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Carl Jung y la psicología analítica: "Cuando tienes miedo quedas petrificado y mueres antes de tiempo"


En 1957, Carl Jung era el psicólogo más famoso del mundo. A sus 84 años, pasaba su retiro en su casa de toda la vida, junto al lago de Zúrich, cerca de sus 19 nietos y ocho bisnietos.
"Vienen a la casa a jugar y se llevan hasta mis sombreros", bromeó la eminencia médica suiza durante una entrevista íntima que le realizó en su hogar el popular programa de televisión de la BBC "Face to Face" (Cara a cara).
Jung respondió las preguntas que le hizo el presentador británico John Freeman en la que resultaría ser la última entrevista que le realizó la BBC. 18 meses más tarde, el prestigioso fundador de la psicología analítica falleció luego de una breve enfermedad.
Aquí hacemos un repaso de esa histórica entrevista en la que Jung habló sobre su carrera, su relación con Sigmund Freud y su visión sobre la muerte, que estaba próxima.
También reveló un dato sorpresivo: si hubiera podido elegir, se hubiera dedicado a otra profesión completamente diferente.
"Yo en realidad quería ser arqueólogo", confesó. "Pero no tenía el dinero suficiente para seguir esa carrera".
Jung se había criado cerca de Basilea y su familia -encabezada por su padre, un pastor luterano- no tenía los recursos económicos para enviarlo a estudiar más allá de la universidad local, donde no enseñaban esa disciplina.
La medicina ni siquiera fue su plan B. "Mi segundo amor era la naturaleza", contó, "en particular la zoología".
Se inscribió en la Facultad de Ciencias Naturales. "Pero pronto me di cuenta de que si seguía esa carrera, mi destino sería ser maestro de escuela, porque no tenía dinero, y eso no cumplía con mis expectativas".
Fue así que la medicina resultó ser "una elección oportunista".
"Recordé que mi abuelo había sido médico y sabía que si estudiaba medicina tendría la oportunidad de estudiar Ciencias Naturales. Además, un médico puede desarrollarse, tener un consultorio y elegir su especialidad y tendría mejores perspectivas que siendo un maestro", agregó.
"Hacer algo útil con seres humanos me resultaba atractivo".
El vuelco hacia la psicología también se dio por casualidad.
"Ya había acordado trabajar como asistente de uno de mis profesores y estaba estudiando para mis finales cuando me crucé con un libro sobre psiquiatría. Hasta ese momento, jamás le había prestado atención porque en esa época nuestra profesión no era particularmente interesante", recordó.
"Nomás con leer la introducción al libro, que planteaba que la psicosis era una inadaptación de la personalidad, le dio en el clavo. En ese momento pensé: 'Tengo que convertirme en un alienista'", señaló, utilizando el término con el que se llamaba a comienzos del siglo XX a los psicólogos que trataban a las personas con enfermedades mentales (los "alienados").
Fue amor a primera vista: "Mi corazón latía alocadamente en ese momento y cuando le dije a mi profesor que no sería su asistente y que estudiaría psiquiatría, él no lo entendió y mis amigos tampoco, porque en ese momento la psiquiatría no era nada".

Sigmund Freud

El hito siguiente en su carrera fue conocer a Freud.
"Había leído muchos de sus textos pero recién lo conocí personalmente en 1907", contó.
Jung le había enviado al famoso austríaco un libro que escribió sobre esquizofrenia. Luego viajó a Viena a reunirse con él.
"Tuvimos conversaciones largas y penetrantes, y eso lo selló", contó sobre la histórica colaboración entre ambos.
Jung contó que rápidamente se hicieron amigos. "Él me caía muy bien, pero pronto descubrí que cuando él tenía un pensamiento sobre algo era inamovible, mientras que yo dudaba todo a lo largo", describió sobre sus diferencias.
"Era imposible discutir algo a fondo con él. Freud no tenía educación filosófica -yo estudiaba a Kant y estaba fascinado- y eso estaba alejado de Freud. Así que desde el comienzo había una discrepancia", confió, explicando las diferencias que eventualmente llevarían a una ruptura de la relación.
Jung contó que darse cuenta de las diferencias de carácter que tenía con su mentor lo llevaron eventualmente a realizar su famosa investigación sobre tipos de personalidades psicológicas.
También reveló que él y Freud analizaban sus sueños mutuamente. Pero se negó a hablar sobre las características de los sueños de su excolega y amigo, quien había fallecido en 1939.
"Es indiscreto preguntarlo, existe el secreto profesional que dura más allá de la vida de la persona", se excusó.
¿Qué marcó su ruptura?
"La causa última fue la publicación de mi libro 'La psicología del inconsciente'", señaló.
"Yo no estaba de acuerdo con muchas de sus ideas. Sobre todo con su abordaje puramente personal y su desestimación del las condiciones históricas del hombre", dijo.
La famosa teoría de Jung postula que existe un "inconsciente colectivo" que es anterior al inconsciente individual, algo en lo que discrepaba con Freud.

"Somos el origen de todo mal"

