martes

RICCARDO MUTI “LA CULTURA HA SIDO ABANDONADA EN FAVOR DEL ENTRETENIMIENTO”


por Susana Gaviña

Cuando RiccardoMuti entra en la sala de orquesta del Teatro Real se hace el silencio. Es uno de los últimos ensayos antes de la interpretación, mañana sábado en la Catedral de Toledo y el lunes en el coliseo madrileño, del «Réquiem» de Verdi. Conciertos que se enmarcan dentro de las celebraciones del IVCentenario del Greco y en recuerdo del recientemente fallecidoGerard Mortier. «La última vez que vi a Mortier -recuerda Muti- fue el pasado mes de diciembre en Roma. Me dijo que no podía morirse sin escuchar una obra de Verdi dirigida por mí». La fatalidad ha hecho que no se haya cumplido ese deseo. A pesar de disentir en algunos aspectos -en 1971 Muti dejó plantado al director belga en el Festival de Salzburgo por desavenencias con la escena-, el maestro italiano, considerado el mejor intérprete de Verdi del mundo, confiesa su «admiración y aprecio» por Mortier.

«Piu legato», señala a la orquesta, tras sonar los primeros compases del «Réquiem»; «diminuendo», indica al coro, pues es enemigo de los sonidos troppo forte. Un vicio que esta partitura ha ido arrastrando a lo largo de su historia y de los que Muti la quiere redimir, devolviéndole su «dignidad» original. «Verdi lo dejó todo escrito», enfatiza. Algo a lo que muchos han hecho oídos sordos en busca de un sonido más espectacular, alejado del recogimiento que en ocasiones precisa esta obra, dedicada al poeta italiano Alessandro Manzoni.

El « Réquiem» de Verdies una partitura que el director italiano conoce muy bien. «No llevo la cuenta pero la he interpretado en todo el mundo -Israel, Sarajevo...- junto a músicos de esos países que en algunas casos tenían que pedir prestado el instrumento». Estos encuentros demuestran «la importancia de la música hoy en un mundo lleno de conflictos, de horrores, de guerras. La música es uno de los elementos que pueden llevar la comprensión a pueblos con distinta lengua, religión, color... Los hombres y las mujeres se reencuentran con un sentimiento que no presenta diferencias, es solo música».

«Si perdemos los vínculos con nuestro pasado se generará un problema en las próximas generaciones». Algo a considerar ante los problemas a los que se enfrenta actualmente la cultura europea «debido a los recortes que han realizado casi todos los gobiernos, también en Austria. Europa es un continente cultural. Si perdemos los vínculos con nuestro pasado se generará un problema trágico para las próximas generaciones. Nunca conocerán su historia si rompemos las raíces con el pasado. Se acabó», sentencia. El maestro desconoce la solución a este dilema «porque no soy un gobernante, pero es algo que afecta a toda Europa. La solución pasaría por esperar, de los gobiernos unidos, que Europa promueva su propia cultura y no se convierta en un museo que vendrán a visitar los japoneses, los chinos... De ser así nosotros habremos renunciado a nuestra identidad».

Muti dirigió el «Réquiem» de Verdi por primera vez en 1971 en la basílica de San Lorenzo, en Florencia, en un entorno muy especial. «La cúpula de la basílica es de Brunelleschi; el púlpito, de Donatello; la tumba de Lorenzo de Medici, de Miguel Ángel, y la música que sonaba era de Verdi. Lo importante no era si la acústica era o no perfecta sino que representaba el triunfo del arte y de la cultura italiana y europea».

La amenaza de la televisión

«Nos hemos convertido en una sociedad visual donde la gente no se comunica». Una cultura que el director de orquesta no cesa de reivindicar y de alertar sobre su decadencia, víctima de la banalidad «que nace ante la falta de cultura, de educación en las escuelas. Los chicos no leen lo suficiente», denuncia. Otro de los problemas que señala es la televisión, «no es cultural, es banal, de talk-show, de cosas superficiales. Nos hemos convertido en una sociedad visual en la que la gente no se comunica, no habla. Ya no se intercambian las grandes poesías de amor del trecento, del quattrocento. Los mensajes de amor de hoy, enviados por móvil, se resumen en “ta” (ti amo). Y cuando el amor es grande escriben “tat” (ti amo tanto)».

En cuanto a la gran presencia de las tecnologías, señala «que tienen sus propias reglas y exigencias. Y los chicos no hablan con nadie. Esto provocará un cambio total en la sociedad. La cultura debe ser hoy un arma contra la banalidad de los medios de comunicación. En algunos países, las páginas de cultura de periódicos importantes se llaman de entretenimiento. No se puede hablar de El Greco, de Dante o de García Lorca en esas páginas. La cultura ha sido abandonada en favor del entretenimiento».

