domingo

EL HÉROE DE LAS MIL CARAS (28) - JOSEPH CAMPBELL


CAPÍTULO I / LA PARTIDA

3 / LA AYUDA SOBRENATURAL (3)


Ahora bien, como lo quiso la suerte o el destino, la alada ifiritah Maimuna oyó repentinamente a su lado el ruidoso sacudir de unas alas. Dejándose guiar por el sonido descubrió que venía de un ifrit llamado Dahsnasch. Voló sobre él como un ave de rapiña y cuando él cayó en la cuenta y la reconoció como Maimuna, la hija del rey de los genios, se aterrorizó, los músculos de sus costados temblaron y le imploró piedad. Pero ella lo obligó a declarar de dónde venía a esta hora de la noche. Él contestó que regresaba de las islas del mar de la China, los imperios del rey Gayur, señor de las Islas, de los Mares y de los Siete Palacios.

“…Tuve ocasión de ver a la hija de ese rey que es tal, que no creó el Creador otra igual.” Y dedicó grandes alabanzas a la princesa Budur. “…Tiene una nariz afilada como la hoja de una brillante espada; y unas mejillas rubicundas como el vino de púrpura y una boca cuyos labios son corales y rubíes engarzados y cuya saliva es más sabrosa que la miel y apaga con su frescura el fuego de la quemadura y cuya lengua se mueve a impulsos de la inteligencia y siempre dice la palabra discreta; y, para terminar, te diré que, sus pechos turgentes y erguidos son una tentación para el más acostumbrado a dominar sus sentidos, y dos antebrazos, suaves y torneados, como de ellos dijo Al-Ualahán, el poeta nombrado:

Unas muñecas tiene, que si no fuera
porque los brazaletes la aprisionan,
luego en lluvia de plata se derritieran.”

El elogio a su belleza continuó y cuando Maimuna lo hubo escuchado todo, permaneció silenciosa y estupefacta. Dahnasch describió al poderoso rey, su padre, sus tesoros, y los Siete Palacios y también la historia de la negativa al matrimonio de su hija. “Y yo, reina mía, -continuó el efrit, dirigiéndose a su amiga- voy a verla todas las noches y me extasío contemplando su hermosura y la beso entre sus ojos con mucha ternura, en tanto ella duerme sin inquietud alguna; y tanto la amo, que no le hago el menor daño.” Expresó su deseo de que Maimuna fuera con él a China y admirara la belleza, la hermosura, la estatura y la perfección de las proporciones de la princesa. “Y después que la hayas visto podrás, si lo merezco, imponerme el castigo por haberte engañado y declarare cautivo. Que yo todo lo dejo a tu albedrío.”

A Maimuna le indignaba que alguien se atreviera a celebrar a cualquier criatura del mundo después de que ella había mirado a Kamara-s-Semán. Gritó, se rio de Dahnasch y escupió su rostro: “Pues yo esta noche he visto a un joven, que si a verlo llegaras, te daría un patatús y se te haría la boca agua.” Entonces ella lo describió. Dahnasch se mostró incrédulo de que alguien pudiera ser más hermoso que la princesa Budur y Maimuna le ordenó que viniera con ella y mirara.

“Oír es obedecer. Vamos, pues, allá” -accedió Dahnasch.

Descendieron y entraron en el salón. Maimuna puso a Dashnasch junto a la cama y estirando la mano estiró la colcha de seda del rostro de kamaru-s-Semán, su rostro alumbraba, relucía, reflejaba y brillaba como el sol naciente. Ella lo miró por un momento, luego se volvió a Dahnasch y dijo: “¡Míralo, maldito, y no seas loco rematado, que yo soy hembra y por él he perdido la chaveta!”

“¡Por Alá, mi señora, que tenías razón en tus lisonjas! Pero hay que hacer cuenta también de otra cosa; y es que existe diferencia entre los varones y las hembras. Por Alá que este tu amado es el que de todas las criaturas más se asemeja a mi adorada en punto de hermosura y perfección y belleza consumada y que el uno y la otra son tal para cual y se diría que entre ambos toda la belleza del mundo se halla repartida.”

La luz se convirtió en tinieblas a los ojos de Maimuna cuando oyó aquellas palabras y le azotó a Dahnasch la cara con las alas, con tal fuerza que por poco acaba con él. Y lo increpó diciendo: “Por el fulgor de su rostro y la majestad de su persona, te conjuro, ¡ye maldito!, a que vayas por tu novia ahora mismo y cargues con ella y aquí te la traigas en cumplimiento de tu palabra.”

Y así, incidentalmente, en un plano del que no tenía conciencia, el destino de Kamaru-s-Semán, el que había rechazado la vida, empezó a consumarse sin intervención de su voluntad consciente. (36)


Notas

(36) Adaptado de Las mil y una noches, ed. Cit., vol. I, pp. 1079-1083.

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