2 / EL ENCUENTRO CON LA DIOSA (3)
La figura mitológica de
la Madre Universal imputa al cosmos los atributos femeninos de la primera
presencia, nutritiva y protectora. La fantasía es en principio espontánea,
porque existe una correspondencia obvia y estrecha entre la actitud del niño
hacia su madre y la del adulto hacia el mundo material que lo rodea. (31) Pero
también ha habido en numerosas tradiciones religiosas un uso pedagógico
conscientemente controlado de esta imagen arquetípica de purgar, equilibrar e
iniciar a la mente en la naturaleza del mundo visible.
En los libros tántricos
de la India medieval y moderna la morada de la diosa se llama Mani-dvipa. “La
Isla de las Joyas”. (32) Su carruaje y su trono están allí, en un bosque de
árboles que conceden deseos. Las playas de la isla son de arenas doradas. Son
lavadas por las quietas aguas del océano del néctar de la inmortalidad. La diosa
es roja por el fuego de la vida; la Tierra, el sistema solar, las galaxias de
los espacios mayores, están dentro de su vientre. Porque ella es la creadora
del mundo, siempre madre y siempre virgen. Ella circunda a lo circundante, nutre
a los que alimentan y es la vida de todo lo que vive.
También es la muerte de
todo lo que muere. Todo el proceso de la existencia queda comprendido dentro de
su poder, desde el nacimiento, la adolescencia, la madurez, la ancianidad y la
tumba. Es el vientre y la tumba, la puerca que come a sus lechones. Así reúne
el “bien” y el “mal” exhibiendo las dos formas de la madre recordada, no sólo
la personal sino la universal. Se espera a que el devoto contemple a las dos
con ecuanimidad. A través de este ejercicio de espíritu queda purgado de su
sentimentalismo y sentimientos infantiles e inapropiados y su mente abierta a
la inescrutable presencia que existe como ley e imagen de la naturaleza del
ser, y no primariamente como el “bien” y el “mal”; como el bienestar y la desesperación
con respecto a su conveniencia humana infantil.
El gran místico hindú del
siglo pasado, Ramakrishna (1836-1886), era sacerdote de un templo recientemente
construido a la Madre Cósmica en Dakshineswar, un suburbio de Calcuta. La imagen
del templo presentaba a la divinidad en sus dos aspectos simultáneamente, el
terrible y el benigno. Sus cuatro brazos presentaban los símbolos de su poder
universal; la mano izquierda superior empuñaba un sable ensangrentado, la
inferior tenía por el cabello una cabeza humana cercenada; la mano derecha
superior estaba levantada en la actitud de quien dice “no me temáis”, la inferior
extendida en ofrenda de bienes. En el cuello usaba un collar de cabezas humanas;
su falda estaba formada por brazos humanos; su larga lengua estaba afuera, para
lamer la sangre. Ella era la Fuerza Cósmica, la totalidad del universo, la
armonía de todas las parejas de contrarios, combinando maravillosamente el
terror de la destrucción absoluta con una seguridad impersonal pero materna.
Por otra parte, era el río del tiempo, la fluidez de la vida, la diosa que al
mismo tiempo crea, protege y destruye. Su nombre es Kali, la Negra; su título,
la Barca que cruza el Océano de la Existencia. (33)
Notas
(31) Cf. J. C. Flügel, The Psucho-Analytic Study of the Family (“The International
Psycho-Analytical library”, Nº 3, 4a edición; Londres, The Hogarth Press,
1931), capítulos XII y XIII.
“Existe -observa el profesor
Flügel- una asociación muy general, por una parte entre la noción de mente,
espíritu o alma y la idea, del padre y de la masculinidad, y por otra, entre la
noción de cuerpo o de materia (materia,
la que pertenece a la madre) y la idea de la madre o principio femenino. La
represión de las emociones y sentimientos relacionados con la madre (en nuestro
monoteísmo judío-cristiano) ha producido, en virtud de esta asociación, una tendencia
a adoptar una actitud de desconfianza, desprecio, asco u hostilidad hacia el
cuerpo humano, la Tierra y todo el universo material, con una tendencia
correspondiente a exaltar o acentuar demasiado los elementos espirituales, ya
sea en el hombre o en el esquema general de las cosas. Parece muy probable que
muchas de las más pronunciadas tendencias idealistas en filosofía deban la
atracción que poseen para muchas mentes a esta reacción en contra de la madre
mientras que las más dogmáticas y estrechas formas de materialismo, a su vez,
representan el regreso de los sentimientos reprimidos originalmente conectados
con la madre.” (Ibid., p. 145, nota
2.)
(32) Los escritos
sagrados (Shastras) del hinduísmo se dividen en cuatro clases: 1) Shruti, que se consideran como
revelación divina directa; estos incluyen los cuatro Vedas (antiguos libros de
salmos) y algunos de los Upanishads (antiguos libros de filosofía; 2) Smriti,
que incluyen las enseñanzas tradicionales de los sabios ortodoxos, las
instrucciones canónicas para los ceremoniales domésticos y ciertos trabajos de
leyes seculares y religiosas; 3) Purana, que son las obras hindúes mitológicas
y épicas por excelencia; estas tratan del conocimiento cosmogónico, teológico,
astronómico y físico; y 4) Tantra, textos que describen las técnicas y rituales
para la adoración de las deidades, y para la obtención de la fuerza sobrenatural.
Entre los Tantras está un grupo de escrituras particularmente importantes (llamadas
Agamas) que se supone han sido reveladas directamente por el Dios Universal
Shiva y su diosa Parvati. (Se les llama, por lo tanto, “el quinto veda”.) Estos
libros sostienen la tradición mística conocida específicamente como “el Tantra”,
que ha ejercido una fuerte influencia en las formas posteriores de la
inonografía budista e hindú. El simbolismo tántrico fue llevado por el budismo
medieval de la India al Tibet, China y Japón.
La siguiente descripción de
la Isla de las Joyas está basada en Sir John Woodroffe, Shakti ans Shakta (Londres y Madrás, 1929), p. 39 y en Heinrich
Zimmer, Myths and Symbols in Indian Art
and Civilization (The Bollingen Series, VI; Phanteon Books, 1946), pp.
197-211. Si se desea una ilustración de la isla mística, ver Zimmer, figura 66.
(33) The Gospel o Dri Ramakrishna, traducido al inglés con una introducción
por Swami Nikhilananda (Nueva York, 1942), p. 9.

























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