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AKI KAURISDMÄKI “ESTE PLANETA NUNCA TUVO TANTOS SOCIÓPATAS E IDIOTAS EN EL PODER”


por Gregorio Belinchón

El cineasta finlandés recoge la medalla de Oro del Círculo de Bellas Artes e imparte otra clase magistral de bonhomía y surrealismo

No hay un cineasta europeo como el finés Aki Kaurismäki(Orimattila, 1957), que desde 1980 lleva haciendo películas sin bajar un ápice la calidad de su cine. Comprometido con los más débiles de esta sociedad -como los sintecho, los refugiados o los parados-, con un estilo austero en plasmación de emociones y marcado en el uso de los colores y el espacio, Kaurismäki ha recibido por estos méritos la Medalla de Oro del Círculo de Bellas Artes, un honor que previamente recayó en Jordi Savall, Salman Rushdie y Michael Haneke. O Luis Buñuel, como apuntó en el discurso de introducción Juan Miguel Hernández León, presidente de la institución, un referente del surrealismo del que ha bebido Kaurismäki.

Como ejemplo de su compromiso con el surrealismo, Kaurismäki llegó media hora tarde al acto, para desesperación de sus anfitriones, que minutos antes habían anunciado: "Pedimos perdón. Os podemos confirmar que está en Madrid, pero no sabemos exactamente dónde". Y ahí apareció el finés, legendario bebedor, conspicuo fumador -ha derivado al cigarrillo electrónico- y un artista sin pelos en la lengua. Desde hace lustros vive en Portugal, así que se ofreció a dar la rueda de prensa en portugués, antes de acabar en el inglés, "un idioma impostado e imperialista".

El cineasta agradeció la distinción arrancando un discurso valientemente humanista: "Gracias a seres humanos y a pequeñas instituciones como el Círculo aún tenemos esperanza. No vivimos en el mejor de los mundos posibles, así que depende de cada uno de nosotros que haya ese punto de esperanza". Y ahondó en la miseria humana actual: "Cada uno decide si damos patadas o matamos a los que no tienen nada o a nuestros vecinos, o les ayudamos con un poco de pan y vino tinto. Yo prefiero la segunda opción. Quien da, recibe, y así eres más feliz. O por lo menos se está más feliz en el último momento".

En los últimos años, Kaurismäki se ha convertido en un clarividente analista de la actualidad social y política, tanto en la pantalla, como muestra El otro lado de la esperanza, como en sus declaraciones: "El poder está en manos del capital, que está conducido por idiotas. El mundo está en las peores manos posibles. Voy a ponerme serio aunque esto conlleve caer en la tristeza. El problema de los refugiados no ha hecho más que empezar. Cuando era niño confiaba en Europa. Hoy es una vergüenza para Europa que no se haga caso a este drama. Las potencias prueban sus armas en Siria y Putin así lo ha confirmado. Este planeta nunca tuvo tantos sociópatas e idiotas en el poder. El presidente Eisenhower dijo que había que evitar la unión entre el capital y la industria armamentística, que es exactamente lo que hoy ocurre".

El director señaló con sus palabras a la ONU: "El principal problema es el Consejo de Seguridad de la ONU y el poder del veto allí de EE UU. Porque el resto son unos payasos. El 90% de la población quiere vivir, plantar su huerto, criar a sus hijos, y no puede. El 10% restante son esos sociópatas que tienen el poder. La UE también tiene la culpa por priorizar la economía, y por cerrar la puerta a esta gente, convirtiendo a Siria en un campo de concentración. Hay que hacer una revolución, echar a China, Rusia y EE UU del Consejo y que el resto tome las decisiones y deje claro que hasta aquí ha llegado la guerra. Esa y cualquier otra. En cuanto tengan la tecnología para enviar en cohetes a ese 10% a Marte, yo estaré encantado de pagar mi parte". Y remató con un chiste marca de la casa: "Es una pena que los yanquis que tenían esta gran tradición de asesinar a sus presidentes la hayan perdido. Lo hacían con los buenos, y no lo hacen ahora con los malos. Prefieren matar bombardeando a la gente de calle que está, por ejemplo, comprando en un mercado de Oriente Medio". Dicho todo lo anterior, elevó el tono: "Pero esta no es una reunión para rendirnos. La esperanza mueve montañas y sin la esperanza solo nos quedan los bares. Vamos a un bar".

Sobre su cine, el realizador de películas como Le Havre, La chica de la fábrica de cerillas, Nubes pasajeras, Un hombre sin pasado, La vida de bohemia o Ariel se negó a ahondar en su trabajo: "Analizar mi trabajo es complicado, No hay nada que analizar. Hago lo que puedo y así se queda. Ruedo ensayos y ya está. Hago lo contrario que Hitchcock en el lado opuesto. Lo crean o no, una vez fui joven. Y tenía entusiasmo. Me fijaba en el surrealismo de Buñuel, o en la Nouvelle Vague y con el tiempo me hice más serio. Me equivoqué: la vida humana se tiene que transmitir con el humor. Rodé una versión de Crimen y castigo en 1983 sin una gota de humor, un error que no volví a cometer. Sin humor de la sala se van los espectadores y yo mismo".

