domingo

con ARIEL AMEIJENDA en LA PATRIA QUE TE PARIÓ



https://www.youtube.com/watch?v=Or8lSDyDvKQ&feature=youtu.be

En VIVO desde PLAYA HERMOSA, junto a luthier y músico ARIEL AMEIJENDA hablando de sus viajes a la India como de los secretos de la fabricación de una las guitarras mas prestigiosas hoy por hoy.

El escritor Hugo Giovanetti Viola y el director de elMontevideano Laboratorio de Artes  Alvaro Moure Clouzet lo acompañan para darnos a conocer parte de su historia.

OLGA OROZCO: «Siempre tuve relámpagos»*



Presentamos esta entrevista a la poeta argentina Olga Orozco, hasta ahora inédita en los medios virtuales, realizada por el poeta Jorge Boccanera.
 Entrevista de Jorge Boccanera
Galardonada con el premio Juan Rulfo de Literatura Iberoamericana y del Caribe, la obra poética de Olga Orozco es un homenaje al misterio. A sus libros últimos, Con esta boca en este mundo y También la luz es un abismo (1995), se acaban de sumar las compilaciones Eclipses y fulgores y Relámpagos de lo invisible.

Jardinera de los abismos, hechicera de la memoria, tejedora de visiones crueles, la poeta argentina cuida en el terreno de los sueños un Museo Salvaje, un descampado donde pastan viento y silencio. En esa piel de éste último deja sus inscripciones escritas con ácidos, con lágrimas, a la vista de todos los ciegos. Su obsesión es un interrogante que asoma desde su primer libro Desde lejos (1946) y hoy continúa interrogando: ¡cómo nombrar en este mundo con esta sola boca?”.


Su poesía es un extenso collar de preguntas, al frotarlo aparece el relato de una pesadilla que es la misma y es otra: una niña abre los ojos en medio de una cacería, sin tiempo a nada corre tanteando las ruinas de otro sueño, una sombra le pisa los talones; es imperioso que atraviese una puerta, salte un muro, encuentre un talismán, una clave. Aunque nada es posible, en medio de esa búsqueda se escribe el poema que surge finalmente a modo de conjuro.
—En su poesía asoma un miedo infantil; también en Federico García Lorca es fuerte ese temor.

—Creo que son resabios de infancia, sí, son las cosas de la memoria que viene conmigo como si fuera actual. Yo tengo cosas muy infantiles y mis miedos son a veces muy infantiles.
—En esos espacios pareciera no haber tierra firme, usted dice: “mi casa que nunca termina de llegar” y “escribo como quien hace un lugar para vivir”

—Ese era un juego de la infancia que teníamos con mi hermana; el viajar en la casa por las noches; entonces, a través de todas las lecturas –Julio Verne, los relatos de piratas que leíamos- se apagaban las luces a la una de la mañana y para nosotras la casa se ponía en movimiento, empezaba a andar y nos llenábamos una tras otra de miedo porque atravesábamos tempestades, pozos, témpanos de hielo que se nos venían encima.
—¿Se refiere a su hermana Yola?

—Sí, éramos seis hermanos pero a dos no los conocí, dos chiquitas que fallecieron antes de que yo naciera; luego un hermano varón que murió a los 19 años, y la hermana mayor que me llevaba diez años murió cuando yo era bastante joven. Yola y yo teníamos edades muy cercanas, compartíamos los juegos, las fiestas, las mismas cosas.
—Hay un poema dedicado a ella con un final rotundo: “cuando vuelva la casa en que te vas”; y de nuevo el tema de la casa.

—Sí. Se llama “Tú la más imposible”, la más imposible de los muertos. Para mí era asombroso despertar en el mismo lugar cada mañana, que el mundo no hubiera cambiado totalmente. Todo eso me asombraba, la unidad de lugar, la unidad de persona y la unidad de tiempo. Después me fui acostumbrando a eso como si hubiera vivido en otro lugar donde eso no existía, donde se podía estar en todas partes a la vez, en todas las épocas a la vez y donde los lugares podían cambiar de fisonomía a piachere. Claro que no podría describir ese lugar anterior, no tenía elementos posibles de comparación, pero había un recuero subterráneo de la sensación, cosa que me inquietaba mucho porque me daba cuenta que no todo el mundo tenía ese sentimiento.
—¿En estos lugares sentía un sentimiento de extranjería?

—Ya lo dije antes, como si hubiera una comparación remota con algo vivido en otro tiempo en donde los lugares eran cambiantes. Uno está buscando un centro en sí mismo y un lugar donde estar. Siempre me sentí en el exilio, salvo cuando estaba enamorada; ahí encontraba mi lugar.
—¿Cuando uno está enamorado encuentra su sí mismo, o sale a buscar al otro?

—Yo creo que sale a buscar al otro, pero como el otro sale en busca de uno, se encuentran a mitad de camino.
—Del ‘52 al ‘62, es decir de Las muertes a Los juegos peligrosos usted no publicó ningún libro, ¿qué pasó en ese lapso?

—Estuve muy enamorada en ese tiempo, debe haber sido eso. Pienso que el amor, permanente como el mar o fugaz como la brisa, se inscribe siempre en la eternidad. En pequeñas páginas o en copiosos volúmenes, la memoria –que es un adelanto de la eternidad en este mundo- recoge la huella de las horas o de los instantes en que el mundo cambia de color, de perfume, de brillo, hasta una intensidad casi aniquiladora.
—¿Se sentía diferente a las demás chicas de su edad?

—Yo jugaba con las demás pero era bastante reservada, un poco solitaria. Tenían que empujarme para que compartiera los juegos. Además, adivinaba muchas cosas; cuando lo comencé a comentar me di cuenta de que no era tan corriente y se transformó en algo secreto. Una sombrerera de Bahía Blanca, Felicitas Pugni, me encontraba “condiciones extraordinarias para cualquier cosa de transmundo” y me enseñó a tirar el tarot. Era una señora muy curiosa, andaba con sombrero y cartera en su propia casa. Yo tendría 14 años y acompañaba a la mucama con encargos e mi madre. Un día me hizo levitar (indica con la mano unos 40 centímetros del suelo); recuerdo que yo le decía a mamá: “hoy va a venir la tía Margarita a la hora del té y me va a regalar una muñeca” y esa tía que habitualmente no solía venir, llegaba a las cinco con una muñeca. Siempre tuve esa facultad, videncias, premoniciones.
—En su poesía hay un destino traspapelado que se encuentra y se extravía en un territorio de acechanza.

