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PIERRE BOURDIEU - SOBRE LA TELEVISIÓN


El sociólogo y pensador Pierre Bourdieu analiza el fenómeno de la televisión. Asegura que existió un cambio sustancial en la televisión de los comienzos y la contemporánea; en sus comienzos dependía de la inversión pública y tenía un proyecto cultural, en cambio la televisión actual está monopolizada por conglomerados económicos donde hay una sobrecarga periodística que insta a difundir “la primicia informativa” más sensacionalista posible que engendra un vacío político. Una banalización de los temas trascendentales que pasan a un rango anecdótico y superfluo.

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https://www.youtube.com/watch?v=F3kQNU--Rrw

PARA LEER EL TEXTO: 
PIERRE BORDIEU - SOBRE LA TELEVISIÓN
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SANDINO NÚÑEZ “TODOS NACEMOS ESTÚPIDOS, PERO CON LA POTENCIA DE DEJAR DE SERLO”



Definir a la vida a partir del aborto; a un cheto desde la polémica PIT CNT-TECHO; a la izquierda y al bullying, todo bajo el halo de una frase lapidaria: “Pensar es necesario”. Publicado por Criatura, el filósofo Sandino Nuñez creó un diccionario “para tiempos estúpidos” y nos cuenta por qué.

Con sarcasmo y muchas veces violenta ironía, las agudas observaciones aquí reunidas no evaden el humor para ayudarse a nombrar varias de las nuevas constelaciones que brillan en el panorama social contemporáneo", señala la contratapa del Breve diccionariopara tiempos estúpidos. Observaciones oscuras sobre ontología pagana de Sandino Núñez, publicado por Criatura Editora, que ya puede conseguirse en librerías.

Las definiciones se conjugan en este diccionario-libro-de-ensayos. Un diccionario del tiempo presente, donde el aborto se define a través de la palabra Vida; donde Porno sirve para definir la creación del Partido de la Concertación o, mejor dicho, para abordar a una izquierda que "en el baile electoral ya ha dejado de ser izquierda, pornográficamente, y le reprocha al adversario su propia pérdida de identidad". Un diccionario que se preocupa por el coaching ontológico y porque los militantes dejaron de ser así, para refugiarse en activismos light, encarnados por emprendedores y personas proactivas.

Sesenta definiciones que proponen repensar términos como masa, intelectual, violencia, transmisión, represión, seguridad, otro.

Uypress entrevistó al autor bajo sus condiciones: a través de correo electrónico.

-¿Por qué escribir un diccionario? ¿Sólo para ordenar los textos "alfabéticamente", como señala en el Prólogo, o hay otros motivos en la elección de este formato?

Esa es una de las claves de la lectura de estos textos: la forma de organización, lo que los retóricos llamaban la dispositio. La organización-diccionario indica una voluntad de jugar, de mostrar humor o cierta distancia irónica con respecto a lo dicho. La neutra seriedad del diccionario que no deja de prometer definiciones o tecnicismos, contra el oscuro estilo ideológico, crítico y político (y hasta editorialista, llegado el caso) de los textos. La seriedad formal del diccionario está ahí para que el golpe de la gravedad conceptual de lo dicho no sea demasiado fuerte. Atraer al lector con la consigna de "lo divertido". Por otro lado, entiendo que el formato diccionario es un buen gadget para dar a entender que si no hacemos algo contra los rituales póstumos de la democracia liberal ilimitada lo único que nos va a quedar, como dice el Cartaphilus de Borges, son palabras. Palabras usadas, asignificantes, duras como el hueso mismo del sonido: empoderar, estigmatizar, bullying, tolerancia, desarrollo, valores, límites, seguridad.

¿Cuál fue el criterio para la selección de las palabras que define en su diccionario?

Únicamente la tentación de criticar la ontología chata y pagana de mercado que asoma detrás de ciertos vocablos y ciertos modos de decir. ¿Por qué nos alineamos todos, de pronto, en forma tan aproblemática y a veces entusiasta, detrás de consignas como la seguridad, el acoso del otro, la tolerancia, los valores perdidos, etc.? ¿Es que no sabemos lo que hacemos pero igual lo hacemos, para recordar la famosa fórmula de Marx para la ideología? Algo de eso hay. Pero hay diferentes estatutos en ese "no saber". Claramente se puede distinguir un "no saber" que es del tipo "ah, pero qué tonto he sido: creí que hacía una cosa pero estoy haciendo otra", de otro no saber, mucho más infantil y profundamente incrustado, que es del orden del no saber que no sé, como seguir rituales de corrección, por ejemplo, sentirme bueno porque observo algún ritual filantrópico, o militante y participativo porque levanto un cartel que dice "bring back our girls", o un gran luchador social porque digo "no a la discriminación", etc. A señalar este tipo de no saber es que están consagrados los textos del Diccionario.

¿Qué significa hoy hablar de "estupidez"? ¿Cómo describiría estos "tiempos estúpidos" en los que estamos viviendo?

Precisamente, en la respuesta anterior queda trazada esta respuesta. La distancia que hay entre el no saber porque algo enmascara y justifica lo que estoy haciendo (mal) y ese otro no saber que es un no saber que no sé, y que tiene que ver más bien con fetichismo y ritualística, es la misma que hay entre ideología y estupidez. Por eso podría decirse, hasta cierto punto, que la lógica cultural del capitalismo contemporáneo es más de estupidez que de ideología. Ahora bien. El entusiasmo con una especie de "analítica de la estupidez" parece situarse peligrosamente cerca del virtuosismo aristocrático de aquel que se siente meramente indignado por estar viviendo en un tiempo estúpido, y se dedica a denunciarlo graciosamente, jugando con el beneficio de pensar que los lectores van a entender inmediatamente que quien dice algo sobre la estupidez que lo rodea no es estúpido. A mí me interesa la estupidez como un asunto teóricamente importante: la estupidez está en centro de nuestras dificultades para una teoría del sujeto político. La estupidez es una resistencia ciega y automática a la política: todos nacemos estúpidos, pero todos nacemos con la potencia de dejar de serlo. El capitalismo contemporáneo opera una máquina de eficacia deslumbrante: nos deja ser estúpidos, porque al fin y al cabo todos tenemos derecho a ser estúpidos. Así, en esa comodidad y ese conformismo, no puede surgir esa potencia de ser otra cosa que estúpidos.

El semiólogo Walter Mignolo estuvo de visita recientemente en Montevideo. Durante una conferencia en la Facultad de Humanidades hizo referencia a que el consumismo "nos distrae de pensar". En la definición de "Vida", usted finaliza dicho texto con la frase "Pensar es necesario". ¿Qué puntos de contacto ve entre las palabras de Mignolo y su reflexión?

"El consumismo nos distrae de pensar". Dicho así me parece difícil estar en desacuerdo. Es un juicio infinito muy pobremente determinado. Por otra parte, no conozco bien el trabajo de Mignolo, y lo poco que he leído no me convoca gran cosa.

