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ÁNGEL FARETTA “EL CINE, CUANDO ES CINE, PUEDE VERSE DE CUALQUIER MODO”


por Marcelo Stiletano 


"El cine, cuando es cine, puede verse de cualquier modo". Lo dice Angel Faretta, uno de los críticos de cine más reconocidos de la Argentina, que encontró en la larga cuarentena un espacio para seguir desarrollando una tenaz y laboriosa construcción que lleva décadas alrededor de una teoría y un pensamiento propios.

La silenciosa tarea docente y de formación que llevó Faretta a lo largo del tiempo ahora logra apreciarse de manera mucho más visible y abierta a través de una continuidad de libros, publicaciones y actividades públicas. Acaba de editarse La traducción de la melancolía, un libro de 550 páginas que lo aparta solo en apariencia de sus estudios sobre el cine para volcarse al análisis de la poética del tango. 

No hace mucho se conoció Más allá del olvido, una historia crítica del cine fantástico argentino (escrito junto a Diego Avalos y Marina Cherro). El libro tiene el mismo título que la película considerada por Faretta como la mejor de toda la historia del cine argentino, dirigida por Hugo del Carril en 1956 (está disponible en YouTube). Y otro de sus libros recientes, Hitchcock en obra, se suma a la ya conocida publicación de su obra teórica, integrada por El concepto del cineEspíritu de simetría y La pasión manda. 

A la vez, el crítico aparece en pantalla por primera vez también con cierta continuidad gracias a una serie de videos presentados en YouTube a través de A Sala Llena, el espacio de crítica y comentarios sobre cine que lo tiene como firma destacada y además edita casi todos sus libros.  

¿Cómo estás atravesando la cuarentena? 

Si pienso de manera personal, posiblemente egoísta, llevo en parte la vida de siempre. En casa, escribiendo, leyendo, viendo cine, cocinando. Y si lo pienso de manera no personal, con mucha incertidumbre. También con temor. Esto es una prueba, claro. ¿Saldremos exitosos del examen o nuevamente bochados? El tema es que si nos bochan de nuevo va a quedar poco para aprender. 

La aparición de la pandemia coincidió con la edición de La traducción de la melancolía, un extenso ensayo sobre la poética del tango. ¿Qué te llevó a escribirlo? 

Dos cosas. Primero mi padre, su presencia real, su influencia, el hecho de que conociera a Gardel y que fuera la persona que me inició en el tango. La otra es que no puedo creer que todavía se sigan teniendo en un limbo secundario las líricas cantables de Alfredo Le Pera, un poeta enorme, alguien que inventó una voz y una forma lírica. Está puesto en ese limbo para que terminemos sobreestimando a letristas mediocres. Con el libro, además, creo haberme extendido a otros dos temas: lo italiano en la Argentina y una poética general. 

A primera vista aparece una línea muy visible entre esta obra y tu libro anterior sobre el cine fantástico en la Argentina. Pareciera haber en ambos una búsqueda denodada de certezas alrededor de algo que muy difusamente podríamos llamar "el ser argentino". 

Así es. Si la Argentina desaparece o se disuelve en algo mediocre o vulgar creo que no existe deber más urgente y necesario para todo pensar y poetizar que la investigación de sus logros anímicos y espirituales más felices. Lo fantástico, sea cine o literatura, y la lírica del tango son indudablemente sus dos logros fundamentales. 

Ya sabemos que en tu perspectiva Más allá del olvido es la mejor película argentina de la historia. ¿Cuál sería el mejor tango? 

Para mí es "Volver". Creo que es la más bella, inteligente y aguda de todas las canciones del siglo pasado. Con la lectura que hago sobre ella en el libro espero probarlo. 

En la introducción de tu libro afirmás tu decisión de explorar la poética del tango, un tema sobre el cual parece haberse perdido todo el interés. ¿Será acaso que el tango hace tiempo dejó de existir? Te lo pregunto con otras palabras: ¿qué sería lo que hoy llamamos tango? 

El tango es una poética completa porque también es una ética. No importa que se compongan más o menos letras. Lo fundamental es entender. Es decir, trasladar a un hoy y a un aquí su significado. No solo poético. También anímico-espiritual. 

¿Y el cine? ¿Cuáles serían hoy sus signos vitales? 

Creo que puedo dar una respuesta muy similar a la anterior. No importa si se hacen más o menos films. Lo fundamental es entender lo que ya se ha hecho. Y cómo se nos empuja a buscar nuevas preguntas que ya fueron respondidas. 

Te lo pregunto porque no hace mucho publicaste una crítica muy dura contra Parasite, la película de la que todos hablaban cuando estalló la pandemia. 

Diría que los nuevos intentos del cine que intentan olvidar lo que ya se sabe deben ser puestos severamente en la picota crítica. 

A propósito de eso, uno de los directores que seguiste y estudiaste con mayor atención, Brian De Palma, acaba de cumplir 80 años. Su película más reciente, Dominó, fue muy cuestionada por la mayoría de los críticos y ni siquiera estrenada en la Argentina [está disponible en Amazon Prime Video]. 

Lo más importante es que directores como De Palma siguen sosteniendo lo que han dicho casi desde el comienzo de sus obras. Las variantes son las formas de actualización posible de todas esas certezas anteriores. 

¿Qué futuro vislumbrás para el cine después de esta pandemia? Hoy no podemos ver en la Argentina películas en los cines. ¿Se puede recuperar esa experiencia en otras pantallas como las de un celular y disfrutarlas del mismo modo? 

El cine, cuando es cine, puede verse de cualquier modo. Hasta el reloj de Dick Tracy puede ser un soporte adecuado. Creo que el cine ya está padeciendo lo mismo que las artes anteriores. La ignorancia de los autores y de las obras clásicas, y su reemplazo por piezas fabricadas serialmente que intentan opacar todo lo anterior. 

