jueves

OSCAR WILDE - EL FANTASMA DE CANTERVILLE (3)


II

La tempestad se desencadenó durante toda la noche, pero no produjo nada extraordinario. Al día siguiente, por la mañana, cuando bajaron a almorzar, encontraron de nuevo la terrible mancha sobre el entarimado.

-No creo que tenga la culpa el "limpiador sin rival" -dijo Washington-, pues lo he ensayado sobre toda clase de manchas. Debe ser el fantasma.

En consecuencia, borró la mancha, después de frotar un poco. Al otro día, por la mañana, había reaparecido. Y, sin embargo, la biblioteca había permanecido cerrada la noche anterior, porque el señor Otis se había llevado la llave para arriba. Desde entonces, la familia empezó a interesarse por aquello. El señor Otis se hallaba a punto de creer que había estado demasiado dogmático negando la existencia de los fantasmas. La señora Otis expresó su intención de afiliarse a la Sociedad Psíquica, y Washington preparó una larga carta a los señores Myers y Podmone, basada en la persistencia de las manchas de sangre cuando provienen de un crimen. Aquella noche disipó todas las dudas sobre la existencia objetiva de los fantasmas.

La familia había aprovechado la frescura de la tarde para dar un paseo en coche. Regresaron a las nueve, tomando una ligera cena. La conversación no recayó ni un momento sobre los fantasmas, de manera que faltaban hasta las condiciones más elementales de "espera" y de "receptibilidad" que preceden tan a menudo a los fenómenos psíquicos. Los asuntos que discutieron, por lo que luego he sabido por la señora Otis, fueron simplemente los habituales en la conversación de los norteamericanos cultos que pertenecen a las clases elevadas, como, por ejemplo, la inmensa superioridad de miss Janny Davenport sobre Sarah Bernhardt, como actriz; la dificultad para encontrar maíz verde, galletas de trigo sarraceno, aun en las mejores casas inglesas; la importancia de Boston en el desenvolvimiento del alma universal; las ventajas del sistema que consiste en anotar los equipajes de los viajeros, y la dulzura del acento neoyorquino, comparado con el dejo de Londres. No se trató para nada de lo sobrenatural, no se hizo ni la menor alusión indirecta a Simón de Canterville. A las once, la familia se retiró. A las doce y media estaban apagadas todas las luces. Poco después, el señor Otis se despertó con un ruido singular en el corredor, fuera de su habitación. Parecía un ruido de hierros viejos, y se acercaba cada vez más. Se levantó en el acto, encendió la luz y miró la hora. Era la una en punto. El señor Otis estaba perfectamente tranquilo. Se tomó el pulso y no lo encontró nada alterado. El ruido extraño continuaba, al mismo tiempo que se oía claramente el sonar de unos pasos. El señor Otis se puso las zapatillas, tomó un frasquito alargado de su tocador y abrió la puerta. Y vio frente a él, en el pálido claro de luna, a un viejo de aspecto terrible. Sus ojos parecían carbones encendidos. Una larga cabellera gris caía en mechones revueltos sobre sus hombros. Sus ropas, de corte anticuado, estaban manchadas y en jirones. De sus muñecas y de sus tobillos colgaban unas pesadas cadenas y unos grilletes herrumbrosos.

-Mi distinguido señor -dijo el señor Otis-, permítame que le ruegue vivamente que engrase esas cadenas. Le he traído para ello una botella de "Engrasador Tammany-Sol-Levante". Dicen que una sola untura es eficacísima, y en la etiqueta hay varios certificados de nuestros agoreros nativos más ilustres, que dan fe de ello. Voy a dejársela aquí, al lado de las mecedoras, y tendré un verdadero placer en proporcionarle más, si así lo desea.

Dicho lo cual, el ministro de los Estados Unidos dejó el frasquito sobre una mesa de mármol, cerró la puerta y se volvió a meter en la cama.