"Ya sabemos que estos no son buenos tiempos para la política (...)" afirma en la definición de "Totalitarismo". Más adelante señala: "No ha habido un solo acto político en este gobierno que no sea un circo de intenciones que siempre se muestran pusilánimes, entorpecidas o amonestadas por el fetiche acuerdista, negociador o consensual (...)" (p.125), mientras que en la definición de "Izquierda" retoma una frase del expresidente Tabaré Vázquez, para luego afirmar que la izquierda es una palabra "deteriorada". ¿Cómo ve el escenario político actual, la negativa del precandidato del FA de "girar hacia la izquierda" (¿qué implicaría también eso, no?), y su reiteración de la propuesta de tener un nuevo gobierno "progresista"?

No podemos seguir viviendo en la desmentida. La izquierda encarna la utopía capitalista contemporánea en forma mucho más eficaz que la derecha, en la que ya nos gusta pensar una especie de excedente doctrinario que no se lleva bien con el capitalismo liberal, democrático, pragmático, etc. La fórmula de [el vicepresidente Danilo] Astori (aunque vieja) de que "lo que la derecha no entiende es que luchar contra la pobreza es luchar por el desarrollo" resume el brillante cinismo de la izquierda institucional uruguaya hoy. Lo que la derecha no entiende es lo que la izquierda ya ha entendido muy bien: la pobreza es lo que obstaculiza los buenos negocios del capitalista. Habrá que reinyectarle capital entonces. La derecha se mantendrá en su dogmatismo doctrinario neoliberal, estúpido y pasado de moda: cuidar los gastos fiscales, achicar el Estado, barrer con los programas sociales, dejar que patrones y obreros hagan sus acuerdos salariales sin la intervención del Estado, etc. Mientras que la izquierda tecno ya es decididamente posneoliberal, introduce formas humanas de reciclaje de la pobreza, y mientras esa forma le sirva al capital y a su ontología práctica inmanente de desarrollo, producción y comercio, es obvio que el romance entre el capitalismo y la izquierda va a continuar. Los empresarios se van a seguir riendo de los chistes de Mujica, aunque no los entiendan o aunque eso no haya sido un chiste. Así, lo desconcertante es pedirle a la izquierda un giro a la izquierda. ¿Alguien espera realmente una revolución política desde el artefacto institucional partidario de la democracia liberal? Otro síntoma de que la estupidez le ganó a la ideología.

Sobre 'Prohibido Pensar'

Cuéntenos la propuesta de Prohibido Pensar, esta nueva revista por suscripción, financiada por los propios lectores.

Es precisamente eso. Una publicación bimestral colectiva con formato de libro. Somos un grupo de personas que entiende que es necesario (y que todavía es posible) escribir, pensar, criticar, problematizar y enrarecer ideológicamente el aire del Uruguay actual. No es un proyecto cultural y tampoco un "emprendimiento" destinado a inventar una alternativa independiente a los carriles habituales para este tipo de cosas. Es una idea y una praxis. Si queremos que algo del orden de lo crítico-ideológico sobreviva tenemos que inventar por fuerza un procedimiento alternativo que abata los costos ordinarios. Pero la idea no debe confundirse con el procedimiento. El procedimiento, que no es en absoluto novedoso, de que las suscripciones anticipadas permitan ir financiando el número siguiente, no debería llamar la atención. Por eso quiero poner el acento en eso de "proyecto crítico-ideológico" y no emprendimiento indie o alternativo, etc.

¿Cómo va la suscripción y recepción del primer número?

Razonablemente bien. Entre ejemplares distribuidos a suscriptores y ejemplares vendidos (que no son tantos) ya andamos cerca de los seiscientos. Eso nos da cierta tranquilidad para proyectar por lo menos en un año la vida de la publicación.

¿Qué temas abordan y/o consideran necesario abordar en la revista?

El primer número (que ya salió y está en la calle: se puede comprar en Librería Lautrèamont, en Maldonado y Pablo de María) está dedicado al asunto de la Lucha de Clases; el segundo (que esperamos que salga a fines de junio) hablará de Capitalismos de Izquierda; el tercero sobre Escrituras y se planteará el tema de las condiciones de posibilidad de la producción intelectual.

Es claro que lo pesado y sustancioso de estos asuntos no es un azar o un capricho.

MONTEVIDEO (Uypress* / 28-5-2014)

“¿DE QUÉ SIRVE UNA MUJER SI SE CONVIERTE EN UNA MADRE SACRIFICADA?”


por Sara Beltrame

El largometraje documental ‘Amazona’, de la colombiana Clare Weiskopf, aborda en primera persona la confrontación de la directora con su madre, Valerie Meikle, a quien quiere comprender después de que la dejara siendo una niña para irse a viajar por el río Amazonas. Juntas emprenderán un viaje hacia la vorágine más íntima de su relación. La película está nominada en los Premios Goya 2018 en la categoría de Mejor Película Iberoamericana.

Esta es la historia de Val, contada y vista a través de la lente de su hija Clare. Después de una trágica pérdida familiar, Val deja atrás a sus hijos para internarse en la selva colombiana y descubrirse a sí misma como una mujer sin las ataduras del deber ser. Con la dirección de esta película en donde la selva no es un escenario sino un personaje, Clare Weiskopf logra redimirse de las heridas de una niña que no lograba entender qué buscaba su madre alejándose de ella cuando apenas contaba con once años. Treinta años después y embarazada, Clare decide confrontar a su madre para entenderla y definir su propia maternidad en términos menos convencionales. Juntas emprenderán un viaje hacia la vorágine más íntima de su relación, lo que las llevará a explorar la frontera entre la responsabilidad y la libertad sin culpas ni señalamientos ¿Qué significa ser una buena madre?

En junio 2017, durante los DocsBarcelona, entrevisté a Clare Weiskopf porque desde hace meses estaba investigando la instrumentalización por parte del sistema patriarcal del personaje de ‘la madre’ en épocas y culturas diferentes. La historia que la periodista y documentalista iba a contar en su documental ‘Amazona’ intentaba romper con ese esquema ficticio a partir de una historia real y contestando a la pregunta:

“¿Qué hace que una persona sea una buena madre?”

Se leía en su biografía que era directora de cine y periodista colombiana, centrada en temas sociales, desde el conflicto armado en Colombia y la violencia sexual como arma de guerra hasta la difusión de la cumbia en América Latina y Europa. Había ganado dos veces el Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar de su país y había sido seleccionada para la IDF Academy y el Dok.Incubator. Recientemente ha dirigido dos series documentales, ‘2012: Chronicles of the End of the World’ y ‘Los Colores del Fútbol’.
Amazona’ es su primer largometraje documental.

Los temas que desarrolla en el documental son a menudo dolorosos y contradictorios, sobre todo pensando que, entre la persona que graba y la persona que es grabada, surge -supuestamente- la más fuerte de las relaciones entre dos seres humanos: la de una madre con su hija.

