CREACIÓN HUMORÍSTICA (5)
De un tal Effele, uno de
los más considerados consejeros áulicos, escribe lo siguiente:
…cuando
lo vi por primera vez en lo de Albert pensé y mi mamá también, ¡qué tipo tan sorprendente!
Imagínese usted un hombre muy grande, fuerte, bastante corpulento, una cara
ridícula. Cuando cruza la habitación hacia otra mesa pone ambas manos sobre el
estómago, las dobla contra sí mismo y las empuja con el vientre hacia arriba,
hace una inclinación con la cabeza y, cuando esto ha pasado, entonces retira
rápidamente el pie derecho hacia atrás. Y así lo hace para cada persona. (1)
El concepto de Mozart
tenía de lo que era un consejero áulico, imaginándose un cortesano diplomático
con espadín, delicadamente elegante, se superpone con la pesada figura de
Effele y su rígido ceremonial. “La incongruencia entre lo pensado y lo visto”
nos lleva con Mozart indefectiblemente a la risa, pues “ante la repentina
contraposición de lo presente y lo pensado, lo presente conserva siempre la
razón, pues no está subordinado a error, no necesita certificación exterior,
sino que se defiende a sí mismo. (2)
El archiduque Maximiliano
ha sido nombrado arzobispo de Colonia:
…cuando
aun no era cura, era mucho más gracioso y espiritual y hablaba menos pero más
sensatamente. ¡Debería verlo ahora! La necedad le asoma por los ojos. Habla
continuamente y todo en falsete. Tiene la garganta hinchada: en una palabra,
como si lo hubieran dado vuelta al señor. (3)
Comportamiento poco
natural, exceso de charla, partes llamativas del cuerpo, todo lo advierte
Mozart para pintar el carácter del arzobispo, del que dice con cáustica ironía:
“a quien Dios da un cargo, también le da juicio”.
Las personas corrientes
necesitan muchas veces comportarse en forma afectada para ocultar su
mediocridad tras una apariencia de importancia. ¿A quién más que al genio de
Mozart había de resultar ridículo esto, ya que esas ambiciones le eran
naturalmente extrañas?
A
propósito de su chica: quien la ve y la oye tocar no se ríe es de piedra como
su padre. Hay que tocar bien alto, por Dios, no en el medio, para tener mayor
oportunidad de moverse y hacer muecas. Hay que revolver los ojos. Hay que
ensuciar (?). Si una cosa se toca dos veces, hay que tocarla más lentamente la
segunda vez. Si viene tres veces, aun más despacio. El brazo hay que levantarlo
bien alto y si hay un pasaje que hay que marcar se debe hacer con el brazo y no
con los dedos, y esto bien pesado y torpemente. Lo más lindo es cuando en un pasaje
(que debe ser fluido como aceite) hay que cambiar necesariamente los dedos,
entonces no es necesario prestar mucha atención, sino que cuando llega el
momento se deja de tocar, se levanta la mano y se recomienza cómodamente. Por
medio de esto se conserva la esperanza de pescar una nota falsa y eso hace
muchas veces un efecto muy curioso. (4)
Mozart describe
gráficamente el ejemplo clásico de pianista amanerado hasta que, al final,
fustiga sarcásticamente la falta de naturalidad. Es una crítica severa, para
avergonzar al dilettante que puede
engañar al lego por medio de recursos mímicos, pero nunca a un Mozart.
Notas
(1) A su padre, Munich,
11-X-1777, I, 239.
(2) A. Schopenhauer, Die Welt als Wille und Vorstellung, suplemento del tomo I, capítulo
8, Zur Theorie des Läxcherlichen, pág.107.
(3) A su padre, Viena,
17-XI-1781.
(4) A su padre,
Augsburgo, 24-X-1777, I, 264-65.
(5) A su madre, Bolonia,
21-VIII-1770, I, 74-5.

























No hay comentarios:
Publicar un comentario