domingo

IRMA HOESLI - MOZART: LAS CARTAS DE UN GENIO DE LA MÚSICA (24)


CREACIÓN HUMORÍSTICA (7)


¡Estos coches lo golpean a uno hasta sacarle el alma del cuerpo! ¡Y los asientos!, ¡duros como piedra! ¡Al salir de Wasserburg creí no poder llevar sano mi trasero hasta Munich! Estaba muy pesado y presumiblemente rojo como fuego. Durante dos postas fui sosteniéndome con las manos contra el asiento y manteniendo el trasero en el aire… (1)

Hasta Mozart sufre con las deficiencias de la existencia humana. La exposición sincera del viaje nos parece casi una involuntaria ironía para consigo mismo. Si bien en un Mozart lo físico triunfa poniendo el ingenio a su servicio, no podemos menos que sonreír.

…yo soy el nuevo papa. Cuido de todo. He conseguido que sea yo quien pague a los postillones, porque puedo tratar mejor con esos tipos que mama. En Wasserburg, en Der Stern sirven muy bien. Estoy allí como un príncipe. Hace media hora (mi mama estaba justamente en el baño) llamó el mozo para preguntar por un montón de cosas, yo le contesté con toda seriedad, como estoy en el retrato. (2)

Aquí también Mozart siente irónicamente la discrepancia entre comportamiento y edad. La diferencia es extrema y Mozart se ve a sí mismo en un espejo como auténtico actor y contempla divertido su importante formalidad.

Cuando Mozart se contempla humorísticamente a sí mismo o a los demás intuye con infalible seguridad la diferencia entre realidad y apariencia. Mozart vive la vida y los aconteceres en forma tan original que no puede caer en error, como aquellos que para todo tienen prejuicios con los que se pierde la apreciación personal. Para Mozart cada fenómeno es nuevo y único, imposible de incluir en una categoría. Lo vive con la curiosidad del niño que, libre de todo prejuicio, siente instintivamente la presencia de una conducta convencional, oprimida por formas, que lo violentan, que no le hacen gracia, que no sabe realizar. Entonces la apariencia desciende para Mozart hasta la simple superficialidad y comprueba con placer cómo aparecen las debilidades e imperfecciones humanas en la capa exterior, y hasta la quiebran, a veces, sancionando con su presencia real a la apariencia.

Nunca es tan alegre y travieso el humor de Mozart, ni su espíritu tan ligero y libre, como cuando inventa situaciones cómicas. Con cierta terca perseverancia exagera hasta lo inverosímil la tendencia literaria de sus contemporáneos (siglo de las luces) para la que todo era previsible.

La señora y la señorita Canabich empiezan a engrosar poco a poco el cuello a causa del aire y el agua de aquí. En la segunda de ellas podría convertirse en bocio -Dios sea con nosotros-, toman un cierto polvo, qué sé yo, pero no se llama así. No. Pero parece que no da mucho resultado. Por ello me tomé la libertad de recomendar las llamadas píldoras de bocio, asegurando (para aumentar el valor de las píldoras) que mi hermana había tenido tres bocios, uno más grande que el otro, y que gracias a estas maravillosas píldoras se había visto libre de ellos. Si se pudieran hacer aquí pido que me envíen la receta, pero si sólo se hacen allá ruego que me envíen algunos quintales de ellas por la próxima silla de posta contra pago al contado. (3)

El pícaro que hay en Mozart asoma en cada línea. Su agilidad se desata en maravillosas exageraciones que se contradicen crasamente con la realidad. Ejemplos de ellos son los numerosos bocios que le inventa a la hermana o el hecho de que encargue las pastillas por quintales. También señala innecesariamente que los polvos no se llaman “qué sé yo”. A nadie se le ocurriría pensarlo, sólo Mozart abre esa posibilidad por puro gusto de hacer bromas.


Notas

(1) A su padre, Munich, 8-XI, 1780, II, 4.
(2) A su padre, Wasserburg, 23-XI-1777, I, 207.
(3) A su padre, Munich, 16-XII-1780, II, 41.

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