¿Cómo se te ocurrió convertir una relación personal en un documental?

Había empezado a pensar en este proyecto porque todo el mundo conocía a mi madre y todo el mundo sabía que era una mujer especial, un personaje muy peculiar. Tiene más de 80 años y vive sola en la floresta amazónica. Cocina con el fuego de la madera recogida en el bosque y su compañera favorita es una gata. Al principio quería centrarme exclusivamente en ella, en su vida y en particular en un viaje que hizo cuando yo tenía solo 11 años. En esa época abandonó la ciudad donde vivíamos, abandonó a mi hermano y a mí y nos dejó al cuidado de mi padre, para irse con su amante del momento a hacer un viaje por el río Amazonas. Ella y mi padre habían estado separados durante mucho tiempo y una de mis otras hermanas, que mi madre tuvo durante su primer matrimonio, acababa de morir trágicamente. Quería simplemente contar la historia del viaje por el río; pero en cuanto me puse a trabajar junto a mi productor y compañero, Nicolas Van Hemelryck, por un lado me di cuenta de que podía caer en hacer simplemente una biografía en formato vídeo de la vida de mi madre y, por el otro, Nicolas me convenció para ponerme delante de la cámara y convertirme en un personaje del documental. La historia empezó a cambiar aunque no tenía claro en la cabeza el nuevo proyecto. Sabía donde quería ir pero no había llegado todavía a la esencia universal del proyecto. Poco a poco sentí que quería hacer un documental sobre la maternidad, sobre lo que significa ser madre, sobre el límite entre libertad y responsabilidad. Uno de los temas que parece más difícil tocar cuando las mujeres se convierten en madres. Quería también que mi trabajo sirviera a empoderar a la mujer que hubiera vivido esta historia. Todo esto lo fui descubriéndolo poco a poco. Puede que los directores con más experiencia ya sepan de entrada cuál es el punto de universalidad que tienen sus proyectos, pero en mi caso se trataba del primer largometraje y me costó enfocarlo. Creo que ha sido el proyecto más complicado en el que me he metido pero me ha servido para entender mi manera de concebir el documental: un instrumento narrativo que nos permita reflexionar sobre uno mismo, sobre sus propias creencias y, en este caso, sobre sus propias familias.

Hicieron falta 200 horas de grabación, ocho meses de edición y cinco años de trabajo para llegar a la estructura final de esta historia en la que el personaje de ‘la madre’ se aleja totalmente de los guiones hasta ahora interpretados. Tu madre, ¿cómo reaccionó la primera vez que vio el documental?

Cuando llegamos a tener una primera versión definitiva del montaje, la miré y pensé que la película era realmente demasiado dura, su personaje era demasiado duro. Tenía miedo de su juicio, pero se la mostré tal y como estaba y me dijo: “Yo creo que podrías ser un poco más dura conmigo…”. Para mí eso fue el pasaporte a la libertad que necesitaba. Creo que siempre hay que tener a mente una cosa: si hubiera sido un hombre el que hubiera decidido lo que mi madre decidió en ese momento, dejarnos con nuestro padre y viajar, tal vez su historia no hubiera sido tan extraña. En nuestra sociedad se supone que una mujer que se convierte en madre tiene que estar al cien por cien primero con sus hijos y segundo con el resto de las tareas que supuestamente le tocan. No se permite a una mujer mantener una vida propia al lado de su papel de madre. Valerie rompe este patrón y, mirando a cámara, consigue decir en voz alta el porqué lo hizo y por qué volvería a hacerlo. Primero afirma que la vida de una persona es su vida, independientemente de si es madre o no y, segundo, se niega firmemente a tener que sacrificar su propia vida por el hecho de haber tenido hijos.

No es la primera vez que asistimos en pantallas a historias como a la de Valerie, pero esta no es una película de ficción donde hay un personaje construido y escrito por alguien, a menudo un hombre guionista, se trata de un documental, de una historia real. Hay un trabajo creativo en el montaje pero, dejándolo un momento a lado, ¿qué te llevó realmente a enfrentarte a una viaje tan íntimo?

Mi madre es un gran personaje que ha dejado en mi vida un vacío de sus mismas proporciones: grande. Tenía la necesidad de contar el vacío que había implicado vivir al lado de una mujer que tiene su visión de la vida. Cuando le dije “mamá, vamos a hacer un documental sobre tu vida. Sobre las cosas buenas y sobre las cosas malas”, ella me miró y me preguntó: “¿Cuáles cosas malas, hija?”. Estaba claro que no se había enfrentado nunca a las consecuencias de sus decisiones. Al quedarme embarazada mientras estábamos grabando, la necesidad de cerrar este círculo vital entre todas nosotras fue todavía más potente, casi terapéutico. Quería dejar claro que no le estaba juzgando, quería ser justa. Quería dejarle hablar y darle el espacio para que compartiera su decisión conmigo. Por esta razón en el documental ella tiene la posibilidad de aclarar su punto de vista: es necesario romper la rueda de sacrificio en la que las madres y las hijas están metidas por la sociedad. Las madres se sacrifican por sus hijos e hijas, y cuando las madres o los padres enferman o envejecen serán las hijas quienes deberán sacrificar su vida para cuidar de ambos. Mi madre, teniendo que elegir entre nuestra soledad y su libertad, ha elegido su libertad con consecuencias para mí y mis hermanos de las que no se siente responsable.

‘Amazona’ es un viaje salvaje en el sur del Amazonas, cerca de Leticia, donde el río se tuerce creando una pequeña isla de tierra en la que vive Valerie. En un momento del documental, mirando a cámara, dice: “Cuando nos negamos a tomar riesgos y cerramos la puerta a lo inesperado, a lo que no sabemos, sofocamos nuestras vidas y nuestras vidas se trasforman en tediosas rutinas. El vacío que siempre implica elegir un camino seguro es un insulto a nuestra energía vital que se renueva cada vez que confiamos en ella, cada vez que decidimos tomar riesgos. ¿De qué sirve una mujer si se convierte en una madre sacrificada?”. ¿Qué piensas de esta frase?

He cambiado siendo madre de mi hija. Creo que se pueden hacer las dos cosas: ser madre y no sacrificarse. Voy poco a poco, en el día a día, sin saber si estoy haciendo lo correcto o no, pero sé que una persona puede intentar equilibrar las cosas. No sé si en el futuro cambiará esta convicción que tengo porque en esta vida nada es cierto, pero intentaré hacerlo lo mejor que pueda. Mi hija está arriba en la lista de las prioridades de mi vida, pero tampoco voy a anular mis sueños por ella. Esto lo tengo claro. Hay que encontrar un equilibrio, algo tan difícil para las mujeres. Este es el tema: nos han enseñado que como madres tenemos que vivir en un idilio absoluto con nuestros hijos y hijas pero luego no es así, hay momentos en los que una quiere de verdad mandar todo al carajo. Hablar y compartir es la mejor forma que tenemos de empoderarnos. Ya está. El silencio ya está roto.

