DEVOCIONES
(versión y prólogo de Alberto Girri)
DECIMOSEXTA ENTREGA
XVIII
Ad inde Mortuus es, Sonitu celeri, pulsuque agitato
La campana dobla, y a través del otro me dice que estoy muerto
La campana dobla; por lo tanto el pulso ha cambiado; el tañido fue un débil, e intermitente pulso, por un lado; éste es más fuerte, indica más y mejor vida. Su alma se ha ido, y como un hombre que tuviese un arrendamiento por mil años después de haber expirado otro breve, o una herencia después de una vida de apuros, él ha entrado ahora en posesión de su mejor estado. Su alma se ha ido; ¿adónde? ¿Quién la vio entrar, quién la vio salir? Nadie; y sin embargo todos están seguros de que tenía un alma, y no tiene ninguna. Si preguntase a los puros filósofos qué es el alma, encontraría entre ellos a quienes me dirían que no es nada más que el temperamento y la armonía, y la justa y equitativa composición de los elementos en el cuerpo, que produce todas aquellas facultades que atribuimos al alma; de modo que en sí misma no sería nada, ni una sustancia separable que sobrevive al cuerpo. Ellos ven que el alma no es nada en otras criaturas, y afectan la impía humildad de pensar tan bajo del hombre. Pero si mi alma no fuese más que el alma de una bestia, yo no podría ni pensarlo; por cuanto el alma que puede reflexionar sobre sí misma, tomarse en cuenta a sí misma, es más que eso. Si yo preguntarse, no a los meros filósofos, sino a los hombres mixtos, a los filosóficos divinos, cómo el alma, siendo una sustancia diferente, entra en el hombre, encontraré algunos que me dirán que es por generación, y por procreación de los padres, porque piensan que es difícil cargar el alma con el pecado original, si el alma fuese infundida en un cuerpo, en el que necesariamente debe ensuciarse, y contraer el pecado original, lo quiera o no; y encontraré que me dirán que es por instantánea infusión de Dios, porque piensan que es difícil mantener la inmortalidad en un alma así, que sería engendrada y derivada de padres mortales. Si yo preguntase, no a algunos hombres, sino a corporaciones enteras, qué es de las almas de los justos cuando se separan del cuerpo, algunos me dirán que aguardan una expiación, una purificación en un lugar de tormentos; algunos, que aguardan el goce de la vista de Dios, en lugar de descanso, pero, sin embargo, de expectativa; algunos, que pasan a una inmediata posesión de la presencia de Dios. San Agustín estudió la naturaleza del alma, tanto como otras cosas, excepto la salvación del alma; y envió expresamente un mensajero a San Jerónimo para consultarlo acerca de algunas cosas concernientes al alma; pero se satisfacía con esto: “Que la partida de mi alma hacia la salvación sea evidente para mi fe, y me importará menos cuán oscura se para mi razón la entrada de mi alma en mi cuerpo.” Esta alma, me dice esta campana, se ha ido, ¿adónde? ¿Quién me lo dirá? No sé quién es; mucho menos lo que fue; la condición del hombre y el curso de su vida, que deberían decirme adónde se ha ido, los ignoro. No estuve en su enfermedad, ni en su muerte; no vi su camino, ni su fin, ni puedo preguntarles a quienes lo vieron, por lo tanto, para concluir, o discutir, adónde se ha ido. Pero sin embargo tengo a alguien más próximo a mí que todos ellos: mi propia caridad; le pregunto eso; y me dice: “Él ha ido al descanso, la alegría, la gloria eternos”; le debo una buena opinión; no es sino agradecida caridad en mí, porque recibí beneficio e instrucción de él cuando su campana dobló; y yo, siendo el más adecuado para orar por esa inclinación, en la que fui asistido por su oportunidad, oré por él; y no oré sin fe; y creo, caritativamente, y fielmente, que esa alma ha ido hacia el descanso, la alegría y la gloria eternos. Pero el cuerpo, ¿qué mísera es cosa tan despreciable?, no podemos expresarlo con la misma rapidez con que empeora más y más. Ese cuerpo que apenas hace tres minutos era una casa tal para el alma, que no dio sino un paso desde allí al cielo, estaba poco contenta de dejarla por el cielo; ese cuerpo ha perdido el nombre de morada, porque nadie mora en él, y se da prisa en perder el nombre de cuerpo, y disolverse en la putrefacción. ¿A quién no le afectaría ver un claro y dulce río en la mañana, convertirse en un desagüe de aguas cenagosas por la tarde, y ser condenado a la salinidad del mar por la noche? ¡Y qué imperfecto cuadro, qué débil representación es esa, del apresuramiento del cuerpo humano hacia la disolución! Ahora todas las partes construidas, unidas por un alma hermosa, no son sino una estatua de yeso, y al instante esos miembros se disuelven, como si el yeso fuera nieve; y al instante toda la casa no es sino un puñado de arena, otro tanto de polvo, y nada más que un montón de desperdicios, y otro tanto de huesos. Si aquel que, como la campana me dice, ya se ha ido, fuera algún excelente artífice, ¿quién vendría ahora a él por un reloj, o por un adorno?, ¿o por un consejo, si fuera un abogado?, ¿o por justicia, si fuera un magistrado? El hombre, antes de poseer su alma inmortal tuvo un alma de los sentidos, y antes de éste, un alma vegetativa; esta alma inmortal no prohibió a las demás almas permanecer en nosotros antes, pero cuando esa alma se marcha arrastra todo con ella; no más lo vegetativo, no más los sentidos; tal suegra es la tierra, en relación con nuestra madre natural; en su vientre crecimos, y cuando nos dio a luz fuimos colocados en algún sitio, en algún oficio en el mundo; en el vientre de la tierra nos reducimos, y cuando ella nos da a luz, y nuestra tumba se abre para otro, no somos trasplantados, sino aventados, soplado nuestro polvo junto con el polvo profano, por cualquier viento.

























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