I - DIANA Y VIRBIO (2)
Comenzaremos presentando los escasos hechos y leyendas que a este respecto
han llegado hasta nosotros. Según una tradición, el culto a Diana en Nemí fue instituido
por Orestes, quien después de matar a Thoas, rey del Queroseno Táurico
(Crimea), huyó con su hermana a Italia, trayéndose la imagen de la Diana
Táurica oculta en un haz de leña. Cuando murió fueron trasladados sus restos de
Aricia a Roma y enterrados en la ladera capitalina, frente al templo de
Saturno, junto al de la Concordia. El ritual sanguinario que la leyenda adscribe
a la Diana Táurica es muy conocido de los que leen clásicos: se cuenta que el
extranjero que llegaba a la ribera era sacrificado en su altar. Pero
transportado a Italia, el rito asumió una forma más suave. En Nemi, dentro del
santuario, arraigaba cierto árbol del que no se podía romper ninguna rama; tan
sólo le era permitido hacerlo, si podía, a un esclavo fugitivo. El éxito de su
intento le daba derecho a luchar en singular combate con el sacerdote, y, si le
mataba, reinaba en su lugar con el título de Rey del Bosque (Rex Nemorensis).
Según la opinión general de los antiguos, la rama fatal era aquella rama dorada
que Eneas, aconsejado por la Sibila, arrancó antes de intentar la peligrosa jornada
a la Mansión de los Muertos. Se decía que la huida del esclavo representaba la
huida de Orestes y su combate con el sacerdote era una reminiscencia de los
sacrificios humanos ofrendados a la Diana Táurica. Esta ley de sucesión por la
espada fue mantenida hasta los tiempos del Imperio, pero, entre otras de sus
extravagancias, Calígula pensó que el sacerdote de Nemi llevaba mucho tiempo
conservando su puesto y sobornó a un rufián más forzudo para que le matara. Un
viajero griego que visitó a Italia en la época de los Antoninos nos confirma
que en su tiempo el sacerdocio seguía siendo premio de la victoria en combate
singular.
Del culto de Diana en Nemi podemos destacar todavía algunos rasgos
principales. De las ofrendas votivas que se han encontrado en el lugar se
deduce que la consideraban como cazadora y además que bendecía a los hombres y
mujeres con descendencia, y que concedía a las futuras madres un parto feliz.
También creemos que el fuego jugaba una parte importante en el ritual, pues
durante el festival anual que se celebraba el 13 de agosto, en la época más
calurosa del año, su bosquecillo se iluminaba con multitud de antorchas cuyos
rojizos resplandores se reflejaban en el lago, y en toda la extensión del suelo
italiano este rito se santificaba con ritos sagrados en todos los hogares. Se
han hallado en el recinto estatuillas de bronce que representan a la diosa con
una antorcha en la mano derecha alzada, y las mujeres cuyas súplicas fueron
escuchadas por ella venían al santuario coronadas de guirnaldas y llevando
antorchas encendidas en cumplimiento de sus votos. Alguien, desconocido de
nosotros, dedicó una lámpara perpetuamente encendida en una pequeña capilla, en
Nemi, a la prosperidad del emperador Claudio y de su familia. Las lámparas de
barro cocido descubiertas en el bosque quizá sirvieron a la gente pobre para
iguales fines. Si fue así, sería manifiesta la analogía de esta costumbre con
la práctica católica de las ofrendas de cirios bendecidos en las iglesias.
Además, el nombre de Vesta que tenía Diana en Nemi señala con claridad el
mantenimiento de un fuego sagrado y perpetuo en su santuario. Una gran
plataforma circular que existe en el ángulo nordeste del templo, elevada sobre
tres escalones y con restos de pavimentación de mosaico, sostuvo probablemente
un templo redondo de Diana en su advocación de Vesta, parecido al templo redondo
de Vesta en el Foro romano. El fuego debió ser cuidado aquí por vestales, pues
se encontró en el mismo sitio una cabeza de barro cocido, representando la de
una vestal y el culto de un fuego perpetuo encendido por las doncellas sagradas
parece haber sido frecuente en el Lacio desde los primeros hasta los últimos tiempos.
Además, en el festival anual de la diosa adornaban con coronas a los perros de
caza y los animales salvajes no eran molestados. La juventud pasaba por una
ceremonia purificadora en su honor; después traían vino y el festín consistía
en un cabrito, tortas recién sacadas del fuego y puestas sobre un lecho de
hojas y unas ramas de manzano cargadas de fruta.
Pero Diana no reinaba sola en su bosque de Nemi; dos divinidades menores
compartían su rústico santuario. Una era Egeria, la ninfa de las claras aguas que
borbotaban al salir por entre las rocas de basalto y caían en gráciles cascadas
sobre el lago en el sito denominado Le Mole a causa de haber sido emplazados
allí los molinos del pueblo moderno de Nemi. El murmullo de la corriente sobre
su lecho de guijas es mencionado por Ovidio, que nos cuenta que bebía de sus
aguas con frecuencia. Las mujeres embarazadas acostumbraban hacer sacrificios a
Egeria, suponiéndola como Diana, capaz de concederles un parto feliz. Cuenta la
tradición que la ninfa había sido la esposa o amante del sabio rey Numa, de
quien se acompañó en el misterio del bosquecillo sagrado, y que las leyes que
dio el rey a los romanos le fueron inspiradas por la deidad en esas relaciones.
Plutarco compara la leyenda con otras historias de amores de diosas con hombres
mortales, tales como los amores de Cibeles y la Luna con los hermosos jóvenes
Atis y Endimión. Según otros autores, el lugar de las citas de los amantes no
estaba en el bosque de Nemi, sino en un bosquecillo situado en las afueras de
la Porta Capena de Roma, en donde otra fuente, también consagrada a Egeria, brotaba
del interior de una cueva oscura. Todos los días, y para lavar el templo de
Vesta, las vestales romanas sacaban el agua de este manantial, y la llevaban en
cántaros de loza sobre la cabeza. En tiempos de Juvenal la roca natural había sido
revestida de mármol y el lugar consagrado estaba siendo profanado por
cuadrillas de judíos menesterosos a quienes se concedía guarecerse en el
bosquecillo como gitanos. Suponemos que el manantial que caía sobre el lago de
Nemi fue el verdadero original de Egeria y que cuando los primeros emigrantes
bajaron de las colinas albanas a los bancos del Tíber, trajeron consigo a la
ninfa y fundaron un nuevo hogar para ella en un bosquecillo extramuros de la
ciudad. Restos de baños encontrados dentro del recinto sagrado, así como muchos
modelados de distintas partes del cuerpo hechos de barro cocido, sugieren que
las aguas de Egeria se usaron para la curación de enfermos, los que pudieron
manifestar su fe o testimoniar su gratitud dedicando a la diosa exvotos de los
miembros enfermos, del mismo modo que todavía se acostumbra hacer en muchas
partes de Europa. Hoy día, al parecer, el manantial sigue teniendo propiedades
medicinales.

























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