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jueves

ACERCA DEL ESTADO DEL CUENTO EN LA AZAROSA ACTUALIDAD DEL SIGLO XXI

 

por Ulises Paniagua 


Comparto una serie de reflexiones acerca del estado literario del cuento. Se trata de quince puntos específicos que espero puedan contribuir, de algún modo, a resolver ciertas dudas o, en su defecto, a expandir preguntas múltiples acerca de este género tan bello, profundo y misterioso. Que los lectores salven a nuestro querido cuento, durante largos años:

1. Un cuento moderno o posmoderno es una narración breve, espléndida, continua, fresca, llena de vitalidad; aunque no mínima. Posee ante todo unidad, se puede y se debe leer, como diría Allan Poe, en una sola sesión, sin distracciones mayores durante el hilo conductor de la trama. En el cuento lo más importante no son los personajes o su psicología, sino el evento. El "hecho", es decir, "lo que ocurre", es la base del relato, ya sea este realista o ficticio. Suele y debe ir asociado al asombro, a un profundo interés por los misterios del universo, o al menos de la condición humana.

2. El cuento literario es un producto de la modernidad, y tiene su derivación en la posmodernidad. Es situacionista, porque se inscribe en las preocupaciones del ser humano del siglo XX y XXI, con la consecuente búsqueda del orden del caos, o del desorden caótico dentro de la rutina. Por otra parte, el cuento literario contemporáneo no intenta explicar el mundo o brindar lecciones, como sucede en las antiguas fábulas, parábolas o historias populares. Es más, en ocasiones disfruta de una profusa ambigüedad. 

3.  A diferencia de los relatos populares, en el cuento actual es esencial la prosa, el uso del lenguaje. En lo popular era fundamental lo que se contaba. En el cuento literario moderno y posmoderno no sólo es indispensable lo que se cuenta, sino la estructura y el estilo, es decir el “cómo se cuenta”. Borges, Carpentier, Lispector, Rulfo, Munro o Cortázar no serían ellos si les restamos la prosa espléndida a tales genialidades. Las escuelas de literatura surgidas recientemente han contribuido con ahondar en las preocupaciones formales o estilísticas, por fortuna.

4. Otra diferencia es que al cuento popular le divierte la candidez en el relato (donde encuentra cierta sabiduría). El cuento moderno y posmoderno es incisivo y pretende ser inteligente, aún en su inocencia. Muchas veces, desde luego, mantiene cierto humor negro o un dramatismo ácido. El cuento popular surgió de un proceso de creación espontánea bucólica ante la vida. El literario se somete a dos vertientes antagónicas: la razón o el inconsciente. La vida no enseña con mucha dulzura en el cuento moderno.

5. Cada día me convenzo de que aún los cuentos posmodernos, en medio del fervoroso ciclón de la vanguardia o la búsqueda de originalidad, deben poseer el “encantamiento” del que habla Vladimir Nabokov. Un cuentista es un “encantador”, no debe olvidar que la intención de su historia es llegar a un público al que debe cautivar, como las abuelas y los abuelos con las historias que contaban a los nietos.

6. Los cuentos deben aspirar al suspenso o la máxima concentración del lector o espectador a través de la enunciación de una serie de sucesos que desembocarán en un final, ya sea asombroso, o esperado pero simbólico. De este modo el cuento mantiene sus orígenes etimológicos: contus, es decir, enumerar, contar una serie de eventos que relatan un hecho, "un algo" que ocurre, ya en el plano real, ya en el universo fantástico.

7. Existen diversas formas de escribir un cuento moderno o posmoderno; pero me avoco a pensar que he detectado al menos siete maneras desde el inicio del siglo XX hasta hoy (segunda década del siglo XXI): 1) el método de Poe;2) “el antimétodo” de Carver: 3) las ficciones calvinescas y borgeanas; 4) los microcuentos; 5) los cuentos inter, meta y trans textuales; 6) el “método de la licuadora”; y 7) la corriente feminista.

8. El método de Edgar Allan Poe consiste en un relato preciso, exacto, casi matemático, que suele concluir con un final inesperado (un giro de tuerca), y busca “ganar por nocaut”, como lo comento alguna vez Julio Cortázar. Para el cuento moderno es importante iniciar con una frase contundente, al modo de “El día que lo iban a matar, Santiago Nasar se levantó a las 5:30 de la mañana para esperar el buque en que llegaba el obispo”, o “Cuando Gregorio Samsa despertó una mañana después de un sueño intranquilo, se encontró sobre su cama convertido en un monstruoso insecto”.

9. El estilo de Raymond Carver tiene grandes fundamentos en Anton Chéjov; es de algún modo un “antimétodo” si lo comparamos con los consejos de Poe; es ajeno una precisión matemática; se trata de historias que poco tienen de breves, que retratan el absurdo de las relaciones amorosas o sociales, y suelen tener un final abierto, además de ajeno a lo dramático, Concluye por lo general con una frase que funciona como una puerta hacia múltiples interpretaciones , y se desarrolla en medio de la mediocridad intencional de sus protagonistas.  

10. Las ficciones son un género practicado por autores como Jorge Luis Borges, Italo Calvino, Franz Kafka, Giovanni Papini, Julio Torri y Juan José Arreola. Son historias breves, escritas con una prosa deliciosa; se trata de textos no mayores a dos páginas por lo general, y que tienen mucho que ver con el asunto de la imaginación, o un tema de libros. Ejemplos de ello son las ciudades invisibles o los manuales de zoología fantástica. Las ficciones son un género de relatos altamente literarios, muy cercanos a los viajes imposibles y las bibliotecas.

11. Los microcuentos son historias brevísimas, casi siempre de corte humorístico, que al modo de un haikú dejan al lector envuelto en un eco de lo leído. Gozan de una precisión contundente, o al menos asombrosa de algún modo. Pero cuidado, hay que guardar respeto a este estilo. Es frecuente que ciertos autores escriban chistes pésimos o aforismos insípidos, y pretendan engañar a los lectores haciendo pasar sus textos por microcuentos.

