lunes

TATIANA OTOÑO - JUAN CARLOS MACEDO: DURAR EN LA POESÍA


Afecto fue la respuesta de Juan Carlos Macedo a su “diagnóstico de derrota” como él decía, en jerga médica. (“Sin oportunidades, / nos han dejado apenas; / abrazo en vuelo; / la acumulada en otros construcción / de qué victorias?”) El afecto fue cura, medida de la salud, pharmakos salvador. (“Y no hay voz duradera sin afecto”; “Y (vano) es el esfuerzo, basta/ que el amor no muera”; “[...] un adentrarse cierto al conocer / en el momento que golpea el afecto / e ilumina”). Medida que excedió siempre la medida porque el afecto trasciende al sujeto, lo excede. Así como la poesía excede su estatuto letrado cuando se hibrida con el discurso científico, con el coloquio, hasta con el cuerpo de un telegrama: “la poesía ordena. / Las palabras en el límite del desorden / desorden del afecto / [...] no termina el abrazo que uno a uno / hoy me comprueba. / La vida son ustedes y termino lo perdido / y nada empieza / hemos estado juntos para siempre.” (1) Porque la poesía está hecha para “seguir viviendo”, escribe. (“Habiéndome ocurrido una afición temprana por el aire / por los pulmones llenos [...] decidí que la poesía debe seguir viviendo / al paso del que pasa, / en el mismo camino”.)


Decía que le costaba trabajo escribir. Que le llevaba tiempo. El tiempo fue tema y eje de coordenadas (Durar es título común de toda su obra). Y el lugar, también (la Poesía vertical, de Roberto Juarroz, es referencia cardinal en su producción). La problemática de tiempo y lugar en su caso no puede considerarse al margen de la historia, ni fuera del territorio material y simbólico de la dictadura uruguaya, sino en el contexto de desplazamientos determinados por ese período de inseguridades. (“Y nace repentino /  He ahí que puede confundirse la morada / con un golpe de suerte / [...] / se hace lugar vecino cualquier parte”) (2). El camino del exilio interior, el inxilio o insilio, fue el suyo. Su obra no puede ser considerada aparte de esa peripecia oximorónica: la de ser un desterrado de adentro, implosionado hacia el “afuera” del Interior del país. En marcha atrás al futuro de la Doctrina de la Seguridad Nacional, a punto de partida del asalto sesentista a los cielos. (“Nadie puede probarse pequeño o extranjero / desde que el trazo absorbe o recupera / el espesor sin fechas del paisaje // Tampoco sobra entonces la sorpresa/ Son hombres en silencio/ en sus lugares”)

El lugar que su vida y su escritura elevaron a categoría de aleph fue Migues, espacio multitemporal, enmarcado en el presente perpetuo de los pueblos olvidados. A él se refiere en “Bases de acuerdo: fragmentos”: “En Migues, Arroyo Blanco, u otros pueblos, hoy, hay quienes desconocen que unos y otros existieron. Entre los tres ninguno se recuerda. Dicen que hoy, comprende a todos en la misma fecha; que es la misma historia. No es cierto. No es el tiempo, sino la duración en la poesía, el sitio de reunión posible.” Se trata de duración en el afecto ceñido, y crecido, por el decir. En la conversación, puntualizaba que durar ya era vencer. (3)

La poesía de Juan Carlos Macedo articula una lengua fronteriza. Su realización verbal fuerza normas gramaticales, límites disciplinares, códigos nosológicos. La versificación, sentenciosa, disocia concordancias (género, número, tiempo verbal) para instaurar un decir de sabiduría que establece zonas disonantes, de fricción, con la lógica sintáctica y, muy probablemente, con otros niveles pedagógicos estratificados en el discurso aforístico, que aquí suena distinto. De sus máximas no se extrae una regla así nomás: “Ninguna claridad rinde el presente”; “La dignidad no es un asunto personal”. Aunque era riverense, nacido y crecido en la frontera con Rio Grande do Sul, no me refiero a interferencias del portugués en la norma de su español. Sino a algo mucho más amplio, a una asunción de la complejidad representacional, y de la vida misma, que trae aparejada una locación cultural de aluviones, trasiegos (“Como la tierra la verdad no nace,/ es sólo un crecimiento que transforma/ así el dolor en casa:/ América Latina”). La noción de frontera comporta la virtual movilidad de los límites y/o su transgresión. Si se entiende por “límite” la divisoria establecida jurídicamente entre dos soberanías o circunscripciones, la “frontera” sería la dinámica zona de interacción entre ellas. La “frontería, antiguamente sinónimo de frontera –recuerda Abril Trigo (4)– indicaba también la acción de hacer frente, de construir, abrir”, y por lo tanto sugiere “más espacio que línea, más territorio que mojón”.

En “Márgenes”, texto del primer Durar (1974) hay una reflexión abarcadora: “En ajuste de cuentas / el tiempo no es variable adecuada / pero el ascenso / la frontera quebrada incorporada / Toda acción las incluye.” A. Trigo señala que el intelectual latinoamericano ha estado “desde siempre condenado a los márgenes de la episteme occidental”. Se desprende que ha sido siempre un fronterizo a lo núcleos duros de pensamiento dominante, “pero del lado de adentro”. Desde la perspectiva periférica la inversión es, como en el mapa invertido de Torres García, la imagen vista al derecho: “un instrumento de medida inútil / el centro”, escribe, en “Alba adquirida”, el poeta.