El documental de Claire Wesikopf está nominado a los Premios Goyas 2018. Pero no en la categoría de Mejor Película Documental, sino que ‘Amazona’ concurre en la categoría de Mejor Película Iberoamericana, junto con tres otras historias de… ficción.

LA ERA DE LA POSVERDAD EN LA POLÍTICA Y EN EL ARTE


Por Mori Ponsowy
La exposición de arte más costosa de 2017 en todo el mundo fue "Tesoros del naufragio de lo increíble" en Venecia. El autor es Damien Hirst, el mismo artista que en 1991 estuvo en boca de todos cuando exhibió un tiburón en un tanque de formol con el título "La imposibilidad física de la muerte en la mente de alguien vivo". En ese momento nadie sabía si la obra -que se vendió en ocho millones de dólares- debía tomarse como algo profundo o como un juego. Hubo quienes dijeron que era la mejor obra de arte de los últimos 40 años, mientras que para otros lo único digno de alabanza era el título. Sentí esa misma incertidumbre mientras recorría la muestra del naufragio en diciembre, solo que ya no se trataba de una sola pieza, sino de una exhibición de 190 obras que ocupó 5000m2 en el Palazzo Grassi, frente al Gran Canal, y en la galería Punta della Dogana, la antigua aduana de Venecia.
Esa muestra descomunal contaba la historia del naufragio de un barco que llevaba una colección de arte destinada a construir un templo en honor al sol, allá por el año 100. El barco fue encontrado en 2008 en la costa africana. Se exhibieron tanto las obras que llevaba -oxidadas, cubiertas de corales y moluscos- como fotografías y videos realizados en el fondo marino mientras un equipo de buzos rescataba las piezas del naufragio. El espectador incauto que no hubiera leído nada sobre la exposición se quedaba boquiabierto al ver cabezas de Medusa hechas de oro y malaquita, almejas gigantes de bronce, budas de jade, bustos de Neptuno en lapislázuli y hasta la estatua de un monstruo hecha en mármol de Carrara y que pesa más de cuatro toneladas. A medida que se avanzaba por las salas, el asombro se convertía en incredulidad: entre las obras había una escultura de una mujer con zapatillas, el busto de un senador romano con el rostro de Hirst, una espada cubierta de óxido con el logo de Sea World.

"Damien Hirst ha creado la exhibición que el mundo de la posverdad se merece", escribió la crítica de arte Hettie Judah en la revista Artnet News. Las palabras elegidas por Judah no son casuales. Así como durante el Renacimiento la revolución científica avanzó en forma simultánea con un arte que dejó de ser religioso y se interesó por el mundo natural, también hoy el arte refleja los cambios de nuestro tiempo. La pérdida de relevancia de los hechos como formadores de opinión es, precisamente, una de las características de nuestras sociedades. No en vano el Diccionario Oxford eligió la palabra post-truth (posverdad) como la palabra del año en 2016. El diccionario justificó su elección de esta manera: "El concepto de posverdad existe desde hace una década, pero su frecuencia alcanzó un pico en el contexto del referéndum en la Unión Europea, así como en las elecciones presidenciales de los EE.UU." Que los políticos mientan no es novedad: lo nuevo es que la verdad haya perdido importancia y que lo que más cuente sea reforzar los prejuicios de los votantes. Las redes sociales ofrecen el caldo de cultivo propicio para que todo esto ocurra.
La endemia de la posverdad se nutre de la fragmentación de las fuentes, de la proliferación de medios alternativos de origen dudoso y del hecho de que las mentiras, los rumores y las pseudoverdades se amplifican a una velocidad formidable en las redes sin que casi nadie se preocupe por su veracidad. En las redes sociales los usuarios tienden a creer más en lo que dicen aquellas personas con quienes suelen relacionarse que en lo que digan los medios tradicionales. Así, las redes se convierten en megáfonos de una posverdad en la que el contenido de las noticias se evalúa según la cantidad de clics que genere, independientemente de su verosimilitud.
Deambular por la muestra de Hirst me recordó al protagonista de la novela Cuando cae la noche, de Michael Cunningham, el autor norteamericano que ganó el Premio Pulitzer en 1999 por Las horas. Peter es un galerista que busca la belleza. Aunque sabe que gran parte del arte contemporáneo se regodea en la fealdad, él ansía huir de lo banal. Ama la pintura prerrenacentista, las madonas de Bellini, los ángeles de Miguel Ángel. Tiene la esperanza de acercarse un poco más a la belleza con cada exposición. Le gustaría abrir una grieta en la sustancia del mundo a través de la cual brille algo verdadero.
Una de las escenas más memorables de la novela es cuando Peter va con una amiga al Metropolitan Museum de Nueva York a ver el tiburón de Hirst. Antes de llegar, se detiene frente a un bronce de Rodin: un cuerpo perfecto que durará para siempre. "Dentro de miles de años los arqueólogos podrán encontrar este bronce intacto", piensa, mientras las personas pasan de largo sin reparar en el Rodin, apuradas por llegar al tiburón. Peter está en una encrucijada: no sabe si representar a un artista cuya obra no le gusta, pero que sospecha que se vendería muy bien y que lo haría convertirse en un galerista famoso. "Es un negocio, Peter -le dice su amiga-. Tomar a un artista que no te gusta pero que vende mucho te ayuda a pagar por los artistas que sí te gustan pero que no venden". Mientras observa el tiburón, Peter piensa que una verdadera obra de arte es aquella que perdurará en el tiempo, como el Rodin. Todo lo contrario de lo que ocurre con el tiburón pues, aunque el público no lo sepa, ese que observan es el segundo ejemplar: después de unos años, el primero empezó a descomponerse y Hirst hizo una réplica de su propia obra con un nuevo tiburón.
Mientras recorría la exposición de Hirst en Venecia me preguntaba qué era lo que estaba mirando, realmente. Cabezas de tritones, estatuas, falsos corales. Una ficción. Un relato. La imitación del arte de tiempos pasados. Un parque temático que recrea un supuesto naufragio. Una exposición, financiada por el coleccionista francés François Pinault y por el mismo Hirst, que costó unos 65 millones de dólares. Un espectáculo en la era del espectáculo. Un ejemplo elocuente de nuestra época: la belleza, en gran parte del arte, ha pasado a ser imitación de la belleza. Lo que cuenta es el relato, la interpretación, el juego de palabras, el nombre de una obra, la monumental idea de una exposición, la ironía de exponer un tiburón disecado en un museo de arte en vez de en uno de historia natural. Algo similar ocurre en la política: los eslóganes, los relatos, las pseudoverdades, las marcas tienen al menos el mismo peso que los hechos. El marketing político compite mano a mano con la verdad. Y quizás hasta compita con ventaja.
Hay otro aspecto en el que Damien Hirst se asemeja a los políticos contemporáneos: tanto los especialistas como el público lo aman o lo detestan, pero pocos le son indiferentes. La era de la posverdad no se lleva bien con los matices, se deleita en los extremos. "Por favor, Dios, pon en mi camino algo que pueda amar de verdad", piensa Peter al salir del Met. Traducido a la política, los ciudadanos podríamos decir: "Por favor, gobernantes, dennos algo en lo que podamos de verdad confiar".

