XV / LUNAS DE MIEL
A lo mejor, mismamente, de lo mismo, siempre viene la novedad.
En aquella víspera, yo andaba medio flojo, débil; ¿ya declinaba yo para las
no…esas? En los primeros de noviembre. Soy casi de paz, cuanto puedo. Descuento
para atrás, todo aquello en lo que me metí, en la juventud: desmandos, desórdenes,
agravios. Entonces, después, la vida en serio, que, entre nosotros, de brava se
enfurecía. Soy acomodado labrador, es decir -de pobre no me ensucio y de rico
no me emporcó. Defensa y cautela no fallecen, en esta haciendo Santa Cruz de la
Onza, de hospitalidades; mía. Aquí es un rincón. De flojedad por el calor, era
por lo que yo quedaba a observar. En ese día, nada por nada. Por fastidio y
aburrido, comía demasiado. Del almuerzo, después, me remitía a la hamaca, al
cuarto. Cuestión de edad, digestiones y salud: hígado. Misia María Andreza, mi
santa y medio pasada mujer, ya iba a hervir un té, para mi empacho. Bueno. Don
Fifino, mi hijo, de la banda de afuera de la puerta, notició: que había llegado
cierto sujeto, un recadero, con carta. Di tiempo. Prestezas y prisas no me
agradaban.
Don Fifino, mi hijo, sin ser necio ni sonso del todo, me estaba explicando:
que el tipo ese había arribado tan a socapa, que sólo se notó, ya detenido, a
caballo, atrás del ingenio, ni los perros habían ladrado, tampoco hizo rechinar
la tranquera; y que, con armas, todo proveído, rifle a bandolera. Y, entonces,
mi capataz, José Satisfecho, soplado me informaba, el nombre, el cual, -el
Baldualdo. Soy mosquita en hocico de ocelote: no moví cejas, no mostré pasmo.
Sabía de la fama de ese Baldualdo -que valía un batallón, con grande y muerta
clientela. Por ahora, ¿a mí qué me importaba? De eso digo: mi propio José
Satisfecho, ya había sido también un “Ze Sipío”, mano en el rifle; para que se
me entienda. En las eras de los tiroteos contra el Mayor Lidelfonso y sus
soldados. Conmigo. Yo con él, y otros. Sólo la vida tiene de estas rústicas
variedades. Yo pongo la mesa y pago la despesa, Me moví de la hamaca, vine a
ver quién. Aquel hombre que había llegado. Me miró presto, medido respecto, me
repreguntó mi nombre por entero. La carta que traía para mí, a mano, era de
verídico y alto mensaje. Releí las tres y tres veces el nombre que la firmaba:
don Seotaziano.
Y -¡me gusta eso! Es lo que deletreo; “Estimado
amigo mío y compadre…” Don Seotaziano, de su distante sede, los hechos
importantes maniobrando, con estopín corto y brazo largo. El muy jefe, hombre
de gran esfera, tigroso león como la pantera, pero justo el pan de bueno, en
noblezas y formas. Mi compadre mayor, mandando, desde mucho. Y, hace tanto
tiempo de eso. Pero, ahora se acordaba de este, aquí, en este sitio, confiante
de lealtad. Y con un caso. Para cosa sin treguas: lo que, seguro había de
haber: -perro, gata y zaragata. Pero tengo que secundar, y quiero. Si él rayó,
yo tajo. Declarado, sólo resumen: “Para
un joven y una joven, le pido fuerte resguardo. Lo demás se verás más tarde.”
¡Esas sandeces de amor! -sonreí. Salí de los suspensos para los preparativos.