—¿No es la muerte. Yo creo que es la muerte. Y la memoria, justamente, y la poesía, son para mí armas contra el tiempo y la muerte. Le voy echando poemas a la muerte para sobornarla. Yo tengo un miedo horrible de morirme a pesar de tener fe, eso es bastante comprensible, ¿no?
—Hay un personaje importante en su infancia, su abuela…

—Sí, fue un personaje muy importante en mi vida. Se llamaba María Laureana, era descendiente de irlandeses y me contaba un cuento diario. Ella decía que tenía 105 años, se aumentaba la edad por coquetería; cuando murió descubrimos que tenía 95. Me contó cuentos hasta que falleció. Había noches en que yo no podía dormir y ella tampoco, entonces me iba a buscar a mi cuarto, nos levantábamos las dos, tomábamos fernet en el comedor y ella seguía contándome cuentos de indios, relatos extrañísimos. Encontré uno solo de los Hermanos Grimm; todos los demás eran de una fantasía absoluta: los diablos, los ángeles, los castillos, las princesas, los ogros, los tesoros del fondo de un lago custodiado por bichos fantásticos. Además de esos cuentos que podrían figurar en cualquier antología, hacía dulces, entendía de hierbas, de curaciones, conocía a los pájaros por su canto, era una sabia de la naturaleza.
—Usted dijo alguna vez que pensaba que tenía una sola lectora. Ahora sabe que esa única lectora es mucha gente.

—Ah, sí. Me refería a una señora de sombrero amarillo que vive en Chascomús. Eso lo dije hace mucho tiempo y aunque ahora he comprobado eso que decís, veo a todos como señoras de sombrero amarillo que viven en Chascomús.
—¿Existió?

—Sí, claro, sí.
—¿Alguien más escribía en su familia?

—Mi papá tenía una buena pluma, fue intendente unos catorce años; en el pueblo donde nací, Toay (La Pampa) aún recuerdan sus discursos. Mi casa de ayer es ahora casa de la Cultura; él me leía a Leopardi. Cuando yo era poco menos que adolescente empezó a leerme esas cosas. Pero a mí lo que me impactó desde muy joven fue San Juan de la Cruz, también Santa Teresa y aunque parezca extraño, Quevedo.
—¿Extraño por qué?

—Porque era muy chica para que me gustara Quevedo. Los sueños de Quevedo me trastornaban. Además, parecen escritos esta mañana, ¿no?
—Usted dijo que la infancia es como una semilla tatuada y habló de la suya en La Pampa, ¿y sus años en Bahía Blanca?

—Estuve allí de los 8 a los 15 años. Iba al puerto cuando me lo permitían mis padres. Recuerdo el viento de Bahía, una cosa inolvidable; recuerdo esos lugares a los que Eduardo Mallea después vio como misteriosos, y a los que yo no les encontraba el misterio; el Club Argentino… él habla como si hubiera un gran misterio en esos señores que se sentaban a hacer la digestión y a leer el diario en blandos sillones a la siesta, o en los chales y batones que se movían en una tienda que se llamaba las catorce Provincias. ¡Qué idea tan curiosa del misterio que tenía! ¿No? Hay más misterio en el recorrido de una hormiga, en espiar la huella que va dejando una lagartija.
—Alguien definió a la videncia como reflexión vertiginosa.

—Y bueno. Yo tuve relámpagos desde chica; inclusive a medida que crecí, aunque fui perdiendo eso poco a poco. No creo que lo tengan todos los poetas tampoco; hay poetas muy descriptivos o muy reflexivos o muy objetivos que no tienen vislumbres de lo que hay detrás de las apariencias.
—En ese sentido pienso en su poema “Cartomancia”, una poesía dicha como si leyera una baraja…

—En una época fui muy experta en el tarot, lo echaba solamente a los amigos y después dejé; fue hace como 25 años; pasó que tuve un sueño muy horrible; el sueño era una admonición interna mía, naturalmente, pero por algo venía.
—Y el poema puede leerse así como un vaticinio?

—Supongo que sí, porque con cada poema te llega un oleaje de acuerdo a la época en que lo escribiste. Por eso hay series de poemas que se dan como un único tema, con alusiones a las cosas que sucedieron en determinado tiempo. Son los que configuran cada libro.
—Ahí entra el tema del tiempo.

—El tiempo y la memoria, que juegan un papel permanente. Yo tengo una memoria como si actualizara todo; de pronto como si todo fuera presente; creo que es una memoria que va corrigiendo, inclusive a través de las cosas que me van sucediendo, les va dando otro olor al pasado.
—¿La memoria inventa?

—No creo. Más bien interpreta, va completando interpretaciones. Yo digo que le hago respiración artificial a los recuerdos. Percibo las cosas que se evaden y se transforman. De ahí que quiera fijarlas en la memoria, pero no la memoria con un papel nostálgico, sino con un papel activo, de lucha y de preservación contra el tiempo.
—Su poesía es el reverso de un cuento de hadas; hay movimiento, acción…

—Creo que sí. Inclusive creo que las imágenes tienen algo de aventura; y hay un soplo de fantasía infantil también. Todo está hecho un poco cinematográficamente. Es una construcción que por más que parezca muy libre es muy exigente, porque nunca digo una cosa en la línea 24 que se contradiga con algo dicho en la línea 2; lo que allá era arena acá es agua: Siempre digo que construyo los poemas como un arquitecto, no pongo una ventana donde hay una escalera. Hay quienes dicen que se puede alzar un elefante con una pestaña; yo espero que todo sea imaginativo. Por supuesto que acepto la imaginación al máximo, pero que sea visualizable, que sea verídico pero sí verosímil.
—¿Qué hay en su búsqueda?

—Una mirada de perplejidad, aunque es un poco horadante. Intento una penetración a fondo, sin distracciones. Diría que mi poesía es de intemperies y desamparos. Creo que el verbo es el comienzo del mundo en casi todas las cosmogonías, y al descender fue creando distintos planos de la realidad objetiva en la que vivimos. Y el poeta, apostando cada vez más lejos trata de ir revirtiendo esos planos, recorriéndolos otra vez hacia arriba para legar a ese verbo primordial que dio nacimiento a todo. La poesía es una interrogación que se contesta con otra. Y no se llega a ese verbo primero, porque cuando se está cerca se llega a la pregunta cuya respuesta es imposible porque está vedada de este lado del mundo. La pregunta, según Maurice Blanchot, es el deseo del pensamiento. Y la respuesta es la desgracia de la pregunta.
—¿Qué ha cambiado en su poesía a través de los años?