«La música debería ser obligatoria en la cultura. Es un pilar de nuestra historia» Muti asegura que tampoco tiene «la receta» para resolver este problema, pero un paso importante sería introducir la cultura en la educación a edades muy tempranas. «Incluso antes de la escuela primaria. Si esto se hace así, se generará en los niños una necesidad y se les dará además un pan espiritual». Un planteamiento que parece lejos de producirse, pues «existe un gran desinterés por parte de los gobiernos, no solo de Italia o de España, en general. Basta con ver las dificultades que atraviesan las óperas, las orquestas, los teatros... A los jóvenes no les interesa esto, sus intereses son otros». Y defiende de manera vehemente la presencia de la música comoasignatura obligatoria en las escuelas. «Absolutamente. En Europa la música es uno de los pilares fundamentales de su historia. Podemos referirnos a Italia y a España, a la gran influencia que tuvieron los Borbones. Tenemos que preservar el pasado para tener un futuro», insiste.

Un nuevo lenguaje

Si bien el director de orquesta defiende la cultura europea como un todo, también reivindica la identidad propia de cada uno de los países que la componen. «No me opongo a una integración general, una integración cultural, pero sin abandonar nuestra historia. La grandeza de Europa radica en que todas sus naciones tienen su historia, su lengua, su literatura, su música...».

Y adelanta uno de los retos del futuro, «sobre todo entre los nuevos compositores. Consistirá en encontrar un lenguaje que será la expresión de la confluencia de nuestra cultura con las nuevas culturas que llegan. Porque ahora -matiza- estamos un poco estancados. Los compositores escriben sonidos, timbres, orquestaciones interesantes pero no existe un nuevo lenguaje, la sustancia». Una sustancia «a la que contribuirá lo que venga desde Suramérica, de Asia, de Oriente Medio... En el futuro el mundo estará mucho más integrado. El momento actual es muy difícil porque es de transición. Hay muchos experimentos pero pocos resultados», lamenta.

En esta nueva cita con Verdi, Muti se ha puesto al frente de la Orquesta Titular del Real y la GiovanileLuigi Cherubini, que estarán arropados por el Coro del Real y el de la Comunidad de Madrid. En las voces solistas contará con Tatjana Serjan, Ekaterina Gubanova, Francesco Meli e Ilda Abdrazakov.


(ABC / 12-4-2014)

10 LECCIONES DE VIKTOR FRANKL SOBRE LA ADVERSIDAD


por Arantxa Alvaro Fariñas

Este artículo ha sido verificado y aprobado por el psicólogo Sergio De Dios González el 26 septiembre, 2017.

Viktor Frankl, psiquiatra y escritor, fue internado durante la II Guerra Mundial en Auschwitx, Dachau y otros campos de concentración. Esa experiencia y su formación, le permitieron hacer una gran reflexión sobre el sentido de la vida, también sobre la adversidad, que plasmaría en diversos libros, entre los que destaca “El hombre en busca de sentido”.

Fundó la logoterapia o análisis existencial. El término deriva de “logos”, acuñado por Heráclito de Éfeso en el siglo VI a.c., Viktor Frankl lo utiliza como “sentido”, es decir, la logoterapia es la terapia que se enfoca en descubrir el sentido de la vida para cada persona. Se trata de una terapia que se utiliza para personas que sufren problemas existenciales, ante algún cambio profundo o debido a una crisis personal.

Todos pasamos por situaciones en la vida que nos producen sufrimiento y que no sabemos cómo afrontar, pero no existe una fórmula que funcione siempre, sino que debemos aceptar que el sufrimiento es parte de la vida.

«Quien tiene algo por qué vivir, es capaz de soportar cualquier cómo»

Friedrich Nietzsche

Las lecciones que nos puede dar una persona que estuvo tres años en un campo de concentración y supo superarlo, se deben considerar para hacernos ver la vida desde otra perspectiva y para motivarnos día a día. Estas son algunas de las lecciones que nos enseñó Viktor Frankl.

La importancia de elegir

La diferencia entre una persona que sabe superar sus problemas y enfrentarse a la adversidad en la vida y una persona que no logra esa superación, es que la primera es una persona que decide, que elige ser una cosa u otra, a pesar de las condiciones que le toque vivir.

La vida tiene sentido en cualquier circunstancia

El Doctor Frankl habla en este sentido de la desesperanza como una operación matemática. La desesperanza es igual a sufrimiento sin propósito. Si una persona no puede encontrar un sentido a su sufrimiento, tenderá a la desesperanza. Pero si la persona es capaz de encontrar un sentido a la adversidad, puede convertir sus tragedias en un logro, en una forma de superación.

“El amor a uno mismo es el punto de partida del crecimiento de la persona que siente el valor de hacerse responsable de su propia existencia”

Viktor Frankl

Tus acciones diarias te llevan a ser la mejor versión de ti mismo

Esa es una pregunta que nos debemos hacer cada día para saber quiénes somos y quiénes queremos ser, para lograr ser la mejor versión de nosotros mismos, para mostrar lo extraordinario que hay en cada uno y que los demás lo vean y puedan apreciarlo.

Piensa en por qué o por quién vale la pena vivir

Todos tenemos un por qué o por quién vivir, una razón que nos permite seguir adelante cada día, que nos motiva y que da sentido a cada segundo de nuestra existencia, a cada paso que damos o a cada acción que realizamos. Cómo reaccionamos ante condiciones que no pueden ser cambiadas, depende de nosotros.

