HUGO GIOVANETTI VIOLA
Primera edición:
Caracol al Galope / elMontevideano Laboratorio de Artes (2009)
Primera edición WEB:
elMontevideano Laboratorio de Artes (2018)
Retrato de portada:
Horacio Herrera.
16 / LOS BEATLES
La primera balada rockera que me enamoró fue Vida mía, un tema de los hermanos Carrión en versión de Los Gatos,
liderados en 1964 por nuestro Bob Dylan: Gastón Ciarlo, “Dino”. El Club de los
Gatos era emitido por Radio Ariel, donde el jovencísimo Dino era compañero de
trabajo del locutor y musicante aficionado y periodista Alfredo Zitarrosa y el
sonidista Juan Carlos Borde, que ya estaba casado con Olga Pierri.
Lamentablemente, el material grabado por Los Gatos en los estudios de la radio
nunca llegó al disco. Pero yo enseguida me enforicé con Beatlemanía, el
programa diario deducado a Los Beatles que dirigía Elías Turubich en Radio
Sarandí.
Entonces empezó la pelea por sacar en la guitarra las canciones de John,
Paul, George y Ringo que no sabía enseñarte ningún profesor y la desconcertante
comprobación de que aquella aparentemente fácil sencillez de los muchachos de
Liverpool era casi irreproducible tal
cual sonaba.
Pasó mucho tiempo antes que uno pudiera entender la importancia que tuvo la
producción musical de George Martin y
todo lo misterioso que hay en la conexión de los cuatro genios púberes con
aquel quinto elemento portador de una gracia de profundidad y retoque capaz de religarlos con la gran música europea y que hizo desembocar a los peludos en la concreción del discurso de mayor protección espiritual a
nivel planetario que conoció el siglo.
Los rioplatenses ya teníamos construida hacía décadas nuestra fabulosa
redondez tanguera y tanto los Estados Unidos como los trópicos desbordaban de
jazz y rock y sones y boleros y cumbias y sambas mestizas, a las que se agregaron
la bossa-nova cincuentista en el Brasil y la gran canción rural en el Cono Sur.
Pero los Beatles, para hablarlo en Cortázar, despeinaron al mundo.
Y enseguida tengo que revertir el verbo, porque me recuerdo una tardecita
escuchando a la primera banda que se formó en el barrio. Las casas de Punta
Gorda se conectan a través de gigantescos fondos, y de golpe If I fell voló desde un garaje y pareció
peinarme la angustia como lo haría el
mismísimo Mendelssohn treinta años después, y con una terapia mediante. Claro
que para que te mandaran al psiquiatra o al psicólogo en la década del sesenta
tenías que ser por lo menos esquizofrénico y yo no llegaba a tanto. Lo que
hacía en Preparatorios era salvar todos los exámenes en el período de diciembre
aunque literalmente reventara, y
recién ahora entiendo que la angustia que me histerizaba en aquellos veranos
era no poder hacer nada para que mi mamá
se luciera. Llegué a pasar varias semanas sintiéndome atrás mío, por ejemplo. Era horrible de verdad.
Y una vez que, teniendo dieciséis
años mi madre me llevó al médico general que me atendió siempre como
pediatra, el pobre Dr. Angelillo me preguntó si comía bien y si me gustaban las
chiquilinas y diagnosticó, desconcertadísimamente: Vaya tranquila que no tiene, señora.
Lo que terminó salvándome fue la idea que tuvimos con Daniel Podestá, Níber
Panuncio, Pico Trelles y Walter Villar de formar una orquesta Beatle, como se decía en aquella época. Entonces mis padres
hicieron una fuerza económica y me compré una guitarra eléctrica y me pasaba
ocho o diez horas domando las asquerosas cuerdas de metal con la asquerosa púa
y de noche caía tirado en la hamaca del porche a contemplar nuestra araucaria
fálica y respirar en paz.
Quiere decir que el entrenamiento fanático del estudio me sirvió para algo,
aunque a los dieciocho años se me produjo una lesión tendinal irreversible
trasmutada en tic y cada tanto el brazo izquierdo me pega un sacudón y si estoy
tomando mate me enchastro todo y me achicharro la mano. Lo triste es que es
gracioso.
Los muchachos de Liverpool me sacaron del wáter. Y no estoy hablando de los
heroicos perdedores de Belvedere, por supuesto. Y cuando Jaime Roos provocó un
justificado escándalo declarando que para nuestra generación los Beatles fueron
más importantes que el Che Guevara, compuso una de sus mejores verdades.
El rock es un alarido épico sosegador de la arritmia de la posguerra y por
eso se toca más que nunca: porque siguen las guerras. Pero la balada rockera perfeccionada por los
peludos fue capaz de globalizar un romanticismo estructurado que es puro maná.