¿Se retirará pronto? ¿Se acabará el mundo en 2021, como dijo en la Berlinale hace dos años? "En mi vida y en mi cine no tengo esperanza. Por ello, imito a los mejores -es de tonto imitar a los peores-, por eso siempre quiero volver a Ozu, Chaplin, Bresson, Buñuel, Buster Keaton, Raoul Walsh... Sin embargo, por mi falta de talento nadie se da cuenta. Yo quiero dejar de hacer cine, pero el cine no me deja. Me gustaría dirigir una película más y así llegar hasta las 20 películas. Es que 19 no es un buen número". ¿Y cuándo se acabará el mundo? "He cambiado de fecha. Será en 2027, porque mi carnet de conducir caduca ese año, así que... Henry Miller dijo que si pudiéramos frenar los periódicos daríamos un gran paso adelante. Eso mismo pienso yo de la digitalización del cine. Destruye nuestras mentes y nuestra inteligencia, si es que tenemos aún inteligencia".

Con su cigarrillo eléctrico en la mano, Kaurismäki recordó su primera aproximación al surrealismo. "A los 16 años vivía en un pueblo muy pequeño en el centro de Finlandia. Allí abrieron un cinefórum. Yo sabía que me iba a gustar el surrealismo, no me pregunten por qué. Pero llegué tarde a la proyección -que era una sesión doble de Nanuk el esquimal y La edad de oro- y mi cerebro empezó a centrifugar. Aquello no se parecía en nada al surrealismo, pero era una película fantástica. Descubrí mi error cuando empezó La edad de oro. Y la disfruté, y además con esa doble sesión descubrí los límites del cine. Aún hoy sigo llegando tarde a todo. Lo haré a mi propio funeral y no importará, porque no habrá nadie. Yo mismo cavaré mi tumba".

Para acabar, pidió una pregunta con más humor, y el moderador le inquirió sobre la constante presencia de los perros en su cine. "Si pudiera hacer una película muda, la haría con perros, pero la audiencia quiere sonido. En los perros podemos confiar [In dogs we trust, parafraseando el lema estadounidense, y cambiando God por dogs]. No tanto en dios. El cine es un hobby caro, y a los perros no se les paga, Además, mi esposa [presente en la sala] les dirige y ese día les da más besos. El mundo sería mejor si lo gobernaran los perros, incluso las serpientes. Gracias al pulgar no somos animales. Los dejamos atrás, cierto, pero tampoco hemos llegado a humanos. Ni siquiera tenemos buen sabor, no servimos de alimento a nadie. Me pregunto qué hacemos en la punta de la pirámide alimenticia. En fin, espero que mi próxima película se titule Lassie, vuelve"

UNA POSIBLE PELÍCULA ESPAÑOLA

En su momento, Aki Kaurismäki se planteó rodar Le Havre en Vigo. Acabó desechando la idea, pero la ciudad gallega, a media hora de la localidad portuguesa en la que vive el matrimonio Kaurismäki, aún le llama lo suficientemente la atención como para tener otra idea a desarrollar allí: "Incluso tengo el título, El barbero de Vigo.Es un drama familiar con seis pescadores, seis hermanos. Todos grandes, fuertes, menos el pequeño, que por su debilidad física se hace barbero, y este, sin embargo, es el que salva al resto de la familia en mitad de una enorme tormenta. Por ahora sería un corto, aunque podría desarrollarlo más. Hasta tengo ya la barbería".


(EL PAÍS / 23-3-2018)

EL SECUESTRO DE HAROLDO CONTI NARRADO POR SU ESPOSA


Haroldo Conti fue secuestrado en la madrugada del 5 de mayo de 1976 por una brigada del Batallón 601 de Inteligencia del Ejército Argentino. Desde entonces continúa desaparecido

Testimonio de su esposa, Marta Scavac:

"Apenas entramos, unos diez hombres estrafalariamente vestidos con vinchas, gorras y ropas raras, se nos vino encima. Inmediatamente me ataron las manos detrás de la espalda y me cubrieron, con ropa, la cara y la cabeza. Escucho que hacen lo mismo con Haroldo; aunque él se resiste, no es fácil reducirlo, es muy fuerte, pero le dicen que se quede quieto por el pibe, se referían al bebito. Escucho luego un ruido de cadenas. Pasados los primeros momentos de sorpresa yo también intento resistirme, pero las dos personas que me sujetaban me arrojaron al piso y comenzaron a patearme y a gritarme que me quede quieta. No sabía de qué se trataba. Pensé que era un asalto porque escuché cómo revisaban toda la casa y rompían objetos, quizá buscando dinero. Les dije que no teníamos dinero, que no era una casa de ricos, pero seguían buscando y rompiendo. El otro muchacho gritaba, les decía "dejen a la señora, cobardes, ella no tiene nada que ver, no le peguen, déjenla" y le respondían con fuertes golpes. También pedía agua, aterrada alcancé a pedirles que le diesen agua, que no le pegasen. Él reclamaba por la Convención de Ginebra. Ahí mi desconcierto era total. No entendía qué decía al mencionar la Convención de Ginebra. No entendía nada de toda esa pesadilla espantosa.