Si no tenemos poder para cambiar la situación, siempre podemos elegir nuestra actitud frente a esa situación. Es decir, siempre hay algo en nuestro interior que podemos cambiar, cómo nos sentimos, siempre hay una parte de nosotros mismos que depende sólo de nosotros.

No importa que no esperamos nada de la vida, sino si la vida espera algo de nosotros. Piensa en lo que le aportas a la vida, en lo que espera la vida de ti, porque nuestra vida nos cuestiona y nos exige continuamente.

Lo que debemos preguntarnos es qué podemos hacer para cambiar nuestra vida, qué le aportamos al mundo y reaccionar en consecuencia

La adversidad y el sufrimiento existen

Todo lo malo de nuestra vida es algo que existe y que debemos aceptar. Se crea una tensión entre lo que ya se ha logrado y lo que todavía queda por lograr. No necesitamos vivir sin adversidades, sino saber que van a existir, que son parte de la vida y que debemos luchar por algo que merezca la pena, dar un sentido.

“Ser lo que somos y convertimos en lo que somos capaces de ser es la única finalidad de la vida”

Robert Louis Stevenson

Nadie es indispensable, pero todos somos irremplazables

Cuando se acepta que es imposible reemplazar a una persona, se manifiesta la responsabilidad que el hombre asume ante su existencia. Un hombre que se hace consciente de que le espera una persona o de que tiene una obra inconclusa, asume su responsabilidad y conoce el por qué, el sentido de su vida.

Descubre el sentido de tu vida

El interés del hombre no es encontrar el placer o evitar el dolor, sino encontrar el sentido de la vida. Incluso en los momentos en los que sufrimos, debemos encontrar un sentido a ese sufrimiento.

Nadie puede ponerse en tu lugar y sufrir por ti, por lo que tu única oportunidad es la actitud que adoptes ante el sufrimiento. Todos tenemos una razón de ser, pero a veces, no somos conscientes de esa razón. ¿Qué visión tienes ahora sobre la adversidad?


(La mente es maravillosa / 9-12-2015)

CHICO BUARQUE - SAMBA Y BOSSA NOVA CONTRA LA REPRESIÓN


por Estefanía Camacho

La dictadura militar intentó callarlo, pero Chico Buarque no ha dejado de cantarle a la libertad

Francisco Buarque de Hollanda nació el 19 de junio de 1944 en Río de Janeiro, hijo de una artista y un historiador de renombre en Brasil. En 1968 era de los artistas más perseguidos por los agentes de la dictadura, pues entre sus convicciones estaban cantar bossa nova, protestar contra el régimen y jugar futbol. Las dos primeras eran motivo de represión.

Los tiempos del bossa-nova que hablaban del mar, el sol y las chicas hermosas habían quedado atrás junto con los años de crecimiento económico. El régimen totalitario que arrancó en 1964 lo había cambiado casi todo. Así, Buarque componía bossa y sambas cuyos sonidos remitían a la quietud de una playa, pero con letras provocadoras hablaban sobre la sustracción de personas a la mitad de la noche.

En 1968 Chico Buarque escribió la canción “Roda Viva” tras participar en la Marcha de los Cien mil, en la que se reunieron estudiantes, artistas e intelectuales para protestar en Río contra la dictadura. El problema no fue la canción, si no su presencia en la manifestación, que provocó que miembros del Comando de Caza a los Comunistas (Comando de Caça aos Comunistas) irrumpieran en un teatro de Sao Paulo donde se presentaba la obra para la que fue compuesta “Roda Viva”. Esa noche golpearon a los actores y destruyeron las instalaciones del recinto cultural.

En ese mismo año escribió “Com açúcar, com  afeto”, que cuenta la hermosa historia de una mujer que espera a su marido, quien le dice que no llegará tarde de trabajar. Sin embargo, ella sabe que luego del trabajo pasará por el bar a discutir de futbol y que, aunque llegue tarde, lo recibirá con el mismo amor con el que lo despidió por la mañana.

Buarque también escribió “Bom tempo”, considerada por muchos una pieza que no encajaba con los tiempos de represión de entonces, pues estaba dedicada al futbol. La canción le ganó el segundo lugar en la Bienal de Samba de 1968.

“Bom Tempo” es una canción inspirada en el Fluminense, su equipo de fútbol. Habla sobre llegar agotado al domingo, pero con alegría rebosante en su pecho por haber visto al “tricolor” ganar. “Preocupado, corriendo, abatido y golpeado de mis días, pero por una vez en la vida, voy a vivir la vida que le pedí a Dios”, dice su frase final.

En cuanto a las canciones más subversivas, sus letras no eran un invento, sino la descripción fiel de lo que vivían ciudadanos considerados “enemigos” del gobierno. Así canta en “Acorda amor” (“Despierta, amor” en español), que comienza como un sueño en el que personas tocaban a la puerta. De pronto aquello se revela, no como una pesadilla, sino como una realidad oscura que lo lleva a advertir a quien escucha que de no volver a verlo, lo olviden.