El fantasma de Canterville permaneció algunos minutos inmóvil de indignación. Después tiró, lleno de rabia, el frasquito contra el suelo encerado y huyó por el corredor, lanzando gruñidos cavernosos y despidiendo una extraña luz verde. Sin embargo, cuando llegaba a la gran escalera de roble, se abrió de repente una puerta. Aparecieron dos siluetas infantiles, vestidas de blanco, y una voluminosa almohada le rozó la cabeza. Evidentemente, no había tiempo que perder; así es que, utilizando como medio de fuga la cuarta dimensión del espacio, se desvaneció a través del estuco, y la casa recobró su tranquilidad.


Llegado a un cuartito secreto del ala izquierda, se adosó a un rayo de luna para tomar aliento, y se puso a reflexionar para darse cuenta de su situación. Jamás en toda su brillante carrera, que duraba ya trescientos años seguidos, fue injuriado tan groseramente. Se acordó de la duquesa viuda, en quien provocó una crisis de terror, estando mirándose al espejo, cubierta de brillantes y de encajes; de las cuatro doncellas a quienes había enloquecido, produciéndoles convulsiones histéricas, sólo con hacerles visajes entre las cortinas de una de las habitaciones destinadas a invitados; del rector de la parroquia, cuya vela apagó de un soplo cuando volvía el buen señor de la biblioteca a una hora avanzada, y que desde entonces se convirtió en mártir de toda clase de alteraciones nerviosas; de la vieja señora de Tremouillac, que, al despertarse a medianoche, lo vio sentado en un sillón, al lado de la lumbre, en forma de esqueleto, entretenido en leer el diario que redactaba ella de su vida, y que de resultas de la impresión tuvo que guardar cama durante seis meses, víctima de un ataque cerebral. Una vez curada se reconcilió con la iglesia y rompió toda clase de relaciones con el señalado escéptico monsieur de Voltaire. Recordó igualmente la noche terrible en que el bribón de lord Canterville fue hallado agonizante en su tocador, con una sota de espadas hundida en la garganta, viéndose obligado a confesar que por medio de aquella carta había timado la suma de diez mil libras a Carlos Fos, en casa de Grookford. Y juraba que aquella carta se la hizo tragar el fantasma. Todas sus grandes hazañas le volvían a la mente. Vio desfilar al mayordomo que se levantó la tapa de los sesos por haber visto una mano verde tamborilear sobre los cristales, y la bella lady Steefield, condenada a llevar alrededor del cuello un collar de terciopelo negro para tapar la señal de cinco dedos, impresos como un hierro candente sobre su blanca piel, y que terminó por ahogarse en el vivero que había al extremo de la Avenida Real. Y, lleno del entusiasmo ególatra del verdadero artista, pasó revista a sus creaciones más célebres. Se dedicó una amarga sonrisa al evocar su última aparición en el papel de "Rubén el Rojo", o "el rorro estrangulado", su "debut" en el "Gibeén, el Vampiro flaco del páramo de Bevley", y el furor que causó una tarde encantadora de junio sólo con jugar a los bolos con sus propios huesos sobre el campo de hierba de "lawn-tennis". ¿Y todo para qué? ¡Para que unos miserables norteamericanos le ofreciesen el engrasador marca "Sol-Levante" y le tirasen almohadas a la cabeza! Era realmente intolerable. Además, la historia nos enseña que jamás fue tratado ningún fantasma de aquella manera. Llegó a la conclusión de que era preciso tomarse la revancha, y permaneció hasta el amanecer en actitud de profunda meditación. 

MUJERES QUE CORREN CON LOS LOBOS - CLARISSA PINKOLA ESTÉS



CIENTOCATORCEAVA ENTREGA
CAPÍTULO 12


La demarcación de territorio - Los límites de la cólera y el perdón

La justa cólera (1)

El hecho de ofrecer la otra mejilla, es decir, de guardar silencio en presencia de la injusticia o de los malos tratos, se tiene que sopesar cuidadosamente. Una cosa es utilizar la resistencia pasiva como herramienta política tal como Gandhi enseñó a hacer a las masas, y otra muy distinta que se anime u obligue a las mujeres a guardar silencio para poder sobrevivir a una situación insoportable de corrupción o de injusto poder en la familia, la comunidad o el mundo. Las mujeres sufren la amputación de la naturaleza salvaje y su silencio no obedece a la serenidad sino que es una enorme defensa para evitar unos daños. Se equivocan quienes piensan que el hecho de que una mujer guarde silencio significa siempre que esta aprueba la vida tal como es.

