510-1511), la Santa Sede (1506) y el emperador (1507-1508); por ello tuvo la oportunidad de ir conociendo a muchos gobernantes italianos y de estudiar sus tácticas políticas, en especial las de César Borgia, que en aquella época trataba de extender sus posesiones en Italia central. En 1512, cuando la familia florentina de los Médicis recuperó el poder y la república se desintegró, Maquiavelo perdió su puesto en la secretaría del Estado. Entonces se retiró a sus propiedades cercanas a Florencia, donde escribió sus obras más importantes, entre ellas El príncipe. A pesar de sus intentos por la confianza de los Médicis, nunca volvió a ocupar un cargo destacado en el gobierno, ni aún cuando la república fue nuevamente establecida en el año 1527.
Maquiavelo, debido a su experiencia en la política escribió tres libros de contenido político: El arte de la guerra, donde describe las ventajas de las tropas reclutadas frente a las mercenarias, Discurso sobre la primera década de Tito Livio, donde partiendo de los conceptos teocráticos medievales de la historia atribuye hechos históricos a las necesidades de la naturaleza humana y a los caprichos de la fortuna y, El Príncipe, su obra más importante y uno de los más influyentes tratados en el posterior desarrollo de la teoría política redactado en 1513, que no fue publicado hasta cinco años después de su muerte.
En El príncipe expone sus conocimientos y teorías acerca de la consolidación de un Estado fuerte y unificado en la persona de un príncipe como jefe del mismo. Se puede decir que es un libro práctico ya que pretende dar normas de acción para adquirir y mantenerse en el poder, abarcando así desde los tipos de Estados a gobernar hasta la conducta propia de aquél que será príncipe del Estado pasando, pues, por las formas de guerra y de trato con el pueblo y los nobles incluyendo la política exterior.
Atendiendo al contenido del texto esta obra puede dividirse fácilmente en cuatro bloques, anteponiéndose a los cuales una breve introducción de Maquiavelo acerca del contenido de su obra dirigiéndose a su destinatario, Lorenzo de Medici. En esta parte comenta que es esta obra lo más valioso que él puede entregarle como buen súbdito sin presunciones y sin atentar contra su magnificencia -anhelando que éste alcance la magnificencia que le corresponde-, pues […] “no puede hacerle mejor ofrenda que lo que él ha conocido y aprendido a lo largo de tantos años y con tantas privaciones y peligros”.

El primer bloque lo podemos clasificar desde el capítulo I hasta el XI, en él nos introduce y analiza la naturaleza y clases de principados como las condiciones para crearlos, consolidarlos y mantenerlos. Clasifica los tipos de Estados o dominios sobre los hombres dividiéndolos en repúblicas y principados. Los principados o son nuevos o son hereditarios o como miembros añadidos pudiendo estar gobernados por un príncipe o libres, siendo adquiridos tanto por fortuna o virtud como con las armas propias o de otro. Los principados hereditarios son más fáciles de conservar que los nuevos, y por tanto más fáciles de recuperar a quien le son arrebatados. El príncipe es amado y respetado por causar menos agravios y en caso de no mediar vicios extraordinarios. Es en los principados nuevos, y más aún los miembros añadidos a un Estado anterior -llamado principado mixto- donde Maquiavelo atisba mayores problemas. Esto es porque, entre muchas causas, todos serán enemigos del nuevo gobernante pues le odiaran aquellos a los que ha arrebatado las tierras, pese a que los ciudadanos cambian de buen grado de señor como forma de eliminar sus disconformidades, y no podrá mantener como amigos a aquellos que le ayudaron a meterse en esos territorios, pues éstos le pedirán más de lo dispuesto a ofrecer. Estos nuevos Estados o son de la misma lengua y/país o no lo son; en el primer caso es más fácil conservar el principado y más sino están acostumbrados a vivir libres, los segundos requieren mayor habilidad; pero para ambos es necesario tanto extinguir el linaje del príncipe anterior como conservar las viejas formas de vida para no agudizar el cambio. En caso de mayores dificultades es necesario que el nuevo gobernante pase a residir allí como medio de que los habitantes tengan más recurso al príncipe y los extranjeros más miedo a asaltar los territorios; así como formar colonias, en vez de ocupaciones militares de infanterías y caballerías, porque son de menor gasto y arrasan menor densidad de población y ésta queda indefensa y dispersa. Para aquellos países diferentes al Estado al que se añaden debe convertirse en jefe y defender a los menos poderosos, debe debilitar a los de mayor poder y evitar que entre un extranjero más poderoso, ya que los envidiosos a todo aquel que tenga le poder se adherirán a él formando una piña. Todos los príncipes sabios deben preocuparse tanto de los males presentes como de los futuros, esto lo compara el autor con lo que dicen los médicos de la tisis, pues es “muy difícil de diagnosticar al principio cuando más fácil es de curar, y muy difícil de curar cuando se diagnostica bien, que es tarde”; a esto se puede añadir que la guerra no se evita, sino que se retrasa para ventaja del enemigo
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