Quedito, era lo que se precisaba. Temperar el venir de las cosas, acomodar
a los huéspedes, los esperados. Dando órdenes conformes. Prevenido para valer
por cuatro. Aquel día era sábado. Me entendí con José Satisfecho y con Don
Fifino, mi hijo: que me trajesen del Retiro del Medio, ciertos hombres; y unos
cuantos, de esos del Muño, de las rozas: siempre restarían todavía otros en el
hoy por hoy, para el trabajo. Pero aquellos, aquí a la mano; porque: a horas
competentes, hombres de posibilidades. Hartos frijoles y arroz y cargas de
pólvora, plomo y bala. Sensato, se me dice. Sólo en paz, con Dios, tranquilo.
Sensato, sincero y honrado.
Misia María Andrez, mi mujer, me miraba.
Aquel Baldualdo, decente: “-Si le
place, señor mío, por unos días, aquí, me quedo…” -me dijo, bajito,
sabiendo de memoria su deber. Él ya era mi compañero -por arte de los ángeles
de la guarda. En la veranda caminé, unos pasos, ejercitados. Los que iban a
venir, ¿un joven, una joven? Misia María Andreza, mi correcta mujer. Uno dos
cuartos arreglaría -toallas, bienestar, flores en floreros. Seguro que de noche
llegarían, sagaces. –“Ah, mi vieja, vamos
a tocar rabeles…” -bromeé, limpiando el revólver. Misia María Andreza,
buena compañera, dijo apenas, moviendo el copete: -“El lentisco de mata virgen no se endereza…” La tomé de la mano
medio afectuoso. Repensé en todas mis armas. ¡Ay. Ay, la lejana juventud!
Sin nadie, entre nosotros, desprevenido; de hecho a la media noche
llegaron. Novios, mucho amor. Ella era de las lindas, reteniendo las
atenciones; yo ni supe hija de qué padre. Sólo medio asustadita, sonrisas
desahogadas. El joven -¡hombre!- de los buenos. Vi rápido. Tenía rifle largo.
Gallardo, guapo. No, todavía no eran matrimonio. Cenaron. No hablaron. La joven
se retiró a la recámara, a lo inviolable de la casa; doncella con recato. El
joven, ese, valeroso, quiso ranchearse en la casa del ingenio. Joven, un
deporte de fuerte. Aprecié. Pude presumir de su padre. Ah, ellos habían viajado
viniendo solitos, como se debe de, en fugas particulares. Me gustó más. Sólo
poco después llegó otro sujeto que, a ellos dos, con buena distancia,
garantizaba protección, sin que ellos supiesen -también por orden de don
Seotaziano.
Las cosas bien hechas, medidas, como sólo un gran capitán concibe. Ese otro
se llamaba el Bibiano, era un valiente de espingarda: me tomó la bendición.
Bueno. Todo en todo, en orden, me adormecí, conforme, propietario de mi sueño.
¿Por qué no? Gente mía ya galopaba en esa noche y madrugada. Un enviado a la
Hacienda Congoña, de mi compadre Verísimo, por tres rifles, tres hombres,
prestados. Para seguridad. La gente de allá es fuego. Y uno a la Laguna de los
Caballos, por otros tres -para que mi compadre Serejerio no se sintiese
despreciado. Bueno. Yo juzgo a los otros por mí. Con tino y consideración el
respeto es granjeado: con honor, sosiego y provecho. Por bien encaminar, me
adormecí bien. Sólo vivo en lo supradicho.
Amanecí antes del sol, todo en paz, posesiones y rocíos. Admiro esas
exactitudes del campo, en olores, adornado; mientras tanto nada. Misia María
Andreza, mi mujer, me cuidaba. A ella dije: -“Que no me conste quién es esta joven, ni lo que haya revelado.” El
no, por ahora. Yo no quería saber, solamente para prevenir: podía ser hija de
conocido, pariente mío o amigo. Tampoco adelantaba. En esa hora yo era fiel a
don Seotaziano. Siquiera, por lo menos. ¡Aquel es tu amigo, que te quita de
ruido! -buen dicho. Ese día, de domingo. Se almorzó con hambre, a pesares de.
