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CON ALEJANDRO DÍAZ, DIRECTOR DEL MUSEO TORRES GARCÍA


“TODO LO DE TORRES VENDE”

por Mag. Gabriela Cabrera Castromán


Tres cuerdas para hilar

La colección del Museo Torres García (MTG, fundado en 1953) se nutre de un gran componente: la donación inicial de Manolita Piña, la viuda del pintor. El MTG cuenta con un significativo conjunto de cuadros y, en especial, libros, manuscritos, documentos, cartas. Están prácticamente todos catalogados y algunos en exhibición. «Es un acervo muy importante, el Museo tiene un enorme porcentaje de la producción de Torres», explica Alejandro Díaz, el director. «Es un material muy rico, lindo visualmente, muy mágico, porque Torres diseñaba, dibujaba y encuadernaba sus propios manuscritos».

En pinturas, en el MTG hay préstamos y comodatos de familiares, y cuando se realizan exposiciones puntuales, se solicitan obras a organizaciones o coleccionistas. «Adquirir es casi imposible. Me gustaría realizar cambios o ventas de obras que no son fundamentales para esta colección, pero no son operaciones fáciles de hacer porque pueden malinterpretarse. Todo lo de Torres vende», expresa Díaz.

El director explica que desde el Museo se trabaja con el objetivo de «facilitar un acercamiento a Joaquín Torres García, un artista que es un universo». «Obra, vida y pensamiento de Torres García son tres cuerdas que hay que hilar. Las tejemos todo el tiempo porque se tejen en la vida del maestro. Mi función, como director, es ser un facilitador. No pretendo explicar a Torres, sino dar elementos para que cada uno se pueda hacer una idea. Para eso he leído todo lo que he podido de Torres y sé mucho de su vida».

El MTG desarrolla líneas propias de investigación y realiza exposiciones a partir de esas rutas. Es habitual que las investigaciones se muestren primero en el exterior. «Es cuestión de escala», explica Díaz y aporta un ejemplo: «Ahora estamos en un proyecto con los juguetes, juegos y didáctica, sobre una exposición que hicimos en Brasil en 2015, en la Fundación Mario Da Andrade».

Dice Díaz que, como responsable del Museo, le «interesa trabajar pocas cosas, pero a fondo» y por ello el Departamento de Educación del MTG tiene un rol fundamental. «Hay un público muy importante para nosotros que son los niños, fueron importantes para Torres y son importantes para un museo» —expresa el director con buscado énfasis―. «La idea es que las personas vivan la experiencia de ver un cuadro, no desde el punto de vista intelectual. No te lo voy a explicar, quiero ayudarte a que lo veas y eso se puede lograr mucho mejor con los niños en una actividad de una hora, por ejemplo. En parte porque tienen menos prejuicios y porque tenés al público un buen rato para vivir un proceso. Todo eso se planifica para niños y niñas desde preescolares a liceales. Ahí siento que nos acercamos a lo que queremos comunicar: abrir a la experiencia de sensibilizarse ante obras de arte». En ese marco, desde el MTG proponen visitas dinamizadas para que los escolares «aprendan haciendo» a partir de las líneas artísticas del pintor.

El universo Torres

En el MTG hay tres colecciones, cada una con su lógica: Arte MediterráneoPintura y Hombres Célebres. La primera exhibe bocetos y estudios para pinturas murales. Pintura, según la web del Museo, dirige «la mirada a lo puramente pictórico en la obra de Torres García y [atiende] la producción del artista que, cada tanto se liberaba de la necesidad de ofrecer una visión trascendente del mundo, para simplemente pintar». En el último piso está Hombres Célebres, una exposición temática de retratos, la única serie de cuadros realizados por Torres García.

Además, hay exposiciones itinerantes del pintor y de otros artistas, con variadas curadurías. Entre tantas muestras, Díaz menciona las realizadas con obras de Pablo Picasso (2003), de Joan Miró (2000) y de Eduardo Díaz Yepes (2012); también de otros «artistas actuales, no tan conocidos. Vamos por un perfil de arte visual. El objetivo es abrir la casa, abrir la cancha».

A pesar de todo ello, Díaz confiesa: «Siento que no mostramos a Torres tal como deberíamos. Torres es un universo. Es un universo de vida, de obra y de pensamiento, y no creo que hoy en el Museo podamos mostrar todo eso. Desde hace un tiempo procuro no hacer cosas descolocadas, sino que formen parte de un camino y es un camino largo que incluye una línea editorial. Son varias puntas y tengo una idea macro de cómo mostrar ese universo y me desvela concretarlo».

Plasmar esos «desvelos» tiene dos aristas, uno presupuestal y otro artístico, según Díaz. La reconstrucción de los murales del Hospital Saint Bois ―perdidos en el incendio del Museo de Arte Moderno de Río de Janeiro (Brasil) en 1978― es un ejemplo. «Era un arte impersonal y colectivo, y porque están hechos dentro de esa teoría e idea podemos pensar en reconstruirlos. Se quemaron, además, setenta cuadros y no se me ocurre repintarlos porque son la huella digital del artista. Es imposible hacerlos de vuelta, es como cantar como Caruso. Pero los murales eran obras constructivas hechas dentro de esa concepción del arte, un arte anónimo en el que importan la concepción y la estructura. Fueron pintados de una forma simple, en un código plástico que podemos reconstruir y aportar valor para dimensionar cómo eran esos murales».

El de los murales es un proyecto que responde a «una búsqueda artística y por eso decidimos que cuando estemos seguro de que vamos a llegar a un resultado, ahí saldremos a buscar espónsores», agrega Díaz.

El regreso a Nueva York

En 2015, el Museo de Arte Moderno de Nueva York (MoMA) presentó la primera muestra retrospectiva de Torres García con dibujos, pinturas, esculturas, publicaciones, cuadernos y otros objetos personales. Para esa muestra, el MTG fue la institución que aportó más piezas y fue un orgullo que el maestro estuviera presente en el Museo, puesto que «en el MoMA es muy difícil que cuaje una exposición. Hay un equipo curatorial de cien personas y Luís Pérez-Oramas, el curador, trabajó diez años para lograrlo», explica Díaz.


Torres García en el MoMA fue un hecho elocuente. «El momento que realmente me emocionó fue cuando vi un cuadro de Torres que yo conocía por fotos. Es una imagen de Nueva York que tiene pegada la hoja membretada de una empresa a la que se había presentado para ofrecer el diseño de sus juguetes. Esa hoja es una carta de rechazo. Ver cómo él utilizó la carta en un cuadro y ver el cuadro colgado en el MoMA me emocionó muchísimo ―dice Díaz―. Me emocioné de verdad. Y te lo cuento y me vuelvo a emocionar. Conozco mucho la historia, hicimos un libro, un catálogo y conozco todo lo que él sufrió y disfrutó durante esos dos años de vida en Nueva York. Torres no encajaba y padeció la ciudad».