—El nudo estaba desde el comienzo; obviamente se habrán dado algunos cambios, el lenguaje se habrá enriquecido. En algunos textos de los últimos años hay una especie de excavación en lo imposible. Me refiero a un mundo más desnudo, encerrado y exiguo; un mundo como el de Kafka o Beckett, sin que esto signifique parentesco, sino un paralelo.
—¿Corrige mucho los textos?

—Corrijo mucho cada línea. Si paso a la segunda línea es porque la primera ha pasado por muchas versiones y así sucesivamente; entonces al final del poema no corrijo nada, quizás algunas repeticiones, nada más.
—Usted escribe con una piedra en el puño. Pienso en su tierra natal, La Pampa y en los araucanos, la dinastía de los curá (piedra) y de su jefe el cacique Calfucurá (piedra azul).

—Yo escribo con una piedra en la mano, una piedra de San Luis en una mano y una de Sicilia en la otra; claro que no puedo escribir con las dos piedras, pero las tomo alternativamente; la de San Luis, donde nació mi madre y una de Capo Dorlando, Sicilia, donde nació mi padre. Y a veces tomo una piedrecita negra que me dio un chico del que estuve enamorada cuando tenía seis años. Yo siento a las piedras, las siento latir como si tuviera un corazón de pájaro en la mano.
—¿Las piedras siempre hacen bien?

—Las mías sí. Siempre me gustaron las piedras. Tengo un poema a mi madre en el que digo que en vano la invoco como quien acaricia un talismán, una piedra que guarda esa gota de sangre coagulada capaz de revivir el más imposible de los sueños. Un día, en casa de una amiga, miraba un libro de antropología escrito en alemán y me detuve en una lámina con una piedra oscura con una especie de espiral en colorado. Mi amiga me dijo: “Hace horas que estás mirando eso, ¿sabés qué es?”, y me lee el epígrafe: “piedra que guarda una gota de sangre del antepasado”.
—Hábleme por favor un poco de su trabajo en el periodismo.

—Entre otras cosas hice horóscopos para Clarín como Canopus, el nombre de una estrella; fui correctora de estilo en Losada, luego pasé a Fabril Editores como secretaria técnica y de ahí a editorial Abril. En la revista Claudia tuve 8 ó 9 seudónimos; llegué a escribir números enteros; era “Martín Yáñez” para comentarios de libros, “Valeria Guzmán” para el consultorio sentimental, “Valentine Charpentier” para las biografías, “Sergio Medina” para temas generales. Uno de los seudónimos elegidos al azar hoy me conmociona, ya que firmaba los artículos científicos como “Jorge Videla”. (1)
—Conocemos bien su obra poética, pero poco su teatro.

—Obtuve el Premio Municipal con una obra breve, El humo de tu incendio está subiendo, que toma como punto de partida unas líneas del teatro de la crueldad de Antonin Artaud. Es una pieza comprometida, algo que aparece en el cielo y nadie sabe qué cosa es. Tres ministros conversan: un gran oidor, un gran olfateador y una gran visor. Uno está por el sí, otro por el no y el restante por quién sabe. Hay reuniones del pueblo para saber de qué se trata y de tanto en tanto aparece el presidente para calmarlos; nunca de cuerpo entero, sino en una pantalla, un ojo, una mano, etc. Iba a ser una cantata con música de Rodolfo Arizaga, pero no llegó a estrenarse. También escribí un par de monólogos.
—Tengo la sensación de que la literatura de hoy se vive en forma más aislada, sin el carácter de reunión y celebración de las generaciones anteriores.

—No hay un fervor, antes éramos muy compañeros; si alguien publicaba algo que valía la pena nos alegrábamos todos; ahora hay mucha competencia y si alguien publica algo que vale la pena los otros se ponen verdes.
—De esa bohemia como diálogo y festejo, ¿qué nombres recuerda?

—A Molinari. Le hicimos varias comidas en homenaje por la demora en darle el Premio Municipal y el Nacional; también recuerdo a Oliverio Girondo, Norah Lange, Ulises Petit de Murat, González Tuñón. Hablábamos de literatura, recuerdos de viaje, historias cómicas, anécdotas, mil cosas. Norah y yo nos disfrazábamos –ella tenía un baúl con caretas, boas de plumas, antifaces- y dábamos un discurso. También se bailaba; Norah tocaba el acordeón, otro el piano, los muchachos improvisaban números. Por ejemplo Julio Llinás y Edgar Bayley se ponían cada uno en un extremo del salón y desde el suelo trataban de avanzar con un esfuerzo infinito; esto podía durar horas y nunca llegaban a tocarse las manos.


—¿Es cierto que usted cantaba tangos? La periodista uruguaya María Esther Gilio le adjudica una voz de musa de arrabal.
—Me parece un título bastante honorífico. Cuando me preguntan qué clase de poesía hago, a veces digo que hago tangos con categoría. Me gustan Discépolo, Manzi, Expósito, Cátulo Castillo. En casa de Girondo, después de las dos de la mañana, él, que me tenía muchísimo cariño, me permitía cantar un par de tangos. Yo por dentro me sentía un ángel cantando, pero por fuera sonaba a perro. Le veía a todo el mundo intenciones de amordazarme…
—Nómbreme algunos tangos de su repertorio.

—“Sur”, “Che bandoneón” y “Una canción”.
—Últimamente se ha insistido sobre una literatura “femenina”, ¿alguna vez se ha sentido discriminada?

—Quienes hablan de literatura femenina han aceptado la discriminación. La poesía es poesía a secas, nadie habla de una poesía masculina, Creo que la poesía femenina era la de las mujeres de otro siglo que la tomaban como una catarsis, un vuelco sentimental, un estilo de puntillas y desmayos. Para mí la “poetisa” es casi un género literario.
—¿Se siente cómoda dentro el rótulo generación del ’40?