Es posible medir esta afirmación de un Macedo fronterizo, en lucha de recuperación y conquista simbólicas, confrontándola con un tramo, significativo, de su obra. No es casual que su proyecto editorial, incumplido a la hora de la muerte (5), haya sido el diálogo poético con las pinturas “polifocalistas” de Manuel Espínola Gómez. Un diálogo no solo, como es obvio, interdisciplinario, sino tensado por una vocación de ir más allá del cruce entre dos lenguajes artísticos hacia la articulación de una koiné transdisciplinaria. Una lengua franca “hablada” tanto por la recepción poética de la obra pictórica, como por la puesta en página (pentagonal) de cada texto, su diagramación e incluso su lectura. Una “lengua”, en el caso de ese libro (de formato octogonal) en colaboración, articulada para registrar tanto el derroche como la máxima economía semiológicos. Una lengua que redefine su adentro / afuera, códigos de pertenencia y su comunidad de hablantes. Me detengo un poco en este ejemplo porque este objeto editorial, atípico, propone un tipo de lectura multívoca. Sus elementos entrecruzados interpelan un universo específico y genérico a la vez: el de “los plurales”, para decirlo con una expresión del propio poeta (6). Es decir, un universo donde el espesor semántico de las pluralidades intra y extra-artísticas se conjugan e intensifican. Tal libro es el contrapunto de dos lenguajes dominados con maestría. Pero también representa una utopía de recuperación o amasado de identidad, trascendida a experiencia de diálogo, por parte de dos uruguayos que transitan la segunda mitad del XX provenientes de generaciones sucesivas. El contacto fue en 1975, el obsesivo “Año de la Orientalidad”, saturado de marchas militares. Las “Sonorosas siestas lejaneras” de uno repican en el “De Arroyo Blanco en siesta”, del otro. Ambas infancias pueblerinas junto con vivencias del campo y de la cultura campesina se muestran configuradoras de estructuras de sentimiento. Y tal vez, de lenguaje.

Montevideanos marginales a su manera, los dos, tuvieron en común patrones lingüísticos no estándar, usos de la lengua que, supongo, debieron inducir a proyecciones, identificaciones, al recíproco reconocimiento. La escritura de ambos (porque el pintor también practicaba la escritura, incluso la artística) registra particularidades que, quien los escuchó hablar, vincula a sus realizaciones orales. Creo no errar si afirmo que coincidieron en la importancia dada a la emisión de la voz, al discurrir conversacional, al logos reflexivo y también, al silencio. ”Vuelve el silencio a consumar su acto/ de vasto peregrino”, escribe el poeta ante el cuadro “La luz, las distancias y las horas”. Y aventuro la hipótesis de que aquellos comportamientos relacionales fueron marca de culturas rurales que ellos, Macedo y Espínola, actualizaron con esmero, a la vez que efectuaban sus propias reinscripciones en la bohemia de tertulia de café, en la gestualidad pública del foro o la asamblea, en el ateneo profesional. Tal margen de afinidades se registra también en los ángulos escogidos para fotografiarse juntos: de espaldas, a contraluz. Como en una foto-provocación surrealista forzada a otra vuelta de tuerca. Escribe Macedo en las últimas líneas del libro: “La poesía es experiencia de los únicos puntos a los que nadie escapa, lo común: los límites. Poesía, es decir, ni más acá ni más allá, sino en el límite, de lo que por su presencia, ya no tiene. Es ese límite de lo ilimitado, que constituye una duración.”

Esa es la dimensión de lo fronterizo en la poesía macediana, la praxis del contacto, y apostar a los intercambios que la inscriben. Su escritura es un sitio “otro” donde las voces de los vencidos se congregan, se entrecruzan y existen, resisten al temporal, duran. “No son ojos en fuga. / Es lluvia, [...] no cae, distribuye / los fundamentos que aún nos perpetúan”. Y en el territorio de la duración ofician movimientos, despliegan estrategias vitales. Allí donde estén y sean reactualizan/reactualizarán “la necesidad de transformar la vida”.


Montevideo, setiembre 2004.


Notas

1. Texto de un telegrama enviado por J.C. Macedo a la Asociación de Escritores del Uruguay con motivo de la recepción a tres escritores que habían sido liberados (1984). (La Hora. Montevideo, 7/7/86, p.2).
2. “Poema 8”, Ocho poesías de Juan Carlos Macedo sobre ocho cuadros de Manuel Espínola Gómez, Cal y Canto, Montevideo, 2003.
3. “La eterna novedad es la vida que no acaba”. Oroño, Tatiana- Elder Silva. La Hora. 7/7/86, 2-3: “Porque los otros ganaron y vos perdiste. [...] Y partimos de la base de que si nosotros duramos, ganamos siempre.”
4. “Fronteras de la epistemología: epistemologías de la frontera”, Revista papeles de Montevideo, Nº1, Trilce, Montevideo, 1997: 71-89.
5. El proceso de edición culminó gracias al concurso del Dr. Antonio Turnes en oportunidad del homenaje organizado por la comisión de la Casa de los Escritores del Uruguay-en formación (Elbio Chítaro, Tatiana Oroño), con adhesión del SMU, el CASMU y sobre todo, la comunidad de Migues (31/05/03).
6. “¿De cómo en este punto sus plurales?”: “Acuerdo”, Durar III. Resistencias. Arca, Montevideo, 1986. (Comentario en: Oroño, Tatiana. “Discurso poético e insilio. De cómo en este punto sus plurales (Sobre la obra poética de Juan Carlos Macedo).” Revista Hermes Criollo Nº6, Montevideo, Agosto-Noviembre 2003: 74-86. )

ENTREVISTAS CON JOSÉ LEZAMA LIMA - FÉLIX GUERRA

PARA LEER DEBAJO DE UN SICOMORO

DECIMOSÉPTIMA ENTREGA

7 / OFICIALMENTE LA FANTASÍA (2)

¿Y de Martí y de su Edad de Oro?

Martí siempre sobrecoge con sus intempestivas credulidades. ¿Imagina ese último quinto del siglo? Todavía en el aire el olor de la llama esclavista y el indio con la cicatriz sin lavar, la metrópoli queriendo sujetar una montaña de cajas de zapatos vacías y las bayonetas rodeando el monte de yagrumas. Caudillísimos, divisiones, el fantasma de las botas. Se alista una rebelión, que debe alentar como chispa cavernaria. Los pómulos del hombre y lo curvo de la rapiña. En verdad, terrible. Martí no se desentiende ni distrae. Al contrario. Se apresta como apóstol y lanza discursos de maestro. Y por encima de tales copetudos conflictos, sale al portal con ese fuego inaudito. Él vislumbraba renacimientos, nuevas edades de oro y el reencuentro con los paraísos. Si no, ¿cómo sacar más humo del fondo de la tozudez y la ternura?

