BURLA-LA-MUERTE (3 / 5)
En ese momento fue
interrumpido por la voz de Vautrin, que se oyó en el umbral de la puerta, donde
cantaba:
Ricardo,
rey mío
el
mundo te abandona.
-¡Brun! ¡Brun! ¡Brun!
¡Brun!
Largo
tiempo he recorrido el mundo
y
se me ha visto…
-¡Trá, la lá! ¡Trá, la
lá!
-Señores -gritó
Cristóbal-, la sopa está en la mesa y todo el mundo espera.
-Toma -dijo Vautrin-,
anda a buscar una botella de mi vino Burdeos.
-¿Le gusta a usted el
reloj? -dijo papá Goriot-. Mi hija tiene buen gusto, ¿eh?
Vautrin, papá Goriot y
Rastignac bajaron al mismo tiempo, y por la tardanza tuvieron que sentarse
juntos a la mesa. Durante la comida Eugenio miró a Vautrin con gran frialdad, a
pesar de que nunca había desplegado tanta gracia aquel hombre que tan simpático
le resultaba a la señora Vauquer. Vautrin tuvo salidas graciosas y se rio de
todos los pensionistas. Esta seguridad y sangre fría consternaron a Eugenio.
-¿Qué hierba ha pisado
usted hoy? -le preguntó la señora Vauquer a Vautrin-. Está usted alegre como
unas catañuelas.
-Yo siempre estoy alegre
cuando hago buenos negocios.
-¿Negocios? -dijo
Eugenio.
-Sí, he entregado una
partida de mercancías que me ha de valer una bonita comisión. Señorita
Michonneau -dijo al ver que la solterona lo examinaba-, ¿tengo yo acaso monos
en la cara para que usted me mire de ese modo? Dígamelo y me los quitaré para
serle agradable. Poiret, supongo que no enfadará usted por esto, ¿eh? -dijo
guiñándole el ojo el empleado del Museo.
-¡Por vida de…! Debería
usted servir de modelo para un Hércules burlón -le dijo el,joven pintor a
Vautrin.
-No tengo inconveniente,
si la señorita Michonneau quiere servir de modelo para una Venus de cementerio
-respondió Vautrin.
-¿Y Poiret? -preguntó
Bianchon.
-Poiret servirá de modelo
de Poiret. Será el dios de la huerta -exclamó Vautrin-. Deriva de pera…
-¡Blandas! -exclamó
Bianchon-. Estarían ustedes entre la pera y el queso fresco.
-Bueno, todo eso son
tonterías -dijo la señora Vauquer-, y más valdría que nos convidara usted con
ese buen vino de Borgoña que está tomando. Eso nos mantendría alegres, aparte
de que es bueno para el estómago.
-Señores -dijo Vautrin-,
la señora presidenta los llama al orden. La señora Couture y la señorita
Victorina no tomarán en serio nuestros tontos discursos; pero respeten la
inocencia de papá Goriot. Los invito a ustedes a una pequeña botellarama de Burdeos que el nombre de
Laffite (1) hace doblemente ilustre, sea dicho sin alusión política. Vamos, chino
-dijo mirando a Cristóbal, que no se movió de su sitio-. Aquí, Cristóbal.
¡Cómo! ¿No entiendes por tu nombre? Chino, tráeme los líquidos.
-Aquí tiene usted, señor
-dijo Cristóbal presentándole la botella.
Después de haber llenado
el vaso de Eugenio y el de papá Goriot, derramó lentamente algunas gotas de
vino, lo probó y mientras sus compañeros bebían exclamó de pronto:
-¡Diablo! ¡Cómo sabe a
corcho! Esta tómatela tú, Cristóbal, y ve a buscarnos otra; a la derecha,
¿sabes? Somos dieciséis, baja ocho botellas.
-Puesto que usted tira la
casa por la ventana -dijo el pintor-, yo pago un centenar de castañas.
-¡Oh!
-¡Hurra!
-¡Bien!
Cada uno lanzó su
exclamación, y los gritos partieron como los cohetes de una rueda de fuegos
artificiales.