En los años 30, Jung fue uno de los pensadores que advirtió que iba a desencadenarse una Segunda Guerra Mundial. En medio de la tensión que se vivía en 1957 a causa de la Guerra Fría, Freeman le consultó si creía que iba a haber una Tercera Guerra Mundial.
"No tengo indicios definitivos al respecto", respondió, pero advirtió que los sueños de sus pacientes estaban repletos de temor.
También vaticinó -correctamente- que las actitudes hacia la psicología cambiarían.
"Necesitamos más psicología, necesitamos más entendimiento de la naturaleza humana, porque el único verdadero peligro que existe es el hombre mismo y somos penosamente ignorantes de ello", dijo.
"La psique del hombre debería ser estudiada porque nosotros somos el origen de todo mal", declaró.
Por último, Jung habló sobre la muerte, un evento que siempre consideró tan importante desde el punto de vista psicológico como el nacimiento.
La hipótesis del padre de la psicología analítica es que a la muerte hay que considerarla como una meta y que evitarla es evadir la vida y su propósito.
"¿Qué consejo tiene para las personas que están al final de sus vidas y consideran que la muerte es el final de todo?", le preguntó Freeman al experto de 84 años.
"He tratado a muchas personas de edad y es muy interesante ver qué hacen sus inconscientes con el hecho de que aparentemente están amenazadas con el final absoluto: lo ignoran completamente", aseguró.
"La vida se comporta como si fuera a continuar. Así que yo creo que es mejor para las personas mayores que sigan viviendo, que esperen la llegada del próximo día como si fueran a vivir por siglos", aconsejó.
"Así vivirán adecuadamente", dijo.
"Pero cuando tienes miedo, cuando en vez de mirar para adelante miras para atrás, quedas petrificado y mueres antes de tiempo", advirtió.
"Es obvio que todos moriremos y que este es el triste final de todo, pero a pesar de ello hay algo en nosotros que aparentemente no lo cree".
Él mismo fallecería 18 meses más tarde en su casa junto al lago.


(Diario El Paìs - España)

LA RECEPCIÓN DE HERMAN HESSE



por Carlos Javier González Serrano

Tras la muerte de Hermann Hesse (1877-1962), Theodor Heuss, primer presidente de la República Federal de Alemania, escribía a la viuda del escritor, Ninon, que tras su desaparición “la poesía y la literatura en lengua alemana había perdido una de sus más profundas voces”. Aunque, ¿refleja este testimonio laudatorio la auténtica recepción de Hesse en Europa?

Después de la concesión del Nobel (en 1946, a cuya ceremonia no acudió) y de la publicación de una de sus obras más complejas y extensas, El juego de los abalorios (Das Glasperlenspiel), comenzó a hablarse cada vez menos del genio de Cawl. De hecho, tras la década de 1950, se hace patente un interés cada vez menor por su literatura: su reputación como escritor empezó a decaer, como si de una moda pasajera se hubiera tratado. No hubo reparos, por parte de una gran parte de la intelectualidad europea, en catalogarlo como autor de segunda línea o como escritor destinado al público más joven (testimonio que, a día de hoy, se sigue manteniendo). Muy pronto, investigadores y críticos literarios se desmarcan de la senda trazada por Hesse y se interesan por otros autores.

Sin embargo, Hesse nunca perdió a sus lectores, una amplia comunidad que se interesaba por los inmortales asuntos que preocuparon al escritor alemán: la vocación, la autenticidad, la rebeldía, el arte, la poesía o la búsqueda del Absoluto (mucho se ha dicho sobre la indiscutible influencia romántica en su literatura). A pesar del incomprensible ostracismo al que muchos quisieron desplazarlo, continuaron publicándose escritos póstumos que, a la vez y en paralelo, seguían despertando no pocas afinidades con las creaciones hesseanas. El descubrimiento y recopilación de sus textos de vertiente más política también hicieron de él un enemigo del autoritarismo y el totalitarismo, a los que se opuso desde diversas revistas y periódicos, algo que no gustó demasiado a cierto sector de una Alemania recién salida del horror nazi. A la vez se fundó el HesseStiftung en 1963, un año después de su fallecimiento, donde se estableció, a su vez, el Archivo Hesse, punto neurálgico de los estudios sobre sus obras. El esfuerzo de su editorial, Suhrkamp, no fue escaso, lo que contribuyó a su vez a mantener viva la voz del de Cawl. Su amigo Thomas Mann fue igualmente un fundamental valedor de los escritos de Hesse, y su también amigo Hugo Ball defendió su figura a través de una de las biografías de Hesse más sentidas, personales y literarias de cuantas han aparecido.

En nuestro tiempo una gran parte del pueblo vive en estado de insensibilidad y apatía. […] Entiendo que nos falta sobre todo alegría. El anhelo de una vida superior, la visión de la vida como algo jovial, como una fiesta, es lo que, en el fondo, nos seduce en el Renacimiento. La sobreestimación aritmética del tiempo, la prisa como principio y fundamento de nuestro estilo de vida, es el más peligroso enemigo de la alegría (1901).
Su última esposa, Ninon, también fue pieza clave para que Hesse no cayera en el olvido, publicando en 1965 el volumen Prosa aus dem Nachlass, documento imprescindible en el que se daban a conocer textos todavía desconocidos del genio alemán, pertenecientes a su período más temprano como escritor, del que hoy el lector hispanohablante puede disfrutar gracias a la traducción publicada en Alianza Editorial. También fueron aireados algunos de sus epistolarios más célebres (por ejemplo, la correspondencia que mantuvo con el ya mencionado Thomas Mann o con Stefan Zweig, ambas publicadas en español); hay que tener en cuenta que, a día de hoy, se ha contabilizado que el número de cartas en las que aparece Hesse como emisor o receptor supera el increíble número de 35.000, lo que muestra la voracidad escritural del autor, quien, además, redactó más de 3.000 reseñas  e informes sobre libros para más de cincuenta publicaciones (revistas y periódicos) en lengua alemana, donde se contienen numerosas y muy enjundiosas reflexiones de Hesse para comprender su vida y su postura hacia la política y la sociedad de su tiempo.

A la vez, la propia Ninon publicó en 1966 una biografía del joven Hesse, Kindheit und Jugend vor 1900, en la que presenta a un chiquillo que lucha por materializar su vocación a través de numerosas dificultades, en quien el amor por la naturaleza y la poesía supusieron sus auténticos motores, junto a los libros y la cultura en general. A este respecto resulta muy clarificadora la lectura de su primera novela larga, Peter Camenzind.