El artista había viajado de Barcelona a Nueva York en 1920 y pronto, en 1922, regresó a Europa (Italia, Fiésole). Con la exposición del MoMA, «el maestro regresó» a los Estados Unidos, muchos años después.

Accesibilidad y estrategias simbólicas

El MTG cuenta con rampa y ascensor. No hay audioguías, pero sí hay un cuidado programa de visitas que deben coordinarse con antelación. En ciertas exposiciones, como las de juguetes que incluyen réplicas, se puede interactuar con las obras.

Para mostrar la extensa colección de manuscritos —«que parecen salidos de una escuela de magia»―, desde el Museo se planifica exhibirlos a través de herramientas tecnológicas de visualización. El proceso ya está en marcha y «con un poco de presupuesto lo sacaríamos adelante, pues el trabajo de base está pronto», explica Díaz.

Todas las exposiciones del MTG se acompañan de documentación que se encuentra disponible en su web, son textos en pdf y también hay videos publicados en el canal de YouTube del Museo.

El Museo Torres García tiene sala de teatro, además. La cartelera «apunta a espectáculos con cierto riesgo artístico». Y, al igual que las invitaciones a otros artistas visuales, el «objetivo es abrir la casa, abrir la cancha».

Alejandro Díaz: “Torres es Torres y conviene tenerlo claro”

La oficina del director del Museo Torres García (MTG), Alejandro Díaz, está en el último piso del edificio. Da a la peatonal Sarandí y en días hábiles el movimiento de trabajadores y turistas se escucha muy cercano. También se oye tango, rock o lo que elija el músico de turno de la calle Sarandí. Es una oficina grande y luminosa con versiones de muebles diseñados por Torres García; tiene una enorme mesa oscura con sillas muy cómodas y hay numerosos libros (de pintura, del y sobre el «maestro»). Además, está «Yepes, no sé si lo conocés», dice Díaz refiriéndose a una estatuilla de mediana estatura e importante valor cultural. Y aprovecha la ocasión para explicar quién fue Eduardo Díaz Yepes y los vínculos con la familia Torres-Piña. «¿Te transformaste en un experto en Torres García?» le pregunto. Responde que sí. Lo dice con convicción, pero sin grandilocuencia.

Alejandro Díaz maneja la ironía y el humor; también el tono, las pausas y el cambio de ritmo. Son recursos que le sirven para que el interlocutor se introduzca en el «universo Torres, que es complejo» porque el «maestro» está siempre presente en la charla, también cuando Díaz habla de sí mismo.

El director del MTG es ingeniero mecánico y tiene tres hijos a los que les gusta ir al Museo, en especial cuando van de visita con la escuela. Qué hace un ingeniero mecánico dirigiendo un museo es la pregunta ineludible. Y, con su respuesta, Díaz invita a la conversación a otro maestro del arte. «Leonardo Da Vinci ―explica con parsimonia― está parado afuera de la Facultad de Ingeniería y yo, equivocadamente, pensé: “a mí me gusta inventar cosas, soy una persona creativa, así que la Ingeniería me va a dar herramientas para crear lo que quiera”. Antes de la mitad de la carrera me di cuenta de que no era tan así. Aunque también hay ingenieros muy creativos, el grueso del trabajo no me resultó atractivo».

A Díaz le gustan el dibujo y en especial la música, y también hizo teatro. Se acercó al MTG en 2002 «para dar una mano», porque hizo un posgrado en dirección de organizaciones —fue director del Correo Uruguayo—. En un principio trabajó gratis y durante un año y medio se dedicó a cuestiones organizativas y de márketing. «Hice un curso de diseño de objetos porque veía mucho potencial en la tienda. Y una de las primeras cosas que me encargué fue de una reforma en la planta baja para dar valor a la tienda. También el mobiliario que tiene ahora. Me fui interiorizando en otras áreas. La primera vez que tuve que escribir un texto sobre Torres me puse a leer y me di cuenta de todo lo que no sabía».

Después fue asesor, director ejecutivo en un período en el que había dos directores y ahora es el responsable del MTG. Estar al frente de un Museo implica recibir a los medios, planificar instancias educativas, «ver por qué no hay agua, cambiar la empresa de seguridad, lidiar con cuestiones organizativas, con las que Torres no se llevaba bien, aunque sí resolvía las cuestiones prácticas materiales. Para las otras, Manolita era fundamental», aporta Díaz en un constante ejercicio de acercar al «maestro».

El director del MTG dice que no vive con Torres García y que trata de «mandarlo para su casa. Torres es Torres y hay que tener cuidado con eso. Hay que discriminar y ser sano». El pintor está presente en todo momento, por su imponente presencia y porque fue un artista total.

Como responsable del museo, su vínculo con Torres García debe «tener un equilibrio, conozco directores que se involucran demasiado. Eso puede llevarte a una mentira, no se trata de hacerle decir a Torres lo que yo quiero que diga. No hay que perder la distancia necesaria. Parte de mi función es escuchar a Torres. Muchas veces me pasa que no lo termino de entender. Para estar a tono con esto tengo que aprender, crecer, mejorar. A veces no llego y me pregunto por qué. ¿Él no lo dijo bien o no me llega en ese momento? Me tomo tiempo, hablo con otros, lo dejo descansar, madurar. Tampoco tengo empacho y no es irreverencia decir cuando no entiendo nada. ¿El problema está en mí o en él? Y resulta que llega un día en el que se juntan muchas de las piezas del puzzle y se van cerrando las ideas. También se abren nuevas… es que él estuvo toda su vida creando».

Qué ver en el Museo Torres García

Las obras de Torres García son el alma y la razón de ser del Museo, aunque el edificio —que alberga el MTG desde 1991— también concita interés, pues fue el famoso bazar Broqua y Sholberg, una muestra de Art Nouveau montevideano.

En tres plantas con ascensor, en el MTG se despliegan diferentes muestras (permanentes e itinerantes) y en el último piso se destaca la serie Hombres Célebres u Hombres, Héroes y Monstruos. Se trata de la única serie temática de óleos que Torres García realizó entre 1939 y 1946 en respuesta a un período histórico tan significativo. Son hombres universales, las versiones «torresgarcianas» de Cristo, José Pedro Varela, Rabelais, Rafael, entre otros. «La serie fue hecha en la Segunda Guerra Mundial y es uno de los pocos momentos en los que Torres reacciona, como artista, a un hecho del presente. Están todos los cuadros, salvo tres. Faltan los monstruos: Hitler, Stalin y Chamberlain. Quienes conservaron la colección se jugaron por los buenos. Tengo idea de dónde están y tengo interés. Pero de lograrlo, hay que hacer algo informativo muy fuerte y explicar su presencia. Lo tengo en el tintero», explica el director.

El MTG brinda dos tipos de visitas: las comentadas y las dinamizadas; ambas deben coordinarse con antelación. Las primeras, dirigidas a los adultos, proponen un recorrido por el Museo a cargo de un guía o educador quien explica las etapas de la carrera artística de Joaquín Torres García. Las visitas dinamizadas también ofrecen un itinerario que invita a «aprender haciendo» con instancias participativas y lúdicas en las que los asistentes pueden crear, probar, preguntar.

