domingo

8/1 JUAN CARLOS ONETTI

Cuando la revista mexicana Plural me propuso escribir un artículo a propósito del Premio Cervantes que acababa de recibir Juan Carlos Onetti, rechacé de inmediato la posibilidad de amontonarle un homenaje más.

Preferí navegar corrientes peligrosas y fraguar una suite donde se acollararan pantallazos inéditos de aquel mito en embrión que nos tocó vivir en el apartamento de Gonzalo Ramírez. Ya se ha hablado en simposios de aquellos no-discípulos que frecuentábamos el habitáculo con balcón al Blue Star (un desafortunado club de básquetbol de 3ra. de ascenso) hace década y pico. Alguien ha dicho, incluso, que quien firma estas notas dejó de escribir y terminó vagando por el mundo como un krishna o algo por el estilo. No me imagino qué puede tener que ver esta disparatada burla con Onetti o conmigo. Y casi la agradezco. Ahora me toca el turno de testimoniar.

La culpa la tuvo Guido Castillo por haber anotado -en un muy difundido suplemento que publicó el diario El País hace casi dos décadas- que Juan Carlos Onetti vivía la mayor parte del año en un lugar llamado Santa María.

Yo entonces no entendí lo que quería decir. Ya me había deslumbrado con la primera reedición de El pozo cuando estaba en segundo de Preparatorios y arruinado las vacaciones próximas por leer Tierra de nadie, que me cayó en el alma como un cóctel de barro. Ese año Gabriel Barnes me llevó a conocer al Viejo al Municipio y acabé por husmear el habitáculo de Gonzalo Ramírez donde no se adoraba al Buda estatuizado en la mesa de luz sino al que fabricaba su leyenda en la cama, toda vez que el cariño le dejaba ofrecer una paciencia huraña (si caían chiquilinas la cosa cambiaba: lo llegué a ver salir en pleno robe de chambre, ofreciendo su mano encantadoramente).

Aquel año me tragué El astillero, La vida breve, Una tumba sin nombre -como se llamaba en la primera edición- y un prestado ejemplar de El infierno tan temido del que hablaré después. Quiere decir: conocí Santa María. Y entonces sucedió. En las vacaciones del 67 nos íbamos a Buenos Aires con Gabriel y a mí se me ocurrió preguntarle al Viejo cómo se hacía para llegar a Santa María.

Gabriel se entusiasmó. Onetti estaba sesionando con la Comisión de Teatros Municipales y cargoseamos al portero que custodiaba una escalera lateral del Solís hasta que fue a llamarlo y nos hizo subir el alfombrado púrpura: el viejo nos miraba con una pose exacta de maestro recostado en una balaustrada y un agradecimiento paralíticamente silencioso por haberlo librado de la augusta sesión. Conversamos un rato sobre Faulkner y Hemingway y Céline y Dos Passos hasta que me animé a plantearle lo de Santa María. Onetti nos miró con toda la confianza, engendradora del respeto y la delicadeza, que se puede otorgarle a la inocencia pura.

No: les queda muy lejos, dijo casi enseguida: Allá por Tucumán. Les alcanza con ir a Santa María de los Buenos Aires. Y nos prensó la mano y nos miró salir quién sabe con qué asombro. Estoy leyendo el Junta, gritó Gabriel contento mientras dábamos saltos para bajar al mundo por la pendiente púrpura. Hacés bien, dijo el Viejo, sin demasiadas ganas.

Onetti siempre tuvo la implacable virtud de leer los manuscritos que se le deslizaban debajo de la puerta, sin importarle quién era el autor o qué trabajo diera descifrar cualquier caligrafía. Después hacía pasar a los que le golpeaban -en caso de no estar el maldito cartel con los osos hibernantes clausurando la entrada- y daba el veredicto. La función podía ser con el peor de los vinos o el mejor de los whiskies, Gardel intercalado y Dolly consolando a los ejecutados con la mudez auténtica de María Magdalena.

La noche que le llevé mi primer libro -publicado en el 69- Dolly me dijo que Juan no me podía atender porque estaba escribiendo. Le fue a mostrar el libro, sin embargo, y el Viejo me gritó enseguida que pasara: agregó lentamente una frase al cuaderno y me la hizo firmar. Soy un animal por haber interrumpido una obra maestra, fue lo que rubriqué. Y el capítulo trunco pertenecía a Dejemos hablar al viento, por aquel tiempo rotulada como la policial.

Esa noche le pedí que vichara adelante mío uno de los cuentos que no le había mostrado antes de publicar. Lo leyó -cabeceando o haciendo algunas trompas de desaprobación- y después firmó Onetti debajo de la fecha que remataba el cuento. Nada más.

Otra noche me llegó a sugerir -con un prolijo relato mecanografiado en la mano- por qué no me dedicaba exclusivamente a dar clases de música. Eso es hermoso, dijo. Y yo tasqué la amohada con lágrimas etílicas mientras amanecía. Vale decir: ningún muchacho rana que haya intentado hacer carrera literaria fue perdonado nunca por el escritor puro que es Juan Carlos Onetti: quien lo vivió, lo sabe.






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