Parece ser que todo sufrimiento tiene un límite. A partir del límite, o desaparece o se transforma, asume el color de la vida; acaso aún duele, pero ya el dolor es esperanza y vida. Así me ocurrió a mí con la soledad. Ahora no estoy menos solo que en mi peor época. Pero la soledad es un brebaje que ni me ha narcotizado ni puede ya dolerme; he bebido de esta copa lo bastante para haberme inmunizado contra su veneno. Pero en realidad no es veneno… lo fue, pero se ha transmutado. Veneno es todo aquello que no aceptamos, no amamos, no somos capaces de saborear con gratitud. Y todo lo que amamos, todo lo que nos sirve para extraer y sorber vida, es vida y es valor (1918-1919).
A pesar de que Hesse había recibido el Premio Nobel en 1946, aún en la década de 1950 era bastante desconocido en las fronteras de Estados Unidos. El año de su muerte, en 1962, el mismísimo New York Times se hacía eco de la falta de traducciones al inglés de las obras de Hesse. Sin embargo, con la llegada de la década de 1960, se produce una suerte de boom literario respecto a su figura y se convierte, en un breve período de tiempo, en el autor más leído y traducido de toda Europa. Algo que choca con los iniciales y negativos testimonios a los que su literatura hubo de exponerse entre 1950 y 1960 por parte de la crítica literaria. Las tornas cambian, igualmente, en el país norteamericano, donde se venden, hasta 1973, más de ocho millones de copias de sus libros más célebres, como Siddharta y El lobo estepario. Otro dato llamativo: las ventas alcanzan en escasos meses los seis millones… en el lejano Japón.

A día de hoy, y pese a quien pese (si sigue pesando a alguien), las obras de Hesse se han traducido a más de cincuenta idiomas y éstas siguen comunicando un conocimiento universal de pacifismo activo, rebeldía intelectual, contemplación y pasión por la poesía, el arte y la cultura.
La ciencia y la escuela se han esforzado por arrebatarnos la libertad y la personalidad y por meternos desde la más tierna infancia en una situación de trajín forzoso y sin una pausa de respiro, y se ha producido una decadencia, un descrédito y una falta de ejercicio de la ociosidad. […] Pero nosotros, los artistas, que habitamos una isla con unas posibilidades de vida todavía soportables en medio de la gran bancarrota cultural, debemos regirnos, como siempre, por otras leyes. Para nosotros, la personalidad no es un lujo sino una premisa existencial, es el aire que respiramos, es un capital del que no podemos prescindir. Entiendo por artistas todos aquellos que tienen la necesidad de sentirse vivir y crecer a sí mismos, que necesitan ser conscientes del fundamento de sus propias energías y basarse en él de acuerdo con unas leyes congénitas…
(El vuelo de la lechuza / 22-9-2017)

ANDREAS SCHLEICHER “SUBESTIMAMOS EL ROL DE LOS PADRES EN LA EDUCACIÓN DE LOS NIÑOS”



por Amanda Mars

Hace 23 años, ante representantes de 28 países, el físico alemán Andreas Schleicher (Hamburgo, 1964) propuso aplicar el rigor científico a la política educativa en lo que lu1ego se convertiría en las polémicas pruebas PISA que, en la actualidad, condicionan la actuación de los Gobiernos de la OCDE. Por estos días, el experto germano y presentó su último libro Primera clase (Fundación Santillana), sobre como deberían funcionar las aulas exitosas del siglo XXI.
¿Las pruebas PISA matan la creatividad en el aula?

Es curioso, porque PISA criticaría a España por centrarse en la reproducción del conocimiento. Los españoles son los mejores en recordar hechos, cifras… pero flojean en el pensamiento creativo, en resolver problemas o en aplicar conocimientos a situaciones nuevas.
El consultor británico Ken Robinson afirmaba el otro día en este diario que en Hong Kong hay agencias que preparan a los niños de tres años para entrar en la guardería. ¿No es excesivo?

Creo que puede haber una obsesión con el conocimiento cognitivo, pero en Hong Kong hay más entornos educativos innovadores que en España. No hay que caer en estereotipos. Por supuesto, la guardería tiene que estar conectada con el desarrollo social y emocional de los niños.
En España se accede a Magisterio con un cinco. ¿Debería subirse la nota de corte?

Sí, pero una buena enseñanza no se consigue sólo elevando la nota, porque podríamos perder a gente que quiere ser maestro. La cuestión es cómo hacemos para que la enseñanza sea atractiva intelectualmente. En Finlandia, todos quieren porque hay mucha autonomía, se aprende todos los días y se puede contribuir al sistema educativo. En España los salarios están bien, pero los docentes no reciben suficiente apoyo.
Pero en los últimos años laborables el sueldo es más bajo que la media europea.

Esto es lo que quiero decir. Hay una falta de atractivo. En Singapur el director le pregunta al profesor: "¿Qué quieres hacer? ¿Ser mentor de profesores? ¿Mejorar el plan de estudios?" Además, pueden invertir 100 horas al año en formación. En España, un profesor está solo.
Sorprende cuando afirma que la ratio de alumnos por clase no influye en el rendimiento.

Es un mito. Si uno no cambia las prácticas de docencia, da igual que tengas 20 estudiantes o 30. Obviamente las clases pequeñas son una ventaja, pero la cuestión es: si tenemos un euro de más de presupuesto, ¿lo gastamos en menor ratio, en un mejor salario para el profesor o en una carrera profesional? La solución es gastar dinero en que los profesores tengan tiempo de hablar con los padres o atender individualmente.
En España apenas tienen tiempo.

Es cierto, pasan de una clase a otra. En Shanghái, por ejemplo, los docentes imparten de 11 a 16 horas a la semana, la mitad que los españoles, pero pasan más tiempo en otras cosas… Se divierten. Aquí hay una estructura de trabajo muy industrial.
¿Cómo es esa estructura?

Los profesores enseñan planes de estudios, pero no son dueños de su práctica, no tienen tiempo de estar con los compañeros, no pueden participar en las decisiones del centro… Es como si trabajasen en una fábrica, en una cadena de producción. Lo que tienen que ser es trabajadores que conozcan su trabajo, que sean dueños de su carrera. Hablamos mucho de la educación permanente, pero los alumnos no van a estar siempre formándose si ven que sus profesores no lo hacen.
En las últimas oposiciones de profesores de secundaria en España quedaron desiertas el 9,6% de las plazas. ¿Hay que cambiar el sistema de acceso?