En diciembre de 1968, Chico Buarque fue detenido en su propia casa y llevado al Ministerio del Ejército para rendir un testimonio sobre su participación en la Marcha de los cien mil y la obra de teatro Roda Viva. Tras ser liberado, en enero de 1969 pidió permiso a un coronel para salir del país junto a su esposa Marieta Severo y presentarse en un festival de música en Francia. A su partida, el gran Vinicius de Moraes “O Poetinha”, le dijo que cuando volviera, hiciera “ruido para que nadie desapareciera con él”. Buarque permaneció en autoexilio en el continente europeo por más de un año. El músico residió en Italia por los siguientes meses, aunque encontró dificultades económicas para mantenerse ahí con su esposa. El 28 de marzo de ese año nació la primera de tres hijas, Silvia Severo Buarque de Hollanda y logró cerrar un contrato con la disquera Phillips. Para suerte de hincha en autoexilio, el Fluminense ganó el Campeonato Carioca aquel verano. Inspirado por la noticia que le llegó hasta Roma a través de llamadas telefónicas de su padre y amigos, escribió una carta de amor para su equipo varios días después en el semanario O Pasquim, titulado “Un tricolor en Roma”. “Eran las cinco de la madrugada y nadie se manifestaba en los alrededores del Vaticano. Ignoraban quién era el campeón carioca con un silencio canónico y pude constatar en ese exacto momento, que en términos de futbol, yo era el hombre más feliz de Roma”.

“Samba de Orly” es otra pieza de 1969 que escribió Buarque por la añoranza a su país. Se trata de una canción de samba escrita después de ver a su amigo Toquinho partir de Italia a Brasil, cargado de nostalgia y extrañeza.

Originalmente esta pieza se iba a llamar “Samba del exilio”, pero la censura lo obligó a cambiar el nombre y algunos versos.
“Pero no digas nada
Que estuve llorando
Y a los de la barra
Diles que voy blando
Mira cómo es que anda
Aquella vida plena
Y si puedes me mandas
Una buena noticia
Gracias a un periodista en Roma que trabajaba para el Jornal do Brasil, Chico Buarque conoció a Garrincha, uno de los futbolistas más queridos de su país. Ambos se convirtieron en buenos -si no es que en sus únicos- amigos en Europa y pasearon juntos por todos lados.

Al siguiente año, Buarque regresó a Brasil siguiendo el consejo que le hizo Vinicius, “armando un alboroto”. Compuso la canción “Apesar de Você” (A pesar de usted), otra cachetada a la dictadura que persistía. En un primero momento, los agentes el Estado pasaron por alto la canción, que se convirtió en un estandarte de la resistencia brasileña.

Sin embargo, cuando las ventas del álbum se dispararon, la dictadura de Emílio Garrastazu Médici prohibió la canción, la venta del disco y la fabricación de cualquier material de Chico Buarque. En un interrogatorio le preguntaron de quién hablaba en su canción cuando cantaba “você” y él respondió que “de una mujer muy autoritaria”. Luego de este episodio, la censura a su música se endureció y él tuvo que escribir bajo un seudónimo.
“Usted que inventó la tristeza
Ahora bien, tenga la fineza
De desinventarla
Usted va a pagar y se doblará por
Cada lágrima rodada
En mi penar”
En 1970, Brasil ganó la Copa Mundial de Futbol en México y el gobierno aprovechó el suceso para reforzar el nacionalismo en el país. “Meu Caro Amigo”, dice así:
“Aquí en la tierra están jugando y gritan gol
Hay mucho samba mucho choro y rock’n’roll

A veces llueve y otros días brilla el sol
Más yo quiero decirte que la cosa aquí está negra”.
La persecución política a Chico Buarque continuó hasta finales de la década de los setenta y él siguió respondiendo con canciones duras, aunque luego diría que no tenían intención política, que eran poesía.

(GATOPARDO / 19-6-2019)

GEORGE ORWELL, EL PROFETA


por Sofía Viamontes

Un recorrido por las obras más emblemáticas de un escritor que pudo ver el futuro.

George Orwell –que sus papás nombraron Eric Arthur Blair– se estableció como el rey de las distopías, tanto que existe el adjetivo orwelliano para describir sociedades que reproducen actitudes totalitarias y represoras.

Aquellos mundos grises y esclavistas estuvieron inspirados en la vida que llevaba el escritor, primero en Motihari, ciudad en la que nació el 25 de junio de 1903, que formaba parte del imperio inglés en la India; después se fue a Inglaterra y luego a Birmania. Más adelante regresó a Gran Bretaña y vivió también en París.

Dentro de sus múltiples publicaciones, que en total son más de cien e incluyen ensayos, poemas, antologías y libros de no ficción, resaltan las seis novelas que convirtieron su nombre en la epopeya de la distopía.

