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INÉS PEREYRA / COMUNICAR CON AMOR


Inés Pereyra Rivero es una comunicadora multimediática muy joven que viene desarrollando una prolífica actividad desde la niñez.

En 2005 empezó a desempeñarse como docente musical del Conservatorio Balzo y productora de programas de TV y radio, además de estudiar política y economía del espectáculo en la Universidad ORT-Uruguay.

En 2012 interviene como productora local en un documental realizado para la televisión nacional de Austria, ORF.

En 2009 obtiene la licenciatura en Comunicación Social en la Universidad Católica del Uruguay, y en 2015 se incorpora al staff periodístico de Telenoche, el informativo de Monte Carlo TV.

En 2016 produjo y difundió, junto a Sabrina Silva, la primera gira rioplatense del ensemble tanguero vienés Garufa!


¿Cuándo surgieron y cómo se manifestaron tus primeras inquietudes artísticas?

A los cuatro años empecé a estudiar el órgano pero me aburrí. Entonces mis papás me enviaron a un taller musical para niños que había en el Conservatorio Falleri-Balzo de Rocha y allí trabajé con dos mujeres que quiero mucho, Rosa Pradere y Alicia Martínez. Y un día les dije a mis padres que quería aprender flauta dulce y seguí estudiando en el Balzo hasta hace unos años.

Otra inquietud que siempre tuve fue la poesía. A los cinco hice mi primer poema, me acuerdo que estaba en la cocina de mi casa y mi mamá lo iba anotando en una servilleta mientras yo lo inventaba. Hablaba de la naturaleza, el amor y el ser humano. Siendo muy chica hice declamación y descubrí a grandes escritores: ahí me enamoré de García Lorca y de Juana de Ibarbourou.

Tuve la suerte de que mis padres siempre me apoyaron y me acompañaron en los caminos que fui tomando, ellos y toda mi familia me alimentaban la curiosidad. Mi abuela es poeta e hizo su primer libro con doce años, y yo crecí alimentada por sus cuentos. Por ejemplo, el de cuando le llevó su primer libro a Juana de Ibarbourou, que tenía el pelo bien negro y vivía en la casa frente a la rambla en Pocitos. Y dentro de la otra rama de mi familia siempre admiré a mi tío abuelo, Rosalío Pereira, una persona con una cabeza increíble que siempre luchó por la educación y la cultura. Me crié mamando esa sensibilidad y ese amor.

¿Qué es lo que más te atrae dentro del universo del periodismo y la gestoría multimediática?

Lo que más me gusta de la actividad en los medios es la posibilidad de colaborar con la sociedad, sea acompañando y entreteniendo como hacía en la radio o informando como hago ahora.

Este trabajo te permite acercarte a personas increíbles que de otra forma quizás no conocerías.

Y del periodismo lo que más me gusta es investigar, conocer historias y quiénes están detrás de esas historias. A mí me gusta ver al periodismo no como el cuarto poder, sino como un contra poder que ayuda a construir más y mejor democracia.

Este año asumiste la producción y la difusión de la gira rioplatense del ensemble tanguero vienés Garufa! con un éxito insólito. ¿Pensás que en nuestro pueblo subyace una necesidad todavía no demasiado bien explorada de acceder a espectáculos de primer nivel internacional?

Hacía muchos años que no trabajaba en producción de espectáculos culturales pero sentía la necesidad de volver y a través de una amiga periodista que vive en Viena, Julieta Rudich, ellos se contactaron conmigo y cuando supe que eran en su mayoría uruguayos y que venían por primera vez a tocar en casa (con lo dificil que es venir sin que te conozcan) sentí que era el momento de tirarme al agua. Ahí invité a Sabrina Silva y juntas nos embarcamos en este proyecto.

Creo que necesidad de cultura siempre hay y va a haber por la misma esencia del ser humano. Hay espectáculos de primer nivel uruguayos y extranjeros, aunque quizás a los nacionales a veces no les damos el valor que merecen.

Pero cuanto más veamos y más diversidad tengamos mejores herramientas tendremos para elegir.

¿Cuál es a tu entender la esencia comunicacional a la que debe aspirar la expresión popular? ¿No creés que el rol del enterteining debería revitalizarse y renovarse con un  empuje de depuración espiritual?