¿Tiene el cine argentino actual obras que a tu juicio merecen la pena ser vistas o volverse a ver?  

Por fortuna, varias. Los films de Damián SzifronLos dos que hizo hasta ahora Natalia Meta, el segundo todavía sin estrenarLos dos de Martín Basterretche. Y hay más: Cómo funcionan casi todas las cosas, de Fernando Salem, y Claudia, de Sebastián De Caro.  

Veo en la solapa de tu nuevo libro que próximamente van a aparecer dos nuevos trabajos tuyos, uno con ensayos filosóficos críticos, y otro sobre la Clase B que se va a llamar Dominio eminente. ¿Qué podrías anticipar de ellos? 

Dominio eminente trata sobre lo que hemos llamado "cultura tradicional en diáspora desde el otoño de la Edad Media". Allí sostenemos que el cine de Clase B, sobre todo en su forma clásica, es la Tierra prometida de esa diáspora. Semirretiro filosófico, el otro, es una recopilación de varios de mis ensayos críticos referidos a temas estéticos de diferentes manifestaciones: literarias, pictóricas, también de cine, claro. Y habrá otros sobre temas históricos, políticos, religiosos y por supuesto filosóficos en general.

(LA NACIÓN / 24-9-2020)

TED CHIANG “LA CIENCIA-FICCIÓN HACE CREÍBLE CUALQUIER PREMISA DE LA FILOSOFÍA”

por Laura Fernández 


Autor del relato que inspiró la película La llegada, el pope de lo fantástico especulativo (y redactor de manuales de 'software') repiensa la relación entre humanidad y tecnología en 'Exhalación', su segundo libro de cuentos en 30 años

 

Descuelga el teléfono virtual en lo que parece su despacho, allá en el lejano y aun no tan frío Seattle. Hay una pared forrada de libros a sus espaldas. Lleva cascos, es por la mañana. Dice que empezó a escribir a los 11 años, después de leer a Isaac Asimov. Cuando se le pregunta si se considera más un filósofo que un escritor de ciencia-ficción, se ríe. No a carcajadas, porque todo en Ted Chiang (Nueva York, 53 años) es contención. Ha escrito apenas 19 relatos en 30 años, pero con todos ha dado en algún tipo de blanco. El mundo le conoce por lo que Denis Villeneuve y Eric Heisserer hicieron con uno de ellos. El libro se titulaba La historia de tu vida y ponía al ser humano contra las cuerdas del orden narrativo, y de su propia condición de máquina del tiempo. De eso iba La llegada, la película que protagonizó Amy Adams, en la piel de una heroína atípica que intenta comunicarse con una raza extraterrestre para la que no existe el tiempo. Todo para ellos ocurre a la vez, porque su lenguaje no comprende el pasado, el presente y el futuro. “No me consideraría filósofo, pero es cierto que escribo sobre cuestiones filosóficas. La ciencia-ficción es perfecta para eso. Hace atractiva y creíble cualquier premisa del pensamiento. Hoy el mundo leería más filosofía si, en vez de redactar tratados, los filósofos hubiesen escrito relatos de ciencia-ficción”, responde.


El autor no teme la etiqueta. Ocupa la cima del género fantástico desde la publicación de su primer libro de relatos, en 2002, y se siente cómodo en esa condición tan altamente literaria que lo vuelve indistinguible de cualquier otro tipo de género, que lo convierte, en realidad, en un género en sí mismo, y a él, en el alumno más aventajado de Isaac Asimov. No cree que el término tenga nada de malo. “La ciencia-ficción es un género poderoso, nos abre camino. Explora la inevitabilidad del cambio”, dice.


Sus discursos son largos. Se detiene a pensar a menudo, se hace el silencio entonces, un silencio que tiende a romper con un “you” — pronunciado exactamente como se lee—, una muletilla que es como una pequeña base desde la que partir en otra dirección, o seguir sumergiéndose en la misma. Acaba de publicar Exhalación (Sexto Piso), su segunda colección de relatos. Tres de los nueve cuentos incluidos en ella ganaron en su momento el Premio Hugo. En total, y con tan solo los mencionados 19 relatos publicados, Chiang ha sido distinguido, entre otros, con cuatro Hugo, cuatro Nebula, seis Locus y el British Science Fiction Association Award. Es la primera vez que ocurre algo así. Que alguien con tan poca obra haya ganado tantos premios y supuesto semejante revolución.


¿Por qué escribe tan poco? “Oh, ojalá pudiera escribir más. Ojalá pudiera escribir con una mayor celeridad, pero me resulta imposible. Tardo meses, a veces, años, en desarrollar una idea. Me asaltan ideas todo el tiempo, pero solo me quedo con las que me atormentan. Las que vuelven una y otra vez. Entonces trato de encontrar la manera de convertirlas en un cuento”, responde. Es un proceso altamente artesanal. Pasa con esas ideas tanto tiempo que eso explica, dice, por qué escribe siempre sobre lo que él considera “el lado bueno de la naturaleza humana”. “Quiero decir, tengo buenos y malos días, como todo el mundo. La política nor­te­ame­ri­cana me resulta, por ejemplo, descorazonadora, y me hace pensar en lo peor del ser humano. Pero no quiero pasar meses, ni años, que es lo que tardo en escribir mis relatos, como he dicho, pensando en lo peor del ser humano. Quiero pensar en lo mejor, porque la gente puede ser maravillosa. En cierto sentido lucho contra mi propia condición, porque tiendo a ser cínico y pesimista. Supongo que la ficción es una especie de armadura que no me deja caer”, dice.