—Ninguno tenía que ver con el otro. La evolución de cada uno fue diferente; unos con influencia clásica, otros marcadamente neorrománticos; también estaban los influenciados por Ricardo Molinari y otros tributarios de Neruda. El poeta chileno influyó bastante en el lenguaje y legó el apogeo del gerundio, lo enumerativo, la incorporación de elementos que podrían haber sido considerados bastaros: camisas, zapatos, etc.
—Algunos críticos la ubican dentro del surrealismo, ¿cree que ese rótulo abarca la complejidad de su obra?

—No me considero surrealista. Tengo un parentesco por mi actitud ante la vida; imágenes oníricas, el valor de lo subconsciente, la fe en los distintos planos de la realidad y mi apuesta a la libertad, el amor, la poesía –por sobre todas las cosas- que es una especie de bandera del surrealismo.


—¿Qué nombre rescata usted de la poesía, cuya obra no haya trascendido lo suficiente y qué poetas sigue leyendo?
—Fundamentalmente a Alfonso Solá González, un excelente poeta a quien recuerda muy poca gente. También considero importante las obras de Bayley, Carlos Latorre, Raúl Gustavo Aguirre y por supuesto la de Enrique Molina, que siempre fue un excelente poeta, pero cada vez más.
—Podría reconocerse en el lenguaje de la relación?

—Creo que el poeta cuando emplea un yo, o es un yo restringido, se remite a un yo que aspira ser un tú. Y cuando emplea ese tú, ese tú se convierte en yo. Ese salto de personas establece un diálogo que pretende ser de relación y que es el diálogo de encierro. El poeta pretende saltar las barreras del verbo para generar un intercambio múltiple y queda condenado a un diálogo con sus diversos yo.
—Hablando fe, usted ha dicho que tiene una mezcla de religiones.

—Sí, claro. Me he hecho una religión muy particular, no tengo un dogma preciso. La idea de Dios sigue siendo la misma, pero, claro, he ido agregando cosas; a veces creo en la reencarnación. Sigo creyendo en Dios, en la supervivencia del alma y en la resurrección de la carne, por si fuera poco. Soy agnóstica, tengo un exceso de fe. Dios es uno pero tiene muchos nombres, entonces puedo tomar datos de cada lugar.
—Hablemos de su premio “Juan Rulfo”.

—Leí varias veces a Rulfo y su mundo me impresionó siempre, pero a raíz del premio hace meses que no puedo escribir; estoy a punto de decir como Beckett: “¿Y ahora esto?”.
—Se me hace que un mismo viento borra las fronteras de Comala y de su pueblo pampeano de Toay…

—La primera vez que vi a Rulfo coloqué su foto en el marco de una virgen, regalo de mi abuela. Era una imagen de celuloide, extraña –creo que de origen checoslovaco- con mariposas alrededor. Yo la llamaba la virgen de las mariposas.
—¿Alguna vez llevó un diario íntimo?

—No. Desde chica supe que los diarios eran para ser publicados.


Olga Orozco (1920-1999).
*tomado de Retratos hablados, editorial Patria Grande, Buenos Aires, 2017.

Una de estas notas, firmada con el seudónimo de “Jorge Videla”, publicada en Claudia (febrero/ 1967) con el título de “Rapto”, inicia: “Ha desaparecido nuestra hija”. Nueve años más tarde, un golpe militar encabezado por el general Jorge Videla dejaría el saldo lamentable de treinta mil desaparecidos.


Idea y gestión de Fredy Yezzed, Corresponsal en Buenos Aires de Literariedad.
Jorge BoccaneraBahía Blanca, Argentina, 1952). Poeta, crítico y periodista. Su extensa obra poética, que comenzó a publicar en 1973, se expresa en varias antologías: Marimba, de 1986; Servicios de insomnio, de 2005; Tambor de jadeo, de 2009; Libro del errante, de 2009; Sombra de dos lugares, de 2009; y Cartas de nadie a nunca, de 2013. Obtuvo numerosos premios, entre ellos el Casa de las Américas de Cuba, en 1976; el Nacional de Poesía Joven de México, en 1977; el Premio Internacional Camaiore de Italia, en 2008; el premio Casa de América de España, en 2008; el Internacional de Poesía “Ramón López Velarde”, en 2012; y el Premio a la trayectoria Rosa de cobre, otorgado por la Biblioteca Nacional en 2014. También es autor de prólogos y estudios sobre Raúl González Tuñón, Federico García Lorca, Augusto Roa Bastos, Ernesto Cardenal, Pablo Neruda y Juan Gelman. Impartió cursos, charlas y seminarios en universidades de diversos países de América Latina y España.

RIMER CARDILLO “ESTA EXPOSICIÓN ES REALMENTE TODA MI VIDA COMO ARTISTA”


Rimer Cardillo conserva su casa de Montevideo ubicada en una callecita tranquila del barrio Larrañaga desde hace más de medio siglo. “Este lugar es el triángulo de las bermudas”, dice sonriendo mientras explica la razón: a pocos metros de allí vive el escultor Octavio Podestá y habitó también el artista Nelson Ramos hasta el día de su muerte.
El espacio está repleto de plantas vigorosas y añejas y de objetos que delatan el interés del artista por el valor estético de una época: balanzas antiguas, morteros, un envase de pulidor Bao, jaulas hechas artesanalmente, grabados y más grabados.
Pero en realidad Cardillo vive lejos de allí, en otro continente, a una hora y media de la ciudad de Nueva York, rodeado de otras plantas y muy cerca de otro río.

Este consagrado maestro del grabado que ha representado a Uruguay en la Bienal de Venecia y cuyo trabajo forma parte de las colecciones de importantes muesos del mundo como el Instituto de Arte de Chicago, el Museo de Arte de Cincinnati, el Museo de Arte Moderno y la Biblioteca Pública de Nueva York, entre muchos otros, inaugurará el próximo 28 de junio una gran exposición en el Museo Nacional de Artes Visuales.
“Del Río de la Plata al valle del río Hudson”, es un proyecto gestado a lo largo de cuatro años de trabajo y representa el sentir de una obra que fue floreciendo entre dos continentes y dos ríos.
¿Cómo empezó tu historia con el grabado?
Cuando entré a Bellas Artes en 1961 comencé a visitar los distintos talleres. Tuve a maestros como (Julio) Marenales, (Octavio) Podestá y (Eduardo) Yepes que daban clases en ese momento. Yo entonces estaba muy vinculado con el dibujo, la acuarela, el óleo, los lápices de colores, grafitos, todo lo que se hace en el liceo. Y un día dio la casualidad que bajé al sótano de Bellas Artes y descubrí un mundo que me fascinó. Había gente trabajando con planchas de metal y planchas de madera con rodillos. Estaba tan fascinado y asombrado de lo que veía que no me olvido más. Había un estudiante que era cubano al que le pregunté qué era lo que estaban haciendo. Y me dijo “chico, esto es grabado”.