12.  La intertextualidad brinda diversidad a la literatura, de manera actual y no tan actual. Se trata de juegos literarios donde se cita una obra para hacer de ella una parodia o una distopía. Se juega, como Borges, para citar nombres de autores inexistentes y mezclarlos con fuentes reales; se realiza la continuación de un libro famoso, o se recurre a novelar la vida de un autor imaginario. Como ejemplo, el libro “El año de la muerte de Ricardo Reis”, de José Saramago, donde el autor hace asistir al funeral de su heterónimo, al mismísimo autor portugués, Fernando Pessoa. Es necesario aclarar aquí que lo o inter, trans o metatextual no es una novedad; lo encontramos ya en las antiguas historias de “Las mil y una noches”; en la casi secuela de la “Eneida”, de Virgilio, con respecto a “La Iliada” y la Odisea” de Homero;y en el propio Quijote.

13.  El “efecto licuadora” es el resultado de la posmodernidad, y quizá de la hipermodernidad. Es un método que fusiona asuntos y géneros, de tal modo que se puede reproducir un relato con preocupaciones filosóficas, dialécticas y estéticas al mismo tiempo, tras la apariencia de un ameno relato (así lo hace Mario Bellatin desde su “Escuela dinámica de escritores”). “King Kong” es otro ejemplo de ello, pues dicha historia se trata en evidencia -no tan evidente- de una historia de aventuras, y al mismo tiempo de una historia de amor y terror, con una dosis metafórica donde la naturaleza vence a la necia y prepotente “civilización” humana, al menos durante unos días. Guillermo del Toro, a través de sus guiones de cine, es alguien que maneja de modo magistral este “efecto licuadora”. Una novela que, bajo esas características, fusiona un barroco posmoderno con cierto “realismo surrealista de tinte poético”, es “Paradiso” de José Lezama Lima.

14. Como un método adicional podemos agregar las historias feministas que, dentro del género fantástico, realista, e incluso dentro del género de la ciencia especulativa, han logrado producir conciencia y visibilidad hacia la mujer y. con ello, modificar el rumbo del mundo. Ejemplos de ello son la novela -llevada al cine- “Fóllame” (Baise-Moi), de Virginie Despentes, y “El quinto hijo”, de Doris Lessing (Premio Nobel 2007).

15.  Finalmente, como epílogo y resumen de este corto ensayo, es necesario manifestar mi ferviente deseo acerca de que el cuento perdure mientras exista la humanidad. Seguramente así será, porque al ser humano le fascina y le seguirá fascinando escuchar o leer una serie de eventos afortunados, o en su caso desafortunados (a la manera de Charles Dickens), que se presentan ante sí como un espejo o un monstruo; una transparencia de ilusiones propias, o en todo caso, de los más íntimos deseos y los hondos temores. El género del cuento, por humano e imposible, es inmortal. Y de vez en cuando, por fortuna, amoral.


(Nido de palabras / 7-8-2021)

ULISES PANIAGUA / DESDE MÉXICO para elMontevideano Laboratorio de Artes

 

 

MAPLES ARCE EN LA CIUDAD

 

ANTES QUE TODOS, EL ESTRIDENTISMO

 

 

El amor y la vida

son hoy sindicalistas

Maples Arce

 

La primera ola                 

 

Décadas antes de que nacieran “los infras”[1]. En tiempos precedentes a Arturo Belano y sus detectives salvajes, quienes recorrían la avenida Bucareli, las callejuelas y casonas abandonadas de las colonias Juárez y Condesa. Años antes incluso de Ginsberg y Kerouac, poetas de la generación beat -que emprendieran caminatas nocturnas bajo rascacielos, y que “pobres y harapientos y drogados pasaran la noche fumando (…) flotando sobre las cimas” de Nueva York- (Ginsberg, 1957). Antes de ello, antes que todos, ya existían los estridentistas. Ellos inauguraron, en gran medida, la apología urbana y clandestina de los tiempos que corren.

 

La corriente del estridentismo surge en México en la década de los años veinte del siglo pasado, bajo la influencia de las vanguardias europeas, entre ellas la Bauhaus, y los famosos “ismos”: expresionismo, surrealismo, dadaísmo. Bajo el lema de “Viva el mole de guajolote y el agua de tonaya”, los estridentistas iniciaron un importante movimiento que hoy podría denominarse contracultural. Movimiento encabezado, entre otros nombres, por Manuel Maples Arce, Germán List Arzubide y la poeta Concha Urquiza (la Cesárea Tinajero de Roberto Bolaño). Otra mujer notable en tal tendencia fue Tina Modotti, como apunta el propio Maples Arce en sus memorias.

 

La poética del estridentismo fue, en esencia, un encomio de la tecnología y de cierto futurismo que presagiaba una vida mejor para la raza humana a través de la ciencia. La ciudad se concebía como un referente ante la anacrónica vida provinciana. El estridentismo promovió el uso de la máquina, la velocidad del automóvil, los ruidos industriales “locomotoras, gritos / arsenales, telégrafos / sindicalistas” (Maples Arce, 1922). En aquellos años, se creía en una promesa social que se desvaneció al paso del tiempo (me pregunto qué opinarían hoy los escritores estridentistas acerca de la ciudad). Quizás el libro más célebre de esta generación, es el escrito por Maples Arce, en 1922: Andamios interiores.