Hay veces en que resulta absolutamente necesario dar rienda suelta a una cólera capaz de sacudir el cielo. Hay un momento -aunque tales ocasiones no abunden demasiado, siempre hay un momento- en que una tiene que soltar toda la artillería que lleva dentro. Y debe hacerlo en respuesta a una grave ofensa, una ofensa muy grande contra el alma o el espíritu. Una tiene que haber probado primero todos los medios razonables para que se produzca un cambio. Cuando todo falla, hemos de elegir el momento más adecuado. Existe sin duda un momento apropiado para desencadenar toda la cólera que la mujer lleva dentro.

Cuando las mujeres prestan atención al yo instintivo, tal como hace el hombre del siguiente cuento, saben que ha llegado la hora. Lo saben intuitivamente y obran en consecuencia. Y es justo que lo hagan.

Este cuento procede de Oriente Medio. En Asia hay distintas versiones sufíes, budistas e hindúes (7). Pertenece a la categoría de cuentos que giran en torno a la realización de un acto prohibido o inaceptable con el fin de salvar la vida.
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Los árboles secos

Había una vez un hombre cuyo mal carácter le había hecho desperdiciar más tiempo y perder más buenos amigos que cualquier otro elemento de su vida.

Se acercó a un sabio anciano vestido de andrajos y le preguntó:

-¿Cómo puedo dominar el demonio de mi cólera?

El anciano le dijo que se dirigiera a un oasis agostado del lejano desierto, se sentara entre los árboles secos y extrajera agua salobre para cualquier viajero que acertara a pasar por allí.

El joven, en su afán por vencer su cólera, se dirigió al lugar de los árboles marchitos del desierto. Durante varios meses, envuelto en una túnica y un albornoz para protegerse de la arena, extrajo agua amarga y se la dio a todos los que se acercaban a aquel lugar. Pasaron varios años y el hombre no sufrió más accesos de cólera. Un día se acercó al oasis seco un viajero vestido de oscuro y contempló con arrogancia al hombre que le ofrecía un cuenco de agua. El viajero se burló del agua turbia, la rechazó y reanudó su camino.

El hombre que le ofrecía el agua se encolerizó inmediatamente hasta tal punto que la rabia lo cegó y, agarrando al viajero, lo derribó de su camello y lo mató en el acto. Inmediatamente se arrepintió de haberse dejado llevar por su arrebato de cólera y haber perpetrado semejante acción. De pronto, se acercó otro jinete al galope. El jinete contempló el rostro del muerto y exclamó:

-¡Gracias sean dadas a Alá, pues has matado al hombre que iba a matar al rey!

En aquel momento la turbia y salobre agua del oasis se volvió clara y dulce y los árboles secos del oasis reverdecieron y se llenaron de flores.
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Notas

(7) Existe una versión de este antiguo cuento contada por el cuentista-sanador sufí Indries Shah en Wisdom of Idiots(Londres, Octagon Press, 1970).

GUILLERMO ENRIQUE HUDSON - LA TIERRA PURPÚREA (2)



PRÓLOGO / ROBERTO B. CUNNINGHAME GRAHAM (2)

La manera lenta, cauta y sentenciosa del gaucho de aquellos días, está trazada como nadie que no haya nacido en la pampa podrá haberlo hecho. Hudson lo lía conservado para siempre y, en cierto modo, mejor de lo que han hecho los escritores modernos en parligauchesco. Éstos consideran al gaucho como nuestros escritores consideran al paisano de la isla Arran o las islas Hébridas, o sea, como una supervivencia de otros tiempos. Para Hudson, los gauchos fueron sus inseparables y diarios compañeros, y sus cuerdos dichos, tales como “Tuitos somos carne; es verdá que algunos somos carne de perro y güena pa nada, pero a tuitos nos duele el golpe del rebenque, y ande cai, ay brota la sangre.”, debió haberlos conocido desde el tiempo en que montó su primer petiso en la pampa. Sólo Hernández, en su inimitable Martín Fierro ha conservado tales joyas del habla gauchesca.

