XIV / UN JOVEN MUY BLANCO
En la noche del 11 de noviembre de 1872, en la comarca del Cerro Frío, en
Minas Gerais, pasaron hechos de pavoroso suceder, referidos en periódicos de la
época y registrados en las Efemérides. Dicho que un fenómeno luminoso de
proyectó en el espacio, seguido de estruendos, y la tierra se abaló, en un
terremoto que sacudió los altos, rompió y allanó casas, revolvió valles, mató
gente sin cuenta; cayó otro sí aterrador temporal, con asombrosa y jamás vista
inundación, subiendo las aguas del río y riachos sesenta palmos del plan.
Después de los cataclismos se confirmó que el terreno, en radio de una legua,
había cambiado de aspecto: sólo escombros de cerros, grutas muy abiertas,
riachos lejos transportados, matorrales volteados por las raíces, solevantados
nuevos cerros y rocas, haciendo revueltas sin resto -rodar de piedra y lodo,
tapaban el estado del suelo. Aun lejano el astroso rededor, pereció la mucha
criatura y crías, soterradas o ahogadas. Otros vagaban al abandono, siquiera
conociendo más, tan al revés, los caminos de otrora.
Por lo que, en el término de una semana, día de San Félix, confesor, el
hecho de venir al patio de la Hacienda del Casco, de Hilario Cordeiro, con sede
casi dentro de la calle del Arraial del Oratorio, un cuitado de esos fugitivos,
ciertamente llevado por el hambre: el joven, pasmo. Sucedió súbitamente, y era
joven de distinguida presencia, pero en lastimeras condiciones, sin el total de
harapos con qué componerse, por eso envuelto en paño, especie de manta de
cubrir caballos, hallada no se sabe dónde; y así en bochorno, fue visto, muy de
mañana, apareciendo y escondiéndose por detrás del cercado para las vacas. Tan
blanco; pero no blancuzco, sino de un blanco leve, semidorado de luz:
pareciendo tener por dentro del cutis una segunda claridad. Mucho se asemejaba
a esos extranjeros que uno no encuentra ni jamás vio; constituía en sí otra
raza. Así es el modo como todavía hoy se cuenta, pero cambiado incierto, por el
pasar del tiempo, pues narrado por hijos o nietos de los que eran muchachos,
puede que niños, cuando en buena hora lo conocieron.
Hilario Cordeiro, siendo hombre cordial para los pobres, temiente y bueno,
y todavía más en este postiempo de calamidad, en el cual sus mismos parientes
habían sufrido muertes y allanamientos totales, no dudó en dispensarle
alojamiento, cuidando adecuarle ropa y botinas, y darle de comer. Lo que era
menester de benemenrencia, pues el joven, con los sustos y golpes, había pasado
por desgracia extraordinaria: perdida la completa memoria de sí, su persona,
además del uso del habla. Ese joven, pues, para él, ¿sería el futuro igual
materia que el pasado? Nada oyendo, no respondía ni que no, ni que sí; lo que
era cosa de compadecer y lamentar. Tampoco podía entender, es decir, entendía a
veces, al revés, los gestos. Puesto que una gracia ya debía tener, no se le
podía dar otro nombre, no adivinado; tampoco se sabía de qué generación fuese
-el hijo de ningún hombre.
Desde que allá llegó, y diariamente, comparecían los varios moradores, por
su causa, a ver qué les parecía. Tonto, no lo era. Sólo aquella intención de
sueños, el aire de cierto cansancio. Sorprendente, sin embargo, lo que asaz
observaba, resguardado, hasta, menudamente; acechaba los hábitos de las cosas y
personas; lo que mejor se vio, aun, en el después. Le quisieron. Más, quizá, el
negro José Kalende, esclavo medio liberto de un músico desquietado, y él mismo,
de idea perturbada; por lo últimamente, entonces, delirante disparatado, a
causa de haber padecido los grandes pavores, en el lugar del Condado: giraba
ahora por ser aquí y allí, pronunciando advertencias y desorbitadas sandeces
-queriendo dar por cierto y verdad la portentosa aparición que había visto en
las márgenes del río Peixe, en la víspera de las catástrofes.
Sólo a uno no agradó el joven, o mejor, y lo malquiso de ab initio -reputándolo de vago y
malhechor furtivo, digno, en otros tiempos, de degradación en África y de los
hierros de El rey: el llamado Duarte Días, padre de la más bella joven, de
nombre Viviana; y de quien se sabía que era hombre de carácter fuerte, además
de maligno injusto, sobre prepotencias: en aquel corazón no caía nunca una
lluviecita. No se le dio atención.