¿Cuándo comenzaste a trabajar como artista con el grabado?
Recién comienzo a trabajar sofisticadamente en estas técnicas cuando voy a Alemania, entre el año 1969 y 1971 con una beca. Estudié en los talleres de Arte Gráfico de Berlín, que eran patrocinados por la Unión de Artistas Plásticos. Allí hice el doctorado en grabado y en fotografía.
¿Qué lugar ocupa la fotografía en tus obras?
Casi siempre hago fotografía, tengo miles de fotografías como documento, pero nunca las había integrado a la obra hasta ahora.
¿Como técnica de expresión, qué te ofrece el grabado?
Lo que se obtiene técnicamente con el grabado no se logra con otra técnica. Por ejemplo las imágenes que podés sacar en xilografía. Ahora voy a exhibir toda una serie de obras en el Museo Nacional de Artes Visuales que integran en la misma obra, fotografía digital, xilografía, serigrafía y dibujo y no te das cuenta la diferencia entre una cosa y la otra. No hago tiraje, son piezas únicas.

¿Con qué materiales trabajás dentro de la técnica de grabado?
 na de las cosas que yo he perfeccionado mucho y que casi te diría que inventé, han sido las planchas con resina poliéster. Hago originales en yeso, a veces en plastilina o barro de cerámica o arcilla y saco moldes. Luego hago bajo relieves y allí creo planchas de resina poliéster, de ahí al metal y después el grabado. Cuando trabajás una madera estás haciendo bajo relieve prácticamente, de ahí a hacer una escultura en madera es un paso y lo mismo con estas técnicas de moldeado. Podés hacer esculturas en aluminio, todo está muy relacionado. El grabado en realidad da aperturas hacia otras técnicas, porque tenés que zambullirte en distintas especialidades.
Hoy el grabado está vinculado también a técnicas digitales ¿Cómo te llevan los cambios acelerados que propone el avance tecnológico? ¿No te asustan o te limitan?
No, para nada. Lo que sí a veces le pido a algún alumno “resolveme esto porque vos lo vas a hacer en un minuto y yo tardo una hora”. Además se está dando una cosa interesante. Hubo un momento en que yo le decía a una estudiante “vamos a hacer unos dibujos”. Y me respondía “dibujos no, yo solo uso la computadora”. A ese punto se llegó cuando la informática era una novedad y estaba en auge. Ahora hay una vuelta a las técnicas, al desarrollo artesanal y a la utilización de la mano. Casi todos los que están en la computación que son en su mayoría jóvenes, cuando les das la posibilidad de trabajar con técnicas como la del grabado en madera que es una de las más difíciles, les encanta y se meten de una manera asombrosa.

¿Y por qué te parece que pasa eso?
Porque creo que el hombre tiene la necesidad de utilizar las manos y el cerebro y envolver su cuerpo más físicamente, que simplemente usando el teclado de la computadora. Yo no tengo nada en contra de eso pero creo que el balance de las dos cosas es fundamental.
¿Tus intereses como artista conceptualmente hablando qué caminos han tomado? ¿De qué te interesa hablar en tus obras?
Siempre estuve muy vinculado a la naturaleza y a la ecología. Me interesan los grupos humanos que viven por ejemplo en la selva Amazónica; hice varios viajes y conviví con los distintos grupos culturales que viven allí. Estuve en contacto con los problemas que tienen, relacionados fundamentalmente con las grandes compañías que invaden sus tierras y talan su selva. Es decir me interesa la ecología en el sentido político.
Por otro lado pensá que yo vengo de Alemania en el año ’73, cuando ocurre el golpe de Estado. Para nosotros viniendo de un país donde jamás habíamos sentido una dictadura fue un golpe muy grande. Entonces hice una serie en respuesta a eso, que la van a ver en el museo y se llama “Las mariposas y las chicharras”. Es decir el tema político ha estado presente en mis obras de distintas maneras. Es una especie de puesta al día de determinadas situaciones donde yo no doy soluciones, pero planteo los problemas a través de la obra.

¿Hoy vivís en contacto con la naturaleza en Estados Unidos?
Vivo en el campo. Es un lugar cercano a Nueva York, pero en una zona de granjas, bosques, lagos glaciares y ríos. Además estuve muy vinculado a la naturaleza desde muy pequeño porque mi familia adoraba el campo, mis padres hacían campamentos, íbamos a lugares muy agrestes. Desde ese momento siento muy fuerte la vinculación con la naturaleza. De ahí que acepté este empleo en la universidad en Estados Unidos, porque es en plena montaña y pleno bosque. Vivo y trabajo cerca del agua, en el valle del río Hudson donde hay cadenas de montañas y lagos glaciares.
¿También te hacés tiempo para meter las manos en la tierra?
Sí. Yo cultivo también, hago jardinería y paisajismo. Hago mangueras de piedras, jardines, entonces eso te da un contacto de estudio permanente con la naturaleza. A pesar que estás a una hora y cuarenta minutos de la ciudad, hay ciervos, zorrinos, lobos y todo tipo de animales donde vivo.
Y todo tiene que ver. También colecciono libros de botánica con grabados antiguos, sobre todo los que tienen grabados originales de aguafuerte, o grabados en madera.
Decías hace un rato que esta casa en Montevideo “es como el triángulo de las bermudas” porque a unas pocas cuadras vive Octavio Podestá y antes vivía también Nelson Ramos ¿Cómo ha sido tu contacto con estos artistas?
En la década del 70 teníamos mucho contacto. Lo que sucedió es que en la dictadura habían cerrado la Escuela Nacional de Bellas Artes y el conocimiento del arte se realizaba entonces en los talleres de los artistas. Ramos tenía su taller con sus alumnos, yo tenía los míos aquí, a veces se hacían fiestas en el taller de Nelson e iban mis alumnos. Ramos era muy osco, no salía casi nunca, nosotros íbamos allá o los alumnos de él venían aquí. Venía gente del exterior y hacíamos proyección de sus obras en esta casa y entonces venían los estudiantes de un lado y de otro. Fijate que además se necesitaba porque no había prácticamente nada y la enseñanza del arte se daba solamente en los talleres.
¿Y ahora seguís manteniendo relación con Octavio Podestá?
Sí, todo el tiempo. Nos vemos mucho.
Tenés la experiencia de dar clases acá y en Estados Unidos ¿Por dónde van hoy los intereses de los jóvenes vinculados con el arte?
En general los jóvenes, tanto de allá como de acá, parten de un interés real de hacer algo con sus manos e imágenes. Por distintas razones han recibido esa información de pronto de sus padres o en exposiciones, o han encontrado en algún momento un artista que los inspiró. Lo que ocurre allá es que casi siempre el interés es un poco más profesional y lo ven como una carrera.
Quizás tenga que ver con otra realidad de mercado.
Exacto. Imaginate que aquello es un continente. Si no estás bien en Nueva York te vas a San Francisco o a otro lado. Es decir, es un continente donde se desplaza gente de un lugar a otro y con muchas más posibilidades de empleo, de desarrollo en general. Allá hay cientos de universidades y todas tienen un departamento de arte, así que son miles de estudiantes que se gradúan año a año. No hay lugar para todos, en absoluto, entonces muchos enseñan, algunos se emplean en museos o en galerías, otros inclusive abren sus propios talleres para imprimir serigrafía. Yo tengo muchos estudiantes que se han abierto sus propios talleres para imprimir t-shirt, afiches, posters.

