lunes

FRANCISCO "PACO" ESPÍNOLA - DON JUAN, EL ZORRO (17)


ARTURO SERGIO VISCA: PRÓLOGO (3)

HISTORIA DE UNA NOVELA EXCEPCIONAL

EPÍLOGO: APROXIMACIÓN CRÍTICA (2)


No creo inútil ampliar las afirmaciones que anteceden con una respuesta a esta interrogante: ¿cuál debe ser la actitud valorativa del lector o del crítico ante este inconcluso Don Juan, el Zorro? Pienso que varias actitudes valorativas son posibles. Las detallo a continuación:

a) Juzgar el Don Juan, el Zorro como si fuera un “todo”. Sería esta, a mi juicio, una actitud crítica viciosa, ya que su condición de inconclusa impide -tal como ya ha sido señalado en el parágrafo anterior- que la obra tenga unidad, no pudiendo, por lo mismo, constituir un “todo” o estructura de componentes perfectamente correlacionados. Juzgarla como tal sería, pues, juzgarla por lo que no es. El lector o el crítico, por consiguiente, deben enfrentarla con lúcida conciencia de esta situación y eludir un juicio valorativo que no la tenga en cuenta.

b) Juzgar el Don Juan, el Zorro teniendo bien presente que no se constituye como un “todo”. Desde esta perspectiva, caben diversas valoraciones: los capítulos I y V, La mala acción del Peludo y Muerte y velorio del Peludo, leídos separadamente del resto de la novela, ya que de por sí conforman una unidad, constituyen una pequeña obra maestra narrativa, aunque en un nivel creador menos ambicioso que el de los otros capítulos; los capítulos II, La Comisaría, III, Agonía del Peludo, VII, La pulpería, VIII, El sitio de la Mulita, IX, Los tres viejos y X, La muerte de los Sargentos y de la Mulita, considerados por el autor como definitivamente realizados, son expresiones cimeras de la narrativa rioplatense; los capítulos IV y V, La partida del Sargento Cimarrón y En la casa del Zorrino, aunque indudablemente valiosos, no alcanzan, por no haber sido reelaborados, el nivel de calidad de los anteriores; los dos capítulos, La tormenta y Noche en el monte, incluidos como Apéndices, son notables ejercicios narrativos aunque de carácter muy estático (porque, sin duda, al quedar aislados, no permiten intuir claramente cuál sería su función en la dinámica argumental de la novela).

c) Juzgar un Don Juan, el Zorro imaginario: el que habría sido si el autor lo hubiera terminado según lo proyectaba. No es una presunción quimérica suponer que la “orquestación” de los capítulos iniciales y la redacción de los finales que el autor proyectaba hubieran dado como resultado un Don Juan, el Zorro que desde el principio al fin hubiera mantenido el nivel de los capítulos estimados como definitivos. De haber sido así, no vacilo en afirmar que el Don Juan, el Zorro de Francisco Espínola se situaría en lugar de primera fila, y muy destacado, dentro del territorio de la narrativa hispanoamericana del siglo XX. Esta afirmación se fundamenta en las calidades narrativas que el texto visualiza en forma deslumbrante; entre muchas, estas: excepcional inventiva para la creación de personajes y situaciones; insuperable sabiduría en el manejo de los recursos de composición narrativa; lúcida utilización de la materia verbal mediante la cual obtiene inesperados y originalísimos efectos. (9)

Las líneas que componen el presente parágrafo constituyen tan sólo un esquemático bosquejo de un posible trabajo crítico sobre el Don Juan, el Zorro de Francisco Espínola y solamente esbozan, por lo tanto, algunas de las ideas que en tal trabajo sería necesario profundizar mediante detenidos análisis. Quizás algún día cumpla con mi propósito de realizarlo. Mientras tanto, y ya que con un recuerdo personal inicié este prólogo, voy a cerrarlo con otro. Mi conocimiento de la creación narrativa de Francisco Espínola se remonta a los años de mi adolescencia, cuando cursaba, en el liceo José Enrique Rodó, estudios secundarios. Conocí los cuentos de Raza ciega a través del portero del liceo, Pereira, que me prestó el libro. La impresión que me produjo la lectura fue imborrable. Fue como tocar con la mano el latido de una vida ajena. Descubrí en los cuentos de Raza ciega algunas fibras, para mí desconocidas, del corazón nacional. Y lo mismo me ocurrió con la inmediata lectura de Sombras sobre la tierra, realizada en el viejo local de la Biblioteca Nacional, ubicada en aquel entonces en la Facultad de Derecho. No puedo tampoco olvidar mi ingenua admiración juvenil cuando, veía, aquí o allá, la inconfundible figura del Paco Espínola de aquellos años: traje siempre negro, cuello palomita y corbata de moña, el negro cabello como tirando hacia atrás la amplia frente, bajo la cual los redondos anteojos de carey encerraban unos ojos que al mismo tiempo parecían encerrarse y escrutar. Años más tarde, me ligó al escritor una inolvidable amistad personal. Conservo el recuerdo de muchas conversaciones aleccionadoras. Entre otras, una, sostenida en un silencioso, casi solitario cafecito de la ciudad de Tacuarembó. De esa conversación recoge ahora mi memoria una metáfora. Decía Espínola que vivir en una tradición, o insertarse en ella, era como tener ante sí para contemplar, o tras de sí, para apoyarse, una pared de corazones. Es posible afirmar, sin vacilaciones, que la obra de Francisco Espínola forma parte de la pared de corazones de nuestra aun joven tradición nacional.


Notas

(9) Entre los apuntes manuscritos del autor relacionados con Don Juan, el Zorro, hay uno que se refiere especialmente al manejo de la materia verbal y que estimo conveniente transcribir. Es el siguiente: “…la lengua está manejada para que dé una fulguración nueva en la narrativa hispanoamericana. Esto consigue ser a la vez fiel al arte y fiel a nuestra psicología en lo que la evidencian nuestras formas de lenguaje. He cuidado que las acepciones típicas de los vocablos y de los giros sean los que, conocidos en mi niñez, continúan vigentes hoy, lo que asegura que no son circunstanciales, que obedecen a índoles profundas. Cuando la sintaxis se violenta es para mantener indemnes, así, matices también representativos.”

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