 

Los poemas escritos a través del estridentismo mantuvieron virtudes particulares que les caracterizaron. Tal vez por ser una corriente que abrevaba de la languidez del modernismo y de lo caótico del futurismo, en sus versos encontramos cierta hibridez, una mezcla interesante: la vanguardia de la poesía visual o conceptual y las frases que acusan una búsqueda melancólica (residuo de la poesía moderna). Maples Arce escribe, en su poema Tras los adioses últimos:

 

Tardes alcanforadas en vidrieras de enfermo

Tras los adioses últimos de las locomotoras

Y en las palpitaciones cardiacas del pañuelo

Hay un desgarramiento de frases espasmódicas

 

(…) A espaldas de la ausencia se demuda el telégrafo

Despachos emotivos desangran en mi interior

Sugerencia, L-10 y recortes de periódicos;

¡oh, dolorosa mía

tú estás tan lejos de todo,

y estas horas que caen amarillean la vida!

(Maples Arce,1922)

 

Leer Tras los adioses últimos produce sensaciones poderosas, y desde luego, contradictorias. Los versos lindan entre la furia y la calma, entre lo lírico y la numeración caótica que se practicará en la posmodernidad. Hay una “dolorosa mía”, junto al “L-10[2] y los recortes de periódicos”.  Dos lenguajes distintos. Todo un universo. Este sentido híbrido es, sin duda, el que caracteriza la propuesta estridentista.

 

Algunos poetas de los que los que el movimiento recibió una influencia directa fueron José Juan Tablada y Ramón López Velarde. Aunque con ellos, poetas admirados, no entablaron una relación cercana. “A Tablada no lo traté, era mucho mayor”; dice el autor de Andamios interiores (1922). “A Ramón lo conocí en la peña de Revista de Revistas. Era un poco hermético. Lo recuerdo como a un hombre alto, buen tipo”. También fueron influidos por escritores extranjeros, desde luego. Uno de ellos fue Walt Whitman (a quien también admirarían los beatniks). Sin embargo, de quienes descubren una poética intelectual, deslumbrante, son los autores belgas Verhaeren, Maeterlinck y Van Lerberghe. Por otra parte, reconoce la deuda contraída con los poetas “de mayores inquietudes, más internos, de mayores inquietudes: los románticos”.

 

El personaje

 

Manuel Maples Arce nace en Papantla, Veracruz, en 1898. Desde muy joven poseyó una visión particular de la poesía. En 1940, en la Antología de la poesía moderna publicada en Roma, Italia, y que representó una respuesta a los Contemporáneos, poetas con los que el estridentismo no simpatiza, Maples Arce define a la poesía como “una de las más prodigiosas experiencias humanas, pues a los temas eternos de la naturaleza, el amor y la inteligencia, que son el espejo de nuestro yo, vienen a reflejarse las rebeldías, los sudores oscuros y las tragedias que devastan las estaciones y los seres a las puertas blindadas de nuestro tiempo”.

 

De esta visión surgen los primeros textos de su autoría, poemas particulares a los que por cierto, en pleno siglo XXI, habría que echarles un segundo vistazo para comprender la profundidad de su propuesta. Maples Arce considera que su libro de juventud más importante es Poemas interdictos, anterior a 1925. Un libro del cual se sintió más que satisfecho a lo largo de su vida. Más tarde, Maples Arce se establecerá en la Ciudad de México. Allí se desenvolverá en el medio periodístico y diplomático, a la par que en el poético. El camino que emprende durante su vida le obliga a reconocer, décadas después, que su ars poética se transformó al paso del tiempo, en medio de nuevas experiencias:

 

La poesía es una creación intelectual y mi evolución literaria va parejamente con otros conceptos de la poesía misma. Hay algo en el interior en el poeta que podría llamarse intencionalidad, es decir, el afán y el sentido que imprime a sus poemas. La diplomacia me permitió penetrar en otros idiomas, otra cultura, tener contacto con otros países.

 

El concepto que Maples Arce tiene de la poesía es mutable, al punto de volverse complejo. En la entrevista de 1980 que le realiza Cristina Pacheco, declara que literatura y poesía no son lo mismo. Hasta tal grado lleva la capacidad de reflexión, aunque no es muy claro al respecto:

 

-Yo, en realidad, por lo que me he interesado es por la poesía.

-La poesía, ¿no es literatura?

-Claro que no. La poesía es poesía y por eso cuando me encontré aquel rimero de periódicos y leí lo que dijo (Manuel José) Othón –“una eterna nostalgia de esmeralda”- me levanté gozoso y dije: “Que no me vengan con cuentos: yo sé que ésta es la poesía”.

 

La política, la ciudad, la fama 

 

Es interesante descubrir, a través de las palabras de Maples Arce, cómo por infortunio el mundo cultural mexicano se ha visto envuelto en conflictos políticos y politiqueros en cada etapa de su historia; es decir, parece repetirse la forma en que la cultura se asume como medio de control político. Maples Arce definió así al estridentismo: “No es una escuela ni una tendencia, ni una mafia intelectual como las que aquí se estilan. El estridentismo es una razón de estrategia. Una irrupción”. Cuando Cristina Pacheco, en la entrevista, le pregunta a qué mafia se intelectual se refiere, el poeta hace mutis de forma delicada para no cometer una indiscreción. No revela nombres ni apellidos, pero aclara:


Me refería a las mafias en general, que utilizaban los recursos nacionales para su propaganda personalísima y hasta para perseguir a poetas de altos méritos. No fueron pocos los casos en que bloquearon a alguna persona la posibilidad de trabajar en la Secretaría de Educación, que representaba entonces casi la única posibilidad interesante para que un escritor subsistiera.

 

El manifiesto estridentista aparece en pancartas clandestinas en diciembre de 1921. Y es específico al respecto. En plena época posrevolucionaria, México se hallaba hundido en una mediocre guerra política. Muchos políticos y artistas se refugiaron en Estados Unidos debido a la convulsión del momento; mientras tanto, el país sufre una parálisis económica y cultural. Maples Arce se revela contra ello en los catorce puntos del “Manifiesto Estridentista”. Así, exige:

 

Que la pintura sea también una pintura de verdad, con una sólida concepción del volumen.