Los días de Birmania (Burmese Days, 1934)

George Orwell estudió en el Eton College de Windsor, “la escuela más aristocrática del Reino Unido”, según el economista Rahat Nabi Khan. Después de pasar ahí un tiempo que el escritor describió como “relativamente feliz”, decidió unirse a la Policía Imperial India en Birmania.
Su madre, Ida Mabel Limouzin Blair, nació en lo que hoy se conoce como Myanmar y su padre –a quién no había visto desde los dos años– era oficial en el Departamento del Opio del imperio inglés en la India. Eso explica, quizás, su interés por vivir aquella experiencia. 

Tenía 19 años cuando comenzó su servicio en la policía. Aprendió birmano e hindustaní; aprendió de la cultura y gente local, además de una buena cantidad de datos sobre la flora y fauna de Birmania. Después de cinco años, Blair (porque aún no utilizaba su seudónimo) renunció a la policía y regresó a Inglaterra.

De vuelta en Europa vivió como indigente y después de intentar algunos trabajos que no le funcionaron muy bien, se mudó a París por un año y comenzó a escribir su primer libro, Sin blanca en París y Londres (Down and Out in Paris and London) que publicó hasta 1933. Con ese libro nace el seudónimo George Orwell, pues no quería apenar a sus padres con las declaraciones que imputaba en aquella no ficción.

De vuelta a casa de sus padres en Suffolk, enfermo y sin dinero, empezó a escribir Los días de Birmania, donde habla de Kyauktada, un pequeño pueblo en el que un puñado de ingleses, representantes del imperio, sobrevive encastillado en su “club europeo”. Rodeado de la selva y los nativos, a quienes uno de los protagonistas llama “negros asquerosos e infames”, Orwell retrata el daño que provoca el sistema imperialista, ignorante y posesivo.  

La hija del clérigo (A Clergyman’s Daughter, 1935)

La segunda novela de Orwell también fue escrita desde la casa de sus padres. En esta temporada el escritor optó por convertirse en profesor como medio de subsistencia. Esta experiencia y la de vivir en Southwold, un pequeño pueblo en la costa este de Inglaterra, le sirvieron de inspiración para escribir La hija del clérigo.

Dorothy es la hija de un reverendo estricto y poco cariñoso. Condenada a una existencia infeliz, trabaja como criada y enseña en una escuela privada para señoritas, además de mendigar por las calles para conseguir lo necesario para sobrevivir a la gran depresión inglesa. Inesperadamente, Dorothy es llevada a Londres, donde vivirá una realidad completamente diferente a la suya, exiliada incluso de su propia memoria.

Esta obra desnuda la realidad inglesa de los años 30, que con enjundia se había intentado solapar en la literatura. Muestra el yugo de ser mujer y ser pobre, dos características que compartían más de la mitad de la población inglesa de esa época.

Que no muera la aspidistra (Keep the Aspidistra Flying, 1936)

Tras una época muy solitaria, Orwell decide mudarse a Hampstead, una zona residencial de Londres, famosa por sus asociaciones intelectuales, artísticas, musicales y literarias. Ahí el escritor de 31 años comenzó a trabajar en una librería de segunda mano llamada Booklover’s Corner. Durante esa época conoció a muchos otros escritores y artistas, algunos de los cuales formarían parte de su libro Que no muera la aspidistra.

Ahí cuenta el proceso de autoexclusión social de un joven de 30 años, Gordon Comstock, que prefiere un trabajo mal remunerado de ayudante en una pequeña librería a ejercer de publicista en una importante firma con un buen sueldo. Sus ideales contra el universo del dinero, personificado como el El Dios Dinero, una figura que abarca la industria de la publicidad y el City, le llevan poco a poco a la marginalidad en todos los aspectos de la vida, incluido el personal, ya que le resulta imposible casarse con su novia Rosemary «sin un buen trabajo». Hasta sus afanes por convertirse en poeta fracasan ante la imposibilidad de ser creativo sin cumplir con los recursos económicos mínimo.

Subir a por aire (Coming Up for Air, 1939)

En 1936, recién comenzada la la Guerra Civil Española, Orwell decidió unirse al batallón con la idea de “matar fascistas porque alguien debe hacerlo”, como le declaró a su amigo Henry Miller cuatro días antes de enrolarse como brigadista. Llegó el 26 de diciembre, junto con otros británicos que perseguían el mismo objetivo.

El 20 de mayo de 1937, durante las jornadas de mayo, Orwell recibió un tiro en el cuello. Fue retirado del frente, regresado a Inglaterra y después internado por tuberculosis. Sin embargo, en su tiempo después del campo de batalla escribió uno de sus textos de no ficción más reconocidos, Homenaje a Cataluña, donde describe su “admiración por lo que identifica como ausencia de estructuras de clase en algunas áreas dominadas por revolucionarios de orientación anarquista” y también critica al Partido Comunista de España por su control estalinista y la propaganda que usan como manipulación informativa.

En 1946 escribió: “La guerra de España y otros acontecimientos ocurridos en 1936-1937 cambiaron las cosas, y desde entonces supe dónde me encontraba. Cada línea en serio que he escrito desde 1936 ha sido escrita, directa o indirectamente, contra el totalitarismo y a favor del socialismo democrático como yo lo entiendo”.