Es cierto. La literatura también borbotea, desde ese costado: concebida, creada y escrita expresamente para el niño. Sin detenernos a discutir el difícil o improbable acceso a los destinatarios, la aparición de semejante literatura es un acto magistral de voluntad que no registran otras Historias. Constituye un suceso piramidal de la cosmovisión moderna instalándose en esta latitud de Nuestra América. Martí, que de ordinario no escribía de forma que los niños pudiesen leerlo o con la intención premeditada de entretenerlos, no reclamó perdón por ese brinco de rana ni fue anotando errores de nadie en su libreta. Martí deambulaba en el trance de fundar una patria y convocaba con una pasión  irrefrenable.

¿Los niños no se apropian también de los Versos sencillos?

Sin perder sutilezas, provocaciones ni campanadas y a pesar de sus ochenta años, son otro manjar de las degluciones infantiles. Desde la escuela, junto a un recurrente busto de yeso o mármol, los niños caen sobre tales golosinas incorruptibles. Sus apetencias rosadas no perdonan. Y, ¿no se ha cuestionado usted acerca de “Los zapaticos de rosa”, por ejemplo? Aparece en La Edad de Oro y huele a lance fundacional: con atributos y escalamientos de un género “para que los niños americanos sepan cómo se vivía antes y se vive hoy en América”. “Los niños saben más que lo que parece”, adelanta Martí. Desde los primeros párrafos, aparta diminutivos y oscuros paternalismos. Son poemas semillas que van jineteando una carga precursora y son un ala en suspensión cayendo hacia el ave que ronda al navegante. De Martí creemos saber lo necesario, hasta que luego intuimos que apenas ignoramos lo suficiente.

¿Qué me dice Mark Twain y su amigo Finn?

Tirar monedas al río resulta fácil, mientras son de cinco centavos. Twain apostó por un río y una balsa que mientras navegaba soñando hacia la libertad, se adelantó en tenebrosos meandros del sur. Tom Sawyer fue escrita para los más jóvenes, pero Las aventuras de Huckleberry Finn es una cantiga donde las esperanzas, y las sin esperanzas se mezclan estentóreas y vociferadas con magnavoces. Contemporáneo de Whitman, Twain es otro padre con muchos hijos sentados en las rodillas. El instinto y la tolerancia humanista flotan con agujeros de ida y regreso, como si después de bogar se pudiera rebogar con exactitud aunque sin reconocer ni una pizca invertida del paisaje. El mocoso mozalbete de Finn es ya el abuelo de la novela norteamericana. Las fugas conducen a la libertad y la libertad normalmente es un paisaje por avistar: tal es un mito o uno de los mitos que introduce Finn. La conciencia deriva como un leño duplicado, cual si los espejos de agua fueran neutrales en relación con sus pasajeros. Permanece el espíritu de la inocencia, aun cuando declina en la rápida corriente y se sumerge en numerosos extravíos. No siempre el río fluye inexorable ni siempre el tiempo nos trae de regreso.

He aquí un motivo a la inversa. Twain escribe para jóvenes y deja un manuscrito sin edades que ofrece el derecho a entender la totalidad de una angustia.

Nos olvidamos de los clásicos más clásicos: Perrault, Grimm, Andersen.

Aun cuando esos textos aguardaban mansos y baratos en las librerías, yo preferí por un tiempo las versiones de mis padres. Aun corre en la memoria aquella Caperucita que iba hacia la abuela perseguida por un lobo comelón. Resuena todavía la voz enmielada de mi madre repitiendo la enorme ingenuidad de una pregunta. “¿-Y esa boca tan grande?”. “-Para comerte mejor.” Asocio la boca tan grande con el tiempo, que al final con su voracidad se lo tragó todo.

Con Pulgarcito aprendí a diferenciar el pulgar del índice y el índice del anular. Cenicienta me contagió el excitante oficio de hallar zapatos abandonados debajo de las camas y meditar nostálgico en la orfandad del pie. Con Blancanieves, ah, y es un secreto que cuesta confesar, me inicié en el misterio de los espejos y sus realísticos reflejos, porque ellos nos guardan en silencio un mundo de repuesto para los minutos en que nos vamos a refugiar espantados en los rincones.

Toda esa literatura para niños no siempre fue escrita para niños. Pero luego que el progreso inventó el caballo de palo y también el jabón, un jinete osado sopló e inventó la pompa de jabón: desde entonces la infancia, y con ella todos los que tan a menudo lo somos, incorporó oficialmente la fantasía a las cosas reales.

domingo

TRUMAN CAPOTE Y MARYLIN MONROE





“ME ALEGRO DE NO TENER QUE IR A MI FUNERAL”

Escena: La capilla de la funeraria Universal en la Avenida Lexington y la calle 52, Nueva York. Un interesante grupo representativo se apretuja en los asientos: celebridades, en su mayoría, del ambiente teatral, cinematográfico y literario internacional presentes todos en homenaje a Constance Collier, la actriz nacida en Inglaterra, que murió el día anterior, a los setenta y cinco años. 

Nacida en 1880, Miss Collier comenzó su carrera como corista de teatro de variedades, pasando de allí a convertirse en una de las principales actrices shakesperianas de Inglaterra (y novia, de por vida, de Sir Max Beerbhom, con quien nunca se casó, siendo tal vez por esa razón la inspiración de la traviesa e inconseguible heroína de la novela de Sir Max, Zuleika Dobson). Después de un tiempo emigró a los Estados Unidos, donde se convirtió en una importante figura en el teatro de Nueva York y en el cine de Hollywood. Durante las últimas décadas de su vida vivió en Nueva York; allí daba clases de teatro de alto nivel: sólo aceptaba profesionales como estudiantes, y por lo general profesionales que ya eran “estrellas”. Katharine Hepburn fue su alumna permanente. Otra Hepburn, Audrey, fue igualmente una de las protegidas de la Collier, igual que Vivian Leigh y, unos meses antes de su muerte, una neófita a quien Miss Collier llamaba “mi problema especial”: Marilyn Monroe. 