 

En otro de los puntos del manifiesto es a la vez contundente, soñador y visionario. El manifiesto juega con requerimientos culturales específicos, tanto como con la capacidad metafórica al elaborarlos:

 

Nuestros principios son los obuses encendidos que estallan en el corazón de la hora presente. El estridentismo es la primera subversión intelectual que se hace en América, para salvar a la generación futura. Pero nos hace falta mucho todavía. Es preciso fumigar algunos cenáculos y también algunos despachos de estado.

 

Para efectos de difusión de esta declaración, y del movimiento en general, el diario “El universal ilustrado” cumplió una función fundamental. Su papel fue preponderante en la difusión de las nuevas teorías literarias y aún plásticas. En sus páginas aparecían entrevistas, encuestas, reseñas sobre libros de vanguardia. Fue importante también el apoyo que le brindó al proyecto el entonces gobernador de Veracruz, el general Jara.

 

En la biografía de Manuel Maples Arce se vuelve interesante su relación con distintas ciudades de la república. El paisaje citadino, su estridencia, su vertiginosidad, fueron relevantes para el poeta, hasta el punto de titular uno de sus libros Urbe (1924) -libro que dedica a los obreros de México-. Tal poemario, conocido en Estados Unidos como Metrópolis, fue traducido por el propio John Dos Passos, admirador de la obra del autor veracruzano. Para el estridentismo, la ciudad es un territorio relevante, un espacio fundamental. Maples Arce lo hace percibir así, en su poema Prisma:

 

Yo soy un punto muerto en medio de la hora,

equidistante al grito náufrago de una estrella.

Un parque de manubrio se engarrota en la sombra

y la luna sin cuerdas me oprime en las vidrieras

Margaritas de oro

deshojadas al viento.

 

La ciudad insurrecta de anuncios luminosos

flota en los almanaques,

y allá de tarde en tarde,

por la calle planchada se desangra un eléctrico.

El insomnio, lo mismo que una enredadera

se abraza a los andamios sinoples del telégrafo

(Maples Arce, 1922).

 

La relación de Maples Arce con la capital es profunda. Se instala en el Centro Histórico, para vivir a fondo la vida cotidiana, aunque también la cultural, de aquellos años.


Viví en una casa de estudiantes en la calle de Colombia número 13, que había estado ocupada por Aureliano Blanquet. Luego me mudé a Santa Catarina. No fue mi primer viaje a la ciudad de México (…) Conservo visiones-relámpago que escenifico de alguna manera. Recuerdo, por ejemplo, el paso del tranvía por Chapultepec (…) Ya adolescente (…) recorría las librerías del México viejo, iba a algunos cafés del rumbo, un poco destartalados…

A modo de anécdota y en la reconstrucción de la preciada memoria, recuerda los paseos emprendidos en la colonia Roma, al lado del poeta Ramón López Velarde:

 

Algunos domingos nos encontrábamos en el parque Orizaba y nos íbamos caminando hasta la Sagrada Familia, para ver a las muchachas que salían de la iglesia.

 

Se podría suponer que, al convertirse en un habitante citadino, la nostalgia de Maples Arce se haría visible en su poesía, como ocurrió con aquella nostalgia al terruño de Ramón López Velarde. Al respecto, Maples Arce confiesa: “El cambio no fue difícil porque el trópico es siempre enervante, no se presta al desarrollo de la vida intelectual, aunque en Veracruz yo asistía a la biblioteca pública y escribí mis primeros textos. Por delegación del Ayuntamiento de Veracruz pronuncié el discurso de bienvenida al poeta español Salvador Rueda (…) Yo lo acompañaba en sus paseos a pie por el Malecón y el Club de Regatas”.

 

Es un hecho que en la actualidad se habla del estridentismo con nostalgia, como si se tratara de una curiosidad; pero en su momento los estridentistas tuvieron repercusión a nivel mundial, al grado de que Jalapa, Veracruz, el centro de operaciones poético-performáticas de este grupo, se situaba en la geografía cultural de América. El parque Juárez aparecía en páginas neoyorquinas. Carleton Beals, reconocido crítico literario, escribió: “La América hispana ha vivido bajo tres influencias literarias: la de España, la de Francia y la de los estridentistas de Jalapa”. A su fama contribuyó la naturaleza interdisciplinaria del movimiento. Robaba los reflectores. En palabras de Maples Arce, se trataba de “una manifestación importante de la cultura de América que se enriqueció con muchas cosas de orden estético, plástico e incluso (…) las artes gráficas acompañaban a la poesía”. Su relevancia puede atestiguarla el hecho de que el novelista John Dos Passos viajó en 1927 a Jalapa sólo para conocer a Maples Arce, a quien admiraba, y a quien posteriormente traduce. Rubén Bonifaz Nuño, a través del Colegio de México, realizó también una profunda investigación sobre el tema, demostrando la urgencia del estudio de esta corriente artística de altos vuelos.

 

Es innegable: el estridentismo sacudió la Tierra. Neruda se declaró deudor del movimiento; Octavio Paz confesó alguna vez que los poemas de Maples Arce “impresionan por la velocidad del lenguaje, la pasión y el valiente descaro de las imágenes”; y el joven Borges elogió Andamios interiores (1922), aunque definió el estridentismo como “un diccionario amotinado, la gramática en fuga, un acopio vehemente de tranvías, ventiladores, arcos voltaicos y otros cachivaches jadeantes”.

 

El elogio borgiano es bien recibido por Maples Arce. Sin embargo, es claro en su postura y en la postura del estridentismo ante el situacionismo del mundo, cuando declara: “No quiero reconsiderar los puntos de vista de Borges, desde el momento en que acepta condecoraciones del asesino y usurpador Pinochet. Un escritor debe tener dignidad y huir del servilismo y el desprestigio. En el caso de Borges este tipo de actos no son producto de la estrategia sino de la chochez”. No cabe duda de que Manuel Aples Arce, el gran jefe estridentista, el artista interdisciplinario, fue congruente. Hay tanto que aprender de tan brillantes generaciones.