La Joven y el Joven, justo ante mí, dichosos se contemplaban. Tanta cosa en
este mundo, bien hecha. Misia María Andreza, mi conservada mujer, en cocinar se
esmeraba. No más se me vino, ni pensé: los enamoramientos de esa gente son mis
otras mocedades.
La gente moviéndose, tranquila, el tiempo creciendo, parado. De ese modo,
se pasó el día, en oros y copas; mientras nada. La linda Joven, allá adentro,
en el oratorio rezaba. Misia María Andreza, mujer sinceros cariños le daba.
Nosotros acá afuera. Don Fifino, mi hijo, de esta banda, el Bibiano en la parte
del cerro, en el puente del arroyo el Baldualdo; con otros y otros hombres;
pero a escondidas, tan sutilmente, que no se veían ni se notaban. Conmigo,
juntos, José Satisfecho y el Joven novio, de pocas palabras: caminábamos de la
zanja al vallado. Misia María Andreza, mía, ¿por mí también rezaba? Yo
-exagerado. Proveía, no meditaba. Día y tanto. Dios loado. Entonces, vino el
anochecer, las estrellas, a las esperas. Ahí, uno en pos de otro, llegaban, a
los surtos, los de la Hacienda Congoña y los de la Laguna de los Caballos. Esos
no se reían, en armas. Ah, las buenas amistades.
Así, más gente, otra vez, se despertó antes de los gallos. Allí, para el
incierto lunes -medio redondo. Día de las fuertes llegadas. Primero, dos
hombres más, que don Seotaziano enviaba. Jefe bravo. Después, según aviso dado,
todavía otros, un par de jinetes: el sacristán atrás del cura. Ave. ¿El cura,
joven, espingarda a la espalda? Armado con esmero; rifle corto. Se apeó,
bendijo todo, aprestado para el casorio que se iba a tener: bodas en la casa.
Tuve que moverme para prepararme, vestir mejor ropa -para esos momentos. Misia
María Andreza, mi mujer, con gusto dispuso el altar. El Joven y la Joven se
enaltecían. Amor es sólo amor. Airosos. Iban los dos, brazo en el brazo, ¡Vean
cómo son las pasiones! Todo bueno, bastante bueno. Misia María Andreza bien
vestida, me parece que hasta con colores. Soy hombre para bandas de música. El
cura dijo bellas palabras. A esa altura ya se sabía: la novia de cuál familia.
Hija del Mayor Juan Dioclecio, duro y rico, de hecho, fuerte. Esas cosas y
escalofríos… Bueno. Me encogí de hombros. Yo cerco un campo, y en él soplo:
destorcidas claridades. Terminado el casorio se salió del altar a la mesa, se
pasó de sala a sala.
Ahí, en sencillo banquete, que con todo y lechón y pavo, rellenos como de
costumbre; vinos. Comimos nosotros todos y el cura; yo sin hastío ni empacho.
Los dulces. Se cantó a coro. El novio de armas al cinto. La novia, una
hermosura, conforme, con velo y azahares. La vejez de la lana es la suciedad…
-yo pensé, consonante, viéndome. ¡Esas delicias de amor! -Suspiré apenas
pensando. Yo bajaba de los valles a los cerros. Y, todavía en la ceremonia, mi
hermano Juan Norberto llegaba, de lejos, de su hacienda Las Arapongas. Sabida,
allá, la noticia, llegaba para ayudarme. Traía mayor novedad: -“Si el Mayor atacase con matones, don
Seotaziano bajaría a la escena -al frente de cien de mis hombres: ¡a proteger
la retaguardia!” De glorias, silbé, sentado. Aquel Joven novio, gentil, era
pariente de don Seotaziano. Algunos de mis hombres tocaban guitarras. ¿Se
bailaba?
Miré a a mi saludable Misia María Andreza -contemplada.
¡Y era noche de las mayores! Vinieron mis compadres Cerejerio y Verísimo,
en persona.
