miércoles

EL CÍRCULO DE LA MUERTE (2) - JULIO HERRERA Y REISSIG


Todos hablan en nombre de alguna cosa y nos invocan alguna razón y nos deparan algunos libros y se acogen a algún profeta, filósofo o literato. Estos predican la sobriedad, la sencillez, la justeza, la línea, la proporción, la melodía, el contorno; aquellos, el derroche, la complejidad, la imaginación, el color, el desaliño, la asimetría, las disonancias de Wagner; los de más allá se enferman o aspiran opio para ver lo que nadie ha visto y decirnos lo que nadie entiende; se clama por lo objetivo sereno; se vocifera por lo subjetivo estremecedor; luchan la Biblia y la Odisea, la curva y el zig-zag, la música y el aullido, Sófocles de plata y Job de estiércol; aquí se grita: sed claros, haceos comprender; más allá; esfumad, apagad, misteriad… haceos adivinar; los brujos de Mallarmé nombran sus padrinos a Pitágoras y Zoroastro; los escultóricos de Leconte de Lisle a Newton y Aristóteles; tales hacen la aritmética de la gramática de la sensación, budhistas enterrados vivos en sus retóricas de penitencia; otros como fetiches de histerias raras, atormentan la sintaxis y el sentido a plomo con torcimientos de danza del vientre, a cual más absurdo y vicioso… Luego, fumistas y rajahs, visten exótica y carnavalescamente el pensamiento, hasta el punto que éste no asoma ni en las narices, entre la espesa malla de ornamentaciones inútiles o grotescas que lo degradan -y quienes, por último, lo ponen fotográficamente en carnes sobre la página viva, en nombre de un realismo que es, a veces, banalidad de tres al cuarto, y, a menudo, escándalo de “vaudeville”.

¡Qué diversidad de gustos y aspiraciones! ¡Qué inquietud dantesca de receptividad emoviente! ¡Qué embolismo de palabras y de leurgias antípodas! ¡Que crespa vorágine de pensamiento! A través de tan insólitos disfraces y del charlatanismo oficial de preceptores y discípulos, se diría que Belleza no es “una” sino múltiple; que es un mero punto de vista personal, un tono del prisma psíquico, que cada hombre ve y siente de distinta manera, bajo circunstancias especialísimas, una cosa que es siempre la misma en potencia y substancia, que forma parte elevada de nuestro ser íntimo; un postulado natural, que aparece, por decirlo así, como una condición psicológica prestablecida en nuestra existencia, como un modo innato del espíritu, pero, que el frío análisis nos lo da como un sentido particular, en conexión con los centros unánimes del sistema nervioso, más o menos desarrollado en ciertas razas y en ciertos individuos, pero un sentido, al fin, que como el gusto o el tacto, todos tenemos, y que lo podemos ejercitar, con mayor o menor eficacia, según los temperamentos.

Tal anomalía fuera que unos vieran verde lo que otros contemplan rojo, o que ciertos paladearan vainilla donde algunos saborean ajo, lo cual me parece una broma. El caso, sin duda, no deja de ser curioso, y tienta agudamente la introspección seriada que, a mi juicio, deberá aplicarse no al arquetipo, ni siquiera al selecto, sino en común, a la colectividad sintiente, según los grupos, las circunstancias exteriores y las características étnicas.

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