¿Cuál es el hilo conductor de la exposición que veremos en el Museo Nacional de Artes Visuales a partir del 28 de junio?
Esta exposición es realmente toda mi vida como artista. Desde que empecé en la Escuela de Bellas Artes hasta hoy. “Del Río de la Plata al valle del Río Hudson” así se titula, porque en realidad es mi vida.
Hoy después de tantos años de vivir fuera del país ¿te sentís más identificado con el río Hudson o con Río de la Plata?
Me identifico con ambos. Formé mi familia allá y acá tengo mis afectos también, mis amigos. Hoy con las nuevas vías de comunicación en un día, en pocas horas, estás en un lado o en otro. Yo viajo mucho; dos veces al año vuelvo a Uruguay.

(MEDIUM / 26-6-2018)

BRUCE LIPTON “LOS PENSAMIENTOS CURAN MÁS QUE LOS MEDICAMENTOS”


por Monte Cano

Reclama una nueva medicina, la que tenga en cuenta la capacidad de curar de la energía, mucho más eficaz que los medicamentos. Bruce Lipton (Estados Unidos, 1944) ha conseguido aunar ciencia y espíritu. No es poco mérito el suyo si tenemos en cuenta lo "alérgicos" que son los científicos a los temas trascendentales. Es doctor en Biología Celular y fue pionero en la investigación con células madre. Sus estudios sobre la membrana celular y las modificaciones de las células según el entorno sentaron las bases de la nueva epigenética. Sus descubrimientos (que iban en contra de la opinión científica establecida de que la vida es controlada por los genes) y el estudio de la física cuántica le han llevado a criticar duramente la medicina convencional. Es autor de libros como La biología de la creencia y La biología de la transformación.

Usted asegura que la medicina convencional va por muy mal camino. ¿Tan peligrosos son los medicamentos que nos recetan?

Nos dan medicamentos para la enfermedad, pero esto causa muchos problemas en el cuerpo. Porque esta medicina basada en la farmacología no entiende cómo está interrelacionada toda la bioquímica del organismo. Cuando tomo una pastilla química y la introduzco en mi cuerpo, no solo afecta a aquel lugar donde tengo el problema, sino que afecta a muchas otras cosas a la vez. Son los llamados “efectos secundarios”. Pero, en realidad, no son secundarios sino directos. No entienden que el efecto de las drogas no solo crea un efecto sino múltiples. Según las estadísticas en EEUU, ¡los fármacos matan allí a más de 300.000 personas cada año! Y esas personas son muchas más que las que mueren por tomar drogas ilegales. Hay algo que no funciona en la ciencia médica. Hace algunas cosas bien, como la traumatología, pero está matando a mucha más gente de la que ayuda. Tiene que aprender cómo funcionan las células.

¿Y qué ha descubierto sobre las células pero que no tiene en cuenta la medicina?

Yo ya trabajaba con ellas en los años 60. Fui un pionero porque en esa época había muy poca gente trabajando en ello. Y un experimento que hice en esa época cambió la idea que tenía del mundo. Puse una célula madre en un plato petri y, como cada diez horas se divide en dos, al cabo de dos semanas, tenía miles de células, todas idénticas. Luego cogí algunas de ellas, las coloqué en otro plato y cambié el entorno celular (son más como peces porque viven en un entorno fluido). Cambié la química en ese plato y ahí formaron músculo. Después, cogí otras del primer plato y las puse en un entorno diferente, y se formó hueso, y otras se convirtieron en grasa al volver a cambiar el entorno. Entonces, la pregunta es muy sencilla, ¿qué controla el destino de las células? Todas eran idénticas, lo único que era diferente era el entorno. Cuando cojo células sanas y las coloco en un entorno nocivo, las células enferman y mueren. Si un médico las mirara, diría: “¿Qué medicina hay que darles?” ¡Pero no hace falta ninguna medicina! Les cambias el entorno nocivo, las colocas en uno sano y saludable y las células sanan. Los humanos somos una comunidad de 50 trillones de células, por tanto, la célula es el ser viviente y la persona es una comunidad. ¡El humano es un plato petri cubierto de piel!

¿Cuál es el entorno de la célula que hay que cuidar?

Dentro de mí hay 50 trillones de células y el entorno celular para nosotros es la sangre, por ello la composición de la sangre cambia el destino de la célula. ¿Y qué controla la sangre? Pues el sistema nervioso, que crea una química diferente según el sistema exterior. La célula y el ser humano son la misma cosa. Por ello, si pongo al ser humano en un entorno nocivo, igual que la célula, también enferma. Si lo trasladas a un entorno sano, entonces sana. Por tanto, la medicina culpa a las células por la enfermedad y trata de cambiar la química de las células, pero ese no es el problema, el problema es el entorno. Y si cambias a la persona de entorno, sin medicamentos, el cerebro cambia la química. El cerebro de la célula y el de la persona leen y entienden el entorno.