Marilyn Monroe, a quien conocí por intermedio de John Huston cuando dirigía La jungla de asfalto, la primera película en que Marilyn habló, pasó a ser protegida de Miss Collier por sugerencia mía. Conocía a Miss Collier desde hacía unos seis años, y la admiraba como mujer de mucho valor en el aspecto físico, emocional y creativo, y por ser, a pesar de sus modales altaneros y de su voz de gran catedral, una persona adorable, levemente malvada pero excesivamente cálida, digna pero gemütlich. Me encantaba ir a los pequeños almuerzos que ofrecía con frecuencia en su oscuro estudio victoriano en el centro de Manhattan; tenía una infinidad de historias acerca de sus aventuras como primera figura con Sir Beerbhom y el gran actor francés Coquelin, su relación con Oscar Wilde, Chaplin de joven y la Garbo en los primeros años de la sueca, en las películas mudas. En realidad, era una delicia, igual que su fiel secretaria y compañera, Phyllis Wilbourn, una solterona brillante pero callada que, después de su muerte pasó a ser, y sigue siendo, acompañante de Katharine Hepburn. Miss Collier me presentó a muchas personas de quienes me hice amigo: los Lunt, los Olivier y especialmente Aldous Huxley. Pero fui yo el que le presentó a Marilyn Monroe, y al principio no le interesó conocerla, no veía muy bien, no había visto las películas de Marilyn, y en realidad no sabía nada de ella, excepto que era una especie de bomba sexual de pelo platinado, de fama mundial. En fin, no parecía arcilla adecuada para la severa y clásica formación de Miss Collier. Pero yo pensé que podían hacer una combinación estimulante. 

Así fue. “Oh, sí”, me informó Miss Collier. “Tiene algo. Es una hermosa niña. No lo digo por lo obvio, tal vez demasiado obvio. No es una actriz, en absoluto, en el sentido tradicional. Lo que ella tiene, esa presencia, esa luminosidad, esa inteligencia deslumbrante, nunca podría salir a relucir en el escenario. Es algo tan frágil, tan sutil, que sólo la cámara puede captarlo. Es como un colibrí en vuelo: sólo la cámara puede congelar su poesía. Pero quien piense que la chica es otra Harlow, o una puta, está loco. Hablando de locura, es de eso que nos estamos ocupando: de Ofelia. Supongo que la gente se reiría de sólo pensarlo, pero realmente podría ser la Ofelia más deliciosa del mundo. Estaba hablando con Greta la semana pasada, y le hablé de Marilyn como Ofelia, y Greta dijo sí, que lo creía porque la había visto en dos películas, muy comunes y vulgares, pero que de todos modos dejaban entrever las posibilidades de Marilyn. En realidad, Greta tiene una idea divertida. ¿Sabes que quiere hacer una película de Dorian Gray? Con ella como Dorian, por supuesto. Bueno, dijo que le gustaría que Marilyn fuera una de las chicas que Dorian seduce y destruye. ¡Greta! ¡Tan desaprovechada! Y qué talento, bastante parecido al de Marilyn, cuando se piensa. Por supuesto, Greta es una actriz consumada, de máximo control. Esta hermosa criatura carece de todo concepto de disciplina o sacrificio. No sé por qué, pero me parece que no llegará a vieja. Es absurdo que lo diga, pero siento que morirá joven. Espero, ruego, que viva lo suficiente para liberar ese talento tan extraño y encantador que es en ella como un espíritu prisionero.” 

Ahora Miss Collier ha muerto, y yo estaba en el vestíbulo de la capilla Universal esperando a Marilyn. Hablamos por teléfono la noche anterior y quedamos en sentarnos juntos en el servicio, que empezaría al mediodía. Ya llevaba más de media hora de retraso. Siempre llegaba tarde, pero pensé que, por una sola vez, podía llegar a horario. ¡Por el amor de Dios! ¡Maldición! De repente llegó, pero no la reconocí hasta que me dijo... 

MARILYN: Querido, perdóname. Pero como ves, me maquillé y luego pensé que no debería ponerme pestañas postizas ni pintarme los labios ni nada, de modo que me lavé la cara, y no sabía qué ponerme... 

(Lo que se había puesto finalmente habría sido apropiado para la abadesa de un convento que asiste a una audiencia privada con el Papa. Tenía el pelo totalmente cubierto por un pañuelo de chifón negro, un vestido negro suelto, largo, que parecía prestado, medias de seda negra que opacaban la rubia belleza de sus esbeltas piernas. Seguro que una abadesa no se habría puesto los zapatos de tacos altos, negros y vagamente eróticos, que había elegido, ni los anteojos oscuros, de lechuza, que tornaban dramática la palidez de vainilla de su fresca piel.) 

TC: Se te ve muy bien. 
M: (royendo la uña del pulgar, ya totalmente comida): ¿Estás seguro? Estoy tan nerviosa, ¿sabes? ¿Dónde está el baño? Si pudiera ir un momento... 
TC: ¿A tomarte una píldora? ¡No! Shhh. Esa es la voz de Cyril Ritchard: ya ha empezado el panegírico. 

(De puntillas, entramos en la capilla llena de gente y logramos ubicarnos en un espacio estrecho en la última fila. Cyril Ritchard terminó de hablar. Lo siguió Cathleen Nesbitt, colega de toda la vida de Miss Collier, y finalmente Brian Aherne se dirigió a los presentes. Durante todo este tiempo, mi acompañante no cesaba de quitarse los anteojos para enjugar las abundantes lágrimas que brotaban de sus ojos azul grisáceos. Algunas veces la había visto sin maquillaje, pero hoy presentaba una nueva experiencia visual, un rostro que no había observado antes, y al principio no me di cuenta de qué pasaba. ¡Ah! Era por el pañuelo de cabeza. Con el pelo oculto, el cutis sin cosméticos, parecía de doce años, una virgen pubescente recién admitida en un orfelinato, que se lamenta por su suerte. Por fin la ceremonia terminó, y la congregación comenzó a dispersarse.) 

