domingo

LA CULTURA Y LOS MEDIOS DE COMUNICACIÓN dialogo con IGNACIO "NACHO" SUÁREZ




https://www.youtube.com/watch?v=zhU8bDQyxng&feature=youtu.be

En VIVO desde el estudio de elMontevideano Laboratorio de Artes, junto a Ignacio “Nacho” Suárez, poeta, docente, periodista y productor hablando sobre la cultura y sus espacios, si los hay, en los medios de comunicación como del estreno de la película "La cumparsita / Un mito otiental" de Alvaro Moure Clouzet , a estrenarse el 1 de setiembre de 2018 en la Sala Mario Benedetti de AGADU con motivo del festejo de los 13 años de elMontevideano Laboratorio de Artes del cual Ignacio “Nacho” Suárez es protagonista.. El escritor Hugo Giovanetti Viola y el director de elMontevideano Alvaro Moure Clouzet lo acompañaran para indagar y profundizar sobre la cultura en los medios de comunicación.

CON ESTEFANÍA PAGANO ARTIGAS Y MARIANA MATTO



“EL FEMINISMO TAMBIÉN SE AMPLIFICA PARA ESCAPAR DE UNA PARCIALIDAD APARENTE, PORQUE ES ÉSTE QUIEN PRETENDE CAMBIARLO TODO”  


Hemisferio Izquierdo (HI): ¿Cómo caracterizan el momento actual del feminismo en nuestro país?

Estefanía Pagano Artigas/ Mariana Matto (EPA/MM): No podemos pensar el feminismo abstraído del momento histórico y político, fuera de la materialidad que como sujeto expresa. El fin de ciclo progresista que implica el fin de sus bases materiales así como una consiguiente “restauración” conservadora muestra el avance de una sensibilidad política de derecha también en nuestro país, que ya ha pasado por Brasil y Argentina y que estructuralmente significa reformas laborales y el desmantelamiento de planes sociales tendientes a descargar el ajuste exigido por el propio ciclo del capital. La insistencia regresiva sobre las agendas de derechos promovidas por el progresismo, da cuenta también del avance conservador sobre uno de los pilares en los que se erige la imbricación del capitalismo y el patriarcado: el cuerpo de las mujeres y de todas aquellas identidades y cuerpos feminizados, ya que sobre nosotras cae la opresión más fuerte en el seno de la propia clase, pues somos el sujeto más explotado y oprimido en la estructura de desigualdad pautada por el trabajo y el género.

La feminización de la pobreza y precarización de la vida en general, colocan a las mujeres como el sujeto más fragilizado en su forma de producir y reproducir la vida. La fuerza restauradora viene a “fragilizar” los derechos, como plantea Rostagnol (1) respecto a la aplicación de la ley de Interrupción Voluntaria del Embarazo en nuestro país. Entre lo orgánico y lo coyuntural, cabría preguntarse en qué lugar se encuentra el feminismo y de qué manera éste también constituye en sí mismo un antagonista a la restauración conservadora.

Con el progresismo al gobierno, la construcción de la agenda de derechos y la bonanza que posibilitó estos nuevos consensos también dio lugar a una generación más joven que compone una izquierda social en la que el feminismo emerge con mucha potencia. Ya no son las feministas del 80, representantes del feminismo que deviene de las propias organizaciones de izquierda como analiza Ana Laura de Giorgi (2). Se trata de otro feminismo, más joven y posiblemente escindido desde su comienzo de su variante mixta (aunque no necesariamente).

El movimiento feminista uruguayo se destaca quizás por su heterogeneidad y dispersión, aspectos con los que cualquier movimiento con una masificación reciente debe lidiar, y quizás por ello no ha podido establecer un marco de acuerdos claro para la acción. Ha sido muy difícil poder congeniar posturas entre un feminismo más “institucional” y ligado al oficialismo, organizado en torno a la Intersocial Feminista, y un feminismo más “autónomo” en relación al gobierno y a las estructuras tradicionales de participación política organizadas alrededor de la Coordinadora de Feminismos. Dicha particularidad le ha permitido a esta última expresar nuevas maneras de comunicar políticamente y masificarse desde esta impronta que conforma no sólo una simbología y semánticas propias, sino un modo distinto de concebir la política, un claro ejemplo de política en femenino: la ausencia de estrados, el mirar a la otra, abrazarla y poner el cuerpo mientras se lee al unísono la proclama y así crear un ritual colectivo de elaboración de las pérdidas, entre otras acciones. También la denuncia sistemática a los feminicidios a través de la movilización callejera: las Alertas Feministas

Las Alertas ponen sobre la mesa los feminicidios y la violencia contra las mujeres en todas sus expresiones, y esto que en principio empezó con poquitas compañeras en la calle, hoy se masifica y se han expandido más allá de la capital, promovidas por distintas agrupaciones feministas que han ido surgiendo en los últimos tiempos en el interior de nuestro país.

No olvidemos nuestra incorporación a la movilización internacional del paro el 8 de marzo. El Paro Internacional de Mujeres lleva en Uruguay una existencia de dos años y esto revela no sólo una unión internacionalista de mujeres, sino la necesidad de efectivizar un paro masivo que nos tuvo movilizadas en asambleas, tanto en nuestros sindicatos como en los barrios y centros de estudio, y permitió discutir entre muchas los problemas que hoy organiza la lucha concreta del feminismo: la violencia basada en género y sus múltiples manifestaciones (abuso sexual, violencia psicológica y física, acoso callejero, feminicidio); las formas y estrategias de despatriarcalizar el arte, la ciencia, la academia, la filosofía, el lenguaje; la participación política de las mujeres como el vínculo entre el feminismo y militancia político-social; el trabajo productivo como feminización de la pobreza, la brecha salarial, la segregación horizontal, la relación trabajo productivo-reproductivo; la alianza género/raza/clase y sus principales debates en torno a la interseccionalidad.

El paro del 8M habilitó movimientos en el orden de la política y la micropolítica sobre la que insistimos las feministas, y evidenció cuestiones sobre “táctica” y estrategia como movimiento, pues aunque no sea un movimiento homogéneo, podemos al menos establecer algunas necesidades urgentes: nos están matando y la precarización de nuestra vida es cada vez mayor.

Se han aprobado leyes como las ya conocidas del aborto, la ley integral de violencia basada en género y el derecho a la identidad de género y cambio de nombre. También está en discusión la ley de trata y explotación (3) que aún cuenta con media sanción, y resta la aprobación de la ley integral para las personas trans. Esta agenda de derechos, (proveniente de lucha "legal" para la adquisición de derechos en el plano "formal") coloca en el plano legal los nudos problemáticos que el feminismo visibiliza y denuncia en su lucha cotidiana, pero constituye también un conjunto de “normas” legales sin presupuesto para su implementación, lo cual equivale a decir que sólo son tinta en un papel. Pero la lucha feminista no se agota en las reformas legales que sus demandas a veces encarnan, nosotras vamos por todo. Es fundamental trascender las agendas y militar fuertemente en un feminismo popular y clasista. Un feminismo de todas y para todas las mujeres (en todas su expresiones y manifestaciones) que viven la opresión capital-patriarcado todos los días.