Llevaron al joven a misa, y se comportó, no mostró creer ni descreer.
Cánticos y música del coro escuchaba serio, sentimental. Triste, que se diga,
no; pero, como si consiguiera en sí más nostalgias que las demás personas,
nostalgia enterrada, a salvo del entendimiento, y que por tanto se purificaba
en mayor alegría -corazón de perro sin dueño. Su sonrisa a veces se detenía,
referida a otro lugar, otro tiempo. Sonriendo más con la cara, o con los ojos;
puesto que nunca se le vieron los dientes. El padre Bayâo, antes de conferir
con él bondadosamente, de improviso se le enfrentó con la señal de la cruz: y
él no mostró desagrado por la materia. Estaba en las altas atmósferas,
aumentaba su presencia. “Comparados con
él, nosotros todos, comunes, tenemos los semblantes duros y el aspecto de mala
y constante fatiga”. Trazos estos consignados por el propio cura, en carta
de puño y firma para testimonio del hecho raro, al canónigo Lessa Cadaval, de
la Catedral de Mariana. En la cual igualmente hace mención al negro José Kakende,
que en la misma ocasión se le acercó, con altas y disparatadas hablas, para
imponer su visión de la orilla del río: …”el
arrastre del viento y grandeza de nube, en resplandor, y en ella, entre fuego,
se movía una artimaña amarilla oscura, aparato volante, chato y redondo, con
redoma de vidrio sobrepuesta, azuleada, y que, posado, de adentro descendieron
los Arcángeles, mediante ruedas, llamadas y rumores.” Y, con el mismo
risueño José Kakende, vino Hilario Cordeiro llevando al joven a la casa, en un
exceso de desvelo, como si él fuese su verdadero padre.
Pero, a la puerta de la iglesia se encontraba un ciego, limosnero, el cual,
en viéndolo al joven, lo miró sin medida y entregadamente -¡cuentan que sus
ojos tenían color de rosa!- y fue en dirección a él, dándole rápida partícula,
sacada de la faltriquera. Pues, estando el ciego bajo sol, y escurrido de
sudor, a almas cristianas debería causar meditación el contraste de tanto
padecer el calor del astro rey aquel que ni las bellezas de la luz podía gozar.
El ciego, palpando la dádiva en la mano, a guisa de cogitar en qué rara casta
de moneda consistía, y convenciéndose pronto que ninguna, la llevó presto a la
boca; lo que le advirtió su lazarillo: que no era cosa de comerse, sino especie
de carozo de fruto de árbol. Entonces el ciego la guardó con airados celos y
por varios meses, aquella semilla, que sólo fue plantada después del remate de
los helechos, todavía por narrar aquí: y dio una azulada planta de flores, de
lo más rara e inesperada: con aspecto de ser únicas entre varias flores,
entremezcladas de modo imposible, en un primor confuso, y, los colores, nadie
llegó a un acuerdo con respecto a ellos, por desconocidos en el siglo; con
poco, desmerada y resequida, sin producir otra semillas o brotes; ni los
insectos sabían buscarla.
Pero, terminada de pasar aquella escena, surgía, en el atrio, Duarte Días
con unos compañeros y servidores, para imponer la sorpresa de una exigencia y
crear problema: quería llevar consigo al joven, basándose en que: por la blancura
del cutis y demás delicadezas, debería ser uno de los Rezendes, parientes
suyos, desparecidos en el Condado, en el terremoto; y que, pues, hasta el
reconocimiento de alguna noticia, le competía tenerlo en custodia, según la
costumbre. Siendo que Hilarión Cordeiro pronto contestó al postulado, y el
argumento por casi nada terminaría en seria desavenencia, Duarte Días,
porfiando y excediéndose, de eso sólo volvió en sí ante el parecer de Quincas
Mendaña, del Cerro, notable en la política y proveedor de la Hermandad.
Y, más adelante, todavía, mejor razón iba a tener Hilario Cordeiro de su
celo, pues que todo pasó a serle dicha, sea en salud y paz, en la casa, sea en
el asaz prosperar de los negocios, capital y bienes. Y no que el joven le
proporcionase auxilio en la sujeción a servicios o, en el realizar, con vagar,
algún oficio; en eso ni siquiera podía hacerse cargo de sí -con las manos no
callosas, albas y finas, de hombre de palacio. Él andaba muy en la luna,
paseaba por todo el lugar y allende, practicando aquella libertad vaporosa y el
espíritu de soledad; parecía quebrantado por un hechizo, según el decir de la
gente. No obstante que tenía grandes dotes, para lo que fuese funcionar
ingenios, herramientas y máquinas, a que se prestaba haciendo muchos inventos y
desbaratando casos, vivo, cuidadoso y despierto. Sólo de extraña memoria pues,
el mirar para arriba, siempre, lo mismo de día como de noche -acechador de
estrellas. Muchas veces, sin embargo, le placía la diversión de prender fuegos,
siendo de repararse cuánto se entusiasmó, el día de San Juan, con las muchas
fogatas de la fiesta.
