1º edición WEB: elMontevideano Laboratorio de Artes /
2018
DEL
BARRIO 10
Eran las ocho menos cuarto de la noche y todo el barrio estaba en la calle
asfaltada. Las luces se teñían envueltas en papeles de colores y los cables
eran soportes para cientos de banderines de tela.
Hoy es la noche donde toda la pobreza se viste de colores, donde las madres
sacuden sus rollos al son del tambor, donde la familia se contagia calle abajo
para bailar la música de sus ancestros, donde los niños corren a buscar a los
payasos para que les embadurnen las caras de felicidad. Esta noche el barrio
está unido porque todo es mágico y perfecto.
Y la fiesta sigue porque nadie sabe que dos viejos perversos empezaron su
plan y no van a dejarlos estar unidos ni siquiera una noche (los ricos no se
hacen ricos con pobres organizados). Si siguen unidos aunque sea por esta noche
podría ser que su jueguito de ajedrez nunca termine. (Y ellos son lo
suficientemente ricos como para terminar las cosas cuando se les cante.)
El Bauti había ido hasta el Colador pero como no encontró a nadie se fue
para volver al otro día. Entre el enredo de cientos de voces alegres Mamá Lucha
cuidaba que el Bauti (que está desde hace unos días sin padre) no se perdiera
mientras buscaba al Zurdo. El Zurdo (trabajador incansable) descansaba con sus
cuatro hijas y su amada esposa sentado en una remendada silla de playa. El
payaso Carcajada (enamorado de la noche más feliz del barrio) hacía animales con
globos para una niña dieciséis años. El espíritu del Raza tampoco había querido
quedarse afuera de la fiesta (estar muerto sólo parecía un detalle) y le miraba
con admiración el culo a las niñas. Un tipo negro con una prolija barba
disfrutaba con su señora de su primera noche fuera del juzgado (igual sacaba
notas de todas las cosas que le llamaran la atención y pudieran resultarle
útiles para juzgar a alguien en el futuro). Saludó respetuosamente a una
hermosa señorita de unos veintipico de años que le sonrió al pasar. La mujer de
ojos grafiteados también era parte de un plan y ahora hablaba con unos pibes que
querían saber quién vendía el Delirio: “El tipo pelado ese de dos metros lo
vende a buen precio” les dijo y siguió de largo. Al pasar le hizo una sincera
guiñada a un muchacho perfectamente erguido que tomaba del pico de una botella
con cara de extraviado (su soledad era entendible ya que había llegado al
barrio con sus dos egos hace un par de semanas una de las cuales la pasó en la
cama tratando de recuperarse del shock de haber matado a un niño durante el
robo al banco). Por suerte encontró entre la multitud a la única persona que
podría saludar: su compañero negro y fuerte comía una tarta casera que había
hecho su esposa. Tenía una niña dulce aúpa y un veinteañero abrazado del cuello
(se lo veía genuinamente feliz (lo envidió con ganas)).
Sin embargo, una escena a lo lejos interrumpió su envidiada felicidad. Una
escena que hizo que dejara de ser el buen Raúl y volviera a ser el Oficial
Brazas. Dejó la niña sobre la falda de su enojada esposa y salió a ver qué
sucedía.
-Lindo saco.
-¿Qué querés, Mancuerna?
-Ay Morales, Morales. Siempre me hacés reír.
-Hay algo en la rueda de tu moto.
-Sí, yo qué sé. ¿De dónde salió ese saco?
-Es mío. ¿Qué te importa?
-Tranquilo, Morales. Dicen unos pibes que andás vendiendo botellitas pero
seguro me mintieron. Vos sabés mejor que nadie lo respetuoso que es el jefe con
el tema de andar vendiendo sin su permiso.
-Ya lo dijiste. Te mintieron.
-Entonces supongo que no vasa tener problema en mostrarme los bolsillos,
¿verdad?
-No jodas, Mancuerna.
-Dale, mostrame. No cagués el desfile.
-No te voy a mostrar. No tenés por qué sacar el arma, enfermo.
-Mostrame y nos vamos todos contentos a coger a casa.
Morales metió la mano en el bolsillo del saco y sintió el insignificante
peso de dos botellitas. No se imaginaba cómo habían llegado hasta ahí pero iba
a ser muy difícil de explicarle al maníaco de su compañero que no estaba
vendiendo.
Se sacó del bolsillo las dos botellitas agarrándolas con un puño y se las
mostró al Mancuerna con una luminosa sonrisa de cómplice.
-Me llevé un par escondidas para poder celebrar esta noche como
corresponde.
-¡Eso es, mi Moralito! Pensé que no te metías Delirio.
-Sí, pero viste cómo es esto: alguna vez hay que empezar.
-Me alegro, me alegro. El jefe nunca se va a enterar de mi boca.
-Gracias, Mancuerna. Nos vemos mañana, si Dios quiere.
-Sí. Dios va a querer.
Mientras el desquiciado hombrecito daba media vuelta y se perdía entre la
multitud, el oficial Brazas fuera de funciones sacó el arma de reglamento de la
parte de atrás de su vaquero y le apuntó al enorme pecho del chofer. Había
visto el brillo celeste de las dos botellitas sobre la palma del tipo y sabía
que era para problema: “Aquel tipo siempre pintó para ángel y terminó siendo
persona” pensó mientras se acercaba. Todos estaban seguros mientras Darío fuera
el único que vendiera droga. Un nuevo vendedor significaba una guerra. No
quería que su hija Lupe creciera en un barrio en guerra. No se iba a arriesgar
ni siquiera a arrestarlo, el procedimiento no sabe de evitar guerras de narcos.
Un balazo hubiera sido suficiente pero Raúl Brazas le metió tres (por traidor).
La gente se agachó cubriéndose la cabeza y protegiendo a los niños. Los gritos
disolvieron la fiesta. Por primera vez en muchos años los tambores se callaron.
Desde el piso y agarrándose el pecho, Morales miró a su inesperado agresor.
No lo entendió. Pero a pesar de estar muriendo injustamente, por primera vez
contempló la posibilidad de que su vida estuviera bien hecha. Iba a morir en la
noche más feliz de su vida adulta (¡esa noche había encontrado un saco). Y
hasta se regaló unos instantes de tibia agonía en los que recordó las migas de
su hogar, lo poco que había hecho, se persignó mentalmente y murió.

























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