Este resurgir feminista en nuestro país atraviesa un momento de expansión-masificación que posibilitó el reconocimiento de la violencia contra las mujeres. Las Alertas plantaron el feminicidio en la agenda política, y las denuncias reiteradas (como por ejemplo el reciente Yo te creo, hermana resultado de las múltiples denuncias en las redes hacia los abusos y acosos del Gucci) también son un correlato local de lo que en otras partes del mundo sucede, particularmente con el #Metoo, y actualmente en Chile con la ocupación de centros universitarios denunciando las terribles situaciones de acoso perpetradas en los centros educativos. Esto deja entrever dos cuestiones. En primer lugar que los casos de violencia contra las mujeres, sobre todo aquellos que suponen abuso y acoso, ya no cuentan con el manto de silencio en el que se amparaban, poniendo en evidencia la carencia de herramientas institucionales para “juzgarlos” así como la impunidad con la que gozan los varones (más aún si cuentan con algún prestigio derivado de poseer capital cultural y un lugar preponderante en la academia). En segundo lugar, y sobre todo, enuncia un momento político distintivo, en que las mujeres hemos dicho: ¡BASTA! La denuncia pública de abusadores y violentos es la mejor escenificación de la premisa fundante del feminismo: lo personal es político. Además, es una de las maneras más eficaces de visibilizar el corporativismo institucional-patriarcal y el agruparnos también en torno a nuestro cuidado y el de nuestras compañeras.

Pero a esta expansión-masificación se le antepone una reacción conservadora que tiene un anclaje muy fuerte en el advenimiento de una racionalidad de derecha, pero que también tiene sus manifestaciones específicas en la propia izquierda. Amigos, parejas, compañeros de trabajo ven cómo se desgasta y se cuestiona su lugar de privilegios: las feministas venimos a cuestionar el uso de la palabra, la masculinización de la política, lo personal en lo político y lo político en lo personal. Ya no relegamos nuestro placer, ya no bancamos la violencia ni en su variante más sutil como puede ser el lenguaje, y eso genera una reacción no sólo en los sectores más conservadores sino entre nuestros propios compañeros. Comenzar a denunciar a compañeros violentos, acosadores, que no pasan la pensión a sus hijos/as, etc. supuso también una inevitable escisión de las mujeres hacia espacios autónomos de militancia feminista.

Es posible visualizar la reacción violenta de los hombres a través del incremento de denuncias por violencia machista en el hogar, y de manera más “expresiva” (4) en el incremento significativo de feminicidios. Esta apreciación tiene también implicancias al momento de analizar la resignificación de la masculinidad en esta forma específica de acumulación del capital. La moralidad del varón proveedor en declive que hasta entonces caracterizó la masculinidad hegemónica, así como los cambios en las pautas de relacionamiento entre hombres y mujeres que el feminismo entre otras cosas desencadena, hace que el hombre se comporte violentamente y luche por restituir este lugar simbólico-material que ya no ocupa, o que está dejando de ocupar. Esto es así en el “ámbito” del hogar, donde ocurren las manifestaciones de violencia más terrible, pero también lo es en la esfera pública y los espacios de militancia. Ya no queremos ser apuntadoras y secretarias, denunciamos al acosador y también al violento en nuestras propias organizaciones, y así tejemos alianzas que contrarrestan las alianzas corporativas que los varones establecen entre sí.

Otras manifestaciones locales de esta “restauración” conservadora podemos verlas en la organización “Con mis hijos no te metas” que se opuso a la guía de educación sexual denunciando la “ideología de género” en el aula, y que luego financió la presencia de hombres y mujeres de barrios pobres para sostener los carteles que expresaban “Femenina sí, feminista no” y provocar reacciones en la marcha del 8M. También en la reacción que las bombitas de pintura generó en el conjunto de la población y la amenaza de iniciar acciones legales; la presencia de Paul Hruz en una actividad organizada por el Sindicato Médico del Uruguay para abordar la identidad trans como trastorno denominado “disforia de género”; el crecimiento de bancada evangélica del PN; la presencia de Agustín Laje y Nicolás Márquez al Palacio Legislativo invitados por Varones Unidos; el neofascismo rampante de Hoenir Sarthou y Salle, creador del neologismo “homolesbocomunismo” usado en varias ocasiones para denostar figuras públicas del oficialismo con un compromiso marcado con la agenda de derechos; los objetores de conciencia que dejan departamentos enteros sin posibilidades de ejercer el derecho a interrumpir voluntariamente nuestro embarazo; fetos con abogados asignados por juezas con nombre Pura Concepción Book; una diputada nacionalista que advierte que “si tuvimos mal ojo, hacernos cargo” mientras se vota la ley de violencia basada en género en el parlamento; Topolansky días antes del 8M desmarcándose con la expresión “Yo no soy feminista, no me gustan los extremos”, etc.

HI: ¿Cómo ven la articulación entre el feminismo y el resto de las luchas sociales y el tiempo político?

EPA/MM: Quizás debamos invertir la pregunta y pensar en por qué se desarticula el feminismo de los frentes sociales, para luego llegar a su (re) articulación con éstos. Cuál es el proceso que lleva generalmente a las feministas a abandonar los espacios de militancia compartidos, en qué momento ocurre esa escisión y cuáles son sus causas resulta para muchas el nudo gordiano de nuestras preocupaciones. Hacer un ejercicio contrario y pensar en la raíz de este “alejamiento” nos pone frente a frente a este repliegue para ver su apariencia: las feministas cambiamos la lucha de clases por la de géneros, los espacios mixtos por los autónomos de mujeres, nuestra propia liberación por la de toda la humanidad.

Lo cierto es que estas afirmaciones no cuentan con respaldo fáctico y son muchas veces síntoma del machismo solapado en la propia izquierda, ya que gran parte del feminismo ha tratado de urdir (no sin dificultades), estos dos aspectos que por momentos parecen irreconciliables: clase y género (5). Cabría entonces hacerse dos preguntas: cómo un feminismo muy cercano a los espacios partidarios de la propia izquierda (como es el caso del feminismo en nuestro país a mediados de los 80), se desagrega paulatinamente, y si esta dinámica de desagregación no es parte constitutiva de los procesos sociales por los que el feminismo atraviesa desde sus comienzos, ya no respecto a lo más reaccionario de la sociedad, sino dentro de los espacios de militancia de la propia izquierda y con los compañeros de militancia como principales interlocutores. En este sentido, nos animamos a afirmar que dicho alejamiento es más reactivo al rechazo permanente y sistemático del feminismo y sus agendas por parte de la izquierda acostumbrada a situar el debate únicamente en la clase, y también una determinación pautada por la propia imbricación entre capitalismo y patriarcado: las mujeres estamos oprimidas respecto a los hombres, y esto pauta en sí mismo la especificidad política del sujeto.