Creo que todo lo que uno haga debe ser hecho con amor. Si uno trabaja desde allí no hay posibilidad de fallarle y eso el público también lo percibe.

VIVIMOS EN DOS MUNDOS PARALELOS Y DIFERENTES: EL ONLINE Y EL OFFLINE” /ZYGMUNT BAUMAN


por Marina Artusa 
En un mismo tono de voz e igual grado de expresividad, Zygmunt Bauman, el sociólogo más influyente de las últimas décadas, hace chistes sobre su sordera y reflexiona sobre la doble vida -online y offline- que, según él, define nuestra modernidad. “Venga de este lado –y señala el audífono escondido en su oído izquierdo- así puedo escuchar algo de lo que usted me diga y conversamos”, dice en una terraza de Lignano Sabbiadoro, el refinado balneario de la costa friulana, cerca de Udine, hasta donde Bauman vino a recibir el Premio Hemingway en la categoría Aventura del Pensamiento. Acaba de guardarse la pipa en el bolsillo. Tiene todavía en la mano dos encendedores y el paquete de tabaco Clan Aromatic, un blend de catorce tabacos diferentes elaborado en Holanda.
¿Qué aspecto de la vida moderna le hace perder el sueño últimamente?
Bueno, trato de simplificar y de encontrar un denominador común en lo que pienso y en lo que digo porque vivimos en un mundo problemático y lo que subyace en común en todas las manifestaciones de los inconvenientes de estos tiempos es la fluidez, la liquidez actual que se refleja en nuestros sentimientos, en el conocimiento de nosotros mismos.
Bauman ya era un sociólogo prestigioso cuando lanzó su concepto líquido -esa idea de inconsistencia que para definir el mundo que nos rodea aplicó a la vida, al amor y a la modernidad- que le valió notoriedad mediática y popular:
“Elegí llamar ‘modernidad líquida’ a la creciente convicción de que el cambio es lo único permanente y la incerteza la única certeza. La vida moderna puede adquirir diversas formas, pero lo que las une a todas es precisamente esa fragilidad, esa temporalidad, la vulnerabilidad y la inclinación al cambio constante”.
¿Seguimos dominados por la incertidumbre?
La incertidumbre es nuestro estado mental que está regido por ideas como “no sé lo que va a suceder”, “no puedo planificar un futuro”. El segundo sentimiento es el de impotencia, porque aun cuando sepamos qué es lo que debemos hacer, no estamos seguros de que eso vaya a ser efectivo: “no tengo los recursos, los medios”, “no tengo el poder suficiente para encarar el desafío”. El tercer elemento, que es el más dañino psicológicamente, es el que afecta la autoestima. Uno se siente un perdedor: “no puedo mantenerme a flote, me hundo”, “son los demás los exitosos”. En este estado anímico de inestabilidad, maníaco, esquizofrénico, el hombre está desesperado buscando una solución mágica. Uno se vuelve agresivo, brutal en la relación con los demás. Usamos los avances tecnológicos que, teóricamente deberían ayudarnos a extender nuestras fronteras, en sentido contrario. Los utilizamos para volvernos herméticos, para cerrarnos en lo que llamo “echo chambers”,un espacio donde lo único que se escucha son ecos de nuestras voces, o para encerrarnos en un “hall de los espejos” donde sólo se refleja nuestra propia imagen y nada más.
¿Dónde lo pasamos mejor, online u offline?
Hoy vivimos simultáneamente en dos mundos paralelos y diferentes. Uno, creado por la tecnología online, nos permite transcurrir horas frente a una pantalla. Por otro lado tenemos una vida normal. La otra mitad del día consciente la pasamos en el mundo que, en oposición al mundo online, llamo offline. Según las últimas investigaciones estadísticas, en promedio, cada uno de nosotros pasa siete horas y media delante de la pantalla. Y, paradojalmente, el peligro que yace allí es la propensión de la mayor parte de los internautas a hacer del mundo online una zona ausente de conflictos. Cuando uno camina por la calle en Buenos Aires, en Río de Janeiro, en Venecia o en Roma, no se puede evitar encontrarse con la diversidad de las personas. Uno debe negociar la cohabitación con esa gente de distinto color de piel, de diferentes religiones, diferentes idiomas. No se puede evitar. Pero sí se puede esquivar en Internet. Ahí hay una solución mágica a nuestros problemas. Uno oprime el botón “borrar” y las sensaciones desagradables desaparecen. Estamos en proceso de liquidez ayudada por el desarrollo de esta tecnología. Estamos olvidando lentamente, o nunca lo hemos aprendido, el arte del diálogo. Entre los daños más analizados y teóricamente más nocivos de la vida online están la dispersión de la atención, el deterioro de la capacidad de escuchar y de la facultad de comprender, que llevan al empobrecimiento de la capacidad de dialogar, una forma de comunicación de vital importancia en el mundo offline.
Si nos sentimos cómodos conectados, ¿para qué nos haría falta recuperar el diálogo?
