DEVOCIONES
(versión y prólogo de Alberto Girri)
NOVENA ENTREGA
X
Lente et serpenti satagunt ocurrere Morbo
Hallan que la enfermedad se desliza insensiblemente, y se esfuerzan en ir a su encuentro
Este es el juego de cajas de la naturaleza; los cielos contienen la tierra, la tierra, ciudades, las ciudades, hombres. Y todos son concéntricos; el centro común a todo es decadencia, ruina; sólo es excéntrico lo que nunca fue hecho; sólo aquel lugar, o más bien ropaje, que podemos imaginar pero no demostrar. Esa luz es la verdadera emanación de la luz de Dios, en la que morarán los santos, con la cual los santos serán vestidos, sólo ella no se somete a este centro, a la ruina; lo que no fue hecho con nada, no está amenazado por esa aniquilación. Todas las demás cosas lo están; aun los ángeles, aun nuestras almas; estas se mueven entre los mismos polos, se inclinan hacia el mismo centro; y si no fueran hechas inmortales por la conservación, su naturaleza no podría guardarlas de hundirse en este centro, en la aniquilación. En todos éstos (el marco de los cielos, los Estados sobre la tierra, y los hombres en ello, todo comprendido), son esos los más grandes daños, los menos discernibles; los más insensibles en sus medios llegan a ser los más sensibles en sus fines. Los cielos tuvieron su hidropesía, ahogaron al mundo, y tendrán su fiebre, e incendiarán al mundo. De la hidropesía, el diluvio, el mundo supo 120 años antes de que sucediera, por lo que algunos se previnieron contra ello y fueron salvos; la fiebre estallará en un instante, y lo consumirá todo; la hidropesía no dañó los cielos, de donde cayó, no apagó esas luces, no extinguió esos calores; pero la fiebre, el fuego, devorará al horno mismo, aniquilará a esos cielos que lo han exhalado; aunque Sirio, la estrella, posea un aliento pestilente, como sabemos cuando aparecerá, nos abrigamos; y nos ponemos a dieta, y nos refugiamos con adecuada prevención; pero los cometas y meteoros, cuyos efectos, o significado, nadie puede interrumpir o anular, ningún hombre los previó; ningún calendario nos dice cuándo estallará un meteoro, la cuestión es mantenida en secreto; ningún astrólogo nos dice cuándo se cumplirán los efectos, porque ese es un secreto de una esfera más elevada que el otro; y lo más secreto es lo más peligroso. Lo mismo ocurre aquí en las sociedades humanas, en los Estados, y en las repúblicas. Veinte tambores rebeldes no producen un estruendo tan peligroso como unos pocos murmuradores, y conspiradores secretos por los rincones. El cañón no causa tanto daño a una muralla como una mina por debajo de ésta; ni tanto mil enemigos que amenazan cuanto unos pocos que se juramentan para no decir nada. Dios conoció muchos graves pecados del pueblo, en el desierto y después de él, pero sólo lo acusa de éste: de murmurar, murmurar en sus corazones secretas desobediencias, secretas repugnancias en contra de su voluntad declarada; y estos son los más mortales, los más perniciosos. Y así es también con las enfermedades del cuerpo; y ese es mi caso. El pulso, la orina, la transpiración, todos han jurado no decir nada, no dar ninguna indicación acerca de cualquier enfermedad peligrosa. Mis fuerzas no están debilitadas, no hallo declinación en mi vigor; mis abastecimientos no están cortados, no encuentro repugnancias en mi apetito; mi consejo no está corrompido o entontecido, no encuentro falsas aprensiones que actúen sobre mi entendimiento; y sin embargo ellos ven que, invisiblemente, y yo siento que, insensiblemente, la enfermedad predomina. La enfermedad ha instaurado un reino, un imperio en mí, y seguramente tendrá algunos Arcana Imperii, secretos de Estado, de acuerdo con los cuales obrará sin estar obligada a declararlos. Pero aun en contra de esas secretas conspiraciones en el Estado, el juez dispone del potro del tormento; y en contra de las enfermedades insensibles, los médicos tienen a sus examinadores; y es a éstos a quienes ahora emplean.

























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