Dónde está el Museo


Web y redes

La web se actualiza permanentemente y «tiene un diseño muy torresgarciano», según describe el director. Y agrega: «Nos preocupamos de que visualmente sea atractiva y amigable. También en las redes sociales cuidamos las fotos y los contenidos». El MTG tiene cuenta en Facebook y en Instagram(@museotorresgarciaoficial) y canal de YouTube.

Público / Privado / Costo

El MTG es una fundación sin fines de lucro, de gestión autónoma con un convenio con el Ministerio de Educación y Cultura. «Se navega con zozobra. No hay un presupuesto para planificar ampliamente, el flujo de caja es estrecho y los esponsoreos aparecen en proyectos puntuales, pero es un sistema que funciona».


La tienda y la cafetería del Torres García

La tienda del Torres García tiene láminas, juguetes, tazas, vasos, libretitas, imanes de cerámica, entre otros. Es muy completa, una de las más atractivas en el rubro. «Funciona muy bien, con una encargada de tienda y diseñadores asociados —expresa Díaz—. Aunque es todo un tema porque a veces tenés ideas fantásticas, pero los proveedores, los costos y la economía de escala te matan».

El MTG no tiene café, la idea ha sido manejada sin poder instrumentarse. Por otra parte, en la zona hay numerosas cafeterías para visitar.

Estacionamiento para bicicletas

El MTG no cuenta con estacionamiento para bicicletas, pero sí con buena voluntad si se llega individualmente. Si la visita es grupal, conviene buscar un resguardo alternativo (hay estacionamientos privados en la zona).

(GRANIZO / 6-9-2018)

PACO IBÁÑEZ “SIGO CON LA SENSACIÓN DE QUE NO HEMOS SALIDO DEL FRANQUISMO”


por Alicia Avilés del Pozo

El hombre de todas partes y de todo el pueblo. El hombre que hizo que casi todo un país amara la poesía. El hombre fundido con su guitarra. Rodilla en alto, voz áspera, versos hechos música, primero desde el exilio, luego de nuevo en España. Desde Valencia, desde un caserío de Guipúzcoa, hasta Barcelona y luego Francia. Paco Ibáñez, con 82 años, es el héroe ya de varias generaciones que han confluido en el Teatro de Rojas de Toledo, donde dos horas de directo volvieron a demostrar la supervivencia de la palabra por encima de todo. Y con ello, el poeta y cantautor se ha quitado una espina: poder actuar en la ciudad de las tres culturas, donde nunca había sido invitado. Lo ha hecho posible el Festival Internacional de Poesía Voix Vives, que lo ha nombrado príncipe y bandera de la libertad poética.
Rodeado de admiradores de todas las edades, Paco Ibáñez ha participado también en un encuentro en directo con eldiario.es de Castilla-La Mancha (eldiarioclm.es), medio colaborador del certamen. Ha querido recordar muy especialmente su infancia en el País Vasco, momento en el que se forjó su personalidad, una “intuición” que le ha acompañado hasta ahora. Ese mecanismo que, ya en el exilio, le hizo acercarse a las canciones de Georges Brassens. De ahí a Góngora o a García Lorca hubo solo un paso más. “Todo sucedió por contagio”, nos explica, por un libro de fotografías y un verso. Ahí comenzó a poner música a la poesía, desde Quevedo hasta Celaya, desde León Felipe hasta Blas de Otero.
Esa fue su lucha particular por la libertad y le costó volver a abandonar España cuando la dictadura de Franco comenzaba a agonizar. Regresó cuando el dictador murió y se tomó la revancha, aunque siga entristecido por los pasos dados hacia atrás.
“Para mí sigue todo presente, la dictadura, la represión, el exilio y la sensación de que no hemos salido del franquismo. La ordinariez no ha salido de este país todavía. Seguimos sufriendo esa falta de curiosidad, ese conformarse con partidos de fútbol”, lamenta. De hecho, cuenta que era muy aficionado a los deportes hasta que en 1995 coincidió el genocidio de Srebrenica -durante la Guerra de Bosnia- con una de las carreras de Miguel Indurain en el Tour de Francia. “Todo el mundo estaba pendiente de las cachas de Indurain mientras había sucedido lo otro. Me pareció una obscenidad no tener conciencia de que lo que le pasaba a los demás. Y sigue pasando con los que están intentando salvar su vida huyendo de la guerra: el fútbol es ahora el bálsamo de la gente como sucedía con Franco”, remarca.
El cantautor lo repite en varias ocasiones. “La censura más grande que han conseguido todos los fascistas es la indiferencia de la gente. Salvo algunas excepciones, no hay un afán de lucha, de conciencia. Vivimos con el ‘no pasa nada, no pasa nada’, contribuyendo a una sociedad amorfa, invertebrada”. “Nos llueve la indiferencia”, agrega después.
La recordamos a Góngora. Sus versos ‘todo el mundo le es mordaza, aunque él por señas se queje’ y dice que romper ese silencio, despertar de la indiferencia, solo puede producirse “abriendo los ojos y manteniéndolos abiertos sin miedo”. Es un mensaje que también le gusta transmitir a los más jóvenes. “Si no, no te enteras, te pasarás la vida comiendo, bebiendo y viendo fútbol, y pasarás por ella sin haber hecho nada”. Eso es lo contrario del ‘A galopar’ de Rafael Alberti, que quiere que siga sirviendo para los más jóvenes. Menciona a Podemos como una esperanza para estas generaciones, “aunque cojean por el lado leninista, si les quitas eso, ellos tienen realmente la conciencia de que esto no se puede aguantar más y quieren cambiar las cosas”.
También dedica palabras de elogio al Festival Voix Vives. Considera que sacar la poesía a las calles es “un ejemplo de todo lo que le están robando a la gente”. El verso libre contra “las capas de televisión y publicidad, que todo lo tapan” y que provocan que “casi sin darnos cuenta, nos alejemos de la poesía, que es lo mismo que alejarnos de nosotros mismos”.
¿Y si solo nos queda la palabra?
Aquí traemos a colación otros versos, los de Blas de Otero: “Si he perdido la vida, el tiempo, todo / lo que tiré, como un anillo, al agua / si he perdido la voz en la maleta / me queda la palabra”. ¿Nos queda solo la palabra? Le preguntamos y responde: “Ese 'solo' es todo, todo lo que somos, toda la esencia de nuestra vida. Si nos quitan eso, desaparecemos del mapa. Te conviertes en un consumidor que va a la tienda, que paga, que come, que bebe, y así todo lo mismo repitiéndose. Por eso lo más importante es que las canciones te digan algo, que provoquen algo y no que pasen por encima de nosotros”.
Desde el público asistente al encuentro, Paco Ibáñez recibe las palabras emocionadas tanto de una joven estudiante como de una mujer que añora a los amigos con los que cantaba sus canciones durante el instituto. También la poeta Fanny Rubio, participante como él en Voix Vives, pide un reconocimiento a la figura del cantautor y resalta su impronta sobre la libertad creativa y social de toda la sociedad española.
En eso coinciden tanto Alicia Es. Martínez, directora de la edición toledana de este certamen, como Maïthé Vallés, su homóloga en el festival Voix Vives de Sète (Francia). Y añaden que precisamente este evento socio-cultural contribuye a ese despertar de la conciencia, llenando las calles y las plazas de poesía. “Lo importante es que no nos callemos, que tomemos toda la ciudad, que vayamos más allá de los contenidos impuestos desde la televisión y la publicidad”, resalta Martínez. Y subraya Vallés que son los poetas y artistas los que deben “liberar la palabra”, una poesía “llena de paz y abierta a los sentidos y a la conciencia”.
Paco asiente y concluye: “Nacemos con dos piernas para andar, pero también con la inteligencia, con la razón, con el conocimiento, y también con la capacidad de sentir. Si solo utilizas la razón, si no sientes, si no te emocionas, pasarás la vida cojeando. Pero si va todo junto, vivirás abierto al mundo”.

