domingo

HONORÉ DE BALZAC - PAPÁ GORIOT (59)


BURLA-LA-MUERTE (3 / 3)

Por la mañana, Eugenio había sido reducido a la mayor desesperación por la señora de Nucingen y, en su fuero interno se había abandonado por completo a Vautrin sin querer sondar los motivos de la amistad que le demostraba ese hombre extraordinario ni el porvenir de semejante unión. Era preciso un milagro para sacarlo del abismo en que había puesto los pies hacía una hora, cambiando con la señorita Taillefer las más dulces promesas. Victorina creía oír la voz de un ángel, el cielo de abría para ella, y la Casa Vauquer se cubría de esos tintes fantásticos que los decorados dan a los palacios de teatro: la joven amaba y era amada, o al menos así lo creía. Y, ¿qué mujer no lo hubiera creído como ella viendo a Rastignac y escuchándolo durante aquella hora robada a todos los Argos de la casa? Luchando con su conciencia, sabiendo que obraba mal y queriendo hacerlo, diciéndose que borraría su pecado venial con la dicha de una mujer, se había embellecido con su desesperación, y en su cara resplandecían todos los fuegos del infierno que tenía en el corazón. Afortunadamente para él, el milagro tuvo lugar: Vautrin entró alegremente y leyó en el alma de los dos jóvenes a quienes había unido mediante las combinaciones de su genio infernal, pero cuya alegría turbó de pronto cantando con voz gruesa:

Bella está Paquita
en su sencillez. (1)

Victorina huyó considerándose tan feliz como desgraciada había sido hasta entonces. ¡Pobre muchacha! Un apretón de manos, su mejilla rozada por los cabellos de Rastignac, una palabra dicha tan cerca de su oído que había sentido el calor de los labios del estudiante, su talle oprimido por un brazo tembloroso, un beso dado en el cuello, fueron los esponsales de su pasión, esponsales que la proximidad de la obesa Silvia, amenazando entrar a cada paso en aquel radiante comedor, contribuyó a hacer más ardientes, más vivos y más comprometedores que los testimonios más hermosos de la abnegación, cantados en las historias más célebres de amor. ¡Estos menudos sufragios le parecían crímenes a aquella piadosa joven que se confesaba cada quince días! En aquel momento, había prodigado más tesoros que los que podría dan entregándose por entero cuando fuese rica y feliz.

-El asunto está arreglado -dijo Vautrin a Eugenio-. Nuestros dos dandies se han picoteado. Todo ha pasado convenientemente. Cuestión de opiniones. Vuestro pichón insultó a mi halcón. Mañana, en el foso de Clignancourt. A las ocho y media, mientras la señorita Taillefer estará ahí mojando sus tostadas en el café, heredará el cariño y la fortuna de su padre. Parece extraño que pueda decirse esto, ¿verdad? El pequeño Taillefer es fuerte en espada, y confiado, pero recibirá una estocada que yo inventé, una manera de levantar la espada y de pincharlo en la frente. Ya le enseñaré a usted cómo se hace, porque es sumamente útil.

Rastignac escuchaba con aire estúpido y no podía responder nada. En aquel momento entraron papá Goriot, Bianchon y algunos pensionistas más.

-Así es como quería verlo -le dijo Vautrin-. Ya sabe usted lo que hace. Bien, aguilucho mío, usted gobernará a los hombres porque es fuerte, cuadrado y de pelo en pecho. Cuente con mi estimación.

Vautrin quiso tomarle la mano. Rastignac se apresuró a retirarla, y cayó sobre una silla, palideciendo; creyó ver un mar de sangre ante sí.

-¡Ah! ¿Aun nos quedan algunos pañales manchados de virtud? -le dijo Vautrin en voz baja-. Papá de Olibán tiene tres millones, yo conozco su fortuna. La dote lo dejará limpio ante sus propios ojos como el manto de una desposada.

Rastignac no dudó ya, y resolvió ir aquella misma noche a advertir a los señores de Taillefer, padre e hijo.


Notas

(1) De la comedia Dos celosos, estrenada en 1813 en la Ópera Cómica.

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