Por otro lado, el feminismo va tejiendo redes casi como un patrón de acumulación distintivo, y esta forma de construcción política (que muy lejos de ser inoperante, es su condición de crecimiento), interpela los consensos “patriarcales”. Las estructuras jerárquicas de organización también contribuyen en relegarnos a los márgenes políticos, ya sean éstos comisiones de género (que son necesarias, por supuesto) pero que no son decisivas en cuanto a  líneas políticas “duras” refiere. Los temas de género para las mujeres, la secretaría para las mujeres, pero las discusiones programáticas así como los espacios políticos donde estas se toman, para varones.

Así las cosas, es una tarea política de importancia preguntarnos cómo retornamos a los “espacios perdidos” de la militancia mixta (gremios, sindicatos y organizaciones políticas) de las que muchas huimos, o fuimos echadas por cansancio porque perdimos la batalla. ¿Será que perdimos la batalla o no tuvimos espacio para darla? ¿perdimos la batalla o en espacios super masculinizados "nos pasaban la mano por el hombro para dejarnos conformes" y en realidad nunca fue habilitada otra forma de concebir la política que integrara la militancia concreta y también los "supuestos" en los que esta se apoya?

Si bien una parte minoritaria de nuestro feminismo rechaza las estructuras tradicionales de participación política, otra parte proviene de estas estructuras del campo de la izquierda. Quizás este momento de especificidad de la lucha que se organiza entre mujeres, tenga que ver con el repliegue necesario luego de transitar experiencias “traumáticas” y fallidas en los espacios mixtos. “Valientes las que se quedan”, decimos algunas, mientras otras piensan en cómo permanecer, y también en cómo regresar, conscientes de la importancia de trabajar políticamente desde esos espacios y sosteniendo muchas veces una doble militancia en organizaciones “mixtas” y en espacios feministas propiamente dichos. El sindicalismo tiene poco lugar para nosotras, y nosotras ya estamos cansadas de demandar lo que nos corresponde. Compleja dialéctica aquella que materializa en formas políticas la diferenciación entre hombres y mujeres, colocando a los primeros en lugares “connaturales” a su género: el espacio público, y resignando a las segundas a la esfera doméstica.

Lo indiscutible es que el desarrollo del feminismo y su potencia se ha dado históricamente desde su especificidad organizativa, porque cuando hacemos entre mujeres damos respuesta más fácilmente a las múltiples violencias a las que estamos expuestas. Salimos primero a las calles, luego somos miles, el momento es propicio y la sociedad mira por debajo del rabillo del ojo. Las Alertas se sostienen, y los colectivos de mujeres se multiplican. No faltan los oportunistas que anuncian poner a disposición su cargo para dejar un espacio en la cúpula de decisión política a una compañera mujer que hasta el momento solo conformaban el secretariado ejecutivo del Pit Cnt con voz pero sin voto. De todas formas, estos movimientos (aunque sólo sean discursivos) también dan cuenta de la acción del feminismo hacia los espacios “perdidos”.

Tener la mitad de mujeres en el secretariado del Pit Cnt no lo hace ni más clasista, ni más feminista. Tener un secretariado con la mitad de sus integrantes mujeres quizás lo vuelva más justo respecto a su composición por género (que hasta ahora ha sido enteramente masculino), teniendo en cuenta que esta diferenciación en la ocupación de lugares de decisión es parte del modo en que se estructuran las relaciones sociales en términos de jerarquía, pero no contiene necesariamente a las demandas de la clase (ser feminista no nos hace en sí más clasistas), y cuando de avanzar sobre la fuerza de trabajo y las condiciones de vida de la población se trata, es bien claro que las mujeres (fundamentalmente jóvenes), se llevan la peor parte.

Por su cualidad de transversalizar, el feminismo dota de enorme potencia en todos los espacios que habita pues contiene en sí mismo una nueva racionalidad política, un hacer política en femenino, una ruptura con las formas tradicionales de hacer política compuesto por nuevas maneras de vincularnos, de comunicar políticamente (una nueva semántica), la insistencia en la preocupación prefigurativa y una ética liberadora tanto para hombres y mujeres, pues los preceptos de la masculinidad dominante que hoy nos matan, también constriñen a los varones. Esto nos lleva a discutir también el lugar que le otorgamos a los hombres y la necesidad de que ellos también amplifiquen sus postulados en otros espacios.

La política en femenino parece anunciar una nueva racionalidad política donde lo vincular y afectivo juega un rol preponderante. Las lógicas estrictamente instrumentales de postular tal o cual referente político ya no son admitidas por consenso, porque se vuelve indisociable la persona en su “vida personal” y el líder político. Esto nos cuesta muchas veces la fractura de orgánicas políticas, o el mote de que fragmentamos la clase, como si nosotras y no el capitalismo imprimiera esta fragmentación. Cabe preguntarse entonces cómo seguimos desmontando los discursos y dispositivos de violencia contra las mujeres sin que esto signifique una ruptura con los espacios que habitamos; cómo establecemos prácticas de cuidados entre nosotras en espacios que son realmente hostiles y qué sucede cuando dos semánticas-modos de concebir lo político y la política, en apariencia inconmensurables, se ponen en diálogo.

Sin embargo, lo que parece ser potencia puede volverse fragmentación si no se atiende la articulación con otras luchas, y eso nos lleva a pensar desde la totalidad que las unifica. ¿Cómo contrarrestamos la fragmentación y contribuimos, también desde el feminismo, a un pienso colectivo como sujetas de transformación social?

Deberíamos preguntarnos sobre qué consensos descansa hoy el feminismo local y si es posible elaborar síntesis políticas que nos permitan reagruparnos como movimiento, así como también mediante la integración de las demandas de otras luchas. Nuestro feminismo se ha manifestado en repudio al decreto antipiquete y la reforma de la caja previsional en Argentina, el asesinato de Marielle en Brasil, etc. El feminismo también se amplifica para escapar de una parcialidad aparente, porque es éste quien pretende cambiarlo todo.  

La forma en la que se estructura el trabajo en la sociedad capitalista hace de la clase un punto central sobre el que situar al feminismo. El modo de organización social basado en la explotación del trabajo, hace que el mismo estructure la propia diferenciación social convirtiéndola en trabajo productivo/trabajo reproductivo. La fragmentación, entonces, es propia de la clase social y cada una de sus expresiones de lucha son también parte del lugar específico que cada sujeto ocupa en las relaciones sociales. Cada sujeto lucha en función de su lugar y preocupaciones específicas.

