15 / LECCIÓN FINAL (2)
En nuestro trabajo como
terapeutas hemos comprobado que muchas personas no valoran e incluso niegan su
bondad. Algunas de las personas más comprometidas, generosas y afectuosas que
existen no son conscientes del efecto que producen en el mundo. Muchos
presidentes de instituciones benéficas, religiosos y personas que trabajan sin
descanso para evitar la intolerancia, no son en absoluto conscientes de su
bondad. Es como si no pudieran ver la verdad de quienes son en realidad.
A estas personas solemos
contarles la siguiente historia:
“Había una vez un hombre
de corazón puro que realizaba buenas acciones. También cometía errores, pero no
tenía importancia, no sólo porque hacía muchas cosas maravillosas, sino porque
aprendía de sus equivocaciones. Por desgracia, era tan consciente de sus buenas
acciones que se convirtió en una persona engreída.
“Dios sabe que no había
ningún problema en que una persona bondadosa cometiera errores si seguía
evolucionando, pero también sabía que el orgullo en ningún caso conduce a la
felicidad. Por lo tanto, despojó a aquel hombre de la capacidad de reconocer
sus buenas acciones y la reservó para el momento en que hubiera terminado su
labor terrenal. Aquel hombre siguió actuando con bondad, y todas las personas
que lo conocían se lo agradecían, pero él no era consciente de sus actos ni
comprendía el bien que hacía. Sin embargo, al final de su vida Dios le mostró
todas las buenas acciones que había realizado.”
Con frecuencia no
reconocemos nuestra bondad hasta el final de nuestra vida. Debemos ser
conscientes de que estamos aquí para reconocer nuestra bondad y recordarnos los
unos a los otros nuestro valor y el milagro de nuestra existencia.
Desde su comienzo hasta
el final, la vida es una escuela, con pruebas individuales y retos que superar.
Cuando hemos aprendido todo lo que podemos aprender y hemos enseñado todo lo
que podemos enseñar, regresamos a casa.

























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