miércoles

VOYAGE AU BOUT DE LA PEUR / CROIRE OU CREVER - HUGO GIOVANETTI VIOLA ( édition BILINGUE complète)

 


(UN ROMAN CONÇU DANS LE PARIS DES ANNÉES 70, QUAND LA PANDÉMIE SPIRITUELLE DE LA POSTMODERNITÉ NOUS AVAIT DÉJA MORTELLEMENT MIS EN ECHEC)

Cette 1ère édition bilingue a été réalisée par elMontevideano Laboratorio de Artes avec le soutien de la romancière et professeur émérite Maryse Renaud (Université de Poitiers), l’Atelier de Traduction Hispanique de l’École Normal Superieure de Lyon que dirige le professeur Philippe Desommes, la professeur et universitaire Ludmila Ilieva (Université de Sofía, Bulgaria), la revue mexicaine BLANCO MÓVIL, la professeur de Littérature Hispánique Ana Carolina Teixeira Pinto (Universidade Federal de Fronteira Sul, Brasil) et la Sociedad de Amigos Viena-Montevideo (Autriche).  

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martes

BELÉN RUEDA “SUEÑO CON PODER SER ACTRIZ HASTA EL FINAL”

 

 por Amalia Enríquez

 

Sigue conservando esa belleza tan característica en las musas de Alfred Hitchcock. Alguien la describió, hace tiempo, como "una fuerza de la naturaleza" y, si estuviera en Hollywood, ya la definirían como "la Venus rubia". Aunque empezó haciendo sus pinitos en la danza, su bautismo de fama le llegó en la pequeña pantalla. Sin embargo, ha sido el cine quien le ha abierto las puertas "de par en par" para que triunfe a lo grande. Lo suyo es tenernos en tensión y, en "No dormirás", mete miedo del que no te deja conciliar el sueño...

 

Volvemos a las andadas, al miedo, aunque sea psicológico…

 

Sí y a mí me encanta. Me gusta que el espectador esté en tensión. 'No dormirás' hace pensar bastante y tiene dos enseñanzas importantes. Una es que, llegar hasta un extremo mental que te puede afectar anímica y físicamente, no es necesario. Otra es que, cuando alguien tiene unas determinadas carencias o inseguridades, no siempre el fin justifica los medios.

 

¿Eres miedosa?

 

Cuando hice 'El orfanato' no había visto ni 'El resplandor' ni ninguna película de miedo. En ese momento es cuando empecé a verlas porque, cuando vas a rodar algo así, hay un código que es conveniente que sepas. Yo soy muy miedica, pero me he dado cuenta de que uno puede curarse los miedos.

 

¿Cómo los gestionas tú?

 

El miedo te llega o te atenaza porque desconoces lo que hay al otro lado de la puerta. Hay que abrirla y la sensación es terrorífica mientras la estás abriendo pero, cuando descubres lo que hay al otro lado, viene la calma. Hay que tener valor para abrir la puerta, porque no puedes estar teniendo pánico toda la vida.

 

Pero hay que saber hacerlo…

 

Hay momentos en la vida en los que te sientes más segura y vences esos miedos que son, sin duda alguna, inseguridades. El sentirte segura te da la fuerza para cruzar las puertas.

 

¿Nunca has tenido un cierto "yuyu" al rodar una escena?

 

Sí, sí... Y me pueden pasar dos cosas. Una es que, según acabe de rodarla, necesite unos diez minutos de desconexión, solo para mí. Y otra que, como entre en un sitio malo, que yo le llamo, no puedo parar de llorar o de tener angustia. Hay una escena en 'Mar adentro', en la que me estoy despidiendo de Ramón Sampedro y le estoy diciendo "lo vamos a hacer, vamos a morir juntos", en la que entré en bucle. Era una escena muy emocional y yo acababa de pasar por una situación personal muy dolorosa y profunda. Entré en una espiral de la que me costó mucho salir.

 

¿Merece la pena pasar por esa tesitura?

 

A veces sí porque acaba siendo algo depurativo. 'Mar adentro' me ayudó muchísimo emocionalmente. Leí bastante sobre la muerte y las diferentes teorías de varios autores, alguna de ellas bastante poética y natural, algo a lo que no estamos acostumbrados. Para llegar a la curación tienes que pasar por esos estados vitales.

 

¿Qué te quita el sueño?

 

La enfermedad y la injusticia. Eso me aterra más que la muerte, que no me da ningún miedo. Pienso que es una faena para los que se quedan, eso sí. Lo que de verdad me aterra es una enfermedad que llega a un punto en el que no puedes decidir hacia dónde quieres ir, porque no me gusta ser una carga para nadie.

 

¿Qué te asusta o intimida al volver la vista atrás?

 

En principio no me asusta nada porque ya ha pasado. Si hay algo de miedo es en lo que puede venir. Algo que me aprendido en todo este tiempo, sobre todo cuando he estado rodando en África, es que hay que disfrutar el presente y no pensar en mañana.

 

¿Cuál es ese primer recuerdo que te viene a la cabeza del pasado?

 

El día que me llamaron para hacer 'Mar adentro'. Estaba en Menorca y no me lo podía creer.

 

¿Algún sueño sin realizar?

 

Seguir trabajando en esta profesión. Sueño con poder ser actriz hasta el final, al margen de que tengo ahí un runrún que me lleva a soñar con dirigir y producir.

