II
(13)
Se dicen cosas sólidas
cuando no se pretende decir cosas extraordinarias.
No hay nada verdadero que
sea falso; no hay nada falso que sea verdadero. Todo es lo contrario de sueño,
de mentira.
No hay que creer que lo
que la naturaleza ha hecho amable sea vicioso. No hay siglo ni pueblo que haya
establecido virtudes, vicios imaginarios.
No se puede juzgar la
belleza de la vida si no es por la de la muerte.
Un dramaturgo puede
adjudicar a la palabra pasión una significación de utilidad. Ya no es más
dramaturgo. Un moralista adjudica a una palabra cualquiera un significado de
utilidad. ¡Sigue siendo moralista!
Quien examine la vida de
un hombre, encuentra en ella la historia del género. Nada ha podido volverse
malo.
¿Es necesario que yo
escriba un verso para apartarme de los otros hombres? ¡Que la caridad juzgue!
El pretexto de los que
hacen la felicidad de los otros es que quieren su bien.
La generosidad goza con
la dicha ajena, como si ella fuera responsable.
El orden domina en el
género humano. La razón, la virtud, no son lo más fuerte en él.
Los príncipes crean pocos
ingratos. Dan todo lo que pueden.
Se puede amar de todo
corazón a aquellos en quienes reconocemos grandes defectos. Sería impertinente
creer que la imperfección es la única que tiene derecho a agradarnos. Nuestras
debilidades nos mantienen ligados unos a otros, tanto como podría hacerlo lo
que no es la virtud.
Si nuestros amigos nos
prestan servicios, pensamos que por ser amigos nos lo deben. No se nos ocurre
pensar que nos deben su enemistad.
Aquel que ha nacido para
mandar, mandará hasta en el trono.
Cuando los deberes nos
han agotado, creemos haber agotado los deberes. Decimos que todo puede llenar
el corazón del hombre.
Todo vive por la acción.
De allí, la comunicación de los seres, la armonía del universo. Esta ley tan
fecunda de la naturaleza nos parece un vicio en el hombre. Él está obligado a
obedecerla. Como no puede subsistir en el reposo, deducimos que está bien donde
está.
Se sabe lo que son el
Sol, los cielos. Poseemos el secreto de sus movimientos. En la mano de Elohim,
instrumento ciego, resorte insensible, el mundo atrae nuestros homenajes. Las
revoluciones de los imperios, las fases del tiempo, las naciones, los
conquistadores de la ciencia, todo proviene de un átomo que se arrastra, no
dura más que un día y destruye el espectáculo del universo en todas las edades.

























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