I
DIANA Y VIRBIO (3)
La otra deidad menor de Nemi era Virbio. La leyenda dice que Virbio fue el
joven héroe griego Hipólito, casto y hermoso, que aprendió del centauro Quirón
el arte de la montería y dedicaba todo el tiempo a cazar en la selva animales
salvajes en compañía de la virgen cazadora Artemisa (contrafigura de Diana)
como única camarada. Orgulloso de la asociación divina, desdeñó el amor de las
mujeres. Esto le resultó fatal, pues Afrodita, ofendida por el desdén, inspiró
en su madrastra Fedra amor hacia él: cuando fue rechazada en sus malvados
requerimientos, lo acusó ante su padre Teseo, quien, creyendo la calumnia,
imprecó a su señor, Poseidón, para que le vengara de la supuesta ofensa. Así,
mientras Hipólito paseaba en su carro por las orillas del Golfo Sarónico, el
dios marino le envió un toro bravo que, saliendo de entre las olas, aterrorizó
a los caballos, que se encabritaron y arrojaron del carro a Hipólito, quien
murió pisoteado bajo los cascos de los caballos. Pero movida Diana del amor que
le tenía, persuadió al médico Esculapio para que con sus medicinas resucitase
al hermoso y joven cazador. Indignado Júpiter de que un simple mortal repasase
las puertas de la muerte, arrojó al Hades al entrometido médico, mientras
Diana, para librar a su favorito de la encolerizada deidad, lo ocultó en una
espesa nube, envejeció su aspecto y, llevándole lejos hasta las cañadas de
Nemi, confiole a la ninfa Egeria para que viviera desconocido y solitario bajo
el nombre de Virbio en las profundidades de la selva italiana. Allí reinó como
monarca y en el mismo lugar dedicó un recinto a Diana. Su apuesto hijo, también
llamado Virbio, sin recelar el sino de su padre, guió su tiro de caballos
indómitos para unirse a los latinos en la guerra contra Eneas y los troyanos.
Virbio tuvo culto como deidad no solamente en Nemi. Sabemos que en Campania
tenía un sacerdote adscrito a su servicio. Por ser los caballos los causantes
de la muerte de Hipólito, estaban proscritos de la selva de Aricia y de su
santuario. Se prohibió tocar su imagen. Algunos creían que era el sol. “Pero la
verdad es -dice Servio- que Virbio es una deidad asociada a Diana, como Atis lo
está con la Madre de los Dioses, Erictonio con Minerva y Adonis con Venus”.
Cuál fuera la naturaleza de la asociación, lo investigaremos prontamente. Es
importante señalar aquí que en el largo y cambiante curso de este personaje
mítico, desplegó una vida de notable tenacidad; difícilmente podemos dudar de
que el San Hipólito del calendario romano, arrastrado y muerto por caballos el
13 de agosto, el mismo día de Diana, sea otro que el héroe griego del mismo
nombre, que, después de morir dos veces como pecador pagano, fue resucitado
felizmente como santo cristiano.
No se necesita una demostración meticulosa para convencerse de que los
relatos acerca del culto de Diana en Nemi no son históricos. Pertenecen sin
duda a esa larga serie de mitos elaborados para explicar el origen de un ritual
religioso y que no tiene otro fundamento que la semejanza real o imaginaria que
pudiera delinearse entre ellos y algún otro rito extranjero. La incongruencia
de los ritos de Nemi es verdaderamente transparente, puesto que la fundación
del culto se deriva unas veces de Orestes y otras de Hipólito, según que se
trate de explicar este o aquel detalle del ritual. El verdadero valor de tales
narraciones está en servir de ilustración sobre la naturaleza del culto, suministrando
una norma comparativa. Además, por su antigüedad venerable, son un testimonio
indirecto de que el inconcuso origen se perdió en las tinieblas de una fabulosa
antigüedad. A este respecto las leyes de Nemi son más dignas de fe que las
tradiciones de apariencia histórica, como la Catón el Antiguo cuando afirma que
el bosque sagrado fue dedicado a Diana por un tal Egerius Baebius o Laevius de
Tusculum, un dictador latino que representaba a los pueblos de Tusculum,
Aricia, Lanuvium, Laurentum, Cora, Tibur, Pometia y Ardea. Verdad es que esta
tradición concede una gran antigüedad al santuario, pues nos muestra que la
fundación ocurrió algún tiempo antes del año 495 a. c., en que Pometia fue
saqueada por los romanos y desapareció de la historia. No podemos suponer que
una costumbre tan bárbara como la del sacerdocio anciano fuese deliberadamente
instituida por una liga de comunidades civilizadas como la que sin duda
formaron las ciudades latinas. Debió provenir de una época perdida en la
memoria de las gentes, cuando Italia tenía todavía un modo de ser más primitivo
que cualquier otro conocido en períodos ya históricos. El crédito que pudiese
merecer esa tradición, más que confirmarse, se debilita por otra que adscribe
la fundación del santuario a un tal Manius Egerius, lo que dio origen al
proverbio “muchos Manes hay en Aricia”. Alguien explicó esto alegando que
Manius Egerius fue el antecesor de una larga y distinguida familia, mientras
otros, derivando el nombre de Manius del de Mania, fantasma o espantajo para
asustar a a los niños, creyeron que se debió a las muchas gentes deformes y repugnantes
que pululaban en Aricia. Un satírico romano usa el nombre de Manius como patronímico
de los pordioseros que esperaban a los peregrinos tumbados en las laderas de Aricia.
Estas diferentes opiniones, junto con las discrepancias entre Manius Egerius de
Aricia y Egerius Laevius de Tusculum, tanto como el parecido de estos nombres
con el de la mítica Egeria, suscitan nuestras sospechas. Sin embargo, la
tradición recordada por Catón nos parece demasiado circunstanciada y su
defensor asaz respetable para que podamos permitirnos renunciar a ella cual
fábula caprichosa. Mejor aun podemos suponer que se refiere a una antigua
restauración o reconstrucción del santuario llevada a cabo por los estados
confederados; sea como fuere, testimonia la creencia de que el bosque fue,
desde los tiempos más primitivos, un lugar de culto para muchas, si no para la
totalidad de las antiguas ciudades de la confederación latina.

























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