 

Bibliografía: 

Bolaño, Roberto (1998), Los detectives salvajes. Editorial Anagrama, España, 2000.

Ginsbergh, Allan (1957), Aullido (Howl). Editorial Anagrama, España, 2006.

Maples Arce, Manuel (1922), Andamios interiores. Editorial Cultura. México.

Pacheco, Cristina (2001), Manuel Aples Arce (1980), en Al pie de la letra. Fondo de Cultura Económica. México, 2014.

 

[1] Escritores pertenecientes al movimiento mexicano infrarrealista, que dirigían el chileno Roberto Bolaño y el mexicano Mario Santiago Papasquiaro.

[2] L-10 es un término ocupado en el campo semántico militar. En 1918 refería al uso de minas, pero también al algún modelo de submarino. Se ha aplicado después en el uso de algún dron.

  

Ulises Paniagua (Autor). México, 1976. Narrador, poeta y dramaturgo. Ganador del Concurso Internacional de Cuento de la Fundación Gabriel García Márquez, en Colombia (2019). Ha sido considerado en una antología, en Rusia, como uno de los más interesantes poetas contemporáneos de Latinoamérica. Posee dos posgrados en la especialidad de imaginarios literarios. Es autor de dos novelas, siete libros de cuentos y cuatro poemariosHa sido divulgado en antologías, revistas y diarios nacionales e internacionales, incluyendo NocturnarioEl búho, Círculo de poesía, Nexos, Siempre!, El Sol de México, Ígitur, Letralia, Altazor y Jus. Es parte del catálogo de autores del INBAL. Publicado en la Academia Uruguaya de Letras, en España, Italia, Perú y Venezuela, su obra ha sido traducida al inglés, ruso, checo e italiano. Correo electrónico:  sesilu7@yahoo.com.mx.


(Taller Igitur / Revista Literaria / 26-6-2021)

ULISES PANIAGUA - SOBRE LA INEXISTENCIA DEL PROGRESO

  

 

La intención de este artículo era alejarse de cualquier planteamiento epistemológico "europeizante". Como puede verse, se trata de un reto sumamente complejo, casi imposible, pues los teóricos más socorridos siguen siendo los autores europeos. Cabe, eso sí, buscar la igualdad de las ideas de acuerdo a una visión decolonial.

 

Despierto. El progreso no existe. Es un mito occidental, una fábula de engañabobos, un cuento malintencionado urdido para devorar corderos ¿Qué es el progreso? ¿Una ficción, una pesadilla colectiva con visos de buen sueño, como lo denuncian Fritz Lang y los hermanos Wachowsky en sus películas Metrópolis o Matrix, de manera respectiva, a más de cincuenta años de distancia una de otra? ¿Es una fantasía utópica cuya distopía siniestra, verdadera, demostraron Ray Bradbury, Aldous Huxley o George Orwell en sus novelas? No cabe duda de que, si lo permitimos, nuestra mente puede convertirse en una prisión disfrazada de metas, una jaula en la que el ave decide permanecer en encierro porque se considera libre, porque está cómoda.

 

Para los pueblos originarios la visión progresista no existe, porque para ellos la vida no consiste en ir de un lado a otro, o en andar a través del tiempo. La vida, en su honda esencia, significa simplemente “ser”. No se llega a ser a través de escalones, a menos que sean espirituales. Bajo la cultura occidental, en cambio, se tiene prisa de cualquier cosa, se corre de un lado a otro como lo hace el conejo de Alicia en el país de las maravillas, junto a su imprescindible reloj. Las trayectorias del conejo, sin embargo, son más largas hoy en día; los viajes, más peligrosos. Las ciudades se han convertido en los paraísos artificiales que mencionaba Charles Baudelaire, aunque con visos funestos. Desde luego, con el home office y el streaming se reducen horas valiosas, pero sólo para atiborrar a los empleados de trabajo ¿Quién gana con ello? El nuevo amo feudal, de nombre empresario. El oficinista es un siervo.

 

¿Eso es el progreso? ¿Trabajar doce horas diarias, para llegar todavía a casa a terminar un pendiente de oficina? Byung-Chul Han, pensador surcoreano (hoy la vanguardia no es sólo europea), nos previene de este fenómeno en sus ensayos. Han expone una “filosofía de la autoexplotación, y “una sociedad del cansancio”. Comenta: “En la orwelliana 1984 esa sociedad era consciente de que estaba siendo dominada; hoy no tenemos ni esa consciencia de dominación”. Afirma, acertado: “Se vive con la angustia de no hacer siempre todo lo que se puede, y si no se triunfa, es culpa de cada quién. Ahora uno se explota a sí mismo figurándose que se está realizando; es la pérfida lógica del neoliberalismo, que culmina en el síndrome del trabajador quemado”.

 

¿Autoexplotarse, buscar la excelencia hasta enfermar, es esto el progreso? ¿A quién beneficia este sistema? Qué sería de nuestra supuesta civilización sin el ágora griega. En la cosmovisión occidental, estaríamos perdidos sin los platónicos o los pitagóricos. Lo curioso es que, si alguien ha sido ajeno a la visión capitalista moderna, eran aquellos filósofos a los que el positivismo y la era industrial han alabado como canon del mundo. Diógenes “el perro” o Sócrates serían considerados unos vagabundos, ciudadanos inútiles a los que se les habría orillado a trabajar atendiendo el mostrador de cualquier cadena trasnacional de café, para la satisfacción de los clientes y la tragedia de la filosofía. El mundo de las ideas de Platón, bajo este esquema, no habría sido escuchado ¿Qué es aquello que permitió la búsqueda del conocer, las bases del pensamiento occidental? La respuesta es simple: el tiempo aparentemente muerto. Es decir, el ocio. Vivir sin prisa.

