domingo

IRMA HOESLI - MOZART: LAS CARTAS DE UN GENIO DE LA MÚSICA (23)


CREACIÓN HUMORÍSTICA (6)


Tenemos el honor de tratarnos con un dominicano que es tenido por santo, aunque no estoy convencido de ello, pues suele tomar una taza de chocolate al desayuno, en seguida un buen vaso de vino español. He tenido el honor de comer con este santo, quien tomaba vino en la mesa y al final se tomó todo un vaso de vino fuerte, dos buenas tajadas de melón, peras, cinco tazas de café, un plato lleno de pájaros y dos platos llenos de leche con limón. (1)

Con rigurosa exactitud, Mozart anota lo que engulle este “santo”. El desayuno no es extraño en sí, pero en este caso especial causa gracia. El niño que escribe la carta es lo suficientemente avispado para darse cuenta de que la santidad de este monje poco ascético es falsa. Cada adjetivo contribuye a poner de relieve la intemperancia del monje: “buen, todo, fuerte, lleno”. Con qué pedantería poco indulgente el pequeño observador se ha fijado en todo. El halo de santidad desaparece rápidamente ante el cuadro de tal guía.

He conocido al señor Wieland. Pero él no me conoce aun como yo a él; pues él aun no ha escuchado nada mío. No me lo había imaginado tal como es, me pareció un poco forzado en el hablar. Una voz un tanto infantil, mirada de espejuelos, una cierta grosería estudiada y por momentos una tonta condescendencia. No me extraña que aquí se comporte de esa manera (aunque en Weimar o en general no lo haga), pues la gente de aquí lo considera como si hubiera bajado del cielo. Aquí se incomodan bastante por él, no se habla, se hace silencio, se presta atención a cada palabra que pronuncia. Lástima que la gente tenga que esperar tanto a menudo, pues él tiene un defecto en la lengua, que lo hace hablar muy bajo y no puede decir más de seis palabras seguidas sin parar. Por lo demás, es tal como lo conocemos todos, una cabeza excepcional. La cara es fea de alma, cubierta de viruelas y una nariz bastante larga. La estatura debe ser algo superior a la de papá. (2)

Esta caracterización de Wieland es una demostración de valentía. Quien conoce la elegancia de las obras de Wieland no puede menos que sentirse divertido por su extraña apariencia. A pesar del profundo respeto que Mozart guarda por el poeta se mantiene objetivo en cuanto a la apariencia, en medio de un público que lo adora. Los contemporáneos admiran sencillamente las obras llenas de donaire del poeta. Mozart, en cambio, percibe aquello que se opone al concepto de poeta: la individualidad inconmensurable, siempre sorpresiva, que no se deja encasillar en categorías ordinarias. Atrapa la debilidad humana de la vanidad en la condescendencia con que el famoso poeta se deja adular. Es natural que un Wieland tartamudo resulte para Mozart como la caricatura de ese hombre prominente. No puede dejar de observar cómo la materia imprime su sello y coarta la libertad de espíritu.


Notas

(1) A su madre, Bolonia, 21-VIII-1770, I, 74-5.
(2) A su padre, Mannheim, 27-XII-1777, I, 352.

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