lunes

EL TALLER DE LA VIDA / confesiones (22)


HUGO GIOVANETTI VIOLA

Primera edición: Caracol al Galope / elMontevideano Laboratorio de Artes (2009)
Primera edición WEB: elMontevideano Laboratorio de Artes (2018)
Retrato de portada: Horacio Herrera.


DOS: EL AMOR DEL PURGATORIO

31 / MOSCÚ 


Los escritores uruguayos agremiados en ASESUR teníamos un convenio de mutua asistencia con los colegas soviéticos que firmaron Saúl Ibargoyen y Jorge Arbeleche en la mismísima Moscú gorbachoviana en el 86.

Yo había avisado dos meses antes que iba a visitarlos después del Encuentro de Lahti y en Finlandia confirmé el día y la hora de mi llegada en tren y los tavarich me dieron el okey y el sábado que aparecí a mediodía con 36 grados de calor ni siquiera me fueron a buscar a la estación.

El responsable, Yuri Greyding, un traductor presidente de la Asociación de Escritores que vivió durante años viajando por el mundo a costas de ese curro, fue tratado a cuerpo de zar y con plata de nuestros bolsillos en Montevideo, pero en Moscú recién pude localizarlo el lunes porque las oficinas públicas cerraban el fin de semana. Me dijo que se había olvidado de mi llegada y chau.

Lo que me salvó fue la garra proletaria de un taximetrista que me acosó una hora y media en la estación hasta que entendió lo que me pasaba y me llevó al palacio ochocentista que había inspirado a Tolstoi para escenificar el baile de Guerra y paz y donde ahora funcionaba la Asociación y apagó el contador y se hizo abrir por la casera y se puso a llamar a medio mundo por teléfono hasta que apareció una santa traductora al inglés que me pidió disculpas y me colocó en el horrendo pero lujoso hotel staliniano Ukraina y me dio quince rublos para que aguantara dos días.

Desde allí llamé al profesor y crítico no afiliado al Partido Comunista Soviético Yuri Vannikov, un especialista en literatura uruguaya que me fue a buscar enseguida y me sacó a pasear por el Kremlin y el domingo me invitó a comer en su casa.

A mí me quedaban cincuenta dólares y el lunes de mañana, antes de localizar al burócrata que en Montevideo se adiccionó a la parrillada y al Cabernet Santa Rosa, me puse a mirar el tablero de cotizaciones del hotel y un gordo medio bizco y con pinta de guardaespaldas de gángster me empezó a contrabandear guiñadas y entendí que quería comprar lechugas y subimos a mi quinceavo piso y no cerré la puerta por si se le ocurría acuchillarme y nos pusimos a hacer cuentas dignas de Laurel y Hardy y cuando le cambié el tesoro por novecientos rublos inconvertibles fuera de la URSS pero que me volvían un magnate se arrodilló, se tocó el corazón y señaló las alturas con una desesperación tan mísera que terminé de darme cuenta que estaba en el infierno.

Yo quería pasar un día en Leningrado y Greyding fingió hacer una llamada y me dijo que no había lugar y me agarró el pasaje y lo guardó en un cajón sonriendo: Se lo mandamos cambiar por uno directo a Helsinki.

Después me presentó a mi inolvidable intérprete y guía, Vladimir Corsun, un rubicundo gigante treintón que también era sinólogo o sea un cuadro del Partido especializado en los vínculos con la República Popular China, aunque cuando quedamos solos me aclaró que en realidad tenía que considerarlo un cinólogo pero con c de cínico. Y ya empezó a divertirse sanísimamente con mi inocencia fanática y antes de ordenarlo un destino al chofer de la catramina que nos podían prestar un día por medio hizo una pregunta histórica: ¿Le muestro o le escondo, camarada?

Yo me merecía eso, y pasé la semana viendo tanto desastre y escuchando hablar de tanta corrupción que durante aquellas seis noches blancas pero llenas de cuervos que parecían pedorrear en lugar de graznar y me tomaba unas cuantas vodkas y una botella de vino con la cena y lo único que me emborrachaba era una desilusión infinita como la nada en la que sigue creyendo el esteta torresgarciano defensor de la perestroika y defenestrador de los místicos del mundo.

Y cuando el jueves le comenté a Vladimir que Greyding me tenía que cambiar el pasaje vía Leningrado él se puso muy pálido y nos fuimos enseguida a la Asociación y comprobamos que el burócrata se había vuelto a olvidar y ya se había borrado de nuevo al Caribe y entonces al cinólogo se le activó la grandeza que algunos nunca se dejan triturar y se pasó dos días en las ventanillas con otra camarada de verdad hasta que me consiguieron por lo menos una vuelta a Helsinki el sábado y me salvé de tener que quedarme veinte días más y pagarle una bruta multa a la aerolínea.