El futuro de nuestra cohabitación en la vida moderna se basa en el desarrollo del arte del diálogo. El diálogo implica una intención real de comprendernos mutuamente para vivir juntos en paz, aun gracias a nuestras diferencias y no a pesar de ellas. Hay que transformar esa coexistencia llena de problemas en cooperación, lo que se revelará en un enriquecimiento mutuo. Yo puedo aprovechar su experiencia inaccesible para mí y usted puede tomar algún aspecto de mi conocimiento que le sea útil. En un mundo de diáspora, globalizado, el arte del diálogo es crucial. La diasporización es un hecho. Estoy seguro de que Buenos Aires es una colección de diversas diásporas. En Londres hay 70 diásporas diversas: étnicas, ideológicas, religiosas, que viven una al lado de la otra. Transformar esta coexistencia en cooperación es el desafío más importante de nuestro tiempo. Diálogo significa exponer las propias ideas aun asumiendo el riesgo de que en el transcurso de la conversación se compruebe que uno estaba equivocado y que el otro tenía razón. El mejor ejemplo lo ha dado su Papa, el Papa argentino: apenas asumió, Francisco concedió su primera entrevista a Eugenio Scalfari, decano de los periodistas italianos y ateo confeso, y a un diario anticlerical como es La Repubblica.
¿La vida online es un refugio o un consuelo a esa falta de diálogo?
Hallamos un sustituto a nuestra sociabilidad en Internet y eso hace más fácil no resolver los problemas de la diversidad. Es un modo infantil de esquivar vivir en la diversidad. Hay otra fuerza que actúa en contra y es el cambio de situación en la regulación del mercado del trabajo. Los antiguos lugares de trabajo eran ámbitos que propiciaban la solidaridad entre las personas. Eran estables. Eso cambió hoy con los contratos breves y precarios. Las condiciones inestables, fluctuantes y sin perspectivas de carrera no favorecen la solidaridad sino la competencia. Estos dos factores no incentivan a la gente para el diálogo. Soy una persona ya mayor y creo que me voy a morir sin ver este problema resuelto.
Surgen en distintos lugares del mundo, sin embargo, procesos de autoorganización social desde abajo. Vecinos que se autogestionan para resolver problemas como la inseguridad o para recuperar la sociabilidad perdida. ¿Es una alternativa o un paliativo?
Lo que usted señala es muy importante. Es crucial para la actual situación porque todas las instituciones de acción colectiva que heredamos de nuestros ancestros, aquellos que desarrollaron las bases de la democracia moderna como el poder tripartito, el parlamento en las democracias representativas, las elecciones, la Corte Suprema, ya no funcionan adecuadamente. Todas estas instituciones tenían una única y misma idea en mente: establecer las reglas de la soberanía territorial. Pero vivimos en condiciones de globalización, lo que significa que nadie es territorialmente independiente. Ningún gobierno hoy puede decir que tiene pleno control de la situación porque se vive en un mundo globalizado donde los mercados, las finanzas, el poder, todo está globalizado. Entonces, aquellas instituciones que una vez fueron efectivas en establecer la independencia territorial para un mejor desarrollo del Estado moderno, hoy son inservibles para afrontar el tema de la interdependencia a la que nos enfrenta la globalización.
¿Los gobiernos son ciegos o necios al punto de no admitir la globalización?
Proponen soluciones locales a problemas globales. No se puede pensar con esta lógica. Es preciso desarrollar soluciones que renieguen de las fronteras territoriales del mismo modo que lo han hecho los bancos, los mercados, el capital de inversiones, el conocimiento, el terrorismo, el mercado de armas, el narcotráfico.
¿Y eso daría origen a las nuevas formas de autoorganización?
Surgen proyectos interesantes como Slow Food o Médicos Sin Fronteras. Jeremy Rifkin (economista y teórico social estadounidense) escribió un libro que se publicó el año pasado -The Zero Marginal Cost Society. The Internet of Things, The Collaborative Commons, and the Eclipse of Capitalism (El costo social cero. La Internet de las cosas, los bienes comunes colaborativos y el eclipse del capitalismo)- donde señala que una nueva realidad está emergiendo aún inadvertida por la opinión pública. Los mercados competitivos están siendo reemplazados por lo que él denomina “collaborative commons”, el bien común colaborativo, donde la gente no busca la ganancia personal sino la cooperación, reunir fuerzas y compartir. Compartir conocimiento, recursos. Compartir felicidad, compartir welfare.
¿Usted está de acuerdo?
No sabría decir si Rifkin tiene razón o no. El dice que la tecnología resolverá el problema, que lo hará por nosotros. Para mí eso es una reedición del determinismo tecnológico que no me gusta. Me resulta improbable sugerir que la cuestión esté resuelta y que el éxito de la transformación en curso esté preestablecido. Un hacha se puede usar para cortar leña o para partirle la cabeza a alguien: mientras la tecnología determina la serie de opciones abiertas a los seres humanos, no determina cuál de estas opciones al final será elegida o descartada. Qué puede hacer el hombre es tal vez una pregunta que puede dirigirse a la tecnología. Pero qué hará el hombre debe preguntarse a la política, a la sociología, a la psicología. La gente está buscando alternativas a las instituciones que no están funcionando. Hacen lo que nadie hará por ellos. Eso es innegable.

