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miércoles

EL SIMBOLISMO DE LAS ARTES VISUALES SEGÚN C. G. JUNG


Carl Gustav Jung (Kesswill, 1875 – Küsnacht, 1961). Capítulo del libro «El hombre y sus símbolos» escrito en colaboración con Aniela Jaffé.


Las denominaciones “arte moderno” y “pintura moderna” se emplean en este capítulo tal como las usa el profano. De lo que trataré utilizando la calificación de Kühn, es de la pintura imaginativa moderna. Las pinturas de esta clase pueden ser “abstrac­tas” (o, más bien, “no-figurativas”), pero no siempre necesitan serlo. No intentaremos distinguir entre las diversas formas como fauvismo, cubismo, expresionismo, orfismo y demás. Toda alusión específica a alguno de esos grupos será excepcional.


Y no me preocupo de la diferenciación estética de las pintu­ras modernas; ni, sobre todo, de valoraciones artísticas, La pintura imaginativa moderna se toma aquí, simplemente, como un fenómeno de nuestro tiempo. Esta es la única forma en que puede justificarse y responderse a la cuestión de su contenido simbóli­co. En este breve capítulo sólo es posible mencionar a algunos artistas y seleccionar algunas de sus obras un tanto al azar. Tengo que conformarme con estudiar la pintura moderna en función de un número reducido de sus representantes.


Mi punto de partida es el hecho psicológico de que el artista ha sido en todos los tiempos el instrumento y portavoz del es­píritu de su época. Su obra sólo puede ser entendida parcialmente en función de su psicología personal. Consciente o inconsciente­mente, el artista da forma a la naturaleza y los valores de su tiempo que, a su vez, le forman a él.


El propio artista moderno reconoce con frecuencia la interrela­ción de la obra de arte y su tiempo. Así, el crítico y pintor fran­cés Jean Bazaine escribe: “Nadie pinta como quiere. Todo lo que puede hacer un pintor es querer con toda su fuerza la pintura de que es capaz su tiempo”. El artista alemán Franz Marc, que murió en la guerra europea, dijo: “Los grandes artistas no buscan sus formas en las brumas del pasado, sino que toman las resonancias más hondas que pueden del centro de gravedad auténtico y más profundo de su tiempo”. Y, ya en 1911, Kandinsky escribió en su famoso en­sayo De lo espiritual en el arte: “Cada época recibe su propia medida de libertad artística, y aun el genio más creador no puede saltar los límites de la libertad”.


Durante los últimos cincuenta años, el arte moderno ha sido una general manzana de discordia y la discusión no ha per­dido nada de su acaloramiento. Los sonoros “síes” son tan apa­sionados como los rotundos “noes”; sin embargo, la reiterada pro­fecía de que el arte moderno se ha terminado, jamás ha lle­gado a ser verdad. La nueva forma de expresión ha triunfado hasta un grado inimaginable. Si, en definitiva, es amenazado será porque ha degenerado en manierismo y en moda. (En la Unión Soviética, donde el arte no-figurativo con frecuencia ha sido de­salentado oficialmente y producido sólo en privado, el arte figu­rativo está amenazado por una degeneración análoga.)


El público en general, en Europa en todo caso, aun está en el ardor de la pelea. La violencia de la discusión muestra que los sentimientos suben muy alto en ambos campos. Aun aquellos que son hostiles al arte moderno no pueden evitar que les im­presionen las obras que rechazan; están irritados o repelidos, pero (como demuestra la violencia de sus sentimientos) están emocio­nados. Por regla general, la fascinación negativa no es menos fuerte que la positiva. El torrente de visitantes a las exposiciones de arte moderno, dondequiera y cuando quiera que se celebren, atestigua algo más que curiosidad. La curiosidad bien pronto quedaría satisfecha. Y los precios fantásticos que se pagan por obras de arte moderno son una medida de la categoría que se les con­cede por la sociedad.


La fascinación se produce cuando se ha conmovido el incons­ciente. El efecto producido por las obras de arte moderno no puede explicarse totalmente por su forma visible. Para los ojos educados en el arte clásico o “sensorial”, son nuevas y ajenas. Nada de las obras de arte no-figurativo recuerda al observador su propio mundo: ningún objeto de su medio ambiente cotidia­no, ningún ser humano o animal que le hablen un lenguaje conocido. No hay bienvenida ni acuerdo visible en el cosmos creado por el artista. Y, sin embargo, incuestionablemente hay un víncu­lo humano. Incluso puede ser más intenso que en las obras de arte sensorial, que atraen directamente al sentimiento y la fan­tasía.


La finalidad del artista moderno es dar expresión a su visión interior del hombre, al fondo espiritual de la vida y del mundo. La moderna obra de arte ha abandonado no sólo el reino del mundo concreto natural, sensorial, sino también el del mundo individual. Se ha hecho eminentemente colectiva y, por tanto (aun en la abreviación del jeroglífico pictórico), conmueve no sólo a pocos, sino a muchos. Lo que permanece individual es la manera de representación, el estilo y calidad de la moderna obra de arte. Con frecuencia resulta difícil para el profano reconocer si la intención del artista es auténtica y espontánea su expresión, no imitada ni buscada para producir efecto. En muchos casos, tiene que acostumbrarse a nuevas clases de líneas y de colores. Tie­ne que aprendérselas, como aprendería una lengua extranjera, antes de poder juzgar su expresión y calidad.

Los precursores del arte moderno comprendieron aparente­mente cuánto estaban pidiendo al público. Jamás habían publi­cado los artistas tantos manifiestos y explicaciones de sus pro­pósitos como en el siglo XX. Sin embargo, su esfuerzo por explicar y justificar lo que hacen no va sólo dirigido a los demás; tam­bién va dirigido a ellos mismos. En su mayor parte, esos mani­fiestos son confesiones de fe artística; intentos, poéticos y mu­chas veces auto-contradictorios, de aclarar la extraña producción de la actividad artística de hoy día.


Lo que realmente interesa, desde luego, es (y siempre lo ha sido) el encuentro directo con la obra de arte. Aunque, para el psicólogo interesado en el contenido simbólico del arte moderno, es más instructivo el estudio de esos escritos. Por esta razón, permitiremos que los artistas, siempre que sea posible, hablen por sí mismos en el estudio que va a continuación.


Los comienzos del arte moderno aparecieron al iniciarse el presente siglo. Una de las personalidades más impresionantes de esa fase de iniciación fue Kandinsky, cuya influencia aún se puede hallar claramente en las pinturas de la segunda mitad del siglo. Muchas de sus ideas han resultado proféticas. En su ensayo concerniente a la forma, escribió:  “El arte de hoy día incorpora al madurez espiritual hasta el extremo de la revelación. Las formas de esta incorporación pueden situarse entre dos polos: 1) gran abstracción; 2) gran realismo. Estos dos polos abren dos cami­nos que conducen, ambos, a una meta final. Estos dos elementos han estado siempre presentes en el arte; el primero estaba expre­sado en el segundo. Hoy día parece como si fueran a llevar exis­tencias separadas. El arte parece haber puesto fin a la agradable completitud de lo abstracto por lo concreto y viceversa”.


Como ilustración del punto de Kandinsky de que los dos ele­mentos del arte, lo abstracto y lo concreto, se han separado: en 1913, el pintor ruso Kasimir Malevich pintó un cuadro que con­sistía sólo en un cuadrado negro sobre un fondo blanco. Fue quizás el primer cuadro puramente “abstracto” jamás pintado, Escribió acerca de él: “En mi lucha desesperada para liberar al arte del lastre del mundo de los objetos, me refugié en la forma del cuadrado”.


Un año después, el pintor francés Marcel Duchamp colocó un objeto cogido al azar (un anaquel de botellas) en un pedestal y lo expuso. Jean Bazaine escribió: “Este anaquel, arrancado de su medio utilitario y hallado en la playa, ha sido investido con la dignidad solitaria de lo abandonado. Sin valer para nada, ahí está para utilizarlo; dispuesto para nada, está vivo. Vive en el borde de la existencia su propia vida absurda, obstructora. El objeto que estorba:  ése es el primer paso del arte”.


En su extraña dignidad y en su abandono, el objeto quedaba inconmensurablemente exaltado y recibía una significación que sólo podía llamarse mágica. De ahí su “vida absurda, obstructora”. Se convirtió en un ídolo y, al mismo tiempo, en objeto de burla. Su realidad intrínseca quedó aniquilada.


El cuadrado de Malevich y el anaquel de Duchamp fueron actitudes simbólicas que nada tenían que ver con el arte en el sentido estricto de la palabra. Sin embargo, marcan los dos extremos (“gran abstracción” y “gran realismo”) entre los cuales se puede alinear y comprender el arte imaginativo de los decenios siguientes.


Desde el punto de vista psicológico, las dos actitudes hacia el objeto desnudo (materia) y el no-objeto desnudo (espíritu), seña­lan una colectiva fisura psíquica que creó su expresión simbólica en los años anteriores a la catástrofe de la guerra europea. Esta fisura apareció primero en el Renacimiento, cuando se hizo ma­nifiesta como conflicto entre el entendimiento y la fe. Mientras tanto, la civilización iba alejando más y más al hombre de sus fundamentos instintivos de tal modo que se abrió una brecha entre la naturaleza y la mente, entre el inconsciente y la conciencia. Estos opuestos caracterizan la situación psíquica que busca expresión en el arte moderno.

martes

CARL JUNG entrevista completa



(si tiene problemas para visualizar el video, recorte y pegue en el navegador el siguiente enlace: http://www.youtube.com/watch?v=PEhAXggHUNA )

Entrevista realizada durante dos días en Agosto de 1957 por el Dr. Richard Evans a el fundador de la psicología analítica Carl Jung.

jueves

CARA A CARA entrevista completa a CARL JUNG (BBC - 22/10/1959)




(si tiene problemas para visualizar el video, recorte y pegue en el navegador el siguiente enlace: http://www.youtube.com/watch?v=QxL5Jx4QKRQ )

Video completo de la entrevista que realizara Jhon Freeman a Carl G. Jung en 1959. 