Lo único que yo quería comprar eran regalos para mi familia, pero ni siquiera pude terminar de gastarme los rublos negros porque no había casi nada que valiera la pena. Y el sábado de nochecita Yuri Vannikov vino a despedirme al Ukraina y nos tomamos todo y a ellos se les salía el maravilloso corazón ruso cuando brindaban con la invencibilidad posada en ese atardecer-amanecer sin tiempo que les regala el cielo a los que saben ver: Salud, tavarich, porque si la pudrición volara no veríamos el sol.


12 / LA DEPRESIÓN

Una preciosa tarde de febrero del 91 fui al entierro de Felipe Novoa, otro camarada de verdad, y conocí los horribles tubulares del Cementerio del Norte, aunque lo único que se me enquistó fue un cajón mal cerrado que permanecía en depósito al lado de mi amigo.

Esa noche fuimos al cumpleaños de otro viejo amigo con Rosina y la pasamos bien con Saúl y Gravina y hasta cantó el gallego Capella y había mucho para tomar pero estuve discreto.

Y el domingo me desperté muerto. Aquello no tenía nada que ver con ninguno de los infinitos matices de la angustia y ni siquiera dolía: era como ver vivir a los demás desde una especie de más acá cristalizado que para peor podía disimularse perfectamente en la vida cotidiana.

No me animé a comentárselo a Rosina y el lunes me levanté a escribir la nouvelle que terminaría llamándose Los borrachos van al cielo. La escena del niño poeta que llora en el tablado por su padre desaparecido la inventé mientras dormía y fue la única vez que subí al ring en cuatro patas y hubo que pelear igual.

¿Pero qué te pasó?, trató de no desesperarse mi terapeuta en la sesión del martes. Y yo contaba toda mi semana omitiendo el entierro en los tubulares y el principio de la novela del huérfano.

Lo que me sacó en menos de dos semanas del estado de hombre muerto caminando fue el bendito Anafranil, 25, que tengo que tomar de por vida, pero nos costó un mes elaborar que la fulminante depresión era el duelo por mi padre.

En noviembre del 90 ya habíamos trabajado el tema de las pérdidas porque mi madre murió en agosto y yo andaba con muchas pesadillas y Demian me aclaró que él odiaba teorizar pero que ese desasosiego parecía ser el duelo por ella. Y de golpe me escuché preguntar: Qué es un duelo.

Un sufrimiento que no termina hasta que no aceptamos que alguien se fue, sentenció filosamente Demian, que acababa de perder a su hermana Eva.

Y entonces pegué un salto y caminé por el costado del escritorio para acorralarlo como un discutidor de Faulkner: Y qué es aceptar.

Bueno, se agarró la cabeza el hombre de ternura chillona y después señaló con un brazo-espada la biblioteca que estaba enfrente mío: En este caso sería como decir: ella se fue por allá. Y yo no me voy con ella.

Entendí. Y en marzo del 91, cuando repasamos por millonésima vez los hechos anteriores a la explosión depresiva conté el entierro de Felipe y pumba: un poeta ya octogenario que estuvo muy vinculado a la gente del Taller Torres García y hasta físicamente se podía aproximar a la figura de mi padre.

Y me acordé que ya Mario Levrero, el gran escritor casi loco total a quien le debo una delicadísima amistad y la recomendación de comprar Psicología y religión, mi primera lectura junguiana, me había advertido que aquel alivio que sentí cuando se fue mi padre era peligrosamente edípico.

Y Demian nunca supo, además, que el único lugar mágico que conocí en la espiral dantesca de Moscú fue la casa de invierno de Tolstoi, porque Greyding no necesitó fingir ninguna llamada telefónica para contestarme que ir a Yasnaia Poliana con ese calor no me valía la pena.

El caserón tiene partes construidas con madera y chapa y respira la majestuosa pobreza del espíritu del santo que escribió la frase más importante de la modernidad: ¿Cómo podríamos haber inventado a Dios si no existiera?

Y después de escuchar una pionera grabación pianística de Rimsky-Korsakov nos metieron en un escritorio de techo muy bajo donde un cartelito dejaba constancia de que allí había sido escrita La muerte de Ivan Ilich.

Y esa tarde volví contento al hotel y Vladimir aceptó acompañarme a cenar en mi cuarto y las primeras vodkas me depositaron en una ebriedad digna y murmuré: Pensar que acabo de estar en la pieza donde Tolstoi derrotó a la muerte.

Pero camarada, carcajeó Vladimir: ¿Cómo va a derrotar a la muerte un hombre que ya era un cadáver? ¿No se dio cuenta que esa pieza era un ataúd?

