BURLA-LA-MUERTE (3 / 4)
En aquel momento, cuando
Vautrin lo hubo dejado, papá Goriot le dijo al oído:
-Hijo mío, ¿está usted
triste?, ¡Ah, no se apure, yo voy a alegrarlo! Venga -exclamó el antiguo
fabricante de pastas encendiendo una cerilla en una de las lámparas. Eugenio lo
siguió lleno de curiosidad.
-Entremos en su cuarto -dijo
el buen hombre, que le había pedido a Silvia la llave del cuarto del
estudiante-. Esta mañana ha creído usted que ella no lo amaba, ¿eh? Lo ha
despedido a la fuerza, y usted se ha ido enfadado, desesperado. Ella me
esperaba, ¿comprende usted? Teníamos que ir a acabar de arreglar una bonita
habitación, a la cual irá usted a vivir dentro de tres días. No me traicione
usted, porque ella quiere darle una sorpresa; pero yo no he querido ocultarle
el secreto por más tiempo. Estará usted en la calle de Artois, cerca de la de
San Lázaro, y vivirá allí como un príncipe, porque le hemos comprado magníficos
muebles. ¡Cuántas cosas hemos hecho de un mes a esta parte sin decirle nada a
usted! Mi procurador se ha puesto a trabajar y mi hija tendrá sus treinta mil
francos anuales, interés de su dote. Por lo demás, yo voy a exigir ahora el
empleo de estos ochocientos mil francos en bienes raíces.
Eugenio permanecía mudo y
se paseaba cruzado de brazos a lo largo de su pobre cuarto en desorden. Papá
Goriot aprovechó un momento en que el estudiante le volvía la espalda y puso
sobre la chimenea una cajita de marroquí rojo sobre la cual estaban impresas en
oro las armas de Rastignac.
-Hijo mío -decía el pobre
hombre-, con todo esto me he metido hasta el cuello; pero no importa, porque al
fin de cuentas lo hice por egoísmo, ya que estaba interesado en que usted
cambiase de casa. ¿Verdad que no me negará usted nada si yo le pido algo?
-¿Qué desea usted?
-Encima de su habitación,
en el quinto piso, hay un cuartito que depende de ella, y yo viviré en él,
¿verdad? Me voy haciendo viejo y estoy demasiado lejos de mis hijas. No lo
molestaré a usted, estaré allí, y así me hablará todas las noches de ellas.
¿Verdad que no contraría esto? Cuando entre usted por la noche yo estará
acostado, lo oiré y me diré: “Ahora acaba de ver a la pequeña Delfina y la ha
llevado al baile para que sea feliz.” Si estuviese enfermo, el oírlo entrar,
salir y volver, sería un bálsamo porque, ¡hay tanto de mi hija en usted! No
tendré más que dar un paso para estar en los Campos Elíseos, adonde van todos los
días y donde las veré siempre, mientras que ahora llego a veces tarde. Y luego,
acaso ella venga a visitarlo, y yo la oiré, la veré con su traje de mañana
moverse graciosamente como una gatita. Hace un mes que está alegre y satisfecha
como cuando era soltera, y esta dicha se la debe a usted, ¡Oh, haré por usted
lo imposible! Hace un momento me decía: “Papá, soy muy feliz.” Cuando me dicen
ceremoniosamente padre mío, me
hielam; pero cuando me llaman papá,
creo verlas niñas y refrescan todos mis recuerdos. Me parece que no son de
nadie -añadió enjugándose los ojos-. Hace ya mucho tiempo que no había oído
esta frase y que no me había dado el brazo. ¡Oh, sí, pronto hará diez años que
no salía acompañado de una de mis hijas! Y, ¡qué satisfacción encuentro en
rozar sus ropas, llevar su mismo paso y participar de su calor! En fin, esta
mañana llevé a Delfina a todas partes, entré con ella en las tiendas y la
acompañé a su casa. ¡Oh, consérveme usted a su lado! A veces tendrá usted
necesidad de alguno que le haga un mandado, y yo estaré junto a usted. ¡Oh, si
ese maldito alsaciano muriese, si la gota tuviese el buen sentido de subírsele
al estómago, mi pobre hija sería feliz, yo lo tendría a usted por yerno, y
usted sería ostensiblemente su marido! ¡Bah, es tan desgraciada no conociendo
los placeres del mundo, que la absuelvo de todo! El buen Dios debe estar de
parte de los padres que aman bien. Ella lo quiere a usted demasiado -dijo
meneando la cabeza después de una pausa-. Por el camino hablaba de usted
conmigo diciéndome: “¿No es verdad, papá, que es buen mozo y que tiene buen
corazón? ¿Le habla de mí?” ¡Bah, me habló sin parar desde la calle de Artola
hasta el pasaje de los Panoramas, desahogando su corazón en el mío! Durante
toda la mañana dejé de ser viejo y me parecía que no pesaba un gramo. Le dije
que me había entregado usted el billete de mil francos. ¡Oh, pobrecita, lloró
de emoción! Pero, ¿qué tiene usted sobre la chimenea? -dijo al fin papá Goriot,
que se moría de impaciencia al ver a Rastignac inmóvil.
