1ª edición / Caracol al Galope 1999
1ª edición WEB / elMontevideano Laboratorio de Artes 2018
PARTE 1
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Algunas semanas después
empezó la tos. Llegaba dos veces al día y se le trancaba en la garganta de
mañana y de noche, cuando acababa de despertarse y al irse a dormir. Algunas
noches comenzaron a ser peores. Hubo días en los que no podía dormir de tanto
que tosía, escondiendo la boca debajo de las frazadas para que los otros cuatro
estudiantes con los que compartía el cuarto no escucharan nada, pero con el
tiempo se acostumbró a ella, la consideró como algo normal, tan natural en su
cuerpo como el respirar, o poco menos. Porque de pronto, antes de que pudiera
darse cuenta, las cosas comenzaron a suceder, o a no suceder más. Ya estaba
costumbrado, cada vez que se desnudaba para bañarse después de haber quedado
solo en el cuarto, a descubrirse huesos donde no sabía que los tenía, hasta que
un mediodía se encontró masticando cosas que habían perdido el gusto, una pasta
insulsa que pensó en un primer momento que podría ser resultado de una falta o
error de la cocinera, que se hubiera olvidado de los condimentos o los hubiera
mezclado en dosis desiguales. Esa misma noche, sin embargo, la comida seguía
teniendo el mismo gusto metálico a cualquier cosa, o a nada, y tuvo que
conformarse con seguir masticando sin la menor voluntad una masa que digería
resignado. Entre la mañana y el mediodía, y después entre el mediodía y la
noche, las otras cosas también fueron cambiando, y lo principal fue sentir que
ya no caminaba, apenas se arrastraba, debilitado, como si los huesos de las piernas
estuvieran dormidos y no supieran que estaban siendo exigidos para llevarlo de
un lado al otro. Una noche, volviendo de la facultad, se tomó el peso en una
farmacia cerca de la pensión y descubrió que había perdido algunos quilos. Como
no recordaba exactamente cuánto había pesado la última vez se impuso como
costumbre pesarse todos los días, hasta que constató que el puntero de la
máquina parecía más débil, y noche se quedó de pie en la balanza sin poder
creerlo, pensando que estaba engañándose con relación a los números que había
visto el día anterior o la semana pasada. En determinado momento volvía de la
facultad y apenas se contentaba con dar vuelta la cabeza y echarle una ojeada
de odio a la balanza, como si fuera ahí donde estuviera el origen de todos sus
males. No volvió a pesarse más. Sólo seguía comprobando en el espejo, al
desnudarse antes del baño, que estaba cada vez más flaco y lleno de huesos que
se le aparecían donde ni siquiera sabía que existieran huesos. Pero ni siquiera
con relación a eso hizo nada.
Ya en la pensión,
acostado en su cama, no podía dormir por más cansador que hubiese sido el día.
Se quedaba horas escuchando la música de la radio y los ruidos de la calle e
intentando amortiguar los golpes de tos que lo sacudían, los autos pasaban,
gomas chirriando en el asfalto y bocinas, pero sobre todo escuchando las
respiraciones altisonantes, irregulares y salvajes de los otros cuatro,
indiferentes a todo lo que no fuera absorber la cuota de aire que les tocaba,
chupándolo con lo que a él le parecía un frenesí que desconocía, o que había
olvidado, y que ya pensaba que nunca iba a recuperar. Pero tampoco prestó mucha
atención a eso. Pasaba el día cansado, despertaba cansado, cuando podía cerraba
un poco los ojos en la noche y volvía a despertarse cansado, siempre
engañándose con la ilusión de haber tenido algunas pocas horas, cada vez menos,
de sueño. Lo peor fue cuando una de esas noches, en un gesto imprevisto y distraído,
se llevó el brazo abajo del pijama para rascarse las costillas y se le llenó la
mano de un movimiento febril que se le agitaba en los pulmones. Tocándose
enseguida con las dos manos sintió que la piel le burbujeaba con la danza de lo
que parecían enloquecidas abejas, tan despavoridas o felices, lo que lo asustó
por primera vez.
Fue cuando decidió ir al
médico. Roche, estudiante de medicina y uno de los cuatro con los que compartía
el cuarto, se lo advirtió desde el principio: “A esos médicos del convenio para
estudiantes no les importa nadie, no les va a interesar tu problema. Tiene que
hacer cuatro años de internado, y quieren terminarlo lo antes posible para ir
adonde puedan ganar plata de verdad”.