Como feministas y militantes de izquierda, estamos acostumbradas a que nos exijan trascender la fragmentación o la parcialidad de nuestras luchas, como si todas las luchas no fueran en sí mismas expresión de la parcialidad del sujeto que enuncian y sus necesidades y preocupaciones concretas (lucha sindical, estudiantil, indígena, campesina, etc), y como si a todas las luchas se les exigiera lo mismo, porque no hay nada más reformista que la actuación política de la propia clase para poder reproducir su vida en base al sostenimiento de la fuerza de trabajo. Sin embargo, no vemos a nadie indignado con la lucha sindical. Parece una obviedad decir que la lucha sindical es sumamente necesaria, porque si bien plantea la pelea por una mejor distribución salarial sobre la base de la explotación de nuestra propia fuerza de trabajo, también permite el juego dialéctico y su potencia transformadora, la de cuestionar al capitalismo en su conjunto. Entonces, ¿por qué no pensar que el feminismo también es una posibilidad de escenificar la lucha de clases en otros terrenos, con formas propias y novedosas, y que allí también se transita por esta dialéctica entre reforma y revolución?

Una manera de pensar un feminismo anticapitalista es pensándonos como parte de esta totalidad que nos vincula, aunque no de la misma manera, al avance del propio capital. Decimos que no de la misma manera pues no somos explotadas igual (feminización de la pobreza, doble jornada laboral- trabajo reproductivo o doméstico como forma específica de relación social construida por el capitalismo-), ni que hablar si somos negras o indias, trans-travas, etc. Cada diferenciación se intersecta en otras dimensiones estructurales y estructurantes de la propia opresión.

En este sentido, creemos que el paro de mujeres es un ejemplo paradigmático de articulación con otras luchas en tanto posibilidad para articular y pensarnos, entre nosotras y para con otros, en los lugares donde este paro nos interpela directamente. El paro ofició como rescate/recuperación de experiencias pasadas de luchas de mujeres, como momento de reflexión y apertura de nuevos problemas políticos que nos permitieron redimensionar el sentido de la propia huelga y el paro.

La huelga no sólo detiene y atiende aquellas tareas correspondientes al trabajo productivo, sino también aquellas tareas invisibles del trabajo reproductivo que hacemos fundamentalmente las mujeres. Ante la llegada del paro comenzamos a pensar cómo organizarnos y entretejemos redes de mujeres en todos los espacios que habitamos (nuestros barrios, lugares de trabajo y estudio, etc), y también cuáles son los elementos en torno a los cuales el movimiento feminista puede unificarse para fortalecer la lucha de las mujeres en su dimensión internacional porque el internacionalismo también tiene rostro de mujer.

Las dificultades organizativas para instrumentar un paro de mujeres son muchas (mujeres solas con niñxs a cargo, sindicatos que no garantizan el paro junto a las tensiones para comprender la huelga de mujeres), y plantean ciertas limitaciones para el movimiento de mujeres y la izquierda en general. Múltiples reflexiones se pueden extraer de esta experiencia, tanto en los modos de diversificación de la lucha para ese día, como las tensiones inherentes a la especificidad de la lucha de las mujeres en relación a la clase.

Si bien el feminismo debería ser esencialmente anticapitalista pues tiene como fin último acabar con todas las opresiones, la realidad nos muestra que en rigor esto no es así, y que como cualquier concepción política del sujeto y la sociedad, la gestión del capitalismo también atraviesa al feminismo en sus agendas. Pero no estuvimos hablando de ese feminismo, sino del que intenta superar la parcialidad porque pretende cambiarlo todo y es expresamente anticapitalista.


.Notas:

1. https://www.hemisferioizquierdo.uy/single-post/2018/03/15/La-fragilidad-del-derecho-a-abortar

2. https://feminismos.ladiaria.com.uy/articulo/2017/3/feministas-si-pero-de-izquierda/

3. https://www.hemisferioizquierdo.uy/single-post/2018/05/13/Consideraciones-sobre-la-ley-de-trata-y-explotaci%C3%B3n-sexual

4. Rita Segato, La guerra contra las mujeres

5. Es preciso señalar que del feminismo negro proviene el concepto de Interseccionalidad para definir las identidades sociales solapadas o intersectadas en múltiples (e incluso simultáneos) niveles (género, etnia, clase, discapacidad, orientación sexual, religión, casta, nacionalidad, etc.) que refuerzan los sistemas de opresión y explotación. Clase, género y raza son aspectos estructurantes de relaciones sociales jerárquicas y desiguales, pero existen otras dimensiones a tener en cuenta en el “zurcido” de una estrategia general de cambio social.

(Hemisferio Izsquierdo / 26-5-2018)

NICOLÁS MAZZARINO - LA ORGUMILDAD EN BÁSQUET


por César Bianchi

El capitán abre las puertas de su casa en el coqueto barrio de Jardines de Carrasco y parece un oficinista: buzo cerradito, lentes de Clark Kent, el apretón protocolar de manos. El deportista aguerrido y vocacional se deja entrever en la charla, en los sofás de su living. Tan vocacional que a la edad en que los pibes están más pendientes de colarse en algún cumple de 15 y emborracharse que en jugar al básquetbol, él dejó la comodidad de su Salto natal para venirse solo a la capital, en busca de un lugar en Hebraica Macabi. No sólo consiguió el lugar: consiguió comenzar una carrera deportiva que seguramente no iba a tener como arquero de fútbol, y lo fue obligando a relegar los estudios. A cambio tuvo su compensación: selección juvenil, selección mayor, Hebraica, Welcome en su esplendor, el pase a Boca y el salto a Italia, donde fue capitán dos equipos del sur y el norte.
A su regreso al país, tras 11 años en Europa, y cuando todos esperaban su vuelta al equipo macabeo, arregló con Malvín, no por más plata, sino porque le dio tres años de contrato, cuando él sólo pedía dos y Hebraica le ofrecía uno. Le tuvieron fe en Malvín y mal no les fue: hace cinco años que juega, es el capitán y ya ganó tres Ligas desde su estadía. ¿Por qué? Porque, dice, tienen un "gran grupo humano", eso que hace que los planteles se fortalezcan cuando otros desfallecen.
Y ahí está Mazzarino, con su perfil bajo -la "orgumildad" como bautizó una empresa de cable para promocionar el Mundial de Rusia- y sus ganas de jugar un año más para demostrar su vigencia. Después probará suerte como entrenador, pero no se anima a decir si sabrá transmitir su experiencia o disfrutará del básquet tanto como hoy disfruta tirando triples. Ante todo el profesionalismo, dice, quien por eso mismo no se siente hincha de ningún club.

