XIII / EL CABALLO QUE BEBÍA CERVEZA
Esa chacra del hombre, quedaba medio oculta, oscurecida por los árboles,
tamaños y tantos, como jamás se vieran plantados alrededor de una casa. Era
hombre extranjero. De mi madre oí cómo, en el año de la gripe española, él
llegó cauteloso y espantado, para adquirir aquel lugar de total defensión, y la
morada, donde de cualquier ventana alcanzaría a vigilar la distancia, manos en
la espingarda; no era todavía, en ese tiempo, tan gordo, de causar asco. Decían
que comía mucha inmundicia: caracol, hasta ranas, con manojos de lechugas
embebidas en un balde de agua. Había que ver, que almorzaba y cenaba, del lado
de afuera, sentado en el umbral, el balde entre las gruesas piernas, en el
suelo, también las lechugas; menos la carne, esa, cocida, legítima de res.
Gastaba demasiado en cerveza, que no tomaba a la vista de uno. Pasaba por allá,
él me pedía: -“Irivalini, bisoña otra
botella, es para el caballo…” No me gusta preguntar, no me hace gracia. A
veces yo traía, a veces no traía, y él me indemnizaba el dinero,
gratificándome. Todo en él me daba rabia. No aprendía a decir bien mi nombre.
Afrenta u ofensa, no soy el que perdona -a nadie de ninguna.
Siendo mi madre y yo de las pocas personas que pasaban enfrente de la
tranquera, para atravesar por la pasarela del riacho. -“Déjalo estar, el pobre, penó en la guerra…” -mi madre explicaba. Se
cercaba de diversos perros, grandotes, para que vigilasen la chacra. A uno de
ellos se veía que no le quería del todo, el animal en sustos, antipático -el
menos bien tratado; y con todo, hacía para que no se apartara de él, pues a
toda hora, por desprecio, llamaba al endemoniado perro: de nombre “Musulino”. Yo mascullaba el rencor: de
que un hombre de esos, cogotudo, barrigón, ronco de catarros, extranjero hasta
las náuseas -si sería justo poseer el dinero y estado, viniendo a comprar
tierra cristiana sin honrar la pobreza de los demás, y encargando docenas de
cerveza, para pronunciar el feo hablar. ¿Cerveza? Era un hecho que a sus
caballos los tenía, a los cuatro o tres, siempre descansados, en ellos no
montaba, ni aguantaría montarlos. Siquiera caminar, casi no lo conseguía.
¡Cabrón! Se quedaba a fumar unos puros pequeños malolientes muy mascados y
babeados. Merecía una buena corrección. Sujeto sistemático, con su casa
cerrada, pensaba que todo mundo era ladrón.
Es decir, a mi madre la estimaba, la trataba con benevolencia. Conmigo no
medraba -no disponía de mi ira. Ni cuando mi madre enfermó de gravedad y él
ofreció dinero, para los remedios. Acepté; ¿quién va a vivir de no? Pero no
agradecí. Seguro que él tenía remordimientos de ser extranjero y rico. E,
igual, no sirvió, la santa de mi madre se fue para las oscuridades, y el
condenado hombre pagando el entierro. Después indagó si yo quería ir a trabajar
para él. Me quedé en sofismas. Sabía que no tengo temor, en mis momentos, y que
enfrento a unos y otros; en el lugar la gente poco me encaraba. Sólo si fuese
para tener mi protección, día y noche, contra los yentes y vinientes. Tanto,
que no me dio ni media tarea que cumplir, sino que estaba para haraganear por
allá, siempre con armas. Pero le hacía los mandados. –“Cerveza, Irvalini. Es para el caballo…” -lo que, serio, decía en
aquella lengua de batir huevos. ¡Ojalá me insultara! Aquel hombre aun se las
vería conmigo.