(La Nación / febrero de 2018)

LA COBARDÍA FEMINISTA



Análisis crítico, desde el Afuera, a la publicación del  Centro de Estudios de la Mujer (CEM)


por Andrea Franulic


Movimiento Rebelde del Afuera


“Nuestra historia como mujeres no existe, estamos sumergidas en la historia guerrera de la masculinidad. En el juego mentiroso de la verdad y la historia oficial, se intenta hacer una historia de las mujeres y del feminismo. Esta visibilización de las mujeres opera desde la historia del sistema y, por lo tanto, se las hace visibles dentro de la feminidad” (Pisano, 2004, 43). Sin una historia propia, las mujeres seguiremos arribando a este mundo con un único referente, la ‘feminidad-masculinidad’, construcción cultural que nos deshumaniza y aliena.

A principios de este año, el Centro de Estudios de la Mujer (CEM) presentó un libro, financiado por la Fundación Ford, que relata la historia del Movimiento Feminista chileno en la década de los noventa. La publicación está escrita por tres feministas y dedicada “Para las feministas de ayer, hoy y mañana”. A pesar de las apariencias, este texto constituye una historia más de la ‘masculinidad’ y da cuenta del fracaso de los feminismos, absorbidos por la cultura vigente.

El libro es una ‘investigación social’; esta es su primera alianza con la masculinidad o, al menos, levanta la primera sospecha. Escrito desde las ciencias sociales, usa, convenientemente, los esquemas conceptuales de la sociología, que define los “problemas” que se desean estudiar y lleva a cabo las interpretaciones funcionales a su sistema. Más de alguna vez hemos escuchado hablar del sesgo de la ciencia, que invisibiliza a las mujeres, siendo clasista y racista además, encubriendo su violencia con un lenguaje objetivo, neutro y desapasionado, que, sabemos, no es tal, es patriarcal.

Es esta la armadura tras la que se refugia el discurso ideológico de esta investigación. Armadura que, al ser científica, cuenta con la legitimidad del ‘sentido común instalado’. Está legitimado, entonces, todo lo que se diga, pues se apoya en las metodologías validadas por el sistema y parece ser la única verdad posible, más aún, la única perspectiva posible para analizar la realidad y relatar la historia. Sin embargo, para quienes miramos el mundo desde otro lugar, sabemos que el esencialismo es una trampa más de la masculinidad. 

Una acomodación conceptual fundamental en el libro es el reemplazo de la categoría de ‘movimiento social’ por la de ‘campo de acción’. La ‘homogeneidad’ del movimiento social se reemplaza por la ‘heterogeneidad’ del campo de acción, es decir, las feministas actúan o pueden actuar “ya no solo en las calles, los colectivos de autorreflexión autónomos, los talleres de educación popular, etc. Si bien las feministas continúan en esos espacios, hoy se encuentran además en una amplia gama de terrenos culturales, sociales y políticos: en los pasillos de la ONU, en la academia, las instituciones públicas, los medios de comunicación, los organismos no gubernamentales especializadas y profesionalizadas, en el cyberespacio, etc.” (Álvarez, 1998, p.93, citada por Ríos, Godoy y Guerrero, 2003, p.27). 

Segunda alianza con la masculinidad: el uso de un lenguaje ‘postmoderno’, cuya característica fundamental es la de ser ‘incluyente’. Con la cita recién expuesta, se pretende incluir a todas las feministas y feminismos. Sabemos que no es lo mismo un grupo político de mujeres autónomas y pensantes, que hacer ‘lobby’ en los pasillos de la ONU, si “las Naciones Unidas no son lo que aparentan ser. De hecho, por su burocratismo y naturaleza elitista, son una organización destinada a respaldar los intereses de los grandes poderes imperialistas, y muy especialmente los de los Estados Unidos” (Boron, 2002, 20).

El planteo central de esta investigación, seleccionado y definido por las instituciones masculinistas, apuesta por una transformación del movimiento feminista en el Chile postdictatorial. Y el esquema conceptual antes descrito (‘movimiento social’ distinto a ‘campo de acción’) rebate la “hipótesis” de una desmovilización del feminismo chileno y se ajusta al planteamiento de su transformación. En otras palabras, según las autoras de este libro, el feminismo de los noventa es distinto al de los ochenta, “se expande, complejiza y trasciende los límites de lo que antaño fuera considerado un movimiento social tradicional” (Ríos, Godoy y Guerrero, 2003, 110), las feministas de los noventa están en todas partes. En cambio, para las del Afuera, el feminismo fracasó: “El feminismo está tomado, repetitivo y aburrido, demandante y quejoso, decadente y sin la madurez de la memoria. Continúa en una relación perturbada, por decir lo menos, con el sistema de la masculinidad y sus instituciones, que funcionaliza los movimientos sociales según sus necesidades e intereses, con una capacidad de reciclaje que hoy percibe casi todo el mundo” (Pisano, 2004, 73).

Apropiándose, además, de la historia del feminismo de los años ochenta, las autoras interpretan la explosión del movimiento de mujeres y feminista únicamente como una reacción contra el autoritarismo de la dictadura y en respuesta al vacío dejado por los partidos políticos. Por lo tanto, una vez recuperada la “añorada” democracia y su institucionalidad política, la acomodación a los “nuevos tiempos” traerá consigo puestos, carreras, cargos, viajes, estudios; y las feministas, efectivamente, treparán en todas partes. 

Para quienes analizan los ochenta dentro de los límites del ‘monomio masculino-femenino’, la ‘expansión’ del feminismo en los noventa es celebrada o, al menos, aparentan hacerlo. Este ‘período fundacional’, como lo bautizan en la investigación para referirse a los ochenta, es relatado de manera despersonalizada y aparece exento de relaciones de poder, diferencias ideológicas y continuidad histórica; es decir, es un discurso despolitizado, sin embargo, esto es político, en la medida de que permite que el sistema vigente se siga reciclando. Si bien es cierto que el movimiento de mujeres y feminista surgen en el contexto del orden autoritario y que “las mujeres sujetas, enlazadas a su condición, se abocan a suplir la carencia, a resolver las tareas políticas vacantes y a desarrollar actividades en el plano de los Derechos Humanos, desplegando un abanico de acciones que permitirán sostener y apoyar la resistencia” (Rodríguez, 2001, 11); también es cierto que “la acción (...) traerá consigo la posibilidad de resignificar lo político, algo que había quedado pendiente en la etapa sufragista” (Rodríguez, 2001, 12). Pero el discurso inscrito en la publicación del CEM, acentúa la ‘identidad opositora’ del feminismo, desarticulándolo históricamente del ‘movimiento sufragista’ y borrando las diferencias ideológicas que ya entonces hacían del feminismo un movimiento heterogéneo.

