domingo

IRMA HOESLI - MOZART: LAS CARTAS DE UN GENIO DE LA MÚSICA (22)


CREACIÓN HUMORÍSTICA (5)

De un tal Effele, uno de los más considerados consejeros áulicos, escribe lo siguiente:

…cuando lo vi por primera vez en lo de Albert pensé y mi mamá también, ¡qué tipo tan sorprendente! Imagínese usted un hombre muy grande, fuerte, bastante corpulento, una cara ridícula. Cuando cruza la habitación hacia otra mesa pone ambas manos sobre el estómago, las dobla contra sí mismo y las empuja con el vientre hacia arriba, hace una inclinación con la cabeza y, cuando esto ha pasado, entonces retira rápidamente el pie derecho hacia atrás. Y así lo hace para cada persona. (1)

El concepto de Mozart tenía de lo que era un consejero áulico, imaginándose un cortesano diplomático con espadín, delicadamente elegante, se superpone con la pesada figura de Effele y su rígido ceremonial. “La incongruencia entre lo pensado y lo visto” nos lleva con Mozart indefectiblemente a la risa, pues “ante la repentina contraposición de lo presente y lo pensado, lo presente conserva siempre la razón, pues no está subordinado a error, no necesita certificación exterior, sino que se defiende a sí mismo. (2)

El archiduque Maximiliano ha sido nombrado arzobispo de Colonia:

…cuando aun no era cura, era mucho más gracioso y espiritual y hablaba menos pero más sensatamente. ¡Debería verlo ahora! La necedad le asoma por los ojos. Habla continuamente y todo en falsete. Tiene la garganta hinchada: en una palabra, como si lo hubieran dado vuelta al señor. (3)

Comportamiento poco natural, exceso de charla, partes llamativas del cuerpo, todo lo advierte Mozart para pintar el carácter del arzobispo, del que dice con cáustica ironía: “a quien Dios da un cargo, también le da juicio”.

Las personas corrientes necesitan muchas veces comportarse en forma afectada para ocultar su mediocridad tras una apariencia de importancia. ¿A quién más que al genio de Mozart había de resultar ridículo esto, ya que esas ambiciones le eran naturalmente extrañas?

A propósito de su chica: quien la ve y la oye tocar no se ríe es de piedra como su padre. Hay que tocar bien alto, por Dios, no en el medio, para tener mayor oportunidad de moverse y hacer muecas. Hay que revolver los ojos. Hay que ensuciar (?). Si una cosa se toca dos veces, hay que tocarla más lentamente la segunda vez. Si viene tres veces, aun más despacio. El brazo hay que levantarlo bien alto y si hay un pasaje que hay que marcar se debe hacer con el brazo y no con los dedos, y esto bien pesado y torpemente. Lo más lindo es cuando en un pasaje (que debe ser fluido como aceite) hay que cambiar necesariamente los dedos, entonces no es necesario prestar mucha atención, sino que cuando llega el momento se deja de tocar, se levanta la mano y se recomienza cómodamente. Por medio de esto se conserva la esperanza de pescar una nota falsa y eso hace muchas veces un efecto muy curioso. (4)

Mozart describe gráficamente el ejemplo clásico de pianista amanerado hasta que, al final, fustiga sarcásticamente la falta de naturalidad. Es una crítica severa, para avergonzar al dilettante que puede engañar al lego por medio de recursos mímicos, pero nunca a un Mozart.


Notas

(1) A su padre, Munich, 11-X-1777, I, 239.
(2) A. Schopenhauer, Die Welt als Wille und Vorstellung, suplemento del tomo I, capítulo 8, Zur Theorie des Läxcherlichen, pág.107.
(3) A su padre, Viena, 17-XI-1781.
(4) A su padre, Augsburgo, 24-X-1777, I, 264-65.
(5) A su madre, Bolonia, 21-VIII-1770, I, 74-5.

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