 

La Historia, en pleno siglo XXI, parece advertir que debemos detenernos un momento. Cuando una persona lleva una vida agitada, digamos una estrella de rock, y para soportar las presiones o las giras necesita el uso de las drogas, además de verse involucrado en dos o tres matrimonios fallidos, episodios de violencia y autodestrucción, incluso de suicidio, ¿qué le recomienda un terapeuta si su intención es salvarse? Detener el ritmo de vida, reflexionar, tomar un respiro para saber qué se quiere, a dónde se va ¿Por qué, de manera colectiva, se juzga que es ridículo hacer algo así por la humanidad? En Snowpiecer (2014), película dirigida por el coreano ganador del Óscar, Bong Joon-ho (aquí les entrego una validación eurocentrista), asistimos a una interesante metáfora del progreso ¿Podemos descarrilar el tren para recuperar el planeta? Desde luego, podemos, porque el tren sólo existe en nuestro imaginario positivista. El mundo puede ser como queramos. Porque el “mundo humano” no es sino una idea. Aristóteles estaría de acuerdo con esta aseveración. Por cierto, la cinta Snowpiecer se basa en el cómic Le Transperceneige, novela gráfica francesa de ciencia ficción postapocalíptica, creada en 1982 por Jacques Lob y Jean-Marc Rochette.

 

Sigamos con otros ejemplos. Es interesante el caso de Whitman ¿Era Walt Whitman un cantor del asfalto, de la vida “civilizada”? No, uno de los más grandes poetas que cimentó la literatura norteamericana era amante de la naturaleza, del campo ¿Qué sucede entonces, odiaba Whitman el progreso?; ¿cómo logró sustentar una tradición poética en un país que hoy sólo se interesa en poéticas neoyorquinas? Otra respuesta fácil: porque en el fondo, más allá de las hiperrealidades, la esencia del hombre es la misma; se aspira a lo profundo, a lo natural, con o sin tecnología.

 

Es necesario, entonces, reconocer una verdad reveladora: el arte no imita a la naturaleza, como lo hizo saber Aristóteles; el arte tampoco supera, sublima, y está por encima de la naturaleza, cual idea kantiana que tanto daño ha formulado a nuestros esquemas de pensamiento. La cultura tampoco. El arte “es”, junto con la naturaleza. Arte, Cultura y Naturaleza son el micro y el macrocosmos, son indisolubles. El ser humano es el espejo del planeta, de las plantas y los animales; del mismo modo que tales elementos son el reflejo natural del humano. Éste imita y sublima, es cierto, pero lo hace, bajo esta perspectiva, desde una posición horizontal, lo cual lo vuelve sabio. Esa debería ser la enseñanza de tantos años, una cruda lección tras la pandemia del 2020.  Si mañana le restamos valor al dinero, si al resto de los seres humanos no le interesa, ¿qué precio tiene un billete? El valor del dinero, del uso del suelo, de los estupefacientes, de una colegiatura privada, todo está en nuestra mente y en el imaginario colectivo.

 

Si la humanidad vio su nacimiento en comunidades cercanas a la tierra, el supuesto desarrollo implicó la vida en ciudades ajenas al bosque y la selva. El sistema de esa época se encargó, como bien lo denunciaron Marx y Engels en su momento, de crear la ilusión de que el futuro no estaba en el campo, sino en las fábricas citadinas. Por medio de engaños, el campesino se vio supeditado a los primeros empresarios, y necesitado de pagar un derecho por el uso del suelo. La ciudad moderna se convirtió en un negocio: se comerciaba con la tierra, y de paso, con el hambre de los obreros. Se presentó la especulación inmobiliaria. Desde luego, a las comunidades rurales, en especial a los pueblos originarios que no aceptaban ser parte de esta propuesta, se le chantajeó y boicoteó hasta convertirlos en proletarios asalariados. Habría, en pleno siglo XX, que regresar a modelos cercanos al campo. Podemos llamarles sustentables o ecológicos; en el fondo sabemos o debemos saber que no se trata sino de dar la razón a los pueblos “atrasados”, que aprendieron a convivir con la vegetación y los ríos desde siempre. Les debemos una disculpa a esos pueblos.

 

Si tocamos el asunto de la economía, descubrimos que es, en apariencia, imposible hacer cambios en la forma en que funciona en la actualidad. La razón de ello es que se ha tejido una red global, un campo de juego, como lo definiría Pierre Bourdieu, donde se reproducen las reglas de unos cuantos ¿Qué pasaría si comenzamos a jugar en otra cancha? El punto límite del capitalismo, es posible verlo, es la institución del narcoestado. El narcotráfico es la forma suprema del capitalismo tardío, mejor conocido como capitalismo salvaje. Lo importante, ha enseñado un sistema fuera de control, es hacer dinero, no importa bajo qué medios: la extorsión, los actos corruptos, el asesinato, el exterminio. De ningún modo los E.U. y Europa escapan a este horror: en gran parte lo provocan. Es fácil criticar o hacer mofa de los países pobres, o repudiar a sus habitantes, cuando la comodidad de las vidas europeas o norteamericanas se paga con la explotación de los supuestos subdesarrollados que denigran. El narcotráfico se ha vuelto la única forma posible de superación inmediata para los latinoamericanos, a falta de oportunidades. Los países ricos sufren la invasión de miles de inmigrantes, porque esos mismos países provocan tal fenómeno; han asfixiado la economía de las naciones explotadas a tal punto, que las poblaciones oprimidas corren o nadan en busca de comida. Y tienen derecho, tanto derecho de vivir como los europeos o los estadounidenses. Tanto derecho a la cultura y la educación como un británico ¿No era aquello lo que persiguió alcanzar la Revolución Francesa, igualdad, libertad, fraternidad? ¿El liberalismo es entonces un mero discurso? Marina Garcés, estudiosa argentina, propone por ejemplo una nueva ilustración radical, revisionista de estas carencias. Coincido con su propuesta.

