domingo

EL TEATRO Y SU DOBLE (61) - ANTONIN ARTAUD


CARTAS SOBRE LA CRUELDAD

PRIMERA CARTA


París, 13 de setiembre de 1932
A J. P.

Querido amigo:

No puedo aclararte minuciosamente mi manifiesto, lo que deformaría quizá mi propósito. Todo cuanto puedo hacer por el momento es comentar mi título de Teatro de la Crueldad y tratar de justificar su elección.

No hay sadismo ni sangre en esta crueldad, al menos no de manera exclusiva.

No cultivo sistemáticamente el horror. La palabra crueldad debe ser tomada en un sentido amplio, no en el sentido material que se le da habitualmente. Y reivindico así el derecho de romper con un sentido usual del lenguaje, de quebrar de una buena vez la armadura, de hacer saltar el collar de hierro, de regresar, en fin, a los orígenes etimológicos del lenguaje, que con conceptos abstractos evoca elementos concretos.

Cabe muy bien imaginar una crueldad pura, sin desgarramiento carnal. Y filosóficamente hablando, ¿qué es por otra parte la crueldad? Desde el punto de vista del espíritu, crueldad significa rigor, aplicación y decisión implacable, determinación irreversible, absoluta.

El determinismo filosófico más corriente es, desde el punto de vista de nuestra existencia, una imagen de la crueldad.

Se da erróneamente a la palabra crueldad un sentido de rigor sangriento, de investigación gratuita y desinteresada del mal físico. El Ras etíope que arrastra a los príncipes vencidos y les impone la esclavitud, no lo hace por amor desesperado a la sangre. Crueldad no es, en efecto, sinónimo de sangre vertida, de carne martirizada, de enemigo crucificado. Esta identificación de la crueldad con los suplicios es sólo un aspecto limitado de la cuestión. En el ejercicio de la crueldad hay una especie de determinismo superior, a la que el mismo verdugo supliciador se somete, y que está dispuesto a soportar llegado el momento. La crueldad es ante todo lúcida, es una especie de dirección rígida, de sumisión a la necesidad. No hay crueldad sin conciencia, sin una especie de aplicada conciencia. La conciencia es la que otorga al ejercicio de todo acto de vida su color de sangre, su matiz cruel, pues se sobrentiende que la vida es siempre la muerte de alguien.

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