CAPÍTULO I / LA PARTIDA
3 / LA AYUDA SOBRENATURAL (3)
Ahora bien, como lo quiso
la suerte o el destino, la alada ifiritah
Maimuna oyó repentinamente a su lado el ruidoso sacudir de unas alas.
Dejándose guiar por el sonido descubrió que venía de un ifrit llamado Dahsnasch. Voló sobre él como un ave de rapiña y
cuando él cayó en la cuenta y la reconoció como Maimuna, la hija del rey de los
genios, se aterrorizó, los músculos de sus costados temblaron y le imploró
piedad. Pero ella lo obligó a declarar de dónde venía a esta hora de la noche.
Él contestó que regresaba de las islas del mar de la China, los imperios del
rey Gayur, señor de las Islas, de los Mares y de los Siete Palacios.
“…Tuve ocasión de ver a
la hija de ese rey que es tal, que no creó el Creador otra igual.” Y dedicó
grandes alabanzas a la princesa Budur. “…Tiene una nariz afilada como la hoja
de una brillante espada; y unas mejillas rubicundas como el vino de púrpura y
una boca cuyos labios son corales y rubíes engarzados y cuya saliva es más
sabrosa que la miel y apaga con su frescura el fuego de la quemadura y cuya
lengua se mueve a impulsos de la inteligencia y siempre dice la palabra
discreta; y, para terminar, te diré que, sus pechos turgentes y erguidos son
una tentación para el más acostumbrado a dominar sus sentidos, y dos
antebrazos, suaves y torneados, como de ellos dijo Al-Ualahán, el poeta
nombrado:
Unas
muñecas tiene, que si no fuera
porque
los brazaletes la aprisionan,
luego
en lluvia de plata se derritieran.”
El elogio a su belleza
continuó y cuando Maimuna lo hubo escuchado todo, permaneció silenciosa y
estupefacta. Dahnasch describió al poderoso rey, su padre, sus tesoros, y los
Siete Palacios y también la historia de la negativa al matrimonio de su hija. “Y
yo, reina mía, -continuó el efrit,
dirigiéndose a su amiga- voy a verla todas las noches y me extasío contemplando
su hermosura y la beso entre sus ojos con mucha ternura, en tanto ella duerme sin
inquietud alguna; y tanto la amo, que no le hago el menor daño.” Expresó su
deseo de que Maimuna fuera con él a China y admirara la belleza, la hermosura,
la estatura y la perfección de las proporciones de la princesa. “Y después que
la hayas visto podrás, si lo merezco, imponerme el castigo por haberte engañado
y declarare cautivo. Que yo todo lo dejo a tu albedrío.”
A Maimuna le indignaba
que alguien se atreviera a celebrar a cualquier criatura del mundo después de
que ella había mirado a Kamara-s-Semán. Gritó, se rio de Dahnasch y escupió su
rostro: “Pues yo esta noche he visto a un joven, que si a verlo llegaras, te
daría un patatús y se te haría la boca agua.” Entonces ella lo describió.
Dahnasch se mostró incrédulo de que alguien pudiera ser más hermoso que la princesa
Budur y Maimuna le ordenó que viniera con ella y mirara.
“Oír es obedecer. Vamos,
pues, allá” -accedió Dahnasch.
Descendieron y entraron
en el salón. Maimuna puso a Dashnasch junto a la cama y estirando la mano
estiró la colcha de seda del rostro de kamaru-s-Semán, su rostro alumbraba,
relucía, reflejaba y brillaba como el sol naciente. Ella lo miró por un
momento, luego se volvió a Dahnasch y dijo: “¡Míralo, maldito, y no seas loco
rematado, que yo soy hembra y por él he perdido la chaveta!”
“¡Por Alá, mi señora, que
tenías razón en tus lisonjas! Pero hay que hacer cuenta también de otra cosa; y
es que existe diferencia entre los varones y las hembras. Por Alá que este tu amado
es el que de todas las criaturas más se asemeja a mi adorada en punto de
hermosura y perfección y belleza consumada y que el uno y la otra son tal para
cual y se diría que entre ambos toda la belleza del mundo se halla repartida.”
La luz se convirtió en
tinieblas a los ojos de Maimuna cuando oyó aquellas palabras y le azotó a
Dahnasch la cara con las alas, con tal fuerza que por poco acaba con él. Y lo
increpó diciendo: “Por el fulgor de su rostro y la majestad de su persona, te
conjuro, ¡ye maldito!, a que vayas
por tu novia ahora mismo y cargues con ella y aquí te la traigas en
cumplimiento de tu palabra.”
Y así, incidentalmente,
en un plano del que no tenía conciencia, el destino de Kamaru-s-Semán, el que
había rechazado la vida, empezó a consumarse sin intervención de su voluntad consciente.
(36)
Notas
(36) Adaptado de Las mil y una noches, ed. Cit., vol. I,
pp. 1079-1083.

























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