El fundador de la psicología analítica habla de su niñez, sus ideas sobre la muerte y Dios, sobre la existencia después de la muerte y algunos aspectos de su teoría.

Entrevista a Carl Jung Completa


(si tiene problemas para visualizar el video click aquí o recorte y pegue en el navegador el siguiente enlace: http://www.youtube.com/watch?v=LgP5S5u_nD4&feature=related )

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miércoles

C. G. JUNG / EL HOMBRE Y SUS SÍMBOLOS



TRIGESIMOCTAVA Y ÚLTIMA ENTREGA
6 / CONCLUSIÓN

M.-L. von Franz

La ciencia y el inconsciente

En los capítulos precedentes, C. G. Jung y algunos de sus colaboradores ha tratado de aclarar el papel desempeñado por la función creadora de símbolos de la psique inconsciente del hombre y señalar algunos campos de aplicación de esta zona recién descubierta de la vida. Aun estamos lejos de entender el inconsciente o los arquetipos -esos nuclei dinámicos de la psique- en todas sus consecuencias. Todo lo que ahora podemos ver es que los arquetipos dejan enorme huella en el individuo, formando sus emociones y su panorama ético y mental, influyendo en sus relaciones con los demás y, de ese modo, afectando a la totalidad de su destino. También podemos ver que la disposición de los símbolos arquetípicos sigue un modelo de completamiento en el individuo, y que una comprensión adecuada de los símbolos puede tener un efecto curativo. Y podemos ver que los arquetipos pueden actuar en nuestra mente como fuerzas creadoras o destructoras; creadoras cuando inspiran nuevas ideas, destructoras cuando esas mismas ideas se afirman en prejuicios conscientes que impiden nuevos descubrimientos.

Jung ha demostrado en su capítulo qué sutiles y diferenciados tienen que ser todos los intentos de interpretación con el fin de no debilitar los específicos valores individuales y culturas de las ideas arquetípicas y los símbolos igualándolos, es decir, dándoles un significado estereotipado, formulado intelectualmente. El propio Jung dedicó toda su vida a tales investigaciones y labor interpretativa; naturalmente, este libro sólo esboza una parte infinitesimal de su vasta contribución a este nuevo campo de su descubrimiento psicológico. Fue un precursor y se daba perfecta cuenta de que aun quedaban sin contestar numerosas preguntas que requerían más investigaciones. Esa es la razón de que sus conceptos e hipótesis estén concebidos con la más extensa base posible (sin hacerlos demasiado vagos y amplios) y de que sus ideas formen un llamado “sistema abierto” que no cierra la puerta a nuevos descubrimientos posibles.

Para Jung, sus conceptos eran meros instrumentos o hipótesis heurísticas que podían ayudarnos a explorar la vasta y nueva zona de realidad abierta por el descubrimiento del inconsciente, descubrimiento que no sólo ha ampliado toda nuestra visión del mundo sino que, de hecho, la ha duplicado. Ahora, tenemos siempre que preguntarnos si un fenómeno mental es consciente o inconsciente, y, también, si un fenómeno externo “real” se percibe por medios conscientes o inconscientes.

Las poderosas fuerzas del inconsciente aparecen con mayor frecuencia, no en el material clínico sino también el mitológico, religioso, artístico y todas las demás actividades culturales con las que se expresa el hombre. Evidentemente, si todos los hombres tienen heredadas en común normas de conducta emotiva y mental (que Jung llamó arquetipos) es de esperar que encontremos sus productos (fantasías simbólicas, pensamientos y actos) prácticamente en todo campo de actividad humana.

La labor de Jung ha influido profundamente en importantes investigaciones modernas en muchos de esos campos. Por ejemplo, esa influencia puede verse en el estudio de la literatura, en libros, tales como Literatura and Western Man (“La literatura y el hombre occidental”) de J. B. Priestley; Faust Weg zu Helena de Gootfried Diener o Shakespeare’s Hamlet de James Kirsch. Análogamente, la psicología junguiana ha contribuido al estudio del arte, como en los escritos de Herbert Read o de Aniela Jaffé, o el estudio de Erich Neumann sobre Henry Moore, o los estudios musicales de Michael Tippett. La labor histórica de Arnold Toynbee y la antropológica de Paul Radin se han beneficiado de las enseñanzas de Jung, y asimismo las contribuciones a la sinología hechas por Richard Wilhelm, Enwin Rousselle y Manfred Porkert.

Desde luego, esto no quiere decir que los rasgos especiales del arte y la literatura (incluidas sus interpretaciones) puedan comprenderse solamente por su fundamento arquetípico. Esos campos tienen todas sus propias leyes de actividad; como toda obra realmente creadora, no pueden ser, en definitiva, explicadas racionalmente. Pero dentro de sus zonas de acción se reconocen los modelos arquetípicos como un dinámica actividad de fondo. Y con frecuencia se descifra en ellos (como en los sueños) el mensaje de ciertas tendencias evolutivas verosímilmente intencionadas, del inconsciente.


La fecundidad de las ideas de Jung se comprende más directamente dentro de la zona de las actividades culturales del hombre. Evidentemente, si los arquetipos determinan nuestra conducta mental, tienen que aparecer en todos esos campos. Pero, inesperadamente, los conceptos de Jung han abierto también nuevos caminos para mirar las cosas en el reino de las ciencias naturales, por ejemplo, en biología.

El físico Wolgfang Pauli ha señalado que, a causa de nuevos descubrimientos, nuestra idea de la evolución de la vida requiere una revisión que puede tener en cuenta una zona de interrelación entre la psique inconsciente y el proceso biológico. Hasta hace poco, se daba por cierto que la mutación de especies ocurría al azar y que se producía la selección, por medio de las cuales sobrevivían las variedades más adaptadas y “significativas” y que las otras desaparecían. Pero los evolucionistas modernos han señalado que las selecciones de tales mutaciones por puro azar, habrían necesitado mucho más tiempo de lo que permite la edad conocida de nuestro planeta.

El concepto de Jung acerca de la sincronicidad puede servir aquí de ayuda, porque arroja luz sobre la producción de ciertos “fenómenos marginales” raros, o sucesos excepcionales; así podría explicar por qué las adaptaciones y mutaciones “significativas” podían suceder en menos tiempo que el requerido por mutaciones totalmente debidas al azar. Hoy día conocemos muchos ejemplos de significativos sucesos “causales” que han ocurrido cuando se activa un arquetipo. Por ejemplo, la historia de la ciencia contiene muchos casos de descubrimiento o invención simultánea. Uno de los más famosos de esos casos atañe a Darwin y a su teoría del origen de la especies. Darwin desarrolló su teoría en un largo ensayo y, en 1844, estuvo ocupado en ampliarla en un tratado más extenso.

Mientras trabajaba en ese proyecto, recibió un manuscrito de un joven biólogo, desconocido para Darwin, llamado A. R. Wallace. El manuscrito era una exposición, más corta pero paralela, de la teoría de Darwin. Por entonces, Wallace estaba en las islas Molucas, del Archipiélago Malayo. Sabía que Darwin era naturalista pero no tenía ni la menor idea de la clase de labor teórica en la que Darwin se ocupaba en aquellos días.

En uno y otro caso, un científico creador había llegado independientemente a una hipótesis que iba a cambiar por completo el desarrollo de la ciencia. Y cada uno había concebido inicialmente la hipótesis como un “relámpago” de intuición (posteriormente sustentada con pruebas documentales). De ese modo, los arquetipos parecen presentarse como agentes, por así decir, de una creatio continua. (Lo que Jung llama sucesos sincrónicos son, de hecho, algo semejante a “actos de creación en el tiempo”.)

Análogas “coincidencias significativas” puede decirse que ocurren cuando hay una necesidad vital para un individuo de saber acerca, digamos, de la muerte de un familiar o alguna posesión perdida. En gran cantidad de casos, tal información ha sido revelada por medio de percepción extrasensorial. Esto parece sugerir que pueden ocurrir fenómenos anormales al azar cuando se produce una necesidad vital o un acuciamiento; y esto, a su vez, puede explicar por qué una especie animal, bajo grandes presiones o en gran necesidad, puede producir cambios “significativos” (pero incausados) en su estructura material externa.

Pero el campo más prometedor para estudios futuros (como Jung lo vio) parece haberse abierto inesperadamente en conexión con el complejo campo de la microfísica. La interrelación de esas ciencias merece cierta explicación.

Los aspectos más obvios de tal conexión residen en el hecho de que la mayoría de los conceptos básicos de la física (como espacio, tiempo, materia, energía, contionuum o campo, partícula, etc.) fueron originariamente intuitivos, semimitológicos, ideas arquetípicas de los antiguos filósofos griegos, ideas que después evolucionaron lentamente y se hicieron más exactas y que, hoy día, se expresan, principalmente, en abstractos términos matemáticos. La idea de partícula, por ejemplo, fue formulada por el filósofo griego, del siglo IV A. de J.C., Leucipo y su discípulo Demócrito, quienes la llamaron “átomo”, es decir, la unidad “indivisible”. Aunque el átomo no ha resultado ser indivisible, aun concebimos la materia como formada, en definitiva, por ondas y partículas (o “cuanta” discontinuos).