 

¿Qué te hace reír/sonreír sin remisión?

 

Cuando estoy con los que más quiero, con mi familia.

 

¿El mejor regalo que te ha dado la vida?

 

Mis hijas.

 

Ese momento en el que has dicho ¿qué he hecho yo para merecer esto?

 

Ha habido etapas en mi vida en las que la desgracia se ha cebado en muy poco tiempo. Hubo momentos en los que tuve la sensación que no iba a salir de ahí. El bucle que hablábamos antes. Igual que lo hay en positivo, existe en negativo. Y, en ese, hay momentos que no ves la luz al final del túnel.

 

¿Existe un super poder que te gustaría tener?

 

Sí, el de poder trasladarme en cero coma de un lugar a otro. Podría decirte el ser invisible, que te permite observar sin ser visto, pero eso no me gusta porque no soy nada cotilla. Lo que me fascinaría es poder estar en dos lados a la vez.

 

¿El momento más embarazoso en el que te hayas encontrado?

 

Cuando me dieron el Goya como actriz revelación, no me lo esperaba para nada y estaba tan nerviosa que, cuando di las gracias, me olvidé de dárselas a Amenábar ¿Te lo puedes creer? Te lo juro por mi vida. Me quise morir y, cuando me dieron el Fotograma de plata, lo primero que dije fue "Alejandro, gracias."

 

¿Recuerdas la última vez que has llorado?

 

Sí...y fue de tristeza. No la vamos a recordar.

 

¿Qué libro te cambió la perspectiva vital?

 

El amanecer.

 

¿La palabra que más dices?

 

Fenomenal (risas).

 

¿A quién invitarías a la cena de tus sueños?

 

A mi novio.

 

¿Lo peor de la fama?

 

La poca privacidad.

 

Imagínate que mañana se acaba todo ¿qué te quedaría por hacer o qué es eso que no querrías dejar de realizar?

 

Cuando piensas que mañana termina el mundo, yo me juntaría con la gente que quiero las veinticuatro horas. Aunque tuviera de margen una semana, eso es lo que haría.


LAS LUCES Y LAS SOMBRAS DE NAOMI WATTS

 

por Rachelle Unreich

 

Mágica, hilarante, compleja y resplandeciente, Naomi Watts aporta su especial magnetismo a cada uno de sus papeles. Ahora que se prepara para otro año estelar, habla con Harper's Bazaar sobre la ‘clean beauty’, los temas oscuros y la vida tras Liev Schreiber.


Sentada en un coche en Nueva York, con la lluvia golpeando el techo, la actriz Naomi Watts está esperando a que uno de sus hijos acabe su clase de ballet. Es ese tipo de madre que encaja reuniones de trabajo en medio de las frenéticas necesidades de la vida familiar. Sale brevemente del coche cuando piensa que le están poniendo una multa, y me fijo en si la gente la reconoce. No es así, y no se debe solo a la típica indiferencia de los neoyorquinos ante los famosos.


"No me reconocen casi nunca. Es la verdad –insiste–. La gente igual se acerca a mí a decirme: ‘Eh, ¿te han dicho alguna vez que te pareces a la actriz Naomi Watts?’. Dependiendo de mi estado de ánimo, a veces respondo: '¿En serio? ¡Nunca me lo habían dicho!'. Y otras: ‘Sí, me lo han dicho, ¡y es porque soy ella!’. Pero entonces me preguntan en qué películas he actuado y me veo recitando mi trayectoria, lo que es aun más humillante. Así que creo que tengo suerte de pasar inadvertida. Y ni se me pasa por la cabeza pensar eso de 'Oh, lo he logrado, soy famosa'".


Esta anécdota la define perfectamente. Tiene sinceridad. Tiene un punto de reírse de sí misma. Tiene humildad. Y también un atisbo de inseguridad, no del tipo que impide que hagas cosas, sino del que hace que te ruborices con cierta frecuencia. Es imposible hablar con Watts sin sentir que la conoces por lo cercana y real que parece ser; hoy se ha presentado sin maquillaje, con ropa informal y gafas. Incluso en la alfombra roja es más propensa a vestir con algo sencillo que a llamar la atención. La actriz dice que su voz interior se pregunta, "¿voy a parecer un bicho raro así vestida? No me importa probar cosas nuevas, pero solo si me siento cómoda. Mi hermano [el fotógrafo Ben Watts] ante un conjunto demasiado osado siempre usa una expresión: ‘Parece ropa para apicultores’. No tengo nada en contra de experimentar, y si estoy de humor me parece bien y todo, pero nunca nada que sea excesivo".


Este anhelo por la sencillez se extiende también a su régimen de belleza, dado que es socia de Onda Beauty, que vende productos cosméticos no tóxicos y de origen sostenible, y donde tiene su propia línea. Además de su tienda on-line, Onda acaba de abrir su primera tienda física en Londres, que se une a las dos en Estados Unidos y a la del barrio de Paddington en Sídney, Australia.