Lo que más extrañé, fueron esos encubrimientos. En la casa, grande,
antigua, atrancada noche y día, no se entraba; ni siquiera para comer y
cocinar. Todo se pasaba del lado más acá de las puertas. Él mismo, pienso que
raras veces por allá de introducía, a no ser para dormir, o para guardar la
cerveza. -ah, ah, ah- la que era para
el caballo. Y yo, conmigo: -“¡Espera tú,
puerco, por si, cualquier día, yo no estoy bien, entonces lo que fuere sonará!”
Sea que, por ese tiempo, yo debía haber buscado a las correctas personas,
contar los absurdos pidiendo providencias, soplar mis dudas. Lo que,
sencillamente, no hice. Ni soy de chismes. Además, ahí, fueron cuando también
aparecieron aquellos -los de afuera.
Sonsos los dos hombres, venidos de la capital. Quien me llamó hacia ellos
fue don Priscilio, el comisario. Me dijo: “Reivalino
Belarmino, estos aquí tienen autoridad, por punto de confianza.” Y los de
afuera, llevándome aparte, me interrogaron, a las muchas preguntas. Todo para
sacar noticias del hombre, querían saber una relación de bagatelas. Toleré un
sí; mas no proveyendo nada. ¿Acaso voy a ser coatí, para que me ladre el perro?
Sólo rumié escrúpulos, por las malas cataduras de esos sujetos embozados, dropes
también. Pero me pagaron una buena cantidad. El principal de ellos dos, el de
mano en el mentón, me encargó: si, mi patrón, siendo hombre muy peligroso,
¿vivía de veras solito? Y que yo me fijase, en la primera ocasión, si él no
tenía en una pierna, abajo, señal vieja de aro de hierro, de criminal huido de
la cárcel. Pues sí, pie, prometí.
¿Peligroso para mí? -ah, ah. Para
eso, en su mocedad, vaya, puede que hubiera sido hombre. Pero ahora, panzudo,
regalón, mollejón, querría solamente la cerveza -para el caballo. El muy
desafortunado. No que me queje, por mí, pues jamás aprecié cerveza; si me
gustase, compraría, tomaría o pediría, él mismo me la hubiera dado. Decía que
tampoco le gustaba, no. Sólo consumía la cantidad de lechuga, con carne, boquilleno,
asqueroso, con mucho aceite, lamía hasta que espumaba. Por último, estaba medio
enajenado; ¿sabía de la llegada de los de afuera? No observé marca de esclavo
en sus piernas. Ni me ocupé de eso. ¿Acaso voy a ser servidor de comisario jefe,
de esos, malpensados, con tantos miramientos? Pero yo buscaba un modo de
entender, aunque por una grieta, aquella casa, bajo llaves, espiada. Los perros
ya volviéndose mansos, amigables. Mas, parece que don Giovani desconfió. Pues,
para mi hora de sorpresa, me llamó, abrió la puerta. Allá adentro, hasta hedía
a cosa siempre tapada, nada bueno en el aire. La sala, grande, vacía de
amueblado, sólo para espacios. Él, como a propósito, me dejó mirar a gusto,
anduvo conmigo, por diversas habitaciones, me contenté. Ah, pero, después,
conmigo mismo, me di cuenta, en el fin de la idea: ¿y los cuartos? Eran muchos,
resguardados, yo no había entrado a todos. Por detrás de alguna de aquellas
puertas, presentí aire de presencia -¿y sólo más tarde? Ah, el carcamán quería
pasarse de vivo; ¿y yo, no lo era más?
Además, unos días después, por oír decir se supo, que tarde en la noche,
distintas veces, galopes en el yermo de la llanura, de jinete salido por la
tranquera de la chacra. ¿Podía ser? Entonces, el hombre tanto me engañaba, al punto
de formar una fantasmagoría, de trasgo. Sólo aquella divagación, que yo no
acababa de entender, para dar razón de alguna cosa: ¿si tendría él, de veras,
un extraño caballo, siempre escondido allá dentro, en lo oscuro de la casa?