 

¿Qué es entonces el progreso? ¿Aquellos títulos universitarios, certificados, expedidos por universidades extranjeras; este sepultar flores bajo el concreto; aquel desesperado derroche de tarjetas de crédito para comprar ropa de marca en medio de la pobreza y dentro de un ostentoso centro comercial? ¿Debe un pescador vestir un traje Versace para progresar; no podría significar vivir al lado del mar el mayor alcance en la vida de un hombre? ¿Acaso no son hermosos y elegantes los vestidos de fiesta mixes o tojolabales? ¿Debe un poeta chicano dejar de escribir poesía identitaria, en spanglish, para entrar a la élite norteamericana? ¿Una poeta afroamericana sólo puede escribir textos de denuncia, porque la alta poesía es sólo la escrita por la academia, un asunto de blancos? El progreso se ha convertido en una historia de terror.

 

Y es que la idea de un supuesto desarrollo favoreció, desde su invención, al imperio económico y cultural de ciertos países anglosajones o germánicos. La raza blanca, hay que reconocerlo, se apropió del mundo porque mostró una ambición desmedida e insana, civilizada pero salvaje. De este modo, Europa se convirtió en la centralidad política y cultural del mundo. Luego lo hizo Estados Unidos, en pleno siglo XX. Los museos, las bibliotecas, las enciclopedias, los teatros fueron instrumentos, aparatos culturales que se encargaban de certificar la cultura desde la visión europea. Lo románico era considerado arte; lo indígena, artesanía. La ópera y la música clásica eran excelsas; los cantos Reiki de Japón, una mera curiosidad. De esta apropiación de la cultura habla por ejemplo Antonio Gramsci, quien nos enseñó a concebir el arte dentro de las supuestas “bajas” culturas, las culturas populares. A fines del siglo XX, se derrumba un tanto esta mitología elitista; por ello es posible admitir en la academia a los poetas beat y leer sin ningún remordimiento, en México, un ensayo de Carlos Monsiváis acerca de la influencia de Juan Gabriel o las vedettes en la identidad mexicana. No quiero que se me malinterprete. Amo los muesos y las bibliotecas, pero amo también la tradición oral de los pueblos indígenas, y el haikú japonés. Los amo con la misma pasión. No nos engañemos, la alta cultura es una invención, un intercambio lúdico donde la mirada europea se ha visto beneficiada durante siglos. Es tiempo de hacer el cambio. Iniciemos, por ejemplo, por la ruptura mental de lo aprendido.

 

Incluso una obra de arte no tiene otro precio, sino el que le ha asignado la mercadotecnia o su contexto histórico. Lo que hoy conocemos como arte, es una idea colectiva que nace de una postura occidental, bien individualista por cierto ¿Por qué no existen concursos de poesía o cuento, escritos de manera grupal, para aprender a superar los límites del ego? Más allá de que la muerte del autor ha sido ya propuesta, desde luego, por Roland Barthes, es necesario revisitar las entrañas epistemológicas y gnoseológicas de la creación. Por cierto, si hay interés en comprender cómo el arte no ha sido siempre lo que hoy conocemos como tal, es recomendable leer a Wladislaw Tatarkiewickz. De este modo, si nos alejamos de los fundamentos estéticos aprendidos, hallaremos sorpresas gratas. Por ejemplo, los tojolabales producen arte (según me explicó alguna vez el artista visual Luis Alanís Téllez), pero ni siquiera tienen una palabra para definirlo, no les interesa definirlo.

 

Hoy, por fortuna, la supuesta superioridad cultural y económica “progresista” puede ser contemplada bajo la mirada crítica. En la centuria pasada nació la Teología de la liberación, corriente religiosa que contradice viejos dogmas eclesiásticos; a su vez, en este siglo aparecieron movimientos decoloniales del pensamiento en diversos autores latinoamericanos, entre ellos Bolívar Echeverría y Enrique Dusell. Dichas ideas nacieron, se aplicaron y se aplican escasamente en los países pobres (que no subdesarrollados o de tercer o cuarto mundo). Dichas teorías permiten revisitar los hechos históricos, tan repetidos, aunque esta vez desde una postura distinta, más equitativa.

 

Con la llegada del feminismo, la crisis de lo establecido se intensificó (aunada a los movimientos anti-racistas, que en el propio USA han conseguido la conquista de ciertos derechos humanos a través de grandes batallas políticas,). El feminismo es un movimiento fundamental, porque ha generado grandes cambios. Se ha encargado de cuestionar un patriarcado asfixiante, violento. El mundo, si se tratara de una pirámide, nos mostraría en el poder a un tipo blanco, hombre, por supuesto, con una visión conservadora, occidental. Un Júpiter en su trono. El progreso se representaría, así, con la imagen de un tipo maduro, patriarcal, individualista, heterosexual y homofóbico. Contra esta esta idea de género lucha el feminismo. Contra esta idea, haciendo contracultura, combate la decolonialidad.

 

Es probable que por ello el verso medido sea cuestionable en estos días, lo mismo que las referencias a las figuras de la mitología griega, tan socorridas por clásicos, románticos e incluso poetas modernos. Margo Glantz, en un ensayo brillante, nos hace comprender, a través de un análisis hermenéutico, que Zeus no era un seductor, sino un violador. En adición, no hay peor injusticia que la que se comete con Medusa, a la que se le adjudica el título de monstruo, y cuya única falta (esto es incomprensible) fue haber sido atacada sexualmente por Poseidón.

 

El mito occidental comienza su derrumbe. Pienso, sin embargo, que este derrumbe no puede ser total, pues siempre habrá mucho que aprender de los griegos. El asunto está en dejar de tenerlos como norma, en virar hacia nuevas cosmogonías orientales, indígenas, árabes, para complementar el conocimiento. De algún modo, autores como Jorge Luis Borges hicieron lo propio; de forma muy anglosajona, pero lo hicieron.