Watts ha sido clave en la creación de la marca ya que fue quien puso en contacto a las fundadoras (y amigas de la actriz) Sarah Bryden-Brown, excompañera de instituto de Watts que trabajaba en publicidad y start-ups, Larissa Thomson, que había trabajado en el mundo de las revistas de moda. Fundaron Onda en 2016 y un año después convencieron a la actriz para que se uniese. Las ayudó que Watts ya había probado los productos y conocía su eficacia. Bryden-Brown afirma que lo más sorprendente fue ver lo hábil que es la actriz en los negocios. "Toma decisiones y aporta sus conocimientos. Trabaja de una manera muy inteligente y estratégica, y me sorprendió su atención al detalle en ese aspecto del negocio".


Pero aunque parece que Watts ha detenido el proceso del envejecimiento, ya que fotos suyas de los 90 podrían pasar por actuales, los trucos para ganar confianza no vienen en botes como ocurre con los de belleza. "No me siento totalmente cómoda en mi propia piel –admite–. Lucho con eso como todo el mundo. Pero sin duda creo que a medida que me hago mayor voy aprendiendo qué funciona. Eso no quiere decir que incluso tras mucha práctica pueda decirme que todo va como la seda. A veces pienso que tengo todo bajo control y el día siguiente me desespero y siento que intento hacer demasiado y no abarco nada. Cuando percibes que no puedes con todo eso que tienes que hacer te sientes incómoda contigo misma. Están todos unidos, los días buenos y los malos".


En su estilo interpretativo se aprecia también un yin y un yang. Algunos de sus papeles han logrado un gran reconocimiento (dos nominaciones a Mejor Actriz en los Oscar por 21 gramos y Lo imposible), pero ahora está más preocupada por que sus trabajos potenciales se ajusten a la agenda familiar y suele rechazar rodajes que tengan lugar durante el calendario escolar si no son en Nueva York o sus alrededores.


Sus hijos, Sasha, de 12 años, y Kai, de 10, aun no conocen de cerca el trabajo de su madre. "Hasta ahora no han podido ver muchas de mis películas. Han visto King Kong. A Kai le gusta el cine de terror y se muere por ver The Ring, pero no le dejo todavía… Siempre me han interesado más las temáticas oscuras, y eso no ha cambiado aunque haya tenido hijos".


Este año tiene múltiples proyectos: Ophelia, una representación del Hamlet de Shakespeare desde el punto de vista de Ofelia; Luce, donde interpreta a la madre adoptiva de un joven cuyas alarmantes ideas políticas lo enfrentan con sus padres, y La voz más alta, una miniserie coprotagonizada por Russell Crowe, basada en el caso real del presidente de Fox News, Roger Ailes, cesado tras ser acusado de acoso.


Pronto empezará a rodar la cinta australiana Penguin Bloom, interpretando a una persona real, la madre Sam Bloom, cuya vida cambió trágicamente tras quedar parapléjica debido a un accidente durante unas vacaciones, y cuya vida salvó, tal y como lo define la propia Bloom, una urraca herida que de un modo casual acabó formando parte de su familia. "Intento que mi trabajo me resulte interesante preguntándome: ‘¿Qué lecciones puedo aprender asumiendo el papel de una persona real?’. Tienes que conectar con el rol de manera que acabe siendo una especie de catarsis".


Tras haberse percatado de que en la vida es menos importante una lista de logros que lo que una aprende durante el camino, Watts también sopesa mucho sus decisiones fuera de la pantalla. "Me he dado cuenta de que a medida que te haces mayor te vuelves más nostálgica. Empiezas a querer asegurarte de que estás más en contacto con tus seres queridos. Así que ahora quiero crear experiencias más que añadirlas a una colección de cosas. Me encanta comprar obras de arte, adoro la fotografía, los zapatos, el cuidado facial. Pero quiero crear recuerdos y aferrarme a ellos. Planear un viaje con un grupo de amigos y cerciorarme de que todo está en su sitio, crear recuerdos para mis hijos y no solo para mí. Eso me encanta".


Como ejemplo, la fiesta por su 50º cumpleaños el año pasado; una celebración por todo lo alto en Marrakech, para la cual volaron hasta Marruecos 40 invitados. "Solo esperaba que viniese un puñado de amigos, pero vino un grupo realmente grande y se convirtió en un evento fantástico que duró tres días. Fue maravilloso, repleto de experiencias que espero que la gente atesore tanto como yo".


Su hermano Ben es testigo del impacto que su hermana pequeña ha tenido sobre su círculo de amistades. "Cuando se relaja es una de las personas más divertidas que existen. Es la salsa de cualquier fiesta y tiene una energía casi infantil –declara–. Me sobrecogió el amor y el apoyo que le dan sus amigos. No vinieron por la fiesta, vinieron por Naomi, porque es una magnífica y leal amiga".


Su socia y amiga Sarah Bryden-Brown añade: "Lo que ves es lo que hay. Es muy divertida, inteligente y tierna. Elige a su gente y forman parte de su vida durante mucho tiempo. Es muy terrenal, nunca se toma en serio a sí misma, le apasiona su trabajo y siempre está ahí cuando la necesitas. Hace un par de años pasé por una mala época, y Naomi es muy buena cuando hay que darte una patada en el culo para que hagas las cosas, pero también cuando hay que dar un abrazo y reconfortar".