Las diferencias ideológicas estaban, como ahora, marcadas por el poder. En un documento inédito, Margarita Pisano cuenta que las mujeres que apostaron por un proyecto político movimientista, se quedaron con los prejuicios del feminismo; en cambio, aquéllas que permanecieron protegidas bajo la sombra del buen árbol académico, se llevaron consigo los prestigios del mismo. Así también, las mujeres que nunca renunciaron a sus partidos políticos, usufructuaron de las ideas feministas, deslegitimando, al mismo tiempo, al feminismo como proyecto político autónomo. Pero en el libro del CEM, estos hechos no se relatan, pues dar cuenta de ellos conlleva dar cuenta de la misoginia inherente al lugar ideológico desde el cual este discurso se enuncia.

En realidad, el texto usa la historia del movimiento feminista de los años ochenta como ‘garantía’, categoría constituyente de todo discurso argumentativo y que se define como “una licencia formal que permite extraer conclusiones” (Santibáñez, 2002, 70). Lo que importa para esta investigación social son dichas conclusiones, referidas a la necesidad expansiva de los feminismos en los noventa. Esta conclusión se desprende naturalmente si la ‘garantía’ ha sido descrita de acuerdo a la misma lógica. Y sumemos a esto que la ‘garantía’ proviene desde un ‘apoyo o respaldo’, categoría que también conforma las argumentaciones, y que en el texto en cuestión, corresponde a las ciencias sociales o, más específicamente, a la sociología. En el ‘apoyo’ está toda la información pertinente para la ‘garantía’ y puede tomar la forma de “estudios estadísticos, códigos legales, teorías científicas, una costumbre arraigada, un prejuicio, un supuesto social, una norma social, etc.” (Santibáñez, 2002, 71). La sociología, como toda teoría científica, está basada en prejuicios androcéntricos y “asume, (...), la existencia de una ‘sociedad única’ con respecto a hombres y mujeres” (Harding, 1996, 77); de ahí que en el relato del ‘período fundacional’ del feminismo, las autoras enfaticen su carácter opositor, pues no leen al feminismo como proyecto autónomo.

Es más, el feminismo chileno de los ochenta es usado como ‘garantía’ para determinadas acciones, pues el habla, oral o escrita, es acción, la gente hace cosas con las palabras. Y lo que el discurso del CEM hace con esta investigación es justificar lo que para nosotras es la funcionalidad del feminismo al sistema vigente; y lo hace, apropiándose de la historia, despolitizándola y, además, borrando y descalificando los pensamientos más rebeldes de las mujeres. Estas son las acciones que lleva a cabo, además de convencer a las lectoras y lectores posibles, con razones científicas y postmodernas, de que no hubo desarticulación del movimiento feminista en el Chile postransicional.

El gesto de apropiarse de la historia se apoya en el argumento de que “una parte significativa (...) de lo que ha ocurrido con las organizaciones, activismo y propuestas feministas, durante y después de la transición a la democracia, ha permanecido en la memoria colectiva de las involucradas y aparece sólo marginalmente en las narrativas historiográficas y en la producción de las ciencias sociales más en general” (Ríos, Godoy y Guerrero, 2003, 41), por lo tanto, las autoras, al producir esta investigación, pretenden terminar con este silenciamiento. Con este comentario, borran producciones intelectuales como Un cierto desparpajo (1996) y El triunfo de la masculinidad (2001) de Margarita Pisano y otros documentos del feminismo autónomo que plantean una crítica profunda sobre el destino de los movimientos sociales y el feminista, llegada la democracia. Además, se advierte en esta cita, el carácter de legitimidad que envuelve al libro: se trata de una investigación académica que, una vez más, utilizará la memoria colectiva y oral de las mujeres, absorbiéndola, sin nombres ni apellidos. 

No es todo, las autoras no sólo quieren rescatar la dimensión más comentada, que se refiere a la relación de las feministas con el sistema político institucional, sino, además, otras dimensiones que han estado especialmente ausentes. Se refieren a la historia del feminismo autónomo (¿ausente de qué?, ¿del ámbito académico?), es decir, la ‘masculinidad-feminista’ se toma el feminismo y también, la autonomía. El libro emerge representativo de todo el feminismo y de todas las feministas, validado por la ciencia y el sentido común instalado. Si me pongo mal intencionada, podría afirmar que las autoras, y a quienes representan, pretenden aparecer como las fundadoras del feminismo actual, pues hacen una analogía implícita con el ‘período fundacional’, que también se origina a partir de una prolongada ausencia de las voces y del accionar feminista. Con su libro, pretenden ‘salvarnos’ a todas de este silencio. Por eso el título ‘¿Un nuevo silencio feminista?’ tiene más de una interpretación.

Tal vez no es tan mal intencionado lo que acabo de afirmar si considero otros datos. Las autoras no necesitan explicitar el lugar ideológico desde donde se sitúan, ya que es el lugar esencialista-patriarcal. Sin embargo, afirman que su posición está marcada por una cierta distancia con el movimiento feminista y su historia reciente, fundamentalmente por pertenecer a una generación que llegó al feminismo en los años noventa (Ríos, Godoy y Guerrero, 2003, 35). Esta posición ambigua, siempre cómoda, las libera de asumir siquiera una sospechada responsabilidad política, o sea, su discurso se despolitiza más profundamente, pues las autoras no se exponen, más bien, según les convenga, se asoman o esconden desde estas vestiduras postmodernas. Además, la insistencia en el discurso generacional o en el tema del ‘recambio’, está imbuida del corte patriarcal entre las edades, que mata la memoria histórica de las mujeres. 

La misoginia se manifiesta también en las descalificaciones pronunciadas contra las ‘otras’, las ‘autodefinidas autónomas’ (lo plantean como si definirse fuera practicar el terrorismo en el discurso), y estas descalificaciones se expresan en palabras connotadas negativamente, dando cuenta de la pseudo-objetividad del lenguaje científico: “el conflicto estratégico de las autónomas es más un monólogo que un debate”, “su visión dicotómica”, “excluyente”, “dogmática”, “unilateral”, “confrontación bipolar”, “rigidez”, “sectarismo”, “debate polarizado”, “liderazgos destructivos”, “falta de reflexividad”, etc. Se las acusa de haber provocado un quiebre entre las feministas de diversas posturas “la rigidez y sectarismo con que se han planteado estas propuestas han redundado en su fragmentación interna e incapacidad de establecer diálogos con otras expresiones feministas” (Ríos, Godoy y Guerrero, 2003, 331). O sea, si hubo alguna desmovilización feminista -cosa que este texto insinúa y, a la vez, desmiente- el movimiento autónomo sería parte responsable de ella. Y persistiendo en su discurso despersonalizado, la publicación del CEM tampoco pone nombre y apellido a las mujeres de la tendencia autónoma; las descalificaciones transitan en el libro acompañadas de expresiones como “ciertas mujeres”, “algunas”, “ciertos sectores”, “sus líderes”, “algunos sectores feministas”, “aquellas feministas”, etc.