-Vamos, mamá Vauquer, dos
de champaña -gritó Vautrin.
-¡Qué! ¡Eso sí que no!
¿Por qué no me piden la casa? ¡Dos de champaña, que cuestan doce francos!
¿Cuándo los gano yo? Si el joven Eugenio quiere pagarlas, yo daré una copita de
casis.
-Sí, su casis que purga
que es un gusto -dijo el estudiante de medicina en voz baja.
-¿Quieres callarte,
Bianchon? -exclamó Rastignac. -Venga el champaña, yo lo pago -añadió el
estudiante.
-Silvia -dijo la señora
Vauquer-, traiga los bizcochos y los pastelitos.
-Sus pastelitos son
demasiado grandes y tienen barba -dijo Vautrin-. Con respecto a los bizcochos,
vengan.
En un momento circuló el
vino de Burdeos, los convidados se animaron y la alegría aumentó, oyéndose
atroces risas en medio de las cuales resonaron algunas imitaciones de diversas
voces de animales. Al empleado del Museo se le había ocurrido reproducir un
grito de París que tenía cierta analogía con el maullido del gato cuando está
en celo, e inmediatamente ocho voces gritaron simultáneamente las siguientes
frases: -¡Afilar cuchillos y navajas! -¡Alpiste para los pajaritos!- ¡El
trapero! -¡Componer fuentes y platos! -¡A la barca! ¡A la barca! -¡Compro
trajes viejos, galones, sombreros! -¡La cereza! ¡La buena cereza!... La palma
la ganó Bianchon por el acento nasal con que gritó: -¿Quién compra paraguas?...
En pocos instantes hubo allí un ruido capaz de volver loco a cualquiera y una
conversación llena de sandeces, una verdadera ópera que dirigía Vautrin como un
maestro de orquesta, vigilando a Eugenio y a papá Goriot, que parecían ya
borrachos. Con la espalda apoyada en la silla, los dos contemplaban aquel
inusitado desorden con aire grave y bebiendo poco, porque los dos estaban
preocupados por lo que tenían que hacer aquella noche, y sin embargo se sentían
sin fuerzas para levantarse. Vautrin, que seguía los cambios de sus fisonomías
mirándolos a hurtadillas, aprovechó el momento en que sus ojos vacilaron y
parecieron querer cerrarse para inclinarse al oído de Rastignac y decirle:
-Amiguito mío, no somos aun lo bastante astutos como para luchar con papá
Vautrin, que lo quiere demasiado para permitirle que haga tonterías. Cuando yo
resuelvo algo, sólo Dios tiene fuerza para oponerse a mis decisiones. ¡Ah! ¿Quería
usted ir a advertir a Taillefer su desgracia y obrar como un chiquillo? El
horno está caliente, la harina está amasada, el pan está en la pala, mañana
tendremos pan, ¿y usted quería impedirnos cocerlo? No, no, se cocerá. Si
tenemos algún remordimiento, la digestión lo hará desaparecer. Mientras usted
duerma, el coronel Franchesini le procurará la herencia de Miguel Taillefer con
la punta de su espada. Heredando a su hermano, Victorina tendrá quince mil
francos de renta. He tomado informes y sé que la herencia de la madre asciende
a más de trescientos mil francos.
Eugenio oía estas
palabras sin poder responder, sentía su lengua pegada al paladar, tenía un
sueño invencible y ya no veía la mesa y las figuras de los comensales más que a
través de una densa niebla. El ruido no tardó en apaciguarse, los pensionistas
se fueron uno a uno, y luego, cuando quedaron solas las señoras Vauquer y
Couture, la señorita Victorina, Vautrin y papá Goriot, Rastignac vio como si
soñase que la señora Vauquer recogía las botellas para volver a llenarlas.
-¡Ah, qué loca es la
juventud! -decía la viuda.
Esta fue la última frase
que pudo comprender Eugenio.
Notas
(1) Equívoco entre la
marcha Château-Lefite y Laffitte, banquero liberal de la época.

























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