(el diario.es / Castilla-La Mancha / 2-9-2017)

LOS ÚLTIMOS DÍAS DE THOMAS MANN



por Rafael Narbona


Catorce meses antes de que Thomas Mann comenzara a sentir molestias en una pierna mientras atravesaba las dunas de la playa holandesa de Noordwijk, su hija Erika se despertó en mitad de la noche en el sanatorio donde luchaba contra su insomnio crónico y una gastritis de origen nervioso. No sabía si se trataba de un sueño o una alucinación, pero había visto a su padre agonizando en la cama de un hospital, con el rostro lívido y los ojos moribundos. Los médicos que lo atendían se mostraban partidarios de amputar las dos piernas. Horrorizada, Erika suplicaba que no lo hicieran, pues su padre sufría una perforación y su muerte era inminente. No hacía falta someterlo a una cruel intervención quirúrgica. Enloquecida por su visión, Erika subía y bajaba las escaleras del sanatorio, lanzando gritos desgarradores. “Aquella alucinación fue de un horror indescriptible, de un terror denso y compacto, desconocido para la vida de la vigilia –escribiría más tarde. El que sueña, el que sufre una pesadilla, está totalmente entregado al horror que él mismo ha creado”. Paul Celan afirmó que “la muerte es un Maestro alemán”, pero quizás sería más correcto decir que la Muerte es una pasión alemana. Sus filósofos, sus músicos y sus poetas nunca se han cansado de cortejar su misteriosa penumbra, donde han atisbado simultáneamente la angustia del anonadamiento total y la ebriedad de lo eterno, el colapso del tiempo y la belleza de lo imperecedero.

Thomas Mann era un hombre cortés, reflexivo y templado. Sólo se tuteaba con dos o tres amigos, pero esa forma de actuar, que podría interpretarse como arrogancia o fatuidad, nunca desembocaba en un talante adusto, frío y desapegado. Su hijo Klaus, atormentado por una legión de demonios que acabarían arrojándole en brazos del suicidio, aseguraba en Hijo de este tiempo, unas prematuras memorias publicadas en 1932, que los conflictos con su padre sólo constituyeron un desencuentro superficial y efímero. Es cierto que pasaba mucho tiempo encerrado en su despacho y exigía silencio mientras escribía. Cuando sus hijos alborotaban cerca de su puerta, tosía de forma artificial para indicarles que se marcharan a jugar a otro sitio, pero jamás alzaba la voz ni les pegaba, algo infrecuente en una época donde el castigo físico era una medida habitual en casi todos los hogares. Thomas Mann era un cazador de almas, un pedagogo que creía en el poder edificante de la palabra, un humanista que detestaba la violencia. Paseaba con sus hijos por las afueras de Bald Tölz, educando su sensibilidad con observaciones sobre el paisaje alpino, con sus cumbres nevadas y sus laderas tapizadas de árboles. Cuando cruzaban el interminable bosque, umbrío y sonoro, les hablaba de la luz y el cielo, el sol y el agua, la piedra y el hielo. Nunca les aleccionaba. Jamás mencionaba las ideas de culpa, pecado o redención. Su aprecio por la dimensión espiritual del ser humano nunca incluyó el fanatismo religioso o político, pues sabía que el espíritu no es grandilocuente. Casi siempre se manifiesta discreta y humildemente. Puede surgir durante un paseo por un viñedo o en la cocina, mientras se baten las yemas de un huevo en un cuenco, algo que el escritor hacía con admirable destreza. Klaus describe a su padre como un hombre siempre dispuesto a perdonar y que no escatimaba la libertad a sus hijos. Su madre, Katia, antigua actriz con estudios inacabados de física y matemáticas, obraba del mismo modo. “Nos dejaban hacer de la forma más bella y más inteligente”, reconoce Klaus, consciente de que sus padres encarnan los valores de una burguesía liberal e ilustrada amenazada por la creciente marea parda.

En las playas de Noordwijk, Thomas Mann ya es un hombre de ochenta años que ha conocido la gloria y el exilio. Durante la Gran Guerra, apoyó la causa de Alemania, lo cual le costó una dolorosa ruptura con su querido hermano Heinrich. La crudeza de la contienda, con su interminable frente de trincheras y sus terribles batallas, que a veces se cobraban miles de vidas en unas pocas horas, tambaleó sus convicciones. La brutalidad de los nazis le abrió los ojos definitivamente, convirtiéndole en un ardiente defensor de la democracia y la paz entre las naciones. En Relato de mi vida, Thomas Mann aborda su evolución política con valentía y sinceridad: “Yo recorrí aquel difícil camino juntamente con mi pueblo; las etapas de mis vivencias fueron las suyas; pienso que fue mejor así”. Thomas Mann encabezará la lucha intelectual contra Hitler. Cuando el nazismo llega al poder, le despojará tanto a él como a su familia de la nacionalidad alemana, confiscando sus bienes. Exiliado en Estados Unidos, apoyó a los aliados durante la Segunda Guerra Mundial mediante conferencias y charlas radiofónicas para la BBC de Londres. “Yo no soy nacionalista –proclama en las ondas–. Hace tiempo que lo nacional se ha convertido en algo provinciano”. Thomas Mann opone la noción de cultura, mística, telúrica y beligerante, al concepto de civilización, racional, cosmopolita y conciliador. La idea de Europa debe construirse sobre el concepto de civilización, descartando la exasperación nihilista de los nacionalismos. Europa debe ser un faro de libertad, solidaridad y tolerancia. Erika y Klaus, “gemelos espirituales”, acompañan a su padre en su lucha por un mundo libre. Profundamente unidos, ambos combatirán la dictadura de Hitler desde la primera hora. No militan en ningún partido político. Simpatizan con el socialismo, pero no con la Unión Soviética. En Precisamente yo. Fragmento de una autobiografía, Erika escribe: “El único principio al que me atengo es mi obstinada fe en ciertos ideales morales básicos: verdad, honor, honradez, libertad, tolerancia”.