Le voy a dar el ejemplo contrario. En Finlandia es bastante fácil aprobar el examen de acceso a Magisterio, pero el segundo año se pasan la mayor parte del curso en los colegios y solo 1 de cada 10 consigue quedarse. Un examen académico es un aspecto a tener en cuenta al elegir a los docentes, pero también la voluntad de aprender, adaptarse o de trabajar en equipo. Uno no se convierte necesariamente en un buen profesor por pasar un examen.
¿Deberes sí o no? En España hay un gran debate.

Son una gran oportunidad de que los alumnos se hagan responsables de su propio aprendizaje, pero nunca deberían ser un sustituto del colegio. No habría que pedir que hagan lo que no ha dado tiempo en el colegio y además que colaboren los padres.
Usted insiste mucho en la implicación de los padres.

Subestimamos el papel tan importante que juegan las familias. En los sistemas que tienen éxito están muy implicados. Hace dos años estuve en una de las zonas más pobres de China y pregunté a una profesora cómo hacía para que participasen en la escuela unos padres sin formación. Ella me dijo que les llamaba dos veces a la semana. "¿Y no es una gran carga para ti?", le pregunté. La profesora se sorprendió y contestó: "Nunca lo había pensado. Si no tuviese su ayuda sería imposible que hiciese mi trabajo". Ella los veía como un enorme recurso.

En España resultaría inconcebible.

Normalmente, en todos los países se llama a los padres cuando el alumno causa un problema y siempre el padre defiende al hijo y no se soluciona nada. Falta comunicación. En Suecia, al final del curso, los profesores se reúnen con cada uno de sus alumnos y sus padres. La norma que hay que cumplir es que nadie puede quejarse del otro.
(El País de Madrid / 11-10-2018)

LUJÁN COMAS “ENTENDER QUE NO EXISTE LA MUERTE CAMBIA NUESTRA VIDA”



por Ima Sanchís

Luján Comas, Licenciada en Medicina, especializada en Anestesiología y Renaminación. 69 años. Barcelonesa. Viuda, tengo tres hijos. Trabajé como médico adjunto en el hospital Vall d’Hebron 32 años y ahora lo hago en una consulta privada de medicina integrativa. Soy apolítica, pero creo que las mujeres pueden cambiar las cosas. En la vida todo tiene sentido, estamos aquí para evolucionar. Considero que la muerte es el momento más importante de la vida. Aquí se queda todo lo denso, te llevas tu conciencia.

¿Cuál es su experiencia con la muerte?

Trabajé como médico adjunto en el hospital Vall d’Hebron durante 32 años, de ellos 18 como anestesióloga en cirugía cardiaca.
¿Muerte y reanimación han sido su pan de cada día?

He estado en contacto con la muerte desde dos vertientes. Una es personal: yo nací tras la muerte de una hermana, recuerdo ir al cementerio desde muy pequeña. También viví tres abortos tardíos de mi madre, la muerte de un hermano a los 26 años y la muerte de mi marido.
¿A qué edad enviudó?

A los 48 años. Fue entonces, con el diagnóstico de enfermedad terminal de mi marido, médico reumatólogo, cuando empecé a investigar la muerte y la posibilidad de un más allá para ayudarle en ese tránsito.
¿Y en lo profesional?

Debido a mi especialidad he reanimado muchos paros cardiacos y he asistido a operaciones muy graves. Fui parte del equipo del primer trasplante bipulmonar de España y el primer unipulmonar de Catalunya. Todo esto me acerca mucho a la muerte y hace que me haga muchas preguntas.
Hablemos de ellas.

Había un tipo de operaciones que hacíamos en cirugía cardiaca bajo hipotermia profunda. Casos en los que la aorta se rompe en la zona de la que salen las arterias que irrigan el cerebro. Para que el cirujano pudiera coser teníamos que parar la circulación sanguínea, el corazón y la respiración.
¿Y eso no es la muerte?

Sí, aparentemente la persona está muerta. Luego, a través del calentamiento, el oxígeno y los fármacos, su actividad vuelve a la vida. Yo no podía evitar preguntarme: ¿dónde está la conciencia mientras tanto? Si la conciencia está en el cerebro, cuando este no recibe oxígeno, ¿qué pasa con ella?
¿Qué entendió?

Que la conciencia no es un producto de nuestro cerebro sino que utiliza a nuestro cerebro. Dediqué mucho tiempo a investigar las ECM (experiencias cercanas a la muerte).
Ha colaborado usted con el cardiólogo holandés Pin Van Lommel.

Sí, que desde 1988 se ha dedicado a documentar casos incuestionables de ECM. En el 2001, en The Lancet, publicó un estudio clínico prospectivo con 344 pacientes en el que participaron diez hospitales holandeses.
¿Sobre vivencias de ECM?

Sí, pacientes que mueren clínicamente, es decir, que corazón y cerebro dejan de funcionar, y aun así pueden explicar sus percepciones sensoriales como si fueran un ser completo (las personas ciegas ven como si tuvieran vista, los sordos oyen...), y pueden sentir, recordar y pensar. Pero su cerebro no tiene rastro de actividad porque simplemente está “muerto”.
¿Y qué cuentan?

Las situaciones más comunes descritas son que han podido verse a sí mismos y lo que pasaba en aquel momento en su entorno; han revisado toda su vida en el pasado y también en el futuro y comprendido el sentido de su existencia. Han sentido una paz y un amor incondicional indescriptible.
¿Pese a que su cerebro está muerto?

Sí, por tanto esa consciencia que continúa durante este trance no se encuentra en el cerebro. Es una energía, y como energía no se crea ni se destruye, se transforma y perdura.
¿Se da algún cambio en esas personas?

La mayoría modifican su escala de valores, pierden el miedo a morir y afrontan la vida de una forma radicalmente diferente: empiezan a dedicarse a trabajos que dan sentido a sus vidas, de servicio y ayuda a los otros…
Hay médicos que afirman que esas experiencias son meras alucinaciones.

