FEDE RODRIGO
1º edición WEB:
elMontevideano Laboratorio de Artes / 2018
DEL BARRIO 9
Aquella había sido una tarde espesa para Mamá Lucha: casi había atropellado
al hombre más detestable del barrio y hasta saboreado el posible placer de no
fallar. Recordó el abrazo frío que se habían dado tantos años atrás. No, su
hermanito blanco no podía ser hoy un hombre malo. Son errores. Malas
decisiones. Sólo eso.
Casi de noche había recorrido las orillas de la cañada de punta a punta
hasta encontrar al niño de cejas pobladas, el de las manos negras manchadas de
sangre y el fósil azul de un bonsái bajo la piel de su adicto dedo índice.
Estaba tirado en un baldío boca arriba con los ojos metidos en el cielo.
Entonces Mamá comprendió que hay gente que vive en una parada de ómnibus
esperando que pase la muerte.
Como no reaccionó tras varias sacudidas, lo cargó al hombro con su antigua
fuerza de gimnasta y lo puso en el asiento de al lado en la camioneta. En sólo
un par de horas lo había bañado, alimentado y serenado. Incluso ya hacía un
rato que lo había costado en uno de los cuartitos del Laberinto.
Mamá le llevaba una rebosante taza de leche para ver si todo estaba bien.
El niño se había ido sin piedad ninguna. A la mujer se le cayó la taza y lloró:
lloró por el vacío del niño que no estaba en su cama, por el vacío de la
lámpara de lata que se había robado pero más lloró por todo el vacío que
dejaban las ilusiones que la realidad le destruía.
Juntó unos pedazos sin ganas y le pasó un trapo al suelo. Se cortó con un
cacho de taza. Se lo vendó sin dejar de llorar. Eran las cinco y media de la
mañana y no podía dormir. La puerta más abierta del Laberinto sonó con los
mismos cuatro golpes exactos que daba Bauti cada vez que llegaba.
Suspiró aliviada, se frotó los ojos fangosos y corrió hacia la puerta:
aquella noche hasta Bauti se había escapado.
-Hola Bauti.
-Estuvo llorando.
-Pasá que hace frío.
-Lloró por tristeza.
-No, tranquilo. ¿Por qué te fuiste, mi cielo?
-Buenas noches, señora Lucía. Le pido perdón pero necesitaba visitar a mi
amigo el Despeinado, ¿lo recuerda?
-Amor, sólo vos hablás con él, ¿por qué no lo ves en lugares más seguros?
-Es que siento miedo, señora Lucía. Ya se lo dije, lo van a matar.
-Nadie lo va a matar, Bauti: ¿tenés miedo de que te maten?
-No. Usted me lo pregunta porque voy a matar a mi padre pero no tiene nada
que ver. Esto es sobre mi amigo el Despeinado, ¿lo recuerda?
-Claro que lo recuerdo, pero jamás lo he visto.
-¿Podría él quedarse a pasar esta noche, señora Lucía?
-Por supuesto, amor: los dos deberían quedarse acá si es que los hace
sentirse seguros.
Bauti se dio vuelta para hacer una seña. Mamá Lucha se asombró tanto que
mostró parte de sus ojos que nadie conocía cuando vio entrar a un niño negro,
calvo (des-peinado; o sea, sin peinado), que hasta ese momento pensaba que
vivía solamente en la cabeza anormal del Bautista.
“Todo va a estar bien, cielo. Todo va a estar bien” le repetía a los niños
pero sólo ella sentía miedo (es que Bauti no entendía al miedo y al de Renzo lo
había matado la certeza de su muerte).
Los tres se sentaron en la mesa del comedor, donde platos calientes de
esperanza se sirven todos los mediodías. Mama lucha siempre guardaba algunos de
esos platos por si la visitaba algún moribundo nocturno.
Fue hasta la cocina a buscar cucharas, servilletas y alguna sonrisa y de
golpe vio que el vidrio de la ventana se encendía azul y después rojo, después
azul y de nuevo rojo. Cerró los ojos y suplicó al cielo. El cielo no escuchó.