Haroldo Conti distinguía dos voces entre todas, las del que al parecer dirigía todo, el "malo" del grupo, y otra suave, la del "bueno" que me sacó del comedor y me llevó al escritorio. Se notaba que era una persona con cierto nivel cultural y en todo momento tuvo un trato muy especial conmigo. Lo escuchaba romper papeles. afiches que teníamos en las paredes, me decia: "señora, ¿cómo una mujer de su clase se metió en esto?". Le pedí que me explicara quiénes eran, qué querían. Me respondió que estábamos en guerra: "o nosotros los matamos o ustedes nos matan a nosotros". Le respondí que nosotros no matábamos a nadie, que yo no conocía ninguna guerra en nuestro país. Escucho que sigue rompiendo papeles. Le suplico que no rompa el cuento que Haroldo estaba escribiendo. Después comprobé que dejó la máquina de escribir de Haroldo, junto al borrador del cuento, intacto. Quedó sólo eso sin romper como un símbolo en medio de la casa revuelta, como sacudida por un terremoto.

Me preguntó de dónde veníamos. Le respondí que del cine y que en el abrigo estaba el programa. Comenzó a molestarse cuanto me preguntó por qué había viajado a Cuba con Haroldo. Le dije el motivo, que Haroldo había sido jurado de novela de Casa de las Américas. Me reprochó por qué no viajaba a Estados Unidos y le respondí que sí había viajado a ese país, y que podía comprobarlo en el pasaporte. Censuró además mi colaboración con Haroldo en la novela "Mascaró" y le pregunté qué tenía en contra de la novela. Me respondió que era una novela subversiva e insistió en por qué había colaborado en eso. Le expliqué que trabajaba junto a mi marido ayudándolo en su tarea de escritor. Simultáneamente escuchaba cómo el "malo" le hacía preguntas a Haroldo. No podía distinguir bien las preguntas y respuestas, aunque se filtró la voz del "malo" diciendo: "Don Haroldo ¿por qué se metió en esto? Lo va a pagar caro". Me aterroricé al escuchar esto y le pregunté al "bueno" qué estaba pasando, qué pasaba con mi marido, por qué le decían eso. No me respondió. Seguía revisando papeles. Yo escuchaba el ruido de los libros contra el suelo.

Interrumpió el "malo" para preguntarme sobre un escrito taquigráfico que había en mi cartera. Yo, por los nervios, no podía recordar de qué se trataba. Como soy taquígrafa, así se lo expliqué, muchas de las notas que hacíamos con Haroldo para la revista las escribía yo. Uno de ellos dice que les estoy tomando el pelo. que voy a hablar cuando me lleven. Era desesperante, mi impotencia era total, no sé si me creyeron, pero yo les decía la verdad.

Me preguntaban sobre la vida del muchacho que estaba en la casa. Yo no sabía nada de él, solamente que vivía en Córdoba y que estaba de paso por la Capital, que nos había pedido estar unos días en casa mientras buscaba buenos precios porque trabajaba de decorador y hacía los arreglos de escenografía en teatros de Córdoba. Les expliqué que eran frecuentes las visitas y que yo no tenía tiempo, por el trabajo de la casa y los chicos, de conocer la vida de cada uno. Me decían que era un guerrillero, yo les preguntaba de dónde, yo no conocía su vida íntima y seguían insistiendo en que era un subversivo. que por qué estaba en mi casa. Otra vez trataba de explicarles como podía la presencia de esta persona en casa. que era muy correcto, muy bueno.

Comienza a llorar el nene. Les pido que me dejen ir con mi hijo que lloraba de hambre. Haroldo escucha y grita: "dejen que la madre esté con el nene dejen a mi mujer dejen que le dé la mamadera". El "bueno" me pregunta cómo se prepara y cuando termino de darle las indicaciones, dice que me quede tranquila que él va a atender a Ernestito. Uno de los sujetos encuentra unas fotos que Federico Vogelius nos había sacado. a mí y al nene, dos meses atrás en Claromecó. Me dice qué lindo pibe tenía, qué linda que estaba yo en esa foto, qué bien que habíamos salido madre e hijo. Vuelve a preguntarme que cómo era que me había metido en esto. Vuelvo a decirle que yo no estaba metida en nada, que nuestra vida era pública, normal que todo era perfectamente legal, que no teníamos que ocultar nada. Se aleja y me doy cuenta de que estoy sola en el escritorio. Seguía escuchando cómo rompían los jarrones de adorno y me doy cuenta que sacan cosas de la casa, que se llevan los muebles. Ahí me confundo de nuevo pensando que podía tratarse de ladrones comunes. Vuelve el bueno y me pregunta qué temperatura debe tener la leche para el nene. yo le explico y le vuelvo a pedir que me deje atender a mi hijo Me dice nuevamente que eso no podía ser, que me quedara tranquila, que él se había hecho cargo. Me quedé con la sensación de que él era padre o estaba por serlo. Estaba desconcertada. Seguían llevándose cosas y no entendía cómo podían actuar tan tranquilamente, siendo que la comisaría 29a. estaba a menos de dos cuadras y el patrullaje por esta zona era frecuente. Lo que para nada era común era una mudanza a estas horas de a noche. Confiaba en que alguien se diera cuenta de la situación y que interviniera. pero no pasó nada.


