domingo

HONORÉ DE BALZAC - PAPÁ GORIOT (58)


BURLA-LA-MUERTE (3 / 2)

-Si se llegase a detener a un Vautrin verdadero, el Ministro no quiere cargar con las responsabilidades, ni ser el blanco a de la opinión pública. El señor prefecto de policía tiene enemigos, y si llegase a cometer un error, los que desean su puesto se aprovecharían de los gritos y clamoreos generales para hacerlo saltar. Se trata aquí de proceder como se procedió en el asunto Cogniard, con el falso conde de Santa Elena, el cual, si hubiera sido verdadero, nos hubiera dado un disgusto. De modo que antes es preciso asegurarse.

-Sí, pero para eso tiene usted necesidad de una mujer bonita -se apresuró a decir la señorita Michonneau.

-Burla-la-Muerte no se dejaría abordar por ninguna mujer -dijo el agente-. Sepa usted un secreto: no le gustan las mujeres.

-Pero suponiendo que yo me prestase a hacerlo por dos mil francos, aun no veo lo que debería hacer.

-Nada más fácil -dijo el desconocido-. Yo le entregaré un frasco que contiene una dosis de licor preparado para provocar una apoplejía que no ofrece el menor peligro. Esta droga lo mismo puede echarse en el vino que en el café. En seguida lleva usted a su hombre a la cama y lo desviste como para aliviarlo del ataque. En el momento en que se queda sola, le dará una palmada en el hombro, ¡paf!, y verá aparecer las letras de la marca.

-Pero, ¡si no es nada! -dijo Poiret.

-Bueno, ¿consiente usted? -le preguntó Gondureau a la solterona.

-Diga usted, señor mío -dijo la señorita Michonneau-, ¿me darán también los dos mil francos en el caso de que no encuentre las letras?.

-No.

-¿Cuál será entonces la indemnización?

-Quinientos francos.

-¿Hacer semejante cosa por tan poco? El mal es el mismo en la conciencia, y yo quiero tenerla tranquila, señor.

-Yo le garantizo a usted que la señorita tiene mucha conciencia, además de ser una persona muy amable y de gran talento.

-Pues bien -repuso la señorita Michonneau-, deme usted tres mil francos si es Burla-la-Muerte y nada si es un hombre honrado.

-Conforme -dijo Gondureau-, pero con la condición de que ha de ser mañana.

-No, señor mío, mañana no, porque tengo que consultarlo con mi confesor.

-¡Beata! -dijo el agente levantándose-. Bueno, entonces, hasta mañana. Si necesita hablarme vaya a la calle de Santa Ana, al extremo del patio de la Santa Capilla. No hay más que una puerta bajo los arcos. Pregunte por el señor Gondureau.

Bianchon, que salía de la clase de Cuvier, oyó la original palabra Burla-la-Muerte y el conforme del célebre jefe de la policía secreta.

-¿Por qué no acaba usted de una vez y así tendrá trescientos francos de renta vitalicia? -dijo Poiret a la señorita Michonneau.

-¿Por qué? -le contestó ella-. Porque hay que reflexionarlo. Si el señor Vautrin fuese Burla-la-Muerte, tal vez sería más ventajoso arreglarse con él. Sin embargo, pedirle dinero equivaldría a prevenirlo. Es hombre capaz de escaparse gratis. Sería una plancha abominable.

-Aunque se le dijese algo -repuso Poiret-, ¿no nos ha dicho ese señor que estaba vigilado? En fin, veo que usted lo perderá todo.

“Por otra parte”, pensó la señorita Michonneau, “ese hombre no me gusta nada, no hace más que decirme cosas desagradables”.

-Yo creo que haría usted muy bien -repuso Poiret-. Como ha dicho ese señor, que me parece muy simpático y que va muy bien vestido, siempre es un acto de obediencia a las leyes desembarazar a la sociedad de un criminal, por virtuoso que este sea. El que tuvo, retuvo. ¿Y si le diese la gana de asesinarnos a todos? ¡Qué diablo! Nosotros seríamos culpables de esos asesinatos, sin contar que acaso seríamos sus primeras víctimas.

La preocupación de la señorita Michonneau no le permitía escuchar las frases de la boca de Poiret como salen las gotas de agua de una canilla mal cerrada. Cada vez que el viejo empezaba la serie de sus frases y la señorita Michonneau no lo interrumpía, hablaba siempre como una máquina con cuerda. Después de comentar una cosa, arrastrado por sus paréntesis, sacaba a relucir otra completamente opuesta, sin deducir nada de ella. Al llegar a la casa Vauquer, se había sumido en el relato de una serie de pasajes y de citas transitorias que lo habían llevado a contar su declaración en el proceso del señor Ragoulleau y de la señora Morin, en el que había comparecido en calidad de testigo de descargo. Al entrar, su compañera vio que Eugenio de Rastignac hablaba con la señorita de Taillefer con tanto interés, que la pareja no notó el paso de los dos ancianos pensionistas cuando atravesaron el comedor.

-La cosa no tenía más remedio que acabar así -dijo la señorita Michonneau a Poiret-. Hacía ya ocho días que se miraban de un modo escandaloso.

-Sí -respondió el anciano-, por eso fue condenada.

-¿Quién?

-La señora Morin.

-Yo le hablo a usted de la señorita Victorina y usted me habla de la señorita Morin -dijo la Michonneau entrando en el cuarto de Poiret-. ¿Qué mujer es esa?

-Pero, ¿de qué es culpable la señorita Victorina? -preguntó Poiret.

-Es culpable de amar a Eugenio de Rastignac, y la pobre inocente le ha dado oídos sin saber adónde la llevará eso.

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