(Clarín)

LAS NÁUSEAS PRIMAVERALES DE SARTRE


por Francisco Arbós

Por el momento querían vivir con el mínimo de gasto, economizar gestos, palabras, pensamientos, hacer la plancha: tenían un solo día para borrar las arrugas, las patas de gallo, los pliegues amargos que deja el trabajo de la semana. Un solo día. Sentían que los minutos se les deslizaban entre los dedos; ¿tendrían tiempo de acumular bastante juventud para empezar de nuevo el lunes por la mañana?

Leído así, sin previa explicación, este texto no parece tener demasiado sentido. Sin embargo, nos concierne a todos. ¿Acaso ninguno de vosotros ha sentido alguna vez la terrible opresión de un domingo por la tarde, esa sensación de muerte momentánea que suele sobrevenir en invierno cuando las farolas comienzan a encenderse, a eso de las seis, y por las calles solo circulan parejas salidas del cine e individuos solitarios junto a sus perros? ¿Y qué hacemos los sábados ante la perspectiva de experimentar tan desagradable sensación? Posiblemente lo mismo que describe Jean-Paul Sartre en ese párrafo suelto: “acumular bastante juventud para empezar de nuevo el lunes por la mañana”. Cierto es que él lo escribió en una época en la que sólo podía descansarse en domingo –al menos otros peones de la vida como nosotros–. De ahí que en sus domingos confluyeran los dos extremos: el esplendor de la vida y el estertor de la muerte. Ya lo decía Isabel Coixet: Alguien tendría que prohibir los domingos por la tarde. Más allá del tópico –ya lo es en la actualidad–, lo que Sartre pretende corporeizar mediante esa imagen tan cotidiana es la “irreversibilidad del tiempo”, la imposibilidad de detenerlo para que nuestras vidas transcurran en un continuo presente. Es decir, pretende negar la existencia del pasado. Para muestra, el botón que luciremos más adelante.