Ya no escucho llorar al bebé. El "bueno" viene a decirme que me quede tranquila que Ernestito había comido. Le pregunto por mi hija, no entendía cómo tanto ruido no la había despertado. Me dice que está bien, que no me preocupe. Vuelve el "malo" y me informa: "nos llevamos a su marido porque tenemos unas cuantas preguntas que hacerle. Yo le respondo que había escuchado toda la noche cómo lo interrogaban y que si querían continuar con las preguntas que lo hicieran en casa. El "malo" pierde el control otra vez y me insulta, me grita, me amenaza. Interviene el "bueno" pidiendo que me deje tranquila. Escucho que hablan entre ellos. No entiendo lo que dicen. Se filtran unas palabras: "no, no tenemos lugar, el coche está completo". Yo seguía a los pies de ellos. tirada. atada y encapuchada. De pronto se acerca nuevamente el "malo" y me dice: "bueno, hemos decidido llevarnos a Haroldo y vos te quedás piola, no intentés escapar porque dejamos un coche en la puerta y en cuanto asomés la cabeza te limpiamos". Les pido nuevamente que no se lo lleven. Fueron inútiles mis ruegos. Cuando comprendí que no podía convencerlos de que lo dejaran, les pedí que se llevasen los remedios que Haroldo tomaba desde que un patrullero lo había atropellado en diciembre del '73. Me preguntan dónde están esos remedios y les digo que en la mesita de luz. No me responden. En un momento de desesperación les grité que quería despedirme de mi marido. Interviene el "bueno" y me dice: "yo la voy a llevar señora". Sigo sus pasos porque, lógicamente, no veía nada. En el trayecto uno de ellos le dice al que me llevaba: "¿vas a bailar el vals con la señora que está tan elegante?". Yo imagino que estaría muy elegante después de haber estado en manos de ellos. Seguimos caminando hasta que, en un momento, el que me llevaba se detiene y me doy cuenta que estamos en la entrada del dormitorio. Comienzo a llamar a Haroldo. Le pido que se acerque, que no lo puedo ver y escucho su voz que me responde y siento su cuerpo próximo al mío. Me desespero tratando de verlo, de tocarlo, pero sigo con las manos atadas y la cabeza encapuchada. Haroldo me responde: "estoy bien querida, no te preocupes por mí, cuidate vos y el nene, yo estoy bien. Siento que Haroldo se acerca y me besa la barbilla, que era la única parte de la cara que tenía descubierta. Ahí me doy cuenta que Haroldo no estaba encapuchado, ya que me besó directamente la parte descubierta. Comienzo a gritar que no me lo lleven, quiero tender mis manos hacia Haroldo pero no puedo desatarme. Siento que bruscamente nos apartan. Todo sucede rápidamente. Me tiran sobre la cama. Uno de ellos cubre mi cuerpo con el suyo y me pone un revólver en la nuca. Siento los gritos del muchacho cuando se lo llevan, siento un ruido de cadenas nuevamente y motores de automóviles que se encienden. El tipo que me estaba custodiando gritaba sin parar: "no te muevas, no te muevas, no te muevas". Pero no podía moverme. Apenas podía respirar con mi cara apretada contra el colchón. Escucho que se abre la puerta de calle y una voz llama al sujeto que estaba conmigo. Este sale corriendo y ahora escucho un portazo y que cierran la puerta con llave. Luego un silencio de muerte me rodea. Me doy cuenta que se han ido todos. Trato, con gran esfuerzo. de incorporarme de la cama y llego al cuarto de mis hijos. No sé cómo logro desatarme y quitarme la ropa que cubría mi cabeza; son dos camisas, una de Haroldo y otra de Miriam. Veo al bebito durmiendo en la cuna, me acerco a la cama de Miriam y comienzo a llamarla a los gritos, desesperada. Ella no me responde, mis fuerzas físicas no dan más, las piernas se me doblan y la cabeza me da vueltas. Sigo llamando a la nena, enloquecida empiezo a sacudirla y siento un olor muy fuerte. Me doy cuenta que estaba dormida con cloroformo. Ernestito comienza a llorar, seguramente asustado por mis gritos, y Miriam abre los ojos enormes, sus pupilas están dilatadas. Rápidamente le cuento a la nena lo que había pasado, le pido que se levante y me ayude a salir de la casa. Sigue mirándome espantada y comienza a llorar cuando ve la casa toda revuelta. Las dos lloramos juntas, aterrorizadas. Le pongo un abrigo sobre el camisón y envuelvo al nene en una frazada. Comienzo a caminar por la casa hacia la puerta. En el piso hay que sortear objetos rotos, ropa, papeles y libros. Miro hacia el comedor y veo platos, cubiertos y restos de comida. Habían comido las milanesas que tenía preparadas. También tomado café. El aparato de teléfono no estaba, se lo habían llevado. Dejaron un sillón grande de cuero, allí siento a los chicos y me subo al respaldo tratando de alcanzar una ventana. La abro y salto a la vereda. No veo ningún coche vigilando. La nena me pasa al bebito y salta con mi ayuda Comenzamos a caminar. Eran alrededor de las seis de la mañana. Llovía y hacía mucho frío. Un amanecer gris y destemplado, clásico de un día de mayo. Cuando siento que las piernas no me dan más, veo pasar un taxi desocupado. No podía creer en ese milagro. Lo llamo y el taxista se detiene y baja a ayudarme. Le cuento brevemente lo que me había pasado y le pido que nos lleve hasta la casa de mis padres, pero le aclaro que no tengo un solo peso para pagarle, ya que me habían robado hasta las monedas. El taxista me dijo "señora. yo trabajo de noche y todos los días veo casos como el suyo, yo la llevo donde sea". El hombre tapa la banderita del reloj del taxi, me ayuda a sentarme, acomoda a mis hijos y parte a toda velocidad. No hablamos una palabra en todo el trayecto. Al llegar se baja y vuelve a ayudarme con los chicos. Me pregunta: "¿en qué puedo ayudarla?". No sé quién es este hombre, ignoro su nombre, sólo tengo este medio para agradecerle profundamente su solidaridad. Jamás lo olvidaré."