Eugenio, completamente
absorto, miraba a su vecino con aire distraído. Aquel duelo que le había
anunciado Vautrin para el día siguiente, contrastaba tan violentamente con la
realización de sus más caras esperanzas, que experimentaba todas las
sensaciones de una pesadilla. Se volvió hacia la chimenea, vio en ella la
cajita cuadrada, la abrió y encontró dentro un papel que tapaba un reloj de Bréguet.
En ese papel estaban escritas estas palabras: “Quiero que piense usted en mí a
todas horas, porque… Delfina.”
Esta última palabra sin
duda hacía alusión a alguna escena que había tenido lugar entre ellos. Eugenio
se sintió conmovido. Sus armas aparecían en la parte interior, esmaltadas en el
otro de la tapa. Aquella joya tanto tiempo deseada, la cadena, la llave y los
dibujos, respondían a sus pensamientos. Papá Goriot estaba radiante. Sin duda
había prometido a su hija comunicarle los menores efectos de la sorpresa que
causaría su regalo a Eugenio, porque el anciano parecía gozar en tercer término
de tales emociones, dando muestras de no ser el menos feliz. El pobre quería ya
a Rastignac por su hija y por él mismo.
-Vaya usted a verla esta
noche; ella lo espera. El gordo tonto del alsaciano come con su bailarina. ¡Ah,
ah! ¡Qué asombrado quedó cuando mi procurador le dijo lo que pasaba! ¿No pretende querer a mi hija hasta la
adoración? Que la toque, y lo mato. La sola idea de saber que mi Delfina está
en… (suspiró) me haría cometer un crimen. Pero de todas maneras no sería
cometer un homicidio, porque es hombre es una cabeza de buey sobre un cuerpo de
cerdo. Me llevará usted consigo, ¿verdad?
-Sí, mi buen papá Goriot,
ya sabe usted que lo quiero…
-Ya lo veo, y sé que
usted no se avergüenza de mí. Déjeme abrazarlo -y estrechó al estudiante entre
sus brazos-. La hará usted muy feliz, prométamelo. Irá usted esta noche,
¿verdad?
-¡Oh, sí! Tengo que salir
por asuntos que no admiten dilación.
-¿Puedo yo servirle en
algo?
-Hombre, sí. Mientras yo
voy a casa de la señora de Nucingen, vaya usted a casa del señor Taillefer
padre y dígale que me conceda esta noche una hora para hablarle de un un asunto
de gran importancia.
-Joven, ¿será verdad?
-dijo papá Goriot cambiando de expresión-. ¿Hace usted la corte a su hija, como
dicen esos imbéciles de abajo? ¡Por vida de…! No sabe usted lo que es un puñetazo
a lo Goriot. Créame que, si me engañase, sería cuestión de andar a puñetazos.
¡Oh, pero no, eso no es posible!
-Le juro a usted que hace
un momento me he convencido que sólo amo a una mujer en el mundo -dijo el
estudiante.
-¡Ah! ¡Qué dicha!
-exclamó papá Goriot.
-El hijo de Taillefer se
bate mañana y yo he oído decir que le matarán -repuso el estudiante.
-¿Y qué le importa a
usted eso? -dijo Goriot.
-Es necesario decírselo
para que le impida a su hijo acudir al duelo.

























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