Esa empatía y bondad seguramente explican la buena relación que tiene con la que fue su pareja durante más de una década y padre de sus dos hijos, el actor Liev Schreiber. Tras separarse hace más de dos años, Watts dice: "Liev y yo siempre supimos que los niños son lo primero y que tendríamos que respetarnos y cuidar el uno del otro de la mejor manera posible por su bien. Y eso estamos haciendo. Nos llevamos bien y deseamos lo mejor para el otro. Nuestra amistad es mejor que nunca y siento que mis hijos están en una buena situación".


Su propia infancia tuvo sus altibajos, por no hablar de tragedias. Sus padres se divorciaron cuando tenía 4 años; tres años después, su padre, Peter, que había sido ingeniero de sonido de Pink Floyd, falleció por una aparente sobredosis. Cuando tenía 14 años, la familia emigró a Australia. Ben recuerda que "Naomi se resistió un poco al principio, pero ya en la primera semana era una australiana con todas las de la ley. Le encantó, hizo amigos de inmediato". En la actualidad rememora con cariño los buenos momentos de su infancia. "Me crié en un entorno creativo –afirma Watts–. Mi madre solía comprar y vender antigüedades, entrábamos en casas abandonadas y mirábamos las maravillas que habían dejado atrás. Siempre era una aventura".


Aunque a Watts siempre le ha gustado actuar y es amiga de la también actriz Nicole Kidman desde la adolescencia, no fue hasta mucho más tarde cuando alcanzó el éxito. El director David Lynch la contrató para Mulholland Drive, que definitivamente la consagró a la tardía edad de 32 años. Es probable que hiciese falta un genio como Lynch que dijese: "Veo algo en ella, algo que ni ella misma sabe que tiene". El film le hizo vivir también un momento inolvidable.


"Cuando tengo una escena emotiva escucho una canción en concreto, una que sonó en el funeral de mi padre. Y sonaba justo cuando salí del coche en Cannes. Abrí la puerta y la canción Morning Has Broken, de Cat Stevens, se oía por la megafonía. Me sobrecogió, pensé, ‘Dios mío, no sé si voy a poder salir del coche’, porque se me iba a correr el rímel en cualquier momento. Pero también lo vi como una señal de que él estaba conmigo, era un momento curativo, el comienzo de algo. Decidí que no iba a dejar que me crease malas sensaciones. Y me las arreglé para seguir adelante". Y así ha hecho desde entonces.


(BAZAAR / 30-10-2019)

OCHO CUENTOS DE ULISES PANIAGUA (1) / EXCLUSIVO DESDE MÉXICO

Manuscrito inédito de Ibn-Gazá, hallado a la sombra de un olivar 

Si miras sólo hacia afuera, verás nada más que el mundo exterior. Si miras sólo hacia dentro, estarás ciego de ti.

Muhammud Ibn Al-Mahad

 

El británico John K. Bartleby, profesor de filología en Granada (cerca de los poéticos jardines de Alhambra), encontró hace años un manuscrito en árabe que atribuyó al poeta sufí Azahar Ibn-Gazá[1]; un libro que integra el erotismo amoroso a la cosmogónica sabiduría del Medio Oriente. Me refiero al poemario Silencio de dos sombras. El texto inédito fue encontrado —durante un viaje— en el interior de un baúl, y desenterrado junto a un olivar en los campos de Damasco (el bául yacía con una piedra triangular sobre él, apuntando a la Meca). Tuve oportunidad de reconocer el manuscrito en una visita de K. Bartleby a México, donde coincidimos en un congreso literario.


Ibn-Gazá es reconocido por especialistas en poesía sufí. De él se especula que escribió bajo algunos heterónimos, como lo son Abban Il-Hassá, y Ákil Bin-Alí. Algunos atribuyen su obra, incluso, a una autoría colectiva, como se presume en el caso de Homero en tiempos helénicos. Al respecto de este misterio, mi amigo filólogo decidió no asumir ninguna postura, pero se mostró convencido de tener en sus manos un original de Ibn-Gazá. A mí, el manuscrito que John poseía me pareció, según le hice saber, «además de ilegible, incomprensible, debido al desconocimiento del idioma». En adición, no presentaba firma alguna. Quedaba apenas confiar en su versión.

 

Según K. Bartleby, el poema (de largo aliento) aborda de manera sutil y metafórica la interpretación del universo por medio de la geometría. En cuanto a los encuentros y desencuentros de los amantes, el libro atribuye al álgebra soluciones matemáticas posibles en cuanto a la atracción de los cuerpos y las almas. El cero, importado desde la India, es trasladado por el autor a los asuntos de la vida, para compararlo con el silencio de los bosques y el nombre de la amada, fusionando lo amoroso y lo cósmico en una ecuación. El poema, extrañamente, también muestra una visión encarnizada de la especie humana y su lucha por el poder; una oda que oscila «entre la suavidad del pétalo de una flor y la crudeza de un camello abierto en dos mitades».

 

La obra de Ibn-Gazá es demoledora. Se trata de textos de una sutileza áspera que dejan, a quien los lee, contemplando el mundo como si atravesara con sus manos un muro de agua para descubrir el edén, o el vacío. La mirada del poeta árabe aludido es un salto hacia el dentro en comunión con el exterior, un canto del espíritu lleno de humildad, pureza, y erotismo místico. Así, recomienda en uno de sus poemas: No hagas del amor un oficio de mendigos / El amor es la primera letra al comenzar la jornada, y el cierre del alfabeto en el ocaso. En otro poema asegura: La amada es un ave a la que hay que dar cobijo entre tus miedos.  Al respecto de asuntos metafísicos y espirituales, comparte entre versos: La verdad es una pantera negra en medio de la noche / es posible adivinarla cuando se mueve. Líneas adelante concluye, a manera de epílogo: No olvides cantar en silencio.