La idea de energía, y su relación con la fuerza y el movimiento, era también fundamental para los antiguos pensadores griegos y fue desarrollada por los filósofos estoicos. Postularon la existencia de una especie de “tensión” (tonos) dadora de vida, que sustenta y mueve todas las cosas. Evidentemente, eso es el germen semimitológico de nuestro concepto moderno de la energía.

Aun científicos y pensadores relativamente modernos han confiado en imágenes arquetípicas semimitológicas al construir nuevos conceptos. En el siglo XVII, por ejemplo, la validez absoluta de la ley de causalidad le parecía “demostrada” a Renato Descartes “por el hecho de que Dios es inmutable en sus decisiones y actos”. Y el gran astrónomo alemán Johannes Kepler afirmaba que no hay más ni menos que tres dimensiones de espacio a causa de la Trinidad.

Estos son sólo dos ejemplos, entre otros muchos, que muestran cómo aun nuestros conceptos científicos más modernos y básicos permanecieron por mucho tiempo ligados a ideas arquetípicas que originariamente procedieron del inconsciente. No expresan necesariamente hechos “objetivos” (o, al menos, no podemos demostrar que, en definitiva, lo expresen) pero surgen de innatas tendencias mentales en el hombre, tendencias que le inducen a encontrar conexiones explicatorias, racionalmente “satisfactorias”, entre los diversos hechos externos e internos con los cuales tiene que tratar. Al examinar la naturaleza y el universo, en vez de buscar y encontrar cualidades objetivas, “el hombre se encuentra a sí mismo”, según frase del físico Werner Heisenberg.

A causa de las inferencias de este punto de vista, Wolgfang Pauli y otros científicos han comenzado a estudiar el papel del simbolismo arquetípico en el reino de los conceptos científicos. Pauli creía que debíamos establecer un paralelo entre nuestras investigaciones de los objetos exteriores y una investigación psicológica del origen interior de nuestros conceptos científicos. (Esta investigación podría arrojar nueva luz en un concepto de amplio alcance, del que hablaremos luego en este capítulo, del concepto de “unicidad” entre las esferas física y psicológica, y los aspectos cuantitativos y cualitativos de la realidad.)

Además de este vínculo casi evidente entre la psicología del inconsciente y la física, hay otras conexiones aun más interesantes. Jung (trabajando íntimamente con Pauli) descubrió que la psicología analítica se había visto obligada, por las investigaciones en su propio campo, a crear conceptos que luego resultaron asombrosamente análogos a los creados por los físicos cuando se encontraron ante fenómenos microfísicos. Uno de los conceptos más importantes entre los físicos es la idea de Niels Bohr sobre la complementariedad.

La moderna microfísica ha descubierto que la luz sólo puede describirse por medio de dos conceptos lógicamente opuestos, pero complementarios: las ideas de partículas u de ondas. En términos muy simplistas, podría decirse que, bajo ciertas condiciones experimentales, la luz de manifiesta como si estuviera compuesta de partículas; bajo otras condiciones, como si se compusiera de ondas. También se descubrió que podemos observar minuciosamente la posición o la velocidad de una partícula subatómica, pero no ambas a la vez. El observador tiene que escoger su prueba experimental, pero con ello excluye (o, más bien, tiene que “sacrificar”) alguna otra prueba posible y sus resultados. Además, el aparato de medida tiene que ser incluido en la descripción de los hechos, porque tiene una influencia decisiva, pero incontrolable, en la prueba experimental.

Pauli dice: “Las ciencia de la microfísica, a causa de su básica ‘situación complementaria’, se enfrenta con la imposibilidad de eliminar los efectos del observador mediante correcciones determinables y, por tanto, tiene que abandonar, en principio, toda comprensión objetiva de los fenómenos físicos. Donde la física clásica aun ve ‘determinadas leyes causales naturales de la naturaleza’, nosotros sólo vemos ahora ‘leyes estáticas’ con ‘posibilidades primarias’.”

En otras palabras, en microfísica, el observador se interfiere en el experimento en una forma que no puede medirse y que, por tanto, no puede eliminarse. No se pueden formular leyes naturales, diciendo “tal y tal cosa sucederán en cada caso”. Todo lo que puede decir el microfísico es “tal y tal cosa son, según la probabilidad estadística, las que verosímilmente ocurran”. Naturalmente, esto representa un tremendo problema para nuestro pensamiento de física clásica. Requiere considerar, en un experimento científico, el panorama mental del observador que interviene; por tanto, podría decirse que los científicos ya no pueden tener la esperanza de describir ningún aspecto o cualidad de los objetos exteriores de una forma “objetiva” completamente independiente.

La mayoría de los físicos modernos han aceptado el hecho de que no se puede eliminar el papel desempeñado por las ideas conscientes del observador en todo experimento microfísico; pero no se sienten concernidos con la posibilidad de que la situación psicológica total (consciente e inconsciente) del observador desempeñe también un papel. Sin embargo, como Pauli observa, no tenemos, por lo menos, razones a priori para rechazar esa posibilidad. Pero tenemos que considerar esto como un problema aun sin resolver y sin explorar.

La idea de Bohr de la complementaridad es de especial interés para los psicólogos junguianos, pues Jung vio que la relación entre la mente consciente y la inconsciente también forma un par de oposiciones complementerias. Cada nuevo contenido procedente del inconsciente se altera en su naturaleza básica al ser parcialmente integrado en la mente consciente del observador. Aun los contenidos oníricos (si, en definitiva, se perciben) son, de esa forma, semiconscientes. Y cada ampliación de la consciencia del observador causada por la interpretación de los sueños vuelve a tener una repercusión y una influencia inconmensurables en el inconsciente. Así, el inconsciente sólo puede describirse aproximadamente, al igual que las partículas de la microfísica, por medio de conceptos paradójicos. Lo que realmente es “en sí mismo” jamás lo sabremos, lo mismo que jamás sabremos lo que es la materia.

Continuemos con los paralelismos entre la psicología y la microfísica; lo que Jung llama los arquetipos (o modelos de conducta emotiva y mental) también podrían llamarse, con palabras de Pauli, “posibilidades primarias” de las reacciones psíquicas. Como se ha insistido en este libro, no hay leyes que rijan la forma específica en que puede aparecer un arquetipo. Sólo hay tendencias (véase página 67) que, nuevamente, nos permiten sólo decir que tal y tal cosa es probable que ocurra en ciertas situaciones psicológicas.

Como señaló una vez el psicólogo norteamericano William James, la idea de un inconsciente podría compararse al concepto de “campo” en la física. Podríamos decir que, así como en un campo magnético las partículas que hay en él aparecen con cierto orden, los contenidos psicológicos también aparecen de una forma ordenada dentro de esa zona psíquica que llamamos el inconsciente. Si a algo lo llamamos “racional” o “significativo” en nuestra mente consciente, y lo aceptamos como “explicación” satisfactoria de las cosas, probablemente se debe al hecho de que nuestra explicación consciente está en armonía con cierta constelación preconsciente de contenidos en nuestro inconsciente.

En otras palabras, nuestras representaciones conscientes, a veces, están ordenadas (o dispuestas según un modelo) antes de que se nos hayan hecho conscientes. El matemático alemán del siglo XVIII Friedrich Gauss dio ejemplo de una experiencia de tal orden inconsciente de ideas: dice que encontró cierta regla de la teoría de los números “no tras penosa investigación, sino por la gracia de Dios, por así decir. El enigma se resolvió por sí mismo como un relámpago, y yo mismo no podía decir o demostrar la relación entre lo que yo sabía antes, lo que utilicé después para experimentar y lo que produjo el éxito final”. El científico francés Henri Poincaré es aun más explícito acerca de ese fenómeno; describe cómo durante una noche de insomnio, en realidad, estuvo observando sus representaciones matemáticas entrando en colisión dentro de él hasta que alguna de ellas “encontraron una conexión más estable. Uno se siente como si pudiera observar el propio trabajo inconsciente, la actividad inconsciente comenzando a manifestarse parcialmente a la consciencia sin perder su propio carácter. En tales momentos se tiene la intuición de la diferencia entre los mecanismos de los dos egos”.

Como ejemplo final de desarrollos paralelos en microfísica y psicología, podemos considerar el concepto de Jung acerca del significado. Donde los hombres antes buscaban explicaciones causales (es decir, racionales) de los fenómenos, Jung introdujo la idea de buscar el significado (o, quizá podríamos decir, el “propósito”). Es decir, en vez de preguntar por qué sucedió algo (es decir, qué lo causó), Jung pregunta: ¿Para qué sucedió? Esta misma tendencia aparece en la física: muchos físicos modernos buscan ahora más las “conexiones” en la naturaleza que las leyes causales (determinismo).

Pauli esperaba que la idea del inconsciente se extendería más allá de la “estrecha armazón de uso terapéutico” y que influiría en todas las ciencias naturales que tratan de los fenómenos generales de la vida. Desde el momento en que Pauli sugirió ese desarrollo halló eco en algunos físicos que se ocupan de la nueva ciencia de la cibernética: el estudio comparativo del sistema de “control” formado por el cerebro y el sistema nervioso y la información mecánica o electrónica y los sistemas de control y computadores. En resumen, según lo ha dicho el moderno científico francés Oliver Costa de Beauregard, ciencia y psicología deberán en el futuro “entrar en diálogo activo”.