Y eso me hizo entender que una cultura donde se enseña a no creer es el infierno máximo. Y aquella noche bajé a dar una vuelta por el Sena moscovita que bordeaba el Ukraina y al volver apunté casi de corrido un texto titulado Casa de Tolstoi: Padre / hoy he vuelto a ver / ocultarse tu amado corazón amarillo. / Porque no hay animal que no esplenda sus huesos / cuando se alza el dolor secreto de la historia.


33 / MI MADRE

Desde el 83, cuando yo compré el apartamento, mi madre pasó a ocupar un pedazo de casa natal pero nunca aceptó esa soledad. Decía que era como vivir arrimada, y yo nunca podré terminar de agradecerle a Sergio y a Ruth que hayan decidido contener esa pena lindera.

Y además hicieron lo imposible para atenderla, y la llevaban de viaje en al auto al Brasil y a la Argentina y vivían en familia, pero en el invierno del 90, a los sesenta y siete años y con buna salud física, pudo más el llamado del cementerio.

Yo nunca supe bien cómo fue. La encontraron en el suelo del dormitorio, aparentemente mientras iba al baño, y cuando llegué y le pregunté a mi desmoronado hermano si iba a mandar a hacer una autopsia él roncó: Para qué.

Y aunque pueda no creerse, demoré quince años en llamarle suicidio a esa muerte, y fue porque yo también estuve tratando de suicidarme con el alcohol hasta 2005. La verdad nos hace libres, pero lo más difícil del mundo es dejar que nos habite.

Y, como profirió el padre Fidel Gil en plena homilía y sin ironizar en absoluto, si la televisión nos pudiera mostrar a Cristo resucitado por lo menos media humanidad lo contemplaría con total indiferencia.

En mi cuaderno de poemas infantiles hay dos cartas que le escribí a mi madre en el 58 y el 59 para su cumpleaños, y en aquella semana de agosto me arrastré por el ring igual que si pelear significase besar cada centímetro de un corral de nieve y mandé la Última carta.

Todavía no morías.

Un gran silencio en flor te fue reconstruyendo / dentro del habitáculo / donde la última boca de tu horror / mordía el cielo vacío.

Y el erecto perfil de otros amaneceres / nos condujo al espacio / de tu rostro real.

(Ya no tuviste pechos / madre / sino un par de limones fluorescentes y machos: / Sergio y Hugo colgándote.

¿Conocer por el fruto?)

Y nos bastó posar la pena ultravioleta / en el cajón tapiado / para ver emerger tu juvenilidad / como una construcción imborrable y celeste.

Y el resto eran recuerdos descompuestos en vida.

(Ya no tuviste huesos / madre / sino mansas gotitas colgando de alambrados / que doraban la lluvia.
¿Cómo perder tus cartas?

El gran silencio en flor se pudrió suavemente / y hubo que recoger cada intacto color / de las viejas corolas soñadas / que duraron.

(Hugo-padre afloró de su heredad flotante / y bailaste un baión son tus niños perdidos.)

Y ya no hubo más prójimo / que la hermandad reunida entre las alamedas / violentas y nocturnas / para invocar la especie del pez enamorado / y perforar la bruma brutal / y el desencuentro / y construir el fluir hacia las constelaciones.

(Y cuando ya morías / un crisantemo roto nevó bajo los pinos / y vi abrirse tu risa como un cielo de invierno / más real que la nada.

Sólo yo la encontré.

Sergio estaba ocupado cosiendo corazones.)

Y la madrugada del velorio pasó algo que le hice contar a mi alter ego Jerónimo Rabí en un relato de Fe a domicilio: Le descubrí la línea de flotación a mamá. ¿Viste cuando estuve parado un rato al lado del cajón? De golpe me fue llegando una cara celeste como de alrededor de treinta años, totalmente feliz. Y sentí que es la cara que le va a quedar viva.

Y en Los recovecos de Manuel Miguel / Desbocada reinvención de la vida de Manuel Espínola Gómez aparece esta escena ubicada en la casa de Valentín Gómez.

La puerta de calle está abierta y en el zaguán me encuentro con el esqueleto de mi madre, que viene a traerle más café a los maestros.

-Estamos enterrando el corazón de tu padre -murmura. -¿No vas a darme un beso?

Del esqueleto sobresalen tres rosas frescas y erectas.

-Habría que perdonarse -trato de sonreír.

Mi madre se arranca una corola-pecho para secar la viscosidad que me hiela la frente y siento que ya no hay Gárgola sobre su calavera. Entonces me arrodillo a besarle la rosa esencial.

Y en agosto de 2006, en un viaje de preparación de la película Jesús de Punta del Este, miré la Isla de Lobos desde un cuarto piso y amaneció el perdón.

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