CREACIÓN HUMORÍSTICA (6)
Tenemos
el honor de tratarnos con un dominicano que es tenido por santo, aunque no
estoy convencido de ello, pues suele tomar una taza de chocolate al desayuno,
en seguida un buen vaso de vino español. He tenido el honor de comer con este
santo, quien tomaba vino en la mesa y al final se tomó todo un vaso de vino
fuerte, dos buenas tajadas de melón, peras, cinco tazas de café, un plato lleno
de pájaros y dos platos llenos de leche con limón. (1)
Con rigurosa exactitud,
Mozart anota lo que engulle este “santo”. El desayuno no es extraño en sí, pero
en este caso especial causa gracia. El niño que escribe la carta es lo
suficientemente avispado para darse cuenta de que la santidad de este monje
poco ascético es falsa. Cada adjetivo contribuye a poner de relieve la
intemperancia del monje: “buen, todo, fuerte, lleno”. Con qué pedantería poco
indulgente el pequeño observador se ha fijado en todo. El halo de santidad
desaparece rápidamente ante el cuadro de tal guía.
He
conocido al señor Wieland. Pero él no me conoce aun como yo a él; pues él aun
no ha escuchado nada mío. No me lo había imaginado tal como es, me pareció un
poco forzado en el hablar. Una voz un tanto infantil, mirada de espejuelos, una
cierta grosería estudiada y por momentos una tonta condescendencia. No me
extraña que aquí se comporte de esa manera (aunque en Weimar o en general no lo
haga), pues la gente de aquí lo considera como si hubiera bajado del cielo.
Aquí se incomodan bastante por él, no se habla, se hace silencio, se presta
atención a cada palabra que pronuncia. Lástima que la gente tenga que esperar
tanto a menudo, pues él tiene un defecto en la lengua, que lo hace hablar muy
bajo y no puede decir más de seis palabras seguidas sin parar. Por lo demás, es
tal como lo conocemos todos, una cabeza excepcional. La cara es fea de alma,
cubierta de viruelas y una nariz bastante larga. La estatura debe ser algo
superior a la de papá. (2)
Esta caracterización de
Wieland es una demostración de valentía. Quien conoce la elegancia de las obras
de Wieland no puede menos que sentirse divertido por su extraña apariencia. A
pesar del profundo respeto que Mozart guarda por el poeta se mantiene objetivo
en cuanto a la apariencia, en medio de un público que lo adora. Los contemporáneos
admiran sencillamente las obras llenas de donaire del poeta. Mozart, en cambio,
percibe aquello que se opone al concepto de poeta: la individualidad
inconmensurable, siempre sorpresiva, que no se deja encasillar en categorías
ordinarias. Atrapa la debilidad humana de la vanidad en la condescendencia con
que el famoso poeta se deja adular. Es natural que un Wieland tartamudo resulte
para Mozart como la caricatura de ese hombre prominente. No puede dejar de
observar cómo la materia imprime su sello y coarta la libertad de espíritu.
Notas
(1) A su madre, Bolonia,
21-VIII-1770, I, 74-5.
(2) A su padre, Mannheim,
27-XII-1777, I, 352.

























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