Los inesperados paralelismos de ideas en psicología y física sugieren, como señala Jung, una posible y definitiva unicidad de ambos campos de realidad, que estudian la física y la psicología, es decir, una unicidad psicofísica de todos los fenómenos de la vida. Jung estaba incluso convencido de que lo que él llamaba el inconsciente se enlazaba, de algún modo, con la estructura de la materia inorgánica, un enlace al que parece apuntar el problema de las enfermedades llamadas “psicosomáticas”. El concepto de una idea unitaria de la realidad (que ha sido seguido por Pauli y Erich Neumann) fue llamado por Jung el unus mundus (el mundo único, dentro del cual la materia y la psique no están, sin embargo, discriminadas o separadas en realidad). Preparó el camino para tal punto de vista unitario, señalando que un arquetipo muestra un aspecto “psicoide” (es decir, no puramente psíquico sino casi material) cuando aparece en un suceso sincrónico, pues tal suceso es, en efecto, un arreglo significativo de hechos psíquicos interiores y hechos externos.

En otras palabras, los arquetipos no sólo encajan en situaciones externas (como los modelos de conducta animal encajan en su naturaleza circundante); en el fondo, tienden a manifestarse en un “arreglo” sincrónico que incluye, a la vez, materia y psique. Pero estas afirmaciones son sólo sugerencias en ciertas direcciones en las que pueden ir las investigaciones de los fenómenos de la vida. Jung consideraba que primeramente tendríamos que aprender mucho más acerca de la interrelación de esas dos zonas (materia y psique) antes de lanzarse a demasiadas especulaciones abstractas acerca de ello.

El campo que el propio Jung consideraba sería más fructífero para investigaciones posteriores era el estudio de nuestra básica axiomata matemática, que Pauli llamaba “intuiciones matemáticas primarias”, y entre las cuales menciona especialmente las ideas de una serie infinita de número en aritmética, o un continuun en geometría, etc. Como ha dicho el escritor, de origen alemán, Hannah Arendt, “con el nacimiento de la modernidad, las matemáticas no sólo aumentan su contenido o alcance en el infinito para hacerse aplicables a la inmensidad de un universo en expansión infinito e infinitamente creciente, sino que, en definitiva, dejan de concernir a la apariencia. Ya no son el comienzo de la filosofía, o de la ciencia del Ser en su verdadera apariencia, sino que, en cambio, se transforman en la ciencia de la estructura de la mente humana. (Un junguiano preguntaría inmediatamente: ¿Qué mente? ¿La mente consciente o la inconsciente?)

Como hemos visto al mencionar las experiencias de Gauss y Poincaré, los matemáticos también descubrieron el hecho de que nuestras representaciones están “ordenadas” antes de que nos demos cuenta de ellas. B. L. van der Waerden, que cita muchos ejemplos de visiones profundas esencialmente matemáticas surgidas del inconsciente, llega a la conclusión: “…el inconsciente no es sólo capaz de asociar y combinar, sino de juzgar. El juicio del inconsciente es intuitivo, pero bajo circunstancias favorables es completamente seguro”.

Entre las muchas intuiciones matemáticas primarias, o ideas a priori, los “números naturales” parecen los más interesantes psicológicamente. No sólo sirven cotidianamente para nuestras conscientes medidas y operaciones de contabilidad, han sido durante siglos los únicos medios existentes para “leer” el significado de esas formas antiguas de adivinación como astrología, numerología, geomancia, etc., todas las cuales se basan en cálculos aritméticos y todas han sido investigadas por Jung en su teoría de la sincronicidad. Además, los números naturales -vistos desde un ángulo psicológico- tienen que ser, en verdad, representaciones arquetípicas, pues nos vemos forzados a pensar en ellos en ciertas formas definidas. Nadie, por ejemplo, puede negar que 2 es el único número par primario, aunque nadie hubiera pensado sobre ello conscientemente. En otras palabras, los números no son conceptos inventados por los hombres con fines de cálculo, son productos espontáneos y autónomos del inconsciente, como lo son otros símbolos arquetípicos.

Pero los números naturales también son cualidades inherentes a los objetos exteriores: podemos afirmar y contar que hay dos piedras aquí y tres árboles allá. Aun si privamos a los objetos exteriores de todas las cualidades, como son color, temperatura, tamaño, etc., todavía permanece su “numerosidad” o multiplicidad especial. Sin embargo, esos mismos números son también partes indiscutibles de nuestra propia organización mental, conceptos abstractos que podemos examinar sin mirar los objetos exteriores. Por tanto, los números aparecen como conexiones tangibles entre las esferas de la materia y la psique. Según las sugerencias proporcionadas por Jung, es ahí donde puede encontrarse el campo más fructífero de futuras investigaciones.

Menciono resumidamente estos conceptos un tanto difíciles con el fin de mostrar que, para mí, las ideas de Jung no forman una “doctrina”, sino que son el comienzo de un nuevo panorama que continuará evolucionando y expandiéndose. Espero que den al lector un atisbo de lo que me parece haber sido la actitud científica esencial y típica de Jung. Siempre estuvo investigando, con inusitada libertad respecto a los prejuicios corrientes, y al mismo tiempo con gran modestia y exactitud, para comprender el fenómeno de la vida. No prosiguió en las ideas arriba mencionadas porque pensó que aun no tenía suficientes hechos al alcance para poder decir algo importante acerca de ellas, así como, en general, esperó varios años antes de publicar sus nuevos conocimientos profundos, comprobándolos una y otra vez mientras tanto y planteándose él mismo todas las posibles dudas que pudiera haber respecto a ellos.

Por tanto, lo que, a primera vista, pudiera parecer chocante al lector respecto a ciertas vaguedad en sus ideas, procede, de hecho, de su actitud científica de modestia intelectual, actitud que no excluye (por seudoexplicaciones irreflexivas, superficiales y excesivamente simplistas) nuevos descubrimientos posibles, y que respeta la complejidad del fenómeno de la vida. Porque este fenómeno siempre fue un misterio excitante para Jung. Nunca fue, como lo es para la gente de mente estrecha, una realidad “explicada” acerca de la cual se puede suponer que lo sabemos todo.

En mi opinión, las ideas creadoras muestran su valor en que, como las llaves, sirven para “abrir” conexiones de hechos hasta ahora ininteligibles y que permiten al hombre penetrar más profundamente en el misterio de la vida. Tengo el convencimiento de que las ideas de Jung pueden servir de ese modo para encontrar e interpretar nuevos hechos en muchos campos de la ciencia (y también de la vida cotidiana), conduciendo, simultáneamente, al individuo a un panorama consciente más equilibrado, más ético y más amplio. Si el lector se sintiera estimulado a nuevos trabajos en la investigación y asimilación del inconsciente -que siempre comienza operando sobre uno mismo- se vería satisfecho el propósito de este libro.

C. G. JUNG / EL HOMBRE Y SUS SÍMBOLOS



TRIGESIMOSÉPTIMA ENTREGA

5 / SÍMBOLOS EN UN ANÁLISIS INDIVIDUAL (XIII)

Jolande Jacobi

El sueño final

Otro sueño vino a confirmar irrevocablemente el conocimiento profundo que Henry había adquirido. Después de algunos sueños cortos sin importancia referentes a su vida cotidiana, el último sueño (el quincuagésimo de la serie) apareció con toda la riqueza de símbolos que caracteriza a los llamados “grandes sueños”.

Cuatro de nosotros formamos un grupo amistoso, y tenemos las siguientes experiencias: Tarde. Estamos sentados en una mesa de tablas, larga y tosca, y bebiendo de tres distintos recipientes: de una copa de licor, un licor claro, amarillo, dulce; de un vaso de vino, Campari tinto oscuro; de un recipiente grande y típico, té. Además de nosotros, hay también una muchacha de naturaleza reservada y delicada. Echa su licor en el té.

Noche. Hemos vuelto de una gran taberna. Uno de nosotros es el Presidente de la República Francesa. Estamos en su palacio. Saliendo al balcón, le vemos bajo nosotros, en una calle nevada cuando él, en su estado de embriaguez, orina sobre un montón de nieve. El contenido de su vejiga parece inagotable. Ahora corre tras una vieja solterona que lleva en sus brazos un niño envuelto en una manta color castaño. Él rocía al niño con la orina. La solterona nota la humedad, pero se la achaca al niño. Ella se marcha de prisa a largos pasos.

Mañana. Por la calle, que brilla bajo un sol invernal, va un negro; es una figura magnífica, completamente desnudo. Camina hacia el Este, hacia Berna (es decir, la capital de Suiza). Estamos en la Suiza francesa. Decidimos ir a hacerle una visita.

Mediodía. Después de un largo viaje en automóvil por una solitaria región nevada, llegamos a una ciudad y una casa oscura donde se dice que se ha alojado el negro. Tenemos el gran temor de que pudiera haberse muerto por congelación. Sin embargo, su criado, que es tan oscuro como él, nos recibe. El negro y su criado son mudos. Buscamos en las mochilas que hemos traído para ver qué puede dar cada uno como regalo al negro. Tiene que ser algún objeto característico de la civilización. Soy el primero en darme cuenta de ello y cojo del suelo una caja de cerillas y se la ofrezco con deferencia al negro. Después de que todos han presentado sus regalos, nos unimos al negro en una fiesta feliz, una alegre diversión.




Aun a primera vista, el sueño, con sus cuatro partes, produce una impresión poco corriente. Abarca todo un día y se mueve hacia la “derecha”, en la dirección de la creciente consciencia. El movimiento comienza en el anochecer, continúa en la noche y termina al mediodía, en que el sol está en su cenit. Así el ciclo del “día” aparece como conjunto completo.

