BURLA-LA-MUERTE (3 / 3)
Por la mañana, Eugenio
había sido reducido a la mayor desesperación por la señora de Nucingen y, en su
fuero interno se había abandonado por completo a Vautrin sin querer sondar los
motivos de la amistad que le demostraba ese hombre extraordinario ni el
porvenir de semejante unión. Era preciso un milagro para sacarlo del abismo en
que había puesto los pies hacía una hora, cambiando con la señorita Taillefer
las más dulces promesas. Victorina creía oír la voz de un ángel, el cielo de
abría para ella, y la Casa Vauquer se cubría de esos tintes fantásticos que los
decorados dan a los palacios de teatro: la joven amaba y era amada, o al menos
así lo creía. Y, ¿qué mujer no lo hubiera creído como ella viendo a Rastignac y
escuchándolo durante aquella hora robada a todos los Argos de la casa? Luchando
con su conciencia, sabiendo que obraba mal y queriendo hacerlo, diciéndose que
borraría su pecado venial con la dicha de una mujer, se había embellecido con
su desesperación, y en su cara resplandecían todos los fuegos del infierno que
tenía en el corazón. Afortunadamente para él, el milagro tuvo lugar: Vautrin
entró alegremente y leyó en el alma de los dos jóvenes a quienes había unido
mediante las combinaciones de su genio infernal, pero cuya alegría turbó de
pronto cantando con voz gruesa:
Bella
está Paquita
en
su sencillez. (1)
Victorina huyó
considerándose tan feliz como desgraciada había sido hasta entonces. ¡Pobre
muchacha! Un apretón de manos, su mejilla rozada por los cabellos de Rastignac,
una palabra dicha tan cerca de su oído que había sentido el calor de los labios
del estudiante, su talle oprimido por un brazo tembloroso, un beso dado en el
cuello, fueron los esponsales de su pasión, esponsales que la proximidad de la
obesa Silvia, amenazando entrar a cada paso en aquel radiante comedor,
contribuyó a hacer más ardientes, más vivos y más comprometedores que los
testimonios más hermosos de la abnegación, cantados en las historias más
célebres de amor. ¡Estos menudos
sufragios le parecían crímenes a aquella piadosa joven que se confesaba
cada quince días! En aquel momento, había prodigado más tesoros que los que
podría dan entregándose por entero cuando fuese rica y feliz.
-El asunto está arreglado
-dijo Vautrin a Eugenio-. Nuestros dos dandies se han picoteado. Todo ha pasado
convenientemente. Cuestión de opiniones. Vuestro pichón insultó a mi halcón.
Mañana, en el foso de Clignancourt. A las ocho y media, mientras la señorita
Taillefer estará ahí mojando sus tostadas en el café, heredará el cariño y la
fortuna de su padre. Parece extraño que pueda decirse esto, ¿verdad? El pequeño
Taillefer es fuerte en espada, y confiado, pero recibirá una estocada que yo
inventé, una manera de levantar la espada y de pincharlo en la frente. Ya le
enseñaré a usted cómo se hace, porque es sumamente útil.
Rastignac escuchaba con
aire estúpido y no podía responder nada. En aquel momento entraron papá Goriot,
Bianchon y algunos pensionistas más.
-Así es como quería verlo
-le dijo Vautrin-. Ya sabe usted lo que hace. Bien, aguilucho mío, usted
gobernará a los hombres porque es fuerte, cuadrado y de pelo en pecho. Cuente
con mi estimación.
Vautrin quiso tomarle la
mano. Rastignac se apresuró a retirarla, y cayó sobre una silla, palideciendo;
creyó ver un mar de sangre ante sí.
-¡Ah! ¿Aun nos quedan algunos
pañales manchados de virtud? -le dijo Vautrin en voz baja-. Papá de Olibán
tiene tres millones, yo conozco su fortuna. La dote lo dejará limpio ante sus
propios ojos como el manto de una desposada.
Rastignac no dudó ya, y
resolvió ir aquella misma noche a advertir a los señores de Taillefer, padre e
hijo.
Notas
(1) De la comedia Dos celosos, estrenada en 1813 en la
Ópera Cómica.

























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