Al descalificar e inculpar a las mujeres feministas autónomas, las autoras reafirman la masculinidad y reproducen la traición histórica entre las mujeres. El discurso de la autonomía, representado -entre otras feministas- por Margarita Pisano, cuestiona el patriarcado en profundidad y propone un ‘cambio civilizatorio’ desde el ejercicio de la capacidad de pensar de las mujeres, un pendiente en nuestra historia; rechaza la política reivindicativa y toda clase de complicidad con la deshumanización del sistema vigente. El libro deslegitima este discurso, descalificándolo, e invisibiliza gran parte de la historia del feminismo autónomo, la más rebelde y política. Por ejemplo, a pesar de que mencionan el Encuentro Feminista de El Salvador (1993), no hacen ninguna alusión a la participación del grupo político feminista Las Cómplices, de tendencia autónoma y conformado no sólo por mujeres chilenas, sino, además, de otros lugares de Latinoamérica: Margarita Pisano, Edda Gabiola, Francesca Gargallo, Ximena Bedregal, Amalia Fischer, Sandra Lidid. Este grupo denuncia públicamente en el Encuentro, la institucionalización del Movimiento Feminista y su consecuente desarticulación, además de la utilización de la que iba ser objeto el feminismo en la IV Conferencia Mundial sobre la Mujer, realizada en Beijing.

En las 379 páginas de la publicación del CEM no hay ninguna crítica contra el sistema masculinista; este hecho demuestra su arribismo al poder establecido y la posición ideológica desde donde escriben. “Allá ellas” podríamos decir, pero no, este discurso se erige en representación de todas, no explicitando dicha posición ideológica y perjudicándonos no sólo a las que nos reconocemos en una historia feminista, sino a todas las mujeres, pues perpetúa una cultura en proceso de deshumanización, sostenida en nuestras esclavitudes y en nuestra ‘no-historia’. Más patéticamente aún, el lugar de estas mujeres, tan cercano al del poder establecido, es siempre el del ‘plano inclinado’: “Las mujeres tenemos una relación de dependencia muy profunda con el sistema, estamos colonizadas en él. La situación de subordinación que vivimos en el patriarcado se manifiesta en una psicología de oprimidas que nos impide percibir nuestro grado de dependencia, pareciera que nos relacionamos con el mundo desde un plano inclinado donde nosotras estamos siempre en la parte inferior, mirando hacia arriba” (Pisano, 1996, 109). A pesar de su complicidad con la masculinidad, están siempre en la parte inferior, mirando hacia arriba a los varones y sus sistemas de dominio, jamás horizontalmente, mirándose entre mujeres.

Desde este plano inclinado, no eligen los discursos ni las plataformas que les dan para hablar. Si “lo que se lleva” es el discurso postmoderno, lo adoptan con toda su ‘inercia crítica’ a cuestas, y si escarbamos un poco, nos damos cuenta de que la postmodernidad es sólo una pantalla, porque si originalmente surgió como reacción al mundo maniqueo de la soberanía moderna, “dividido por una serie de oposiciones binarias que definen el sí mismo y el Otro (...) el dominante y el dominado” (Hardt y Negri, 2002, 137), este libro no hace más que reproducir dicha soberanía al perpetuar la desigualdad entre varones y mujeres. Surgida ‘en contra de’ la modernidad, la postmodernidad está dentro de la misma lógica (la patriarcal o masculinista) y, por tanto, es muy útil para mantener abusos de poder; por ejemplo, apuesta por el “todo-es-válido”, borrando los límites ideológicos, y quienes intenten definirlos cometen un “pecado mortal”. Fue este el intento del Movimiento Feminista Autónomo que explicitó el lugar desde donde se situaba y en la necesidad de un intercambio horizontal de ideas, nombró ‘institucionales’ a las otras, pues es la única manera de hacer una política distinta a la que propone el sistema. Maite Larrauri, en un texto sobre Hannah Arendt, plantea que una de las condiciones para expresar una opinión válida es que “el que emite una opinión no es ni ajeno ni exterior a lo que sostiene; forma parte, (...), de su opinión, porque es su verdad” (Larrauri, 2001, 62). 

Para un discurso postmoderno, como el que se manifiesta en el libro del CEM, todas son todo y se rehúsan, rotundamente, a reconocer la existencia de un ‘feminismo institucional’, pues se dicen partidarias, ellas como muchas, tanto de la estrategia política que denominan ‘advocacy’ (‘lobby’), estrategia institucional “por excelencia”, que consiste en incidir en las agendas públicas a nivel nacional e internacional; como de una estrategia autónoma ‘movimientista’ que “busca promover el fortalecimiento de esferas y formas de acción política de carácter intra-movimientistas, orientadas a generar una cultura y una política feminista desde la sociedad civil”(107); además, el ‘movimientismo’ de ellas es el “bueno”, porque el de las autónomas es un ‘movimientismo aislado’. Para las del Afuera, ambas estrategias son irreconciliables entre sí, pues entendemos por ‘movimientismo’, la construcción de un ‘movimiento pensante’. En cambio, para aquéllas que adhieren a una estrategia de incidencia en las agendas institucionales, apoyar la propuesta política de trabajar con organizaciones de base de mujeres, no es más que hacer un uso utilitario de las mismas desde un lugar de poder. Asimismo, aquellos movimientos sociales de resistencia y denuncia, terminan por remozar la masculinidad. 

La inclusión y la fragmentación postmodernas son conservadoras, pues encubren las relaciones y abusos de poder que sostienen el patriarcado. En el uso de un lenguaje incluyente, identitario y de una falsa igualdad, se vuelven a confundir los límites éticos e ideológicos. Declaran que “el feminismo chileno de hoy es producto de la suma: feministas + populares + lésbicas + indígenas + jóvenes + autónomas + sueltas + de la diferencia + de la igualdad + socialistas + una infinidad de otras adscripciones, corrientes e identidades” (Ríos, Godoy y Guerrero, 2003, 322), y expresan su favorable transformación postransicional con palabras como “diversidad, pluralidad, multiplicidad, heterogeneidad, complejidad, riqueza, etc.”, enfatizadas reiterativamente a lo largo del libro. Palabras que no hacen más que disfrazar el autoritarismo subyacente en el discurso, y que proponen una fragmentación contenida desde un lugar de poder (el institucional) y traspasada de dominio. 