Sos salteño. Llegaste a Montevideo con 15 años, ¿ya directamente para jugar al básquet?
El "Chumbo" (Omar) Arrestia era salteño y trabajaba en el club Ferrocarril de Salto, donde yo jugaba. Salí de ahí, es mi club. Yo empecé a jugar al fútbol a los 5 años y a los 9 al básquetbol, practiqué los dos deportes hasta los 15. Pero me encantó el básquetbol, en verano estaba todo el día en el club. El "Chumbo" veía que yo estaba todos los días ahí tirando al aro y me dijo: "Si te consigo un equipo en Montevideo, ¿te animás a ir a jugar allá o te cagás?" Esas fueron sus palabras. Y yo, 15 años, le dije: "Sí, claro que voy". Él había jugado en Hebraica Macabi, entonces conocía al presidente. Rodolfo Kaminientzki, en ese momento estaba el (hoy) difunto Ramiro De León de entrenador. Un día fue De León a verme en Salto, me hizo una prueba, le gusté y ahí ya empezó otro tipo de problemas: había que convencer a mis padres. Yo había terminado tercero de liceo.

¿Costó convencer a los viejos?
A mi padre no, el problema fue mi madre. Yo ahora que soy padre lo veo, yo quizás dejaría ir a mi hijo, a mi señora le costaría un poco más. Costó conseguir un lugar donde quedarme, hasta que por un empleado de la fábrica donde trabajaba el presidente (Kaminientzki) se consiguió una casa en el Prado donde vivía Susana, una señora divorciada, que estuvo dispuesta a alojarme en una habitación libre que tenía. Y sin pensar mucho, me vine.

Pero cuando de chico jugaste al fútbol y al básquet fue por diversión, ¿o pensabas dedicarte a una carrera profesional?
No, no... Yo era asmático, entonces tenía que hacer deporte: hice natación, fútbol y básquet. Como buen uruguayo arranqué en el baby-fútbol, como arquero. Hice todas las categorías. Llegué a atajar en la Sub 15 de Salto. Y de básquet estuve en mini y cadetes, en la selección de básquet de Salto también. No sé si tenía condiciones, ¡me gustaba! Me vine a Montevideo, a la meca del básquetbol, sin mucha conciencia.

¿Te costó adaptarte a la capital siendo un adolescente y estando solo? 
Sin pensar hice todo. Si tuviera que volver para atrás, no sé si me animaría. Llegamos en la Onda una mañana, nos bajamos en la Plaza Cagancha, y estaba el presi. Nos llevó a tomar un café, nos mostró el club, después fuimos hasta el Prado donde nos mostró la casa donde yo iba a vivir. Y ahí me mostró todas las paradas de ómnibus que servían, hasta la que estaba en la Pepsi, en Instrucciones y Millán. Pasó la tarde conmigo y a la noche se volvió a Salto. Y ahí ya quedé solo. La señora de la casa me ayudaba con los bondis, yo no conocía nada. Yo estaba tan atento que cada vez que subía al bondi le decía al guarda: "Por favor, me avisás cuando llegues a Instrucciones", te decía: "Sí, sí, quedate acá cerca". Un día el bus estaba tan lleno que me bajé solo, y estaba lejísimos... decir que caminé por Millán y a la larga, llegué. Al principio no extrañé, era todo una novelería...

Y en Hebraica ese quinceañero se habrá encontrado con grandes figuras...
Claro, estaba Carlos Peinado, el "Peje" Larrosa, (Gianni) Pagani, jóvenes como (Enrique) Tucuna, Ramiro Cortés, de Salto. Pero te digo: al principio no extrañaba, después me pasó que me iba para Salto a visitar mi familia un viernes, y la vuelta a Montevideo era brava... Me acompañaba mi abuela, mi padre, mi madre y desde arriba del bondi veía llorar a la abuela. Tenía seis horas de regreso a la capital, esas horas eran tremendas.

¿Y los estudios? ¿Los descuidaste? 
Hasta cuarto año de liceo estuve muy bien, pasé todo, incluso exoneré las materias exonerables. Pero ese año que llegué me citaron a una preselección con equipos de Entre Ríos y Brasil, esa vez fui citado pero después eliminado, no quedé en la selección final. Al año siguiente pasé a quinto de liceo, venía todo bien, y me citan a la selección uruguaya Sub 18. Tuve que viajar a Quito con la selección. Cuando volví al liceo Bauzá después de la competencia, el último mes de clases me lo había perdido. Volví derecho a dar exámenes, pero había perdido el hilo... Perdí ese año. Al año siguiente, con 17 o 18, me inscribí nuevamente y me pasó lo mismo, porque desde los 16 todos los años me citaban a la selección. Entonces si bien podía recuperar las faltas, me faltaba seguirle el hilo. Empecé quinto año como cinco veces y hasta hoy nunca lo pude terminar. Me enganché con el básquetbol.

De haber seguido los estudios, ¿qué te hubiera gustado ser?

De chico quería ser cajero de un banco, jaja. Después, pensaba en fisioterapia o profe de educación física. Siempre algo ligado al deporte. 

Estuviste cinco años en Hebraica (1991-97), y después cuatro (1997-2001) en Welcome. El periodista deportivo Juan Pablo Tamborini me contó que en el año '98 Welcome te baja a reserva, pero como teniendo oro en el banco. ¿Cómo fue eso? 
Fue un tema reglamentario. En esa época Welcome tuvo sus años dorados -con Oscar Magurno de presidente- y había acaparado las mejores figuras del básquet nacional. Casi toda la selección estaba en Welcome. Cambiaron los reglamentos y se podía tener siete jugadores adultos, digamos, un extranjero y los otros cuatro Sub 23, ponele. El año 97 jugué en Primera y estaba en la selección uruguaya mayor. Para el 98 compró más jugadores: creo que fue (Luis) Pierri, (Diego) Losada, aparte de los que ya estaban. Entonces un día termina la práctica y Ramiro De León, el técnico, dice: "Vos, vos y vos tenemos que hablar". Era (Gonzalo) Caneiro, el "Pata" Pereira y el "Tato" Martínez, y nos dice que por un tema reglamentario teníamos que bajar a reserva. Yo era jugador de selección uruguaya, titular, y jugaba en reserva en Welcome en el 98. En las competencias internacionales con Welcome me tocó jugar de titular. Nunca entendí eso... En reserva fuimos campeones invictos.

Me imagino tu reacción cuando te dieron la noticia de bajar a la reserva...

Llegué a casa y lloré mal... Pero ese año me propuse algo: entrené como loco, el doble que antes y decidí no bajar los brazos. Me dio un impulso personal. Quería romperme para subir al plantel de primera: hacía doble horario, me quedaba después de hora, entrené como loco. Al año siguiente que volví a jugar en primera, fui el mejor jugador de la liga. 

