...Verás, resulta
que en aquel pequeño y frío desván no había más luz que la que penetraba a
través de una sola ventanita cubierta de escarcha en el alero de la casa, a
través de la cual resplandecía aquella estrella tan grande.
«Qué desgraciado
soy -pensó el árbol, al tiempo que se tocaba todas las ramas para ver si se
había roto algo-. ¿Qué he hecho yo para que me abandonen en este frío y
solitario lugar?»
Pero nadie lo oyó.
Y allí permaneció el abeto durante muchos días y muchas noches.
Cierta noche, sin
embargo, el árbol pudo ver con el rabillo del ojo cuatro brillantes puntitos
rojos que eran los ojos de dos minúsculas ratas que vivían entre las paredes
del desván.
«Oh -les dijo con
dulzura-, oh, señoras mías, ¿sabéis cuándo vendrán a sacarme de este desván
para llevarme de nuevo a la habitación especial?»
La ratita vestida
con mono de trabajo y bufanda empezó a reírse:
«¿V-venir a
sac-carte y llevarte de nuevo a la habitación e-especial? Ja ja ja.»
En cambio, la otra
ratita vestida con una pequeña falda y un delantal blanco le dio un codazo a su
amiga y le dijo con amabilidad: «Oh, querido árbol, ¿pero qué dices, acaso no
has tenido una vida satisfactoria?» «Sí», contestó el árbol, asintiendo
tristemente con su copa.
«Ah, ya sé que te
creías nacido para este tipo de vida... y que no deseabas cambiarla. Pero...
-aquí la ratita le dio una palmada al árbol- todo termina, mi querido árbol,
incluso las cosas buenas.»
«¿Esta temporada
tiene que quedar atrás entonces?», preguntó el abeto.
«Sí -contestó la
ratita, alargando una pata para darle otra palmada al árbol-. Esta temporada ha
terminado. Pero ahora empieza otra distinta. Una nueva vida, siempre otra clase
de vida viene después de la antigua. Ya lo verás.»
Y las dos ratitas
se pasaron toda la noche sentadas junto al árbol, contándole cuentos y cantándole
todas las canciones que sabían. Y el abeto les preguntó si les gustaría
encaramarse a sus ramas para estar más calentitas y ellas aceptaron de muy buen
grado. Y juntos se pasaron toda la oscura noche durmiendo, mientras la gran
estrella del otro lado de la ventana se acercaba cada vez más, casi como si
estuviera al corriente de la situación y, movida por la compasión, quisiera
derramar toda su luz sobre ellos.
A la mañana
siguiente, el abeto y las ratitas fueron bruscamente despertados por el ruido de
unas fuertes pisadas en la escalera. Las ratitas saltaron de las ramas del
abeto.
«Adiós, querido
amigo. Acuérdate de nosotras, tal como nosotras nos acordaremos de ti y de tu
bondad», dijeron las ratitas que corrieron a esconderse en una grieta de la pared.
«Y yo de vosotras
-gritó el abeto-. Me acordaré de vosotras.»
La puerta del
desván se abrió con estrépito y el padre, abrigado con un gorro de lana y un
gabán, tomó el abeto y lo arrastró escaleras abajo, cruzó la puerta con él y lo
llevó hasta el patio. Allí lo dejó apoyado contra un viejo tocón y, alzando una
enorme hacha, la dejó caer con todo su peso en medio del árbol, provocando un
terrible fragor de la madera al desgarrarse. Al primer golpe, el árbol creyó
morir de dolor y, al segundo, se desmayó.
Un buen rato
después, el abeto se despertó de nuevo en un rincón de la habitación especial
y, aunque no era exactamente el mismo de antes, le pareció que sólo le faltaban
las hojas y que sus brazos estaban colocados de otra manera, separados de él y
troceados. Pero también vio en las sillas que había delante de la chimenea a
los dos ancianos que habían cuidado de él al principio, cuando había llegado a
la casa desde el bosque. Eran los que tiempo atrás habían aliviado el dolor de
su herida con agua fresca. Y allí estaban, arrebujados delante del fuego. A
pesar del estado en que se encontraba, el abeto contempló con una sonrisa el
amor que reinaba entre ambos.
El viejo se
levantó y arrojó uno de los brazos del árbol al fuego y, aunque al principio el
abeto opuso resistencia y gritó, no tardó en comprender, mientras las llamas
penetraban en su interior, que aquella era su gozosa misión en el mundo: darles
calor a seres como aquellos.
Oh, qué dicha tan
grande ser calentado por dentro por la llama del amor y por fuera por el amor
de alguien como él.
El abeto ardía
cada vez con más fuerza. «Nunca habría imaginado que fuera capaz de arder con
semejante brillo, que pudiera llenar una estancia con semejante calor. Amo a estos
viejos con todo mi corazón.» El abeto y todos los nudos de su leña -y de su
corazón estallaron de alegría entre las llamas.(13)
Notas
(13) Un cuento muy
distinto y mucho más breve de Hans Christian Andersen termina sin más con la
quema de un árbol. Los cuentos de nuestra familia que hablan del humus son
curiosos en el sentido de que muchos de ellos son más misteriosos y presentan «desenlaces»
de una mayor singularidad que la mayoría de los retocados y embellecidos «clásicos».
En mi opinión, los encuentros directos con la muerte, los encuentros de primera
mano con los terrores de la humanidad, han permitido que los cuentos de mi
familia conserven su poder de redención.

























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