Era un hombre joven de
túnica blanca que fumaba sin parar, un brazo apoyado en un libro grueso, el
otro moviéndose ininterrumpidamente entre la nube de humo que lanzaba mientras
le preguntaba cosas y las iba escribiendo en una ficha.
-¿Cómo se siente? ¿Le
duele algo? Vaya atrás del biombo y desnúdese. Menos el calzoncillo y las
medias.
No dijo nada al verlo
extendido en la camilla, y él pensó que como no lo había visto nunca antes no
podía adivinar cuánto había adelgazado en las últimas semanas. Lo auscultó,
pero se detuvo demasiado tiempo en su flanco izquierdo, haciéndolo respirar de
varias formas, sin dejar de apoyarle la chapa fría de su estetoscopio abajo del
brazo, en los omóplatos, por entre las costillas.
-Puede subir a la
balanza.
Después de mover las
pesas y murmurar algo, lo hizo volver atrás del biombo y vestirse. Cuando
salió, abotonándose la camisa y sentándose, intentando atarse los cordones de
los zapatos, el médico le preguntó cuánto pesaba habitualmente.
-Bueno, no sé, 83, creo,
o 85, por ahí.
-Está con 67.
Y anotaba, inclinado
sobre la ficha, enterrado de nuevo en la nube del cigarro.
-Vamos a hacer una
radiografía de esos pulmones. Vaya ahora mismo al laboratorio, y vuelva.
La cosa se complicó en el
departamento de radiografías. En el cuarto en semipenumbra, la enfermera de
mediana edad y cabello blanco que se parecía a su madre le preguntó el nombre,
edad, la dirección, y anotó los datos en una ficha. Ni lo miró. Tuvo que
sacarse nuevamente la camisa, el hombre de túnica vino y le hizo levantar los
brazos, apretarse contra la máquina, dejar de respirar y aguantar el aire en
determinado momento. Después le ordenó que se volviera a poner la camisa y
esperara en el corredor. Esperó. El hombre de túnica volvió unos minutos
después.
-¿Qué es lo que tienen en
el pulmón izquierdo? Vamos a tener que hacerle otra radiografía. Puede entrar y
sacarse la camisa.
No lo entendió en un
primer momento. Pensó que tal vez se había movido en el momento exacto en que
el otro apretó el botón. Cuando volvieron a entrar, la misma enfermera lo miró
con el rabo del ojo, con una media sonrisa o algo que se le parecía. Lo peor
fue creer verle un brillo maligno, un reflejo verde que apenas vislumbró y
reconoció mientras avanzaba hacia la máquina y empezaba desabotonarse la
camisa. “Como si ya estuviera muerto” pensó con sorpresa. Cuando se dio vuelta
sin la camisa y el hombre de túnica le hizo levantar los brazos, ella, la
enfermera, agarró unas carpetas y se fue sin mirarlo. Pero cuando apoyaba las
costillas en el metal supo que posiblemente eran ellas las que se habían
movido, sin prestar atención a lo que se estaba haciendo o sin que les
importara, y seguían indiferentes a todo en su danza febril, enloquecida y
constante, girándole en el espacio de los pulmones. “Son ellas” le hubiera
dicho al hombre: “Las abejas”. Pero no dijo nada.
Esta vez el hombre de
túnica se mantuvo silencioso en el corredor. Volvió cinco minutos después y le
entregó un sobre grande. Pero lo miró, rápida y fijamente, antes de dar media
vuelta e irse. El otro médico, inmovilizado el brazo con el cigarro en el medio
de la nube de humo, encendió la luz de la caja vidriada que estaba en la pared
a la altura de su silla y miró sin moverse, atento. Él también miró,
agachándose, sin reconocer aquel juego de manchas blancas y negras, hasta que
el médico apagó la luz y empezó a escribir en la ficha.
-Pulmonía, con seguridad.
Ese pulmón izquierdo está bastante feo. Reposo absoluto por unos 10 o 12 días.
Y este remedio, una vez cada 12 horas. Cualquier cosa me llama. Lo veo en dos
semanas.

























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