En Boca se te da una experiencia muy breve, hasta el salto a Italia donde te consolidaste: ahí estuviste 11 años y fuiste capitán en Viola Reggio Calabria y en el Pallacanestro Cantú. ¿Cómo es el básquet italiano en comparación con el nuestro o la NBA?
Yo llegué al Reggio Calabria que está allá abajo, en la punta de "la bota", en el sur, ahí me mantuve primero como extranjero y después ya con la ciudadanía italiana. Estando ahí, recién llegado, se da que fallece mi padre y me vine de apuro a velarlo y no llegué a despedirlo. Ahí en ese equipo sureño terminé arreglando por tres años, el último año fui capitán. Y después me fui a Cantú, en el norte del país. Ahí estaba a 40 kilómetros de Milán y 20 de Como, en la frontera con Suiza. En el sur la gente es mucho más cálida, es amable; ya en el norte la gente piensa en el trabajo, en el dinero, y es más difícil hacer amistades. Son dos cosas bien distintas el norte y el sur. Y respecto al básquet, hay diferencias con la NBA, pero en ese momento Italia y España estaban fuertes. Fue un cambio enorme viniendo de Uruguay. Yo le dije a mi señora: "Vayamos a probar, y si nos echan, nos volvemos". Pero cuando llegué me adapté enseguida, y se fue dando todo. En Reggio Calabria capaz que la organización no era tan buena, el norte sí es mucho más profesional, más organizado. Lo que tiene el profesionalismo es que te dan todo, pero tenés que rendir: vivís para eso.

Dijiste en Desayunos Informales que era un básquetbol muy profesional, a diferencia del nuestro que tildaste de "desprolijo". ¿Tan difícil es respetar un calendario y evitar suspensiones de partidos acá? 

Es que no somos un país del Primer Mundo, no tenemos esa infraestructura. En Italia no me pasó eso porque los estadios son modernos, tenés calefacción, aire acondicionado. No se llueven. Yo creo que es una cuestión de poderío económico. Acá si todos tienen estadios más modernos, no se van a suspender los partidos. Después, si los calendarios no se respetan, ahí sí pasa a ser un problema humano.  El principal problema nuestro es la infraestructura: tenemos casi los mismos estadios que hace 60 años. Ya no tenemos el Cilindro, incluso. Está Malvín que hizo su estadio cerrado, Biguá también y no mucho más. El Antel Arena será otra cancha, pero habrá otras actividades. Ahora tenés una cancha grande sola: el Palacio Peñarol, y si está comprometido por otra fecha, un espectáculo, tenés que cambiar la fecha. Hubo un año en que en pleno playoffs vino Holiday On Ice y durante 10 días no se pudo jugar. A eso me refiero con desprolijidad. Vos llegás a Italia y ya sabés desde el primer día qué día se jugará cada partido de todo el año.

¿Qué cosas extrañás de Italia?

La comida, por ejemplo. Me encantaba. Hay otra variedad, me acostumbré a comer otras cosas. Y lo cerca que estás de todo en Europa: un día fuimos a la Euro Disney en París y conseguí pasajes en avión por 40 dólares por persona. Ni qué decirte de viajar en tren de un país a otro. Te vas dos días de un lado a otro. Me gusta todo lo organizado: el tránsito, las autopistas, me encanta eso. Los gurises hablaban italiano excelente. No los trataban como extranjeros. Cantú era un pueblo de 30.000 habitantes, imaginate lo bien que trataban a los hijos del capitán del equipo, jeje. Pero yo les decía que al volver a Uruguay, eso no iba a pasar. Que no se acostumbren. 

¿Qué cosas extrañaste de Uruguay en algo más de una década? 

Para serte sincero, no extrañaba mucho. Tenía a mi señora y mis hijos, mi núcleo más cercano. Ponele que extrañaba a mi madre y mis hermanos, que cada tanto iban, pero pensá que cuando estoy acá, mi madre y mis hermanos están en Salto, así que es lo mismo. Acá puedo agarrar el auto e irme hasta Salto, eso sí. 

Vayamos a lo más reciente y dulce: ¿Por qué salió campeón Malvín? ¿Qué tuvo para coronarse después de una serie de siete finales tan pareja? 

Mirá, los dos primeros años míos en Malvín (2013, 2014) ya sabíamos que competíamos para salir campeón. Teníamos un gran equipo. Vos ya empezabas la Liga pensando en campeonar. El tercer año perdimos en semifinales. Este año fue distinto: teníamos un buen equipo sí, pero sabíamos que íbamos a depender de los americanos. Fijate que este año cambiamos tres parejas de americanos. Después depende de la economía del club, los jugadores que puedas traer. Empezamos el año a los tumbos, pero cuando fuimos a Liga Sudamericana, acá iban cuatro fechas (habíamos ganado dos y perdido dos), allá perdimos los tres partidos pero jugamos bien. Y ahí hicimos un clic: volvimos y tuvimos una racha de cinco o seis partidos ganados, hasta llegar a los playoffs. En la serie con Hebraica arrancamos 2-0 arriba, nos empatan, un quinito partido donde al terminar el primer tiempo perdíamos por 18, pero lo dimos vuelta. Creo que eso nos dio un empujón anímico. A Defensor en semis le ganamos 3-1, pero tampoco fue un paseo, estuvo complicado. Y en la final contra Aguada arrancamos 2-0 jugando bien, nos empatan y nos comimos una paliza bárbara en el tercero, pero el grupo estaba unido, fuerte y ganamos porque se nos dio el último partido. Pudo haber ganado Aguada tranquilamente. Fijate que la mayor ventaja fue solo de cinco puntos.

¿Pero qué tuvo este Malvín?

Tuvo un gran grupo humano, donde los últimos dos americanos que vinieron (Harper Kamp y Dominic Mc Guire, éste último había jugado en la NBA en Golden State), aparte de ser buenos jugadores, se adaptaron rápidamente al grupo. Lo fundamental es tener un buen grupo, aunque hay que jugar bien al básquet, claro. Cuando tenés un buen grupo, y llegan los momentos difíciles, ahí no te peleás. Si en las feas se empiezan a pelear entre compañeros, ahí la cosa no funciona.   

Fueron finales en las que hubo varios episodios extra-basquetbolísticos: una persecución con insultos de Fernando Cabrera (DT de Aguada) a López, Smith y su máscara, la suspensión de Diego García en Aguada, los audios que involucraron jugadores en apuestas clandestinas. ¿Se llegó a desvirtuar la competencia por todo esto? 

Se desvirtuó en las redes sociales. En la cancha, tanto ellos como nosotros, no hubo ningún tipo de problemas, más allá del encontronazo entre los entrenadores. Se vivía de distinta manera a lo que es el exterior. Los comentarios, las preguntas y comentarios de los periodistas deportivos, los comentarios en redes sociales, nada de eso se trasladó a lo basquetbolístico. No se trasladó a la cancha. Pero sí creo que todo eso le dio a ellos un empuje extra, una motivación extra, y complicó la tarea de los árbitros. Todas estas cosas, los comentarios, ejercieron presión y ahí sí enrareció el clima, pero en la cancha no. 

Periodistas que saben mucho de básquet, me decían que Malvín hizo algo parecido a la selección uruguaya con Tabárez: apostó a un proceso. Pablo López dirige Malvín desde 2006. ¿Esa es parte de la explicación del éxito? 