Sí, debidas a la falta de oxígeno que todos sufrimos en ese momento, pero no todos tenemos un ECM, tan solo un 20%. También dicen que son causadas por el exceso de anhídrido carbónico o por una epilepsia del lóbulo temporal, pero todas son rebatibles.
¿Cómo se lo explica usted?

En 1990, Stuart Hameroff, psicólogo en la Universidad de Arizona, y Roger Penrose, físico matemático en la de Oxford, propusieron que los microtúbulos, las unidades más pequeñas del citoesqueleto de las células, actúan como canales para la transferencia de información cuántica responsable de la consciencia.
¿Somos como aparatos de radio?

Exacto, y cuando morimos el contenido de los microtúbulos vuelve a esa conciencia cuántica y si te reaniman se puede recuperar.
¿Me está diciendo que en nosotros hay una conciencia universal?

Sí, y cuando mueres esa conciencia a la que se suman tus experiencias pasa a la conciencia cuántica, pero no se pierde la información.
¿Se trata de una conciencia que está continuamente aprendiendo?

Sí, continuamente, y que está conectada a todo. El mundo de las subpartículas de las que todo está hecho, están interconectados, usted, yo, los árboles, la mesa, todo el universo... Puede ser una explicación. Lo que está claro es que si entendiésemos que no existe la muerte, no tendríamos miedo y viviríamos de otra manera.

(La Vanguardia / 29-9-2018)

BYUNG-CHUL HAN “¡QUÉ LEJOS NOS QUEDA LA SALVACIÓN!”


por Javier Benítez
Lo pulido, pulcro, liso e impecable es la seña de identidad de la época actual. Es en lo que coinciden las esculturas de Jeff Koons, los iPhone y la depilación brasileña. ¿Por qué lo pulido nos resulta hoy hermoso? Más allá de su efecto estético, refleja un imperativo social general: encarna la actual sociedad positiva. Lo pulido e impecable no daña. Tampoco ofrece ninguna resistencia. Sonsaca los “me gusta”. El objeto pulido anula lo que tiene de algo puesto enfrente. Toda negatividad resulta eliminada.
El análisis y crítica de la llamada Sociedad Positiva sigue sin verse disminuida un ápice en el breve opúsculo de Byung-Chul Han titulado La salvación de lo bello. Al poco de comenzar la lectura puede notarse el claro parentesco con La agonía del Eros (2014). Cuando acabamos, la idea es clara: Han ya está dándole una segunda vuelta a su filosofía. Introduce la cuestión de lo pulido y la adicción al selfie. Justo al comienzo, para enganchar a los lectores más avezados con nuevos materiales. Lo que viene después son variaciones de temas conocidos. La mención al Eros, por ejemplo, el problema del narcisismo, la crítica a la pornografía del dataísmo o la importancia que otorga a la demora y al recuerdo no son nuevos. Son raíces que ya habíamos visto en otras de sus obras pero ahora remezcladas conveniente y convincentemente. Han ha “pulido” su estilo, que usa con eficacia quirúrgica.

La adicción al selfie remite al vacio interior del yo. Hoy, el yo es muy pobre en cuanto a formas de expresión estables con las que pudiera identificarse y que le otorgaran una identidad firme. Hoy nada tiene consistencia. Esta inconsistencia repercute también en el yo, desestabilizándolo y volviéndolo inseguro. Precisamente esta inseguridad, este miedo por sí mismo, conduce a la adicción al selfie.

Han critica con afiladas maneras la superficialidad de la comunicación basada en las redes sociales. Pero deja caer grandes y pesados conceptos filosóficos con pasmosa brevedad. Discusiones que han llevado siglos las despacha en un par de aforismos de esos que parecen pinchazos. Critica con dureza la levedad de tantas y tantas cosas pero, sin embargo, su pensamiento no pasa de lo esquemático en todos los pequeños libros. En este sentido, Han tiene mucho de posmoderno provocador, que con su estilo trata de socavar lo serio y supuestamente importante de todo aquello serio e importante que la tradición defendió siempre como importante y serio.

 Lo bello es un escondrijo. A la belleza le resulta esencial el ocultamiento. La transparencia se lleva mal con la belleza. La belleza transparente es un oxímoron. La belleza es necesariamente una apariencia. De ella es propia una opacidad. Opaco significa “sombreado”. El desvelamiento la desencanta y la destruye. Así es como lo bello, obedeciendo a su esencia, es indesvelable.
¿Qué hace Byung-Chul Han en sus libros? Analizar de modo breve y conciso, comprimido incluso, los fenómenos diversos que pueblan nuestra sociedad contemporánea mostrando los males que nos aquejan. La salvación de lo bello se ajusta de modo coherente a la lógica interna de lo que llamo la Saga de la Sociedad Positiva. La actuación de la trasparencia –la positividad– que habíamos visto en la comunicación por las redes sociales y las nuevas tecnologías, también en la psicopolítica, continúa en el arte y en lo estético: lo bello pulido y satinado. La positividad –la trasparencia– también ataca a la experiencia estética actual. La positividad no deja nada indemne y sin atacar.
Hoy, todas las imágenes son más o menos pornográficas. Son transparentes. No muestran vacíos en el campo de visión. No tienen ningún escondrijo.
Hay un meme que recorre las redes sociales que dice así: “¿Os acordáis cuando se creía (antes de internet) que la causa de la estupidez colectiva era la falta de información?… Pues no era eso”. Este meme, mal que le pese al Han más fóbico de las redes sociales, explica mucho de sus argumentos. Lo negativo (esa ausencia) era el problema de la Humanidad. Al eliminar la negatividad (la ausencia, de nuevo) y convertirlo en positividad (la trasparencia) los problemas de la Humanidad ya estarían resueltos. Pues no, nada más lejos de la realidad. No sólo no solucionamos el problema de la negatividad sino que la transparencia (el rendimiento, el panóptico, lo pulido, el dataísmo, etc.) ha inoculado una plétora de nuevos problemas que nos avocan a un futuro más incierto todavía. Cuando vivíamos en el tiempo del exceso de negatividad percibíamos la violencia por doquier, en casi cualquier fenómeno. Eran percibidos con inmediatez al llegarnos desde el afuera de nuestra conciencia. Ahora, que vivimos en un exceso de positividad, no somos capaces de percibir la violencia que nos atenaza igualmente. Esto ocurre porque la violencia se ha instaurado en la conciencia, la hemos interiorizado, la hemos convertido en la esencia del sistema. Ahora es inmanente y pasa desapercibida aunque la tengamos delante, como el puente de las gafas sobre nuestra nariz.