Como parte de su recuperación de la tuberculosis, Orwell se fue a Marruecos. Desde ahí escribió Subir a por aire, que cuenta los preludios de la Segunda Guerra Mundial, que comenzaba el mismo año en que fue publicado.

George Bowling, el protagonista de la obra, es un agente de seguros que vive en una típica casa inglesa suburbana con su mujer y dos hijos. Un día, después de estrenar su nueva dentadura postiza siente que necesita “subir a tomar aire”. En una carrera de caballos gana 17 libras y decide que con ese dinero regresará a Lower Binfield, el pueblo en el que creció y en el que recordaba con cariño un estanque donde pescaba carpas treinta años atrás. El encuentro con la realidad dista de sus memorias: ya no hay estanque y el pueblo se ha vuelto irreconocible, además de que se encuentra con un “bombardeo accidental” de las fuerzas de la Fuerza Aérea Real.

Rebelión en la granja (Animal Farm, 1945)

Esta es una de las obras más reconocidas de George Orwell. En ella ilustra una alegoría del régimen soviético de Iosef Stalin, que corrompe el socialismo que el escritor defendía como orientación política. Además el argumento construye una hipótesis sobre el peso que tiene la corrupción en las sociedades y lo fácil que es que cualquiera se vea seducido por el poder.

La novela fue escrita en el transcurso de la Segunda Guerra Mundial y en realidad no fue conocida por el público hasta cinco años después de su publicación, en 1950. El argumento de la novela distópica comienza cuando los animales de la Granja Solariega, alentados un día por el Viejo Mayor, un cerdo que antes de morir les explicó a todos sus ideas, llevan a cabo una revolución en la que consiguen expulsar al granjero Howard Jones y crear sus propias reglas, llamados los Siete Mandamientos, que escriben en una pared:
1.   
     Todo lo que camina sobre dos pies es un enemigo.
2.   Todo lo que camina sobre cuatro patas, nade, o tenga alas, es amigo.
3.   Ningún animal usará ropa.
4.   Ningún animal dormirá en una cama.
5.   Ningún animal beberá alcohol.
6.   Ningún animal matará a otro animal.
7.   Todos los animales son iguales.

1984 (Nineteen eighty-four, 1949)

Esta obra fue el broche de oro que colocó a George Orwell como el rey de la distopía, pero también le dio un toque de profeta. No por nada fue éste uno de los libros más leídos después de que Donald Trump asumió la presidencia estadounidense.

Orwell la escribió entre 1947 y 1948 (aunque los esbozos existen desde el ‘44), pero fue publicada hasta 8 de junio de 1949. Mientras la escribía, el escritor pasaba por la fase más grave de la tuberculosis que padecía y fue la última obra que publicó antes de su muerte el 21 de enero de 1950.

El concepto de vigilancia social del Gran Hermano llegó con esta obra al imaginario colectivo y se ha convertido, en uno de los conceptos literarios más retomados en la cultura pop y urbana, pues constantemente nos vemos sumergidos en una realidad muy parecida a la que el escritor describe.

El hilo de la novela lo lleva Winston Smith, que trabaja en el Ministerio de la Verdad. Su tarea es, nada más y nada menos, reescribir la historia para que no contradiga al presente. Poco a poco, Smith se empieza a dar cuenta que su trabajo es sólo una de las muchas artimañas que tiene el gobierno para engañar y someter a la gente. En su ansia de evadir la omnipresente vigilancia del Gran Hermano, que invade hasta las casas, se encuentra con una joven rebelde llamada Julia, también desencantada del sistema político. Ambos encarnan una resistencia de dos contra una sociedad que se vigila a sí misma.


(GATOPARDO / 21-1-2019)

PADRE OPEKA “A LOS POBRES HAY QUE AYUDARLOS CON TRABAJO. EL ASISTENCIALISMO SÓLO GENERA DEPENDENCIA”

por Sergio Rubin
Desde los años 70, el padre Pedro Opeka viene dando una dura batalla contra la pobreza africana, en especial en Madagascar, donde a través de su asociación Akamasoa lleva levantados cinco pueblos donde ya viven veinte mil personas. Sobre la pobreza en la Argentina, es tajante: “La base está en la educación”. 

El padre Pedro Opeka tenía apenas 22 años cuando, como flamante misionero de la congregación de San Vicente de Paul, llegó en 1970 a Madagascar, uno de los diez países más pobres del mundo, con el 71 % de la población por debajo de la línea de la pobreza y una expectativa de vida menor al medio siglo. Tras pasar dos años, regresó a su país y, ni bien se ordenó sacerdote en la basílica de Luján, en 1975, volvió y se radicó definitivamente.

Hijo de eslovenos llegados a la Argentina tras la Segunda Guerra Mundial, no tardó en sumar a su labor religiosa allí la promoción social, al ver a tanta gente viviendo en condiciones infrahumanas en las calles y los basurales, con niños peleando con los cerdos por un trozo de comida.