La fragmentación es más obediente desde el ‘plano inclinado’ y en el texto del CEM, se manifiesta en varios aspectos: en un discurso desarticulado en el que no hay continuidad histórica entre las diferencias ideológicas del feminismo chileno de los ochenta y el de los noventa (ni conexión alguna con el mundo). Tampoco hay una relación consecuente entre ideología o ‘marco de sentido’, identidad feminista, estrategia de acción política y forma organizativa; en el relato, se privilegian las estrategias y formas organizacionales, no las ideas que las motivan. Es decir, una mujer -que se dice feminista- puede usar una estrategia de ‘advocacy’ en el Banco Mundial*, pero jamás declararse ‘feminista institucional’, quién sabe, se defina como ‘suelta’ y no adhiera a ninguna ideología o corriente. Exigir una consecuencia política y ética es, para las autoras, “simplificar” la realidad; la “complejidad” a la que apelan es una palabra vacía que sólo sirve para esconder la falta de honestidad con ellas mismas, el nivel de enajenación en el que se encuentran por el deseo de mantener sus privilegios en un mundo de hombres. En definitiva, todo el discurso contenido en este libro, se empeña en ocultar su ideología. Declararse ‘institucionales’ implica definirse ideológicamente, asumir sus complicidades, colaboraciones y esclavitudes con el sistema masculinista. No hacerlo, las encubre, pero con la contrapartida de reflejar -para un ojo crítico- cómo el feminismo está absorbido por la cultura vigente. La insinceridad que se expresa en este discurso es una marca de la masculinidad y sus sistemas de dominio.

A la inclusión amébica, desideologización ideológica y fragmentación identitaria, se les suma la ambigüedad discursiva. Se completa la imagen de un libro tramposo. Ya antes describí la ambigua posición de las autoras que se sienten parte de una generación que llega al feminismo en los noventa. A esto le sumo otra ambigüedad: al texto lo definen como una investigación sociológica, no histórica; sin embargo, se apropian de la historia del feminismo chileno. El lugar de la sociología es cómodo, no sólo por las características que ya mencioné sobre la ciencia, sino, además, porque de esta manera, las autoras se eximen de publicar en el libro, documentos claves en la historia feminista que dan cuenta de los hechos más fielmente y de sus negociaciones. Colocan, en cambio, un montón de voces anónimas dando testimonios. 

Pienso que la diversidad es posible en una cultura otra, no basada en el dominio, donde la pluralidad se dé por ideas, explicitadas desde nuestras particularidades, y no por los cortes que propone el patriarcado. El fracaso de los Encuentros Feministas se debe, en parte, a la fragmentación temática propuesta por los organismos internacionales -denuncia que desde hace tiempo viene haciendo Margarita Pisano-; el único Encuentro basado en ideas y no en temas, fue el de Cartagena el año 96, y en este libro se descalifica. Sin una mirada política propia, sólo se puede hacer un análisis del mundo, que asuma, obedientemente, el discurso de la diversidad-fragmentación. La contradicción de estas mujeres es tal, y la desarticulación del Movimiento Feminista es tan evidente -por mucho ‘campo de acción’ que se establezca-, que en el último capítulo del libro, dedicado a las conclusiones, realizan una evaluación en la que es imposible desmentir una desmovilización. 

Para sortear tal desajuste en el discurso, recurren, una vez más, al lenguaje engañoso de las ciencias sociales, e intervienen con otra cómoda categoría conceptual con la que se diferencia ‘la política de lo político’, argumentando que los ‘avances y transformaciones’ del feminismo posdictatorial pertenecen al ámbito de ‘la política’, restringida a las acciones, procesos e instituciones vinculadas al acceso y ejercicio del poder estatal; sin embargo, aun falta mucho por hacer en ‘lo político’, referido a las luchas de poder que permean al conjunto de las esferas en un sentido más amplio. En consecuencia, la estrategia de incidencia en las agendas institucionales, nacionales e internacionales, y de acceso a los poderes masculinos, no es cuestionable en sí misma; pues, por medio de ella, se han conseguido “avances” en el ámbito de ‘la política’. Esta división utilitaria y arbitraria entre ‘la política y lo político’ justifica, por un lado, una incapacidad de autocrítica o una especie de ceguera crónica y deliberada; y, por otro, un deseo de reorganización entre las feministas para que “las de siempre” continúen ejerciendo su política arribista.

Por último, el título del libro -“¿Un nuevo silencio feminista?”- es una pregunta que las autoras responden: no hay un silencio y, en este sentido, difieren con lo que otrora planteara Julieta Kirkwood para analizar el ‘movimiento sufragista’ en los años treinta y cuarenta. Pienso que antes como ahora las mujeres optaron (y “las optaron”) por desaparecer bajo el alero masculino. En fin, las autoras rechazan la hipótesis del silencio, pero declaran estar imbuidas, todas, en una “incertidumbre”; planteamiento que no me parece incoherente para aquellas que están haciendo política desde el ‘plano inclinado’, pues ¿qué incierta plataforma les darán para hablar, según las modas de la masculinidad? Este es el abismo existente entre espacios políticos propios y ajenos; entre explicitar y no explicitar las ideas a las que adherimos y apasionan; entre ser honestas y no serlo, asumiendo errores y responsabilidades de lo dicho y hecho. Voy a terminar con una cita de Atilio Boron dirigida a la izquierda, pero que nos sirve a nosotras para entender un poco más lo que le ha sucedido al feminismo: “Se trata, en síntesis, de una visión que quiere ser crítica e ir a la raíz del problema, pero dado que no puede independizarse del lugar privilegiado desde el cual observa la escena social de su tiempo (...) cae por eso mismo en las redes ideológicas de las clases dominantes” (17). En las redes ideológicas de la ‘masculinidad’ o el ‘patriarcado’, diríamos nosotras.


FUENTE POLÍTICA, FILOSÓFICA Y BIBLIOGRÁFICA:

Pisano, Margarita. 1995: Deseos de cambio o ¿el cambio de los deseos? Sandra Lidid, editora. Santiago de Chile.
Pisano, Margarita. 1996: Un cierto desparpajo. Sandra Lidid, editora. Santiago de Chile.
Pisano, Margarita. 2001: El triunfo de la masculinidad. Editorial Surada. Santiago de Chile.
Pisano, Margarita. 2004: Julia, quiero que seas feliz. Editorial Surada. Santiago de Chile.
Pisano, Margarita. Memorias. Inédito.


REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS:

Boron, Atilio. 2002: Imperio e imperialismo. Una lectura crítica de Michael Hardt y Antonio Negri. Clacso. Buenos Aires.
Harding, S. 1996: Ciencia y feminismo. Morata. Madrid.
Hardt, M. y Negri, A. 2002: Imperio. Paidós. Argentina.
Larrauri-Max, Maite. 2001: La libertad según Hannah Arendt. Tandem. Valencia.
Rodríguez, Tatiana. 2001: “Una historia para la historia feminista”. Inédito.
Santibáñez, Cristián. 2002: Teorías de la argumentación. Ejemplos y análisis. Cosmigonon. Concepción, Chile.
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