Con ascendencia china, Chiang estudió Informática y se dedica a redactar manuales de software. Hay un relato en Exhalación, ‘El ciclo de vida de los elementos de software’, que nos imagina criando a seres virtuales tan reales y autoconscientes como los androides de Philip K. Dick. “Me gusta Philip K. Dick, pero no he leído todos sus libros. En ese relato me pregunto cómo se hace una persona, y a la vez deconstruyo la idea del robot. Siempre me he preguntado por qué la ciencia-ficción ha creído que el robot o el androide es, de entrada, perfecto. Todos los relatos nos dicen que lo encargas a la fábrica, llega a tu casa, lo enciendes y ya es el perfecto mayordomo. Te obedece, es leal. No hace nada mal. Y encima tiene autoconciencia. ¿De veras hemos creído que podemos programar a una persona sin más?”, expone.


La memoria es, junto a la absurda y ególatra necesidad del ser humano de buscar otras civilizaciones fuera de este planeta —“cuando hay tantas en este planeta con las que comunicarse”, dice, refiriéndose a los animales—, uno de los temas centrales del libro, y de su obra. “¿A qué escritor no le interesa la memoria? Somos lo que elegimos recordar”, dice. El relato ‘La verdad del hecho, la verdad del sentimiento’, nació de una de esas ideas que volvían a su cabeza todo el tiempo. “Leí un artículo sobre una mujer que no tenía memoria episódica. Es decir, recordaba cosas, pero no en forma de escenas. Por ejemplo, sabía que estaba casada y que había ido de luna de miel a Hawái, pero no recordaba nada de esa luna de miel. Sabe que ha sido niña, pero no tiene ni un solo recuerdo de su infancia. No podía quitármela de la cabeza. Y pensé en escribir sobre lo contrario, sobre poder llegar a recordarlo todo con exactitud. ¿Quién seríamos entonces? ¿Seríamos alguien?”, relata.


Sobre la actual pandemia —“oh, soy un afortunado, no tengo por qué salir de casa, así que no estoy expuesto, y tampoco tengo hijos de los que preocuparme”, dice—, asegura que no había forma de prevenir nuestro comportamiento, por más que la ciencia-ficción llevase años ensayando una situación parecida. ¿Y eso por qué? “Porque toda ficción tiende al drama, y siempre que se ha dado una plaga en alguna de ellas, todo va muy rápido: todo el mundo se contagia y todo el mundo muere. El real es un escenario más moderado, menos dramático. En la ficción, la sociedad colapsa al instante, y eso no es porque pensemos que sería así, sino porque los escritores están advirtiendo de la fragilidad de nuestro sistema, de la fragilidad del sentido de la civilización. Es un temor, no es una realidad. La pandemia nos ha enseñado que la gente no es tan mala como cree el cine de desastres, por ejemplo. Nos hemos ayudado, nos estamos ayudando, y empezamos a ser conscientes de lo que verdaderamente importa, incluso en el ámbito laboral. Los trabajos que importan son aquellos que traen comida a casa y fabrican cosas y nos curan”, responde. En cualquier caso, considera, repite, que si hay “algo sobre lo que pretende aleccionarnos la ciencia-ficción es sobre que debemos estar abiertos al cambio”. No en vano, nació para tratar de explicar el futuro a las criaturas del pasado que éramos cuando estalló la Revolución Industrial. “Hasta entonces todo había sido previsible, a partir de entonces, todo era un misterio”, dice.


¿Y qué opina del auge de la ciencia-ficción china? ¿Por qué cree que a Occidente le interesa sobremanera estos días? “Por un lado, creo que es solo cosa del éxito que tuvo La trilogía de los tres cuerpos, de Cixin Liu. Económicamente y como tendencia, supongo que es el nuevo noir escandinavo. Tan sencillo como eso. Por otro, creo que hay algo interesante en la nueva ciencia-ficción china que quizá también tenga algo que ver con esa pequeña ola, y es que es muy parecida a la ciencia-ficción de la edad de oro norteamericana, aquella ciencia-ficción triunfalista que soñaba con las estrellas y viajaba a las estrellas. Supongo que es un alivio ver que alguien sigue soñando cuando en Occidente se ve el futuro como lo plantea Interstellar, como un gran desierto sin esperanza. Lo que no tengo tan claro es que ese triunfalismo acabe siendo algo más que un gesto vacío, que es lo que será mientras no haya un gran blockbuster cinematográfico chino que llegue a todo el mundo. Y estoy hablando de cine. Cine chino de ciencia-ficción que sea popular en todo el mundo”, considera. Hablando de cine, ¿algún otro de sus relatos va a dar el salto a la pequeña o la gran pantalla en breve? “Hay algo en marcha, pero no he firmado nada aún, así que no lo sé”, contesta. Sigue siendo por la mañana en Seattle, es un día de principios de septiembre, ¿le da vueltas a alguna idea en estos momentos? “Siempre lo hago, pero a veces, la idea desaparece, así que mejor no hablar de ella”.


(EL PAÍS España / 19-9-2020)

POR QUÉ FILOSOFAR ES DE VALIENTES (Y TRAS LA FILOSOFÍA SE PARAPETA TANTO COBARDE)

por Carlos Javier González Serrano 


La filosofía, como pocas disciplinas, ha de hacer frente a innumerables tópicos: “vivir con filosofía”, “tómate las cosas con filosofía”, “todos tienen su propia filosofía”, “en filosofía todo es opinable”, “la filosofía es literatura enrevesada”, y otros muchos. La lista es tan divertida como insultantemente inacabable. Suelen emplear estas manidas retahílas quienes, sin embargo, nunca han tenido nada que ver con la filosofía ni se han acercado, siquiera de lejos (como si de la peste se tratara), a un texto de Heráclito, Hannah Arendt, Nietzsche, María Zambrano o Foucault. “Ni falta que me hace”, dirán. Y tienen mucha razón. Hace algunos años, alguien –con cierta desvergüenza pero no poco convencimiento– me aseguró que “de filosofía (y psicología) todos podemos hablar, porque, en realidad, se trata de opiniones”. Poco amablemente y con mirada de quien perdona la vida (no temo reconocerlo) me levanté y me fui; tenía mucho que planchar. Lejos quedan ya los afanosos y heroicos tiempos de Platón, en los que opinión (doxa) y ciencia (episteme) pertenecían a planos muy distintos de la investigación humana sobre el mundo y su funcionamiento. 

