CREACIÓN HUMORÍSTICA (7)
¡Estos
coches lo golpean a uno hasta sacarle el alma del cuerpo! ¡Y los asientos!,
¡duros como piedra! ¡Al salir de Wasserburg creí no poder llevar sano mi
trasero hasta Munich! Estaba muy pesado y presumiblemente rojo como fuego.
Durante dos postas fui sosteniéndome con las manos contra el asiento y
manteniendo el trasero en el aire… (1)
Hasta Mozart sufre con
las deficiencias de la existencia humana. La exposición sincera del viaje nos
parece casi una involuntaria ironía para consigo mismo. Si bien en un Mozart lo
físico triunfa poniendo el ingenio a su servicio, no podemos menos que sonreír.
…yo
soy el nuevo papa. Cuido de todo. He conseguido que sea yo quien pague a los
postillones, porque puedo tratar mejor con esos tipos que mama. En Wasserburg,
en Der Stern sirven muy bien. Estoy allí como un príncipe. Hace media hora (mi
mama estaba justamente en el baño) llamó el mozo para preguntar por un montón
de cosas, yo le contesté con toda seriedad, como estoy en el retrato. (2)
Aquí también Mozart
siente irónicamente la discrepancia entre comportamiento y edad. La diferencia
es extrema y Mozart se ve a sí mismo en un espejo como auténtico actor y
contempla divertido su importante formalidad.
Cuando Mozart se
contempla humorísticamente a sí mismo o a los demás intuye con infalible
seguridad la diferencia entre realidad y apariencia. Mozart vive la vida y los
aconteceres en forma tan original que no puede caer en error, como aquellos que
para todo tienen prejuicios con los que se pierde la apreciación personal. Para
Mozart cada fenómeno es nuevo y único, imposible de incluir en una categoría.
Lo vive con la curiosidad del niño que, libre de todo prejuicio, siente
instintivamente la presencia de una conducta convencional, oprimida por formas,
que lo violentan, que no le hacen gracia, que no sabe realizar. Entonces la
apariencia desciende para Mozart hasta la simple superficialidad y comprueba
con placer cómo aparecen las debilidades e imperfecciones humanas en la capa
exterior, y hasta la quiebran, a veces, sancionando con su presencia real a la apariencia.
Nunca es tan alegre y
travieso el humor de Mozart, ni su espíritu tan ligero y libre, como cuando
inventa situaciones cómicas. Con cierta terca perseverancia exagera hasta lo
inverosímil la tendencia literaria de sus contemporáneos (siglo de las luces)
para la que todo era previsible.
La
señora y la señorita Canabich empiezan a engrosar poco a poco el cuello a causa
del aire y el agua de aquí. En la segunda de ellas podría convertirse en bocio
-Dios sea con nosotros-, toman un cierto polvo, qué sé yo, pero no se llama
así. No. Pero parece que no da mucho resultado. Por ello me tomé la libertad de
recomendar las llamadas píldoras de bocio, asegurando (para aumentar el valor
de las píldoras) que mi hermana había tenido tres bocios, uno más grande que el
otro, y que gracias a estas maravillosas píldoras se había visto libre de
ellos. Si se pudieran hacer aquí pido que me envíen la receta, pero si sólo se
hacen allá ruego que me envíen algunos quintales de ellas por la próxima silla
de posta contra pago al contado. (3)
El pícaro que hay en
Mozart asoma en cada línea. Su agilidad se desata en maravillosas exageraciones
que se contradicen crasamente con la realidad. Ejemplos de ellos son los
numerosos bocios que le inventa a la hermana o el hecho de que encargue las
pastillas por quintales. También señala innecesariamente que los polvos no se
llaman “qué sé yo”. A nadie se le ocurriría pensarlo, sólo Mozart abre esa
posibilidad por puro gusto de hacer bromas.
Notas
(1) A su padre, Munich,
8-XI, 1780, II, 4.
(2) A su padre, Wasserburg, 23-XI-1777, I, 207.
(3) A su padre, Munich,
16-XII-1780, II, 41.

























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