En este sueño, los cuatro amigos parecen simbolizar la masculinidad en despliegue de la psique de Henry, y su progreso mediante los cuatro “actos” del sueño tiene un esquema geométrico que recuerda la construcción del mandala. Como primeramente vienen del Este, luego del Oeste, dirigiéndose hacia la “capital” de Suiza (es decir, el centro), parecen describir un itinerario que trata de unir los opuestos en un centro. Y este punto se subraya con el movimiento en el tiempo: el descenso en la noche del inconsciente, siguiendo el curso del sol, que es seguido por un ascenso al cenit brillante de la consciencia.

El sueño comienza por la tarde, tiempo en el que el umbral de la consciencia está más bajo y los impulsos e imágenes del inconsciente pueden cruzarlo. En tal situación (cuando el lado femenino de un hombre se evoca con mayor facilidad) es natural encontrar que una figura femenina se una a los cuatro amigos. Ella es la figura del ánima que pertenece a todos ellos (“reservada y delicada”, que a Henry le recuerda a su hermana) y que los conecta mutuamente. En la mesa hay tres recipientes de distinto tipo, que por su forma cóncava acentúan la receptividad que es símbolo de lo femenino. El hecho de que esos recipientes se utilicen por todos los presentes indica una relación mutua e íntima entre ellos. Los recipientes difieren en la forma (copa de licor, vaso de vino y un recipiente de forma clásica) y en el color de su contenido. Las oposiciones en que se dividen estos líquidos -dulce y amargo, rojo y amarillo, alcohólico y no alcohólico- están todas entremezcladas al ser consumidos por cada una de las cinco personas presentes, que se sumergen en una comunión inconsciente.

La muchacha parece ser el agente secreto, el catalizador que precipita los sucesos (porque es misión del ánima conducir al hombre a su inconsciente y, de ese modo, forzarle a una rememoración más profunda y a acrecentar la consciencia. Es casi como si con la mezcla de licor y té la reunión se acercara a su culmen.

La segunda parte del sueño nos dice más de los sucesos de esa “noche”. Los cuatro amigos se encuentran, de repente, en París (que, para los suizos, representa la ciudad de la sensibilidad, de la alegría desenfrenada y del amor). Aquí se produce cierta diferenciación entre los cuatro, especialmente entre el ego en el sueño (que, en gran parte, se identifica con la función pensante conductora) y el “Presidente de la República”, que representa la función de sentir inconsciente y sin desarrollar.

El ego (Henry y sus dos amigos, que puede ser considerados como representantes de sus funciones semiconscientes) mira hacia abajo desde las alturas de un balcón y ve al Presidente, cuyas características son exactamente las que serían de esperar en el lado indiferenciado de la psique. Es inestable y se ha dejado llevar por sus instintos. Orina en la calle en estado de embriaguez; es inconsciente acerca de sí mismo, como una persona fuera de la civilización que sigue sólo sus naturales impulsos animales. Así el Presidente simboliza un gran contraste para las normas conscientemente aceptadas por un científico suizo de clase media elevada. Sólo en la más oscura noche del inconsciente podía revelarse ese lado de Henry.

Sin embargo, la figura del Presidente tiene también un aspecto muy positivo. Su orina (que podría ser el símbolo de una corriente de libido psíquica) parece ser inagotable. Da prueba de abundancia, de vigor creativo y vital. (Los pueblos primitivos, por ejemplo, consideran todo lo proveniente del cuerpo -pelo, excremento, orina o saliva- como fuerzas creadoras con poder mágico.) Por tanto, esta desagradable imagen del Presidente también podría ser un signo de poder y la plenitud que con frecuencia se adhieren al lado sombrío del ego. No sólo orina sin cohibimiento sino que corre tras una vieja que lleva a un niño.

Esta “vieja solterona” es, en cierto modo, lo opuesto o el complemento del ánima tímida y frágil de la primera parte del sueño. Es aun virgen, aunque es vieja y, Henry la asocia a la imagen arquetípica de María con el niño Jesús. Pero el hecho de que el niño vaya envuelto en una manta de color castaño (el color de la tierra) le hace parece la contraimagen tectónica y terrenal del Salvador más que un niño celestial. El Presidente, que rocía al niño con la orina, parece realizar una parodia del bautismo. Si consideramos al niño como símbolo de una potencialidad dentro de Henry que es aun infantil, entonces podría recibir fuerza por medio de este ritual. Pero el sueño no dice nada más; la mujer se marcha con el niño.

Esta escena marca el punto de giro del sueño. Otra vez es por la mañana. Todo lo que era oscuro, negro, primitivo y poderoso en el último episodio, se ha reunido y simbolizado en un negro magnífico que aparece desnudo, es decir, es real y verdadero.

Así como las tinieblas y la brillante mañana -u orina caliente y nieve fría- son opuestos, así ahora el hombre negro y el paisaje blanco forman una antítesis tajante. Los cuatro amigos tienen que orientarse ahora dentro de esas dimensiones nuevas. Ha cambiado su posición; el camino que les conducía por París les lleva, inesperadamente, a la Suiza francesa (de donde procede la novia de Henry). Se ha producido una transformación de Henry durante la primera fase, cuando fue dominado por los contenidos inconscientes de su psique. Ahora, por primera vez, puede empezar a encontrar su camino avanzado desde un lugar que era la patria de su novia (mostrando que él acepta el fondo psicológico de ella).

Al principio, él va de la Suiza oriental hacia París (del Este al Oeste, donde el camino conduce a la oscuridad, al inconsciente). Ahora ha dado una vuelta de 180 grados, hacia el sol naciente y la siempre en aumento claridad de la consciencia. Ese camino apunta hacia la mitad de Suiza, a su capital, Berna, y simboliza los esfuerzos de Henry en busca de un centro que una las oposiciones que hay dentro de él.

El negro es para mucha gente la imagen arquetípica de la “oscura criatura primaria” y, por tanto, una personificación de ciertos contenidos del inconsciente. Quizá esto es una razón de por qué el negro es tan frecuentemente rechazado y temido por la gente de raza blanca. En él ve el hombre blanco su contrafigura viviente, su lado oscuro y oculto puesto ante sus ojos. (Esto es precisamente lo que la mayoría de la gente trata de evitar; trata de desgajarlo y reprimirlo.) Los blancos proyectan en el negro los impulsos primitivos, las fuerzas arcaicas, los instintos indominables que no desean admitir en sí mismos, de los cuales son inconscientes y que, por tanto, designan como cualidades correspondientes de otras personas.

Para un joven de la edad de Henry, el negro puede representar, por una parte, la suma de todos los rasgos reprimidos en el inconsciente; por otra parte, puede representar la suma de sus fuerzas y potencialidad masculinas y primitivas, su poderío emotivo y físico. Que Henry y sus amigos intentan conscientemente encontrarse con el negro significa, por tanto, un paso decisivo en el camino de la virilidad.

Mientras tanto, ha llegado el mediodía, en el cual el sol está en su altura máxima y la consciencia ha alcanzado su mayor claridad. Podríamos decir que el ego de Henry se ha ido haciendo más y más sólido, que ha realzado conscientemente su capacidad para tomar una decisión. Todavía es invierno, lo cual puede indicar una falta de sentimiento y calor en Henry; su paisaje psíquico aun es invernal y, en apariencia, muy frío intelectualmente. Los cuatro amigos temen que el negro desnudo (por estar acostumbrados a un clima cálido) pueda helarse. Pero su temor resulta infundado, pues después de un largo viaje por unas tierras desiertas y cubiertas de nieve, se detienen en una ciudad extraña y entran en una casa oscura. Este viaje y las tierras desoladas simbolizan la larga y fatigada búsqueda del autodesarrollo.

Una nueva complicación espera aquí a los cuatro amigos. El negro y su criado son mudos. Por tanto, no es posible entablar con ellos contacto verbal; los cuatro amigos tienen que buscar otros medios para ponerse en contacto con el negro. No pueden emplear medios intelectuales (palabras) sino gestos emotivos para echarse a él. Le ofrecen un presente como se hace una ofrenda a los dioses, para ganar su interés y su afecto. Y tiene que ser un objeto de nuestra civilización, perteneciente a los valores del intelectual hombre blanco. Nuevamente, se requiere un sacrificium intellectus para ganarse el favor del negro, quien representa a la naturaleza y el instinto.

Henry es el primero en darse cuenta de lo que hay que hacer. Esto es natural puesto que él es el portador del ego, cuya orgullosa conciencia (o hybris) tiene que ser humillada. Coge del suelo una caja de cerillas y se la presenta “con deferencia” al negro. A primera vista, puede parecer absurdo que un pequeño objeto tirado en el suelo y, probablemente, desechado, fuera un regalo adecuado, pero era una elección acertada. Las cerillas son el fuego almacenado y dominado, un medio por el cual puede encenderse una llama y apagarse en cualquier momento. Fuego y llama simbolizan calor y amor, sentimiento y pasión; tienen cualidades del corazón, encontradas dondequiera existan seres humanos.

Al dar al negro tal presente, Henry combina simbólicamente un producto del elevado desarrollo civilizado de su ego consciente con el centro de su propio primitivismo y fuerza masculina, simbolizado por el negro. De este modo, Henry puede entrar en plena posesión de su lado masculino, con el cual debe su ego permanecer en contacto constante de ahora en adelante.

Ese fue el resultado. Las seis personas masculinas -los cuatro amigos, el negro y su criado- ahora están juntas con alegre humor en una comida comunal. Está claro que, aquí, la totalidad masculina de Henry se ha redondeado. Su ego parece haber encontrado la seguridad que necesitaba para capacitarle, consciente y libremente, para someterse a la personalidad arquetípica mayor que hay en él y que presagiaba el surgimiento del “sí-mismo”.