El Tio Vizcacha mismo no contiene nada mejor que “tal vez podría haber ido ante la justicia, que anda a tientas como un ciego en busca de algo ande no está”, “El carancho siempre hace presa a los enfermos y enclenques”, “Nada jiede pior que la pobreza”, “No soy aficionado a andar rumbiando por ay como un borracho abrazado a extraños”. Estos refranes, dichos o adagios -todo es Kif Kif como dicen los árabes- son dignos de ser colocados en el refranero del padre Sbarbi, o en el refranero que recibirá algún día un argentino, antes de que desaparezca hasta el recuerdo del gaucho y todos los moradores del campo anden en motocicleta.

Por todo el libro, que fue escrito aquí en este nuestro Londres, corre una vena de tristeza. Esta tristeza es, en parte, el patrimonio de todos los que nacen en grandes espacios, y, en parte, la melancolía del artista. Sólo el que ha nacido artista, y Hudson fue de ellos si es que los hay tiene la verdadera profecía. El hombre de ciencia, arrastrándose como un topo, y andando a tientas hacia la luz por la oscurísima naturaleza, raramente ve más allá de su tarea inmediata. El siglo XIX le ensalzó, pues era el prototipo de lo que tantos excelentes ciudadanos aspiraban a ser ellos mismos. Parafraseando las chuscas palabras del rey Salomón, nos valemos del hombre de ciencia sólo por necesidad, pero son las dotes naturales las que inspiran nuestra admiración.

Habiendo sido Hudson de la Tierra Purpúrea, en la persona de su viajero, un británico britanizando, no es de extrañar que hubiese vuelto de aquel viaje del espíritu, el sudamericano que, en verdad, era de nacimiento. El que creó Paquita, Dolores y compañía, era casi compatriota de ellas, nacido, criado y formado, alma y cuerpo -pues tenía el hablar lento de los gauchos- en la pampa argentina.

Todo hispano-americano debiera leer, anotar y digerir mentalmente las páginas en que Hudson contrapone en la balanza la libertad de ‘un país como el Uruguay, cuando él lo describe, a las ventajas que se derivan de un pueblo civilizado y bien ordenado. Por supuesto que, como Breno, él echa su facón en la balanza. Pero así lo hacemos todos en cualquier argumento, si es que tenemos facones o espadas que echar. ¿Qué podría ser más intolerable que una perfecta justicia o un hombre absolutamente justo? Nada le era más insoportable a Hudson que la idea de una Utopía, como siempre lo ha de ser a todo espíritu artístico. Es preferible la libertad del desierto a una sociedad en que no existe ni la insensatez ni el sufrimiento ni el crimen. Aun la aguja imantada no se dirige al verdadero norte, podría haber dicho Hudson con aquella seria sonrisa que solía iluminar todas sus facciones, como el vuelo de una linterna ilumina, por un breve instante, la oscuridad dela noche.

Luengos años después, cuando el recuerdo de la Banda Oriental, con sus purpúreas flores, sus llanos y sierras, gauchos, rebaños y tropas, sus revoluciones, degüellos y el enamorar en solitarios ranchos debió haberse empañado en su memoria, se le rindió merecidísimo homenaje, y murió, si bien no estimado ni aun conocido por la chusma de ciegos lectores siempre sedientos de vulgaridades -pues siendo ellos necios, la simpatía les inclina a la necedad-, amado y quilatado por los pocos. Escritores, artistas, escultores y músicos y toda aquella delicada gente cuya delicadeza es más poderosa que la fuerza de los que no ven más allá de sus narices, todos le apreciaron.

Ha pasado ahora a aquellas regiones -si es que las hay- donde puede conversar con todos los más ilustres de su casta.

No les dirá mucho cuando lo feliciten por LA TIERRA PURPÚREA, pues fue siempre de aquellos que preferían sacar los pies de los estribos antes de apearse a la tranquera.
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