En los tiempos de la interconexión, de la globalización y de la comunicación, un carácter firme no es más que un obstáculo y un inconveniente. El orden digital celebra un nuevo ideal. Se llama el hombre sin carácter.
En el paradigma de la estética de lo pulido nos encontramos: anestesia general (formas y temas que nos provocan una sensación de perfección y plenitud), la pornografía del dato (somos ya una compleja transacción de datos manejados mediante algoritmos), vaciamiento del yo (adicción al selfie), la conexión instantánea, la sobrecarga de estímulos y la atención sobresaturada (comunicación acelerada que evita la demora y la latencia), la pérdida de carácter, de la constancia, la firmeza, etc. (el consumo, el sharing, etc.).

De acuerdo con esto, la tarea del arte consiste en la salvación de lo otro. La salvación de lo bello es la salvación de lo distinto. […] Siendo lo enteramente distinto, lo bello cancela el poder del tiempo. Precisamente hoy, la crisis de la belleza consiste en que lo bello se reduce a su estar presente, a su valor de use o de consumo. El consumo destruye lo otro. Lo bello artístico es una resistencia contra el consumo.
Es posible el rescate de esta aséptica estética de la complacencia y del escaparate, de ese mundo en el que un escondite se convierte en lugar maldito. La primera posibilidad que apunta Han es poner en valor lo sublime (Adornomediante), lo que no suscita placer de manera inmediata sino que, incluso, nos procura sobrecogimiento y dolor. El mundo actual se muestra profundamente intolerante frente a la negatividad. La otra posibilidad que apunta Han, que es una prolongación de la primera, es la de introducir elementos negativos, opacos, en esta orgía pornográfica de la positividad y la transparencia. Lo inesperado, lo oculto o lo escondido. Lo secreto, lo sugerido o lo encubierto. Las imperfecciones, las tardanzas y lo metafórico.

Lo bello no es un brillo momentáneo, sino seguir alumbrando en silencio. Su preferencia consiste en este reservarse. Los estímulos y los logros inmediatos obturan el acceso a lo bello. Su oculta belleza, su esencia aromática, las cosas solo la desvelan posteriormente y a través de rodeos. Largo y despacioso es el paso de lo bello. A la belleza no se la encuentra en un contacto inmediato. Más bien acontece como reencuentro y reconocimiento.
Para terminar, hay que plantearse una duda. Realmente es la misma duda que surge al final de cada uno de estas pequeñas obras. ¿Son las nuevas formas de comunicación fenómenos de alienación? ¿Todos? ¿No hay nada bueno que merezca la pena salvar del orden digital? ¿Todo es un panóptico?
(El vuelo de la lechuza / 26-7-2018)

FEDERICO GARCÍA LORCA Y EL PRECIO DE LA TRANSGRESIÓN POÉTICA


por Virginia Moratiel

La poesía no necesita ser ni militante política ni explícitamente contestataria para convertirse –como sentenció Gabriel Celaya– en “un arma cargada de futuro”. Ella es por esencia transgresora, en la medida en que rechaza transmitir una verdad única y universal, como sí hace la filosofía. En cambio, se abre a las infinitas posibilidades de un perspectivismo elaborado siempre desde una sensibilidad y una sensualidad determinadas, de modo que, por definición, atenta contra el orden establecido y es percibida como una rebelde sin causa. El poeta reniega de la salvación y –según dice María Zambrano– “vive en la condenación, la extiende, la ensancha, la ahonda”, porque “la poesía es realmente el infierno”. A causa de esto, resulta socialmente peligrosa, en especial para los gobiernos totalitarios, aun cuando se trate de versiones aparentemente suavizadas, como la dictadura educativa propugnada por Platón. No es de extrañar que el filósofo proclamase que los poetas debían ser expulsados de la ciudad perfecta. Después de todo, sólo asumen un compromiso con la palabra, en cualquier caso, con la de su propia obra, y nunca con una verdad objetiva. Como consecuencia, desde el principio la poesía tuvo sus mártires, esos desobedientes irresponsables, de los cuales uno fue, sin duda, Federico García Lorca, asesinado por las fuerzas antirrepublicanas en un fusilamiento colectivo clandestino a comienzos de la guerra civil española. Sin embargo, cuando ocurre –como en esta ocasión– que la víctima se transforma en símbolo, también se diluye en una cantidad de seres sacrificados por la misma violencia ejecutora y se funde con ellos perdiendo su individualidad. Por ende, queda relegada a un segundo plano, tras una fama ya ganada, la obra donde forjó su rebeldía.

El quehacer poético de Lorca se mueve entre dos extremos, que podríamos ejemplificar mediante El romancero gitano (1928) y Poeta en Nueva York, poemario publicado después de su muerte a partir de manuscritos que elaboró durante su estancia en Norteamérica (1929-1930). Corresponden a etapas distintas de su producción que se diferencian notablemente desde el punto de vista temático y estilístico. Sin embargo, tienen cierto aire de familia, pues comparten un similar espíritu de transgresión. Por una parte, ambos delatan una preocupación solidaria por grupos desprotegidos, marginados de la sociedad, ya que reivindican, en un caso, a los gitanos, y en otro, a negros y chinos. De este modo, al rechazo de la discriminación social y económica se une además el del racismo, ligado a la corporalidad, a la piel y a los rasgos de la cara, sobre los cuales se funda la atracción sexual. Así, se entrecruzan las dos principales críticas que recorren dichas obras: la de la sexualidad y la del capitalismo, que perfilan por contraste la hipocresía del mundo burgués, al cual Lorca dirige sus reproches por represivo, cruel, materialista y ambicioso. Asimismo, hay puntos en común en el estilo: una parecida atmósfera nocturnal u onírica en ambos y un esmerado trabajo de la palabra, capaz de crear metáforas insólitas e imágenes de una extraordinaria belleza, que hunde sus raíces en Góngora y recoge lo mejor de las tendencias poéticas que más interesaron al poeta (sea el simbolismo, el modernismo, el vanguardismo o el surrealismo).