Con la derrota de la Alemania nazi, la familia Mann recupera su nacionalidad y puede regresar a Europa. Su satisfacción pronto se convertirá en amargura. Klaus se suicida en 1949 con barbitúricos y alcohol en Cannes. Homosexual, morfinómano y profundamente inseguro, no soportó el rechazo de sus compatriotas, que no le consideran un libertador, sino un traidor. El nazismo pervive en las ruinas de Alemania y la familia Mann, supuestamente contaminada por la sangre judía de Katia y su colaboración con el enemigo, suscita desprecio e incomodidad. Cuando los aliados permiten que el director de orquesta Wilhelm Fürtwangler, agasajado por los nazis, regrese a los escenarios alemanes, recibe una ovación descomunal que se prolonga quince minutos. En cambio, Bruno Walter, de origen judío, sólo cosecha discretos aplausos, pese a su extraordinaria calidad humana y artística. Klaus se siente vacío, desarraigado, en la Alemania de la posguerra. Luchar contra el nazismo le mantuvo vivo. Ahora tiene que enfrentarse otra vez a sus demonios. Se ha dicho que “el Mago”, apodo de Thomas Mann en su círculo familiar, desdeñó la literatura de su hijo y contempló con desagrado sus extravagancias. Sin embargo, Cambio de rumbo, que retoma el hilo autobiográfico interrumpido en Hijo de este tiempo, no refleja esas tensiones. Klaus elogia la obra de su padre como uno de los grandes hitos del espíritu humano y celebra su tolerancia y discreción: “Seguía siendo fiel a su viejo principio pedagógico de no inmiscuirse en los asuntos de sus hijos y limitarse a ejercer una influencia indirecta con el ejemplo de su propia dignidad y disciplina”. Según Hermann Kurzke, biógrafo de Thomas Mann, padre e hijo mantenían una actitud completamente distinta ante la vida, pero no había entre ellos odio ni resentimiento. Thomas Mann apreciaba por encima de todo el equilibrio, el orden, la proporción, la armonía, la prudencia, el decoro. Por el contrario, Klaus concebía la existencia como pasión, desorden, desmesura, transgresión, riesgo, provocación, locura. Por utilizar los conceptos de Nietzsche, podríamos decir que Thomas Mann era un genio apolíneo, y su hijo Klaus, un espíritu dionisíaco. Klaus se parecía mucho más a Heinrich que a su padre. Ambos habían nacido con una ambición descomunal, pero al mismo tiempo alentaban tendencias autodestructivas que afectarían negativamente al despliegue de su obra y los empujaría a un pozo de desesperación.

Thomas Mann sentía escaso aprecio por la realidad corporal y el deseo sexual. Pensaba que la trascendencia del ser humano se hallaba en el intelecto y no en la carne. Criatura divina o simple animal, el hombre ha dejado huella en la historia gracias a las creaciones del espíritu y no por las vicisitudes de su cuerpo. En José y sus hermanos, la castidad se pondera como una luminosa virtud que nos ayuda a percibir con nitidez la belleza del mundo y el misterio de la vida. No es simple renuncia, sino una forma de libertad. El ascetismo no implica cerrar los ojos, sino abrirlos con más fuerza y captar la ligereza y la gracia de la vida en sus formas más puras. En las playas de Noordwijk, Thomas Mann escribe al aire libre, sentado en una silla portátil. Ha logrado algo que parecía inconcebible años atrás, cuando sólo lograba escribir encerrado en su despacho, aislándose de cualquier ruido o distracción. Ahora los niños gritan y juegan a su alrededor, construyendo castillos de arena. Los bañistas se zambullen en las olas, desapareciendo bajo su espuma. La infinitud del mar parece una promesa de continuidad. La muerte no es extinción total, sino regreso al fondo creador del que emergen todas las cosas y tal vez el umbral de algo que no somos capaces de imaginar. La muerte es una vivencia más, un salto, una pirueta. Amarga, sin duda, pero no exenta de expectación y esperanza. En José y sus hermanos, leemos: “Morir, ciertamente, significa perder el tiempo y salirse fuera de él, pero también significa obtener a cambio eternidad y omnipresencia, es decir, obtener la vida real”. En un discurso que escribe para celebrar el sesenta aniversario de su mujer, afirma: “Todos nosotros vamos muriendo como deudores desesperados de lo infinito. […] Nosotros seguiremos juntos, cogidos de la mano, incluso en el reino de las sombras. Si se me ha de otorgar alguna posteridad a mí, a la esencia de mi ser y a mi obra, entonces ella vivirá conmigo, a mi lado”. ¿Creía Thomas Mann en Dios? Nunca se pronunció claramente en ese sentido, pero su obra está impregnada de cristianismo, esa “flor del judaísmo” que se fundió con la Antigüedad clásica para alumbrar la civilización occidental. Su ambigüedad no incurre en un fatalismo nihilista, pues cree en la perfección ascendente del cosmos. El hombre representa la culminación de un largo proceso. Su desaparición sumiría al cosmos en la oscuridad. El espíritu se apagaría y sólo quedaría la marcha ciega de la naturaleza. No descarta la existencia de Dios, pero opina que el lenguaje nunca podrá decir nada definitivo al respecto. Lo inefable se atisba en la música, pero no en la palabra, más apegada a lo terrenal. Se ha hablado de la homosexualidad reprimida de Thomas Mann como una clave de su pensamiento, pero sería más exacto hablar de una perspectiva estética que muestra preferencia por el erotismo de las formas, desdeñado lo puramente biológico. El artista es un asceta, un contemplador, no un seductor. Su misión es recrear y expandir la belleza, no enredarse en pasiones que ofuscan el entendimiento y aniquilan la voluntad.