En 1974 fui contratado por unos argentinos de la rive gauche para hacerles comparsa en un mamarracho que se llamaba El evangelio criollo en el Festival du
Midem de Cannes. Y recién cuando arrancaba la camioneta que nos trajo a París
me enteré que en un escenario paralelo había actuado Paul McCartney con los Wings. Entonces pensé: Coño, ahora lo menos que puedo hacer es una
literatura que peine la desesperación.
17 / EL POZO
Cuando salió la segunda edición de El
pozo, acompañada por un ilustrativo ensayo de Ángel Rama, yo estaba
terminando Preparatorios y lo compré en una de las librerías que había frente
al IAVA y me cambió otra vez la vida. Comprobé, electrizado, que después de
Herrera y Reissig existía un segundo Capitán del Vuelo literario uruguayo y ese
mismo invierno escribí mi pocito, titulado El
número y el sitio. Y cuando ser lo mostré a Leonel Roche recibí la misma
insufrible mirada de inquisitorial incomprensión que le clavó Quijano a Onetti
en 1939 y que significaba: ¿Cómo pudiste
inventar esta asquerosidad con el talento que tenés? A Guillermo Fernández,
en cambio, le interesó. Y a mi viejo lo enganchó el clima rabioso y le encantó
especialmente una guiñada coloquial: cosa
fina la vecina. Nos pasamos jodiendo durante años con eso.
Lo importante, además, fue que aquella edición de Arca ya me hizo vislumbrar que los popes literarios de la
generación del 45 que todavía digitan, a través de sus embotados y adulones
discípulos, los figurines y las vidrieras del establishment, entendían poco de arte. ¿Cómo podía Ángel Rama, en la
contratapa de la joya que él mismo estaba desenterrando y escribiendo con
vanidad de pioneer, decir que El pozo era un texto irremisiblemente ingenuo y equivocado, pero
lleno de vida y de arte?
Los sociologistas, Walt Whitman,
los sociologistas, podríamos glosar
al espantado García Lorca neoyorquino. ¿Cómo un texto que está lleno de vida y de arte puede
considerarse al mismo tiempo irremisiblemente
ingenuo y equivocado? Pero la tara del sociologismo, que en el ombligo del
mundo padeció abanderadamente hasta el tigre Althusser, les prohíbe comprender que la esencia del símbolo es irreductible a
cualquier clarificación conceptual manipulable por la ideología política o
religiosa que pelea por conservar o conquistar el poder.
Y pensar que la solución la ofrecen genios bien mirados desde las izquierdas, y un solo artículo de Pavese o
Bajtin es capaz de legitimar con total brillantez la especificidad inapelable del símbolo. Pero la barbarie inquisitorial
es idéntica en cualquier época: con el mismo gesto que el finísimo Felipe II
descartó al Greco por no favorecer la comprensión popular de los santos
ordenada por la Contrarreforma, Stalin mandó matar a Isaak Babel, que había
integrado los escuadrones ecuestres de cosacos de Lenin y afilado un fraseo más
relampagueante que el del propio Hemingway.
Pobre Juan, pienso ahora. Y todavía tiene que haberse alegrado con la
despreciativa reivindicación del paranoico Linacero. Claro que el imperator Julito la pasó mucho peor. Y
todavía va a seguir padeciendo el ninguneo popular y el reconocimiento
regañadientudo de los sabios que no saben
nada, Sabina dixit, quién sabe por cuánto tiempo, en nuestro Tontovideo.
Sigo, Ya en los primeros años licesales mi miedo a morir joven y sobre todo a no triunfar como un 34 oriental se volvió tan obsesivo que me
adiccioné a la protección de un comiquísimo paraguas supersticioso que recién
pude arrumbar en serio después del destete inflexible del alcohol, hace
exactamente un año y medio. En un libro de confesiones el primer descuerado
debe ser el autor, por supuesto. Y parece estúpido aclarar, además, que esta
clase de strip-tease no es muy
recomendable para los pavorreales que se cuidan el look. Allá ellos, Señor.
En la reforma de la casa se hizo un segundo baño muy entubado aprovechando
lo que fue la leñera del chalet, y a mí se me ocurrió, cuando me sentaba el
wáter, tocar cuatro cuadrados de azulejos con los pies para tener suerte en alguna
prueba escrita liceal, por ejemplo. O para cualquier cosa. Y si andaba
acelerado podía puntearlos 16 0 32 o 64 o 128 veces. Hasta que un día debo
haber dejado marcas y mi padre sugirió que si a alguien le resultaba cómodo ir
de cuerpo en alguna posición especial limpiara los azulejos y me dio tanta
vergüenza que no pude seguir con esa cábula.
18 / LOS HAMMERS
El nombre Los Hammers se le ocurrió a Pico Trelles, que durante un ensayo se
acercó al tablero de herramientas del taller de mi padre y descolgó un martillo. En aquella época ya había
muchísimas bandas y los instrumentistas éramos terriblemente primerizos, pero
la necesidad de rompernos la cabeza par
hipnotizar y hacer soñar a nuestro propio pueblo es una de las mejores
cosas que nos pueden pasar en la vida.