M: Por favor, sentémonos aquí. Esperemos a que se vayan todos. 
TC: ¿Por qué? 
M: No quiero tener que hablar con todo el mundo. Nunca sé qué decir. 
TC: Siéntate tú aquí, que yo esperaré afuera. Tengo que fumar un cigarrillo. 
M: ¡No me puedes dejar sola! ¡Dios mío! Fuma aquí. 
TC: ¿Aquí? ¿En la capilla? 
M: ¿Por qué no? ¿Qué vas a fumar? ¿Marihuana? 
TC: Muy graciosa. Vámonos. 
M: Por favor. Hay un montón de fotógrafos abajo. Y por supuesto que no quiero que me saquen fotos con esta ropa. 
TC: No te culpo. 
M: Dijiste que se me veía muy bien. 
TC: Y es verdad. Estás perfecta para el papel de la novia de Frankenstein. 
M: Te estás riendo de mí ahora. 
TC: ¿Te parece? 
M: Te ríes por dentro. Y ésa es la peor clase de risa. (Frunciendo el ceño; mordiéndose la uña del pulgar.) En realidad, podía haberme puesto maquillaje. Todo el mundo aquí estaba maquillado. 
TC: Incluso yo. 
M: Hablando en serio. Es el pelo. Necesito tintura, y no tuve tiempo. Todo fue tan inesperado. La muerte de Miss Collier. ¿Ves? 

(Se levantó un poquito el pañuelo para mostrarme una franja negra en la raya del pelo.) 

TC: Pobre e inocente de mí. Yo que creía que eras una rubia auténtica. 
M: Lo soy. Pero nadie es tan natural. ¿Por qué no te vas a la mierda? 
TC: Bueno, ya se han ido todos. Vamos, levántate. 
M: Estos fotógrafos están ahí todavía. Lo sé. 
TC: Si no te reconocieron al entrar, no te reconocerán cuando salgas. 
M: Uno me reconoció. Pero me metí por la puerta antes de que empezara a gritar. 
TC: Debe haber una puerta posterior. Podemos salir por ahí. 
M: No quiero ver ningún cadáver. 
TC: ¿Por qué vamos a ver cadáveres? 
M: Esto es una funeraria. Deben guardarlos en alguna parte. Lo único que me falta, entrar en un cuarto lleno de muertos. Ten paciencia. Iremos a alguna parte y te invitaré a tomar champagne. 

(De modo que nos quedamos sentados y Marilyn dijo: “Odio los funerales. Me alegro de no tener que ir al mío. Sólo que no quiero funeral, y que uno de mis hijos, si tengo alguno, tire mis cenizas al viento. Hoy no habría venido de no ser porque Miss Collier me quería, se preocupaba por mi porvenir y era como una abuelita, una abuelita severa, pero que me enseñó muchas cosas. Me enseñó a respirar. Lo he aprovechado, y no sólo cuando actúo. Hay otros momentos cuando respirar es un problema. Pero cuando me enteré de la muerte de Miss Collier, lo primero que pensé fue: Oh, Dios mío, ¿qué pasará con Phyllis? Miss Collier era toda su vida. Pero me enteré de que se fue a vivir con Miss Hepburn. Feliz de Phyllis. Lo pasará tan bien ahora. Me gustaría cambiar con ella. Miss Hepburn es una persona maravillosa. En serio. Ojalá fuera amiga mía. Podría llamarla a veces y... bueno, no sé, charlar con ella”. 

Hablamos de cómo nos gustaba Nueva York y de cuánto aborrecíamos Los Angeles.

“Aunque nací ahí, no se me ocurre nada bueno que decir de Los Angeles. Si cierro los ojos, y me imagino Los Angeles, todo lo que veo es una gran várice.” Hablamos de actores y actuaciones. “Todos dicen que no sé actuar. Decían lo mismo de Elizabeth Taylor. Y se equivocaron. Estuvo magnífica en Ambiciones que matan. A mí nunca me darán el papel apropiado, algo que realmente quiera hacer. No me ayuda el aspecto físico. Demasiado específico”; hablamos un poco de Elizabeth Taylor; quería saber si yo la conocía y le dije que sí, y ella dijo bueno, cómo es, cómo es en realidad, y yo dije bueno, es algo parecida a ti, es muy franca y dice cualquier cosa, y Marilyn dijo vete a la mierda y me dijo bueno, si alguien me preguntara cómo era Marilyn Monroe, cómo era Marilyn Monroe en realidad, qué diría, y le dije que tenía que pensarlo.) 

TC: ¿Te parece que podemos irnos de una vez? Me prometiste champagne, ¿recuerdas?
M: Recuerdo. Pero no tengo dinero. 
TC: Siempre llegas tarde y nunca tienes dinero. Por casualidad, ¿no estás bajo la impresión de que eres la reina Isabel? 
M: ¿Quién? 
TC: La reina Isabel. La reina de Inglaterra. 
M: (frunciendo el ceño): ¿Qué tiene esa mierda que ver conmigo? 
TC: La reina Isabel nunca lleva dinero encima. No le está permitido. El vil metal no debe mancillar la palma de la mano real. Hay una ley, o algo así. 
M: Ojalá pasaran una ley parecida para mí. 
TC: Sigue así y a lo mejor sucede. 
M: ¿Cómo paga cuando va de compras? 
TC: Su dama de compañía trota a su lado con una bolsa llena de peniques. 
M: ¿Sabes una cosa? Te apuesto a que le dan todo gratis. Como pago cuando ella dice que usa el producto. 
TC: Es muy posible. No me sorprendería en lo más mínimo. Proveedores de Su Majestad. Perros galeses. Todas esas golosinas Fortum & Mason. Marihuana. Preservativos. 
M: ¿Para qué quiere ella preservativos? 
TC: Ella no, tonta. Para ese bobo que la sigue dos pasos atrás. El príncipe Felipe. 
M: Para él. Oh, sí, me gusta. Debe tener un lindo aparato. ¿Te conté esa vez que Errol Flynn sacó el aparato y tocó el piano con él? Bueno, fue hace cien años. Yo recién empezaba y fui a una fiesta tonta. Estaba Errol Flynn, muy contento consigo mismo. Aporreó las teclas. Tocó Eres mi rayo de sol. ¡Cristo! Todo el mundo dice que Milton Berle tiene el schlong más grande de Hollywood. Pero ¿a quién le importa? Eh, ¿tienes dinero encima? 
TC: Unos cincuenta dólares. 
M: Eso nos debe alcanzar para un poco de champagne. 