Lo que ocurrió en el sueño tuvo también su paralelo en la vida despierta de Henry. Ahora estaba seguro de sí mismo. Decidiéndolo rápidamente, formalizó su compromiso. Exactamente nueve meses después de que hubiera comenzado su análisis, se casó en una iglesita de la Suiza occidental y, al día siguiente, salió con su joven esposa hacia el Canadá para tomar posesión de un empleo para que el que había sido nombrado durante las decisivas semanas de sus últimos sueños. Desde entonces, ha estado haciendo una vida activa, creadora, como cabeza de una pequeña familia y desempeña un puesto directivo en una gran industria.

El caso de Henry revela, por así decir, una maduración acelerada hacia una hombría independiente y responsable. Representa la iniciación en la realidad de la vida exterior, el fortalecimiento del ego y su masculinidad, y con ello, el complemento de la primera mitad del proceso de individuación. La segunda mitad -que es el establecimiento de una relación adecuada entre el ego y el “sí-mismo”- todavía le espera a Henry, en la segunda mitad de su vida.

No todos los casos llevan un curso tan activo y afortunado, y no todos pueden ser tratados en forma análoga. Por el contrario, cada caso es diferente. No sólo los jóvenes y los viejos, o los hombres y las mujeres requieren tratamiento distinto; sino que así ocurre en cada caso individual en todas estas categorías. Aun los mismos símbolos requieren interpretación distinta en cada caso. Escogí este porque representa un ejemplo especialmente impresionante de la autonomía del proceso inconsciente y muestra, por su abundancia de imágenes, el incansable poder de creación de símbolos del fondo psíquico. Demuestra que la acción autorreguladora de la psique (cuando no está estorbada por demasiadas explicaciones racionales o disecciones) puede ayudar al proceso de desarrollo del alma.

C. G. JUNG / EL HOMBRE Y SUS SÍMBOLOS



TRIGESIMOSEXTA ENTREGA

5 / SÍMBOLOS EN UN ANÁLISIS INDIVIDUAL (XII)

Jolande Jacobi

Afrontando lo irracional

La inmediata conducta de Henry demostró claramente que el sueño (y el hecho de que sus sueños y el libro de oráculos I Ching le hubieran puesto frente a profundas fuerzas irracionales dentro de sí mismo) tuvieron un hondo efecto sobre él. Desde entonces, escuchó con avidez los mensajes de su inconsciente y el análisis adquirió un carácter más y más agitado. La tensión que, hasta entonces, había amenazado a las profundidades de su psique con la rotura, subió a la superficie. No obstante, se aferró valientemente a la esperanza creciente de que se llegaría a una conclusión satisfactoria.

Apenas dos semanas después del oráculo (pero antes de que fuera analizado e interpretado), Henry tuvo otro sueño en el que volvió a enfrentarse con el molesto problema de lo irracional:

Estoy solo en mi cuarto. Un grupo de desagradables escarabajos negros van saliendo de un agujero y extendiéndose por mi tablero de dibujo. Trato de hacerlos retroceder a su agujero por medio de una especie de magia. Lo consigo excepto con cuatro o cinco escarabajos que se van del tablero y se esparcen por toda la habitación. Renuncio a la idea de perseguirlos; ya no me son tan desagradables. Prendo fuego al escondrijo. Se levanta una elevada columna de llamas. Temo que pueda prenderse fuego a mi habitación, pero este temor es infundado.

Por entonces, Henry se había hecho relativamente hábil en la interpretación de sus sueños, así es que trató de darles una explicación. Dijo: “Los escarabajos son mis cualidades oscuras. Fueron despertadas por el análisis y suben ahora a la superficie. Existe el peligro de que puedan anegar mi trabajo profesional (simbolizado por el tablero de dibujo). Pero no me atreví a aplastar con la mano a los escarabajos, que me recordaban una especie de escarabajos negros, tal como lo intenté primero; por tanto tuve que recurrir a la “magia”. Al prender fuego a su escondrijo invocaba, por así decir, la colaboración de algo divino, ya que la columna ascendente de llamas me hizo pensar en el fuego que asocio al Arca de la Alianza.”

Para profundizar en el simbolismo del sueño, ante todo, tenemos que notar que los escarabajos son negros, que es el color de las tinieblas, la depresión y la muerte. En el sueño, Henry está “solo” en su cuarto, situación que puede conducir a la introversión y los correspondientes estados de melancolía. En mitología, los escarabajos son de oro con frecuencia; en Egipto eran animales sagrados, símbolos del sol. Pero si son negros simbolizan el lado opuesto del sol, algo demoníaco. Por tanto, el instinto de Henry está acertado al desear combatir a los escarabajos por medio de la magia.

Aunque cuatro o cinco de los escarabajos continúan vivos, la disminución del número de escarabajos es suficiente para librar a Henry de su temor y desagrado. Entonces intenta destruir su nido por medio del fuego. Esto es un acto positivo, porque el fuego puede conducir simbólicamente a la transformación y el renacimiento (como, por ejemplo, lo hace en el antiguo mito del ave fénix).

En su vida despierta, Henry parece ahora lleno de espíritu emprendedor, pero es evidente que aun no ha aprendido a utilizarlo con eficacia. Por tanto, tengo que considerar otro sueño posterior que arroja luz más clara sobre su problema. Este sueño representa, en lenguaje simbólico, el miedo de Henry a una relación responsable con una mujer y su tendencia a retirarse del lado sentimental de la vida:

Un anciano está agonizando. Está rodeado de sus parientes, y yo estoy entre ellos. Más y más personas se van agrupando en la gran habitación, cada una caracterizándose con afirmaciones precisas. Hay unas cuarenta personas presentes. El anciano gime y musita algo sobre “vida no vivida”. Su hija, que desea facilitarle su confesión, le pregunta en qué sentido debe entenderse “no vivida”, si cultural o moralmente. El anciano no contestará. La hija me envía a una pequeña habitación contigua donde he de encontrar la respuesta echando las cartas. Un “nueve” que saque dará la respuesta, según el color.

Espero sacar un nueve nada más comenzar, pero al principio, salen varios reyes y reinas. Me siento defraudado. Ahora no saco más que trozos de papel que nada tienen que ver con el juego. Finalmente, descubrí que no hay más cartas sino sólo sobres y trozos de papel. Junto con mi hermana, que también está presente, busco cartas por todas partes. Finalmente, descubro una bajo un libro de texto o cuaderno de apuntes. Es un nueve, un nueve de picas (spades). Me parece que eso sólo significa una cosa: que eran cadenas morales las que impidieron al anciano “vivir su vida”.

El mensaje especial de este extraño sueño era prevenir a Henry de lo que le esperaba si dejaba de “vivir su vida”. El “anciano” probablemente representa el agonizante “principio rector”, el principio que rige la consciencia de Henry, pero cuya naturaleza le es desconocida. Las cuarenta personas presentes simbolizan la totalidad de rasgos de la psique de Henry (40 es un número de totalidad, una forma elevada del número 4). Que el anciano esté agonizando podría ser un signo de que la parte masculina de la personalidad de Henry está al borde de una transformación final.

La averiguación de la hija acerca de la posible causa de la muerte es la cuestión inevitable y decisiva. Parece haber la implicación de que la “moralidad” del anciano le ha impedido vivir cabalmente sus sentimientos e impulsos. Sin embargo, el propio agonizante guarda silencio. Por tanto, su hija (personificación del principio femenino intermediario, el ánima) tiene que entrar en acción.

Envía a Henry a descubrir la respuesta en las cartas adivinadoras de la suerte, la respuesta que dará el color del primer nueve que salga. La adivinación de la suerte tiene que realizarse en una habitación alejada que no se utiliza (lo cual revela qué alejado está ese hecho de la actitud consciente de Henry).

Se desilusiona cuando, al principio, sólo saca reyes y reinas (quizá, imágenes colectivas de su veneración juvenil al poderío y la riqueza). Esa desilusión se intensifica cuando las cartas se acaban porque eso demuestra que los símbolos de su mundo interior también se han agotado. Sólo quedan “trozos de papel” con ninguna imagen. De ese modo se agota la fuente de pinturas en el sueño. Entonces Henry tiene que aceptar la ayuda de su lado femenino (esta vez representado por su hermana) para encontrar la última carta. Junto con ella, encuentra, al fin, una carta: el nueve de picas. Es esta carta la que tiene que servir para indicar, por su color, lo que significa en el sueño “vida no vivida”. Y es significativo que la carta esté escondida bajo un libro de texto o cuaderno de apuntes, que probablemente representa las áridas formas intelectuales de los intereses técnicos de Henry.

El nueve ha sido un “número mágico” durante siglos. Según el simbolismo tradicional de los números, representa la forma perfecta de la Trinidad perfecta en su triple elevación. Y hay otros innumerables significados asociados con el número nueve en diversos tiempos y culturas. El color del nueve de picas es el color de la muerte y de la falta de vida. También, la imagen de la “pica” sugiere la forma de una hoja y, por tanto, su negrura subraya que, en vez de estar verde, viva y natural, ahora está muerta. Además, la palabra spade (pique, de la baraja francesa) deriva de la palabra italiana spada, que significa “espada” o “pica”. Tales armas significan con frecuencia la función penetrante, “cortante” del intelecto.

Así el sueño aclara que eran las “cadenas morales” (más que “culturales”) las que no permitieron al anciano “vivir su vida”. En el caso de Henry, esas “cadenas” era probablemente su miedo de rendirse plenamente a la vida, a aceptar responsabilidades ante una mujer y, por tanto, convertirse en “infiel” con su madre. El sueño ha declarado que la “vida no vivida” es una enfermedad de la que se puede morir.