 

Quién se atrevería a negar que la filosofía encierra un componente inexpresablemente individual, casi oracular, que empuja –a quien la practica– a tener que enfrentarse a una voz interior insoslayable. Y, en este sentido, desde luego, es la filosofía un ejercicio ante todo subjetivo, personalísimo, pero en absoluto y por ello consistente en presentar opiniones como quien, en el mercado, ofrece a puro grito las gangas de turno. Opiniones, efectivamente, las tiene todo el mundo, y quizá nuestro carácter mediterráneo, bañado también por el latino, esté teñido por cierta tendencia irreprimible a no –poder– cerrar la boca ante cualquier asunto que se nos plante ante las narices. Pero eso, por supuesto, es problema de quien no puede cerrar su boca. La filosofía, frente a la impertinencia, siempre prefirió la plancha (aunque fuera la de san Lorenzo, esa en la que uno acaba quemado vivo). 

 

Se perora mucho estos días –de crisis sanitaria, social y económica– sobre aquello de la lechuza de Minerva, de aquel hipercitado texto de Hegel en su Filosofía del Derecho que, como si de su escopeta de trabajo se tratara, citan los filósofos de cátedra y oficio cuando sienten que su verborragia se apaga o que su orgullo queda lastimado. Y digo “lechuza” a falta de precisar el animal exacto, pues el texto original de Hegel habla de Eule que, en efecto, puede dar lugar a equívoco. Sea aguilucho, búho, lechuza o mochuelo, el caso es que la filosofía parece llegar tarde a todos lados; se posa en su rama y, desde allí, con vista privilegiada, espera trazar su análisis cuando todo ha pasado. La cita del texto fuente reza: “die Eule der Minerva beginnt erst mit der einbrechenden Dämmerung ihren Flug”. Esa ave rapaz de Minerva, se dice, inicia su vuelo cuando cae el ocaso, el anochecer, el atardecer (el término Dämmerung se presta igualmente a interpretación). Parece que, a la vista de esta cita, el filósofo de cátedra y oficio tiene todo listo para recoger sus bártulos, encerrarse en su despacho, sentarse en su lustroso escritorio (pluma de oro en mano) y, faltaría más, ponerse a pensar el mundo, mientras este sigue su curso hasta la siguiente debacle o suceso reseñable cuando, desde luego, el filósofo de cátedra y oficio volverá a enclaustrarse para ejercer su fundamental tarea de pensar. Y esto hasta su muerte, cuando pueda disecarse su cerebro para después venerarlo como pieza de museo. Todos, entonces, habremos de dar gracias a ese egregio ejercicio casi sacerdotal (¡y del todo sacrificado!) porque el filósofo de cátedra y oficio habrá desvelado, “tras llegar el anochecer”, su inapelable juicio. 

 

Es esta una actitud que a quien firma este artículo le parece cobarde y, por tanto, hasta de mala fe. Y es que la filosofía –no descubriré nada a estas alturas de la película– encierra entre sus oficiales y barnizadas paredes (todo barniz siempre esconde podredumbre) a muchos espíritus medrosos y apocados cuya única intención es la de mantener un statu quo que sostenga, así mismo, una vomitiva y servil endogamia. Desde hace muchos años, seguramente incluso antes de que yo pululara por este mundo de Dios, y salvando honrosas y muy valientes excepciones, las Facultades de Filosofía se han convertido en un sembradero de odios, acusaciones y envidias. Sobre todo envidias. Todo ello, además, fomentado por instituciones (como la ANECA en el caso de España) que reparten acreditaciones como si de bulas papales se tratara. 

 

El lugar propio de la filosofía es el espacio público. A cualquier precio. Allí donde se da la cara. Y donde a veces se la cruzan a uno. No fueron nunca quienes se dedicaron a su ceremoniosa tarea en pomposos despachos quienes revolucionaron el mundo: puede que Hegel, Fichte, Platón y toda la cohorte de filósofos académicos forjaran una imagen del mundo precisa y apoteósica, imposible de quebrar (por supuesto, y permítanme la expresión, a toro pasado, en ese ocaso en el que la lechuza, temerosa, empieza a volar en el silencio en el que tan cómoda se siente). No. Fueron Sócrates, Schopenhauer, Olimpia de Gouges, Sartre, Nietzsche, Descartes, Simone Weil, Cioran, Madame de Staël, Rousseau, Sade, Camus, Marx, Simone de Beauvoir, Diógenes y tantos otros los que no esperaron al mundo para pensarlo, sino que lo pensaron (para actuar en él) mientras el mundo operaba en y con ellos. 

 

Y es esta la fuerza del pensamiento, y no otra: que no calla, que no teme, que no se arredra ni se esconde. No seré yo, que tan felices años he pasado en Facultades de Filosofía (y así lo sigo haciendo), quien reniegue de ellas. En absoluto. Pero sí de su funcionamiento, de sus patrañas, del dolor tan intenso que causan en tantos y tantas que hemos pasado por sus aulas. No nos entrenan allí para pensar, sino para aborregarnos en la dogmática filosófica, para pasar por el aro que dicta el catedrático de turno (y sí, suele ser un varón). En nada se distingue la filosofía de las ciencias empresariales, del derecho o de la química si la filosofía no revienta los ánimos, si no sirve para convulsionar: si no parte el alma en dos y empuja, por ello, a actuar. Porque todo pensamiento sin acción es un pensamiento roto, estéril, vacío: falso. 