A Sartre se le reconoce fácilmente por multitud de detalles superfluos. Cualquiera de nosotros habrá oído hablar de su ojo perezoso, de su sopa de cebolla, de los rincones parisinos en los que solía recalar en compañía de Simone de Beauvoir, el Polidor, la Brasserie Lipp, el Café de Flore, o incluso asociado su rostro de intelectual en blanco y negro con unas diminutas gafas redondas y a veces enteladas –recuerdo ahora una fotografía en la que aparece sentado en una mesa del Flore completamente absorto en sus papeles, mientras a su lado un grupo de jóvenes da buena cuenta de una botella de champagne–. Y unos cuantos por algunas de las obras de pensamiento más relevantes del siglo XX, como El ser y la nada, Crítica de la razón dialéctica o el libro que queremos sacar a colación, La náusea (1938, Alianza Editorial, 2011). Una novela de entreguerras cuya impronta fue capaz de sugerir, por sí sola, algunas de las líneas maestras del primer credo filosófico sartriano, un credo que acabaría sintetizado en las dos obras filosóficas mencionadas en primer lugar. En esto Sartre emula a Platón y también recupera la intencionalidad de ciertos paisanos ilustres, como Voltaire y Rosseau. La náusea recupera esa antigua manera de hacer filosofía a través del relato y de la poesía. Si los personajes del Fedón nos acercaban a la inmortalidad del alma, o El banquete a las trampas del amor… si el Cándido de Voltaire nos permitía experimentar en nuestras propias carnes toda la ingenuidad de un ciudadano sometido a la dictadura del optimismo histórico, el protagonista de La náusea, Antoine Roquentin, se atreve a mostrarnos esa complicada amalgama de abstracciones que subyace bajo lo que solemos denominar “realidad”, y que habitan sobre la base de una existencia totalizadora. Es decir, que para leer este libro es necesario contemplar nuestras vidas como si formaran parte de una película barata en la que nos desfondamos absurdamente para borrar “las arrugas, las patas de gallo, los pliegues amargos que deja el trabajo de la semana”, y dejar que Antoine nos lea el guión primigenio, posiblemente escrito por un demiurgo con aspecto de burgués decimonónico.

 (…) de pronto uno siente que el tiempo transcurre, que cada instante conduce a otro, éste a otro y así sucesivamente; que cada instante se aniquila, que no vale la pena intentar retenerlo, etc., etc. Y entonces atribuimos esta propiedad a los acontecimientos que se presentan en los instantes; lo que pertenece a la forma lo referimos al contenido. En suma, se habla mucho del famoso transcurso del tiempo, pero nadie lo ve. Vemos una mujer, pensamos que será vieja, pero no la vemos envejecer. Ahora bien, por momentos nos parece que la vemos envejecer y que nos sentimos envejecer con ella: es el sentimiento de aventura.

Antoine Roquentin no es en absoluto un ciudadano común. Ha pasado media vida viajando a través de diversos países del norte de África y del continente asiático, ha visto entierros en góndola en Venecia, sentido el olor a hinojo que flota en las calles de Tetuán, contemplado estatuitas kmer en Hanói, residido en ciudades desconocidas como Meknes o Jihlava; ha leído todo lo que se debía leer para completar una instrucción a prueba de objeciones, e incluso comenzado su propia contribución bibliográfica a la Historia del Hombre; sin embargo, después de tanta “aventura” lo único que ha permanecido inalterable es la sospecha de atesorar un enorme vacío existencial. Exiliado en Bouville, una imaginaria ciudad de la costa atlántica francesa –suponemos–, trata de aprovechar su aislamiento voluntario para componer una biografía minuciosa del Marqués de Rollebon, a la sazón uno de los personajes más destacados de la política francesa de finales del siglo XVIII y principios del XIX –supuestamente responsable, incluso, de la muerte de Pablo I, el entonces Zar de Rusia–. Sin embargo, a lo único que parece conducirle su inevitable soledad es a pensarse a sí mismo –“me cansa pensarme”, decía Delibes– y todo lo concerniente a su propia existencia. Cuando no está en la Biblioteca Municipal, se dedica a recorrer las decadentes y opresivas calles de esa ciudad encerrada en sí misma para sacar algo en claro de su propia vida. Hasta que comprende, a fuerza de pensar, lo que anticipábamos algunas líneas más arriba: que el pasado es una ilusión.