(Revista Crisis, Nº 41, abril de 1986)

PETER BROOK - EL ESPACIO VACÍO (6)


Arte y técnica escénica

EL TEATRO MORTAL (6)

Cierta mañana estuve en el Museo de Arte Moderno observando cómo la gente se arracimaba para sacar la entrada cuyo precio era de un dólar. Casi todas esas personas tenían el vivo aspecto de un buen público, de acuerdo con el modelo del público para el que uno desearía trabajar. En potencia existe en Nueva York uno de los mejores públicos del mundo. Por desgracia rara vez va a al teatro.

Rara vez va a al teatro porque los precios de las entradas son demasiado altos. Cierto es que puede pagarlos, pero no es menos cierto que ha quedado decepcionado muy a menudo. No es casual que Nueva York sea la ciudad que cuenta con los críticos más poderosos y duros del mundo. Año tras año, el público se ha visto obligado a convertir en cotizados expertos a simples hombres falibles, de la misma manera que un coleccionista no puede exponerse a correr el riesgo sólo cuando compra una obra costosa: la tradición de los expertos tasadores de obras de arte como Duveen, engloba asimismo el negocio teatral. De esta forma el círculo se cierra; no sólo los artistas, sino también el público, ha de tener sus protectores, y la mayoría de los individuos curiosos, inteligentes y no conformistas se mantienen apartados. Esta situación no es única de Nueva York. Viví muy de cerca una experiencia semejante cuando representamos La danza del sargento Mus-grave, de John Arden, en el Athenée de París. La obra constituyó un rotundo fracaso -casi toda la crítica nos fue adversa- y la sala estaba prácticamente vacía. Convencidos de que la obra había de tener un público en alguna parte de la ciudad, anunciamos tres representaciones gratis. Y este señuelo produjo el ambiente de los grandes estrenos. La policía tuvo que intervenir para poner orden en la multitud, que se apiñaba ante la puerta del teatro, y la obra se desarrolló magníficamente, ya que los actores, alentados por el entusiasmo de la sala, ofrecieron su mejor interpretación, premiada con ovaciones. Esa misma sala que la noche anterior parecía muerta era un hervidero de comentarios y murmullos. Al final, encendimos las luces y observamos al público, compuesto en su mayoría por jóvenes bien trajeados. Françoise Spira, directora del teatro, salió al escenario.

-¿Hay alguno de ustedes que no podría pagar la entrada?

Un hombre levantó la mano.

-Y los demás, ¿por qué han esperado a que fuera gratis para venir?

-La obra tuvo mala crítica.

-¿Creen ustedes en la crítica?

Unánime coro de “¡No!”

-Entonces ¿por qué…?

Y de todas partes la misma respuesta: el riesgo es demasiado grande, demasiadas decepciones. Vemos aquí cómo se traza el círculo vicioso. Constantemente el teatro mortal cava su propia fosa.

EZRA POUND - BALADA DEL BUEN COMPAÑERO


(EXTRAÍDO DE EZRA POUND, EXULTATIONS, ELKIN MATHEWS, LONDRES, 1909. TRADUCCIÓN DE JUAN ARABIA, BUENOS AIRES POETRY, 2019.)

BALADA DEL BUEN COMPAÑERO

SIMÓN DE ZELOTE PRONUNCIA ESTO UN TIEMPO DESPUÉS DE LA CRUCIFIXIÓN.

¿Hemos perdido al mejor compañero de todos

Por culpa de sacerdotes y el árbol del ahorcado?
Sí, amante era él de hombres fuertes,
Del mar abierto y de los barcos.


Cuando vinieron con soldados a buscar a Nuestro Hombre

Era agradable ver su sonrisa,
“¡Primero dejen que estos se vayan!”, dijo nuestro Buen Compañero,
“O los veré condenados”.


Sí, él nos liberó de las altas lanzas cruzadas,

Y el desprecio de su risa resonó libre,
“¿Por qué no me apresaron cuando caminaba
Solo por la ciudad”, les preguntó.


Bebimos a su “Salud” el buen vino tinto

Cuando le hicimos compañía por última vez,
No era un sacerdote castrado el Buen Compañero,
Un hombre entre los hombres era él.


Lo he visto conducir a cientos de hombres

A su voluntad con un azote de sogas,
Para tomar la alta casa sagrada
Como posesión y tesoro.


No lo atraparán en un libro me parece,

Aunque ellos lo escriban astutamente;
Ningún ratón de los pergaminos fue el Buen Compañero,
Sino un amante del mar abierto.


Si creen que han atrapado a nuestro Buen Compañero

Son unos tontos hasta el último grado.
“Iré a la fiesta”, dijo nuestro Buen Compañero,
“Aunque termine en el árbol del ahorcado”.


“Ustedes me han visto curar ciegos y lisiados,

Y despertar a los muertos”, dijo,
“Verán algo que todo la ha de superar:
Así es cómo un hombre valiente muere en el árbol”.