En un entorno sano, ¿nos curamos automáticamente? ¿Así es de fácil?

No es tan fácil, porque la mente interpreta. Puede suceder que estemos en un entorno muy sano y que la mente lo lea como un entorno negativo o perjudicial. Entonces crea una química que hará a mi cuerpo enfermar. La diferencia entre la célula y el ser humano es que este tiene una mente que hace una interpretación y la célula lee el entorno directamente. Si metes un programa con errores en la mente, entonces la química que genera no está en armonía con la vida. Y esto nos sirve para entender cómo funciona un placebo. Cambio mi creencia y pienso que esto me va a sanar, tomo una píldora porque creo que esto me va a traer salud, y me mejora y me sana, pero la píldora podría ser de azúcar, en realidad no ha hecho nada, han sido mis creencias. Y a eso lo llamamos pensamientos positivos y efecto placebo.

¿Está diciendo que el efecto placebo -creer que algo nos sanará- es más curativo que un medicamento? Pero no hay casi investigaciones sobre eso.

Sí, tienes razón. ¿Eres consciente de que hay más de una manera de hacer energía sin tener que depender del petróleo? Pero seguimos dependiendo del petróleo porque no interesa el cambio a los que controlan la energía. Lo mismo pasa con las empresas farmacéuticas. Venden fármacos y ¿poder sanar sin fármacos es bueno o malo para la industria farmacéutica? No quieren que sanes sin comprar sus fármacos. ¿Se puede poner energía en una cápsula? Si fuera así, las farmacéuticas intentarían vendértela. Si puedo sanar sin usar medicamentos, la industria que los produce no gana dinero. Deberíamos poder decir que la ciencia está separada de la industria farmacéutica, pero no es así, porque con el dinero de esta se paga el desarrollo de la ciencia, y ese dinero solo va esos estudios que dicen que las drogas funcionan. El dinero controla la ciencia.

Explíquenos cómo funciona ese poder que dice que tiene la mente para la autocuración.

He hablado de que la mente controla: si piensa de una manera, se va en una dirección y, si piensa de otra, se va en otra. Por ejemplo, cierro los ojos, los abro y veo a alguien a quien amo. Entonces mi cerebro segrega dopamina, oxitocina, etc. Lo puedo sentir en mi cuerpo, puedo sentir el amor, y esa química trae salud a las células. Por eso, quien se enamora se siente tan bien. Pero si abro los ojos y veo algo que me asusta, segrego hormonas del estrés. Y estas hacen dos cosas. La primera es que frenan el crecimiento del cuerpo. Porque si me está persiguiendo un león, necesito toda la energía para poder escaparme, y mi organismo apaga todo lo que no sea imprescindible para correr más rápido, así que se paraliza todo lo que tiene que ver con el crecimiento. La gente no lo sabe, pero tienes que crecer todos los días, porque, si no, te mueres. Cada día cientos de billones de células mueren y tienes que ir produciendo nuevas. Cada tres días, el sistema digestivo renueva sus células, pero si se intefiere con ese crecimiento, entonces no puedo estar sano porque estoy perdiendo demasiadas células al día, por eso la quimioterapia hace que se caiga el pelo y crea problemas de digestión, porque mata todas las células, no solo las del cáncer. La segunda consecuencia de las hormonas del estrés es que se cierra todo aquello que usa energía, y el sistema inmunitario usa muchísima energía: cuando estás enfermo, te sientes muy cansado porque tu energía la está usando el sistema inmunitario.

Eso significa que l estrés no hace enfermar, ¿no?

Las hormonas del estrés apagan el sistema inmunitario, incluso la medicina usa este efecto en algunas ocasiones. Por ejemplo, si me trasplantaran un corazón, mi sistema inmunitario lo rechazaría. En esos casos, los médicos dan hormonas del estrés y eso impide que funcione el sistema inmunitario. Es tan claro que suprime el sistema inmunitario que lo usamos como un medicamento. Cuando la persona está bajo estrés, afecta de dos maneras: la primera es que deja de haber crecimiento y la segunda es que se apaga el sistema inmunitario. De esta forma, virus nocivos pueden atacarme fácilmente. Cuando estás bajo mucho estrés, te enfermas. Y debo decir que, si tomamos una muestra de sangre de cada persona, descubrimos que todos tenemos células cancerígenas. Las tenemos siempre, pero si está funcionando el sistema inmunitario, no pueden crecer. Una vez que se apaga el sistema inmunitario, proliferan. Es como el catarro: no tienes que coger el virus, ya lo tienes dentro. Son organismos oportunistas. El 90 por ciento de la gente que va al médico es debido al estrés, y también el cáncer funciona igual.

Explíquenos qué es la medicina cuántica o medicina de la energía.

Como decía, la primera razón por la que la medicina de hoy es cuestionable es porque los médicos no saben cómo funcionan las células. La segunda es que la medicina está basada en la física de Newton. No reconoce la energía, esa parte invisible, las señales electromagnéticas. Pero, a principios del siglo XX, apareció la física cuántica, que dice que todo es energía, lo que podemos ver y también lo invisible. Si miras dentro del átomo, hay electrones, protones, neutrones. ¿Y qué hay dentro? Energía. La ciencia más reciente indica que el cuerpo responde a la física cuántica, no a la newtoniania. La medicina dice que quiere cambiar la química del organismo con drogas y la nueva medicina dice que hay que cambiar la energía. Y esta nueva medicina, la cuántica, es mucho más poderosa, porque responde primero el campo energético que el físico.

Si todo es energía, ¿los pensamientos también? ¿Cómo influyen en nuestra salud?

