martes

CHARLES BUKOWSKI - JAMÓN Y CENTENO (LA SENDA DEL PERDEDOR) - 42


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Las perforaciones y los drenajes siguieron durante semanas, pero con poco resultado. Cuando desaparecía un grano, aparecía otro. A menudo me paraba solo frente al espejo, maravillándome de hasta qué punto se puede afear una persona. Me miraba la cara con incredulidad, y después me revisaba los granos de la espalda. Estaba horrorizado. No me extrañaba que la gente me mirara y me dijera cualquier cosa. No era un simple caso de acné juvenil. Eran unos enormes granos inflamados, implacables y llenos de pus. Me sentía aislado, como si me hubieran elegido para ser así. Mis padres jamás me hablaban del asunto. Todavía estaban en el paro. Mi madre salía todas las mañanas a buscar trabajo y mi padre salía en el coche como si estuviera trabajando. Los sábados repartían comida gratis en los mercados, generalmente carne enlatada y por una extraña razón casi siempre picada. Comimos un montón de carne picada. Y sandwiches de Bolonia. Y papas. Mi madre aprendió a hacer pastel de papas. Mis padres iban todos los sábados a buscar la comida, aunque nos al mercado que nos quedaba más cerca porque no querían que algún vecino se diera cuenta de que estábamos en la miseria. Así que bajaban dos kilómetros por el Boulevard Washington, hasta una tienda que quedaba dos manzanas más allá de Crenshaw. Era una caminata larga. Volvían sudando, con los bolsillos llenos de carne picada enlatada, papas y zanahorias. Mi padre no usaba el auto para ahorrar nafta. La nafta la precisaba para ir a su trabajo inexistente. Los demás padres no eran así. Se pasaban sentados tranquilamente en sus porches o jugaban con herraduras en algún baldío.

El doctor me dio una pomada blanca para que me pusiera en la cara. La pomada se endurecía y me formaba una costra sobre los granos como si estuviera enyesado. No parecía servir para nada. Una tarde estaba solo en casa embadurnándome la cara y el cuerpo, en calzoncillos y tratando de alcanzarme las partes infectadas de la espalda, cuando escuché voces. Era Baldy y su amigo Jimmy Hatcher. Jimmy Hatcher tenía mucha pinta y era un gran tarado sabelotodo.

-¡Henry -me llamó Baldy. Después lo escuché hablar con Jimmy, cruzar el porche y golpear la puerta. -¡Soy Baldy, Hank! ¡Abrime!

Idiota de mierda, pensé, ¿no entendés que no quiero ver a nadie?

-¡Hank! ¡Hank! ¡Somos Baldy y Jim!

Y volvió a golpear la puerta.

Los oí hablar con Jimmy.

-¡Lo acabo de ver! ¡Está ahí adentro!

-Pero no contesta.

-Mejor entramos. Capaz que tiene algún problema.

Imbécil, pensé. Y pensar que fui tu amigo. Fui tu amigo cuando nadie te podía soportar. ¡Mirá cómo me lo pagás ahora!

No lo podía creer. Corrí hasta el vestíbulo y me escondí en un ropero, dejando la puerta apenas entreabierta. Estaba seguro de que no se iban a meter en casa. Pero se metieron. Yo había dejado abierta la puerta del fondo. Los escuché caminar por la casa.

-Tiene que estar ahí -dijo Baldy. -Lo vi ahí adentro.

Entonces salí del ropero pegando un salto. Estaban parados en el comedor y me les acerqué corriendo.

-¡VÁYANSE DE AQUÍ! ¡HIJOS DE PUTA!

Me miraron.

-¡VÁYANSE! ¡NO TIENE DERECHO A ESTAR AQUÍ! ¡SALGAN ANTES DE QUE LOS MATE!

Empezaron a correr hacia el porche del fondo.

-¡FUERA! ¡FUERA O LOS MATO!

Los escuché correr hasta llegar a la calle. No quería mirarlos. Fui a mi cuarto y me tiré en la cama. ¿Para qué querían verme? ¿Qué podían hacer ellos? No se podía hacer nada. No había nada que hablar.

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