 

Son tiempos aciagos, pero, sin embargo, los más propios para ejercer toda la potencia del pensamiento. Jamás el papel de la filosofía fue más relevante ni más necesario. En esta quiebra del espacio público es justo cuando el pensamiento se abre paso, cuando se crea el hueco necesario para reflexionar, el paréntesis para desacelerar y comprobar que la vida, si no es meditada hasta sus mismísimos tuétanos, tampoco se experimenta (humanamente). Y lo que es más importante: si no hacemos filosofía, los que la hacemos, en tiempos revueltos, tampoco nos jugamos la vida en ella. Y la filosofía va de eso: de ex-ponerse, de sentir miedo y mirarle descaradamente a los ojos: no tras el desamparo, sino en el desamparo mismo, en la angustia que procura verse obligado a pensar. 

 

Nada, en absoluto, hará cambiar nuestras vidas si no es en el seno del cataclismo, allí donde se dan las más oscuras fuerzas que pretenden anularla. Condición para contemplar la luz es la oscuridad. Saquemos los despachos a la calle y ayudemos a reconfigurar nuestro mundo en el mientras, no en el después. Porque el tiempo de la filosofía es el presente, y no puede ser otro, salvo si se la quiere asesinar por asfixia. Ya tendremos tiempo para que la lechuza repose de nuevo en su árbol, tranquila y ufana de sí, esperando otro anochecer…


(El vuelo de la lechuza / 29-3-2020)

RIMBAUD Y VERLAINE, ¿LOS POETAS SALVAJES AL PANTEÓN?

 por Andrés Gómez 

Hacia el mediodía fueron a la Maison de Brasseurs, a pasos de la Grand-Place de Bruselas. Arthur Rimbaud le insistió a Paul Verlaine que ya no se quedaría con él. Habían vivido juntos en Londres y ahora el poeta de las Iluminaciones quería volver a París. De regreso a la habitación del pequeño hotel donde dormían, Verlaine desenfundó un revólver que había conseguido esa misma mañana. Ebrio y desesperado, disparó dos veces. Una de las balas hirió la muñeca de Rimbaud.

Aquellos disparos pusieron fin a la tormentosa relación entre ambos, el 10 de julio de 1873. Rimbaud siguió camino a París y Verlaine fue condenado a dos años de prisión. Pero hoy un proyecto respaldado por la ministra de Cultura de Francia, Roselyne Bachelot, quiere reunirlos en el Panteón de París.

La idea nació de un trío de admiradores de Rimbaud: el editor Jean Luc Barré, quien publicó una biografía sobre el poeta; el periodista Frédéric Martel y el escritor Nicolas Idier, quienes piden al Presidente Emmanuel Macron trasladar las cenizas de los escritores, y figuras de la literatura maldita, al mausoleo de los grandes hombres de Francia.

“Arthur Rimbaud y Paul Verlaine son dos grandes poetas de nuestro idioma. Enriquecieron nuestra herencia con su genio”, escribieron en su petición. “También son dos símbolos de diversidad. Tuvieron que soportar la homofobia implacable de su tiempo. Son los Oscar Wilde franceses”.

La idea consiguió rápido apoyo en el medio cultural francés. Nueve ex ministros de Cultura, entre ellos Jack Lang, adhieren a la carta, así como el filósofo Michael Onfray, entre un centenar de firmantes.

A ellos se unió también la actual ministra Roselyne Bachelot, quien no solo ve razones literarias en este reconocimiento: “No diré que Rimbaud y Verlaine son los dos poetas más grandes de la literatura francesa. Pero nadie me negará que están entre los cinco primeros. La segunda razón es esta: la historia de amor entre Rimbaud y Verlaine es un fiel reflejo de todos los compromisos de mi carrera política, denunciando todo tipo de discriminaciones”.

Inaugurado en 1791, el edificio de estilo neoclásico conserva los restos de los hombres más notables de Francia. Entre ellos se encuentran Voltaire, Rousseau, Emile Zola, Marie Curie, Victor Hugo y Alexandre Dumas.

Sin embargo, la propuesta encontró rechazó en un numeroso grupo de intelectuales, estudiosos y descendientes de Rimbaud. Ellos publicaron una carta en el diario Le Monde que desaprueba la idea. En su opinión, se trata de una iniciativa de corrección política que desnaturaliza el espíritu salvaje de los poetas. 

“No encaja con su carácter” 

Nacido en Charleville-Mézières en 1854, Rimbaud tenía 17 años cuando conoció a Verlaine en París. Diez años mayor, el autor de Poemas saturnianos estaba casado, era un autor reconocido, y lo invitó a su casa luego de leer sus poemas inéditos. La personalidad inquieta, rebelde y provocadora de Rimbaud acabó por cautivarlo, y se volvieron amantes.

La bohemia, el alcohol y la violencia delinearon su relación. Tras vivir dos años en Londres, su convivencia fue insorportable. Verlaine quiso volver con su esposa, pero no se resignaba a alejarse de Rimbaud. Hasta el día en que sus demonios se salieron de control y le disparó en Bruselas.

Genio precoz, Rimbaud encendió la poesía de su tiempo al publicar Una temporada en el infierno. Dejó inéditas sus Iluminaciones y abandonó la literatura. Dedicado al tráfico de armas en Africa, enfermó gravemente; perdió una pierna y murió en Marsella a los 37 años. Su restos descansan en el mausoleo familiar en Charleville-Mézières. Verlaine murió en París en 1896, a los 51 años, y su tumba se encuentra en el Cementerio de Batignolles.

“Rimbaud no comenzó su vida con Verlaine y no la terminó con él”, dice Jacqueline Teissier-Rimbaud, sobrina bisnieta, quien se opone a su ingreso al Panteón. Ella subraya que fue una breve relación de juventud y cree que el poeta debe permanecer en el mausoleo familiar.