Don Priscillo me llamó, justo, otra vez, en aquella semana. Los de afuera
estaban allá, en colusión, sólo a medias tomé parte en el asunto; uno de ellos
dos, escuché que trabajaba para el “consulado”. Pero conté todo, o tanto, por
venganza, con muchos casos. Ellos, entonces, instaron a don Priscilio. Querían
permanecer en oculto, don Priscilio debería ir solito. Me pagaron más.
Yo estaba por allí, fingiendo no ser ni saber, de prevención. Don Priscilio
apareció, habló con don Giovanio: ¿y qué historia sería aquella de beber cerveza
un caballo? Inquiría, lo apretaba. Don Giovanio permanecía muy cansado, movía
despacio la cabeza, resollando lo escurrido de la nariz, hasta la colilla del
puro; pero no hizo cara fea al otro. Mucho pasó la mano por la frente: -“¿Le quiere ver?” Salió, para surgir con
un canasto con las botellas llenas y una cubeta, en ella volcó todo, hasta las
espumas. Me mandó traer el caballo: el alazán canela clara, bella faz. El cual
-¿era de creerse?- y avanzó, avispado, de orejas avezadas, redondeando las
narices, lamiéndose: y grueso bebió, el rumor de aquello, degustado, hasta el
fondo: ¡viéndose que ya él era mañoso, imbuido en aquello! Pues el caballo aun
quería más y más cerveza. Don Priscilio se avergonzaba, en el momento agradeció
y se fue. Mi patrón echó un silbido, miró hacia mí: -“Irivalini, que estos tiempos se van cambiando mal. ¡No laxa las armas!”
Aprobé. Sonreí porque él tenía todas las mañas y patrañas. Así mismo, medio me
disgustaba.
Por lo tanto, cuando los de afuera tornaron a venir, hablé, lo que yo
especulaba: que alguna otra razón tendría que haber en los cuartos de la casa.
Don Priscilio, de esa vez, vino con un soldado. Sólo pronunció: que quería
revistar los dormitorios, ¡por la justicia! Don Giovanio, siendo de paz,
prendió otro puro, él estaba siempre cuerdo. Abrió la casa para que don
Priscilio entrase, el soldado; también yo. ¿Los dormitorios? Fue recto hacia
uno que estaba duro de cerrado. El de lo pasmoso: porque allí dentro,
descomunal, sólo había el singular -¡esto es, la cosa de no existir!- un enorme
caballo blanco embalsamado. Tan perfecto, la cara cuadrada como uno de juguete,
de niño; reclaro, blanquito, limpio, crinudo, ancudo, alto cual uno de iglesia
-caballo de San Jorge. ¿Cómo podían haber traído aquello, o mandado venir, y
entrado allí acondicionado? Son Priscilio se cohibió, a pesar de toda la dmiración.
Todavía palpó mucho el caballo, no encontrando en él hueco contenido. Don
Giovanio, así que quedó solo conmigo, masticó el puro: -“Irivivalini, pecado que a nosotros dos no nos guste la cerveza, ¿np?”
Aprobé. Tuve ganas de contarle lo que estaba pasando por detrás.
Don Priscilio y los de afuera estarían ahora purgados de las curiosidades.