Henry ya no podría desentenderse del mensaje de este sueño. Se dio cuenta de que se necesita algo más que razón como ayuda orientadora en los atolladeros de la vida; es necesario buscar la guía de fuerzas inconscientes que surgen, como símbolos, de las profundidades de la psique. Con este reconocimiento, se alcanzó la meta de esta parte de su análisis. Henry supo entonces que, al fin, fue expulsado del paraíso de una vida sin compromisos y que jamás podría volver a él.

C. G. JUNG / EL HOMBRE Y SUS SÍMBOLOS




TRIGESIMOQUINTA ENTREGA

5 / SÍMBOLOS EN UN ANÁLISIS INDIVIDUAL (XI)

Jolande Jacobi

El sueño oráculo

La gente que confía totalmente en su pensamiento racional y desecha o reprime toda manifestación de su vida psíquica, con frecuencia, tiene inclinación, casi inexplicable, hacia la superstición. Escucha los oráculos y profecías y puede ser fácilmente embaucada o influida por magos y prestidigitadores. Y como los sueños compensan nuestra vida exterior, la importancia que esa gente da a su intelecto está contrapesada por los sueños en los que se encuentra con lo irracional y no puede librarse de ello.

Henry experimentó ese fenómeno, durante el curso del análisis, de una forma impresionante. Cuatro sueños extraordinarios, basados en esos temas irracionales, representan hitos decisivos en su desarrollo espiritual. El primero de ellos lo tuvo unas diez semanas después de haber comenzado el análisis. Así contó Henry su sueño.

Solitario en un viaje aventurero por Sudamérica, siento, al fin, el deseo de volver a mi patria. En una ciudad extranjera situada en una montaña, trato de llegar a la estación de ferrocarril que, instintivamente, sospecho que está en el centro de la ciudad, en su parte más elevada. Temo que sea demasiado tarde.

Sin embargo, por fortuna, un pasadizo abovedado se abre paso por la hilera de casas a mi derecha, construidas muy hacinadas como en la arquitectura de la Edad Media, formando un muro impenetrable tras del cual es probable que se encuentre la estación. Toda la escena ofrece un aspecto muy pintoresco. Veo las soleadas y pintadas fachadas de las casas, el oscuro pasadizo en cuyas sombras cuatro figuras harapientas se han instalado en el suelo. Con un suspiro de alivio, me apresuré hasta el pasadizo y, de repente, un tipo extraño como de trampero, apareció delante de mí, evidentemente con el mismo deseo de coger el tren.

Al acercarnos, los cuatro porteros, que resultaron ser chinos, se abalanzaron para impedirnos la entrada. Durante la lucha que se produjo, resulta herida mi pierna izquierda con las largas uñas del pie izquierdo de uno de los chinos. Ahora un oráculo tiene que decidir si nos han de franquear la entrada o si nos han de quitar la vida.

Soy el primero del que se han de ocupar. Mientras mi compañero es atado y llevado aparte, los chinos consultan el oráculo utilizando varillas de marfil. La sentencia es en mi contra pero me conceden otra posibilidad. Me esposan y me llevan aparte, precisamente donde estaba mi compañero, y él ocupa ahora mi puesto. En su presencia, el oráculo tiene que decidir mi sino por segunda vez. En esta ocasión es a mi favor. Estoy salvado.

Inmediatamente se da uno cuenta de la singularidad y el significado excepcional de este sueño, su riqueza de símbolos y su concisión. Sin embargo, parecía como si la mente consciente de Henry quisiera ignorar el sueño. A causa del escepticismo hacia los productos del inconsciente, era importante no exponer el sueño al peligro de la racionalización sino, más bien, dejara que actuara sobre él sin interferencia. Por tanto, al principio, refrené mi interpretación. En cambio, sólo le ofrecí una sugerencia: le aconsejé leer y después consultar (como hicieron los chinos de su sueño) el famoso libro chino de oráculos, el I Ching.

El I Ching, el llamado “Libro de los cambios”, es un libro muy antiguo de sabiduría; sus raíces se remontan a tiempos míticos y nos ha llegado en su forma actual desde el año 3.000 a. de J.C. según Richard Wilhelm (que lo tradujo al alemán y proporcionó un comentario admirable), las dos ramas principales de la filosofía china -taoísmo y confucianismo- tienen su origen común en el I Ching. El libro se basa en la hipótesis de la singularidad del hombre y del cosmos circundante, y en la pareja de opuestos complementarios Yang y Yin (es decir, los principios masculino y femenino). Consta de 64 “signos”, representado cada uno por un dibujo hecho con seis líneas. En esos signos están contenidas todas las combinaciones posibles de Yang y Yin. Las líneas rectas se consideran masculinas, y las quebradas, femeninas.

Cada signo describe cambios en la situación humana y cada una prescribe, en un lenguaje pintoresco, el curso de la acción que ha de seguirse en tales momentos. Los chinos consultaban ese oráculo por medios que indicaban cuál de los signos era el adecuado en un momento determinado. Lo hacían utilizando cincuenta varillas, de una forma un tanto complicada, que proporcionaba un determinado número. (Por cierto, Henry dijo que, una vez, había leído -probablemente en el comentario de Jung sobre “El secreto de la flor de oro”- acerca de un extraño juego que, a veces, utilizaban los chinos para predecir el futuro.)

Hoy día, el método más corriente de consultar el I Ching es utilizar tres monedas. Cada tirada de las tres monedas da una línea. Las “caras”, que representan una línea masculina, cuentan como tres; las “cruces”, una línea quebrada femenina, cuentan como dos. Las monedas se tiran seis veces, y los números que se producen indican el signo o exagrama (es decir, el conjunto de seis líneas) que hay que consultar.

Pero ¿qué valor tiene tal adivinación del porvenir” en nuestro tiempo? Aun aquellos que aceptan la idea de que el I Ching es un almacén de sabiduría encontrarán difícil creer que consultar el oráculo es algo más que un experimento en lo oculto. Por supuesto, es difícil captar que hay algo más, porque la persona corriente de hoy día desecha conscientemente toda técnica adivinatoria como tontería arcaica. Sin embargo, no son tonterías. Como ha demostrado el Dr. Jung, están basadas en lo que él llama “principio de sincronicidad” (o, más llanamente, coincidencia significativa). Él ha descrito esta difícil idea nueva en su ensayo Sincronicidad: principio de conexión acausal. Está basado en la idea de un conocimiento interior inconsciente que enlaza un suceso físico con una situación psíquica de tal modo que cierto suceso que aparece como “accidental” o “coincidente” puede, de hecho, ser psíquicamente significativo; y su significado con frecuencia se indica simbólicamente por medio de sueños que coinciden con el suceso.

Varias semanas después de haber estudiado el I Ching, Henry siguió mi sugerencia (con gran escepticismo) y tiró la moneda. Lo que encontró en el libro le produjo una tremenda impresión. En resumen, el oráculo al que él consultó tenía varias referencias, asombrosas a su sueño y a su situación psicológica en general. Por una notable coincidencia “sincrónica”, el signo que quedó indicado con el procedimiento de las monedas se llamaba MENG, o “tontería juvenil”. En este capítulo hay varios paralelos con los motivos del sueño en cuestión. Según el texto del I Ching, las tres líneas superiores de ese exagrama simbolizan una montaña y tienen el significado de “mantenerse tranquilo”; también pueden interpretarse como una puerta. Las tres líneas inferiores simbolizan agua, abismo y luna. Todos estos símbolos se habían producido en los sueños anteriores de Henry. Entre otras muchas afirmaciones que parecían aplicables a Henry estaba la siguiente advertencia: “Para la tontería juvenil, es lo más desesperanzador enredarse en imaginaciones vacías. Cuanto más obstinadamente se adhiera a las fantasías irreales con más certeza le sorprenderá la humillación”.

De ese y de otros modos complejos, el oráculo parecía aludir directamente al problema de Henry. Esto lo inquietó. Al principio, trató de librarse de sus efectos con fuerza de voluntad, pero no pudo librarse de sus efectos ni aun en sueños. El mensaje de I Ching parecía conmoverlo profundamente a pesar del lenguaje enigmático en que estaba expresado. Llegó a estar dominado por la verdadera irracionalidad cuya existencia había negado durante tanto tiempo. A veces silencioso, a veces irritado, leyendo las palabras que parecían coincidir con los símbolos de sus sueños, dijo: “Tengo que meditar todo esto muy despacio”, y se marchó antes de que terminara la sesión. Canceló por teléfono la sesión siguiente, a causa de la gripe, y no volvió. Esperé (“mantenerse tranquilo”) porque supuse que él no había asimilado el oráculo.

Transcurrió un mes. Finalmente, Henry reapareció, excitado y desconcertado, y me contó lo que había ocurrido en el intervalo. Inicialmente, su intelecto (en el que, hasta entonces, tanto había confiado), sufrió una gran conmoción que, primeramente, trató de suprimir. Sin embargo, pronto tuvo que admitir que los mensajes del oráculo le perseguían. Se propuso volver a consultar el libro, porque, en su sueño, el oráculo fue consultado dos veces. Pero el texto del capítulo “Tontería juvenil” le prohibía expresamente hacer una segunda pregunta. Durante dos noches, Henry estuvo dando vueltas en la cama sin poder dormir; pero, en la tercera, una luminosa imagen de gran fuerza apareció de repente ante sus ojos: un caso y una espada flotando en el espacio vacío.