Un hijo de Dios era el Buen Compañero

Nos pidió que fuéramos sus hermanos.
Lo he visto acobardar a miles de hombres.
Lo he visto sobre el árbol.


No lanzó ni un grito cuando le penetraron los clavos

Y la sangre se derramó libre y cálida,
Los sabuesos del rojo cielo aullaron
Pero él no lanzó ni un grito.


Lo he visto acobardar a miles de hombres

En las colinas de Galilea,
Ellos gemían mientras él caminaba tranquilo,
Con sus ojos grises como el océano.


Como el mar que no admite travesías

Con los vientos libres y desencadenados,
Como al mar que acobardó a Genereset
Cuando él de repente pronunció dos palabras.


Un maestro de los hombres era el Buen Compañero,

Amigo del viento y del mar,
Si creen que han matado a nuestro Buen Compañero
Son tontos para la eternidad.


Lo he visto comer miel de los panales

Luego de que lo clavaran al árbol.



BALLAD OF THE GOODLY FERE

SIMON ZELOTES SPEAKETH IT SOMEWHILE AFTER THE CRUCIFIXION.


Ha’ we lost the goodliest fere o’ all

For the priests and the gallows tree?
Aye lover he was of brawny men,
O’ ships and the open sea.


When they came wi’ a host to take Our Man

His smile was good to see,
“First let these go!” quo’ our Goodly Fere,
“Or I’ll see ye damned,” says he.


Aye he sent us out through the crossed high spears

And the scorn of his laugh rang free,
“Why took ye not me when I walked about
Alone in the town?” says he.


Oh we drank his “Hale” in the good red wine

When we last made company,
No capon priest was the Goodly Fere
But a man o’ men was he.


I ha’ seen him drive a hundred men

Wi’ a bundle o’ cords swung free,
That they took the high and holy house
For their pawn and treasury.


They’ll no’ get him a’ in a book I think

Though they write it cunningly;
No mouse of the scrolls was the Goodly Fere
But aye loved the open sea.


If they think they ha’ snared our Goodly Fere

They are fools to the last degree.
“I’ll go to the feast,” quo’ our Goodly Fere,
“Though I go to the gallows tree.”


“Ye ha’ seen me heal the lame and blind,

And wake the dead,” says he,
“Ye shall see one thing to master all:
‘Tis how a brave man dies on the tree.”


A son of God was the Goodly Fere

That bade us his brothers be.
I ha’ seen him cow a thousand men.
I have seen him upon the tree.


He cried no cry when they drave the nails

And the blood gushed hot and free,
The hounds of the crimson sky gave tongue
But never a cry cried he.


I ha’ seen him cow a thousand men

On the hills o’ Galilee,
They whined as he walked out calm between,
Wi’ his eyes like the grey o’ the sea.


Like the sea that brooks no voyaging

With the winds unleashed and free,
Like the sea that he cowed at Genseret
Wi’ twey words spoke’ suddently.


A master of men was the Goodly Fere,

A mate of the wind and sea,
If they think they ha’ slain our Goodly Fere
They are fools eternally.


I ha’ seen him eat o’ the honey-comb

Sin’ they nailed him to the tree.


EL GUARDIÁN DE LOS SECRETOS DE SALINGER


por Eduardo Lago

El autor de ‘El guardián entre el centeno’ pasó medio siglo recluido y en silencio antes de morir, pero nunca dejó de escribir. Su hijo Matt, albacea de la obra, trabaja en la ordenación de ese ingente archivo inédito y en combatir los mitos falsos sobre su padre

El pasado 1 de enero se cumplían cien años del nacimiento de J. D. Salinger en Nueva York, y todos los medios se hicieron amplio eco de la efeméride preguntándose por el destino de lo que el autor, uno de los escritores más queridos y admirados de todos los tiempos, había estado escribiendo en secreto durante más de medio siglo. La obra literaria de Salinger, tan exquisita como exigua, se reduce a una de las novelas más leídas de la historia de la literatura universal, El guardián entre el centeno, un puñado de cuentos y dos narraciones de extensión algo mayor. El guardián entre el centeno vio la luz en 1951 y su última obra publicada, la historia titulada Hapword, 16, 1941, apareció en The New Yorker en 1965. En 1953, Salinger huyó de su Nueva York natal, y se refugió en la localidad de Cornish, en New Hampshire. Es su silencio lo que despierta un clamor universal entre quienes quisieran leer más de él. Desde su muerte en 2010 a los 91 años, los únicos que han tenido acceso al material son su viuda y Matt Salinger, hijo del escritor y albacea de la obra, que ha accedido a hablar con EL PAÍS en una entrevista en la localidad de New Canaan, en Connecticut.

Durante los años en los que su padre buscó la soledad que necesitaba para escribir, el mundo nunca lo dejó en paz, y lo sometió a toda suerte de asedios. Fotógrafos y periodistas merodeaban por los alrededores de su casa, importunándolo a él y a su familia. Se vio obligado a erigir una valla de madera para protegerse de las miradas ajenas. En 1967 Salinger se divorció de Claire Douglas, y levantó una casa no demasiado lejos de la originaria. Tras la muerte, el acoso continuó, llevado a cabo por oportunistas que no tuvieron el menor escrúpulo en suplir la falta de información fehaciente con toda suerte de detalles disparatados que agigantaban el mito. Manipulado, un público sediento de leer más obras suyas, se prestaba a dar crédito a todo tipo de patrañas.

