14 / LA LECCIÓN DE LA FELICIDAD (9)
DK (2)
Una de las mayores
paradojas a las que nos enfrentamos en la vida es la de nuestra parte oscura. A
menudo intentamos deshacernos de ella, pero la creencia de que podemos hacerla
desaparecer es poco realista e inverosímil. Tenemos que encontrar el equilibrio
entre nuestras fuerzas opuestas. Conseguirlo no es fácil, pero forma parte de
la vida. Si consideramos que este equilibrio es tan natural como el hecho de
que la noche sigue al día, nos sentiremos más satisfechos que si intentamos
hacer ver que la noche nunca llegará. En la vida hay tormentas, pero a la
tormenta, siempre le sigue la calma. De la misma manera que no ha habido ningún
día sin noche y ninguna tormenta ha durado una eternidad, nos movemos de un
lado a otro en el péndulo de la vida. Experimentamos lo bueno y lo malo, el día
y la noche, el yin y el yang. Y con frecuencia enseñamos exactamente lo que
tenemos que aprender.
Vivimos en estas
paradojas, en los múltiples altibajos. Aunque es cierto que la felicidad no
depende las circunstancias externas, intentamos mantener el equilibrio entre
esta verdad y la realidad del mundo en que vivimos: las cosas que suceden a
nuestro alrededor nos afectan. Sería poco realista decirle a alguien que está
viviendo una tragedia que no debería afectarle, porque lo hará. Por otro lado,
cuando pasamos por nuestros peores momentos, a veces descubrimos lo mejor de
nosotros. Lo cierto es que superamos las tragedias y seguimos adelante en busca
de la felicidad. La luz del sol se abre paso en la oscuridad, y en la
experiencia de la muerte a veces encontramos la vida.
Para encontrar la
felicidad, debemos aprender algunas cosas y desaprender otras. Debemos enseñar
a nuestra mente a pensar de un modo radicalmente distinto a como el mundo nos
ha enseñado. Debemos desaprender las formas de pensamiento negativas y
practicar las positivas, pero no cuando nos sentimos felices mientras paseamos
en plena naturaleza en un día radiante, sino en todo momento, sobre todo cuando
las circunstancias no nos producen precisamente alegría.
La próxima vez que alguien
nos moleste, practiquemos la felicidad. No se trata de evitar la experiencia,
sino de escuchar lo que la otra persona dice, valorar si contiene información
importante y hacer lo posible para que no interfiera en nuestro estado de
ánimo.
Debemos revisar nuestros
patrones de conducta y preguntarnos qué comportamientos nos producen felicidad
y cuáles nos llevan a la desesperación. Debemos realizar cambios, internos y
externos. ¿Los celos nos proporcionan felicidad? ¿Gritar o avasallar a alguien nos
produce una felicidad duradera? Cuando somos agradecidos, ¿cómo nos sentimos?
Cuando tenemos un gesto amable con alguien, ¿nos sentimos felices?
Mientras conducimos, en
lugar de insultar a los demás conductores debemos mirar a nuestro alrededor y
pensar que todos estamos en el mismo barco. Debemos imaginarnos cómo se sienten
los demás y practicar la amabilidad con ellos. Aquellos que quieran hacer el
curso avanzado pueden practicar la amabilidad anónima llevando a cabo algún
acto bondadoso o compasivo sin decírselo a nadie.

























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