Henry volvió a coger inmediatamente el I Ching y lo abrió al azar por el comentario al capítulo 30, donde (con gran sorpresa suya) leyó el siguiente pasaje: “El adherirse es fuego, significa cotas de malla, cascos, significa lanzas y armas.” Ahora creía comprender por qué estaba prohibida una segunda consulta intencionada del oráculo. Porque en su sueño el ego estaba excluido de una segunda pregunta; era el trampero el que tenía que consultar el oráculo por segunda vez. De la misma forma, fue el acto semiinconsciente de Henry el que había hecho inintencionadamente la segunda pregunta al I Ching abriendo el libro al azar haciendo aparecer un símbolo que coincidía con su vida nocturna.

Henry estaba tan clara y profundamente excitado que parecía el momento adecuado para interpretar el sueño que había puesto en marcha la transformación. En vista de los sucesos del sueño, era evidente que los elementos oníricos tenían que interpretarse como contenidos interiores de la personalidad de Henry y las seis figuras oníricas como personificación de sus cualidades psíquicas. Tales sueños son relativamente raros pero, cuando se producen, sus efectos posteriores son todos muy poderosos. Por eso es por lo que pueden llamarse “sueños de transformación”.

Con sueños de tal poder pictórico, raramente tiene el soñante más de algunas asociaciones personales. Todo lo que Henry podía aducir es que, hacía poco, había solicitado un empleo en Chile y no le habían aceptado porque no concederían el empleo a quienes no estuviesen casados. También sabía que algunos chinos se dejan crecer las uñas de la mano izquierda como señal de que, en vez de trabajar, se consagran a la meditación.

El fracaso de Henry (de obtener un empleo en Sudamérica) se le presentaba en su sueño. En él, se ve transportado a un caluroso mundo meridional, un mundo que, en contraste con Europa, él podría llamar primitivo, sin prohibiciones, y sensual. Representa un excelente cuadro simbólico del reino del inconsciente.

Este reino era lo opuesto al culto intelecto y al puritanismo suizo que regían la mente consciente de Henry. Era, de hecho, su natural “tierra sombría”, por la que había esperado con impaciencia; pero al poco tiempo, ya no se sintió tan a gusto en ella. Desde las fuerzas tectónicas, oscuras, maternales (simbolizadas por Sudamérica) regresa en el sueño a la madre clara y personal y a la novia. De repente, se da cuenta cuánto se ha alejado de ellas: se encuentra solo en una “ciudad extranjera”.

Este acrecentamiento de la conciencia está simbolizado en el sueño como “parte más elevada”; la ciudad estaña edificada en una montaña. Por tanto, Henry “asciende” a una mayor consciencia en la “tierra sombría”; desde ahí espera “encontrar su camino a la patria”. Este problema de ascender una montaña ya se le planteó en el sueño inicial. Y, al igual que en el sueño del santo y la prostituta, o en muchos relatos mitológicos, una montaña suele simbolizar un lugar de revelación donde puede producirse la transformación y el cambio.

La “ciudad en la montaña” es también un conocido símbolo arquetípico que aparece en la historia de nuestra cultura con diversas variantes. La ciudad, que corresponde en su trazado a un mandala, representa esa “región del alma” en medio de la cual el “sí-mismo” (el sueño más interno y totalidad de la psique) tiene su morada.

Es sorprendente que la sede del “sí-mismo” esté representada en el sueño de Henry como un centro de transportes de la colectividad humana: una estación de ferrocarril. Esto puede ser porque el “sí-mismo” (si el soñante es joven y tiene un nivel de desarrollo espiritual relativamente bajo) suele simbolizarse con un objeto del reino de su experiencia personal, muy frecuentemente un objeto trivial que compensa las elevadas aspiraciones del soñante. Sólo en la persona madura conocedora de las imágenes de su alma, el “sí-mismo” se conoce en un símbolo que corresponde a su valor único.

Aunque Henry no sabe en realidad dónde esta la estación, supone que ha de encontrarse en el centro de la ciudad, en su punto más elevado. Aquí, como en los primeros sueños, recibe ayuda de su inconsciente. La mente consciente de Henry estaba identificada con su profesión de ingeniero; por tanto, también le gustaría que su mundo interior se relacionara con los productos racionales de la civilización, como es una estación de ferrocarril. Sin embargo, el sueño rechaza esa actitud e indica un camino completamente distinto.

El camino lleva “bajo” y a través de un pasadizo oscuro. Un pasadizo abovedado es también el símbolo de un umbral, un lugar donde acecha el peligro, un lugar que, al mismo tiempo, separa y une. En vez de la estación de ferrocarril que Henry buscaba, que iba a conectar la incivilizada Sudamérica con Europa, Henry se encuentra ante un oscuro pasadizo abovedado donde cuatro chinos harapientos, echados en el suelo, impiden el paso. El sueño no hace distinción entre ellos, por lo cual pueden considerarse como cuatro aspectos de la totalidad masculina aun sin diferenciar. (El número cuatro, símbolo de totalidad y completamiento, representa un arquetipo que el Dr. Jung ha estudiado por extenso en sus escritos.)

Así es que los chinos representan las partes psíquicas masculinas del inconsciente de Henry que él no puede pasar, porque “el camino al sí-mismo” (es decir, al centro de la psique) está obstruido por ellos y aun tiene que ser abierto para él. Hasta que eso no se arregle, no puede seguir su viaje.

Sin darse aun cuenta del peligro inminente, Henry corre hacia el pasadizo, esperando, al fin, llegar a la estación. Pero en el camino, se encuentra con su “sombra”, su lado primitivo y no vivido que aparece en la guisa de trampero tosco y terrenal. La aparición de esta figura probablemente significa que el ego introvertido de Henry se ha unido por su lado extravertido (compensatorio), que representa sus rasgos emotivos reprimidos e irracionales. Esta figura nebulosa rebasa al ego consciente en el primer término y, a causa de que personifica la actividad y la autonomía de las cualidades inconscientes, se convierte en el portador adecuado del destino, mediante el cual todo sucede.

El sueño avanza hacia su punto culminante. Durante la lucha entre Henry, el trampero y los cuatro chinos harapientos, la pierna izquierda de Henry es arañada por las largas uñas del pie izquierdo de uno de los cuatro. (Aquí, parece, el carácter europeo del ego consciente de Henry ha chocado con una personificación de la antigua sabiduría del Oriente, con el extremo opuesto de su ego. Los chinos vienen de un continente psíquico completamente distinto, de “otro lado” que aun es totalmente desconocido para Henry y que le parece peligroso.)

También puede decirse que los chinos representan la “tierra amarilla”, pues la población china está relacionada con la tierra como pocas poblaciones lo están. Y es, precisamente, esa cualidad terrenal, tectónica, la que Henry tiene que aceptar. La inconsciente totalidad masculina de la psique, con la que se encuentra en su sueño, tenía un aspecto material tectónico de que carecía su lado consciente intelectual. Por tanto, el hecho de que él reconociera las cuatro figuras harapientas como chinas, muestra que Henry había acrecentado su percepción interior respecto a la naturaleza de sus adversarios.

Henry había oído que los chinos, algunas veces, se dejaban crecer las uñas de la mano izquierda. Pero en el sueño, las uñas largas son del pie izquierdo; son, por así decir, garras. Esto puede indicar que los chinos tienen un punto de vista muy diferente al de Henry y que le hiere. Como sabemos, la actitud consciente de Henry hacia lo tectónico y lo femenino, hacia las profundidades materiales de su naturaleza, era más dudosa y ambivalente. Esta actitud, simbolizada por su “pierna izquierda” (el punto de vista de su lado femenino, inconsciente, del cual aun está asustado) fue herido por los chinos.

Sin embargo, esta “herida” no trajo, por sí mismo, un cambio en Henry. Toda transformación exige, como condición previa “el fin de un mundo”, el hundimiento de una vieja filosofía de la vida. Como ya ha señalado anteriormente en este libro el Dr. Henderson, en las ceremonias de iniciación, el joven tiene que sufrir una muerte simbólica antes de que pueda renacer como hombre y ser aceptado en la tribu como miembro pleno. Así, la actitud lógica y científica del ingeniero tiene que hundirse para dejar sitio a la nueva actitud.

En la psique de un ingeniero, puede reprimirse todo lo “irracional”, y por tanto, con frecuencia se revela en las dramáticas paradojas del mundo onírico. Así, lo irracional aparece en el mundo de Henry como un “juego de oráculo” de origen extranjero, con un poder terrible e inexplicable para decidir los destinos humanos. Al ego racional de Henry no le quedaba otra alternativa que rendirse incondicionalmente en un verdadero sacrificium intellectus.

Sin embargo, la mente consciente de una persona tan inexperimentada e inmadura como Henry no está suficientemente preparada para tal acto. Pierde los cambios de la suerte y su vida está confiscada. Está cogido, incapaz de seguir su camino acostumbrado o de volver a casa, de evadirse de sus responsabilidades de adulto. (Era esta visión profunda para la que Henry tenía que estar preparado mediante este “gran sueño”.)

Inmediatamente, el ego consciente y civilizado de Henry es atado y separado mientras al trampero primitivo se le permite ocultar su lugar y consultar al oráculo. La vida de Henry depende de la respuesta. Pero cuando el ego está prisionero y en el aislamiento, esos contenidos del inconsciente, que están personificados en la nebulosa figura, pueden proporcionar ayuda y solución. Esto se hace posible cuando se reconoce la existencia de tales contenidos y se ha experimentado su poder. Entonces pueden convertirse en nuestros compañeros conscientemente aceptados. Como el trampero (su sombra) gana el juego en su lugar, Henry está salvado.
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