(Afuera, Lexington estaba vacía de sospechosos: nada más que inofensivos transeúntes. Eran como las dos de una linda tarde de abril, ideal para caminar. Deambulamos hasta la Tercera Avenida. Unos pocos dieron vuelta la cabeza, no porque reconocieran a Marilyn como Marilyn, sino debido a su atavío funerario. Ella rió con esa sonrisa suya tan especial, tentadora como cascabeles, y dijo: “A lo mejor siempre debería vestirme así, verdaderamente anónima”. 

Mientras nos acercábamos al bar de P. J. Clarke, dije que éste sería un buen lugar para tomar un refresco, pero Marilyn lo vetó. “Está lleno de esos idiotas de publicidad. Y esa perra Dorothy Kilgallen siempre está allí, emborrachándose. ¿Qué les pasa a estos irlandeses? Chupan más que los indios.” 

Me sentí obligado a defender a la Kilgallen, que era algo amiga mía, y dije que en ocasiones podía llegar a ser muy graciosa. Marilyn dijo: “Sea como sea, ha escrito cosas terribles acerca de mí. Todas esas perras me odian. Hedda, Louella. Sé que supuestamente una debe acostumbrarse a eso, pero yo no puedo. Lo que dicen, duele. ¿Qué he hecho yo a esas brujas? El único que escribe cosas decentes de mí es Sidney Skolsky. Pero él es hombre. Los tipos me tratan bien. Como si fuera un ser humano. Por lo menos me otorgan el beneficio de la duda. Y Bob Thomas es un caballero. Y Jack O’Brian”. 

Miramos las vidrieras de las tiendas de antigüedades. En una había una bandeja con anillos viejos y Marilyn dijo: “Ese es bonito. El granate con las perlitas. Me gustaría poder usar anillos, pero no me gusta que la gente se fije en mis manos. Son demasiado gordas. Elizabeth Taylor tiene las manos gordas. Pero con los ojos que tiene, ¿quién se va a fijar en sus manos? Me gusta bailar desnuda frente a un espejo y ver cómo se me mueven las tetitas. No son feas. Ojalá no tuviera las manos tan gordas.” 

En otra vidriera vimos un hermoso reloj de péndulo, lo que le hizo decir: “Nunca tuve un hogar. Una casa verdadera, con muebles míos. Pero si vuelvo a casarme, y gano mucho dinero, voy a alquilar un par de camiones y recorreré la Tercera Avenida comprando todo lo que se me ocurra. Una docena de relojes de péndulo. Los pondré todos en un cuarto, y todos a la misma hora. Eso sería como un verdadero hogar. ¿No te parece? ¡Eh! ¡Mira! ¡Enfrente!” 

TC: ¿Qué? 
M: ¿Ves el letrero con la palma de la mano? Ahí deben leer el futuro. 
TC: ¿Tienes ganas de entrar? 
M: Bueno, vamos a ver cómo es. 

(No es un lugar acogedor. Por una vidriera sucia percibimos un cuarto desprovisto de muebles con una mujer flaca, con aspecto de gitana, sentada en una silla de lona debajo de una lámpara roja como el infierno que colgaba del techo y que esparcía un brillo torturador. Estaba tejiendo un par de escarpines. No nos miró. Marilyn estuvo a punto de entrar, luego cambió de idea.) 

M: Hay veces que me gusta saber qué pasará. Pero después pienso que es mejor no saberlo. Me gustaría saber dos cosas, sin embargo. Una, si voy a adelgazar. 
TC: ¿Y la otra? 
M: Es un secreto. 
TC: Vamos, vamos. Hoy no puede haber secretos. Hoy es un día de dolor, y los que sufrimos compartimos los pensamientos más recónditos. 
M: Bueno, es acerca de un hombre. Hay algo que quiero saber. Pero no diré más. Realmente es un secreto. 
(Y pensé: Eso es lo que tú crees. Ya te lo sacaré.) 
TC: Estoy preparado para invitarte con champagne. 

(Terminamos en la Segunda Avenida, en un restaurante chino vacío, decorado chillonamente. Pero tenía un bar bien provisto, y pedimos una botella de Mumm. Llegó, pero sin helar y sin balde. La tomamos en vasos altos, con cubitos adentro.) 