Sí, y tiene que ser. Sobre todo en la conformación de los planteles. Creo que Malvín va cambiando pero de a uno o dos jugadores, el núcleo madre continúa. Otros equipos cada año cambian casi todo el equipo, hacen borrón y cuenta nueva, y así es difícil tener un proceso. Malvín seguro cambia los americanos, pero de los nacionales, se fue (Bruno) Fitipaldo, (Mathías) Calfani, antes el "Enano" (Fernando) Martínez, que se fue a Goes, pero es más fácil cuando sumás uno o dos compañeros nuevos que cuando cambiás cinco o seis. Eso ayuda al proceso. Él ha sabido trabajar, y hay jóvenes que salen del club. 

Un hincha de Malvín, para ilustrarme la idea del proceso, me decía que al otro día de ganar la Liga, López y Horacio "Chato" Martínez estaban dirigiendo el entrenamiento de la Sub 23.

Bueno, eso va en cada técnico, es parte de su persona. Es como yo cuando era chico y jugaba básquet todo el día, y entrenaba en triple horario. Eso es ser profesional, y ahí está viendo los jóvenes para reclutar y capaz que llevarlos al primer equipo. 

A los colegas de Sport 890 les decías que los primeros años te costó mantener una buena relación con el DT, que no se entendían muy bien. ¿Por qué? 

Es que yo estaba acostumbrado a otro tipo de juego y entrenamiento, y había cosas que no me adaptaba o no me gustaban, pero bueno... era más que nada algo mío, personal. Me costó adaptarme, pero siempre mis diferencias eran de metodología y para mejorar. A veces llevó a algún roce, pero son normales. Ahora la relación es buena y ya nos conocemos. Si ahora hay algo que no me gusta de él o de la forma de trabajo, lo hablamos o sencillamente la evitamos. Nada puede perjudicar el equipo, y nunca perjudicó la parte deportiva, porque los dos queremos salir campeones. 

¿Terminaste opacando la llegada de Esteban Batista a Welcome o incluso a Leandro García Morales, que juega en tu puesto? 

No, para nada. Ahora se habla mucho de mí porque salimos campeones. Si hubiera salido campeón Hebraica, se estaría hablando mucho de Leandro o si hubiera salido campeón Welcome, se hablaría de Esteban. No es tenis. No es Mazzarino contra Batista o contra Leandro. Para mí ellos dos siguen siendo los dos mejores jugadores que hay acá, los dos más determinantes, esa es la realidad. Yo estoy en un buen grupo, juego bien, pero dependo mucho de mis compañeros, porque ya tengo 42 y no tengo la capacidad individual de llevarlos solo a la victoria. Ellos capaz que sí, te pueden ganar un partido. 

No sos un histórico del club, pero ya hace cinco años que estás, desde que volviste de Europa, y fuiste tres veces campeón de la Liga. ¿Sentís que te convertiste en un referente, aunque no te hayas criado en Malvín? 
No sabría decirlo. Habría que preguntarle a los hinchas de Malvín. Quiero pensar que sí, que algo he dejado, creo que cuando me contrataron la idea era tener un referente para los jóvenes, un ejemplo... si bien no me gusta la palabra ejemplo, porque yo no hago nada para ser un ejemplo, yo soy así, y si me quieren tomar como ejemplo, bárbaro. Es un club con muchos socios, muchos jóvenes, quiero pensar que sí, que algo de todo eso quedará para el futuro.

Consulté a algunos hinchas de Malvín, les pregunté por vos, y me dijeron cosas como: "Mazzarino es todo lo que está bien", "es magia, respeto, un ejemplo". Y uno de ellos me dijo que esta quinta estrella está asociada directamente a vos, como alguna de las anteriores a Fernando Martínez. ¿Lo ves así? ¿Crees que en un futuro se va a asociar esta Liga contigo? 
No sé, sería injusto. Tal vez hay gente que me tiene más aprecio porque soy un viejito de 42 y que todavía está jugando bien. Lo veo por ese lado. Jugué bastante bien, pero tampoco la rompí, no fui una cosa que "¡guau!". Claro que esos comentarios son un mimo, me llenan de orgullo. Siempre me sentí respetado por la gente del básquetbol.

Una amiga fanática de Malvín me dijo que piensa en vos  y se acuerda de Manu Ginóbili: por la veteranía, por el don de gentes y por el profesionalismo en alta competencia. ¿Ves puntos de contacto?

Manu Ginóbili es un jugador que admiro profundamente. Jugué en contra de él, en la selección. Era un Sub 21 en un torneo en Vila Velha (Brasil), él estaba de suplente, y era un flaquito que en el entretiempo iba y la hundía. El famoso era "Pepe" Sánchez en ese momento. Ese mismo año fue a la Liga argentina y empezó a jugar, al toque se fue a Italia. Cuando yo fui a Reggio Calabria estaba el base Montecchia, de la selección argentina, y él me pasó el número de Ginóbili, y nos mensajeamos un tiempo, intercambiamos algún mensaje. Yo seguí su carrera y fue un espectáculo. Pero ha sido un espejo para mí, sí. 

Hebraica coqueteó con llevarte, cuando querías pegar la vuelta al país, ¿no? ¿Por qué no se dio? 

Hebraica y Trouville. De hecho, Trouville fue el primero que cuando yo me vine de Italia me propuso algo y después echó para atrás. Es que todo indicaba que iba a volver a Hebraica, porque salí de ahí, porque tengo buena relación con quien era el presidente, pero no se dio. Yo volví con 37 y quería un contrato de dos años, ni yo sabía qué iba a pasar acá, si me iba a adaptar nuevamente a jugar en Uruguay. El dinero no era problema, pero me ofrecieron un año solo y yo insistí con que quería un contrato de dos años. Yo le dije a Jesús Rostán, mi agente, que sí o sí quería dos años. Y apareció Malvín, que no llegaba a ese dinero en dos años, pero me ofrecían tres años de contrato. Yo no sabía si podría andar bien tres años, pero sí me tenía fe para dos años. Y arreglamos. Hace cinco años que estoy en Malvín. 

¿Cómo podés evaluar tu pase por la selección? 
Arranqué a los 16 años y jugué hasta los 33. Hice un parate en 2006 porque nació mi hija, un año que había Sudamericano y no jugué por eso. Creo que fue bueno, pero no obtuvimos grandes resultados deportivos. Fui campeón Sudamericano en el 97, en mi debut. Y la medalla de bronce en los Panamericanos de Rio en 2007, esos fueron los mayores logros. Capaz que no tuvimos los resultados que el grupo se merecía: siempre nos quedamos en la orilla de clasificar a un Mundial o a Juegos Olímpicos.

¿Pero siempre un buen grupo humano, con buen clima de fraternidad?