En eso sobrevino, justo, el caso de la joven Viviana, siempre mal contado.
Eso fue cuando él allá compareció, acompañado del negro José Kakende y vio a la
joven muy bonita, pero que no se divertía como las otras; y él se le acercó
mucho, gentil y espantoso, le puso la palma en la mano, delicadamente. Pues,
siendo así, la joven Viviana la más hermosa, era de admirarse que la belleza de
la figura no le sirviera para transformar, en su interior, la propia y vagarosa
tristeza. Pero Duarte Días, el padre, que a eso había asistido, prorrumpió en
pleiteantes gritos: -“¡Tienen que
casarse! ¡Ahora tienen que casarse!” -con instancia. Afirmaba que el joven
era hombre, y uno, y todavía soltero, ye había infamado a la hija, debiendo
tomarla por esposa y arrostrar el estado de casado. El joven oía, de buena
concordia, sin hacerle caso. Mas la grita de Duarte Días sólo tuvo término
cuando el padre Bayâo y otros de los mayores, le recusaron tan despropositadas
furias e insensatez. También la joven Viviana, con radiantes sonrisas, lo
serenaba. Ella, que, a partir de esa hora, despertó en sí un al fin de alegría,
para todo el resto de su vida, de ahí un don. Sólo que, Duarte Días -lo que no
se entiende- iba a producir, aun, otros lances de estupefacción, helos aquí.
De tal guisa que, para alboroto de todos, en el día de la misa de
Dedicación a la Virgen de las Nieves, y Vigilia de la Transformación, 5 de
agosto, él fue a la Haciendo del Casco, requiriendo hablar con Hilario
Cordeiro. También el joven allá estaba. Se veía otro y nada desairoso -uno lo
miraba y pensaba en un repentino claro de luna. Entonces, Duarte Días declaró:
suplicaba que lo dejasen llevar al joven para su casa. Que así lo quería, y
necesitaba, mucho, no por ambicioso o impostor, tampoco por intereses menores,
sino por haberle cobrado, con contricciones de escrúpulo, ¡fuerte estima de
afecto! Decía y desgobernaba las palabras, alterado, mientras de sus ojos
corrían gruesas lágrimas. Ahora no se comprendía el desbarajuste de actitud tan
contraria: la de un hombre que, para manifestar el amor, aun no disponía más
que de los arrebatados medios y modales de la violencia. Pero, el joven, claro
como el ojo del sol, lo tomó de la mano, y, con el negro José Kakende, lo fue
conduciendo por el campo -después se supo que por tierras del propio Duarte,
donde las ruinas de un ladrillar. Y ahí indicó que mandase cavar: con eso se
encontró, allí, una vena de diamantes o una gran olla de monedas, según
tradiciones distintas. Por arte de tal prodigio, Duarte Días pensó que iba a
volverse riquísimo, y cambiado estuvo de verdad, de la fecha en adelante, en
hombre suscinto, virtuoso y bondadoso, admirablemente, consonante al aseverar
sobremaravillaso de los coevos.
Pero, en contra, en el día de la venenranda Santa Brígida, de voz común
otra vez de él se supo: el joven, plácido. Se dice que había salido en la
víspera, acampando por los altos, en uno de sus desapareceres; era un tiempo de
truenos secos. José Kakende contaba, solamente, que lo había ayudado a prender,
en secreto, con formación, nueve fogatas; y, más, el Kakende sólo sabía repetir
aquellas viejas y divagadas visiones -de nube, llamas, ruidos, redondos,
ruedas, armatoste y entes. Con la primera luz del sol, se había ido el joven,
tenidas alas.
Todos singularmente deploraron, para nunca, inciertos. Dudaban de los aires
y montes; de la solidez de la tierra. Duarte Días vino a fallecer de pena; pero
la hija, la joven Viviana, conservó su alegría. José Kakenke conversó mucho con
el ciego. Hilario Cordeiro, y otros, decían experimentar saudade y media
muerte, sólo al pensar en él. Él cintillaba ausente, aconteció. Y nada más.

























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