La propuesta “no encaja con el carácter de Arthur”, complementa el presidente de los Amigos de Rimbaud, Alain Tourneux. "Unir a Rimbaud y Verlaine de manera definitiva, ad vitam aeternam, no es posible, sin duda es exagerado ", afirma. “Rimbaud quería vivir intensamente y tenía varias vidas, desde todos los puntos de vista”.

En la carta publicada en Le Monde, escritores como Muriel Barbery o Erri de Luca expresan que el ingreso “forzado” sería un “error” y que es altamente probable que un poeta que rechazó la respetabilidad social “habría detestado ese honor”. Las “provocaciones del adolescente rebelde que fue Rimbaud”, siempre contra la moral de su época, “serían incompatibles con la institución que es el Panteón”, afirman. A su vez, Verlaine se burló públicamente de la “panteonización”.

En el diario Libération el académico Dennis Saint-Amad recuerda que ambos poetas rechazaron las instituciones literarias, y sugiere que si Rimbaud estuviera vivo, seguramente llevaría un chaleco amarillo. El compromiso de Rimbaud, dice, está con “la juventud y los desposeídos: sería infame que fuera objeto de una recuperación oficial”.


(LA TERCERA / 24-9-2020)

EL AMOR IMPOSIBLE ENTRE MILES DAVIS Y JULIETTE GRECO: JAZZ, HEROÍNA Y LARGAS NOCHES EN PARÍS

 

por Mónica Garrido  

Hacia finales de los 40, el trompetista estadounidense viajó a Francia para tocar junto a su banda. En la tertulia, que convocó a figuras como Picasso y Sartre, conoció a una singular actriz y cantante quien, hasta el día de su muerte, consideró como la mujer que le enseñó lo que era "amar a alguien" al margen de la música. 

A principios de 1949, Miles Davis —de entonces 22 años— hacía sus primeras armas en el jazz como trompetista. Junto a Todd Dameron, emprendió un viaje a París con una pequeña banda, la que tocaría alternadamente con Charlie Parker.

Según registra en sus memorias, Miles, la autobiografía —coescrita por Quincy Troupe y publicada en 1990—, en Europa compró trajes a la medida y fue tratado de una manera tal, que sintió que la vida le sonreía. Fue un viaje que, consideró, cambiaría para siempre su forma de ver las cosas.

Era solo una gira. En Estados Unidos tenía una familia con Irene Birth, la joven que conoció en la escuela secundaria, y el plan siempre fue volver luego de tocar en el Festival de Jazz de París junto a Todd, Kenny Clarke, James Moody y el bajista francés Pierre Michelot. Pero el destino quiso que sus días en la Ciudad de las luces fueran más que solo algunas presentaciones.

“Allí conocí a [Jean Paul] Sartre, [Pablo] Picasso y Juliette Gréco. Jamás en mi vida me he vuelto a sentir como entonces. Únicamente en dos ocasiones había experimentado algo parecido: cuando oí por primera vez a Bird y a Dizzy en la banda de B, y aquella otra vez con la gran orquesta de Dizzy en el Bronx. Pero entonces se trató únicamente de la música. Ahora era distinto: ahora se trataba de la vida. Juliette Gréco y yo nos enamoramos. Me importaba mucho Irene, pero nunca antes había sentido las cosas que por aquellos días me trastornaban”, dijo Miles Davis en su autobiografía. 

“El milagro del amor” 

Fue en uno de los ensayos de Davis y la banda, que conoció a la actriz de 21 años. “Ella venía y se sentaba a escuchar la música. Yo no sabía que era una cantante famosa, lo ignoraba todo. Simplemente, estaba tan bonita sentaba allí…: largo cabello negro, un rostro hermoso, menuda, estilizada, tan diferente a cualquier otra mujer que yo hubiese conocido… Distinta por su aspecto, diferente por su forma de comportarse….”, recordó Davis en su escrito.

Cautivado por la mujer, el trompetista preguntó a un sujeto del lugar quién era aquella muchacha. “¿Qué quieres de ella?”, le replicó. “¿Por qué he de querer algo de ella? Quiero conocerla”, respondió el músico. “Bueno, ya sabes, es una de esas existencialistas”, afirmó el hombre sin resolver la duda de Davis. "No me interesa lo que es. Me parece una chica bonita y quiero conocerla”, insistió Davis.

“La primera vez que Miles Davis vino a París fue en el Pleyel, un lugar en ruinas", recordó Juliette Gréco en una columna publicada en The Guardian en 2006, a propósito de los 80 años del natalicio de Davis, “No quedaban asientos, y de todos modos no habría podido pagar uno, así que Michelle Vian -esposa del compositor Boris Vian- me llevó a mirar desde los bastidores”.

"Y allí vislumbré a Miles, de perfil: un verdadero Giacometti, con un rostro de gran belleza. Ni siquiera hablo del genio del hombre: no hacía falta ser un erudito o un especialista en jazz para que te impresionara. Había una armonía tan inusual entre el hombre, el instrumento y el sonido, era bastante demoledor. Miles era un espectáculo en sí mismo: siempre se vestía de una manera muy clásica, no como se vistió más tarde”, añadió la actriz y cantante recurriendo a su memoria.

Miles Davis se cansó de esperar que alguien los presentara, así que un día de ensayo, esperó a verla. “Simplemente levanté el dedo índice y le hice una seña para que se acercara, y se acercó. Conseguí hablar con ella y me dijo que no le gustaban los hombres, pero le gustaba yo. A partir de aquel momento estuvimos siempre juntos”, afirmó el músico en su libro.