Enemigo acérrimo del asistencialismo, decidió ayudar a los pobladores a salir de la pobreza con su propio esfuerzo. Fundó la Asociación Humanitaria Akamasoa (que en lengua malgache significa “Los buenos amigos”), consiguió tierras fiscales y ayuda económica para comprar materiales y herramientas y –con la ventaja de haber aprendido el oficio de albañil de su padre- levantó con los futuros habitantes cinco pueblos donde viven más de 20 mil personas. Además, logró que miles de chicos asistan a la escuela y otros miles de personas trabajen en emprendimientos que puso en marcha. A la vez que medio millón recibió apoyo en su centro de acogida.

¿Cuál es su fórmula para salir de la pobreza?

Trabajo, disciplina y honestidad. Y respeto: no decir una cosa y hacer otra. El trabajo dignifica y hace sentir bien porque uno ha creado algo con sus manos, gracias a su capacidad y talento.

Usted es muy crítico del asistencialismo…

Sí, porque es asistir por asistir para que no tengamos problema. Pero cuando se reparte dinero para que cada uno haga lo que quiera se está creando una dependencia de esa ayuda que no es respetuosa del ser humano. Es cierto que tiene que haber una ayuda del Estado para los casos difíciles como las madres solas con muchos hijos o a los discapacitados. Hay que ayudar, pero no asistir.

O sea, usted le facilitó los medios, pero la gente construyó sus propias casas…

Así es. Y ellos se sienten propietarios porque dicen: “las hicimos nosotros”, “son nuestras casas”, no las casas de alguien que se las regala. Sudaron, sufrieron para lograrlo, lo cual los lleva a que no dejen que se les deteriore. Además, les queda una experiencia de superación por el esfuerzo que se las transmiten a sus hijos.

En la Argentina los subsidios se han perpetuado…

Eso no se puede parar de una manera automática porque hay que crear conciencia. Hay un trabajo que los argentinos tienen que hacer, sobre todo los responsables, que pasa por convencer a las personas de que es indigno que la gente viva sin trabajar. Todo el mundo tiene que comprender que se vive sólo del trabajo y haciendo un esfuerzo para la comunidad a la que pertenecemos y en la que tenemos derechos y también deberes.

Pero existe el extendido prejuicio de que muchos son pobres porque son vagos…

No. El pobre no es vago. He visto que cuando al pobre se lo recibe como un hermano reacciona como dignamente. Si al pobre se lo desprecia, se le grita, no se lo trata de una manera respetuosa, se encierra y no avanza más. Hace falta una pedagogía humana hacia los que sufren. Tienen heridas profundas y para que sanen se necesita mucho tiempo. Hace falta ayudarlos a que se reencuentren con su dignidad. Y eso no se consigue con un decreto.

¿Por qué cree que un país potencialmente tan rico como la Argentina tiene tantos pobres?

La base está en la educación porque, en definitiva, no supimos ser responsables ante la riqueza que Dios nos dio, no supimos compartirla de una forma más justa y honesta. Quizá aquí hubo mucha pelea por quién iba a ser más rico, más poderoso, quién iba a tener más honores, más privilegios. Aquí padecemos un poco la enfermedad de aparentar. ¿Por qué no somos lo que somos?: hermanos. Y como tales, ¿por qué no nos ayudamos? Todos somos iguales ante la ley y ante Dios.

Usted reclama justicia, pero también honestidad…

Porque hay mucho dinero que se roba y que se esconde. Hay mucha corrupción. La corrupción tiene que desaparecer. La Argentina siempre fue creyente. Más allá del respeto a los que no creen y a los que pertenecen a otras religiones, aquí hay raíces cristianas que no se pueden ignorar y el Evangelio tiene todas las virtudes para que seamos felices juntos, en la fraternidad, en el compartir, en el dar la vida por el hermano.

Usted estuvo hace poco con el Papa, que hace mucho hincapié en los pobres…

¡Y que parece que el año que viene va a ir a Madagascar! Un hombre que tiene mucha paz, mucha energía y mucho espíritu evangélico en el corazón. Me recibió como un padre, con una calidez humana que me sorprendió y una gran atención.

Hace tiempo que se baraja su candidatura para el Premio Nobel de la Paz…

Tengo pocas chances de recibirlo porque soy un sacerdote católico. Pero a mí la gente de mi pueblo me da el Nobel todos los años… -Le retribuyen su entrega… -A ver… nunca tuve nada y al mismo tiempo lo tengo todo. Porque cuánto más compartí, cuánto más di, más recibí.

(Clarín / 22-7-2018)

EL URUGUAY SE ROMPIÓ - JORGE LIBERATI especial para elMontevideano



La opinión de muchos desencantados podría resumirse así: el país se rompió. Es posible atemperar este juicio aplicando un examen detallado del tipo que suelen hacer los políticos, distinguiendo aspectos buenos y malos, señalando todo aquello que lejos de romperse fue recompuesto, reparado o incluso creado nuevo. Pues no se rompió todo. ¿Qué fue lo que se rompió? Lo que comprende la faz cualitativa, casi todo aquello en que triunfó la impotencia ante el debilitamiento de la moral, el asalto de la violencia, en que se impuso la promoción de la “viveza criolla”, y en que se ausentó la indignación radical frente a la delincuencia. Lo ha roto un manto oscuro que lo envuelve todo y que oculta la forma por la que se ha llegado a defender la inutilidad de la cultura, lo inconducente del saber, la improbable necesidad del trabajo.