Eché una mirada ansiosa a mi alrededor: presente, nada más que presente. Muebles ligeros y sólidos, incrustados en su presente, una mesa, una cama, un ropero con espejo –y yo mismo. Se revelaba la verdadera naturaleza del presente: era todo lo que existe, y todo lo que no fuese presente no existía. El pasado no existía. En absoluto. Ni en las cosas ni siquiera en mi pensamiento. (…) Para mí el pasado sólo era un retiro, otra manera de existir, un estado de vacaciones y de inactividad; al terminar su papel, cada acontecimiento se acomodaba juiciosamente en una caja y se convertía en acontecimiento honorario: tanto cuesta imaginar la nada.

Si nosotros utilizamos el recuerdo para sentir que el tiempo no ha transcurrido en balde, Antoine, en cambio, necesita creer que ningún instante es recuperable para sentir la sensación de aventura en toda su intensidad. Al final, todos sus esfuerzos acaban en un dique tan seco como aquel que controla el caudal de sus necesidades más atávicas. La auténtica aventura conlleva una insoportable sensación de vértigo, una náusea tan desagradable físicamente como placentera desde un punto de vista intelectual: contemplar la verdadera existencia en toda su enormidad solo puede conducir al vacío, a la muerte espiritual, por cuanto más allá de ella no existe absolutamente nada. De repente, su ser le parece tremendamente detestable. Pero, ¿qué otra cosa puede pensarse cuando se desbaratan esas ideas que con tanto ahínco elevara Platón a la categoría de eternas e inmutables? ¿Qué sucede cuando descubrimos que no existe esa cualidad contenedora de todo lo concreto, como ese verde en el que se refugia todo lo que es verde, como el mar que baña las costas de Bouville o una simple chaqueta de franela? Para Antoine no hay idea eterna que valga. Solo un mar que, por alguna razón, es verde, y una chaqueta cuyas características no alcanzan más allá de sí mismas. Lo único que es eterno e inmutable es precisamente la existencia de esas cosas. Y frente a ellas, unos entes pensantes que, por alguna razón, han adquirido conciencia de sí mismos y cuyo mundo no puede ir más allá de los límites marcados de forma natural por esa misma conciencia. En definitiva, “la existencia precede a la esencia”, y el conocimiento se caracteriza principalmente por su inmanencia, es decir, por su incapacidad para abrazar cualquier asomo de trascendencia.

Dicho esto, cuesta entender la negativa de Sartre a asimilar la idea de pasado, por cuanto en su discurso encontramos evidentes influencias de Descartes –al menos en su metodología racionalista–, y, sobre todo, de Husserl (cuidado que esta novela es de 1938, y Sartre no leyó bien a Heidegger hasta que fue confinado, en 1940, en un campo de prisioneros alemán).

Yo, yo me saco de la nada a la que aspiro; el odio, el asco de existir son otras tantas maneras de hacerme existir, de hundirme en la existencia. (…) Soy porque pienso que no quiero ser.

Es entonces cuando Antoine (Sartre) se atreve a resolver el gran misterio, aún a sabiendas de que le costará una buena náusea: todo es pura contingencia.

(…) no hay nada, nada, ninguna razón para existir.

Más allá de reflexiones filosóficas, La náusea nos muestra un personaje en evidente estado de descomposición a la altura de El solitario de Eugène Ionesco, o del Herzog de Saul Below. Tal vez la acción brille por su ausencia, por cuanto se trata sobre todo de concentrar la atención en el pensamiento de Antoine, pero la plasticidad y colorismo de que hace gala la voz narrativa de Sartre suple con creces esa carencia inevitable.

El editor de la primera edición mexicana de La náusea, publicada por Editorial Diana en 1952, afirmaba en su momento que el existencialismo carecía “del rigor científico necesario” –claro que la Crítica de la razón dialéctica, su obra más formalmente filosófica, no se publicó hasta ocho años después–. Iris Murdoch, por su parte, dijo una vez que “la incapacidad de Sartre para escribir una gran novela es el síntoma trágico de una situación que nos afecta a todos –afirmación curiosa en alguien que nunca escribió una novela memorable–. Nosotros tampoco consideramos La náusea como una novela memorable en tanto novela, pero sí, desde luego, una obra imprescindible para todo aquel que pretenda adentrarse en la literatura y el pensamiento de la primera mitad del siglo XX. Tal vez consiga experimentar los domingos de una manera más llevadera. Y ya sólo por eso merece la pena.
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