 

Sin ser experto en el tema, cuatro datos me hicieron dudar de la autenticidad del escrito. El primero de ellos: el documento estaba fechado en 1243, lo que parecía sospechoso si tomamos en cuenta que el año de nacimiento de Ibn-Gazá ha sido referenciado por su más fiel traductor, el escritor uruguayo Saúl Ibargoyen, entre 1273 e inicios del siglo XIV. El segundo dato, es la característica de largo aliento del poema. Esta sospecha nace de una sencilla explicación; en la obra leída a través de las versiones de Ibargoyen, Ibn-Gazá no recurre en ningún momento a tal extensión. Por otra parte, el poema de largo aliento tiene pocos registros en la poesía sufí en el escenario del medioevo occidental. Tal vez el poeta Omar Khayyam haya incursionado en esta exploración con más ahínco, pero el poema era visiblemente ajeno al autor persa, pues basta conocer medianamente el temperamento y la textura de la poética de Khayyam para intuir que este texto no proviene de su pluma. Además, según referencias históricas, Khayyam murió en el año de 1131, por lo que era imposible atribuirle la autoría. Por su parte, el escritor y teósofo Ibn Arabi no buscaba tampoco la gran extensión en su poética, ni se acercaba siquiera al tono agridulce de la temática del documento. También se descartó, de esta forma, alguna probable relación de Ibn Arabi con el texto.

 

El tercer dato concernía a la palabra Din, una palabra árabe que expresa en el sufismo una manera de vivir. La vida de quien practica los preceptos sufíes es equilibrada y luminosa, en comunión con lo que habita dentro, afuera y alrededor del ser humano. Basado en estos preceptos, había un cabo suelto, el poema mencionaba los tiempos de mansedumbre de las gacelas dulces: donde moran los corazones de los hombres; pero también exaltaba las artes de la guerra con la fascinación de un áspid que segrega encantos en el cantar de los vientos. Esta visión bélica, aunada a pasajes donde se describen batallas cruentas y carnicerías entre califatos, me hacía cuestionar la postura de K. Bartlebly. La exaltación de la violencia era a todas luces contraria a los principios del sufismo.

 

John defendió el manuscrito, tal vez mayormente por necedad que por una actitud crítica. Tenía fe en su descubrimiento, o necesitaba tenerla. Para resolver el asunto que casi rayaba en una disputa, debimos acercarnos a expertos en la materia. En primera instancia, intentamos establecer contacto vía mail con Reyna Carretero Rangel, quien de manera reciente publicó una tesis especializada en el tema en la Universidad Autónoma Nacional de México. No obtuvimos respuesta a nuestros mensajes electrónicos. Saúl Ibargoyen, poeta uruguayo, estudioso y traductor del poeta árabe, se hallaba vacacionando en Montevideo en aquellos días, y habría que esperar al menos un mes para poder conversar con él.

 

Ansioso y obsesivo, víctima de la desesperación y cansado de mis cuestionamientos, K. Bartleby decidió exponerse. Envío el manuscrito a un laboratorio donde trabajaba un primo lejano, y facilitó un par de copias a expertos en caligrafía que contactó en un posgrado de Londres. El resultado para él fue desalentador. Después de las pruebas de carbono-14, y de múltiples comparaciones, el poema fue atribuido a Jalil Al Rashid, autor poco estudiado, quien escribiera poemas menores en el Bagdag de los años 1122 y 1159, que resultó descendiente de la vasta familia del califa Harán Al-Rashid, neurótico protagonista de Las mil y una noches al que Sherezada le contaba una historia cada luna. Se concluyó, entonces, que se trataba de un texto que poco o nada tenía que ver con Azahar Ibn-Gazá y su vasto talento.

 

El asunto sobre la veracidad del manuscrito me costó la amistad de K. Bartleby, pues el filólogo británico me confesó, en una carta breve y poco emotiva (que hizo llegar a mi domicilio), que preferiría no ser mi amigo tras de la vergonzosa derrota que el episodio representaba para su imagen erudita. Para ser franco, su furia no me importó. Yo estaba harto de su actitud veleidosa, de fiera herida, de sus desplantes dentro de las aulas universitarias, y de divo en la convivencia cotidiana. A John K. Bartleby, por otra parte, la disputa le costó la vida. Ser víctima de un fraude después de estudiar una cultura ajena con ahínco, fue demasiado para él. Compró un boleto de avión, viajó y se colgó de un almendro en Damasco.

 

Trato de olvidar esa historia. Lo conseguiré pronto, según calculo. Si me empeño, no representará para mí una paja dentro del ojo, siquiera. El remordimiento es grande. El cargo de conciencia tiene origen, para ser franco, en el cuarto dato, un secreto que no pensaba revelar, aunque es imposible preservar en silencio. El cuarto dato es la confesión de que el texto es falso. ¿Cómo lo sé? Porque yo mismo escribí el poemario, lo hice traducir al árabe, y envejecer a través de la pericia de un especialista. Contraté a un amigo del Medio Oriente con el que estudié en la Universidad de Sevilla en tiempos mozos. Él se encargó de enterrar el baúl en el sitio indicado, y se lo hizo saber a K. Bartlebly, quien no pudo contener el ímpetu al recibir el anónimo.