“Conocí a este hombre, que era muy joven, como yo. Salimos a cenar en grupo, con gente que no conocía. Y ahí estaba. Yo no hablaba inglés, él no hablaba francés. No tengo ni idea de cómo nos las arreglamos. El milagro de amor”, relató Gréco en su dedicatoria a Davis. “Nunca en la vida me había sentido de esa manera. Era la libertad de estar en Francia y de que me te tratasen como un ser humano, como alguien importante. Incluso la banda y la música que interpretábamos sonaban mejor allí”, rememoró el músico.

Juliette y Miles solían pasear por la orilla del Río Sena. Se tomaban la mano, se besaban y se miraban a los ojos. El idioma pasaba a segundo plano porque de alguna forma conectaron y las palabras parecían estar de más.

“Era como cosa de magia, casi como si me hubieran hipnotizado, como si estuviera en una especie de trance. Todo aquello yo no lo había hecho nunca. Estuve siempre tan inmerso en la música que no tuve tiempo para romances de ninguna clase. La música había sido la totalidad de mi vida hasta que conocí a Juliette Gréco y ella me enseñó lo que era amar a alguien al margen de la música”, afirmó el ícono del jazz.

“Juliette fue probablemente la primera mujer a quien amé a un nivel de igualdad entre seres humanos. Era una persona ideal Teníamos que comunicarnos, sobre todo, a través de expresiones, gestos, lenguaje corporal. Conversábamos por medio de los ojos, de los dedos, no sé si me entiendes. Cuando te comunicas así, sabes que la persona no finge ni miente. Te vales de sensaciones y sentimientos. Era abril en París. Sí, y yo estaba enamorado”, confesó en el libro publicado un año antes de su muerte.

Su amigo y colega Kenny Clarke, quien se desempeñaba como baterista, le advirtió a Miles que debía quedarse en Francia, pues era allí donde lo veía feliz. “Me dijo que era un imbécil si regresaba a Estados Unidos. A mí también me dolía, porque cada noche iba a los clubes con Sartre y Juliette y nos sentábamos en las terrazas de los cafés y bebíamos vino y comíamos y hablábamos”, recuerda Davis sobre aquellas noches parisinas.

“Juliette me pidió que me quedara. El propio Sartre dijo: ‘¿Por qué no se casan Juliette y tú?’. Pero no lo hice. Me quedé una o dos semanas, me enamoré de Juliette y de París, y después me marché”, relató en su autobiografía. Una anécdota que Gréco recordó con algunos detalles más.

“Había oído hablar de personas como Sartre y Simone de Beauvoir cuando tenía 14 o 15 años, a través de mi hermana que era estudiante, pero nunca podría haber imaginado que algún día estaría cerca de ellos. Sartre le dijo a Miles: ‘¿Por qué no se casan usted y Juliette?’ Miles dijo: ‘Porque la amo demasiado para hacerla infeliz’. No se trataba de que él fuera infiel o se comportara como un Don Juan; era simplemente una cuestión de color. Si me hubiera llevado de regreso a Estados Unidos con él, me habrían insultado”. 

La heroína como refugio para un corazón roto 

Miles Davis decidió regresar a Estados Unidos. Kenny Clarke lo acompañó al aeropuerto en un día en que abundaron las caras tristes, sobre todo, la del mismo Miles. Sentía una pena tan profunda que no fue capaz de hablar con nadie en el trayecto de Francia a Norteamérica.

“Tan deprimido seguía cuando regresé que, antes de que me diera cuenta, tenía una adicción a la heroína de la que me costó cuatro años desengancharme, y por primera vez me encontré sin control, cayendo más deprisa que un hijoeputa hacia la muerte”, relató Davis en sus memorias.

“Yo quería realmente a Irene y todo eso. Era una persona encantadora, una buena mujer, pero para otro. Una dama distinguida, de auténtica clase. Fui yo quien necesitó algo diferente. Fui yo, no ella, quien empezó a echarlo todo a perder. Después de conocer a Juliette me pareció entender lo que deseaba en una mujer. Si no tenía que ser Juliette, tendría que ser alguien con su misma manera de mirar la vida y su mismo estilo, tanto en la cama como fuera de ella. Juliette era independiente, pensaba por su cuenta, tenía ideas propias, y eso me gustaba”, rememoró el hombre de Kind of Blue.

Davis decidió dejar a Irene porque llegó a un punto en el que simplemente no quería estar en esa casa -y no se sentía capaz de permanecer en ella-. “Uno de los motivos fue porque me sentía tan mal que a duras penas podía enfrentarme a mi familia”, confesó en su relato más íntimo. Años después, entre 1956 y 1957, Miles volvió a encontrarse con su gran amor. Juliette, ya de mayor fama como actriz y cantante, fue a Nueva York como parte de elenco elegido para trabajar en la cinta The Sun also rises, una adaptación de la novela de Ernest Hemingway publicada en 1926. La artista se hospedó en el exclusivo hotel Waldorf-Astoria y se puso en contacto con Davis. 

“Nos habíamos escrito un par de cartas, nos habíamos enviado uno u otros mensajes a través de amigos mutuos, pero eso era todo. Yo sentía curiosidad por ver cómo me afectaría, y estoy seguro de que ella sentía lo mismo. No sabía si estaría enterada de la forma en que me había hundido en la mierda y me interesaba averiguar si las noticias de mis problemas con la heroína habían llegado hasta Europa”, recordó el trompetista sobre sus sensaciones de aquel entonces. 

Juliette le dijo a Miles que la visitara, invitación que el músico aceptó, pero con un nerviosismo tal ante el reencuentro, que no se atrevió a ir solo. “Fue, creo, la primera mujer que amé de verdad y la separación casi me partió el alma y me precipitó al fondo de un pozo y me hundió en la heroína. Sabía que deseaba verla, tenía que verla, todo en mí lo exigía, pero por si acaso, llevé un amigo conmigo, el batería Art Taylor. Pensaba que de ese modo podría manejar mejor la situación”. 