En las playas de Noordwijk, hay mucha belleza que contemplar y recrear, pero el malestar del cuerpo ahuyenta al espíritu, como advirtió Platón. Thomas Mann cree que sufre un ataque de reuma, pero un médico observa su pierna y habla con su esposa Katia. Se trata de una trombosis. Aconseja trasladarlo a Zúrich y prohíbe tajantemente que se levante de la cama. El escritor, al que le comunican que únicamente tiene una flebitis, lamenta no poder salir de su habitación. No poder ver el mar le parece particularmente doloroso. Cuando llega al Hospital Cantonal de Zúrich, su aspecto no es malo: piel tostada por el viento y el sol, buen ánimo, clarividencia mental. Lamenta haber pasado diez días confinado en un cuarto, sin poder disfrutar del mar holandés. Aunque ha escrito que “el amor al mar no es otra cosa que amor a la muerte”, no desea morir. Katia está a su lado, acompañando a su madre. Negros presagios desfilan por sus mentes. Katia escribe: “La muerte, con la que había estado tan íntimamente ligado desde siempre y a la que tan tardíamente –en nombre del amor y de la vida– había despojado del poder que ejercía sobre sus ideas, la muerte, ahora que la oscura amiga se inclinaba sobre él, no reconocía sus rasgos. No la temía. Y si hubiera tenido conciencia de su gran proximidad, lo hubiera dicho. Al menos se lo hubiera dicho a mi madre, se habría despedido de ella, tardíamente, mientras se marchaba”. Se debilita poco a poco. Su piel palidece, le cuesta trabajo hablar, su mirada se vuelve apática, respira con dificultad. Pide su anillo, una amatista azul, pues observarla le conforta, mostrándole que la belleza perdura, aunque la vida de los hombres se extinga. El 12 de agosto fallece mientras duerme. Nadie esperaba un desenlace tan prematuro. La autopsia revela que la causa de la muerte ha sido la arteriosclerosis. La enfermedad había avanzado inadvertidamente, ocultando sus estragos hasta el final. Si el enfermo hubiera vivido unas semanas más, su agonía habría sido dolorosa e ingrata. Erika se despide de su padre con unas líneas conmovedoras: “Amado, querido Mago, la gracia te guió hasta el fin y te alejaste en silencio de esta verde tierra por cuyo destino te preocupaste con tanto amor durante tanto tiempo. Tres días estuvieron todavía allí tus restos –el cuerpo ligero con la cabeza severa, osada, cada vez más extraña– en la sala mortuoria de la clínica. Tu anillo, el hermoso anillo, estaba en tu dedo. La piedra brillaba oscuramente. Te sepultaremos con ella”.

Thomas Mann fue sepultado en el cementerio de Kilchberg. La familia quiso celebrar la ceremonia en la intimidad, pero cientos de personas acompañaron al cortejo fúnebre, incluidas autoridades públicas, rectores de universidad y figuras del mundo literario, artístico y teatral. Un párroco evangelista se encargó del responso y Richard Schweizer, amigo de la familia, leyó unas palabras: “Aunque sobre la vida de Thomas Mann hayamos escrito la palabra Fin, esto no significa que todo haya concluido. Su espíritu está presente, aquí y ahora… ¿quién de nosotros sería incapaz de sentirlo?” Thomas Mann sigue vivo, al menos para los que aman la literatura. Sus libros nos siguen proporcionando ideas, sensaciones, paradojas, interrogantes, reflejos, intuiciones. Podríamos agrupar su herencia intelectual en cuatro apartados, que se corresponden con las grandes preocupaciones del ser humano. En el plano espiritual, nos invita a conservar nuestro anhelo de perfección y trascendencia, pero sin someternos a los dictados de ningún dogma. El espíritu no necesita tutelas, sino libertad absoluta. En el plano ético, nos incita a la rebeldía, a la autonomía moral, pero sin caer bajo la dominación del instinto, que sólo busca el placer individual, nunca la excelencia. En el plano estético, nos anima a buscar la serenidad de los clásicos, pero sin descartar las innovaciones. La belleza es armonía, equilibrio, forma, proporción, pero muchas veces se manifiesta de una manera oscura y enigmática. En el plano político, nos pide que combatamos la mística de la violencia, que impulsa indistintamente al fascismo y al comunismo. Los ideales de la Ilustración han creado la Europa libre, tolerante y comprometida con los derechos del hombre. Debemos hacer todo lo posible para preservar ese modelo de sociedad, luchando contra las tendencias atávicas y regresivas. El nacionalismo y el fanatismo religioso han dividido Europa en el pasado, desatando guerras y matanzas. Europa debe ser un espacio plural y democrático, no un mosaico de tendencias centrífugas o lóbregos ensimismamientos.

En su último año de vida, Thomas Mann escribió un luminoso Ensayo sobre Schiller para conmemorar el 150 aniversario de su muerte. En ese breve texto, hallamos observaciones que podrían aplicarse cabalmente a su obra. Ambos buscaban “lo universal, total, puramente humano”. Thomas Carlyle, hostil a la democracia y amante de la sociedad feudal, reprochó a Schiller que “su corazón latía para toda la humanidad, el mundo y todas las generaciones”. En su opinión, amar a toda la humanidad era un sentimiento tan abstracto e irrealizable que sólo contribuía a la decadencia de las naciones. En cambio, Thomas Mann consideraba que esa disposición constituía una prueba de su grandeza y un signo profético, pues auguraba el único porvenir que podría librar al hombre de una tercera y definitiva guerra mundial. La obra de Schiller debía fecundar a las nuevas generaciones, fomentando la fraternidad universal: “que de su voluntad pacífica y poderosa pase algo a nosotros en esta fiesta de su entierro y resurrección: de su voluntad de belleza, verdad y bondad, de virtud, libertad interna, arte, amor, paz, de reverencia salvadora del hombre ante sí mismo”. Esas virtudes también se encuentran en la literatura de Thomas Mann y deberían representar una inspiración permanente.

El Mago agonizó con nostalgia del mar, quizás porque no hay en la tierra nada más parecido al infinito. Su obra nos hace soñar con una eternidad muy humana, donde la belleza no es algo abstracto, sino un grupo de niños corriendo y jugando por las playas de Noordwijk.


Nota bibliográfica:

Erika Mann: Precisamente yo. Traducción de Cristina García Olrich. Barcelona, Minúscula, 2002.
-El último año de mi padre. Traducción de Andrés Sánchez Pascual. Madrid, Alianza,
Klaus Mann: Hijo de este tiempo. Traducción de Carlos Fortea. Barcelona, Minúscula, 2001.
-Cambio de rumbo. Crónica de una vida. Traducción de Anton Dieterich y Genoveva Dieterich. Barcelona, Alba, 2007.
Thomas Mann: Relato de mi vida. Traducción de Andrés Sánchez Pascual. Madrid, Alianza, 1969.
-Ensayos sobre música, teatro y literatura. Traducción de Genoveva Dieterich. Barcelona, Alba, 2002.
Hermann Kurzke: Thomas Mann. La vida como obra de arte. Una biografía. Traducción Rosa Sala. Barcelona, Galaxia Gutenberg, 2003.
Roman Karst: Thomas Mann. Ensayo de una disonancia. Traducción de Juan José del Solar. Barcelona, Barral Editores, 1974.