 

Lo real en esta historia, lo único, es aquella noble intención en los versos de Ibn-Gazá cuando nos alienta a descubrir la luz entre el misterio, una resonancia de verdades a través de la palabra:

 

La frontera entre lo que es y lo que no, es la frecuencia que separa un aleteo de otro en el vuelo de un colibrí al amanecer.

Alhambra

2 de diciembre de 2017

 

*Del libro Las tuercas en mi cabeza (Ediciones Camelot, 2019)

 

Ulises Paniagua (México, 1976) 

Narrador, poeta, videasta y dramaturgo. Ganador del Concurso Internacional de Cuento de la Fundación Gabriel García Márquez, en Colombia (2019). Ha sido considerado en una antología, en Rusia, como uno de los más interesantes poetas contemporáneos de Latinoamérica. Posee dos posgrados en la especialidad de imaginarios literarios.  Es autor de las novelas La ira del sapo (2016), y Ese lugar existe (2017); así como de siete libros de cuentos: Patibulario, cuentos al final del túnel, (2011), Nadie duerme esta noche (2012), Historias de la ruina (2013), Bitácora del eterno navegante (Abismos, 2015), Entre el día y la noche (UAM), Las tuercas en mi cabeza (2019) y El horror en cada puerta (2019). Su obra incluye cuatro poemarios: Del amor y otras miserias (2009), Guardián de las horas (2012), Nocturno imperio de los proscritos (2013), y Lo tan negro que respira el Universo (2015); así como los CDs sonoro-poéticos: Cuadriversiones (2013), Clandestinos y nocturnos (2014), y Mientras nos queden labios con qué cantar (2016). Ha sido divulgado en antologías, revistas y diarios nacionales e internacionales, incluyendo Nocturnario, El búho, Círculo de poesía, Nexos, Siempre!, Blanco Móvil, El Sol de México, Ígitur, Letralia, Altazor y Jus. Columnista de la revista Horizontum.



[1] Al Ibn-Gazá desapareció en un viaje a Jerusalén, algunos rumoran que víctima de salteadores de caminos; otros suponen que fingió su muerte para conseguir la paz del retiro en el desierto.

LA TEOLOGÍA SONORA DE ARVO PÄRT: PURIFICAR EL ALMA HASTA QUE EMPIECE A SONAR

 

A sus 85 años de edad, Arvo Pärt es una leyenda viviente de la música. Pärt es probablemente el compositor vivo cuya música más se ejecuta en las grandes salas de la música culta en el mundo. También es uno de los pocos de los cuales se puede decir que es "original" al mismo tiempo que capaz de transmitir una visión clásica de la música, de toda la majestuosidad que esta puede significar, sin reducirla al mero entretenimiento, al placer o la experimentación. Como dice un crítico, su música suena a la vez "antigua y moderna". La música de Pärt comunica emociones e ideas que trascienden modas y costumbres. Como creyó entender Schopenhauer, la música es el arte más elevado porque accede a la región pura de la existencia, a la realidad más allá de la representación, el númeno, la cosa en sí. Pärt es uno de los pocos músicos contemporáneos que encarnan esta visión grandilocuente de la música (algo similar a lo que fue Andréi Tarkovski para el cine), en la tradición de Bach, para quien la música era una forma de responder a la creación de Dios, alabando su obra. El músico es esencialmente el que celebra y reproduce la sinfonía divina que es el universo, como imagen de la divinidad.  

 

La carrera musical de Pärt inició en su natal Estonia, atraído primero por el serialismo y una suerte de influencias de la avant-garde. Poco después se acercó a la música sacra. Su primera pieza en esa nueva exploración, Credo (1968), le valió la censura del gobierno comunista secular. Esta adversidad fue fuente de virtud, pues Pärt pasó ocho años casi sin componer, estudiando nuevos modos de expresión, estudiando la música medieval y del Renacimiento. Durante el mismo periodo se convirtió del luteranismo a la Iglesia Ortodoxa cristiana, la veta más mística del cristianismo, con una tradición ligada a los padres del desierto. 

 

El resultado de este periodo fue notable. A partir de su meditación musical, Pärt desarrolló un nuevo estilo de composición a través del cual dio forma a su visión mística de la realidad. Su método, llamado "Tintinnabuli", se caracteriza por combinar dos voces: con una toca en arpegio la tríada tónica y con la segunda se desplaza por la escala diatónica. En sus propias palabras:

 

Tintinnabuli es la conexión matemáticamente exacta de una línea a otra... Tintinnabuli es la regla que convierte la melodía y el acompañamiento... en uno. Uno más uno, es uno –no es dos–. Este es el secreto de esta técnica.

 

Este método de "pequeñas campanas" capta un sonido preexistente, una especie de armonía preestablecida. Su primera aparición es en la pieza miniatura Für Alina, la "semilla de mostaza" de la cual se deriva en gran medida todo el edificio musical de Pärt.  