A pesar de que El romancero gitano alcanzó fama mundial, pronto fue acusado de populismo, si bien Lorca lo desmintió una y otra vez, insistiendo en que era un libro “antipintoresco, antifolklórico, antiflamenco”. Es cierto que sus versos tienen una musicalidad y una cadencia cautivadoras, que los vuelve pegadizos e incita a palmear y recitarlos. Esto se debe a la utilización del romance, una forma poética popular con una rima y una métrica bien definidas, y a su cruce con ciertos palos flamencos, como la saeta, la soleá y la seguiriya, estilos que Lorca había investigado previamente de la mano de Manuel de Falla y experimentado ya en su Poema del cante jondo. Sin duda, la atmósfera y los personajes son gitanos, pero no hay costumbrismo, porque la intención de fondo es plantear temas universales, construir una erótica que evidencie la potencia arrolladora de la pasión, esa oscura relación entre sexo, violencia y muerte, que finalmente conduce a la tragedia, aunque narrada con una gracia, con un “duende”, que hacen del quebranto una delicia. No obstante, semejante atropello de los impulsos puede mostrarse mejor en el contexto de una sociedad patriarcal rigurosa, como la gitana, que guarda con celo la virginidad y cuyas normas obstaculizan la concreción de dicha fuerza. Pero también, en el ámbito de una sociedad igualmente primitiva, donde las pasiones aún se exhiben en todo su vigor e, igual que ocurre en la Grecia arcaica, permiten construir personajes que trascienden a los individuos locales para convertirlos en figuras míticas. En los primeros poemas, esta tensión se presenta en alianza con la naturaleza, por ejemplo, en “El romance de la luna, luna”, donde el astro femenino por excelencia, mágico y sensual, seduce a un niño gitano, cuyos familiares llegan tarde para impedir el rapto erótico y su muerte, o en “Preciosa y el aire”, donde un viento fálico anhelante por saciar sus deseos, “sátiro de estrellas bajas, con sus lenguas relucientes”, acosa en la noche a una gitanilla:

La luna vino a la fragua                                         Al verla se ha levantado
con su polisón de nardos.                                      el viento que nunca duerme.
El niño la mira, mira.                                              San Cristobalón desnudo,
El niño la está mirando.                                         lleno de lenguas celestes,
En el aire conmovido                                              mira a la niña tocando
mueve la luna sus brazos                                       una dulce gaita ausente.
y enseña, lúbrica y pura,                                         –Niña, deja que levante
sus senos de duro estaño.                                       tu vestido para verte.
Por el cielo va la luna                                             Abre en mis dedos antiguos
con un niño de la mano.                                         la rosa azul de tu vientre.
Dentro de la fragua lloran                                     Preciosa tira el pandero

dando gritos, los gitanos.                                       y corre sin detenerse.
El aire la vela, vela.                                                 El viento-hombrón la persigue
El aire la está velando.                                           con una espada caliente
.
Convertidas en fuerzas telúricas, las pulsiones eróticas se vuelven polimorfas y pueden mostrar sin tapujos su carácter perentorio y una exigencia incontrolable, avasalladora e indiferente a la libertad de decisión del destinatario. Todo impedimento que frene su avance engendra violencia o violación de las convenciones sociales, como en “La casada infiel”, donde el gitano se lleva al río a una mujer “creyendo que era mozuela, pero tenía marido”. No hay barrera humana capaz de detener el cumplimiento del deseo, que, afanoso por realizar su ansia de posesión, se siente satisfecho cuando aniquila a su objeto. La muerte siempre está incluida en la dinámica de los apetitos, sean sexuales o incluso alimenticios. Lo erótico y lo tanático tienen un final idéntico: la anulación de toda separación, de la brecha que genera la conciencia y, por tanto, del mismo deseo. De hecho, el conflicto que preside la tragedia clásica surgió del enfrentamiento de la libertad humana con esa ley ciega, impertérrita, de los poderes cósmicos, a la cual los griegos llamaron destino. Los trágicos modernos –a partir de Shakespeare la interiorizaron convertida en pasiones humanas, que, en su arrebato, al final conducen a la muerte en sus más diversas formas. Por ejemplo, al suicidio, como sucede en el “Romance sonámbulo”, que describe a una joven ahorcada después de esperar infructuosamente la vuelta del amado. La necesidad, la dinámica del todo o nada impuesta por la pasión, es la causa del destino trágico de los gitanos:
Con la sombra en la cintura

ella sueña en su baranda,
verde carne, pelo verde,
con ojos de fría plata.
Verde que te quiero verde.
Bajo la luna gitana,
las cosas la están mirando
y ella no puede mirarlas.

Sobre el rostro del aljibe

se mecía la gitana.
Verde carne, pelo verde,
con los ojos de fría plata.
Un carámbano de luna
la sostiene sobre el agua.


Puede que el tema de la sexualidad no parezca dominante en muchas de las composiciones del Romancero, sin embargo, no se puede negar que en su aparente simpleza todas ellas resultan enormemente sensuales. Aluden sobre todo a una sexualidad masculina modelada por símbolos fálicos, como cuchillos, peces, dedos, juncos, gaitas, y destilan una evidente admiración homoerótica, a guisa de confesión de la homosexualidad del poeta, lo cual debió constituir un auténtico revulsivo para la época. Semejante fascinación  aparece no sólo en la saga que refiere el prendimiento y muerte de Antoñito el Camborio, donde la belleza masculina se elogia en un marco de violencia y defensa de la justicia y la libertad, por lo que podría considerarse como el trasunto corporal de una actitud moral:
Moreno de verde luna

anda despacio y garboso.
Sus empavonados bucles
le brillan entre los ojos.