(EL CULTURAL / 28-8-2108)

LA SEÑORA WOOLF LO HACE DE NUEVO


por Nora Avaro
Adaptada al cine como Las horas -primer título de la novela-, en Mrs. Dalloway volvió a redibujar magistralmente su larga obsesión con el tiempo. Nueva traducción. 
En octubre de 1922 Virginia Woolf empieza su cuarta novela. Hasta mayo de 1924 la titula Las horas, con el propósito evidente de narrar una jornada completa del verano de 1923, en Londres, y ritmarla con el “irrevocable” e institucional Big Ben en secuencias de unos prolijos quince minutos. El reloj suena, la primera vez, en la mañana, a las cincuenta líneas (“¡Ahora! El reloj tronó”), y la última, en la noche, a las doscientas páginas (“El reloj empezó a sonar”). Las dos veces quien lo escucha es Clarissa Daloway, en el barrio de Westminster. En Victoria Street cuando va a comprar flores para su fiesta; y luego en plena fiesta, desde la ventana de su casa mientras observa a su vieja vecina. Entre una y otra vez suceden las novelas de varios personajes, de sus trayectos urbanos, estadías, visitas, raccontos, y de sus vínculos que, genuinos o afectados (y Woolf hace un tema de esa diferencia), extienden hilos y tensan sus nudos.
En 1925 Hogarth Press, la editorial que el matrimonio Woolf gestionaba desde 1917 en su propia casa, publica la novela bajo el título Mrs. Dalloway, la opción que guió a Virginia durante los últimos meses de escritura. ¿A qué se debió y qué hubo en ese cambio?
Por empezar, y casi seguro: Woolf supo, promediando el “proceso de ajuste” estructural de su relato (“my tuning process”), que las horas sonantes de la novela iban tejiendo una red diegética y reflexiva creciente, cada vez más fluida pero, a su vez, más intrincada, y que, en consecuencia, había que encausar su dispersión y sujetarla, desde la tapa, con el nombre de un único personaje femenino; un sujeto etimológico que coincidiera, anecdótica y estructuralmente, con la figura de una “anfitriona”. “Un centro, un diamante”, escribe Woolf, “una mujer que se sentaba en la sala y era un punto de encuentro”. Entre las funciones de Mrs. Dalloway, además de recibir en su casa por la noche y preparase desde la mañana para hacerlo, también está la de reunir a los personajes en cercanías de primer grado (Peter Walsh, Mr. Dalloway) o de segundo grado (Septimus intermediado por el “oscuramente maligno” doctor Bradshaw).
Las horas y los minutos, lineales y periódicos en el sonido del reloj, unos tras otras empezaron a resultar del todo insuficientes (“las esferas de plomo se disolvían en el aire”), y aún engañosos, para indicar, desde el vamos, el volumétrico, bifurcado, simultáneo y alternativo Tiempo de una novela que venía a agudizar el género hasta caducarlo. Es decir: a volver superflua la gran mayoría de las novelas futuras, e ineludibles solo pocas de las anteriores (incluida, como es de rigor anotar, la inmediata Ulises de James Joyce, publicada en 1922, en París, después de que el matrimonio Woolf la rechazara para Hogarth Press). Tiempo, con la mayúscula de Septimus Warren Smith, el veterano de la Gran Guerra, el suicidado de y por la época, el aguafiestas de cualquier fiesta y, sobre todo, de la que importa, la de Clarissa Dalloway. “‘La palabra ‘tiempo’ rompió su cáscara; derramó sus riquezas sobre Septimus; y de sus labios cayeron como astillas, como virutas del cepillo de un carpintero, sin que él las pronunciara, palabras duras, blancas, imperecederas, que volaron a ocupar sus lugares en una oda al Tiempo; una oda inmortal al Tiempo”.
Por seguir y tal vez: a diferencia de Las horas, el nuevo título le permitía a Woolf conectarse al ramal femenino de Madame Bovary (Clarissa también recibía a Emma) y, por su intermedio, a Flaubert, campeón jurídico del indirecto libre, una de las tecnologías que, como se ve en la cita anterior, la escritora buscaba rebasar interfiriendo las ciencias positivas del narrador realista desde adentro, en una tercera persona “anfitriona” pero absolutamente captada por las primeras de los personajes. Así: una encrucijada en continuo de horas y voces, que la novelista intentaba domeñar, se expandía a la velocidad del universo y tomaba su tamaño. Diario, 19 de junio de 1923: “Diré que va a ser una lucha endiablada. Su estructura es extraña y dominante. Siempre tengo que retorcer mi sustancia para que se adecúe a la estructura”.
Mrs. Dalloway dará una fiesta y ella misma sale a comprar las flores; regresa a su casa, cose su vestido de noche y recibe a sus invitados. Camina calles y parques del centro de Londres, plenas de gente y, al ritmo de su paso, de sus recuerdos y balances va destacando a los personajes, los tocados por la ficción novelesca: Hugh Whitbread y su esposa, Sally Setton, Mr. Dalloway, Miss Kilman, su hija Elizabeth… Peter Walsh, su desentonado amor juvenil. Algunos están invitados a la fiesta y allí reaparecerán en las páginas finales, otros, desconocidos y ausentes, ingresan por un sistema controlado de mediaciones, del que Mrs. Dalloway es soporte.
El ejemplo de Septimus vale en su magnitud. Se cuela en una explosión callejera que los sorprende a Clarissa, a él y a todos los transeúntes, pero solo la historia de Septimus gana distinción y relieve, con sus alucinaciones pos bélicas, los tratamientos de William Bradshaw y su desenlace: “¡Oh! pensó Clarissa, la muerte hace su aparición en plena fiesta.” Y más adelante: “El esplendor de la fiesta se desmoronó, tan extraño era estar sola con todo su lujo. ¿Por qué se le había ocurrido a los Bradshaw hablar de la muerte en su fiesta?”.
Fue Virginia Woolf quien pensó, como nadie antes, el entorno concreto de las tareas de escritura. Una distribución económica y habitacional determina y hasta supedita fuertemente la elección de un género, la estructura general del relato o del poema, la sintaxis de la frase, o el corte de verso. No es lo mismo una novela escrita a expensas de rentas, unas exactas 500 libras anuales, y en soledad, que otra escrita en la sala de estar a la intemperie de familiares y al albur financiero.
Esta es la realidad concluyente de las escritoras, e importa más que sus propósitos miméticos, porque allí, en el avance de la atención, el tiempo y el trabajo, se juega la arquitectura artística de una obra literaria; sus “arcadas y cúpulas”, escribe Woolf, que construyó las suyas en un cuarto propio y sin interrupciones. Es algo muy registrado en sus ensayos y escritos íntimos, pero palmario en la incandescente continuidad somática de Mrs. Dalloway, que parece escrita por una diosa colosal de la sincronía, en una sentada de tres años, sin descanso ni fatigas.
Las traductoras argentinas, Teresa Arijón y Bárbara Belloc, poetas ambas, buenas escuchas de la sinfonía coral de esta novela, respetan cortésmente al lector y confían en él. No lo llaman a cada frase entorpeciéndolo con datos que, si fuera imperioso, pueden encontrarse a un clic enciclopédico, ni desambiguando términos o expresiones que el traductor mismo debería resolver antes que comentar a pie de página. Breves notas al final del libro dan información sin robarle protagonismo ni a los personajes, ni a la autora, ni al lector, y, desiderátum woolfiano: sin interrumpirlos.
¿Necesitan presentación Mrs. Dalloway y Mrs. Woolf? Quizá hoy, a sus casi cien años, la respuesta sea: desde luego que no. Pero el lector en la mesa de novedades habría agradecido que, al dar vuelta el libro, en la contratapa, además de una cita entrecortada, y una frase más bien lavada de Borges que no las quiso tanto como merecían, los editores hubieran redactado, sino elogios –tan meritorios en este caso como en ningún otro–, al menos algún dato, de la infinidad que circulan desde la primera edición de la novela, y cuando es bien sabido que ambas, como los clásicos y como el universo, hasta el fin de los tiempos estarán en expansión.
Mrs. Dalloway, Virginia Woolf. Trad. Teresa Arijón y Bárbara Belloc. Cuenco de Plata, 224 págs.