Una frenada le detuvo el aliento, luego un portazo, dos balazos y el silencio.
DEL BARRIO 10
El Raza le había deshecho el cráneo con dos balazos al Despeinado. Ningún
pendejo iba a venir a complicar el barrio con una cámara. Se alegraba de que su
hijo Bautista hubiera visto todo de cerca: era hora que entendiera lo que era
capaz de hacer (y abandonara así esa estúpida amenaza de matarlo). El cadáver
de Renzo todavía se movía cuando el Raza
agarró al Bauti de un brazo, lo subió al patrullero y lo esposó a la
puerta sin obtener a cambio ni las más mínima resistencia.
Con la noche indiferentemente quieta fueron de regreso a casa. Pasó media
hora y el Bauti seguía sentado a oscuras en una silla de la cocina. Su amigo el
Despeinado le había advertido que esto iba a suceder pero aun así no terminaba
de comprender la muerte: sabía que su cuerpo iba a estar tirado en el mismo
agujero del cementerio que los demás pero no entendía qué iba a pasar con su
ser.
Cuando su padre entró en la habitación como loco y prendió la luz de su
única portátil sana, dio un salto al ver la sombra húmeda que era su hijo.
Embebido en olor a muerte, el Raza salió inmediatamente rumbo al comedor. Al
pasar se partió la cabeza contra la esquina de un estante tirando todas las
herramientas: tornillos, clavos y hasta el veneno para ratas.
Pateó todo con furia y se dirigió al niño con la misma falta de amor con la
que interrumpiría a alguien que está rezando:
-Servime la comida, enano.
-Aunque sepas que te voy a matar.
-Dejate de joder con esas estupideces y servime un plato bien lleno.
Movete.
-¿Lo vas a querer caliente?
-¡Obviamente que lo quiero caliente! ¿No ves que vengo de la calle y hace
un frío de muerte?
-¿Te lavaste bien las manos? Porque si comés con las manos sucias de muerte
te podés morir.
-¿Vas a seguir con esas estupideces? Sos igual de loco que tu madre. Hacé
el favor y servime la mierda de comida de una vez.
Sentado en una silla medio podrida el Raza veía la sombra de su hijo
proyectada en la pared: agarraba un plato de la pileta, le ponía un par de
porciones espesas de fideos y por último lo condimentaba y condimentaba. (Como
si algún condimento le pudiera sacar el gusto a miedo que se había atorado en
la garganta del policía.) Aquel niño era raro y nunca lo había podido entender.
“Le traje un plato con la cena de la cocina. Cuando comió el primer bocado
(todavía con la cuchara en la boca) me miró. Se ve que la muerte estaba en mis
ojos porque lo supo y se asustó. El condimento no era para mejorar el gusto,
era para mejorar el mundo. (Al menos eso le hice creer.) Se agarró la garganta
y la cuchara cayó. Lo ojos se le empezaron a chorrear y con ambas manos se
agarró el cuello como estrangulándose”. Así mismo se lo contaría el Bauti a
Mamá Lucha cuando el shock se le hubiera ido y pudiera volver a hablar.
Era falso: almidón. Pero el paro cardíaco era real. (El miedo se le atoró
en su corazón de cobarde y murió.) Su cuerpo estaba tirado en el suelo, como a
medio desinflar. Lo que quedaba de su alma seguramente ya estaba aprendiendo a
volar.
De repente, viendo el uniforme de su padre desparramado en el piso, el
Bauti se conmocionó. Comenzó a entenderlo todo: había mentido por primera vez.
Su mente se destrancó y no pudo perdonárselo.
-No nonono NONONO NOOOOO NO NO NOOOOOO.
Sus alaridos sacudían los cimientos de la casa. Sólo los mordiscos que se
daba en los brazos le interrumpían su llanto. Sólo el sabor a su sangre le
impedía respirar la culpa. Sólo el dolor escondía al dolor.

























No hay comentarios:
Publicar un comentario