M: Esto es divertido. Como filmar en exteriores. Si a una le gusta. A mí no. Niagara. Qué película mala. Horrible. 
TC: Hablemos de tu amor secreto. 
M: (silencio). 
TC: (silencio). 
M: (risitas). 
TC: (silencio). 
M: Conoces a tantas mujeres. ¿Cuál es la mujer más atractiva que conoces? 
TC: Barbara Paley. No tiene rival. 
M (frunciendo el ceño): ¿Esa a la que le dicen “Babe”? A mí no me parece una beba. La he visto en Vogue. Es elegante. Encantadora. Mirando las fotos una se siente como una chancha. 
TC: Le divertiría oír eso. Te tiene celos. 
M: ¿Celos de mí? Te estás burlando de nuevo. 
TC: No. Está celosa. 
M: Pero ¿por qué? 
TC: Por lo que dijo en los diarios una periodista, creo que la Kilgallen. Algo así: “Se rumorea que Mrs. Di Maggio tuvo una cita con el mayor magnate de la televisión, y no precisamente para hablar de negocios”. Ella leyó la nota y creyó que era verdad. 
M: ¿Que era verdad qué? 
TC: Que su marido tiene un asunto contigo. William S. Paley. El mayor magnate de la televisión. Le gustan las rubias bien formadas. Las morochas también. 
M: Eso es un disparate. No conozco a ese tipo. 
TC: Ah, vamos, vamos. Conmigo puedes ser franca. Este amante secreto es William S. Paley, n’est-ce pas? 
M: ¡No! Es un escritor. Él es un escritor. 
TC: Eso es mejor. Ya vamos a alguna parte. De modo que tu amante es un escritor. Debe de ser malísimo, o no te avergonzarías de decirme su nombre. 
M (furiosa, frenética): ¿Por qué es la “S”? 
TC: La “S”. ¿Qué “S”? 
M: La “S” en William S. Paley. 
TC: Oh, esa “S”. No quiere decir nada. La metió allí porque quedaba bien. 
M: ¿Sólo una inicial que no reemplaza nada? Por Dios. Mr. Paley debe de ser un poquito inseguro. 
TC: Tiene un montón de tics. Pero volvamos a tu misterioso escriba. 
M: ¡Basta! No entiendes. Tengo tanto que perder. 
TC: Mozo, otra botella de Mumm, por favor. 
M: ¿Estás tratando de aflojarme la lengua? 
TC: Sí. Te diré una cosa. Hagamos un trato. Yo te cuento un cuento, y si te parece interesante, tal vez podamos hablar de tu amigo el escritor. 
M (tentada, pero renuente): ¿Un cuento de qué? 
TC: De Errol Flynn. 
M: (silencio). 
TC: (silencio). 
M (enojada consigo misma): Bueno, empieza. 
TC: ¿Recuerdas lo que me contaste de Errol? ¿Lo contento que estaba con su pito? Yo soy testigo de eso. Una vez pasamos juntos una noche muy agradable. Si me entiendes. 
M: Lo estás inventando. Estás tratando de engañarme. 
TC: Lo juro. Estoy jugando limpio. (Silencio. Pero veo que está muy interesada, de modo que después de encender un cigarrillo, prosigo.) Bueno, sucedió cuando yo tenía dieciocho años. O diecinueve. Durante la guerra. El invierno de 1943. Esa noche daba una fiesta Carol Marcus, que no sé si ya estaba casada con Saroyan, en honor de su mejor amiga, Gloria Vanderbilt. La fiesta fue en la casa de su madre, en Park Avenue. Una gran fiesta. Habría unas cincuenta personas. Como a la medianoche entra Errol Flyn con su doble, un playboy que hacía las escenas de capa y espada, llamado Freddie McEvoy. Los dos estaban bastante borrachos. De todos modos, Errol se puso a charlar conmigo. Era inteligente, y nos reíamos mucho. De pronto dijo que quería ir a El Morocco, y por qué no iba con él y con su amigo McEvoy. Dije que sí, pero McEvoy no quería irse de la fiesta, que estaba llena de jovencitas recién presentadas en sociedad, de manera que Errol y yo nos fuimos solos. Sólo que no fuimos a El Morocco. Tomamos un taxi hasta la zona de Gramercy Park, donde yo tenía un departamento de un ambiente. Se quedó hasta el día siguiente, al mediodía. 
M: Y ¿cómo calificarías? ¿En una escala de uno a diez? 
TC: Francamente, si no hubiera sido Errol Flynn, ni siquiera me acordaría. 
M: No es un gran cuento. No mereces el mío. Ni por asomo. 
TC: Mozo, ¿y el champagne? Los dos tenemos sed. 
M: Y no me has dicho nada nuevo. Ya sabía que Errol caminaba en zigzag. Tengo un masajista que es como mi propia hermana, que era masajista de Tyrone Power, y él me contó la relación que había entre Errol y Tyrone. De modo que tendrías que contarme algo mejor. 
TC: Es difícil hacer tratos contigo. 
M: Estoy lista a escuchar. De modo que cuéntame cuál fue tu mejor experiencia. En ese sentido. 
TC: ¿La mejor? ¿La más memorable? Mejor que contestes tú primero. 
M: ¡Y dices que yo soy difícil! ¡Ja! (tomando champagne) Joe no es malo. Juega bien al béisbol. Si fuera por eso, aún seguiríamos casados. Todavía lo amo. Es sincero. 
TC: Los maridos no cuentan. En este juego. 
M (mordisqueándose la uña; pensando, realmente): Bueno, conocí a un hombre, medio pariente de Gary Cooper. Un corredor de bolsa, no gran cosa: sesenta y cinco años, usa anteojos gruesos. No sé qué era, pero... 
TC: Puedes parar ahí. Sé todo acerca de él por otras chicas. Ese viejo espadachín sigue recorriendo mundo. Se llama Paul Shields. Es el padrastro de Rocky Cooper. Se supone que es sensacional. 
M: Lo es. Bueno, vivo. Tu turno. 
TC: Olvídalo. No tengo por qué contarte nada. Porque ya sé quién es tu maravilla oculta: Arthur Miller. (Bajó los anteojos negros. Si las miradas mataran...) 
M (tartamudeando): Pero ¿cómo? Quiero decir, nadie... Es decir, casi nadie... 
TC: Hace por lo menos tres o cuatro años, Irving Drutman... 
M: ¿Irving qué? 
TC: Drutman. Un escritor del Herald Tribune. El me contó que tú andabas con Arthur Miller. Que estabas enamorada de él. Soy demasiado caballero para haberlo mencionado antes. 
M: ¡Caballero! (tartamudeando de nuevo pero con los anteojos negros en su lugar) Tú no entiendes. Eso fue hace mucho. Eso terminó. Pero esto es nuevo. Todo es diferente ahora y... 
TC: No olvides invitarme a la boda. 
M: Si dices algo de esto, te mato. Te hago eliminar. Conozco un par de hombres que me harían ese favor con todo gusto. 
TC: Es algo que no dudo ni por un minuto. 
(Por fin regresa el mozo con la segunda botella.) 
M: Dile que se la lleve. No quiero más. Quiero irme de aquí. 
TC: Siento haberte molestado. 
M: No estoy molesta. 