No hay duda de que se crearon múltiples instituciones para promover valores y beneficios, para extender derechos, para que todos quedaran comprendidos dentro de las bondades del sistema. Debería resultar un rotundo pleonasmo la nueva expresión democracia inclusiva, nueva exigencia de los tiempos. Pero las iniciativas humanizadoras y civilizadoras resultaron impotentes y sirvieron para favorecer sólo a unos pocos individuos vinculados a los círculos del gobierno, del dinero y del Estado, tan huérfanos de cultura como aquellos que quedaron fuera.

¿Qué se rompió? El Uruguay cultural. Se nota en la vía pública, en el trato con la gente, en el habla desarticulada, en el arco de los afanes y ambiciones personales, en las lecturas que se ve que hegemonizan la atención visto el contenido en los escaparates de las librerías. Se advierte en los muros pintarrajeados, en la paleta incompatible de los colores de objetos, vestimentas, muebles, cosas. Se advierte en cómo un pueblo se convierte en masa, en cómo los uruguayos, otrora bien pertrechados de conocimientos fundamentales, preparados por una escuela y un liceo que acogían y mejoraban a todos, hoy representan los antecedentes de una desgracia general.

¿Qué le ocurrió a la “tacita” en la que algunos creían ver la civilización? Recuérdese el famoso enfrentamiento entre civilización y barbarie, polémica fórmula sarmientina que fue analizada ya en el Uruguay del siglo XIX y deconstruida por finas argumentaciones de Bernardo P. Berro, José Pedro Varela y otros personajes del pasado. ¿O será que la barbarie, como la de aquellos tiempos de gestación de la civilidad en los que servía de justificación a la intervención foránea y a los intereses de los “civilizados”, hoy vuelve con propósitos ocultos? Aquella terrible idea servía de excusa para legitimar la destrucción de toda la originalidad autóctona, el ingente potencial en acecho que esperaba encausarse y canalizarse por algún medio.

Se carecía de civilización porque imperaba la ignorancia, no la barbarie, la simple y todopoderosa ignorancia. Era la oscuridad que no dejaba salir del pozo para airearse con la instrucción, el conocimiento, el empeño de superación que se alcanza si se entra al mundo de la cultura, pero de la cultura que se necesita y de la que se carece. Porque hay diferentes clases de cultura. La imprescindible se avizora franqueando las murallas que falsean la visión de la vida y de la historia. Se advierte en la lucha por las máximas aspiraciones y que consagra la obra de la humanidad, material y espiritual. La verdadera barbarie es la ignorancia, que no perdona condición geográfica ni social. Es la orfandad de conocimiento y la insensibilización espiritual. Las otras culturas, las que ya se tienen, son epistemológicamente neutras y responden a la tradición, a las costumbres y al esparcimiento. La cultura que se necesita se obtiene sólo con trabajo y sacrificio y es la única que “saca del pozo” a un pueblo.

La ignorancia, el analfabetismo completo o funcional, la endémica estrechez de miras, el desamparo rural o urbano es lo que hunde a un país. Y, junto a la ignorancia, la estructura parental y discriminatoria que dejó el coloniaje y que se institucionalizó en forma paralela a la democratización. No es sólo la pobreza, no sólo la distancia que separa el desierto campestre o la miseria ciudadana de los beneficios de la civilización. Lo que hace la diferencia es algo más, es la falta de cultura. No es sólo el aislamiento, la inferioridad de condiciones, la temporalidad retrasada que nos aleja del desarrollo. Es la fatalidad en que se acorrala siempre la falta de imaginación creadora, el provincianismo envolvente, la falta de luces mentales y espirituales. Es la ausencia de visiones relampagueantes con que ilumina la educación, la escuela y el liceo, que hoy se tildan de extemporáneas, anacrónicas, librescas, y que se supone que chocan con los nuevos tiempos, aunque sean las únicas capaces de abrir las ventanas cerradas. Por cierto, hay nuevos males morales que obran como epidemias, pero se ha sido permisivo, se ha colaborado, se ha dejado correr el engaño, que algunos beneficios perecederos se entronizaran. El mal, pues, se lleva adentro.

Pero, si automáticamente se intenta acomodar un artefacto que se rompe, si se puede reparar una lámpara que no funciona, el tirador del placar que se soltó, la cerradura de la puerta, de la misma manera, y si la cultura está rota, lo que se debe hacer es repararla. No se puede procurar otra, cambiar la vieja por la nueva, porque la cultura no es prefabricable, comprable ni intercambiable. La cultura uruguaya se nos rompió a nosotros, a quienes la habíamos construido con esfuerzo de décadas y décadas El inventor no necesita cambiar su invento por otro, adquirir uno ajeno para sustituir el propio. Puede solucionar el problema de su invención porque la invención es suya.

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...
Google+