Y la primera etapa entrelazó dos rompederos de cabeza dialécticos: aprender
a tocar juntos y conseguir los instrumentos. Eso duró dos años, más o menos,
aunque ya actuábamos en cumpleaños de quince y hasta en nuestra propia cueva,
el sufrido Club Marítimo Punta Gorda, donde llegamos a tocar juntos con el
primer grupo que tuvo Barral y los Bulldogs del petiso Kano. En el otoño del 66
me encepó la primera de las tres crisis de horror
a la nada que zanjearon mi vida y me obligaron a entrenarme en el salto largo y alto que nos lleva hasta
Dios. La segunda fue en el 68 y la tercera en el 75.
Si viviéramos en una comunidad que elabora religadamente su cultura uno
podría confesarle a la familia y a los amigos lo que lo hace temblar a medida
que le desembocadura en la Más Dimensión se acerca tan callando. Así definió Jorge Manrique, un católico puro y
guerrero y casi más poeta que nadie, a ese asqueroso silencio social que nos obliga a llorar encerrados y a sentir que infectamos al prójimo con nuestro
sufrimiento.
¿Y cuál sería la peor miseria de haber llegado a ser considerado una
especie de 34 oriental en este desierto verde? La de que precisamente a partir
de la cruzada libertadora que trajo una virgencita que se emblematizó con una
cifra esotérica, a la cultura uruguaya nunca le interesó ni la religiosidad de
Artigas ni la de los negros ni la de los indios, y vivimos cada vez más
ahogados por una sequedad masónica sin
vuelo, en una laicidad que ni siquiera toma en cuenta la grandeza
positivista pero amplia y liberalmente
sana de José Pedro Varela.
Durante la primera crisis me animé a comentarle a mi mejor amigo de todos
los tiempos que me sentía deshecho, pero lo único que respondió mi padre fue: Eso hay que superarlo. Y punto.
Y lo peor es que a los veinte años vi a mi hermano salir llorando del
taller y abrazarse a mi alarmadísima madre en la cocina y recién cuando nos
tiramos en el cuarto le pregunté ¿Estás
con la muerte? y él aplastó la desesperación de plata contra la almohada y
no supe qué más decirle.
Y sin embargo vomité la catarsis enseguida y publiqué en una revista Señora Dulcinea, un cuento piadosamente
cojonudo aunque desesperanzado que a Onetti llegó a interesarle. ¿Pero cómo se
lo iba a dar a Sergio? Mejor no pensar en
eso, recomienda el alter ego de Hemingway en el que es considerado el mejor
de sus cuentos, Los asesinos. Y el
propio Papá curda se le quejó a A. E. Hotchner de que La luz del mundo parecía haberle gustado nada más que a él. Pero
vamos, Papá: ¿con tanto cancherismo como el que desparramaste no sabías que los
sabios que galardonea el sistema viven con los dedos quemados de tapar el sol?
A la soberbia que se se cree millonaria
de espíritu le molesta la luz que entra en la caverna. Y sobre todo si
tienen que explicársela.
Y durante la interminable crisis del otoño del 68 lo que más me defendió
fue la reestructuración de la banda: el segundo batero, Ronald Divenuto, tenía
una voz preciosa y además el padre de Pico nos mandó un órgano desde Europa y
ahora estábamos aptos para hacer covers perfecto
del Dave Clark Five, una banda muy lírica, además de que nuestro representante
y sonidista de CX 8, Aldo Condinho, nos conseguía grabaciones de Paul Revere
and the Riders o los Young Rascals o Peter and Gordon.
Nunca tuvimos gran calidad, pero sí el honor de salir en un disco ensalada
con Dino y compartir el inolvidable Discodromo de Rubén Castillo con el Kinto
de Mateo y Urbano y ser los titulares de los legendarios drinks domingueros del Náutico.
Y llegamos a sonar tan bien que los empresarios de siempre nos
desmantelaron comprándonos a dos integrantes en una sola noche. A mí ya no me
importaba, pero el gordo Níber tocó la última media hora con la cara empapada
en el Club Uruguay, y no fue por el sudor.
Lo que no tiene precio es el recuerdo de los miles de muchachos que hicimos
bailar, celestemente felices. Y sería por un rato, pero volábamos todos. Mientras la cultura universitaria enseñaba que la
única altura que se debe buscar es la del cielorraso.

























1 comentario:
All the places have their moments
For lovers and friends that you can recall.
Some are dead and some are living
In my life, i love them all.
We learn to live
When we learn to give each other
What we need to survive, together alive.
And in the end
The love you take
Is equal to the love you make..
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