El desprecio como escudo 

Los músicos llegaron al hotel en un automóvil deportivo. Según detalló en su libro, la entrada de dos “negros” en un vehículo lujoso en un exclusivo hotel, molestó a más de un blanco, lo que confirmaron con extrañas miradas que percibieron mientras preguntaban por la actriz francesa en el mostrador del Waldorf.

“'¿Juliette qué?' La expresión del hijoeputa daba a entender que aquello no era real, que aquel negrito debía de estar loco. Repetí el nombre y dije que llamara a la habitación. Así lo hizo y mientras marcaba el número fijaba en mí su mirada de ‘no puedo creerlo’. Cuando Juliette le dijo que subiéramos, pensé que el hijoeputa iba a morir ante mis ojos”, detalló Davis en su libro.

Juliette Gréco, ya una renombrada actriz, saltó a los brazos de Miles nada más verlo, y lo besó. Inmediatamente el músico presentó a su amigo y vio cómo la sonrisa de la joven comenzaba a desaparecer. Gréco quería verlo solo a él.

“Ella estaba aún más bella de como la recordaba. Mi corazón latía aceleradamente y procuraba tener mis emociones bajo control, por lo que reaccioné ante Juliette mostrándome frío. Adopté mi papel de proxeneta negro. Principalmente porque estaba asustado, y también porque la actitud de proxeneta se me había pegado mientras fui un drogadicto”, narró directamente el referente jazz.

“Juliette, dame algo de dinero ¡necesito dinero ahora mismo”, gritó Davis. Ella fue en busca de su bolso, sacó unos billetes y se los dio. “Su cara mostraba una expresión de completo asombro, como si no creyera lo que estaba ocurriendo. Cogí el dinero y di unas vueltas alrededor, mirándola fríamente. En mi fuero interno ansiaba abrazarla y hacerle el amor, pero sentía miedo de las consecuencias que aquello tendría en mí, miedo de no ser capaz de dominar mis emociones”, añadió Davis.

Tras quince minutos, el músico dijo que tenía “algo que hacer” y que debía irse. Ella le preguntó si la visitaría nuevamente y si querría ir con ella a España para el rodaje de la película. "Le respondí que lo pensaría y la llamaría más adelante. Dudo que nadie la hubiese tratado anteriormente de aquel modo; tantos hombres la admiraban y deseaban que probablemente habría conseguido siempre lo que quiso. Cuando me dirigía a la puerta, me preguntó ‘¿Miles, realmente volverás?’, a lo que contesté 'Vamos, cállate, zorra. ¡He dicho que te llamaré más adelante!”.

Arrepentido, Miles Davis tomó el teléfono más tarde y pidió hablar con Juliette. Le dijo que no podría ir a España, pero que le gustaría verla si regresaba a Francia algún día. “Estaba tan perpleja que no supo qué hacer, pero accedió a que nos viéramos en un futuro próximo, cuando yo fuese a Francia. Me dio su dirección y número de teléfono, colgó y así quedó la cosa”.

Juliette, en tanto, recordó aquella reunión un tanto diferente.

“Años más tarde, en el Waldorf de Nueva York, donde tenía una suite muy bonita, invité a Miles a cenar. El rostro del maitre del hotel cuando entró era indescriptible. Después de dos horas, nos tiraron la comida más o menos a la cara. La comida fue larga y dolorosa, y luego se fue”, relató la actriz enfatizando las miradas discriminatorias, más que la actitud de su visita.

“A las cuatro de la mañana recibí una llamada de Miles, que estaba llorando. ‘No podía venir solo’, dijo. ‘No quiero volver a verte aquí, en un país donde este tipo de relación es imposible’. De repente comprendí que había cometido un terrible error, del que surgió un extraño sentimiento de humillación que nunca olvidaré. En Estados Unidos, su color se me hizo descaradamente obvio, mientras que en París ni siquiera me di cuenta de que él era negro”, confesó quien fue conocida como “La musa de los existencialistas”. 

“Sabría que eres tú” 

“A la larga volvimos a reunirnos y fuimos amantes muchos años. Le conté cuál era mi problema cuando la visité en el Waldorf, y lo comprendió y me perdonó, aunque reconocía que se había sentido extremadamente confusa y frustrada por la forma en que la traté”, dijo el trompetista sobre su comportamiento frío y despreciable.

“Ese fue, pues, uno de los aspectos en que cambié desde mi drogadicción: me había encerrado en mí mismo para protegerme de lo que consideraba un mundo hostil. Y a veces, como en el caso de Juliette Gréco, no sabía quién era mi amigo, y quién mi enemigo, y en muchas ocasiones no me paraba a averiguarlo. A fin de protegerme no permitía a casi nadie que penetrase en mis sentimientos y emociones. Durante mucho tiempo me dio resultado”, finalizó Miles Davis, a modo de mea culpa, sobre su historia de amor con Juliette.

“Entre Miles y yo hubo una gran historia de amor, del tipo que te gustaría que todos experimentaran. A lo largo de nuestras vidas, nunca nos perdimos el uno al otro. Siempre que podía, me dejaba mensajes en los lugares por los que viajaba en Europa: ‘Yo estuve aquí, tú no’”, desclasificó la actriz sobre una extensa y tortuosa relación.

“Vino a verme a mi casa unos meses antes de morir. Estaba sentado en el salón y en un momento fui a la terraza para mirar el jardín. Escuché su risa diabólica. Le pregunté por qué reía. ‘No importa dónde esté’, dijo, ‘en cualquier rincón del mundo, mirando hacia atrás, sabría que eres tú’”, concluyó el recuerdo de Juliette Gréco, actriz y cantante fallecida el 23 de septiembre de 2020 a los 93 años.


(LA TERCERA / 24-9-2020)

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