 

La Historia valida la decolonialidad cultural ¿Era París más grande, higiénico o esplendoroso que la antigua Tenochtitlan? No lo era. En aquellos años, la capital mexica tenía una población más amplia, y una mejor ingeniería que la misma Constantinopla o la capital francesa. De su esplendor dejan constancia las crónicas de Bernal Díaz del Castillo y Hernán Cortés ¿Era Sor Juana una poeta menor en comparación con Góngora, Quevedo o Lope de Vega? ¿En qué sentido podía ser menor? Sólo bajo las reglas castellanas. En el caso de la literatura del siglo de oro español, ¿no es cierto que su métrica y su esencia se construyeron en gran parte bajo la influencia de la cultura árabe y sufí? ¿No es Andalucía mucho más pluricultural que aquello que llamamos España? ¿Andalucía es verdaderamente España?

 

El progreso no existe. Si algo nos han enseñado las teorías de la física y la mecánica cuántica, es que no hay linealidad alguna en el tiempo. Por lo tanto, no vamos a ninguna parte, no tenemos obligación de alcanzar ninguna meta como humanidad. Por lo tanto, el término cuyo origen etimológico proviene del latín progressus, derivado de progredi, que significa “caminar adelante”, ha sido aplicado de forma inadecuada durante los últimos siglos. Paul Ricoeur, en alguno de sus ensayos, hizo saber que fue la Iglesia Católica quien instituyó, en gran medida, la idea del inicio y el fin de los tiempos. Si hubo un Génesis, se debe esperar el Apocalipsis (según tal versión religiosa). Esta idea habría de retomarla, para su beneficio, la era industrial. Si debemos perecer, entonces la consigna es explotar el planeta y la fuerza de trabajo con demencia, porque el fin está próximo ¿Próximo? ¿No es verdad que cada cien años se concibe un fin del mundo que nunca ocurre? La humanidad ha ingresado, bajo esta lógica, a una loca carrera que ahora sí promete su extinción y que, para desgracia de los habitantes de la Tierra, no ocurrirá en un solo día, de forma inmediata, sino que se presagia lenta, dolorosa, si no enderezamos el rumbo.

 

¿Qué es el progreso? ¿Ir hacia adelante con respecto a la preponderancia del sistema económico?; ¿es comprar un automóvil, una casa, producir hijos para la industria o los futuros of sourcing? Lo decía Mark Renton, el protagonista de Trainspotting, al final de aquella película estrenada en 1996: “Elige tu futuro. Elige una vida…pero, ¿por qué tengo que elegir todo esto”? Se dice de manera recurrente “hay que avanzar”, ¿avanzar hacia dónde? La velocidad vertiginosa a la que viajamos produce una epidemia de ciegos, que bien describió José Saramago en una de sus novelas célebres. Marshall Berman, por su parte, muestra cómo “todo lo sólido se desvanece en el aire”, utilizando una frase de Marx para describir la paranoia cuando las cosas cambian de un día para otro, sin darnos cuenta.  Donde ayer hubo una panadería, en un mes habrá un restaurante, y dos meses adelante se encontrará un bar. No existen anclas, referencias urbanas o identitarias. No se puede ser en lo que no permanece. La búsqueda de actualidad es enferma. Pretender ser modernos, en el sentido hondo de la palabra, se transformó ya en una obsesión suicida. Gilles Lipovevsky, Noam Chomsky, Zigmunt Bauman y Slavoj Zizek advierten los peligros antropológicos y sociológicos cercanos: entramos a la era del vacío, la modernidad es líquida en las manos; nos ahogamos, caemos al fondo del abismo; un abismo que por desgracia no es el de nosotros mismos, como propone el poeta Vicente Huidobro en su poema más célebre.

 

Quise escribir este artículo, bajo estos argumentos, para demostrar una idea. Quise hacerlo, por cierto, sin el empleo de citas académicas o bibliográficas. Las fuentes son fidedignas. No quise, por congruencia, recurrir a los recursos occidentales eurocentristas, en este aspecto. Pretendí, en todo caso, volver a la esencia del ensayo como lo entendía Montaigne, con el riesgo del error implícito (habría que ver desde qué punto de vista hablamos de errores). Lo que pretende este artículo es la ingenuidad de un tipo común, que expone lo que ve del mundo. De este modo cobro una pequeña revancha sobre lo que me han enseñado. Podrá criticarme la academia a placer. Podrán llamarme bárbaro los protocapitalistas. Nunca progresaré lo suficiente. No importa. Porque tengo claro, oh árabes que fundaron la primera universidad, oh poemas existenciales del príncipe Nezahualcóyotl, oh, Emily Dickinson que amabas tu ventana en medio del campo, que aquello que entendemos por progreso no existe, si no permitimos que exista. Saberlo me hace feliz. Lo escribí al inicio de este artículo, y lo repito, como un mantra sanador de sueños: El progreso no existe. El progreso no existe. El progreso no existe.

 

Ulises Paniagua (Autor). México, 1976. Narrador, poeta y dramaturgo. Ganador del Concurso Internacional de Cuento de la Fundación Gabriel García Márquez, en Colombia (2019). Ha sido considerado en una antología, en Rusia, como uno de los más interesantes poetas contemporáneos de Latinoamérica. Posee dos posgrados en la especialidad de imaginarios literarios. Es autor de dos novelas, siete libros de cuentos y cuatro poemariosHa sido divulgado en antologías, revistas y diarios nacionales e internacionales, incluyendo NocturnarioEl búho, Círculo de poesía, Nexos, Siempre!, El Sol de México, Ígitur, Letralia, Altazor y Jus. Es parte del catálogo de autores del INBAL. Publicado en la Academia Uruguaya de Letras, en España, Italia, Perú y Venezuela, su obra ha sido traducida al inglés, ruso, checo e italiano. Correo electrónico:  sesilu7@yahoo.com.mx.


(Taller Igitur / Revista Literaria / 5-10-2020)


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