Lo que en otros no envidiaban

ya lo envidiaban en mí.
Zapatos color corinto,
medallones de marfil,
y este cutis amasado
con aceituna y jazmín.
¡Ay Antoñito el Camborio,
digno de una Emperatriz!

También esta clase de descripciones se dan en los romances dedicados a los arcángeles Miguel, Gabriel y Rafael, definidos como auténticos efebos, que lucen bellos muslos entre encajes y enaguas repletas de espejitos y entredoses, huelen a colonia y se bañan desnudos en el río confundidos con hermosos adolescentes:
Un bello niño de junco,

anchos hombros, fino talle,
piel de nocturna manzana,
boca triste y ojos grandes,
nervio de plata caliente,
ronda la desierta calle.

En la ribera del mar

no hay palma que se le iguale,
ni emperador coronado
ni lucero caminante.
Cuando la cabeza inclina
sobre su pecho de jaspe,
la noche busca llanuras
porque quiere arrodillarse.


Y, a pesar de que se vuelve a encontrar alguna descripción afín a éstas en la “Oda a Walt Whitman”, perteneciente a Poeta en Nueva York, el contexto indica que ya no se trata de una divinización pletórica del cuerpo masculino sino del homenaje a un escritor que supo encender la llama del goce y la libertad, incluso la sexual, en un medio ahora desaparecido, convertido en una caricatura de sí mismo, en una escalofriante representación del horror. Con independencia de que la estancia de Lorca en América coincidiera con su más hondo estado depresivo, provocado por múltiples decepciones –entre ellas, la amorosa–, la gran urbe se le revela en un momento dramático, el del crash del 29, que le hace palmarias las consecuencias inhumanas del capitalismo. Por ambas razones, la imagen de la “ciudad-mundo”, concebida como “símbolo patético: sufrimiento”, no sólo constituye la denuncia social de un sistema económico, por mucho que Lorca haya dicho públicamente que estaba allí “para pelear, para luchar mano a mano con la masa complaciente”. Al surgir su visión desde las profundidades del alma, desde la “emoción pura descarnada, desligada del control lógico”, afecta al aspecto formal de los poemas. Así, se rompe la anterior armonía musical y se abandona la rima, sustituidas por el verso libre, mientras que el lenguaje se rasga plagado de metáforas atormentadas y de gran contundencia. En verdad, la arquitectura de esa mole urbana de proporciones megalíticas configura un panorama del alma, una geometría pasional de agudos perfiles y alturas descomunales, vinculada a la angustia, al ritmo frenético y la cosificación del individuo. Se manifiesta en paisajes devastados por el consumo desenfrenado de la voraz “multitud que vomita” y por el imperio de la técnica, que hace orinar sin pausa sobre el prójimo, edificando sepulcros, repletos de andamios sedientos de sangre, por los que circulan obreros explotados. Son paisajes de muerte con calles heladas por la nieve, donde deambulan “gentíos de trajes sin cabeza” y yacen marineros degollados en la indiferencia de la más estricta soledad.
La mujer gorda venía delante

arrancando las raíces y mojando el pergamino de los tambores;
la mujer gorda
que vuelve del revés los pulpos agonizantes.
La mujer gorda, enemiga de la luna,
corría por las calles y los pisos deshabitados
y dejaba por los rincones pequeñas calaveras de paloma
y levantaba las furias de los banquetes de los siglos últimos
y llamaba al demonio del pan por las colinas del cielo barrido
y filtraba un ansia de luz en las circulaciones subterráneas.
Son los cementerios, lo sé, son los cementerios
y el dolor de las cocinas enterradas bajo la arena,
son los muertos, los faisanes y las manzanas de otra hora
los que nos empujan en la garganta.

Representan el triunfo de la masificación, del materialismo, del pensamiento utilitario, en el alba de una nueva época que ha conseguido aplastar la espiritualidad y sólo permite la supervivencia fragmentaria de la naturaleza entre residuos, mugre y podredumbre. En suma, es la imagen de la misma decrepitud humana.
La aurora de Nueva York gime

por las inmensas escaleras
buscando entre las aristas
nardos de angustia dibujada.

La aurora de Nueva York tiene

cuatro columnas de cieno
y un huracán de negras palomas
que chapotean las aguas podridas.

… porque allí no hay mañana ni esperanza posible:

a veces las monedas en enjambres furiosos
taladran y devoran abandonados niños.
Los primeros que salen comprenden con sus huesos
que no habrá paraíso ni amores deshojados:
saben que van al cieno de números y leyes,
a los juegos sin arte, a sudores sin fruto.


Dos son los grandes responsables de tamaña catástrofe: Wall Street, ese cementerio por cuyos bajos corre oro y sangre, edificado con el poder ficticio del dinero, que se apodera de los cuerpos y –como advierte “El rey de Harlem”– llena de monedas los vientres preñados de las niñas. Y la hipocresía legitimadora de la injusticia, de la cual es cómplice también la Iglesia católica, esa paloma negra, a la que Lorca clama en “Grito hacia Roma”, utilizando como micrófono el edificio Chrysler, para denunciar a los que atentan contra los principios cristianos, a esos mercaderes que siguen atiborrando el Templo:
Caerán sobre la gran cúpula

que unta de aceite las lenguas militares,
donde un hombre se orina en una deslumbrante paloma
y escupe carbón machacado
rodeado de miles de campanillas.

Porque queremos el pan nuestro de cada día,

flor de aliso y perenne ternura desgranada,
porque queremos que se cumpla la voluntad de la Tierra
que da sus frutos para todos.


(El vuelo de la lechuza / 27-8-2018)
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