 

La música de Pärt ha sido criticada por ser "sentimentalista" o un "sagrado minimalismo", pero esto refleja sobre todo los vicios e insensibilidades de nuestra época, que no alcanza a percibir lo sagrado. Su obra contiene un rigor a la vez estético y ascético, simpleza y profusa ornamentación. En sus momentos más altos es extática y constantemente reverencial. Es fiel a la tradición antigua de hacer música como ofrenda a lo divino y a la vez tiene una propuesta única, como puede apreciarse en su uso novedoso de la tonalidad. 

 

La música de Pärt no puede separarse de su profunda devoción religiosa, como ha sido el caso de muchos de los más grandes músicos de la historia. Para Pärt la música misma es el Paracleto, el confortador, el espíritu santo. En el video anterior Pärt explica:

 

Uno debe purificar el alma hasta que empieza a sonar. Un compositor es al mismo tiempo un instrumento musical y la persona que ejecuta ese instrumento. El instrumento debe estar en orden para producir sonido. Uno debe empezar la música con esa nota. A través de la música el compositor puede ver en qué nota está entonado su instrumento. Dios teje al ser humano en el vientre de su madre lenta y sabiamente. El arte debe nacer de la misma manera. 

 

Ser como un mendigo en lo que respecta a la música: lo que sea, cuando sea, de la forma que sea que Dios lo dé. No debemos afligirnos porque escribimos poco o pobremente, debemos afligirnos porque rezamos poco o pobremente o vivimos de forma equivocada. El criterio debe ser siempre la humildad. La música es mi amiga, siempre comprensiva, compasiva, bondadosa, "el Confortador", el pañuelo para secar mis lágrimas de tristeza y la fuente de mis lágrimas de alegría, mi vuelo y liberación. Y es también la dolorosa espina en mi carne y corazón. 

 

Evidentemente Pärt tiene una visión mística del arte. Parece decir, como también creía Kierkegaard, que el artista al entrar en orden con el cosmos se convierte en un instrumento de la divinidad y es capaz de hacer sonar la melodía del espíritu.


(PIJAMASURF / 24-10-2020)

FILOSOFÍA Y MÚSICA. UNA APROXIMACIÓN


por Carlos Javier González Serrano 

En uno de sus textos autobiográficos, escribía el polifacético músico Jimi Hendrix (1942-1970) que “Mi objetivo es ser uno junto con la música”. Años más tarde, en una de las últimas entrevistas que concedió, confesaría que “Mi filosofía personal es mi música. La música es toda mi vida. No hay nada más aparte de la música y la vida –es lo único–. Fluyen juntas, muy cerca la una de la otra, en una especie de paralelo. Y ese es el efecto que me gustaría que mi música tuviera en el público. Por eso el mundo está tan jodido hoy día, porque las personas se basan demasiado en lo que ven, y no en lo que sienten”.

 

Por su parte, la pensadora suiza Jeanne Hersch (1910-2000), siempre preocupada por el carácter paradójico de nuestra vida (“Entre el tiempo y nosotros existe un profundo desacuerdo que, no obstante, resulta contradictorio: no soportamos su huida, pero tampoco su permanencia”), observaba que “el ser humano nunca es completamente libre, nunca empieza del todo el juego”. La libertad no es un poder del que nos valemos para, arbitrariamente, hacer lo que nos venga en gana. En una bella formulación, que quizás no se haya escuchado lo suficiente y que ofrece preciado material para desarrollar toda una teoría de la vocación y del crecimiento personal, la autora apunta en uno de los textos recogidos en Tiempo y música (Acantilado), tras examinar la posibilidad de que exista un acto realmente libre, que “Al final, deberemos reconocer que lo hicimos porque no podíamos actuar de otro modo; estábamos motivados por nuestra más profunda necesidad. Nadie habría podido desviarnos, no porque nos obstináramos en cumplirlo, sino porque, actuando de otro modo, habríamos traicionado nuestra libertad más profunda. Así, en el sentido verdaderamente filosófico del término, libertad coincide con necesidad”.

 

Una necesidad que, a juicio de esta filósofa, nos aboca a asumir responsablemente lo que somos. Toda una llamada al compromiso que debemos mantener con nosotros mismos. Pero si, por otro lado, encontramos una vivencia que nos permite paladear lo que en el ser humano hay de eternidad, esta es la música, en la que asistimos a un tiempo que “corta” el tiempo ordinario y nos sitúa en un “tiempo intemporal”. Lo paradójico es que la música se da también en el –y precisa del– tiempo ordinario en el que acontece la realidad. “Si la música trasciende verdaderamente el tiempo –explica Hersch–, esto significa que nos permite alcanzar, de una forma sumamente misteriosa e intangible, algo que los hombres siempre han soñado y que les es totalmente negado, a saber: lo que sería a la vez, en un mismo acto, la capacidad de desear y la de vivir la plenitud”.

 

En el caso del filósofo alemán Arthur Schopenhauer, todo un estudioso de la música, que siempre practicó de mano de su inseparable flauta, apuntaba en una anotación de 1814 (con 26 años, cuando aun andaba pergeñando los apuntes para conformar el primer volumen de su gran obra, que publicaría entre 1818 y 1819) estas palabras: “la música constituye un análogo de la naturaleza. El bajo me parece representar esa naturaleza inorgánica sobre la que todo descansa y desde la que todo se alza, mientras que los registros más altos equivalen a las entidades orgánicas, y remontándose siempre hacia lo alto está esa directriz voz principal que canta la melodía: el hombre”.