Una de las operaciones que tuvo mayor repercusión la urdieron conjuntamente en 2013 David Shields y Shane Salerno. Salerno invirtió dos millones de dólares en producir un documental sobre el escritor y contó con la colaboración de Shields para preparar el libro que lo acompañaba. Formidablemente documentado con material auténtico, todo estaba ordenado con el fin de dar la "apariencia de verdad". Al final del libro se anunciaba el orden en que se publicarían las obras secretas del escritor, entre 2015 y 2020. Hasta la fecha no ha aparecido absolutamente nada. El hecho de que 2019 sea el año que marca el centenario del nacimiento de J. D. Salinger ha llevado a su hijo Matt, a romper su silencio. El encuentro tiene lugar en un café, no muy lejos de donde Matt Salinger, productor de cine y actor, vive con su familia.

"De haberse cumplido la voluntad de mi padre, no hubiera tenido lugar este encuentro", dice, mientras da la mano al periodista, se pone de pie y finge dirigirse a la salida del café. Tras reírse un momento se vuelve a sentar. Acaba de escenificar la difícil situación en que se encuentra y de la que, con extraordinaria reserva, está buscando una salida. Las declaraciones aquí reproducidas proceden de la larga conversación mantenida en New Canaan y sus alrededores, así como de las respuestas que facilitó por escrito ulteriormente a un larguísimo cuestionario en el que comenta con gran detalle aspectos de la vida y de la obra de su padre. Entre otros, sus hábitos de trabajo: "Se levantaba a las 3 o 4 de la mañana y escribía durante unas cuatro horas, antes de que el mundo se despertara, después volvía a la cama y leía varias horas más. A mediodía se volvía a levantar, desayunaba y seguía escribiendo hasta media tarde y entonces hacía algunas diligencias o me iba a buscar al colegio, si le tocaba, o se sentaba a leer en un sillón de cuero rojo que tenía junto a la ventana.


Del material que dejó inédito, todavía no se ha publicado nada

"La preocupación de Matt Salinger por no perpetuar los aspectos más sensacionalistas (y falsos) del mito, es patente hasta el punto de causar en quien habla con él una incomodidad rayana en la angustia. La soledad que buscaba su padre, por ejemplo, respondía a una necesidad real, no a un rechazo hostil del mundo, imagen que prevalecería. Así evoca aquella necesidad: "Cuando mi hermana y yo éramos pequeños y mis padres aún vivían juntos, escribía en un estudio que se hizo construir colina abajo. Había que caminar un cuarto de milla por un sendero que atravesaba el bosque, junto a un arroyo. En el estudio había un fogón de madera y una claraboya, pero no había ventanas". Si cuando no sucedía nada, el mundo seguía importunándole, cuando ocurría algo de importancia, la curiosidad pública llegaba al paroxismo.

En 1992 se incendió la casa en la que vivía con su mujer, Colleen. "Quedó casi totalmente destruida", cuenta Matt, "murieron los perros… pero hubo dos milagros. Mi padre no perdió la vida porque Colleen oyó el estrépito de las llamas. Mi padre era muy duro de oído porque durante la guerra le estalló una granada muy cerca y le dañó los tímpanos. De no ser por Colleen lo más seguro es que hubiera muerto. El otro milagro fue que la única habitación de la casa que se salvó del fuego fue el cuarto donde tenía su escritorio con todos sus papeles".


La gente quiere creer a toda costa en el mito que se han formado ya

Matt Salinger vive con angustia el proceso de ser entrevistado, porque cada vez que accede a ello se siente después traicionado. En su visión, e independientemente de la buena voluntad de los periodistas, éstos acaban por reforzar los aspectos más abyectos y execrables del mito, debido a que, recalca con amargura, eso es lo que quiere oír la gente, y no la verdad. En el momento de escribir estas líneas llegó una nota suya en la que dice, en respuesta al director de una revista que le escribió disculpándose tras saber que a Matt Salinger le había decepcionado profundamente lo que se publicó. "De lo que me doy cuenta cada vez con más claridad es que la gente QUIERE CREER a toda costa en el mito que han formado ya en su cabeza, y no hay prácticamente ningún interés por una narrativa que se aparte de eso, incluso cuando la narrativa procede de alguien que estuvo más cerca de él de lo que estuvo jamás nadie, en cuanto al conocimiento del tema [de la escritura]". Es el tenor de toda la conversación y de los intercambios por email. "La terrible ironía es que la poca gente que pertenecía a su círculo más íntimo, jamás quisimos hablar de él. Los 'biógrafos' (mi padre siempre entrecomillaba la palabra) NUNCA tuvieron acceso a ese círculo íntimo".


Le gustaba hablar con los padres de mis amigos, con los vecinos. Era amable

Su desánimo es contagioso. Es evidente que cree que ha perdido la batalla de antemano. Sobre la leyenda del terrible recluso que se dice que fue, comenta: "Era amable. Le gustaba hablar con la gente, con los vecinos, con los padres de mis amigos. Veía con bastante frecuencia a un profesor de Dartmouth, pero también a un carnicero del pueblo y a un campesino que sabía más de plantas que él." Por supuesto, las tornas cambiaban cuando el mundo embestía contra él, irrumpiendo sin consideración en su esfera íntima: "Cuando lo acosaban extraños o reporteros enviados en una 'misión' dirigida contra él se cerraba y podía ser irascible. Era un mecanismo de defensa".