Buena gente para llevar a cabo empresas dificultosas. Hasta el cura dijo
que se quedaba: para confesar a quién o quién, en la hora. Sólo que, sobre la
mesa el breviario, pero al lado, la pistola. Buen cura, muy virtuoso, amigo de
don Seotaziano. Ahora, se esperaba por el Mayor Dioclecio y sus matones… -“¡Pero tan cierto!” -se decía. -“¡Esas cosas quiero verlas a la noche!”
-otro. Otro: -“¿Y quién es el que apaga
la vela?” Ahí, por toda parte, se me dice no más, patrullas, trincheras,
centinelas. Pasos callados, suaves, retintín de carabinas. Ah, esta vieja
hacienda Santa Cruz de la Onza, con picas para cualquier hojalata. Puesto era
que, yo, el jefe. Yo estaba ya medio sanguinolento: medio aturdido. Yo,
sencillamente. Yo -en nombre mío y de don Seotaziano.
La gente debía quedarse en vela. En la sala. En estos bancos y sillas.
Aquellas lámparas y lamparillas. Todos, los de mando. Yo, mi hermano Juan
Norberto, compadre Verísimo y Serejerio, y el Novio, más don Fifino. También la
novia en su vestido blanco, y Misia María Andreza, mujer mía. Todos y todas. La
rueda de hombres buenos. Cerca de mí, mi Ze Sipío. Y la cena -las sobras del
almuerzo- con alegría. Hombres comiendo parados, el plato en la mano; alerta el
oído. La gente, risueños de guerra, para cualquier cosa. ¡Aquí, que viniera el
enemigo! -esos Dioclecios, demonios. La hora -de encerrar los huelgos. Y se
esperaba -con luces para mil brujas. Y: mantan-tiru-liru-lá…
se me dice -¡pique será! ¿No
venía nadie? A lo es que es, estábamos.
La gente, a un paso de la muerte, valientes, juntos, tantos, bastantes.
Nadie venía. La Novia sonreía al Novio, levemente; esas nupcias. Y yo con la
mente erradamente, de quien se halla en estado armado. Lo que a otro mengua a
mí me sobra. Mía, Misia María Andreza, mujer, me sonreía. Lo que los viejos no
pueden tener más: secretitos, secretados. Nadie venía. Madrugar y gallos
cantaban. El cura rezó, guerrero, en denodado placer de las armas. Primeramente,
sentí el merecer más en ese venturoso día. Recibí más naturaleza -fuente seca
brota de nuevo- el rebrotar, rebrotado. Misia María mi Andreza me miró con un
amor, ella estaba bella, rejuvenecida. En esa noche ¿nadie venía? ¡Mientras
nada! Madrugada. El Novio se retiró con la Novia; y unos más, que con más sueño
ya están a cierra ojos. Resolvimos invertir vigilancias. Yo, feliz, miré para
mi Misia María Andreza; fuego de amor, verbigracia. Mano en la mano, diciéndole
yo -en la otra empuñando el rifle-: “Vamos
a dormir abrazados…” Las cosas que están para la aurora, son confiadas
antes a la noche. Bueno. Nos adormecimos.
Amanecía a deshoras, naciendo de los acogimientos. Todos en sus puestos.
Aquel día, el martes. ¿Sería el día? Se
esperaba, medio cuidosos, medio alegres; serios, sin algazara. ¿Con qué
entonces? En esas calmas dilatadas. Y, pues.
Y, justo, pues, surgió la novedad: un recado, El peón que lo traía era un
empleado de los Dioclecios: que hoy, en esta fecha, solito, un patrón vendría a
visitarme, de paso. Amistoso. ¡¿Había visto yo, esta?! -¿con qué? Me reuní con
los jefes compañeros para comparar ideas, consonante. Se llegó a la razón: que
ellos, más el grueso de los hombres y rifles, deberían salir, por un rato
-esperar en el Retiro del Medio, de aquí a media legua y casi nada. Mi hermano
Juan, mis dos compadres, más el sacristán atrás del cura. Dejar,
provisoriamente, sin gente en armas, mi casa de hacienda. Así, así, entonces.
