EL DUELO ENTRE DOS LITERATURAS (1)
El proceso literario
capitalista no logra, por más que lo desean sus pontífices y capataces, eludir
los gérmenes de decadencia que le suben, desde hace muchos años, del bajo
cuerpo social en que él se apoya. Esto quiere decir que las contradicciones
congénitas, crecientes y mortales en que se debate la economía capitalista,
circulan igualmente por el arte burgués, engendrando su debacle. Esto quiere
decir, asimismo, que la resistencia de aquellos caciques intelectuales para no
dejar morir esta literatura, es vana e inútil, ya que estamos ante un hecho
determinado, en un plano rigurosamente objetivo, nada menos que por fuerzas y
formas de base de la producción económica, muy distantes y extrañas a los
intereses sectarios, profesionales e individuales del escritor. La literatura
capitalista no hace, pues, más que reflejar -sin poder evitar, repito-, la
lenta y dura agonía de la sociedad de que procede.
¿Cuáles son los más
saltantes signos de decadencia de la literatura burguesa? Estos signos se han
evidenciado harto ya para insistir sobre ellos. Todos pueden, no obstante,
filiarse por un trazo común: el agotamiento de contenido social de las palabras.
El verbo está vacío. Sufre de una aguda e incurable consunción social. Nadie
dice a nadie nada. La relación articulada del hombre con los hombres, se halla
interrumpida. El vocablo del individuo para la colectividad, se ha quedado
trunco y aplastado en la boca individual. Estamos mudos, en medio de nuestra
verborrea incomprensible. Es la confusión de las lenguas, proveniente del individualismo
exacerbado que está en la base de la economía y la política burguesas. El
interés individual desenfrenado -ser el más rico, el más feliz, ser el dictador
de un país o el rey del petróleo- lo ha colmado de egoísmo todo: hasta las
palabras. El vocablo se ahoga de individualismo. La palabra -forma de relación
social la más humana entre todas- ha perdido así toda su esencia y atributos
colectivos.
Tácitamente, en la cotidiana
convivencia, todos sentimos y nos damos cuenta de este drama social de confusión.
Nadie comprende a nadie. El interés de uno habla un lenguaje que el interés del
otro ignora y no entiende. ¿Cómo van a entenderse el comprador y el vendedor,
el gobernado y el gobernante, el pobre y el rico? Todos también nos damos
cuenta de que esta confusión de lenguas no es, no puede ser, cosa permanente y
que debe acabar cuanto antes. Sabemos que para que ella acabe no hace falta
sino una clave común: la justicia, la gran aclaradora, la gran coordinadora de
intereses.
Entretanto, el escritor
burgués sigue construyendo sus obras con los intereses y egoísmos particulares
a la clase social de que él procede y para la cual escribe. ¿Qué hay en estas
obras? ¿Qué expresan? ¿Qué se dicen en ellas los hombres? ¿Cuál es en ellas el
contenido social de las palabras? En los temas y tendencias de la literatura
burguesa no hay más que egoísmo y desde luego, sólo los egoístas se placen en
hacerla y en leerla. La obra de significado burgués o escrita por un espíritu
burgués, no gusta sino al lector burgués. Cuando otra clase de hombre -un
obrero, un campesino y hasta un burgués liberado de su vértebra clasista- pone
los ojos en la literatura burguesa, los vuelve con frialdad o repugnancia. El
juego de intereses de que se nutre semejante literatura, habla, ciertamente, un
idioma diverso y extraño a los intereses comunes y generales de la humanidad.
Las palabras aparecen ahí incomprensibles o inexpresivas. Los vocablos fe,
amor, libertad, bien, pasión, verdad, dolor, esfuerzo, armonía, trabajo, dicha,
justicia, yacen vacíos o llenos de ideas y sentimientos distintos a los que
tales palabras enuncian. Hasta los vocablos vida, dios e historia son equívocos
o huecos. La vaciedad y la impostura dominan en el tema, la contextura y el
sentido de la obra. Aquel lector rehúye entonces o boicotea esta literatura.
Tal ocurre, señaladamente, con los lectores proletarios respecto de la mayoría
de autores y obras capitalistas.
¿Qué sobreviene entonces?

























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