No obstante, hay hechos que no encajan. Al menos en dos ocasiones, gente muy cercana a él lo traicionó. Una fue Joyce Maynard, con quien mantuvo una relación cuando ella tenía 18 años y él 53. En Mi verdad (1998), Maynard ofrece un retrato devastador del escritor. Más sangrante fue la aparición en 2000 de El guardián de los sueños, en el que Margaret Salinger ofrece una imagen no menos atroz de su padre. Conforme a los mecanismos que mantienen vivo el mito, la inmensa mayoría de los lectores dieron crédito a estos libros, incluidos escritores de gran relieve. La prestigiosa periodista Janet Malcolm fue una de las pocas voces que salió en su defensa. "Ojalá mi hermana no hubiera escrito ese libro, y menos en los términos que lo hizo…" dice con aire resignado Matt Salinger. "Todos tenemos verdades subjetivas, y ésa era la suya entonces. Yo tengo la mía. Seguramente no consiguió de nuestros padres lo que quería, y yo sí. Me apena y me hace sentirme culpable". En cuanto a Maynard, se descalificó cuando puso a la venta las cartas de amor de Salinger en una subasta de Sotheby´s. En aquel caso las compró un millonario que pagó 155.000 dólares y se las devolvió al escritor sin leerlas. Sucintamente, Matt Salinger comenta: "Siempre ha habido y habrá gente dispuesta a respetar su escritura y su afán de privacidad".

En unos días Matt Salinger viajará a Europa y tomará parte en mesas redondas que se celebrarán en Turín, Londres y París. Es parte de un proceso gradual de desvelamiento, del que forma parte esta entrevista y que se continuará en eventos como la exposición que se inaugurará en la Biblioteca Pública de Nueva York el próximo otoño con motivo del centenario del nacimiento de su padre. ¿Qué podrán ver los devotos de su escritura? "Se expondrán algunas cartas personales y profesionales, fotografías y material de archivo junto a algunas ediciones históricas de las obras que publicó. Nuestra idea es que se vea un poco más del ser humano que había detrás de la escritura y facilitar una mejor comprensión de la obra en sí. De haber estado listo el material para ser publicado lo más probable es que hubiéramos optado por darlo a conocer, pues sus palabras cuentan una historia mucho más completa y mejor que cualquier objeto".

Conforme a sus cálculos faltan aún 3 o 4 años para que culmine el proceso de organización de los escritos. Es inevitable hacer ciertas preguntas sobre ese suculento corpus, aun sabiendo que no serán contestadas. ¿Qué puede decir el único lector de la totalidad de la obra inédita de J.D. Salinger del material, un material, que según explica como ejecutor, está siendo procesado, digitalizado y organizado mediante procesadores de texto altamente sofisticados? "No quiero entrar en descripciones detalladas de la obra inédita. Esa es la parte más difícil… Sé que es frustrante, pero mi padre jamás consintió frases publicitarias en las tapas de sus libros, ni citas de reseñas, ni fotografías, ni en realidad nada que pudiera llevar al lector potencial a tener expectativas urdidas por los encargados del márquetin y la publicidad… Sería completamente erróneo que yo hiciera ahora lo contrario. Les haría un flaco servicio tanto a él como a sus lectores." Hasta aquí está dispuesto a llegar Matt Salinger por ahora, pero también es importante señalar que en el cuestionario afirma con énfasis que la "obra" (palabra con lo designa el conjunto del ingente material) se publicará porque ésa fue la voluntad explícita de su padre, y su misión es hacer que aquella voluntad se cumpla.

UN LEGADO INMENSO PROCESADO CON ALTA TECNOLOGÍA

A fin de responder al reto de por fin publicar el legado de su padre, Matt Salinger se ha visto obligado a dejar en suspenso su carrera de actor y productor. Tras medio siglo de silencio, la gente duda que jamás vea la luz un nuevo escrito de J. D. Salinger. “Su voluntad era que se publicara la inmensa mayoría del material, ¡verrugas incluidas!”, afirma el albacea del legado de Salinger, y explica que en 2010 poco después de su muerte se procedió a recopilar, digitalizar y organizar los distintos escritos. “La labor de transcripción fue gigantesca porque había mucho material manuscrito o a máquina pero con innumerables notas. Fue un proceso lentísimo porque exigía ser extremadamente escrupuloso y concienzudo. También hubo que tomar muchas notas sobre el proceso y en el caso de algunos escritos recurrir a un programa muy ingenioso llamado DevonThink”. Según Matt, la tardanza en publicar es consecuencia directa de la mecánica inherente a la organización de la ingente cantidad de material: “La presión que siento por publicar es mayor que la que sintió él. Siempre tuvo claro que quería publicar, pero era ambivalente en cuanto a si hacerlo en vida, y se pasó décadas dándole vueltas al asunto. Saber que hay gente desesperada por leer lo que dejó es para mí un incentivo, pero 70 años de escritura es MUCHO y no todo está ordenado en fajos atados con lazo. De ser así ya habríamos sacado algo. Para mí, la preocupación mayor es hacerlo bien. No quisiéramos publicar algo y encontrarnos después que debía ir en otra parte. No hay ninguna necesidad de que nada vea la luz sin que esté listo”.


(EL PAÏS / 4-5-2019)
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