Bueno. Para no hacer desafueros, de lo que mucho me cuido. ¿El hombre no venía
solito, embajador, apenas para decirme a mí pues y pues? ¿Amenazar, quejarse,
declarar guerras? Sea lo que fuere. Mi puerta está para el oriente. No veo otra
banda. Soy un hombre leal. Soy lo que soy -yo- Joaquín Norberto. Soy el amigo
de don Seotaziano.
Aquí, recibí al hombre en la puerta de lo que es mío. Y él era un hermano
de la novia. Mi conocido, cordial con buen apretón de manos. Entramos. Nos
sentamos. Severo, sereno, yo estaba: sensato, él, desenvuelto. No venía a
provocar escándalos, ni a producir confusiones; parecía portarse en términos.
¿Si de buena forma se condujese el negocio? Mi deber y gusto era reconciliar,
recatar y componer, como hombre de bien y jefe en armas. Ahora era el desenrollar
de allá y de acá, de ambas partes. Me aclaré. Invité al hombre a comer. Y,
entonces, me definí: con medios modos y festejos no se pone ni se quita. Llamé
a los Novios, ¡a la mesa!
Gente tiesa -un par de todo valor. Vinieron. El hombre sonrió, mi
visitante. Dio la mano a ella, y a ñel dijo: “¿Cómo le va? ¿cómo le va?” -en leal estilo y franqueza. Bueno. Se
comió y se platicó de diversas materias. Bueno. Aquello, al escurrir del
cabello. Suavemente, con incompletos, él invitó a los dos, a que se fuesen con
él: para la bendición de los papás y una fiesta de tornabolas. ¿No estaba todo
cierto y aprobado? Él sabía lo del casamiento. A mí me invitó también, y más a
Misia María, querida Andreza. Bueno, consonante. Yo, convenientemente, no podía,
por los hechos. Pero mandé a mi hijo don Fifino, representante; él quiso, por
amor a la fiesta, decidido.
Porque los novios aceptaron ir, satisfechos, agradeciéndome se despidieron.
Y yo, respondiendo por lo derecho: -“Sólo
enmiendo: ¡abajo de Dios, sólo don Seotaziano!” -dije. El hombre de pie
para salir. Y, a él, directo, seguro, en la regla del bienvivir: -“Soy el padrino de ellos dos, en el casorio, ¡y
voy a ser padrino del primer hijo, si les place!” -grueso dije, fingiendo
franca risa. Siempre, sería bueno. Y él, ¿no me iba a entender? Poquita duda.
Esta vida tiene que ser declarada y firmada. ¡Lo más en lo más, si no las
carabinas!
De la veranda, Misia María Andreza, y yo, nosotros, contemplábamos a la
gente: los caballeros, en el congraciamiento, en buena ida. Todo tan terminado,
de repente, se me dice, todo quitado. ¡Ni guerra, ni más lunademieles, regalo
no regalado!
Miré a Misia María Andreza, mía, que me miraba. Ay de. Encuanto nada.
Se fueron el Baldualdo, el Bibliano, también consonantes. Don Seotaziano estaba
servido y mis deberes concordados. Mi capataz, el José Satisfecho, medio flojo,
cerraba la tranquera. Aquellas lunas de miel, tan pocas, así en soplo de gaita.
Las pasajeras consolaciones: hacer de cuenta de amor, lo que era mi cestito de
cargar agua. Uno, ahora: salir de las desilusiones, el entrar en edad. Pero,
don Fifino, mi hijo, un día habría de robar una joven así -¡en armas! Sonreí,
yo, Joaquín Norberto respetador. Abracé a Misia María Andreza, mía, teníamos
los ojos desanublados. ¿Se me dice? Y entonces. Aquí en esta hacienda Santa
Cruz de la Onza; aquí es un recato. Ah, bueno; y semejante hecho pasó.

























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