En general, sí; ya en los últimos años dentro de la selección capaz que había distintas personalidades y distintos grupos, y no logramos expresar todo el potencial a raíz de eso. Ponele que eran grupos con distintas mentalidades, no había el feeling que tiene que haber en un equipo. Nada grave. Yo dejé en 2008, el grupo siguió, pero tampoco pudo clasificar. 

¿Sos hincha de algún club de básquet o siempre te consideraste un profesional?

No soy hincha de ninguno. Pero en todos los equipos que estuve he hecho amigos. Después de no haber arreglado con Hebraica, en mi regreso de Italia, mucha gente me insultó, pero yo en Hebraica tengo muchos amigos. Ese club me marcó, marcó mi adolescencia. Pero no puedo decir que soy hincha de Macabi. Lo mismo me pasó con Welcome. Y ahora en Malvín. No sé si cuando me vaya del club me voy a hacer hincha de Malvín, pero sí me voy a llevar muchos amigos de acá. Pero no soy hincha de ningún equipo de básquetbol, y si fuera de alguno, sería de Ferrocarril de Salto, donde me crié. Siempre fui profesional y a todos los equipos donde fui di el máximo. 

En fútbol sos manya. De hecho, jugaste aquel partido amistoso de setiembre de 2013 entre Peñarol y su tocayo de Mar del Plata, donde al final los jugadores se sacaron una foto con la gallina inflable con los colores de Nacional, lo que fue denunciado por Nacional en el Tribunal de Penas de la Federación Uruguaya de Básquetbol por entenderlo una provocación. ¿Crees que se equivocaron al sacarse esa foto con la gallina inflable, o fue un chiste malinterpretado? 

Para mí fue una trampa. Yo había llegado hacía poco de Italia, y no tenía ni idea qué era esa gallina. No había mirado el clásico donde la barra de Peñarol sacó la gallina, no miro fútbol uruguayo. Soy simpatizante de Peñarol, no hincha. Cuando me llamaron para una foto fui, pero caí como un paloma. Cuando saltó todo el lío yo me quería morir, porque no me interesa el tema de Nacional o Peñarol, menos sumarme a una gallina... La pasé mal, porque no soy así. Claro que entendí que se podía ver como una provocación. Me dio vergüenza, porque yo no soy así. Eso estuvo horrible. Tanto que me arrepentí de haber ido a jugar ese partido después de esa foto. No es mi estilo sumarme a esas cosas, para nada. 

¿Y si Peñarol vuelve al básquet te gustaría ir? 

No, no, lo tomaría como un equipo más. Soy profesional. No va a pasar, porque si vuelve al básquet, arranca en Tercera. Cuando llegue a Primera yo voy a estar retirado. Pero suponiendo que volviera a Primera el año que viene, lo tomaría como cualquier equipo: si me conviene el proyecto y la plata, iría, como también iría a Nacional o cualquier club. 

Hiciste el curso de entrenador. ¿Ya tenés claro que cuando dejes el básquet vas a ser DT? 
Claro no tengo nada. Sí tengo el diploma y puedo ejercer como entrenador. No voy a hacer las dos cosas: agarrar alguna categoría de inferiores mientras sigo jugando. No es mi estilo. Una vez que termine de jugar, voy a probar. No significa que por haber jugado a un buen nivel voy a ser un buen técnico. Voy a probar, voy a ver si sirvo, si me gusta y si puedo transmitir lo que sé. Sí sé que voy a probarme como entrenador.

Tenés 42 años, pero querés jugar, por lo menos, un año más... ¿Cómo conservás la motivación? 

Lo hago hace 30 años. A mí me da miedo dejar porque no sé qué voy a hacer después... Yo no tengo la vida resuelta. Si dejo de jugar, tengo que buscar otras cosas. Tengo que trabajar de algo o generar algo, algún negocio. He pensado: "Si dejo, ¿qué hago?". Siempre estoy pensando alguna sociedad con algún amigo, pero son negocios que pueden funcionar o no. A mí me gusta entrenar, estar preparado, trato de mantenerme motivado, porque cuando ya no tenga la motivación, largo todo. Creo que voy a jugar un año más y después veré. Ya van cinco años desde mi regreso, y me encuentro bien. 

Has ganado 7 títulos, y uno de tus mejores amigos, Gustavo Szczygielski, es el basquetbolista más ganador de la historia del básquet uruguayo, con 9 títulos. Le diste una ventaja: estuviste 11 años afuera... ¿Ahora querés empatarle? 

Creo que no hay chance. No hay chance porque no tengo margen de error. No es mi motivación ser el más ganador, nunca fue. Mi motivación es jugar, mejorar y dar el máximo. Y junto con los demás lograr lo mejor. Lo que me queda de mi carrera es el camino recorrido, los amigos que hice. Yo no cambiaría nada de lo que hice: podría haber sido mejor o peor.  

Hace más de 30 años que jugás al básquet y jugaste con un sinfín de jugadores. Armame tu cinco ideal, de jugadores de Uruguay con los que jugaste.

De base pongo a Marcelo Capalbo, que en su momento era uno de los mejores de América, en mi posición (ayuda base) pondría a Leandro (García Morales), después pondría al Oski Moglia de 3, Esteban (Batista) y a Gustavo (Szczygielski) lo pondría de 5. 

¿Y tu ránking a nivel mundial? 

Tengo mis favoritos, lo que no quiere decir que sean los mejores. Pondría Gary Payton de base, Michael Jordan, Lebron James juntos, Tim Duncan y Shaquille O'Neill. 

Tu hijo Francesco, de 15 años, también juega al básquet en Malvín. ¿Te gustaría que se dedicara profesionalmente a una carrera en este deporte? 

Me gustaría que estudiara, ya se lo he dicho. Él quiere ser jugador de básquetbol. Yo le digo que puede ser, sí, pero tendría que esforzarse mucho más que ahora y tendría que dejar los estudios. Él me dice: "Vos los dejaste", y yo le contesto: "Yo a tu edad ya vivía fuera de casa, vivía solo y me había ido de mi ciudad". Si hoy o mañana veo que tiene las condiciones como para romperla, capaz que lo apoyo. Pero mi idea es que no deje los estudios. Es difícil vivir del básquetbol. Yo le hago ver el ejemplo de muchos amigos que jugaron al básquet a nivel profesional, y hoy son escribanos, contadores, dentistas. Yo soy amigo de Edgardo Ottati, mi hijo lo conoce también y siempre le pongo el ejemplo de él. Con Edgardo jugué en Hebraica, siempre jugó, tuvo su nombre en el básquetbol, y hoy trabaja como contador en un banco. Después tengo a Delfina, que tiene 11 y hace hockey, handbol, natación, pero no me dijo nada de dejar los estudios... 

¿Sos feliz? 
Sí, sí, no soy demostrativo, pero sí lo soy.


(Montevideo Portal / 7-6-2018)

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