La mente es energía. Cuando piensas, transmites energía, y los pensamientos son más poderosos que la química. Así que esto es peor para las empresas farmacéuticas porque no lo pueden vender. Por tanto, no les interesa una conexión entre la mente y el cuerpo. Pero es cierto que las propias creencias se convierten en un campo energético, una transmisión, y esta se transforma en una señal que es capaz de cambiar el organismo. Y así es como funcionaba la sanación antes del desarrollo de la medicina. La gente sanaba con los chamanes, con las manos... pero eso no puede vender y por eso la medicina no quiere ir por ese camino. Y es la razón por la que yo cambié mi carrera. Estaba enseñando en la universidad que hay que seguir con drogas y sabía que eso no era verdad. La medicina lo conoce, pero no habla de ello. Sabe que el pensamiento positivo, el placebo, puede sanar, y también que el pensamiento negativo puede matar. Uno se llama placebo y el otro nocevo. En realidad, no es que sea positivo o negativo, es la manera de pensar. Si el médico te dice que tienes cáncer, aunque no tengas cáncer, si lo crees, crearás la química que generará cáncer. Por tanto, el problema no es tanto el entorno real sino el que tú interpretas.

Y eso enlaza con la física cuántica.

Totalmente. Por eso no funciona la medicina, porque no reconoce la ciencia cuántica. No mira hacia ahí porque el dinero está en otro lado.

Usted ha explicado que, en la mente, quien realmente tiene el poder es el subconsciente, ¿por eso es tan difícil cambiar hábitos de pensamiento?

Es millones de veces más poderoso y más importante que la mente consciente. Utilizamos el subconsciente el 95 por ciento del tiempo.

Pero no lo podemos controlar.

Lo puedes reprogramar. La información del subconsciente se recibe en los primeros seis años de vida. Eso que aprendiste en esos años se convierte en el conocimiento fundamental de tu vida. Por tanto, hay muchos estudios que demuestran que las enfermedades que tenemos de adultos, como el cáncer, tienen que ver con la programación y el entorno que vivimos en los primeros seis años de vida.

Es decir, los niños absorben también sus enfermedades o sus actitudes negativas, y así se ‘programa’ su subconsciente. ¡Qué gran responsabilidad para los padres!

La gente, cuando oye esto, se preocupa, se culpa. Pero no eres culpable si tú no sabes que el subconsciente funciona así. No lo sabían nuestros padres, ni nuestros abuelos ni bisabuelos. Ahora bien, cuando lo entiendes, tienes que cambiar tu manera de vivir, porque entonces sí eres responsable. Está demostrado que si un niño adoptado vive en su familia casos de cáncer, en su madurez puede padecer cáncer aunque su genética sea diferente. Sería algo así como conducir un coche: si te enseñaron a conducir mal y has automatizado esa forma de conducir, pues lo más probable es que tengas accidentes. Si te enseñaron a maltratar tu cuerpo con mala información, destruirás el vehículo de tu cuerpo, cuyo conductor es la mente. El futuro es una mejor educación para los niños, incluso en la etapa prenatal. 

¿Podemos programar el subconsciente para estar más sanos o más felices con nuestra vida?

Los comportamientos que vienen del subconsciente no los percibes y pueden estar haciéndote daño. Quizás te sientes enfermo y echas la culpa a otra cosa. Al cambiar estos programas erróneos en el subconsciente, puedes recrear toda tu vida. Hay varias maneras de hacerlo. Se piensa que, cuando la mente consciente registra algo, la subconsciente también filtra esa información, pero no es así. La mente consciente es creativa y la subconsciente trata de todos los hábitos. Si le enseñas al subconsciente algo diferente, se lo enseñas también a la consciente, pero no al revés. Por ello, la manera de reprogramar es repetir y repetir hasta que se crea un hábito. Si leo un libro de autoayuda, mi mente consciente dice: “Sé todo lo que hay en el libro y lo aplico”, pero la subconsciente no se entera de nada. Entonces, piensas: “¿Por qué sé tanto y todavía mi cuerpo no funciona?”. Los pensamientos positivos, el conocimiento... solo funcionan el 5% del tiempo, pero el 95% son los hábitos que tengo desde mi niñez. Y esa es la razón por la que los pensamientos positivos no son suficientes. Ayudan, pero no ves muchos resultados. Todo sigue igual hasta que no cambias el subconsciente. Técnicas de psicología basadas en la energía como la hipnosis o el Psych-K son una manera de cambiar el subconsciente, es como un aprendizaje rápido.

Con su investigación, ha aunado ciencia y creencia, un binomio que evita la mayoría de los científicos. ¿Usted cree en la ternidad?

Absolutamente, sí. No hay dos personas iguales, y lo digo desde el punto vista biológico. Si cojo mis celulas y las tralado a tu cuerpo, no soy yo, el sistema inmunitario las rechaza. En las células hay como una especie de antenas en miniatura. Son receptores y algunos son autorreceptores. Tú tienes diferentes autorreceptores a los míos. Pero los receptores reciben las señales del entorno. Si corto esos receptores, la célula no tiene ninguna identidad, porque no le viene de dentro sino de fuera. Para explicarlo de forma gráfica, diría que el cuerpo es como un televisor: mis antenas captan y reproducen el programa televisivo de Bruce. Esos receptores recogen esa transmisión. Si estoy viendo la tele y se estropea el tubo de la imagen, ha muerto el televisor, pero sigue la transmisión. Así que cojo otra, la enciendo, conecto el canal y vuelvo a ver el programa de Bruce, pero en otra tele, o lo que es lo mismo, en otro ser. Si ese ser tiene los mismos receptores que tienes tú, volverás a estar trasmitiendo lo mismo, pero en otro cuerpo. Esto explica la reencarnación y quiere decir que el cuerpo puede ir y venir, pero la transmisión siempre está ahí. 

¿Eso lo hizo creer que tenemos espíritu?

Nunca había creído en el espíritu, pero cuando comprobé esto en la célula, me cambió la vida entera. La pregunta que me planteé es: ¿por qué esa duplicidad?, ¿por qué tener un espíritu y un cuerpo? Y la respuesta vino de mis células: si solo existiera el espíritu, ¿a qué sabe el chocolate?  Solo con la parte espiritual, ¿cómo vivir una puesta de sol? ¿Qué se siente cuando se está enamorado? Todas esas sensaciones vienen de las células del cuerpo, que puede oler, sentir, tener experiencias. Recoge todo eso, lo transmite al cerebro. Se convierte en vibraciones y lo transmite a la fuente del ser. Si se muere mi cuerpo, mi fuente de ser y mi espíritu tienen la memoria hasta que tenga otro cuerpo. La lección más importante es que estar vivo es un regalo, una alegría por todo lo que podemos sentir. Cuando hagamos eso, todo el mundo estará sano.

(EL CORREO DEL SOL)

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