(Pero lo estaba. Mientras pagaba la cuenta, fue al toilette. Deseé tener conmigo un libro para leer: sus visitas al toilette a veces duraban tanto como la preñez de una elefanta. Mientras pasaba el tiempo, me puse a pensar si estaría tomando píldoras tranquilizantes o estimulantes. Tranquilizantes, sin duda. Había un diario en el bar. Lo tomé. Estaba escrito en chino. Después de unos veinte minutos, decidí investigar. A lo mejor se había tomado una dosis letal, o cortado las muñecas. Encontré el baño de damas y llamé a la puerta. Dijo: “Pasa”. Estaba frente a un espejo mal iluminado. Pregunté: “¿Qué estás haciendo?”. Ella contestó: “Mirándola”. En realidad, se estaba pintando los labios color rubí. Además, se había quitado el pañuelo de la cabeza y peinado ese pelo brillante y finito que tenía.) 

M: Espero que te quede bastante dinero. 
TC: Depende. No como para comprar perlas, si es tu idea de hacer las paces. 
M (riendo, nuevamente de buen humor. Decidí no volver a mencionar a Arthur Miller): No. Para un viaje en taxi, nada más. 
TC: ¿Adónde vamos, a Hollywood? 
M: Diablos, no. A un lugar que me gusta. Ya verás cuando lleguemos. 

(No tuve que esperar tanto, pues no bien subimos al taxi, oí que le decía que nos llevara al muelle de la calle South, y pensé: “¿No es allí donde se toma el ferry para Staten Island?”. Y mi conjetura fue: tomó píldoras además del champagne, y ahora está loca.) 

TC: Espero que no vayamos a tomar un barco. No llevo dramamine encima. 
M (feliz, riendo): Vamos al muelle, nada más. 
TC: ¿Puedo preguntar por qué? 
M: Me gusta. Huele a otro país, y puedo dar de comer a las gaviotas. 
TC: ¿Qué les darás? No tienes nada. 
M: Sí, tengo la cartera llena de bizcochitos chinos. Los robé del restaurante. 
TC (haciendo una broma): Sí, sí. Mientras estabas en el baño abrí uno, y el papelito de adentro era un chiste verde. 
M: Por Dios. ¿Obscenidades en vez del porvenir? 
TC: Seguro que a las gaviotas no les importará. 

(Pasamos el Bowery. Tiendas diminutas de empeño, estaciones de donación de sangre, cuartos con camas por cincuenta centavos, pequeños hoteles sórdidos de alojamiento por un dólar, bares de blancos, bares de negros y por todas partes vagos, vagos jóvenes, ancianos vagos en cuclillas sobre la vereda sentados en medio de vidrios rotos y de vómitos, vagos apoyados contra las puertas y acurrucados como pingüinos en las esquinas. En una oportunidad, al detenernos ante una luz roja, un espantapájaros de nariz roja avanzó tambaleándose hacia nosotros y empezó a limpiar el parabrisas del taxi con un trapo húmedo que aferraba su temblona mano. Nuestro conductor protestó, gritando obscenidades en italiano.) 

M: ¿Qué es esto? ¿Qué pasa? 
TC: Quiere una propina por limpiar el vidrio. 
M (cubriéndose la cara con la cartera): ¡Qué horrible! No lo aguanto. Dale algo. Apúrate. ¡Por favor! (Pero ya el taxi partía, derribando casi al viejo borracho. Marilyn lloraba.) Estoy descompuesta. 
TC: ¿Quieres irte a casa? 
M: Se ha arruinado todo. 
TC: Te llevaré a casa. 
M: Espera un minuto. Ya estaré bien. 

(Así seguimos hasta la calle South; ya allí, el ferry anclado, la vista de Brooklyn del otro lado, las gaviotas que revoloteaban y se divertían, blancas contra el horizonte marino y el cielo veteado de vellones de nubes, diminutas y frágiles como encaje, pronto tranquilizaron su espíritu. Al bajar del taxi vimos a un hombre que llevaba a un perro chino de una correa. Era un pasajero que se dirigía al ferry. Al pasar junto a él, mi compañera se detuvo a acariciar el perro.) 

EL HOMBRE (firme y poco amistosamente): No debería tocar perros desconocidos. Especialmente a éstos. Podrían morderla. 
M: Los perros nunca me muerden. Sólo los humanos. ¿Cómo se llama? 
EL HOMBRE: Fu Manchu. 
M (riendo): Oh, como en el cine. Qué amor. 
EL HOMBRE: Usted, ¿cómo se llama? 
M: ¿Yo? Marilyn. 
EL HOMBRE: Eso pensé. Mi mujer no me creería. ¿Me puede dar su autógrafo? 

(Sacó una tarjeta y una lapicera. Utilizando su cartera como apoyo, ella escribió: Que Dios lo bendiga - Marilyn Monroe). 

M: Gracias. 
EL HOMBRE: Gracias a usted. Voy a mostrar esto en la oficina. 

(Seguimos hasta el borde del muelle, donde nos pusimos a escuchar el ruido del agua.) 

M: Yo solía pedir autógrafos. Todavía lo hago, a veces. El año pasado vi a Clark Gable sentado cerca de mí en Chasen, y le pedí que me firmara la servilleta. 

(Apoyada contra un poste de amarras, la observé, de perfil: Galatea oteando las distancias no conquistadas. La brisa le esponjaba el pelo. Volvió la cabeza hacia mí con gracia etérea, como si la hiciera girar la brisa.) 

TC: ¿Cuándo alimentamos los pájaros? Yo también tengo hambre. Es tarde, y no almorzamos. 
M: Recuerda, te dije que si alguna vez te preguntaran cómo era yo, cómo era, en realidad, Marilyn Monroe, ¿cómo contestarías esa pregunta? (Su tono era juguetón, burlón, sin embargo sincero al mismo tiempo: quería una respuesta honesta): Apuesto a que dirías que era una palurda. 
TC: Por supuesto, pero también les diría... 

(Ya se iba la luz. Ella parecía desvanecerse con la claridad, mezclarse con el cielo y las nubes, retroceder y ocultarse detrás. Yo quería alzar la voz por encima de los gritos de las gaviotas y preguntarle: “Marilyn, Marilyn, ¿por qué todo tuvo que salir así? ¿Por qué es una mierda esta vida?”) 

TC: Yo diría... 
M: No te oigo. 
TC: Diría que eres una hermosa niña. 
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