Pero yo no apartaba el sentido de esto: ¿y los demás cuartos de las casas, lo
de tras puertas? Deberían haber hecho búsqueda total, en ella, una vez por
todas. Cierto que yo no iba a recordar ese rumbo a ellos, no soy maestro de
quinaos. Don Giovanio platicaba más conmigo, pensativo: -“Irivalini, eco, la vida, es bruta, los hombres son cativos…” No
quería preguntarle respecto al caballo blanco; tonterías: habría sido de él, en
la guerra, de suma estimación: -“Pero,
Irivalini, a nosotros nos gusta demasiado la vida…” Quería que comiera con
él, pero la nariz le goteaba, el moco de aquella pituita resollando, mal
sonada, y él olía a cigarro, por todos los lados. Cosa terrible el asistir a
aquel hombre, en el no decir de sus lástimas. Entonces, salí, fui hasta don
Priscilio, hablé: que yo no quería saber de nada, de aquellos, los de afuera,
intrigantes, ¡tampoco jugar con cuchillo de dos filos! Si volviesen los
correría, disparataba, escaramuzaba -¡alto ahí! aquí esto es Brasil, también
ellos eran extranjeros. Soy de sacar puñal y arma. Don Priscilio lo sabía. Sólo
que no sabía de las sorpresas.
Lo que pasó de repente. Don Giovanio abrió de par en par la casa. Me llamó:
en la sala del centro del piso, yacía un cuerpo de hombre, bajo una sábana: -“Josepe, mi hermano…” -me dijo,
conmovido. Quiso el cura, las campanas de la iglesia para repiquetear las veces
de los tres dobles, para él tristemente. Nadie había sabido nunca cuál hermano,
el que se encerraba, en fuga a la comunicación de las personas. Aquel sepelio
fue muy conceptuado. Don Giovanio podría
jactarse ante todos. Sólo que antes, llegó don Priscilio, me figuro que los de
afuera le habían prometido dinero; exigió que se levantase la sábana, para
examinar. Pero, entonces, se vio sólo el horror, de todos nosotros, con caridad
de ojos: el muerto no tenía cara, a bien decir -sólo un agujerazo, enorme,
cicatrizado, antiguo, medroso, sin nariz, sin rostro- se veían albos huesos, el
comienzo de la gola, garguero gorjas. –“Que
esta es la guerra…” -don Giovanio explicó- boca de bobo, que se olvidó de
cerrar, toda dulzuras.
Ahora, yo quería seguir rumbo, ir tirando, allí no me convenía más, en la
chacra extravagante y desdichada, con el oscuro de los árboles, tan alrededor.
Don Giovanio estaba del lado de afuera, conforme su costumbre de tantos años.
Más achacoso, envejecido súbitamente, en el traspaso del manifiesto dolor. Pero
comía, su carne, las muchas lechugas, en el balde, resoplaba. –“Irivalini… que esta vida… bisoña. Cáspita?”
-preguntaba en tono del todo cantado. Él bermejeadamente me miraba. -“Yo acá pizco…” -contesté. No por asco,
no le di un abrazo, por vergüenza, para no tener también los ojos lagrimeados.
Y, entonces él hizo la cosa más disparatada: destapó cerveza, toda la que se
espumase. -“¿Vamos, Irivalini, contadino,
bambino?” -propuso. Yo quise. A las copas, a las veinte y treinta, me iba
en aquella cerveza toda. Sereno, me pidió que llevara conmigo, al irme, el
caballo -alazán tomador- y aquel entristecido perro flaco, Musulino.
Nunca más vi a mi patrón. Supe que murió, cuando, en testamento, dejó para
mí la chacra. Mandé levantar tumbas, y decir misas, por él, por el hermano, por
mi madre. Mandé vender el lugar, pero, antes, echar abajo los árboles, y mandé
enterrar en el campo el trasto, que se encontraba en aquel referido cuarto.
Nunca volví allá. No, pues que no me olvido de aquel día -el que fue una
compasión. Nosotros, dos, y las muchas, muchas botellas, en la hora pensé que
todavía otro sobrevendría, por tras de uno, también, por su parte: el alazán
faz alba; o el blanco enorme, de San Jorge; o el hermano, medrosamente infeliz.
Ilusión, que fue, ninguno estaba allí. Yo, Reivalino Belarmino, “capisqué”.
Tomo las botellas todas, restantes, hago como que fui quien consumió la cerveza
todas de aquella casa, para cierre de engaño.

























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