(Clarín / 5-9-2018)

VEN LA LUZ LOS MANUSCRITOS POÉTICOS DE VALLEJO


por Inés Martín Rodrigo

Hace cuarenta años, su viuda entregó este tesoro literario al profesor Enrique Ballón Aguirre, quien los ha custodiado hasta ahora

Según decían quienes le conocieron, César Vallejo (1892-1938) corregía sus textos de forma obsesiva y casi nunca estaba satisfecho con lo que escribía. Aquella magistral forma de perfeccionar su obra hizo que su escritura alcanzara cotas sublimes, hasta convertirse en el bardo encargado de humanizar la vanguardia. Y ahí reside el valor del «tesoro» que acaba de salir a la luz: un conjunto de manuscritos poéticos, hasta ahora inéditos, que reflejan su quehacer y dan cuenta de la evolución de su escritura.

El encargado de custodiar, durante cuarenta años, tamaño botín del legado «vallejiano» es Enrique Ballón Aguirre (Arequipa, 1940), profesor de la Universidad de Arizona. En una suerte de generoso regalo a los amantes de la poesía, Ballón Aguirre ha reunido todos los manuscritos en una edición especializada que ha aparecido en la revista digital «Texto!», auspiciada por el Instituto Ferdinand de Saussure de París, de cuyo comité científico es miembro.

Más de 600 páginas puestas ¡gratis! a disposición del ingente público de internet. El estudioso cumple así con la voluntad de la viuda del poeta peruano, Georgette Philippart de Vallejo, que le insistió en la posibilidad de difundir la obra de su esposo de la forma menos costosa posible entre el mayor número de lectores. Como explica a ABC, Ballón Aguirre conoció a Georgette en julio de 1972, cuando le pidió permiso para publicar, además de un cuento, un poema de Vallejo que era el «texto tutor» de su «Mémoire» de diplomado en la Ecole Pratique des Hautes Études de París: «Ella me dio su autorización de inmediato». Al año siguiente, la entregó un ejemplar de su tesis doctoral, titulada «La poétique de César Vallejo», y, poco tiempo después, ella le expresó su «plena conformidad» con el estudio.

Se inició así una colaboración que culminó con la publicación del teatro de Vallejo y la edición de su «Obra poética completa» (1979), que ambos prepararon para la Biblioteca Ayacucho. «El director de esta publicación, el profesor Ángel Rama, le solicitó a la señora Vallejo en marzo de 1978 varias copias fotostáticas de los manuscritos del poeta con intención de publicarlas. Ella le envió parte de esas copias, pero Rama las consideró “impublicables”».

Ante ese «revés», Georgette se sintió «muy afectada» y, durante una visita de Ballón Aguirre a su domicilio, el 25 de octubre de 1978, le hizo entrega de los manuscritos originales del teatro de Vallejo y las hojas sueltas de los poemarios «Poemas en prosa», «Poemas humanos» y «España, aparta de mí este cáliz», acompañados de una carta de donación a su nombre. El 21 de noviembre de ese año, la viuda de Vallejo sufrió una trombosis cerebral que la dejó sin habla y, finalmente, fue ingresada en el Hogar Clínica San Juan de Dios, en Lima, donde murió el 4 de diciembre de 1984.

Treinta años de trabajo

Dos años después, Ballón Aguirre inició la preparación de la documentación recibida. Más de treinta años de trabajo que han concluido con la publicación de esta edición. Un tesoro, insistimos, cuyas joyas más preciadas son los manuscritos inéditos. Según detalla Ballón Aguirre, son treinta y cuatro hojas sueltas; veinticinco pertenecen a «Poemas humanos» y nueve a «España, aparta de mí este cáliz». Además, hay varias páginas manuscritas que contienen composiciones poéticas invalidadas y descartadas (bocetos) que nunca antes habían sido reproducidas.

«Hay, desde luego, mucho por descubrir en los manuscritos. En primer lugar, las huellas palpables del inmenso e incansable trabajo para obtener la expresividad poética buscada. Cabe destacar, también, los borradores con poemas en ciernes, ensayos que no culminaron en una composición y quedaron a medio camino». En opinión de Ballón Aguirre, son de «interés particular» dos páginas completas que contienen series de palabras pero incluyen, en el centro, un renglón compuesto sintácticamente. «¿Se trata de ensayos de simples listas léxicas o son formas artísticas en las que la distribución de las palabras constituye poesía?».

Aspectos interesantes

Otros aspectos interesante son las «faltas ortográficas» remarcadas voluntariamente desde los borradores (estremeño), las fragmentaciones morfológicas (sui ci dio), el sistema de puntuación que modifica el sentido del ritmo poético, los abundantes neologismos (tristumbre) o las indecisiones de sinónimos que con frecuencia se convierten en... antónimos. Y es que, como advierte el profesor, «la poesía de Vallejo sólo obedece a su propia autogeneración» y, como «toda auténtica obra de arte, inaugura una zona de sensibilidad inédita en la percepción de sus lectores».

Ah, y un aviso para navegantes ávidos de inéditos: Ballón Aguirre confirma que no hay más. Disfrutemos, por tanto, de este último regalo.

«España, aparta de mí este caliz», testimonio de su amor por nuestro país

Nueve de los manuscritos de Vallejo hasta ahora inéditos pertenecen a su obra «España, aparta de mí este caliz», que apareció en 1939, un año después de la muerte del poeta. Los versos fueron escritos entre septiembre y diciembre de 1937 y se convirtieron en un testamento poético en el que Vallejo, testigo de la guerra que desangró España (participó en el Congreso para la Defensa de la Cultura y visitó Valencia, Barcelona y Madrid), manifestó su amor por nuestro país. En los poemas refleja las visiones y recuerdos de las imágenes que más le impresionaron. Sus héroes, los de sus versos, son los obreros, los mendigos y hasta los niños («si la madre España cae –digo, es un decir– salid, niños del mundo; id a buscarla...»). Gracias al «tesoro» que custodia Ballón Aguirre, vemos la evolución de aquellos poemas: en la página reproducida sobre estas líneas pasa del inicial «¡Cuídate, España, de ti misma!» al definitivo «¡Cuídate, España, de tu propia España!». Según los testigos que presenciaron su agonía en la Clinique Générale de Chirurgie del Boulevard Arago, en París, sus últimas palabras fueron: «España. Me voy a España».

(ABC CULTURA / 3-9-2018)

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