martes

CHARLES BUKOWSKI - JAMÓN Y CENTENO (LA SENDA DEL PERDEDOR) - 53


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Me molestaba el revoloteo permanente de Abe Mortenson, aunque en realidad era nada más que un tonto. A los tontos los podés perdonar porque corren siempre para el mismo lado y no decepcionan a nadie. Los que te hacen sentir mal de verdad son los que te decepcionan. Jimmy Hatcher tenía un pelo muy negro, la piel muy blanca y no era tan grande como yo, pero se vestía mejor que nosotros y andaba siempre de hombro levantado. Tenía facilidad para caerle bien a todo el mundo. Su madre era camarera y su padre se había suicidado. Jimmy tenía una sonrisa de dientes perfectos, y les gustaba a las chiquilinas aunque no fuera rico. Siempre andaba con alguna. Yo nunca pude imaginarme lo que se decían entre ellos, porque las chiquilinas no estaban a mi alcance y lo único que podía hacer era aparentar que no existían.

Pero Hatcher, siendo tan distinto, también andaba siempre alrededor mío, aunque yo sabía que no era maricón.

-¿Por qué me seguís, Jimmy? A mí no me interesás para nada.

-Dale, Hank, somos amigos.

-¿Ah, sí?

-Sí.

Y una vez en la clase de Inglés leyó un ensayo titulado “El valor de la Amistad” sin sacarme los ojos de arriba. Era un ensayo estúpido y sin ninguna garra, pero todo el mundo lo aplaudió y a mí se me ocurrió escribir un contra-ensayo titulado “El Valor de la Absoluta Falta de Amistad”. La profesora no me dejó leerlo en clase y además me suspendió.

Un día volvíamos a casa con Baldy y Abe Mortenson (que vivía del otro lado del barrio, cosa que nos salvaba de tener que aguantarlo) se nos acercó y dijo:

-Quisiera que me acompañaran a la casa de mi novia, para que la conozcan.

-Andá a la mierda -dije.

-Mirá que vale la pena -dijo Jimmy. -Ya le metí los dedos en la concha.

La chiquilina era preciosa y se llamaba Ann Weatherton. Yo la conocía de vista: tenía el pelo largo y los grandes ojos castaños, y cuando los pitucos se le iban arriba ella los ignoraba con mucha clase.

-Tengo la llave de la casa -dijo Jimmy. -Ella sale de clase a última hora, y podemos ir a esperarla.

-Qué aburrido -le dije.

-Dale, Hank -dijo Baldy. -Si igual lo único que vas a hacer es ir a pajearte en tu casa.

-Eso no está tan mal -le contesté.

Al final fuimos a la casa, que era linda y estaba muy limpia. Un pequeño bulldog blanco y negro saltó para recibir a Jimmy agitando su rabito.

-Este Huesitos -nos dijo. -Me adora. Miren esto.

Jimmy se escupió la palma de la mano y le empezó a frotar la verga al bulldog.

-¿Pero qué mierda estás haciendo? -preguntó Baldy.

-Es que siempre lo dejan atado en el patio y nunca se echa un polvo. ¡Necesita desahogarse! -siguió pajeando Jimmy a Huesitos.

La verga se fue poniendo asquerosamente roja. Era un pobre palito, y el perro empezó a gemir. Jimmy levantó la cabeza sin dejar de pajearlo.

-¿Saben cuál es la canción que nos gusta más a mí ya Ann? Es “Cuando el Crepúsculo Púrpura Desciende sobre los Muros Adormecidos”.

Entonces Huesitos acabó arriba de la alfombra y Jimmy se puso a aplastar la leche con los zapatos.

-En cualquier momento voy a cojerme a Ann. Ella dice que me quiere y yo también le adoro esa concha que tiene.

-Sorete -le dije a Jimmy. -Me vas a hacer vomitar.

-Sé que no me lo estás diciendo en serio, Hank -me contestó.

Y se metió en la cocina.

-Los padres y el hermano de Ann son muy buena gente. El hermano sabe que me la voy a cojer pero no dice nada porque sabe que le rompo el culo. Es un mierdita. Miren esto.

Y sacó una botella de leche de la heladera. En mi casa no teníamos. Los Weatherston era una familia acomodada, obviamente. Jimmy desenfundó la pija, le sacó la tapa de cartón a la botella y se la puso adentro.

-Es un poco, no más. Nunca se van a dar cuenta de que se están tragando mi meada…

Después cerró la botella, la sacudió y la volvió a poner en la heladera.

-Acá hay gelatina, también -dijo. -Es para el postre de esta noche. Y van a comer… -levantó un bol gelatina justo cuando se oyó el ruido de una llave en la puerta del frente. Entonces Jimmy volvió a guardar la gelatina en la heladera.

Ann entró en la cocina.

-Ann -dijo Jimmy-, quiero que conozcas a mis buenos amigos Hank y Baldy.

-¡Hola!

-¡Hola!

-¡Hola!

-Este es Baldy. El otro es Hank.

-¡Hola!

-¡Hola!

-¡Hola!

-Los conozco del campus, muchachos.

-Claro -dije yo. -Siempre andamos por ahí. Y yo también te conozco de allí.

-Sí -dijo Baldy.

Jimmy miró a Ann.

-¿Estás bien, nena?

-Sí, Jimmy. Siempre pensando en vos.

Y se le acercó a abrazarlo. Después empezaron a besarse. La cara de Jimmy quedó frente a nosotros, y nos hacía guiñadas con el ojo derecho.

-Bueno -dije. -Nos tenemos que ir.

-Sí -dijo Baldy.

Entonces salimos y nos fuimos caminando por la vereda hasta la casa de Baldy.

-Este botija se las sabe todas -dijo él.

-Sí -contesté.

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