domingo

POESÍAS - CONDE DE LAUTRÉAMONT (22)



II (13)

Se dicen cosas sólidas cuando no se pretende decir cosas extraordinarias.

No hay nada verdadero que sea falso; no hay nada falso que sea verdadero. Todo es lo contrario de sueño, de mentira.

No hay que creer que lo que la naturaleza ha hecho amable sea vicioso. No hay siglo ni pueblo que haya establecido virtudes, vicios imaginarios.

No se puede juzgar la belleza de la vida si no es por la de la muerte.

Un dramaturgo puede adjudicar a la palabra pasión una significación de utilidad. Ya no es más dramaturgo. Un moralista adjudica a una palabra cualquiera un significado de utilidad. ¡Sigue siendo moralista!

Quien examine la vida de un hombre, encuentra en ella la historia del género. Nada ha podido volverse malo.

¿Es necesario que yo escriba un verso para apartarme de los otros hombres? ¡Que la caridad juzgue!

El pretexto de los que hacen la felicidad de los otros es que quieren su bien.

La generosidad goza con la dicha ajena, como si ella fuera responsable.

El orden domina en el género humano. La razón, la virtud, no son lo más fuerte en él.

Los príncipes crean pocos ingratos. Dan todo lo que pueden.

Se puede amar de todo corazón a aquellos en quienes reconocemos grandes defectos. Sería impertinente creer que la imperfección es la única que tiene derecho a agradarnos. Nuestras debilidades nos mantienen ligados unos a otros, tanto como podría hacerlo lo que no es la virtud.

Si nuestros amigos nos prestan servicios, pensamos que por ser amigos nos lo deben. No se nos ocurre pensar que nos deben su enemistad.

Aquel que ha nacido para mandar, mandará hasta en el trono.

Cuando los deberes nos han agotado, creemos haber agotado los deberes. Decimos que todo puede llenar el corazón del hombre.

Todo vive por la acción. De allí, la comunicación de los seres, la armonía del universo. Esta ley tan fecunda de la naturaleza nos parece un vicio en el hombre. Él está obligado a obedecerla. Como no puede subsistir en el reposo, deducimos que está bien donde está.

Se sabe lo que son el Sol, los cielos. Poseemos el secreto de sus movimientos. En la mano de Elohim, instrumento ciego, resorte insensible, el mundo atrae nuestros homenajes. Las revoluciones de los imperios, las fases del tiempo, las naciones, los conquistadores de la ciencia, todo proviene de un átomo que se arrastra, no dura más que un día y destruye el espectáculo del universo en todas las edades.

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