 

Llegar a ser como la música supone, para Schopenhauer, la aspiración continua de todo arte: ella es la reina de las artes y es capaz de resolver cualquier enigma, porque no habla de las cosas, de los meros fenómenos, sino del bienestar o aflicción en estado puro, y por eso se dirige únicamente al corazón y no tiene mucho que decirle a la cabeza. De este modo, la música no sólo se siente, sino que también se comprende, y ello porque narra la historia secreta de nuestra voluntad, “pinta cada agitación, cada anhelo, cada movimiento de la voluntad, todo aquello que la razón compendia bajo el amplio y negativo concepto de sentimiento y no puede asumir en sus abstracciones” (El mundo como voluntad y representación, I, § 52). La razón y el concepto hacen aguas cuando acometen el análisis de la música, pues el compositor no hace más que revelar la esencia más íntima del mundo y expresa la más profunda sabiduría en un lenguaje que, precisamente, la razón desconoce absolutamente. El propio Beethoven afirmaba que “La música es el vino que inspira nuevos procesos creativos y yo soy Baco, que pisa este glorioso vino para la humanidad y la pone en un estado de ebriedad espiritual”.

 

En investigaciones más contemporáneas, Cristoph Drösser (La seducción de la música) rechaza un prejuicio fuertemente arraigado: que la mayoría de las personas no son musicales. La musicalidad, al contrario, es una facultad que prácticamente poseemos todos y cada uno de nosotros. La idea central de Drösser es que la musicalidad supone una capacidad básica humana que todos tenemos. Nacemos con una inclinación universal hacia la música que en nuestros primeros años de vida se consolida y se convierte en una sensibilidad y un gusto admirables por la música de nuestra correspondiente cultura. Incluso el aficionado, que no practica música, alberga igualmente unas asombrosas capacidades que él mismo desconoce. Nuestro cerebro es el auténtico instrumento musical que todos poseemos.


Y es que ya hablaba Platón de que “la música y el ritmo se abren camino hasta los lugares más recónditos del alma”; o Tolstói aseveraba que “La música es la taquigrafía de la emoción”. A juicio de Drösser, la música es una ventana a través de la cual podemos ver el alma de las personas (o, al menos, creer que la vemos), porque acorta el hilo con el que están unidos los mundos de las emociones humanas. Es más: da la impresión de que, mediante su voz o gracias a la práctica de un instrumento, el músico es capaz de conseguir que comiencen a fluir las emociones entre otras personas. Por eso la música es, en un sentido primitivo, una actividad comunitaria.

 

A diferencia del arte plástico, más arraigado en la experiencia subjetiva, el espectador de un concierto de música conecta emocionalmente y desde muy pronto con la orquesta y con el resto del público hasta el aplauso final. En este sentido, compartir la experiencia es algo que se añade a la mera escucha (que nunca es pasiva), lo que conduce a pensar en la finalidad de los cantos y danzas colectivos de nuestros antepasados, que tendían a mantener unido al grupo y prevenían las rivalidades internas. Escribía Novalis, en este sentido, que “Toda enfermedad es un problema musical; su curación, una solución musical”.

 

El ya aludido Schopenhauer sostenía que la superioridad de este arte consiste en su naturaleza prístina; cuando escuchamos una melodía nos es revelada, de una manera misteriosa, la expresión sentimental de nuestra más subterránea intimidad (“pues para la música –aseguraba el pensador alemán– solo existen las pasiones, los movimientos de la voluntad y, al igual que Dios, solo ve los corazones”). El resto de artes, en comparación con la música, solo muestran sombras, no esencias.

 

Schopenhauer aduce que Leibniz andaba equivocado, que la música no es una oportunidad para practicar aritmética sin saberlo, sino que más bien supone un “subrepticio” ejercicio de metafísica en el que el ánimo filosofa sin percatarse de ello. Si la filosofía es para Schopenhauer la comprensión total de la experiencia del mundo, la música quedará convertida en la “verdadera filosofía”, pues “en caso de poder ofrecerse una explicación perfectamente correcta y cabalmente detallada de la música, o sea, una pormenorizada repetición conceptual de lo que ella expresa, esta sería también automáticamente una explicación conceptual del mundo o una explicación totalmente equivalente”.

 

De este modo, la música no sólo se siente, sino que también se comprende, y ello porque, como coinciden en asegurar tantos músicos y filósofos, narra la historia secreta de nuestra voluntad, “pinta cada agitación, cada anhelo, cada movimiento de la voluntad, todo aquello que la razón compendia bajo el amplio y negativo concepto de sentimiento y no puede asumir en sus abstracciones” (Schopenhauer). La razón y el concepto hacen aguas cuando acometen el análisis de la música, pues el compositor no hace más que revelar la esencia más íntima del mundo y expresa la más profunda sabiduría en un lenguaje que, precisamente, la razón desconoce absolutamente.

 

Terminamos con una reflexión del filósofo Eugenio Trías en su monumental El canto de las sirenas: “la música posee un logos peculiar que despierta diferenciados afectos, emociones, pasiones, pero desprende significación, sentido. Ese logos musical es de naturaleza simbólica. La música no es sólo semiología de los afectos, también es inteligencia y pensamiento musical, con pretensión de conocimiento”.


(El vuelo de la lechuza / 28-10-2020)

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