II
(11)
Está bien que se
obedezcan las leyes. El pueblo comprende lo que las hace justas. No se las
abandona. Cuando se hace depender su justicia de algo distinto, es fácil
volverla dudosa. Los pueblos no están sujetos a rebelarse.
Los que moran en el
desorden dicen a los que moran en el orden que son ellos quienes se apartan de
la naturaleza. Creen seguirla. Es necesario tener un punto fijo para juzgar.
¿Dónde nos encontraremos ese punto en la moral?
Nada es menos extraño que
las contradicciones que se descubren en el hombre. Él está hecho para conocer
la verdad. La busca. Cuando intenta tomarla, se ofusca, se confunde de tal modo
que no da lugar a que se le dispute la posesión. Unos quieren arrebatar al
hombre el conocimiento de la verdad, otros quieren procurársela. Cada uno
utiliza motivos tan dispares que destruyen la perplejidad del hombre. No tiene
más luz que la que se encuentra en su propia naturaleza.
Nacemos justos. Cada cual
tiende hacia sí mismo. Está de acuerdo con el orden. Es preciso tender hacia lo
general. La pendiente hacia uno mismo es el final de todo desorden, en guerra,
en economía.
Habiendo los hombres
podido curarse de la muerte, de la miseria, de la ignorancia, decidieron, para
lograr la felicidad, no pensar más en ello. Es todo lo que han podido inventar
para consolarse de tan escasos males. Consuelo riquísimo. No cura el mal. Lo
oculta por un tiempo corto. Al ocultarlo, hace que uno piense en curarlo. Por
una legítima transposición de la naturaleza del hombre resulta que el tedio, su
mal más sensible, se convierte en su mayor bien, en su más ínfimo mal. Lo
empuja más que cualquier otra cosa a buscar el remedio para sus males. Uno y
otro son una contraprueba de la miseria, de la corrupción del hombre, exceptuando
su grandeza. El hombre se aburre, busca esa multitud de ocupaciones. Tiene la
idea de la felicidad que ha conquistado, la que aunque está en su interior, la
busca en las cosas exteriores. Está satisfecho. El infortunio no está ni en
nosotros, ni en las criaturas. Está en Elohim.
Aunque la naturaleza nos
hace felices en cualquier estado, nuestros deseos nos representan un estado de
infortunio. Unen al estado en que estamos las penas del estado en que no
estamos. Al llegar a esas penas, ya no seríamos infortunados por ellas,
tendríamos otros deseos conformes a un nuevo estado.
La fuerza de la razón se
manifiesta mejor en aquellos que la conocen que en aquellos que no la conocen.
Somos tan poco presuntuosos
que quisiéramos ser conocidos por todo el mundo, hasta por quienes vendrán
cuando ya no estemos más. Somos tan poco vanos, que la estima de cinco
personas, digamos seis, nos divierte, nos honra.
Poco es lo que nos
consuela, mucho es lo que nos aflige.

























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